Alice Liongborth; Alice Marshall de nacimiento, se vio obligada a recordarse.
La Reina lucía un vestido de seda blanca de mangas cortas, con una veintena de peque?os diamantes cosidos sobre el pecho, mientras una gargantilla de pedrería con un enorme y llamativo jade en su centro le ribeteaba el cuello. Una redecilla de algodón bordado con hilos de plata aprensaba toda su larga caballera de almíbar, con la sola excepción de dos mechones que le caían rizados por sobre los hombros. Sus ojos eran del dulce color de la miel, pero su mirada era casi siempre tan acida como la sidra misma.
Se retiró del espejo, permitiéndose un último segundo de rabiar por la indignación.
Hacía un cuarto de hora que había estado recorriendo el baluarte para hacer frente una vez más a la pasividad e indulgencia de su se?or esposo. A paso inquieto se había retirado de sus aposentos, cuando ser Robert Vasíliev, noveno espadachín platinado y su confidente más leal, tuvo la decencia de informarle acerca de lo que había acontecido en la audiencia del Rey.
— Alteza, el Rey ha decido tender la mano al Konungr — dijo el caballero en su momento. —. Tal parece que la encomienda que le fue otorgada al Intendente Mayor era algo más que reabrir unas cuantas rutas mercantiles. Tiene pensado forjar un pacto comercial, esperando que a futuro devenga en una posible una alianza.
Dos espadachines platinados, ser Matthew Claremont y ser Agnar Ramsey, le abrieron las puertas de la Sala del Consejo desde fuera cuando la vieron llegar. Ambos hombres practicaron una rígida reverencia, a causa de sus armaduras de cuerpo completo. Mientras pasaba a través de ellos, las puntas de sus lanzas en lo alto arrancaron destellos del sol que irrumpía desde las ventanas. El mal augurio de la hoja platinada le cayó encima a Alice como un rayo, sin dejar de sentirse a salvo y sin que le resultara molesto.
Desde que tuviera uso de razón, había conservado ojos inquietos para atender el peligro. Permaneciera latente o no. Y pese a que, en ocasiones, en realidad no existiese.
Alice era una mujer cuyo carácter suspicaz la desviaba regularmente a la paranoia. Tal era su discreción y recelo hacia todos aquellos que no fuesen de su misma sangre, que había llegado a escudri?ar con recato a cada noble y criado que se paseaba por los mismos pasillos que ella y sus amados hijos, hasta llegada la hora de presenciar el cumplimiento de sus votos de obediencia.
Ser Robert Vasíliev era una de las pocas personas a las que había concedido el excéntrico honor de su confianza, aunque solía irse con cuidado en cada oportunidad.
Los otros dos cerraron la puerta doble tras su paso.
Cuando la Reina hubo bajado los escalones tras la entrada, la Sala del Consejo se extendía ante ella con su excelencia habitual sobre suelo impecable de mármol. Delante del amplio mirador de la terraza, una docena de robustas sillas acojinadas yacían dispuestas y orientadas a cada lado del rectángulo alargado que era la mesa de ébano. Arrellanados se encontraban la Corte del Rey, con sus numerosos cortesanos adentrados en la vejez riendo, charlando y bebiendo del vino blanco que se servía en copas de oro enjoyado.
Lord Edward Stanford, apoyado a la mesa junto a la presidencia de Leonor a su izquierda, fue el primero en dejar de lado las risas y levantarse de su asiento para recibirla como era debidamente requerido. De los doce hombres en la mesa, era el más joven y el único que no hacía gala de sobrepeso en cada festín.
— Su Alteza — La elogió, inclinándose un poco hacia delante, aunque una sonrisa suya fuera suficiente reverencia —. Siempre es un placer tenerla con nosotros.
El resto de la corte de criados hizo lo propio, y enseguida se acomodaron en sus asientos. Y mientras el Rey revolvía el vino en su copa y fingía olisquear su aroma, la Reina hizo para atrás la única silla libre y opuesta a la presidencia, y se dejó caer suavemente sobre ella.
— Si tanto es un placer para vosotros, deberíais comunicarme más a menudo respecto a estas reuniones — Se obligó a sonar más risue?a de lo que aparentaba a simple vista. —. Bien sabéis que no hay mucho que pueda hacer desde mis aposentos. — Su esposo finalmente se dignó a verla con un gesto sinvergüenza de su rostro bien aseado y rasurado. Al menos aquello último era de lo poco que hacía bien.
— Su Alteza — Salvo por lord Thomas Worthington, todos los hombres habían tomado asiento. —, me siento obligado a admitir que en algún momento de mi travesía a costas extranjeras no solo temí por no volver a disfrutar de la comodidad y elegancia de este baluarte y el servicio de mi Rey, sino también de no poder ver una vez más vuestra admirable belleza.
Alice tan solo asintió, y echó un vistazo rápido a los rostros de cada cortesano. La jovialidad con la que los hombres dialogaran se había esfumado casi por completo y sido remplazada por una leve tensión en su intercambio de miradas.
