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Rey Dragón Rojo: La Piedra Que Respira.

  Una tarde, el trono imperial se encontraba en penumbra. Solo una piedra verde iluminaba la sala, respirando con un pulso irregular, casi humano. Drakar la observaba desde el estrado, inmóvil, con la quietud que solo se logra cuando el alma ha dejado de temblar.

  A sus pies, los magos del Consejo Imperial permanecían arrodillados. Nadie se atrevía a alzar la vista. Todos sabían lo que esa piedra contenía.

  La voz del general de exploración quebró el silencio:

  —Majestad… la operación fue un éxito parcial. La piedra fue asegurada, y el resto del enclave, purgado.

  Drakar no respondió. Esperó. El general tragó saliva antes de continuar.

  —El campamento pertenecía un culto demoniaco. Según las marcas y los fragmentos de qi. Se habían establecido en los valles del norte, bajo cobertura de niebla perpetua. Practicaban una forma de alquimia espiritual… con sangre. Cuando llegamos, la mayoría había huido. Lo que quedaba eran cuerpos, jaulas y… —vaciló— un recipiente vacío en el centro del altar.

  El informe se detuvo un momento. El hombre respiró hondo.

  —Era el cuerpo de la Emperatriz Vireya.

  Los murmullos cesaron de inmediato. Drakar siguió sin moverse. Su voz, cuando habló, fue baja, firme:

  —Detalles.

  —Había sido retenida por décadas, según los indicios de la mazmorra donde se encontraba. Pasaba por rituales prolongados. Cada ciclo de luna se usaba su sangre para alimentar la piedra. Creemos que la piedra verde era el núcleo del experimento. Servía como contenedor de energía vital. Nuestros estudios indican que… su alma fue fragmentada en repetidas ocasiones para mantener el ritual activo, hasta que finalmente toda su conciencia fue absorbida en la piedra, solo su inconsciente quedó en el cuerpo.

  El silencio pesó como hierro.

  —?Y los responsables? —preguntó Drakar.

  —Uno de los líderes fue identificado. Un hombre lobo con garras de piedra. Mató a diecisiete soldados antes de que pudiéramos asegurar el perímetro. Escapó cuando llegaron los cultivadores del núcleo dorado. Los rastros de qi se desvanecieron antes del amanecer. Los sobrevivientes del campamento huyeron hacia el oeste, no identificamos lo que buscan ahí.

  Drakar cerró los ojos y puso una mano sobre una esfera. Lo vio todo en su mente: La escena del rescate, los cuerpos aún tibios, el humo, la piedra respirando entre cenizas. No hubo lágrimas ni ira visible. Solo esa calma contenida que presagia tormentas.

  —?Qué ocurrió durante el intento de extracción? —dijo finalmente.

  El mago principal se inclinó, la frente casi tocando el suelo.

  —La piedra… reaccionó. —Drakar tuvo esperanzas de recuperar a su Vireya, por amargo que fuera y por muchos a?os que tome, sin embargo lo siguiente lo dejó completamente perdido.

  —Cuando comenzamos el proceso, la piedra se agitó. Creímos que su conciencia intentaba regresar al cuerpo, pero no era ella. Una entidad respondió desde dentro. Algo… que no entendemos que es, consumió la esencia restante y colapsó el altar. Solo quedó este fragmento estable. —Levantó la piedra con manos temblorosas—. La llamamos la piedra que respira, por su flujo interno. Pero la energía no es humana.

  El sonido del corazón de Drakar se detuvo por unos instantes. Todo en él, todo lo que aún quedaba, se contrajo. Sentía que el mundo empezaba a dar vueltas.

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  La Emperatriz no había muerto de inmediato. Había sido consumida, reemplazada. Su cuerpo fue devuelto, pero su alma había sido alimento de algo que no debía existir.

  El silencio se prolongó. Finalmente, Drakar habló con esa voz suya que no alzaba el tono, pero que ningún soldado se atrevía a interrumpir:

  —Quemen el campamento. Todo. Incluso las raíces.

  Sus ojos se levantaron con sorpresa.

  —?Majestad...?

  Drakar entrecerró los ojos.

  —Nada debe quedar. Ni los ecos. Si alguien pregunta, fue una operación rutinaria contra una secta de lobos del bosque.

  El general asintió con rigidez. Nadie más habló.

  Cuando el último guardia salió, Drakar permaneció solo con la piedra. La sostuvo entre los dedos y observó cómo su brillo titilaba, como si lo llamara por su nombre. Ya no podía llorarla, ella ya no existía. Solo podía odiar al mundo que permitió aquello.

