"Tierras dentro de los territorios del se?orío de Texcoco"
"Cenote sagrado"
"Youali"
Un hijo miedoso... Un cobarde, es lo que soy.
Fui concebido en una fría noche de invierno, bajo la protección de una estrella brillante, un signo zodiacal fuerte y un imponente se?or de la noche.
Gracias a tal augurio, mi familia me consideraba un guerrero fuerte y valeroso desde el día en que salí de la matriz de mi madre.
Esperaban que siguiera el camino de la guerra, como la mayoría de hombres de nuestra sangre.
Empezando por mi abuelo, uno de los pocos privilegiados dentro del se?orío en recibir un macuahuitl cōzcatlālli —un arma que simboliza grandeza y ferocidad— otorgada personalmente por el tlatoani.
Mi padre tenía lo necesario para alcanzar esa grandeza, pero se confió al recorrer ese peligroso sendero.
Cambió a una vida más sencilla como carpintero del pueblo, después de romper una pierna en combate. No fue tomado como cautivo, pero se lamenta en su soledad, como si ese hubiera sido un mejor destino.
Sus hermanos —mis tíos— nunca se desviaron de ese camino, al igual que mis primos y mi hermano mayor, quienes aseguran que ese es el sendero correcto y están dispuestos a morir como nuestro abuelo lo hizo en batalla.
Y luego estoy yo: el hijo que debía sobresalir de entre todos ellos. Contrario a eso, nunca pude empu?ar un macuahuitl sin que me temblaran las manos, y escondía el rostro detrás de un chimalli por miedo a la sangre.
Soy un fracaso como hijo. Aunque mi familia no lo dice con palabras, sí lo hace con sus miradas y su silencio. Eso lastima más que ser golpeado con un mecate.
Cuando comencé a caminar, solo hacía una cosa: seguir a mi madre a todos lados y esconderme bajo sus faldas.
Para evitar que la cobardía me siguiera hasta la adultez, usaron el nombre de Youali, que significa: "el tiempo de la noche".
Ese nombre fue elegido por un sacerdote famoso, basándose en el signo zodiacal bajo el que nací, el Coatl —serpiente—, que representa transformación y sabiduría.
También tomando en cuenta a mi se?or protector, Xipe Tótec —nuestro se?or desollado—. Aquel que es considerado como valiente, oscuro y cruel, pero justo.
Para cuando cumplí los cinco a?os, antes de dormir, mi padre nos contaba a mi hermano y a mí cómo el se?or Xipe Tótec renacía cada primavera.
Parecía cruel al relatar esas historias, pero su intención no era mala. Solo quería que mi mente se hiciera fuerte. Aunque me rompiera primero.
él decía que para esa ceremonia solo escogían a los guerreros cautivos más valerosos, fuertes y dispuestos a representar a nuestro se?or.
Les daban alimento tan valioso y digno solo para los dioses y el tlatoani; agua limpia para lavar sus cuerpos a diario, y hermosas muchachas para satisfacer las necesidades del hombre, pues ellos debían estar felices y complacidos en el momento de representar a nuestro poderoso se?or.
Llegado el día, momentos antes de la ceremonia, ba?aban a estos elegidos.
Los pintaban.
Les ponían hierbas aromáticas, como el cilantro, romero y hierbabuena, hasta que su piel olía a un jardín sagrado.
Después los presentaban a las multitudes y los degollaban vivos.
Escuchar esa sangrienta ceremonia solo me hacía temer más a mi se?or protector y a mi destino. A veces, mis lágrimas brotaban sin poder contenerlas.
Mi tata imitaba los desgarradores gritos de esos cautivos. Por las noches no podía dormir, pero él seguía pensando que eso me haría más fuerte.
La ceremonia continuaba, con los sacerdotes usando las pieles de los guerreros para cubrir sus cuerpos mientras danzaban al ritmo de los huehuetl —tambores—.
Las tlapitzalli —trompetas de caracolas— que entran por los oídos y alegran el espíritu.
Las chirimías —flautas de carrizo—, las sonajas y cascabeles, que hacen cimbrar el cuerpo y obligan a las multitudes de gentes a danzar al ritmo de los sacerdotes.
