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En busca de calor (II): La esclarecida a quien los cielos respondieron

  —Debes aprender a ser más listo, muchacho…

  La mujer bajó el tono enseguida.

  —Está bien, no te preocupes. Había otro lote de hierbas de todos modos. No quemaría mi único lugar para dormir sin motivo. Además, todos dicen que pronto las plantas empezarán a secarse y, si lo dejamos así, el viento llevará las motas desde las praderas hasta las casas.

  El ni?o entendió que eso significaba que ambos podrían quedarse allí. Más tranquilo, preguntó:

  —?Entonces sí podremos juntar suficiente para los dos?

  La mujer pensó durante un largo momento.

  —Supongo que sí —dijo finalmente—. Hay un espacio donde puedes dormir. Pero dime una cosa… ?por qué dormirías en el pasto y no en tu casa?

  El ni?o dudó. Dormir en los árboles otra vez no le parecía buena idea; estaba más expuesto que en el bosque. Además, si las personas lo veían, tal vez su padre vendría a buscarlo. No sabía dónde más dormir.

  —?Estás bien? —preguntó ella con suavidad—. Si te da miedo decirme el motivo, no temas. No intento rega?arte.

  —Es que… realmente no sé dónde más dormir…

  La mujer pareció conmovida.

  —Entonces, ?Qué esperamos? Quitaremos el pasto seco del pueblo de una vez por todas. Ese lugar no es muy espacioso para un granero, pero podrían entrar al menos tres como yo.

  Ella lo ayudó a reunir suficiente pasto durante el día para que pudieran dormir juntos.

  También robaba algo de comida en secreto para dárselo.

  ?Ella y mamá se parecen un poco, aunque no se ven igual. Ambas duermen mucho, me acarician la cabeza y piensan mucho.?

  Una sensación incómoda le recorrió el pecho.

  Es como estar con mamá… antes de que la metieran en esa piedra.

  El ni?o observó el recinto.

  ?Aquí solían vivir los vecinos. Pero mis vecinos de aquí murieron.?

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  Pasaba los días trepando árboles, explorando el lugar y cazando insectos que intentaban invadir el establo: cucarachas, ratones.

  ?No me los comeré, se recordaba. Mamá se enojaba cuando lo hacía… ?o era la mujer??

  El tiempo pasaba lento, pero él no entendía el tiempo.

  Aquellos pocos días en los que ella le traía comida fueron tranquilos. Hasta que, una tarde, ella lloró.

  El ni?o se congeló. Apretó los pu?os.

  ??Mi papá ya llegó??

  Bajó del árbol y se acercó. Frotó con cuidado la cabeza de la mujer.

  —?Por qué estás llorando?

  La pregunta la dejó inmóvil.

  —Ah… ?yo? No lo sé… realmente no sé por qué lloro —respondió—. Creo que solo dejé salir todo.

  Guardó silencio un momento.

  —Necesito pensar un poco… —dudó—. Pero antes… ?podrías darme un abrazo, por favor?

  él la abrazó, como hacía con su mamá.

  Tal y como siempre ocurría, la mujer dejó de llorar.

  Luego se fue a algún lugar.

  Pero cuando regresó, el ni?o notó algo distinto: parecía más alegre que antes.

  Al día siguiente lo llevaron dentro de una canasta. Escuchaba las conversaciones entre la mujer y dos adultos. Parecían planear algo para enga?ar a su padre y escapar de él, aunque hablaban poco.

  Mientras dormía en la canasta, el olor de su padre apareció.

  —?Vienen a rogar por misericordia?—Vinimos a hablar. Yo principalmente.—?Tú?… —snif, snif—. Eres solo una mujer débil. ?Qué derecho tienes a negociar entre hombres? Incluso las brujas bajan la cabeza ante mí.

  El ni?o miró por los agujeros de la canasta.

  —Bueno, realmente podemos hablar o pueden intentar suerte —dijo el hombre de cabello desordenado.—Tsk… —la mujer negó con la cabeza—. ?Por qué les gusta provocarse unos a otros? Si fuera una guerra de provocaciones, el rey ya habría provocado a todos los aquí presentes.

  Un rato después, la mujer lo bajó de la canasta.

  —Es simple. Un intercambio entre tu clan —contigo como representante— y Puerta de Sal, con William como representante.

  Luego se volvió hacia el ni?o.

  —Dime, amiguito… ?Cómo te llamas?

  El ni?o lobo la miró con seriedad. No entendía por qué le preguntaba su nombre justo ahora.

  —Pedro… como las u?as de mi padre.

  —Oh…

  Se giró hacia el lobo de u?as anormales, se acercó un poco y preguntó en voz baja:

  —Dime… ?realmente te gustaría volver con él?

  Pedro negó con la cabeza, en movimientos cortos y rápidos.

  —Entiendo —dijo ella, dirigiéndose al padre y a su compa?ero—. El trato es el siguiente: te dejamos acercarte al ni?o sin protección y, a cambio, tú y tu clan no le harán da?o a nadie que pertenezca a Puerta de Sal.

  Pedro sintió como si lo abandonaran. Aunque no quería volver, parecía más seguro estar con personas que quedarse solo.

  —Jeh… perfecto. Trato hecho.

  —Espera —dijo la mujer—. Hay algo más: quiero que lo jures en nombre del cielo.

  Pedro se estremeció.

  Ella habló sin dudar.

  —Creo que algo superior siempre está observándonos, así que no me gustaría dejarlo fuera de este asunto.

  ??Los cielos? Al parecer, el dios que devora la luna fue expulsado de esa tribu.?

  Algo cambió cuando su padre juró ante los cielos que no da?aría a la gente de ese lugar, donde vivían personas como su madre.

  Desde entonces, su padre ya no podía tocarlo. Incluso si lo intentaba, su mano simplemente no lo alcanzaba.

  Pedro entendió.

  Ahora era familia.

  Era parte de un lugar que su padre y su clan no podían da?ar.

  Una profunda admiración nació en su corazón.

  ?Ella sí puede ordenar a los cielos. Nunca antes los cielos habían atendido las súplicas de mamá… pero a esta mujer sí.?

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