Estoy corriendo por un pasillo oscuro y estrecho mientras ese monstruo me persigue. Sus alaridos resuenan como en una habitación vacía. Cuando me alcanza, comienza a desgarrar cada parte de mi cuerpo con sus garras. Tritura mis huesos y devora mi carne. Estoy gritando, pero no puedo escuchar mis chillidos. Todo a mi alrededor se desvanece.
No sé lo que está pasando hasta que siento la necesidad de abrir los ojos.
El rugido de esa bestia pronto es sustituido por el roce del viento contra las paredes y el canto de los pájaros. Me encuentro en una habitación peque?a. Una bruma cubre mi vista y apenas distingo mi entorno.
Intento levantarme, pero siento como si una aplanadora me hubiera pasado encima. El cuello me arde cuando quiero girar la cabeza.
Los rayos del sol que se cuelan por la ventana chocan con las partículas de polvo y desde el exterior puedo oler un aroma floral. Bajo la mirada y veo mi torso desnudo, salvo por las vendas que me cubren, manchadas de marrón rojizo.
—Mierda… —escupo—. ?Dónde estoy?
Las costillas presionan mis pulmones cuando hablo.
Estoy acostado sobre un colchón de paja que cruje cada vez que me muevo, sin mencionar la picazón de la sábana.
Muevo los ojos, veo una mesita de noche al lado de la cama. Encima reposa un cuenco de barro con agua y un trapo que gotea en el borde.
Sobreviví de algún modo, pero no estoy seguro de que haya sido lo mejor. Quienquiera que me haya salvado no creo que se contente con simples palabras de agradecimiento.
Si pudiera ponerme de pie, me iría ahora.
Mientras estoy perdido en mis pensamientos puedo escuchar, al otro lado de la habitación, el eco de pasos acercándose. En el umbral de la puerta aparece una joven de cabello casta?o y piel de oliva.
Cuando me ve despierto, sus ojos se abren mucho y camina hacia mí con una velocidad que me asusta.
Me empieza a hablar, pero su lengua articula palabras que no logro comprender. Se inclina un poco y toca mi frente con el dorso de su mano, suspirando aliviada. Otra vez balbucea oraciones que no entiendo.
Carajo, ?me habré golpeado la cabeza?
—?Perdón? —parpadeo varias veces—. ?Qué dijiste?
La muchacha levanta una ceja y continúa hablándome, pero es inútil.
Su voz es suave. Casi melódica.
—Narel siroth, ae linel…
Ella me mira fijamente, esperando una respuesta de mi parte. Solo puedo encogerme de hombros.
—?Cómo te llamas…? —pregunto, aguantando la tos.
Una mueca se dibuja en su rostro y sus cejas caen.
Nos miramos sin decir nada, confundidos.
Está claro que solo perdería mi tiempo si trato de comunicarme con palabras, y creo que ella también lo sabe. Enseguida me toca el hombro, pidiéndome permiso con un gesto.
A pesar de levantarme con cuidado, la espalda me cruje. Con delicadeza desata los nudos de los vendajes y la tela se desprende de mi piel como cinta adhesiva. Me aguanto el dolor mordiendo fuerte.
Luego de humedecer el trapo de lana, comienza a limpiarme la sangre seca.
Niego con la cabeza y suspiro. Mirando el techo, espero que alguien salga de cualquier lado y me explique lo que está sucediendo. Cualquier cosa que le dé sentido a esta escena surreal.
Después de limpiarme y cambiarme los vendajes, la muchacha me recuesta en la cama. Los huesos me siguen doliendo, aunque no tenga nada roto.
Ella se despide con una sonrisa y con palabras que, obviamente, no entiendo.
Las horas pasaron y lo único que pude hacer fue mirar el techo y contar las grietas para distraerme de las molestas punzadas que tengo en mis extremidades. Preferiría que un mosquito revoloteara cerca de mi oreja a tener que aguantar más de esto.
Al menos podría aplastar al mosquito.
