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CAPÍTULO 19 : UNA APUESTA CULINARIA

  Habían pasado ya dos a?os desde la derrota del reino drakoriano, y el fervor por hallar a la princesa Moriana comenzaba a disiparse. Durante aquel tiempo, nuevos guardianes del tiempo habían salido a la luz, y muchos aceptaron trabajar en la creación de una máquina de estabilización para esa era, a pesar de las dificultades y la escasez de materiales. Bajo el liderazgo de Elowen y Hassan, establecieron una aldea segura, oculta de miradas indiscretas, donde pudieran vivir en paz. Algunos incluso se infiltraron en la capital, desempe?ando oficios humildes para forjarse nuevas identidades llegado el caso. La vida poco a poco se volvía más estable, y muchos empezaban a olvidar su misión original.

  En palacio, la rutina seguía su propio curso. La doncella mayor pasaba más tiempo con Jana, puliendo sus habilidades, pues había sido asignada directamente al servicio de la princesa Danui. Pese a la experiencia de Lady Evelyn, la princesa insistió en tener a Agnes, y la jefa de doncellas no tuvo más remedio que hacerse cargo de su instrucción personal. El príncipe, por un tiempo, pareció olvidarla, mientras el caballero y la joven Eliza se habían convertido en sus más cercanos confidentes. Jana sentía un extra?o alivio: apenas se requerían sus servicios como visionaria, y otro guardián del tiempo había tomado las riendas en ese terreno. Ella se dedicaba, sobre todo, a coordinar sus movimientos y recabar cualquier indicio de amenaza contra los suyos o contra sí misma.

  El príncipe mostraba poca prisa en elegir esposa, y el palacio seguía lleno de mujeres de todo linaje, ansiosas por llamar su atención.

  En los aposentos de servicio, Jana y Eliza doblaban ropa para distribuirla por las cámaras del palacio.

  —?Habéis oído? —preguntó Eliza con ojos brillantes—. Ma?ana llega el sultán de Bahlavia.

  —?Los seguidores del Libro? —replicó Jana arqueando una ceja—. Sí, algo he oído.

  —Una lástima que no crean en nuestro Dios. ?Vendrán a extender su religión, decís? —a?adió Eliza con inocencia.

  Jana sonrió apenas. En su tiempo, aquello le habría parecido ridículo; la libertad de culto no existía en este mundo, y hablar de ella podía ser peligroso.

  —El deber llama, Eliza. Debo irme —dijo, tomando un montón de telas y retirándose.

  —Hasta luego, Agnes —respondió la muchacha.

  Los días en palacio habían ido acercando a Jana y la princesa Danui. Lejos de su tierra, la princesa veía en ella algo más que una sirvienta: se había convertido en confidente. Mientras las otras muchachas buscaban atraer al príncipe, Danui había llegado por deber, y no parecía anhelar ser elegida. Jana, consciente de su hastío, solía distraerla con juegos de ajedrez y ense?ándole peque?os trucos. Aquella ma?ana no fue distinta: mientras peinaba con destreza sus largos cabellos, la princesa pidió otra lección en el tablero.

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  Horas después, de camino a los aposentos de servicio, la jefa de doncellas la llamó.

  —Ma?ana seréis destinada a la cocina.

  —?La cocina? Pero ya tengo deberes con la princesa —replicó Jana, sorprendida.

  —Yo misma daré las explicaciones y me disculparé con su alteza. Con la visita del sultán nos falta personal, y no puedo enviar a una novicia. Todos los demás están asignados —explicó la mujer.

  Jana contuvo un gru?ido. La cocina era lo último que deseaba.

  —Entendido.

  La ma?ana siguiente vistió un uniforme nuevo y se presentó en el bullicioso fogón. Su tarea parecía sencilla: picar legumbres sin descanso. Agradeció no tener que guisar, pues sus habilidades apenas alcanzaban ensaladas y sopas ligeras.

  Pero pronto un cocinero le tendió una pierna de carne.

  —?Esto es para los invitados? —preguntó ella, frunciendo el ce?o.

  —Claro que es para ellos. ?Acaso pensáis comerlo vos? —replicó con sorna.

  Las risas resonaron, pero Jana se mantuvo seria.

  —?Sabéis que ellos no comen carne?

  El cocinero se volvió, con una sonrisa torcida.

  —?Y qué nos importa lo que coman esos paganos?

  Los ojos de Jana brillaron con dureza.

  —Son huéspedes de la familia real. Lo mínimo es honrarlos con respeto. —Su voz se volvió un susurro frío—. Si el príncipe supiera que su propio cocinero desprecia a los invitados de esta forma, dudo que lo tolerara.

  El gesto del cocinero vaciló. Se encogió de hombros, pero replicó con voz nerviosa:

  —?Creéis asustarme con amenazas huecas? Si sois tan valiente, tomad vos las riendas. — Se arrancó el mandil con rabia y salió de allí como una tempestad.

  El silencio cayó sobre el lugar. Algunos la miraban con ira contenida, otros con perplejidad. Finalmente, un ayudante dio un paso al frente:

  —No me place lo que habéis hecho, mas enemistarnos con tales huéspedes podría costarnos caro. Decid, doncella, ?tenéis ardid preparado?

  Jana respiró hondo. Su intención nunca había sido destacar, pero ya no podía retroceder. Así que improvisó: con lo poco que sabía, empezó a preparar un sustituto de carne usando verduras.

  Al principio se burlaban, pero al probarlo quedaron pasmados: era difícil creer que aquello no era carne. Con renovado entusiasmo, todos se unieron al trabajo.

  Al mediodía, los platos fueron llevados al gran salón. Los sirvientes destaparon las bandejas ante el sultán y sus consejeros. Al ver la carne, el gesto del soberano se endureció. Un murmullo recorrió la mesa. El joven Sultán alzó la mano y calmó a los suyos que se alzaban en descontento. Miró al príncipe con semblante inescrutable, agradeció la hospitalidad… pero rehusó comer, recordando que su fe prohibía aquella carne.

  La furia del príncipe se desató. Mandó llamar al responsable de los manjares. El antiguo cocinero, pálido como la cera, se presentó.

  —?No se os informó de las restricciones de mis huéspedes? —preguntó el príncipe con voz helada.

  —Me avergüenzo, alteza… pero otra tomó mis deberes y decidió el menú —balbuceó.

  El consejero Kahil se inclinó hacia delante.

  —?Quién fue?

  El cocinero vaciló, y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.

  —La doncella Agnes, alteza.

  El rostro del príncipe se oscureció. Sir Gareth, a su lado, palideció. Y sin más, el príncipe ordenó que la trajeran de inmediato.

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