Se había decidido por sorteo su siguiente combate. Qué desgracia que su nombre coincidiera en la tabla con uno de los neófitos que restaba en la competición y no contra cualquiera de los doce caballeros.
Sus ojos examinaban con soberbia al soldado que sería su contrincante en los octavos de final. En su mente no existía más retrato que la victoria. Y en su mirada se avivaba una llamarada de orgullo y afán de superación pavorosa. En cambio, en el rostro del Ariete, tras el yelmo de metal negro, se reflejaba un mundo de desprecio.
Atenea se había estremecido, solo un poco, al verlo entrar por la subestructura del coliseo. El Ariete hacia un perfecto honor a su nombre: su corpulencia fornida y extraordinaria se erigía un tanto más allá de los dos metros de altura, y probablemente pesaba el doble que la mujer a su lado. Toda su imponente complexión se hallaba revestida por una pesada armadura de hierro negro laminado. Era una peligrosa mezcla de músculo, metal y una aparente carencia de sentido común.
El infame soldado había sabido ganarse aquel apodo a?os atrás, cuando bajo órdenes de cierto marqués, irrumpió junto a una leva de infantería en una gigantesca y semiderruida atalaya, para salvaguardar la vida de una muchacha de noble cuna. Los hombres que atestiguaron aquellas circunstancias aseguraron luego que el Ariete se hubo abierto camino por sí solo a través de la torre en busca de la doncella, derribando todas las puertas de madera reforzada y haciendo uso exclusivo de la fuerza bruta, del poderío de sus brazos. Al final del día, cumplió con su encomienda al rescatar y poner bajo custodia a la hija de su se?or. Aun cuando era bien sabido que aquella había sido de lejos su única honrada acción entre decenas de ignominias. Y todo había resultado fruto de la colosal codicia de un hombre a quien se le prometió ser recompensado con su peso en oro.
Y no satisfecho con ello, se había alistado en otro torneo en busca de más.
Las normas dictaban que los combatientes de las instancias finales tenían la obligación de ingresar y salir de la arena, hombro con hombro, mediante un pasaje angosto de caliza labrada, conocido por todos como el Túnel de las Dos Caras. Por un lado, colmado de satisfacción y gloria para el vencedor, y al mismo tiempo, de vergüenza y pesadez para aquel otro que hubiese caído derrotado. Estaba escrito. Solo el tiempo le haría saber el destino que les deparaba.
Atenea podía apreciar con excelsitud el estruendo de las gradas y el rugir de los tambores de guerra. Las vibraciones traspasaban cómodamente las paredes del oscuro túnel y se le metían a través de la ropa, hasta los huesos, haciéndola tiritar de la emoción. Con apenas una brizna de nervios rozándole la piel, emprendió la marcha hacia la luz al final del camino.
— Oye, Armatoste — irrumpió con voz sombría. — ?Has oído acerca de la historia de David y Goliat?
Su enorme rival la observó con desdén gélido sin siquiera amagar una contestación, pero el murmullo de los pesados pasos de metal llenó cualquier silencio entre ambos.
Cuando surgió de entre las sombras del pasaje, el resplandor que emanaba del campo de batalla la cegó por un momento. La vivaz algarabía del público se presentó, estallando bajo la enfebrecida voz de mando de casi treinta mil corazones agitados. El griterío que se desprendía de las atestadas gradas hacía olvidar al de cualquier enfrentamiento de los días anteriores.
Dio una vuelta, admirando el panorama con satisfacción.
No esperaba menos. El primer encuentro había tenido lugar bajo aquel cielo nublado apenas un minuto atrás. Y había resultado fugaz, tal y como se tenía previsto, pero la alegría contagiada por el duelo persistía aún en sus aplausos y palabras de ánimo. Ser Covan Thompson, uno de los dos caballeros de la Guardia de la Realeza que arrasaban sobre la arena cada a?o, se había hecho con una victoria más que merecida al vencer a un soldado de infantería que consiguiera llegar demasiado lejos.
A pesar de que las tan aclamadas justas representaban el principal atractivo para los caballeros, una docena combatía sobre la liza a partir de los octavos de final. De manera intencionada, el torneo de espadas se encontraba arreglado para que los plebeyos e inexpertos batallaran arduamente y se eliminaran entre sí antes de ganarse un modesto lugar entre las espadas de los nobles. Sin embargo, la promesa distante de alcanzar la gloria y el oro del torneo era para los humildes un incentivo suficiente como para jugarse su propio pundonor.