Pensar en todo lo que me ha sucedido también me ayudó a ignorar mis dolencias. Un poco. Pero todavía sigo sin encontrar la lógica detrás de todo esto. Tantas preguntas. Cada una más absurda que la anterior. Y ninguna respuesta.
Todo esto es un sue?o. Tiene que serlo. Mi cuerpo real se encuentra postrado en una cama de hospital mientras mi mente divaga en escenarios inexistentes con tal de mantenerme con vida. De todas las ideas que he tenido, ésta es la más sensata.
Si en algún momento llego a despertar del coma, la factura del hospital terminará de matarme.
Sea real o no, al menos aquí nadie sabe quién soy.
Me sobresalto cuando la muchacha entra en mi campo visual y tapa la ventana con una tablilla de madera. Estaba tan embobado que no me había dado cuenta de su presencia. Cuando cierra la ventana, la atmósfera se vuelve oscura, lúgubre. Tan solo el brillo de unas velas sobre la mesita de noche despeja la oscuridad que cubre esta habitación.
No hay un foco que cuelgue del techo. Tampoco cables. Nada.
La joven vuelve a hablarme, pero solo le contesto con una sonrisa. Ella se retira del cuarto y me quedo solo. Otra vez.
Es imposible no retorcerme cuando siento hormigas mordiendo los rasgu?os de mis brazos. Quisiera una lija para rascarme.
Luego de un par de minutos, vuelve a aparecer, sosteniendo una charola. Camina hacia mí, teniendo cuidado de no tropezar.
Un olor a verduras cocidas me invade.
Deja el plato con sopa sobre la mesa y me ayuda a sentarme. Lo hace con cuidado, pero siento que la tela en mi pecho se humedece. Además, me hincan los músculos cuando me agarra. Estoy tan rígido como un títere de palo.
Rellena un cucharón de madera y sopla levemente para enfriar. El vapor se eleva hasta su frente, perlándola con un poco de sudor.
Tengo hambre, pero no estoy seguro de comer. Tanta amabilidad de su parte… es tan extra?o. Todo.
Nadie hace esto gratis y si tomo un sorbo de esa sopa, voy a condenarme más.
Aparto mi boca cuando me acerca la cuchara. Aunque mi sentido común quiere negarse, mis tripas se retuercen como anguilas.
Ella aleja el utensilio cuando ve mi reacción, pero luego de unos momentos acepto su comida. La calidez del alimento hace que el frío de mi cuerpo desaparezca. Tanta es la felicidad que casi me olvido que el corte en mi pecho se abrió.
Sigo comiendo. El calor me devuelve algo de vida, pero la puerta se abre de golpe. Por unos instantes pensé que era… esa criatura.
Me golpeé la cabeza contra la pared antes de darme cuenta de un hombre de pelo gris y ojeras marcadas entrando a la habitación. Su andar es lento, pero el peso de sus botas de cuero hace que el piso vibre.
Comienza a charlar con la joven y pronto sus ojos cansados apuntan en mi dirección. No puede disimular una mueca de disgusto cuando termina de analizarme.
Está molesto. La chica baja el mentón cuando es reprendida por la voz áspera y ronca del hombre. Aunque quisiera hacer algo, no puedo. Me encojo sobre mi lugar mientras acaricio mi cabeza para aliviar el dolor.
No entiendo una palabra, pero sé que se está disculpando.
Otra figura aparece luego de un rato. Un adolescente delgado y alto, de rostro similar al de la chica. Me mira con un gesto burlón mientras levanta una ceja.
Están discutiendo para saber qué hacer conmigo. Siento un nudo en la garganta cuando escucho sus inentendibles quejas. Al principio deseaba encontrarme con personas para que me ayudasen, pero ahora solo quiero irme.
Levanto mi mano para intervenir, como un alumno en una clase. Se?alando mi torso y mis pies, intento explicarles que necesito mi ropa de regreso. Nadie puede entenderme, por mucho que me esfuerce. El hermano solo se ríe entre dientes y el padre chasquea su lengua para después retirarse.
Esto es una mierda… —digo para mí.