Y cuando todos danzaban armónicamente en la gigantesca plaza de Tenochtitlan.
la música se detenía en seco.
Los sacerdotes respiraban agitadamente y agotados.
Entonces...
Las pieles se abrían.
Como si la tierra misma se librara de su antigua corteza.
De la misma manera como una mazorca de maíz es despojada de sus hojas, para dejar a la vista de todos un perfecto y tierno elote.
Y así, un nuevo ciclo... un nuevo a?o lleno de buenas cosechas y fertilidad se esperaba por parte de nuestro se?or Xipe Tótec.
Mi hermano reía de orgullo cuando mi tata terminaba la historia.
Yo terminaba con miedo y lágrimas bajando por mis mejillas, despreciando a mi se?or protector, a mi signo zodiacal y a mi familia.
?Yo... deseo... no ser cobarde!... ?Quiero ser valiente... Daría todo por ser valiente!
—?Sabes cuál es la diferencia entre un miedoso y un cobarde?—
De repente, una extra?a voz se escuchó cerca de mi oído. Al dar la vuelta, pude ver que era un hombre vestido con extra?as ropas.
Estaba mirándome fijamente. No podía ver su cuerpo ni su cara, pero sí podía notar que era un hombre muy flaco.
—?Quién eres? —pregunté con inquietud y con vergüenza de que hubiera escuchado mis palabras.
—Mi nombre es Metzyol —corazón de la luna—.
Mis manos temblaban y mi corazón latía con violencia.
—?Tanto es tu miedo que no te deja responder?
Te hice una pregunta y la evitas sumergiéndote en tu propio miedo, atormentándote en tu propia miseria.
Sentí vergüenza.
Sentí rabia.
Sentí que mi boca me había traicionado.
Pero él tenía razón.
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—No te burles de mí —grité furioso—. ?Nunca lo entenderías! ?Yo nací siendo un cobarde y los cobardes no cambian!
él respondió con una risa extra?a debajo de su máscara. No era burlona ni cruel. Era cálida.
—Dices que eres un cobarde, pero yo te digo que estás equivocado.
El cobarde huye cuando es arrinconado... El miedoso afronta el peligro con los pies temblando.
El cobarde vende a sus amigos por unas semillas de cacao, pero el miedoso recorre pueblos enteros con llanto en los ojos y los pies rajados hasta conseguir las semillas necesarias para comprar a sus amigos.
Tú no eres un cobarde. Eres así porque tienes un propósito.
—?Mentira! ?Nadie quiere a los cobardes! Los apedrean. Nadie quiere ser un miedoso ni un cobarde. ?Nadie!
—El Citlaltecuhtli necesita un guerrero valeroso, inquebrantable y digno de ser llamado su chimalli, para recibir los golpes de frente. Pero también necesita un guerrero que cuide su espalda, uno cauteloso y filoso, un macuahuitl, y mientras no lo comprendas, no le sirves ni a él ni a los dioses.
Tú, Youali, serás el macuahuitl del se?or que ha caminado con los dioses, y también serás su guía astral.
Serás sus oídos cuando no pueda oír, sus ojos cuando no pueda ver, pues ese es tu destino. ?Recibe mi bendición y mis conocimientos, joven guerrero! ?Y cumple con tu propósito!
Un remolino de energía azul bajó desde lo alto cuando ese hombre tocó mi cabeza.
Apreté los ojos y cuando los abrí pude ver que estaba de regreso en el cenote. Donde había estado Metzyol, ahora estaba Kochtli hundido en sus pensamientos. Y cerca de la luz, estaba Ichkayoli también con los ojos cerrados y sin moverse. Ambos parecían atrapados en la misma visión que yo acababa de vivir. Como si la luz los sostuviera.
Kochtli salió primero. Cayó de rodillas mientras escapaba su llanto. Era la primera vez que lo veía llorar, así que desvié la mirada.
Un momento después, Ichkayoli también salió de esa ilusión. Pero él lo hizo gritando.
—Yo los voy a proteger a todos. No dejaré que nadie muera.
?Lo juro!
Tenía dudas sobre a quién se refería Metzyol cuando mencionó al Citlaltecuhtli, pero ahora pienso que lo obvio no se pregunta.
Ichkayoli cayó de rodillas también, mientras lágrimas brotaban de sus ojos.