Atenea se sonrió con simpatía.
Sus padres, como lo habían prometido, se encontraban expectantes entre las butacas más cercanas al campo. Y por suerte, Aloy se hallaba sentada; de lo contrario se habría desplomado al descubrir al gigantesco hombre contra el que debía enfrentarse. Su pobre madre, qué blanda era para algunas cosas. La vio coger las manos de su esposo y apretarlas con fuerza descomunal, dominada por la ansiedad que tanto había querido evitar a?os atrás. Marcus se resintió con una mueca de sorpresa.
La sonrisa se le borró de golpe.
En pocos instantes, la agitación del público se vio precedida por un murmullo de consternación que imperó en gran parte de las gradas. Era de esperarse que hubiera personas a las que les pareciera una barbaridad que el combate se llevara a cabo, solo que Atenea no habría imaginado que fueran tantas.
Desestimó los comentarios, y en su tez clara dibujó un gesto severo, solemne, mientras daba la espalda a su contrincante y se distanciaba para tomar su posición sobre la arena.
? No importa. Céntrate en él?
Portaba en esta ocasión la armadura de cuero anillado sobre su aljuba y el escudo de hierro en mano izquierda. Y al tiempo que calentaba las articulaciones de manera impaciente, un hombre de rostro rugoso le tendió una espada bastarda, con la empu?adura de cuero negro en dirección a ella. Un segundo hizo lo propio con el Ariete. Con un cosquilleo atroz en los dedos, tanteó el peso y examinó la hoja de acero. Eran semejantes a las de la fase previa, pero estas tenían cierto filo por ambos lados.
Su oponente, en un derroche de confianza casi tan enorme como él, se despojó del hierro de su yelmo y lo arrojó a un lado con una extra?a mueca que simulaba ser una sonrisa. Una espesa y enmara?ada barba oscura le resguardaba la mitad de su rostro desgraciado e intratable.
Atenea se imaginó haciendo lo mismo con su escudo. Aquello ciertamente causaría una impresión en él. Pero no era ni mucho menos imbécil. De ninguna manera. Un único tajo certero de aquella bestia con piel humana ocasionaría el fin de su pelea. Y de su vida. De tal manera que, se aferró, ansiosa, al asa del escudo. De ahí en adelante se dedicó a esperar, sumergida en el más profundo de los silencios que se había compuesto alguna vez en el coliseo, observando con austeridad a su Goliat de metal.
— No apresures las cosas, hija mía — le había dicho su padre, horas atrás. —. No corras hacia él desde un principio.
La calma sepulcral se interrumpió, a causa del aliento sostenido de un cuerno que anunciaba por fin el inicio del combate. Y el público rompió en ovaciones, en bullicio acompa?ado por el rugir de los tambores de guerra.
Su instinto se apoderó de ella. Emprendió la marcha a zancadas sin siquiera esperar a que el berrido del cuerno se esfumase por completo, y saltó de súbito al encarar a su rival. Ambas espadas se encontraron en el aire. El estruendo metálico pareció permanecer intacto en todo el campo por algunos segundos. La fuerza con la que el Ariete blandía la espada era abominable; tanto que no consiguió hacer retroceder su acero ni un solo centímetro.
No era caballero, pero sí un oponente digno y una pieza valiosa para su gesta. Todo el que tuviera ojos, podía ver la exorbitante diferencia de altura y peso entre ambos. Y todo el que tuviera voz, cantaría sobre su victoria.
Tras un sólido bloqueo, el Ariete hizo retroceder un par de pasos a Atenea con la potencia de su empu?adura. Y acto seguido, dio inicio a un férvido desenfreno de ataques oblicuos y horizontales. Llovían cortes tras estocadas sin reserva ni mesura; asaltos que, para su desgracia, no resultaban más que en desperdicio y enfado, puesto que la doncella los absorbía con su resistente escudo o los esquivaba con tanta gracia que casi parecía danzar sobre el terreno. Goliat se empe?aba en sacar partido de su fuerza bruta, no así de su exigua inteligencia o velocidad.
Aun cuando Atenea fuese débil por mero contraste, era ampliamente más rápida y albergaba mejores reflejos.
— ?Bloquear y esquivar no es pelear! — rugió el Ariete con voz hosca.
