El amanecer posterior al Castigo Celestial llegó envuelto en neblina. Las campanas del puerto aún ta?ían con el eco del desastre. En los barrios altos, los ciudadanos hablaban de milagro; en las calles bajas, de castigo. Pero en el Palacio Carmesí, nadie hablaba.
Drakar yacía en su lecho imperial, los ojos cerrados, el cuerpo tenso. El círculo mágico bajo la habitación seguía respirando con él, expandiéndose y contrayéndose en un pulso rojo que parecía imitar los latidos de un corazón ajeno. Dormía… pero su alma no descansaba. El hechizo seguía detectando sangre sucia entre los suyos.
El sue?o comenzó con un mar oscuro, sin viento, sin horizonte. Entre sus aguas inmóviles emergió una figura de neblina, sin rostro, apenas delineada por una luz verdosa que se movía como un fuego líquido.
—El mundo gime… su carne enferma no soporta más —susurró una voz que no provenía del aire, sino del pensamiento mismo—.Los hombres dudan, los dioses callan. Pero tú, Dragón… tú ardes todavía.
Drakar no podía responder. Intentó moverse, pero el sue?o lo ataba, y de pronto vio las imágenes como si emergieran de su propia memoria: Ciudades ardiendo bajo relámpagos, bestias arrodilladas ante columnas de fuego, y entre todas ellas el rostro de Vireya, mirándolo en silencio, sin reproche, pero sin amor.
—No temas al fuego —dijo la voz—. El fuego no destruye… revela. Solo en la pureza del ardor el alma regresa a su forma perfecta. Quema el error, y el cielo te seguirá.
El sue?o se quebró en un destello de luz carmesí.
Drakar despertó sobresaltado, el cuerpo cubierto de sudor frío. Tardó unos segundos en entender que estaba en su habitación. Las velas se habían extinguido, el aire olía a ozono, y en el silencio solo se oía el retumbar distante del trueno. Se llevó las manos al rostro; sus dedos temblaban. Durante un instante sintió horror —no por el sue?o, sino porque había su rostro.
Cayó de rodillas junto al lecho. Buscó su respiración, pero el aire le costaba entrar; el pulso de la piedra verde, guardada bajo tres sellos, parecía responder a su agitación.
—No… no era real —murmuró, casi suplicante —.No puede ser voluntad de los cielos…
Permaneció así un largo momento, hasta que un sonido comenzó a colarse desde el exterior: Los cuernos de los templos, sonando al unísono en toda la capital. El clamor del pueblo seguía, grave, organizado. Plegarias por la “purificación” del mar, por el “regreso del orden”, por el “Dragón del Trueno que había respondido al clamor de los justos”.
Y con cada nota, algo dentro de Drakar se enderezó.
El miedo se disipó lentamente, reemplazado por un peso sereno, familiar. El eco de las plegarias penetraba su mente como un río tibio, llenando el hueco que el sue?o había dejado.
Se puso de pie y caminó hasta la ventana. El amanecer te?ía el cielo con un rojo sucio, como hierro recién forjado. Desde las terrazas del templo mayor se alzaban columnas de humo aromático. El pueblo, de rodillas, lo nombraba con fervor.
Una chispa de poder recorrió su columna, subiendo hasta la nuca. El aire se volvió pesado, cargado de intención. Los ojos del Rey reflejaron el horizonte encendido. El temblor de sus manos cesó.
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—Los cielos no destruyen —dijo despacio, repitiendo las palabras que ya no sabía si eran suyas o del sue?o—.Revelan. Y yo… solo seré su remplazo.
El tono de su voz ya no era humano: sonaba como el rumor distante del trueno sobre el mar.
En el trono, los magos y generales lo esperaban en silencio. Cuando cruzó el salón, nadie se atrevió a alzar la vista. El círculo imperial, bajo el suelo, vibró como un corazón que latía al compás de su paso.
Drakar se detuvo frente a sus hombres, con el amanecer reflejándose en su armadura.