Bajo la mirada y exhalo un suspiro. La muchacha solo se mantiene de pie, con sus comisuras caídas y sin brillo en los ojos.
Ella también se va al cabo de unos momentos, dejándome el plato de comida. La sopa no me supo igual después de eso.
El sol ha bajado del cielo.
No pude dormir pensando en todos los problemas que le pude ocasionar a esta familia. Desconozco su situación y tampoco sé lo que tuvieron que sacrificar para salvarme. Si me voy de aquí, las cosas serían más fáciles para ellos.
Pero… no sé a dónde. También me aterra estar en un lugar donde no pueda comunicarme de ningún modo. Cuando miro a la ventana, todo se ve tan negro y silencioso.
Estar acostado de esa manera sin hacer nada. Solo con mi cabeza. Era algo que no me gustaba experimentar cuando vivía en mi caravana. Al menos las olas del mar y el ruido de los barcos en los muelles me ayudaban a amortiguar ese sentimiento. Y cuando nada de eso había, salía a las calles y caminaba hasta estar seguro de que una vez regresaba a mi casa, me dormiría en poco tiempo por el cansancio.
Ahora nada de eso existe.
Sacudí mi cabeza e intenté no volver a esos viejos hábitos. Cuando sentí que todos en la casa ya estaban dormidos, aparté las sábanas y me puse de pie. Quería buscar mis cosas para después desaparecer, pero tan pronto como mis talones tocaron el piso, el peso de mi cuerpo colapsó sobre mis rodillas y caí con un golpe seco. Me mordí la lengua para que mis quejidos de dolor no despertaran a nadie. Si es que mi caída no lo había hecho ya.
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Cuando el dolor disminuyó un poco, volví a la cama con esfuerzo y maldije en voz baja.
Primero tengo que recuperar mis fuerzas si quiero irme.
Solo tengo que ser paciente.
◇◇◇
Luego de varios días mi cuerpo se fue recuperando a un ritmo sorprendente. No solo fueron los cuidados de la muchacha, sino también del líquido extra?o que me hacía tomar. Una bebida de textura viscosa y salina. Un sorbo era suficiente para que el dolor de mi cuerpo disminuyera, pero también me inducía el sue?o.
Sin embargo, mi aprendizaje también fue anormalmente rápido. No puedo explicarlo, pero poco a poco pude entenderla cuando hablaba. Al principio, las palabras repetidas eran saludos. Después entendía frases sueltas. Ahora comprendo todo.
Siento que… siempre he sabido cómo hablar esta lengua, solo que no lo recordaba. Quiero hallarle sentido, pero de verdad no puedo.
He seguido fingiendo ser mudo. Hasta ahora. Voy a intentar hablarle por primera vez, pero no estoy seguro de cómo iniciar una conversación con ella, ni que las palabras salgan con fluidez. Pero vale la pena intentar.
También he querido salir de esta cama y explorar el exterior. Desde la ventana solo he podido ver extensos valles y peque?as casas. Quiero saber en qué tipo de pueblo rural estoy metido.
El viento mueve las cortinas de tela roja y el olor a flores es más intenso. Me siento con la energía suficiente para caminar sin desplomarme, pero todavía tengo el cuerpo magullado.
Trago saliva cuando escucho los pasos de la muchacha acercándose a la habitación. Todavía no sé qué decirle. Aunque su padre y hermano pasan la mayor parte del día fuera de casa, desde que estoy aquí uno de los dos aparece de vez en cuando para comprobar que todo esté en orden.
No solo con ella, también tengo que dirigirle la palabra al due?o de casa y desde que los pude entender, sé que tiene cierto desprecio hacia mí.
La puerta se abre y entra la joven, luciendo un vestido de color mostaza y delantal blanco.
—Buenos días. —saluda, sonriendo.
Me siento al borde de la cama. No digo nada.
—Te traje un poco de pan con mantequilla y leche recién orde?ada —dice, a punto de poner la charola sobre la mesa—, luego vendré para recogerlo.
—G–gracias… —me aclaro la garganta.