Atenea no respondió a su enfado con palabras. En su lugar, decidió abalanzarse sobre el oponente, al percatarse de una abertura en aquella postura tan ofensiva que solía dejarlo comprometido. Logró bloquearle con dificultad un par de tajos, pero la rapidez de Atenea le permitió asestar una estocada en el codal y otra en el avambrazo derecho del Ariete. Más de lo que cualquiera había conseguido en fases anteriores. Y hacia el final, le gui?ó un ojo con picardía a su desconcertado enemigo, mientras le obsequiaba unos cuantos segundos de descanso. Tres o cuatros segundos, nada más. Y volvió a cargar contra él sin ningún otro miramiento.
El público vociferaba eufórico por el espectáculo de presteza y habilidad.
En lo que respectaba a Aloy, Atenea no quería ni pensar en lo pudiese estar pasando por su cabeza o por su blando corazón.
Y volcó de nuevo todos sus sentidos sobre el hombre que se alzaba frente a ella como una atalaya, sentidos que se mantuvieron absortos en cada uno de sus movimientos, ya que el Ariete amenazaba con echársele encima en cualquier instante.
Su adversario soltó un gru?ido de consternación. Su rostro se deformó de rabia, dejando en evidencia que incluso un acto tan leve como aquel lo consideraba una humillación popular.
La armadura lo hacía incluso más lento.
Tanto que Atenea vio venir el ataque desde mucho antes. El Ariete blandió la espada, llevándola hacia atrás para coger impulso, y en pocos momentos descargó un amplio tajo en dirección a ella. Atenea saltó hacia un lado y rodó para amortiguar la caída, mientras la hoja de acero pasaba silbando por encima de su cabeza. Se compuso rápidamente, y con una rodilla todavía flexionada, dirigió un golpe hacia los pies envueltos de metal de su oponente, aunque no le hiciera ningún da?o, aunque no sumara nada a su favor, solo pretendía sulfurarlo un poco más.
Tras esto, se apoyó en el escudo para levantarse, pero le llevó más tiempo de lo que hubiera supuesto en primera instancia, y el Ariete no se lo perdonó. El soldado extendió su brazo, y le lanzó un pinchazo al rostro. Abrió los ojos como platos, cuando vio la punta del arma aproximarse como un presagio de su muerte. Se le cortó la respiración. Como por encanto y de manera fortuita, consiguió inclinar la cabeza hacia un lado, y el filo terminó por rebanarle uno de sus rizos en lugar del rostro. No supo si adjudicarlo a sus reflejos o al latigazo convulso de terror que había recorrido su cuerpo.
Respiró de nuevo, al enterarse de que seguía con vida, mientras el público suspiraba de asombro.
— Hija de puta, déjate ya de eso. — arrojó su contendiente.
Atenea se sacudió el espanto, y enseguida contratacó, intentado lo propio. Estiró la punta de su espada y el brazo en toda su amplitud, pero la estocada se quedó corta como resultado de la enorme talla del Ariete, quien apartó la espada de un manotazo, cuando se hubo quedado suspendida a pocos dedos de su mejilla.
Despreciable conducta la de servirse de las ganas de herirlo de muerte. Pero… ?Qué otra elección tenía? Al igual que un caballero, el desgraciado era todo planchas de hierro que no dejaban sitio para practicar cortes, y su singular altura no hacía más que socavar otras opciones.
Sin embargo, la armadura hacía también de sus ataques pesados una masa que caía con mayor fuerza.
Más adelante, el vaivén de esquives, bloqueos y espadazos que zumbaba el aire persistía en quedarse con el protagonismo de la contienda y todas sus canciones. No fue hasta pasado un minuto que aquel hombre hizo una vez más uso riguroso de su poderío implacable, empu?ando su espada bastarda a modo de mandoble. La balanceó por encima de su cabeza, y la precipitó enérgicamente hacia el suelo en un ángulo mortal.
— ?Maldita seas! — bramó en el acto.