Me alejé un poco de los chicos para que se recuperaran.
Aproveché para buscar una salida. Me acerqué para mirar de cerca el hueco arriba en el cenote, por dónde entraba la luz.
Pero mi sorpresa fue tanta, que di un brinco al comprender que esa no era luz de Tonatiuh. Aquella claridad venía de cristales incrustados en las piedras.
De ellas se podían sentir ecos y vibraciones, además de calidez muy parecida a la luz del sol.
Mientras seguía tratando de comprender cómo funcionaban esos cristales, pude sentir una ligera corriente de aire rozando mi espalda.
Corrí con todas mis fuerzas, entré al agua y crucé el lago respirando agitadamente.
Del otro lado, había una grieta respirando en una de las paredes. Era tan peque?a... pero era una salida, estaba seguro.
—Chicos, por aquí —grité, tratando de hacer más grande la grieta.
Jalé los bordes. Los terrones de tierra se desmoronaban en mis manos, hasta que el aire frío y húmedo comenzó a soplar con más fuerza. No pude evitar reír.
Ichkayoli y Kochtli ya se veían mejor.
Se arrojaron al agua y nadaron lo más rápido que pudieron.
Pero cuando estuvieron por llegar, una gran ara?a del tama?o de un chimalli se asomó de la grieta.
Solté un grito sin poder contenerme y me arrojé al lago.
?Cómo era posible que hubiera una ara?a de tal tama?o? ?Es por la alta cantidad de tonalli que hay en este lugar?
La ara?a volvió a entrar en la grieta de espaldas y lentamente, reflejando que tenía tanto miedo como yo.
Al mantenerme a flote en el lago, pude sentir que algo tocó mi espalda. Era uno de los palos que usamos al entrar en la cueva.
Lo tomé y salí del agua, pero Ichkayoli retiró el pedazo de madera de mis manos. —Yo me encargo de esto —dijo con valentía.
—No, yo lo haré —dijo Kochtli después de tomar la rama y sonreír.
Quisiera ser tan bravo como ellos, que no le temen a nada —dije solo para mí. Casi se escapa un suspiro de mi pecho.
Ichkayoli se acercó al lago y tomó una segunda rama, después los chicos se colocaron uno de cada lado de la grieta.
Kochtli comenzó a golpear la pared con el palo, provocando a la gran ara?a, pero esta se negaba a salir.
Kochtli siguió golpeando la pared sin conseguir nada.
Se detuvo después de un momento.
—?Alguna otra idea chicos? —preguntó Ichkayoli, cuando la ara?a salió muy aprisa y soltando mordidas.
Kochtli levantó su madera y la puso frente a la ara?a. Que soltaba violentas mordidas al palo.
Gritamos del susto a la vez que nos arrojamos al lago y nos sumergimos en lo profundo. Después salimos a flote y comenzamos a reír.
Con ello, comprendí que incluso los más bravos y valientes sienten miedo, solo que algunos lo ocultan mejor, y otros se recuperan más rápido.
Los chicos salieron del lago.
Comenzaron a golpear la pared otra vez, pero con más fuerza.
La ara?a sacó sus patas delanteras un poco, y repentinamente salió de golpe y soltando mordidas al palo en las manos de Kochtli.
Una segunda ara?a salió, pero Ichkayoli la detuvo usando su palo para que no atacará a Kochtli.
Ellos pusieron las ramas debajo de las ara?as y las arrojaron al lago al mismo tiempo.
Los insectos se hicieron bolitas y rodaron sobre el lago lejos de nosotros, pero no tardaron en recuperarse.
Ichkayoli dió una mirada rápida dentro de la grieta. Cuando notó que no habían más ara?as gritó: —Corran —mientras entraba a la grieta, después entré yo y como último fue Kochtli.
Gateamos dentro de la apretada grieta lo más rápido que pudimos, hasta que llegamos al final, donde había muchas grietas peque?as juntas.
Ichkayoli las golpeó con el palo lo más rápido posible, mientras Kochtli gritaba desesperado:
—?Rápido, Ichkayoli! —y soltaba golpes con la punta del palo para detener a las ara?as.
—?Ichkayoli! ?Rápido!