Mi voz oxidada luego de varios días sin hablar.
Qué extra?o me escucho cuando me expreso en este idioma, como si estuviera cantando.
Ella se sobresalta por medio segundo, haciendo malabares para no dejar caer las cosas. Pero la jarra de cerámica no tuvo suerte.
Debí esperar a que dejara todo en su lugar. Ahora ya no tengo nada para tomar.
—?Puedes hablar? —pregunta, boquiabierta.
—Sí… —me toco la nuca con la palma—. Un poco. Gracias por cuidarme. —Asiento.
La joven se agacha para secar el piso.
—Me sorprendiste… ?por qué no hablaste antes? —levanta una ceja.
No sé cómo explicarle sin parecer un loco, porque ni yo mismo lo entiendo.
—Porque… —miro al techo—, porque recién ahora puedo entender lo que dicen.
Me muerdo la lengua y frunzo el ce?o. Debí decir algo mejor.
—?De verdad? —se pone de pie—. Bueno, es verdad que antes hablabas en un idioma extra?o…
Suspiro y sonrío a medias.
—Oye, ?puedes devolverme mis cosas? Necesito hablar con tu papá.
Al escuchar mi pregunta, su semblante palidece. Un poco.
—?Tus cosas? Bueno… —desvía su mirada y las sienes le sudan—. Voy a buscarlas. Dame un momento.
Ella se retira dando largas zancadas.
Muerdo fuerte para arrancar un trozo de pan seco. Ahora que no tengo nada que tomar, tengo que humedecerlo dentro de mi boca para poder tragar.
La mantequilla es más ligera de lo que suelo recordar. En general, toda la comida me sabe más plana. Quizás porque mi paladar solo está acostumbrado a comida china de dudosa calidad y hamburguesas con papas.
Pero al menos es saludable. La última vez que comí algo nutritivo fue… no lo recuerdo.
La joven regresa, agotada. Una gota de sudor cae por su mejilla ruborizada.
—Toma —jadea—, me… me olvidé en donde lo había guardado.
—Gracias…
No entiendo su actuar, pero por lo menos ya he recuperado lo poco que tengo.
Mi camisa ha recobrado su color original. Agradezco ya no tener esa mancha de sangre que no es mía…
Reviso mi pantalón con detenimiento. Las pocas cosas que traje conmigo, como una moneda y mi pase caducado del metro, siguen aquí.
Siento que falta algo, pero no recuerdo qué es.
—Disculpa, ?puedo hacerte una pregunta? —esconde sus manos en su espalda.
—Claro.
—?Eres un noble de otro país?
Dejo el pantalón sobre mi regazo y la miro por un segundo, levantando una ceja.
—No. No soy un noble… —aprieto los dientes—. ?Eso sería bueno o malo?
Ella niega con ambas manos. Rápido.
—No, no. No es eso. Es que la tela de tu pantalón es de un material único —dice se?alando con el índice.
Exhalo un suspiro y relajo la mandíbula.
—Gracias. Pero realmente no es la gran cosa.
Algo que compré en descuento hace varios a?os la impresiona. Casi me río.
—Entiendo.
Me pongo de pie con esfuerzo. Mis pantorrillas cansadas como si hubiera hecho ejercicio.
—Por cierto —aprieto los labios—, quisiera hablar con tu papá. ?Dónde puedo verlo?
—Está en el campo —se?ala con la mirada—, si quieres puedo llevarte con él.
—Por favor.
Ella sale del cuarto y espera afuera. Luego de vestirme, bajamos al primer piso. La madera cruje un poco bajo mis pies. Cuando llegamos a la sala, un olor a estofado me invade de repente. Dentro de un horno de piedra cuelga una olla de hierro. El fuego fue apagado hace poco. La sala tiene el tama?o suficiente para una mesa de roble.
Cuatro sillas. Una vacía desde que llegué. Todavía no he conocido a esa persona.
Cuando ella abre la puerta, una luz blanca me lastima los ojos y mi cabeza late por un segundo. No puedo evitar cubrirme la vista con la mano y luego de parpadear varias veces para acostumbrarme a este resplandor, el paisaje me deja boquiabierto.