Demasiado cerca como para evadirlo. Fue la audacia de Atenea la que le forzó a posicionar la rodela sobre su cabeza tan pronto como el cuerpo podía responderle. Clavó a la vez una rodilla en tierra, y se preparó para absorber el impacto. Sin embargo, el encuentro entre el acero y el hierro sucedió atronador, silenciando toda la algarabía de las gradas por unos segundos. Su escudo quedó vibrando y retumbó, obstruyendo sus oídos con un silbido agobiante. Advirtió también un ramalazo de dolor en su brazo y pierna izquierda, que no tardó en volverse atroz, como si un millar de agujas se hubieran incrustado en ella. Con ímpetu y sin vacilación, anheló con levantarse, pero sus músculos tensos y adoloridos se negaron a obedecerle. Su defensa también sucumbía, a medida que la mano del escudo iba descendiendo sin voluntad ni remedio.
Se halló entonces, a merced del bárbaro que divisaba una clara oportunidad de conquista.
Atenea alzó la vista y vislumbró a Goliat. Una malicia interminable se encendía como un destello en sus ojos negros. No lo vio enarbolar nuevamente su espada en el aire. En cambio, él eligió agitar el guantelete de su mano siniestra. La doncella intentó reaccionar en la medida de lo posible, pero su esfuerzo resultó en vano. Tenía la mitad del cuerpo entumecido. El hombre se abalanzó con un pu?etazo despiadado y la golpeó en un costado de la cabeza, muy cerca de la sien.
Ocurrió rápidamente, a pesar de que luego, el segundo que demoró su caída hacia el fracaso, se le hiciera eterno. Se desplomó, inerte y cegada de dolor. Todo su mundo se tornó en un juego de sombras y borrosos espejismos, balanceándose entre la lucidez y la inconciencia. Se halló aturdida y sin pensamientos claros, mas lo que sucedió después no tuvo manera de saber si se trató o no de una alucinación.
Las gradas permanecieron en el más completo mutismo. ?O era quizás Atenea quien no alcanzaba a oírlos? Tanto si era así como si no, toda aquella soledad fue interrumpida de súbito por el desgarrador grito de su madre, que se incorporó con violencia y sollozando palabras sin sentido. Y en un arrebato desesperanzado, intentó saltar la valla que daba hacia la arena. Marcus, indistintamente del horror que lo avasallaba, no tuvo más reacción que rodearla con sus brazos, tanto para evitar que escapase como para aspirar a cualquier empe?o bruto de consolación.
The tale has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident.
Más de uno comenzó a abuchear al infame soldado, mientras el Ariete reclamaba una ovación en medio de un recital de ásperas carcajadas. Se volvió hacia el público a su espalda, y no paró de berrear con un fervor propio de un salvaje, alzando los brazos, sabiéndose victorioso.
Y sin saber cuándo, cómo ni por qué, el pensamiento surgió a la vez que el primer aliento y pesta?eo.
?Céntrate en él?
El campo, las gradas, todo y en especial el cielo se encontraban rociados por una capa de brillantez abrumadora. La herida le escocía con dolor punzante, al tiempo que la cabeza le punzaba un poco más con cada latido. La sangre que resbalaba por su rostro ardía como brasas moribundas. Y cuando por fin consiguió mover un par de dedos en busca de su escudo, el resto de ella amenazó con desvanecerse una vez más.
Según sus ojos le contaron, el muchacho encargado de sonar el cuerno estaba tan estupefacto como cualquiera. Segundos de incertidumbre después, acercó sus labios quebradizos al instrumento para soplarlo. Y por fortuna, cuando se encontraba a escasos centímetros de anunciar su derrota, con su penetrante y cruel fragor, un hombre lo apartó con su antebrazo y le hizo percatarse del sobresalto entre el público y sus voces que iban en ascenso: la mujer sobre la arena a la que creían abatida estaba consciente y forcejeaba para levantarse.
Con un gru?ido de esfuerzo, Atenea hundió su espada bastarda en la tierra y se apoyó en ella, para conseguir erguirse trabajosamente, infundida por una convicción de acero y rencor inadmisible. La sangre que manaba del corte de la frente discurría ya por todo el costado derecho de su rostro; se derramaba sobre un ojo y continuaba camino abajo sobre sus labios, donde resbalaba hasta su mentón y cuello.
De las voces más cuerdas de aquella muchedumbre nació una tímida intención que poco a poco fue convirtiéndose en un clamor verdadero, incluso caótico, a medida que la doncella se ponía en pie de lucha. Atenea albergaba la certeza de que ninguno profesase que tenía posibilidad alguna de victoria; por el contrario, parecían encontrarse inspirados a causa de su osadía y determinación. Y para aquellas alturas, le bastaba solo con eso.
