Jana centró su atención en la misteriosa mujer que tenía un parecido inquietante con ella. Pasó días en el mercado, preguntando discretamente por la mujer, pero nadie parecía reconocer su descripción. Era como si aquella mujer no existiera fuera de los muros del palacio. La frustración carcomía a Jana al darse cuenta de que su búsqueda de información no la llevaba a ninguna parte.
Viviendo de bienes robados, Jana se había vuelto experta en el hurto, mezclándose entre las sombras y atacando cuando menos se lo esperaban. De vez en cuando la atrapaban robando, pero sus reflejos rápidos y su aguda mente siempre la ayudaban a escapar. La actividad bulliciosa del mercado le ofrecía buena cobertura, pero también le recordaba la enorme distancia que la separaba de su objetivo.
Observar el palacio desde fuera resultaba inútil. La información que conseguía sobre los soldados siempre estaba desactualizada cuando llegaba a sus oídos. El palacio, en estado de alerta debido a la guerra y a los intentos de asesinato, era una fortaleza. Jana sabía que tenía que entrar si quería descubrir los secretos que escondía.
Su oportunidad llegó una tarde lluviosa, cuando el palacio hervía de actividad con los preparativos para un banquete. Jana se deslizó entre los guardias, mezclándose con los sirvientes que estaban demasiado ocupados para notarla. Los grandes salones del palacio eran un contraste total con las calles duras del exterior, rebosantes de opulencia y lujo.
Mientras recorría los laberínticos pasillos, Jana mantenía la cabeza baja, intentando no llamar la atención. El corazón le golpeaba el pecho, pero su determinación no flaqueaba. Tenía que encontrar a la mujer que se parecía a ella y descubrir la verdad.
El palacio era un hervidero de actividad, con guardias y sirvientes yendo y viniendo con propósito. Cada paso de Jana estaba medido, sus ojos atentos a cualquier se?al de su doble. Escuchaba fragmentos de conversaciones sobre la guerra, las estrategias del rey y los constantes intentos de asesinato. Estaba claro que las tensiones eran altas y que el aire se cargaba de paranoia.
Jana llevaba puesto un uniforme de sirvienta que había robado, mimetizándose con el personal del palacio. Su búsqueda la llevó a los pisos superiores, donde residía la nobleza. Al acercarse a esa zona, un guardia la detuvo, con la mirada recelosa.
—Nombre su propósito —exigió.
—Estoy atendiendo a Lady Demera —mintió Jana con naturalidad, inventando el nombre en el acto—. Me cortará la cabeza si llego tarde.
El guardia vaciló, claramente sopesando el riesgo de desafiar la ira de una noble. A rega?adientes, se hizo a un lado.
Jana asintió y pasó apresuradamente, con el corazón latiéndole con fuerza. Avanzó por los opulentos pasillos, la grandeza del palacio contrastando radicalmente con la dureza de las calles del exterior. Mientras caminaba, una suave melodía alcanzó sus oídos. Intrigada, siguió el sonido, atravesando los pasillos sinuosos.
Se topó con una figura desali?ada, fuera de lugar en un entorno tan lujoso. La mujer tenía un aspecto descuidado, sus ropas estaban sucias y gastadas, pero su rostro le resultaba inquietantemente familiar. Jana necesitaba hablar con ella, averiguar quién era. A pesar de la falta de gracia y de la evidente timidez, el parecido era asombroso.
Mientras Jana se acercaba, oyó pasos tras ella. Rápidamente, se ocultó entre las sombras, observando cómo un hombre entraba en la sala y se dirigía a la mujer andrajosa con respeto.
—Princesa Moriana de Drakovia, se requiere su presencia en la corte.
Los ojos de Jana se abrieron con asombro. La mujer que se parecía tanto a ella… era de la realeza. La revelación la golpeó como una ola gigantesca, sembrando más preguntas que respuestas. La observó levantarse, sus movimientos torpes y vacilantes, muy distintos a la imagen de confianza que Jana emanaba.
Los siguió, atenta, mientras hablaban de un plan urdido por el padre de la princesa. Al parecer, Moriana, décimo segunda hija del rey y sin ningún valor político, iba a ser entregada en matrimonio a un anciano acaudalado de un país lejano. Aunque la noticia la devastó, mantuvo la cabeza alta ante las miradas de desprecio, aceptando su destino con una dignidad silenciosa.
This narrative has been unlawfully taken from Royal Road. If you see it on Amazon, please report it.
Jana no actuó de inmediato. Mientras seguía a la princesa por los pasillos, su mente trazaba un plan poco convencional, incluso para alguien con su entrenamiento. Moriana no parecía especialmente instruida ni dada a hacerse preguntas, lo cual podía jugar a su favor. Esperó a que la princesa regresara sola a sus aposentos y, desde las sombras, la observó derrumbarse sobre un diván, rompiendo en sollozos silenciosos con el rostro cubierto entre las manos.