Monta?as que tocan el cielo y extensos prados verdes que llegan al horizonte. Caba?as dispersas a un lado del camino.
—Increíble… —murmuro.
Ella me toca el hombro, despertándome de la hipnosis.
—?Pasa algo? —pregunta. Sus pupilas azules resplandecen al sol.
—No, no… Sigamos.
Al alejarnos de la puerta, veo en su patio un gran árbol rodeado de flores amarillas. Sus ramas rozan con el tejado de paja. Ahora sé de dónde viene ese aroma que olía todas las ma?anas.
Nos acercamos a muro bajo de piedra gris y detengo mis pasos. Entrecierro mis ojos para enfocar mejor a la peque?a criatura que tengo delante. Un ave peque?a, de plumas coloridas y cola larga posa con tranquilidad mientras limpia sus plumas. Pero no entiendo por qué tiene un cuerno en la cabeza.
—Oye… —la muchacha me sacude el brazo—, ?estás bien?
—Oh, perdón —sacudo la cabeza—. Sigo un poco aturdido. Continuemos.
El aire no apesta a humo. No hay postes con cables enredados. Ni ruido de motores. Solo puedo oír al viento moviendo el pasto.
No sé qué hacer con tanto silencio.
Algunas personas nos saludan cuando nos ven pasar, pero si pongo atención, me doy cuenta de que el gesto es para ella.
—Por cierto —dejo de caminar—. ?Cómo te llamas?
Recién ahora caigo en algo obvio.
—Limara —cubre una risita con su mano—. Pensé que nunca me preguntarías eso. ?Y tú cómo te llamas?
—Ethan. Ethan Nicolás. —extiendo mi mano.
Me acepta el saludo apretando mi palma con gentileza.
—?Nicolás es tu apellido? —alza una ceja.
—No. Es mi segundo nombre.
—Está bien…
Limara arruga su frente y su mirada es extra?a. Me suelta la mano.
Ella se da la vuelta y continúa caminando, sin indicarme que la siga. Lo hago de todas formas, pero mantengo las distancias.
Siempre que respondo algo parece estar fuera de lugar y no entiendo por qué. Quiero preguntarle, pedirle explicaciones, pero solo la empeoraría las cosas.
Los campos de trigo se extienden como un manto dorado. Al atravesar el sendero, mi cuerpo se paraliza al ver la espalda de un se?or que labra la tierra.
—Hola, papá —Limara habla primero—. Mira quién me acompa?a.
Su padre me voltea a ver y apenas reacciona a mi presencia.
Trago saliva y tenso mi garganta.
—Buenos días, se?or —extiendo mi mano para estrechar la suya—. Me llamo Ethan. Mucho gusto.
Su nula respuesta emocional ahora se convierte en leve asombro e inquietud.
—?No ha sido mudo?
Bajo la mano.
—Le agradezco por haberme cuidado… —digo luego de un rato—. ?Hay algo que pueda hacer para compensarlo?
El viento sopla con fuerza. Hojas secas vuelan sobre nosotros.
—Sí, hay algo —dice con severidad—. El matasanos no ha sido barato y fue gracias a sus infusiones que puedes ponerte de pie.
—Papá… —susurra su hija.
Bajo la mirada y me quedo callado. No tengo dinero para pagarle. Nada.
Una silueta delgada emerge de entre los cultivos. Un poco más alto que el se?or.
—Veo que despertó el bello durmiente —dice entre risas.
Dejando caer su herramienta de trabajo, el chico se posa al lado de su padre.
—Oye, yo me iba a quedar con eso… —dice, se?alando mis botas y mi vaquero.
—?Cállate, Darel! —exclama ella. Lento y pausado.
El se?or me observa con atención. No puedo sostenerle la mirada.
—Joven, primero quiero saber algo —dice al fin.
—Dígame.
—?Qué hacías solo en el bosque? ?Buscabas la muerte?