El Ariete disipó su euforia y volvió en sí mismo al atender el estupor repentino de las gradas. Cuando descubrió a Atenea luchar por mantenerse en pie mientras una expresión de sufrimiento te?ía su semblante, comenzó a reír a carcajadas, como solo un desalmado lo haría. Extendió sus brazos, y forzó una torpe y burlesca reverencia.
Atenea se resistía a caer mientras avanzaba débilmente hacia su confiado adversario. Su pierna y brazo izquierdo se hallaban todavía embotados, como dos sacos con los que cargar, tanto que cada paso iba proseguido de una mueca de irritación y un rechinido de dientes. Amenazó con flaquear en más de una ocasión. Y cuando se encontró a diez zancadas del Ariete, se detuvo por fin y enterró de vuelta la espada con gesto áspero. Respiró profundamente, y dirigió una mirada hacia el cielo antes de permitirse esbozar una amplia sonrisa y un suspiro, que abandonaban toda su fachada de insufrible víctima. El viento tremolaba su melena tintada del carmesí de su propia sangre.
— Honestamente, desconozco cómo inició esa ri?a entre David y Goliat — confesó en voz alta al tiempo que intercambia el escudo circular a su mano dominante. —. Pero, vaya que sé cómo acabó todo para el grandote. — Empu?ó el asidero de la rodela con toda la fuerza que su aversión desenfrenada le permitió, y al son de un enfurecido grito lanzó el escudo de hierro como si de un disco se tratase. Este surcó el aire y silbó de forma suave cual saeta hasta estrellarse con estruendo contra la mandíbula desprotegida del Ariete.
Tan vigorosa y tan salvaje fue su embestida que vio de ella saltar dientes y sangre, sin lugar a duda. Goliat se resintió de semejante angustia, llevándose ambas manos a su, entonces más que nunca, desgraciado rostro, mientras mugía y se tambaleaba dando pasos hacia atrás. Apartando con ello, la atención de su objetivo.
Atenea desenterró el acero con su mano izquierda y se precipitó hacia él con un estallido de velocidad imprevisible, como si su cuerpo y mente hubiesen echado al olvido todo su anterior suplicio. Y en solo un instante, entre alaridos de pura cólera, recortó distancia y saltó en el último tramo para acertar un aplastante pu?etazo con su diestra en el entrecejo del Ariete.
— ?Maldito seas, infeliz! — gritó al probar el dulce sabor de la venganza.
Sucedió tan rápido que el coliseo no reaccionó sino hasta el segundo latigazo de dolor que el infame soldado apreció en su boca. Las treinta mil personas se incorporaron al unísono con una impetuosa inhalación de asombro.
Mientras su aturdido e indefenso contendiente se precipitaba más con cada torpe pisada, Atenea arremetía feroz una y otra vez. Acertó golpes con su espada a conciencia en su peto, avambrazo, quijote y guardabrazo. De cabellera dorada y nívea, rugía con furor formidable en todo apasionado movimiento.
El gigantesco hombre, en cambio, continuó retrocediendo, entregado a su rival, con cada vez menos pericia acumulada, hasta que finalmente, aquella ruinosa atalaya se desplomó al suelo, a subordinación de una doncella. Y al borde del sumiso y denigrante abismo de sus adentros, se dispuso a erigir pesadamente su derruido orgullo. Sin embargo, cualquier ávido concepto de gloria se desvaneció, cuando Atenea situó el acero bajo su mentón velludo.
— Ahora estamos a mano, Armatoste. — le dejo saber.
No fue hasta unos segundos más tarde, cuando escuchó el fragor dulce y penetrante del cuerno que anunciaba su victoria, que dejó de observarlo desde arriba con desprecio; arrancada de cuajo de aquel profundo trance en el que se había sumido, y elevada por la aclamación de miles de voces apasionadas que coreaban su nombre. Alzó la cabeza, suspendida y mareada de alivio. Cada una de las personas a las que recorrió con la mirada la ovacionaba de pie. Se quedó en silencio, ante los incrédulos ojos de las gradas, reconciliándose todavía con su sue?o y proeza indiscutible. Y por primera vez en el torneo, se dejó llevar por la euforia del momento y agradeció con reverencias el aliento del público.
?Ateneaaa! ?Pryce! ?Ateneaaa! ?Pryce!