Las grietas se rompieron, formando un gran hoyo por dónde entró la luz. Nos arrojamos tan rápido como pudimos.
Ichkayoli cayó sonando seco como un bulto lleno de maíz, después caí sobre mi barriga, y Kochtli cayó sobre su espalda a un lado de mí.
Una vez más comenzamos a reír a carcajadas.
En cada aventura, yo siempre fingía reír, aunque por dentro siempre me moría del miedo.
Pero esta vez era diferente, por primera vez, pude sentir miedo y desesperación, pero en medio de todo ello, hubo una risa legítima.
Ichkayoli y Kochtli se levantaron con los ojos bien abiertos, como si algo los hubiera deslumbrado.
Al levantar la mirada, pude comprender por qué ellos reaccionaron así.
Habíamos llegado a una cueva con un río que corría en el centro.
Pero lo más extra?o era que había cristales luminosos incrustados en la parte de arriba a lo largo de la cueva, al igual como en el cenote.
—Vamos, chicos, estamos cerca de la salida —dijo Ichkayoli adelantándose.
No tardamos mucho en ver una densa luz a la distancia. Así que aceleramos el paso.
Cuando llegamos a la luz, nos deslumbró por un momento, dejándonos parados justo en los límites de la cueva.
Pero cuando nos recuperamos, pudimos ver que estábamos en medio de una cascada.
No había opción, si queríamos salir, lo mejor era saltar, ya que la parte de arriba estaba demasiado alta como para escalar.
—?Youali? —preguntó Ichkayoli viéndome a los ojos y con preocupación.
Ellos podrían saltar sin problemas, pero yo no podría hacerlo, no sin haberme preparado primer...
—?ándele! Si no, nunca se avienta —dijo Kochtli al empujarme.
—?Kochtli, eres un traidor! —grité mientras caía.
El agua era violenta, me revolcaba como un perro grande lo hace con uno peque?o.
No tardaron en caer los chicos. Entonces Ichkayoli nadó hacia mí y me ayudó a salir del agua.
Estuve tosiendo por un largo momento, sacando el agua que había tragado.
Cuando me recuperé y observé a mi alrededor, pude ver que habíamos llegado al bosque prohibido.
—Youali, disculpa a Kochtli. él solo quería ayudar. Sabía que por voluntad propia nunca hubieras saltado.
Volteé a ver a Kochtli, y pude ver que sonreía felizmente, como si hubiera hecho su buena acción del día.
Nunca guardo rencor a los chicos, aunque en este tipo de situaciones el enojo se mantiene conmigo por un rato.
Pero al comprender que Kochtli sí lo hizo para ayudarme, me calmé.
—Vaya, miren qué alto está esa cascada —dijo Ichkayoli riendo.
—Sí, yo también me tuve que arrojar sin pensar. Los pies me temblaban.
Después de un momento recuperando el aliento, nos adentramos en el bosque, pero algo me hizo sentir nostalgia.
Entonces lo comprendí; eran las hojas de los árboles que no se veían verdes, más bien eran amarillas. ?Pero por qué se veían así en esta parte del bosque?
Caminamos sin destino, hasta que encontramos el mismo apantle donde habíamos cubierto nuestros cuerpos con lodo. El agua era fría y los árboles también se veían con las hojas amarillas. Esta vez sentí un escalofrío bajando por mi espalda.
Seguimos el apantle cuesta abajo. Nos llevó hasta salir del bosque prohibido, donde quedamos sorprendidos al ver una tumba con una gran ofrenda.
Tenía mole, aguamiel y flores de cempasúchil y terciopelo.
Flores que solo se siembran para ceremonias como el Día de Muertos, una fecha que debía estar muy lejos.
Ichkayoli se llenó de miedo y comenzó a correr.
Lágrimas fueron derramadas por mis ojos sin poder contenerlas, como si mi cuerpo ya supiera algo que mi mente apenas estaba por descubrir.
Kochtli no le tenía miedo a nada, pero también corría como si su vida dependiera de ello.
Algo estaba mal.
Cuando llegamos, caímos de rodillas.
Nuestro pueblo... ya no estaba. En su lugar había ruinas, plantas, flores y una nostalgia que me abrió un agujero en el pecho.
—?Cuánto tiempo desaparecimos?