—Ayer, el mar obedeció —dijo con calma—.Hoy, lo hará la tierra. —un pulso se extendió, trayendo desorientación en las fronteras. — Proclamad el segundo decreto. Que cada híbrido, cada bestia, cada sombra, sea purificada en el fuego. Que el trueno guíe nuestras manos.
El escriba dudó, pero las palabras salieron igual, temblorosas, al trazar el nuevo decreto en papel sagrado.
Y mientras la tinta se secaba, un relámpago rasgó el cielo sobre la capital, aunque no había nubes. El trueno que siguió no vino de arriba, sino del interior de la tierra.
Drakar sonrió apenas.
—Los cielos… responden.
El sol y la luna eran consecutivos.
El tercer día después del decreto imperial, el Pico Espiritual de la Luna Reflejada ya no respiraba igual. Los discípulos hablaban en susurros, y las escaleras de piedra que antes se llenaban con conversaciones matinales ahora resonaban solo con la naturaleza.
Maribel caminaba despacio junto al lago, donde los reflejos se quebraban con cada viento del norte. Su qi no fluía, el sistema había sellado sus meridianos para estabilizarla, pero el límite de su cultivo se expandía en silencio.
El grupo que una vez salvó la seguía de lejos, dividido por la desconfianza.
Richard fue el primero en hablar:
—No deberíamos quedarnos aquí. Las inspecciones del Reino llegarán antes de la próxima luna.
—?Y dónde quieres que vayamos? —replicó Amara—. En todos lados buscan a los semihumanos. Si nos descubren ayudándolos, terminaremos igual.
Sofía, que había permanecido callada, clavó la mirada en Maribel.—Podríamos evitar todo esto entregando al ni?o. No tiene culpa, pero… tampoco tiene futuro aquí.
Su voz temblaba apenas, pero el peso de la frase cayó como un martillo.
Richard frunció el ce?o.
—?Escuchas lo que dices? ?Maribel nos salvó antes! Sin ella estaríamos muertos. ?Que deshonra si no regresamos ese favor!
Sofía lo miró con los ojos cansados.
—Y si el rey descubre que lo ocultamos, moriremos. No entiendes, Richard… esto ya no se trata de justicia, sino de sobrevivir.
—El dragón rojo no encontrará a Aether, el sistema lo está escondiendo —Dijo Maribel intentado convencerlos de ayudar.
—?Esa voz que los sigue? Te recuerdo que el dragón rojo es un enviado divino, un espíritu no puede protegernos si él nos descubre.
Maribel no habló. El silencio entre ellos era más cortante que cualquier discusión.
El sistema proyectó una notificación tenue en su mente:
[Estado actual: inactividad espiritual. Expansión del límite interno en progreso. Proyección: nivel de fundación superior posible tras desbloqueo.]
[Recomendación: evitar estímulos emocionales intensos durante el sellado.]
Pero era inútil. Apretó los pu?os, cerrando los ojos con fuerza. Todos respiraban ese aire enrarecido. Incluso Amara empezó a volver poco a poco a su antigua personalidad cohibida, encogiéndose ante las luces rojas del cielo.
Un suspiro interrumpió el silencio. Richard y Amara cruzaron miradas. La mujer dio un leve asentimiento.
—Tenemos un plan —dijo Richard en voz baja—. Tres días más y el inspector llegará desde el sur. Podríamos sacarte antes de eso. Le mostró un mapa marcado con un punto azul en las monta?as del oeste: el Refugio del Alba.
Amara la miró todo el tiempo, sin decir palabra, pero sus manos temblaban.
—Gracias —dijo al fin—, pero si me voy, los pondré en la mira.
—Ya lo estamos —respondió Richard con una sonrisa amarga—. La diferencia es que algunos aún creen que pueden mirar hacia otro lado.
Desviaron la mirada. A la persona que había renunciado.
Desde la colina superior, Sofía los observaba. No los delató. Sus labios se movieron en una plegaria silenciosa, sin fe.
Maribel miró al horizonte. El cielo estaba limpio, pero se oía un trueno lejano, constante, como un recordatorio de que incluso las monta?as podían temer.