La sangre seguía brotando a cuentagotas de su herida y discurría a placer hasta llegar al peto de la armadura, pero no le preocupaba demasiado. El gusto de la gloria suavizaba su dolor. Pasó cerca del casco que el Ariete había abandonado y con cierto apuro, se dirigió hacia las gradas, donde su madre, preocupada, clamaba por ella con más bravura que cualquier otra voz.
De súbito, el frustrado hombre se levantó del suelo tras recuperar por completo el conocimiento y la compostura. Su espesa barba se te?ía de escarlata por un torrente de sangre que emergía de una boca que extra?aba la presencia de más de uno de sus dientes.
— ?No peleo para estar a mano! — gritó vehemente y más airado que nunca. Su quijada estaba tan destrozada que apenas logró pronunciarlo como era debido. Y en medio de un arrebato de furia desenfrenada, el Ariete esgrimió de nuevo su espada, y se precipitó hacia Atenea lo más rápido que su pesada constitución le permitía, decidido a no caer en la degradación.
Su griterío insensato provocó que Atenea reaccionara y se diera la vuelta. Al observar a aquella maquinaria de asedio humana proyectándose con inclemencia, se sintió más intimidada de lo que le hubiese gustado dejar ver. Empu?ó el acero, y se preparó para la arremetida del Ariete. Con su escudo en el suelo, muy lejos de ella, solo fue capaz de concebir la idea de esquivarlo a último momento y esperar lo mejor.
Un par de flechas volaron a través de la liza, para después clavarse en el suelo, terriblemente cerca de los pies del magno soldado. Aunque esto no consiguió ni por asomo apaciguar su bestial anhelo de redención, ya que quebrantó los proyectiles a su paso, como rechazando su propia integridad. De seguida, una repentina lluvia de flechas se cernió nuevamente ante él. Pero no hizo ademán en desistir de su intento hasta que una saeta atravesó una de sus grebas y le perforó el tobillo derecho. Y acompa?ado de un bramido violento, el energúmeno cayó sobre una rodilla a pocas zancadas de Atenea.
Aún con la empu?adura tensa, Atenea respiró aliviada.
Una compuerta a los confines de la arena se abrió tras una enérgica voz de mando, y de ella emergieron media docena de hombres a lomos de veloces monturas. Los soldados de la Guardia de la Ciudad desenvainaron sus espadas, y acto seguido, rodearon al infame guerrero.
— ?Mantente en el suelo! ?O de lo contrario muere como un perro! — advirtió Nathan Hengist, conde de la Capital y comandante de la Guardia de la Ciudad, quien se aproximaba a lomos de su corcel.
El hombre no se levantó del suelo. Hincó la segunda rodilla y dejó ver que en definitiva se había dado por vencido. Con el rostro ce?udo y amoratado, tosió y escupió sangre a los caballos que se agitaban a su entorno.
— Aún no ha terminado. No… ?Aún no ha terminado! — Pero arrojó la espada al suelo con extremada inquina.
Por un instante, temió que Goliat reanudara la carrera. En su lugar, él solo se dignó a hacer un gesto de negación continuo con la cabeza, acompa?ada por una sonrisa pérfida y sombría que salivaba sangre.
— ?Atenea! ?Ven aquí! — exclamó Aloy en el balaustre de las gradas.
La doncella se giró con una expresión de inquietud, y un brusco escalofrío le recorrió el cuerpo como un salvaje latigazo, al descubrir que aquella horrible mueca de su mal dispuesto adversario no iba dirigida enteramente hacia ella.
? No, tal vez solo acaba de empezar ?, caviló, muy para su desgracia.
El conde Hengist vociferó unas cuantas órdenes, y uno de los jinetes se apresuró a descabalgar. Con porra en manos, lo abatió de un golpe contundente en la nuca desprotegida, y el Ariete se desvaneció junto a su furia desatada a las profundas sombras de la inconciencia.
— ?No ha terminado, dice! — se mofó otro jinete tras una risotada.
Era tan pesado que no dieron con la manera de subirlo a un caballo, así que no tuvieron más opción que atarlo y tirar de él a rastras hasta sacarlo de la liza.
Aun cuando se había rendido a una orden directa de sumisión, también había pretendido acabar con la vida de un oponente fuera de las reglas oficiales de la monomaquia. Por tal motivo, anunció el comandante de la Guardia de la Ciudad, se le juzgaría como a un criminal, a modo de advertencia para todo el que buscara perturbar el orden del torneo y las festividades.