  En la oscura soledad de su trono, sus pensamientos divagaron sin control. Su mente, extra?amente, fue jalada siempre a un recuerdo: la visita de un hombre.

  La sala del trono estaba desierta aquella noche. Las antorchas no ardían con fuego, sino con una llama azul, silenciosa, alimentada por polvo espiritual. El Rey Drakar había despedido a todos sus consejeros; los últimos informes sobre las grietas hablaban de la destrucción de aldeas enteras y de la expansión de sectas prohibidas. El ambiente olía a bronce y a lluvia vieja.

  El silencio se quebró por un sonido leve: pasos que no producían eco.

  Un hombre de túnica gris, sin insignias ni marcas visibles, se detuvo frente al trono. No se inclinó, pero tampoco mostró desafío. Su rostro estaba cubierto por una máscara de cristal opaco.

  —Vuestra Majestad —dijo con una voz tan serena que parecía venir desde otra habitación—. Vengo en nombre de aquellos que escuchan lo que el cielo calla.

  Drakar frunció el ce?o.

  —?De qué orden vienes? No hay registro de embajadas hoy.

  —No soy emisario de un reino —respondió el hombre, avanzando lentamente—. Pertenezco a una fuerza que no aparece en los mapas ni responde a los dominios. Escuchamos la voz que yace detrás de las estrellas… y esa voz me ha pedido hablar con usted.

  El Rey se enderezó.

  —Si es otra secta que predica la salvación, pierde su tiempo. Ya tengo suficientes fanáticos en mis mazmorras.

  El emisario sonrió apenas.

  —No hablo de fe, hablo de propósito. El mundo se está pudriendo, Majestad. Las grietas son síntomas de un cuerpo que rechaza su carne enferma. Los semihumanos, los demonios, los híbridos… todos son parásitos del dise?o original. El universo pide purga. Una pausa.— asintió ligeramente para sí mismo —Y usted, el Dragón Rojo, ha sido elegido para encender el fuego que lo purifique.

  Drakar lo observó con frialdad.

  —?Elegido? No soy instrumento de dioses.

  —No —replicó el emisario con calma—. Pero el cielo necesita una voz, una que los hombres puedan oír. Una que dé forma al miedo.

  El rey lo contempló largo rato, recordando los días en que su esposa aún vivía, antes del secuestro, antes del silencio de los templos.

  —?Y si me niego?

  El emisario alzó una mano. Una piedra verde flotó sobre su palma, vibrando con una luz enfermiza.

  —Entonces otros hablarán en su lugar. Ya lo hicieron con Vireya.

  El aire del trono se heló. Drakar se levantó de golpe.—?Qué sabes de Vireya?

  El hombre bajó la mano.

  —Solo que aún la escuchan, en lugares donde el Cielo Verdadero ya no mira. Usted puede hacer que esa voz se calme, o puede seguir negando lo inevitable. El mundo no necesita más piedad, necesita orden.

  Hubo un silencio tenso.

  —Si piensas que el Consejo puede ayudarte, no te lo recomiendo, si intentas algo que nos delate... más pronto de lo que esperes el consejo te declarará disonante con la voz universal.

  El emisario dio media vuelta, dispuesto a marcharse. Antes de desaparecer entre las sombras, dejó una última frase:

  —Recuerde esto, Majestad: Los cielos no se caen… se reemplazan.

  Cuando la puerta del trono se cerró, Drakar sintió que el aire pesaba más que antes.

  Drakar salió de sus memorias. Extra?amente más calmado. Su semblante había perdido toda conmoción.

  Se quedó allí, mirando el lugar donde había flotado la piedra verde.

  Siseó enojado.

  —?Quién te creería?

  Llevó la piedra que respira hasta su pecho, en un cálido abrazo. Sus ojos se afilaron.

  —Pero hay algo en lo que sí creo: en el dolor. Y el dolor… necesita una dirección.

  Drakar sostuvo la piedra y la apretó hasta sangrar, se levantó con determinación.

  La intromisión fue abrupta, sin aviso ni directiva. Simplemente llegó. Los escribas levantaron la mirada y se pusieron de pie, saludando. Las miradas bajas y el sudor en la frente.

  —Haré un decreto y se va a sellar esta misma noche. —proclamó Drakar —Los semi-humanos serán cazados sin tregua. Ya sean los lobos, los vampiros o las hadas. Cualquiera que no sea humano por completo... morirá.

  La versión oficial hablaba de purga espiritual y unidad imperial. Pero la verdad era más simple, más humana, más peligrosa: Drakar solo quería devolverle al mundo el dolor, porque le habían arrebatado a Vireya.

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