Una pregunta que no pensé que llegaría tan pronto. Decir la verdad no parece lo mejor, pero no sé cómo explicarlo de otra forma.
—No… solo —miro mis zapatos y aguanto la respiración—, aparecí en medio del bosque y no sé cómo pasó.
Nadie habla. Solo puedo oír los latidos de mi corazón.
—Estaba en mi casa y de pronto desperté aquí —sigo explicando—. Sé que no tiene sentido, pero es verdad.
Si digo el verdadero motivo de mi despertar, las cosas se complicarían.
—Ya, y yo soy el hijo del rey —Darel se mofa—. Es verdad. Este hombre solo me está cuidando hasta que mi papá me reconozca.
Frunzo el ce?o y se me escapa una mueca torcida. Dejo de hacer eso cuando me doy cuenta de que su padre me está mirando.
—Por favor, créanme, yo… —el aire se me escapa—, vengo de Estados Unidos. No sé si habrán escuchado de ese país.
El hombre niega con la cabeza y cierra los ojos.
—?Estamos en un pueblo de Europa? ?Tal vez? —mi corazón late más fuerte.
—Estamos en Aguas Frías. No en “Europa” —enfatiza—. Escucha, Ethan, solo sigues vivo porque mi hija insistió en no dejarte en ese estado. Nada más. De pronto apareces diciendo que apareciste en el bosque y que no sabes cómo.
Desvío la mirada; personas en el campo nos observan.
—Si fuera por mí te entregaría a los guardias —continúa—. Pero la ciudad queda muy lejos y dudo que alguien venga solo porque un hombre diga locuras.
Soplo con fuerza. De todos los presentes, yo soy el que está más impactado por este suceso.
—Perdón, de verdad —alzo las manos—. ?Pero yo tampoco lo entiendo! De la nada desperté en un bosque. Estaba perdido y no sabía qué hacer, y de pronto sale un monstruo a punto de matarme.
Me apoyo sobre mis rodillas. Las palabras me cortan al salir.
—?No sé por qué estoy aquí! Y la verdad, cuando desperté en su casa, no me alegró saber que seguía vivo. —El sudor cae por mi barbilla—. Mi vida anterior fue mala… pero sigo respirando.
Me enderezo otra vez.
—Solo quiero devolver el favor de algún modo, por favor… —sacudo los brazos—. Luego me largo.
Mi garganta aprieta y me duele el pecho cuando respiro. No pude evitar escupir esas palabras. Hablé de más, pero ya es tarde.
Sigo insistiendo en pagar esta deuda de algún modo, pero si desde el principio no me querían aquí, lo mejor será irme ahora.
Miro al hombre frente a mí. No dice nada. Sus cejas rectas y mirada seria.
Cuando ve que terceros se acercan a nosotros mientras preguntan sobre lo sucedido, él los tranquiliza con un gesto de su mano.
—De acuerdo… —dice luego de un rato—. Si es verdad lo que dices, supongo que lo habrás pasado mal —extiende su mano—. Me llamo André.
Aprieto su palma con firmeza y sonrío un poco.
Suspiro despacio y mi corazón se calma. Mis piernas flaquean.
—Me tengo que ir —dice—, pero pensaré en algo que puedas hacer.
Padre e hijo se retiran, perdiéndose entre el trigo dorado. Me quedo solo con Limara, mirando las monta?as en el horizonte. Creo que, después de todo, no me echarán. Por ahora.
—Perdona lo de antes —suspiro—, me exalté un poco.
—No te preocupes —ella toca mi hombro—. Debe ser feo despertar en un lugar que no conoces.
—Por cierto —se?alo con la mirada la espalda de su hermano—, ?tú eres la mayor?
—No. Es Darel.
Los dos hermanos no son tan jóvenes. Creo que tienen la edad suficiente para estar en preparatoria y, sin embargo, uno se comporta como un ni?o de kínder.
Espero no volverme loco el poco tiempo que voy a permanecer en este lugar.
Después de todo… si de verdad el estar aquí es una nueva oportunidad que alguien o algo me dio, no sé qué hacer con ella.