Cuando todo aquel desvarío hubo cesado, Atenea ingresó en soledad en el umbrío Túnel de las Dos Caras. El griterío del exterior fue convirtiéndose paso a paso en un murmullo lejano. Más allá de su herida palpitante y lo acontecido sobre la liza, el entusiasmo la llenaba por dentro. Era de esperar que en adelante tuviera que enfrentarse a un excepcional grupo de caballeros renombrados, algunos de habilidades y nombres que ya eran aclamados incluso antes de que ella esgrimiera una espada por primera vez. Durante unos instantes, se aventuró a fantasear con lo que pudiera suceder durante las siguientes horas, pero quiso forzarse a no sonreír ante aquella posibilidad de conquista. No fue capaz de conseguirlo.
Después de arrugar el rostro en un esfuerzo cuantioso por conservar la cabeza fría y los pies sobre la tierra, prestó atención al rumor de los cascos de un caballo que se aproximaba a paso lento desde el otro extremo del paraje de piedra. Levantó la vista, y entonces lo vio a él, sin apenas darle crédito a sus ojos: ser Konash Maine, la mejor espada de Dranova. El magnífico caballero de armadura platinada, apodado por cada hombre medianamente sagaz del reino como el Arrogante, y al mismo tiempo, ansiado por toda damisela alocada como el Apuesto, avanzaba en dirección contraria sobre su opulenta montura blanca.
Ser Konash era el segundo espadachín platinado de la Guardia de la Realeza, y con toda seguridad, el hombre más diestro y engreído sobre la faz de Dranova. Cabalgaba en solitario con su mentón en alza, la mirada enfocada al frente y una expresión en su rostro primoroso de confianza incomparable tras algunos agitados mechones de cabello casta?o y reluciente que le rozaban las mejillas. Sus gestos se?oriales y repletos de una irrevocable imbatibilidad desde luego venían bien provistos. Era el campeón indiscutible de los torneos de espadas y sobre el campo de las justas de caballeros durante seis a?os consecutivos.
? Ambos combatientes deben entrar al mismo tiempo — caviló Atenea, por más impresionada que estuviera a causa del caballero más afamado y capaz que había visto en su vida —, y aguardar a que los del enfrentamiento anterior se retiren del túnel. ?Por qué estáis aquí a solas? ?. No le quitaba los ojos de encima, con una mirada a medio camino entre la suspicacia y la fascinación.
Momentos después, el caballero platinado, sin siquiera darse cuenta de que alguien más se encontraba con él, pasó de largo evitando hacer uso de otra expresión que no fuera la del gesto vanidoso que parecía tallado en su semblante. Atenea se giró con ojos entrecerrados que a gritos exclamaban recelo, para verlo desaparecer entre la esplendente cortina de luz al final del túnel. Y a la postre, la algarabía rebosante del coliseo resurgió de la nada, saturando de vibraciones y alaridos distantes al Túnel de las Dos Caras.
— ?Fue eso acaso un acto de provocación? — soliloquió con presteza. — ?O nada más sois así de vanidoso como para montar semejante espectáculo a la mínima? — Había oído historias, pero nunca se animó a creerlas.
Un cuarto de hora más tarde se hallaba impaciente y todavía briosa, sentada en una peque?a habitación en los adentros del coliseo. Su corte en la cabeza había sido ya tratado de forma apropiada por un cirujano. Y tras la limpieza y posterior cosedura, restaba un ardor apenas molesto del que pronto nacería una cicatriz escondida entre sus cabellos. Sin embargo, si se lamentaba de aquel golpe inhumano del Ariete, era a causa del incesante dolor de cabeza que sospechaba, iba a perseguirla hasta su próximo enfrentamiento contra un caballero de la Guardia de la Realeza.
— Ser Covan Thompson — susurró para sí entre risas cargadas de avidez —, el quinto espadachín platinado. De los mejores de Dranova. Ganador del torneo en dos ocasiones y subcampeón los últimos seis a?os. — Se palpó la herida. — Ser Covan, tu nombre ha sonado en miles de voces desde la Capital hasta Novus Horizon, porque resultaste uno de aquellos héroes que plantó cara a la Bestia Léviathan que surgió de las profundidades. Pocos meses antes de mi nacimiento ya eras considerado alguien digno de canciones — Sonrió. —. Si lograra derrotarte en la arena… Si tan solo pudiera…
La portezuela a un costado se abrió de un súbito atropello que interrumpió su concentración, y de aquel barullo emergió una mujer jadeante y sudorosa de rizos rubios níveos.