Aprovechando el momento, Jana se deslizó dentro sin hacer ruido. Una chimenea baja, casi apagada, ardía débilmente al fondo. Sin titubeos, vertió con cuidado un pu?ado de polvos en las brasas. El fuego chispeó y luego volvió a su letargo, liberando un humo suave que poco a poco llenó la habitación. El aire se volvió denso, casi místico. No era peligroso, pero abría la mente de formas alucinantes.
Entonces Jana se acercó despacio, y la tenue luz del fuego pareció envolverla con un resplandor dorado. Su voz, cuando habló, sonó cálida y celestial.
—Dios ha escuchado tus plegarias —dijo ella, con una voz suave pero autoritaria.
—?Perdón? —preguntó la princesa, con la voz temblorosa.
—Dios me ha enviado en su ayuda, hija. Puede escapar de este destino, tomaré su lugar. Es el plan divino, ordenado por los cielos.
—?Cómo sé que dices la verdad? ?Por qué enviaría Dios a alguien para ayudarme?
—Porque tus plegarias han sido escuchadas. Tu sufrimiento no ha pasado desapercibido. El Se?or obra de maneras misteriosas, y yo soy Su instrumento. ?No ves la se?al en nuestro parecido? Es prueba de Su voluntad.
—Oh, misericordioso Dios, ?es esta realmente tu voluntad? ?Has enviado a este ángel para librarme de mi destino?
—No hay tiempo que perder, Alteza. Debemos actuar ahora, antes de que los planes de su padre sean sellados. Esta es su oportunidad de ser libre, de escapar de la vida que le han impuesto injustamente.
La princesa abrió los ojos, el rostro empapado en lágrimas.
—?Pero qué será de mí? ?Adónde iré?
La expresión de Jana se suavizó, aunque su mente bullía con planes.
—Irás a un lugar seguro, lejos de este palacio y de las intrigas que te encadenan. Confía en el plan de Dios, pero debe marcharte esta misma noche —dijo, con una mezcla convincente de urgencia y compasión—. Otro mensajero al borde del bosque la estará esperando. él la llevará al refugio que Dios ha preparado para vos.
La princesa, abrumada pero convencida por el porte sagrado de Jana y la influencia de los alucinógenos, asintió lentamente.
—Muy bien. Haré lo que dices.
Planearon la huida rápidamente, intercambiando ropas bajo la tenue luz de las velas Jana se puso el vestido de la princesa, mientras que la verdadera princesa se vestía con los andrajos de Jana. Al completar el cambio, Jana habló con urgencia:
—Vete ahora y espera en el lugar del que hablamos. Otro mensajero vendrá por ti.
La princesa, aún llorando, susurró una última oración antes de deslizarse fuera de la cámara y adentrarse en las sombras del palacio. Jana, ya en su lugar, respiró hondo y se preparó para asumir su nueva identidad. No podía permitirse dejar cabos sueltos; se armó de valor para lo que debía hacer a continuación. Le dolía el corazón al pensar en su plan, pero se convencía de que una vez que restaurara el orbe, todos olvidarían lo sucedido y los eventos volverían a su cauce natural. El efecto mariposa que ahora estaba provocando, alterando el futuro tal y como lo conocía, y todas las vidas perdidas que no debían haber sido, regresarían a su estado original. Repetía esto una y otra vez para aliviar su conciencia, pero hacía poco por calmar su carga.
A Jana nunca le había gustado improvisar; prefería los planes trazados al detalle. Sin embargo, en los últimos días no había hecho otra cosa que improvisar. Esta vez decidió no acompa?ar a la princesa abiertamente hasta el bosque. Si ambas desaparecían del palacio al mismo tiempo, la mentira caería por su propio peso. En su lugar, dejó caer en la conversación la existencia de “otro ángel” que la recibiría más adelante, solo para dar más credibilidad a la historia. La realidad era que no había tal ángel: Jana iba siguiéndola en silencio, cuidando cada paso para no ser descubierta. Así llegó hasta el claro del bosque, y allí, ocultando el rostro y bajando la voz varias octavas, se presentó como quien supuestamente la esperaba.
La princesa estaba allí, esperando nerviosamente, con las manos retorciéndose por la ansiedad. Sin pronunciar una palabra, Jana le hizo un gesto para que la siguiera, esforzándose al máximo por mantenerse irreconocible. La princesa, con la inocencia evidente en cada mirada de curiosidad, obedeció sin vacilar. Jana la condujo más adentro del bosque, mientras la oscuridad las envolvía poco a poco en su avance silencioso.
A pesar de las preguntas inocentes de la princesa y de su asombro infantil ante lo desconocido de aquel entorno, Jana permaneció en silencio. Era evidente que la joven había llevado una vida protegida dentro de los muros del palacio, apenas relacionándose con nadie.
Finalmente, en lo más profundo del bosque, Jana se detuvo. Se volvió hacia la princesa, endureciendo la expresión consciente de que lo que estaba a punto de hacer por más reversible que fuera en la línea temporal en su mente quedaría marcado para siempre.