— ?Madre? — inquirió, consternada.
Aloy no hizo ademán en responder. Tan pronto la vislumbró en una esquina sobre una banqueta, atravesó la habitación a paso vivo para examinar de cerca la herida.
— Estoy bien. Bastante bien. — se apresuró a decir Atenea.
— Mi ni?a, Atenea — Se inclinó frente a ella e inspeccionó con ojo y tacto riguroso el rastro de su peque?ísima lesión. —. ?Te encuentras bien?
? Ni puto caso que me hace — Suspiró. —. Como si no acabara de decírselo. ?
— No es para tanto. Solo fue un poco de sangre.
— ?Solo un poco de sangre? — Su agraciado rostro se desfiguró. — ?Ese hombre pudo haberte matado!
— Pero no fue así — insistió con una sonrisa cálida. —. Te juro que eso sería imposible. Ya me conoces. — Había aprendido a tener paciencia y la templanza requerida para lidiar con la sobreprotección de su madre. No faltaba ocasión en la que no se dejase llevar por un dramatismo que rayaba lo ridículo.
— Precisamente por esto no quería que pelearas. Pudiste haber salido herida de mayor gravedad. Incluso alguno de esos animales podría… — Se interrumpió, agobiada de un momento a otro, como si no encontrara las palabras indicadas, ni mucho menos aliento en ellas.
Atenea se sonrió, negando con un gesto de cabeza. Harta y conmovida a partes iguales. A?os atrás, había fantaseado con el día en el que por fin desistiera de intentar protegerla del menor peligro, de tratarla como a una ni?a. Veía entonces que una madre era para siempre y que jamás iba a conseguir despegarse de ella y de sus lecciones.
— Madre, obsérvame bien. Me encuentro viva. Perfectamente sana. Además, puedo asegurarte que de ahora en adelante no hay nadie tan peligroso y enorme como aquel desgraciado.
Marcus se había adentrado discretamente en la habitación.
— Aloy — comenzó con voz serena. —, ella tiene razón. Lo peor que nos podía pasar ya ha quedado atrás — Se apoyó en los hombros de su esposa. —. A partir de aquí solo restan caballeros: hombres honrados y escrupulosos que nunca lastimarían a nuestra hija indebidamente.
— Pero, no necesitamos el dinero del premio. — se?aló Aloy como último recurso para disuadirlos.
— Ya no se trata solo de eso — reconoció con firmeza, al tiempo que entrelazaba sus manos con la mujer que la había traído al mundo. —. Y jamás ha sido acerca de la nombradía. Sabes tan bien como yo que esto se ha tratado siempre de superar mis propias aspiraciones… Madre, no me gustaría hacerlo sin tu consentimiento, pero lo haré de todos modos, si es necesario… Por favor.
Su padre se acercó y le dio un profundo beso en la frente y una palmada suave en el brazo del escudo.
— No sabes lo orgulloso que estoy de ti — Por una vez, se equivocaba. Recordaba haberlo visto complacido, con el pecho a reventar y mirando a todos lados con una sonrisa apretada, cuando tres cuartas partes del coliseo coreaba su nombre, junto al apellido que de él había heredado. — Te ense?é a usar la espada desde que aún te faltaban dientes, pero nunca los pu?os. No de esa manera.
Y Aloy, si bien muy a su pesar, se sonrió tras arrugar el rostro en un esfuerzo casi milagroso para sofocar cualquier sentimiento de aprensión. Le palmeó el dorso de una mano, dándole ánimos. La miró directo a los ojos, y con la boca abierta hizo como si rebuscara en su mente las palabras que Atenea quería escuchar.
— Ehh… — interrumpió una voz. —. Disculpadme, t-todos.
Se volvieron juntamente con gesto observador.
— A-Atenea Pryce — continuó diciendo entre titubeos un muchacho ruborizado sobre el umbral de la puerta. —, v-vuestro próximo enfrentamiento se ha postergado para ma?ana. El caballero de la Guardia de la Realeza, ser Covan Thompson, lamenta no poder asistir y ruega por vuestro perdón y paciencia.