? Tantos asientos — pensó ella. —. Tantos puestos menores. Aún puedo recordar cuando solo era el Rey, el Consejero y un par más los que se sentaban en esta habitación para gobernar y no para reír. Los días en el que un verdadero Rey se sentaba en el trono parecen muy lejanos… Quince a?os y contando. ? No porque la suma de cargos hiciera de la administración algo más competente, sino por simple indolencia a ejercer sus compromisos como Rey.
Una de las sirvientas se aproximó a ella con una frasca de vino y una copa.
— No, por favor. Continuad con vuestros asuntos, mis se?ores — Se obligó a sonreírse al tiempo que la joven le servía el vino. — ?Qué estabais celebrando antes de mi interrupción? — Se llevó la copa a la comisura de los labios para ocultar cómo de amargura borraba su sonrisa, pero no bebió ni un sorbo.
Los nobles se lanzaron miradas ansiosas los unos a los otros.
— Hablando rápido y preciso, Alteza — lord Ashton Lyall dialogó primero. Sin darse cuenta, el vino blanco le había manchado el enorme mostacho casta?o que llevaba sobre el labio. —, el número de barcos mercantes en las rutas de comercio hacia la costa este de Barmania se verá triplicado de ahora en adelante. Lo que beneficiará enormemente a ambas naciones, a pesar de las rencillas del pasado, y todo ello gracias a la admirable diplomacia y pericia de lord Thomas.
El Intendente Mayor se rindió ante los elogios con gesto humilde.
— ?Eso todo? — inquirió la Reina, aunque conocía de lleno la respuesta.
— No, no es todo — Leonor se recostó sobre el espaldar de su asiento. —. Sabes que no lo es, querida. Al igual que en la ciudad portuaria de Nerón, lord Thomas también hizo de las suyas en Bergljot — Levantó la copa y brindó en su nombre. —. Una nueva y más grande que nunca ruta de comercio se afianzará en las próximas semanas entre el vasto trecho de ambos reinos. El Konungr se ha visto muy interesado en dejar atrás la beligerancia de muchos de sus antecesores y entablar por fin una alianza formal, según lo que dejaron ver algunos de sus más leales siervos.
— ?Y cada uno de vosotros tenéis intenciones de zanjar disputas con los vikingos? — Alice observó como todos ellos asintieron con firmeza. Pero percibió cierto aire de vacilación en el consejero de su esposo.
? Tantos miembros sentados en esta mesa y tan poca virilidad que desprendéis. Te rodeas de imbéciles y aduladores, Edward, ya te lo he dicho. ?
— Es una oportunidad que el reino lleva buscando durante décadas — se adelantó a decir el Intendente Mayor. —. Resolver nuestros altercados de anta?o con la lucrativa promesa del comercio es la opción más conforme a nuestras necesidades.
De un momento a otro, el Consejero del Rey inició una tos que intentó ocultar con esfuerzo desmesurado. Se oía seca, horrible, y su rostro atractivo se estaba tornando cada vez más congestionado por el bochorno y la falta de aire.
Leonor le palmeó la espalda varias veces, haciendo uso de una risotada.
— ??Os habéis ahogado con el vino, Edward!? No apuréis tantas copas que debéis de estar vivito y coleado para los festines de los próximos días.
Los se?ores rieron, puede que muchos a causa del vino.
Alice observó con su habitual recelo que aquella escena parecía alargarse de sobremanera, evaluando con ojos entrecerrados al Consejero durante todo ese tiempo. Se percató que Edward llevaba semanas con una tos que iba y venía, y que, para colmo, daba la impresión empeorar un tanto más cada día. Pero el Rey era demasiado despreocupado y sus criados tan lisonjeros como para notarlo. Edward había asegurado que el médico lo atribuía a una herida inofensiva por la ingesta descuidada de una espina de pescado.
— Os ruego que me disculpéis. — acabó diciendo después de un rato lord Edward con la voz inflamada y una mano sobre el cuello. Y la tos se desvaneció tan rápido como había surgido.
Cuando el ligero alboroto hubo cesado por fin, Su Majestad dirigió una mirada fatigada hacia su esposa.
— ?Habéis recorrido medio castillo solo para venir a ver este espectáculo, querida?
? Querida, querida, querida ?, era lo que siempre había escuchado salir de su miserable boca cuando no estaba atragantándose de banquetes o riendo a lo tonto a causa de la bebida. Bien sabía Alice que aquella palabra había perdido todo significado hacía mucho tiempo.
— Los vikingos se incursionan en nuestras costas cada a?o — inició Alice sin rodeos. —, llevándose nuestro oro y suministros. Desmantelan nuestros puertos norte?os, saquean pueblos de pesqueros y violan a sus mujeres. Y pese a todo, ?queréis tenderles la mano en se?al de alianza?
Leonor bostezó, y al Almirante Stockwell sentado a su lado se le contagió el ademán.
— Cuatro peque?as disputas… no es más que el número de incidentes vikingos en la última década. No se pueden tratar como irrupciones en sí mismas.
— ?Y pensáis que eso es demasiado poco? — preguntó con dejo desde?oso. — ?Acaso debemos quedarnos con los brazos cruzados? Una sola incursión viola nuestro solemne pacto… que presuntamente está vigente desde hace treinta a?os. Una sola gota de sangre derramada en esta tierra es una declaración de guerra.
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— Si me permitís, Alteza — interrumpió lord Stanford. —. Os sobra razón cuando aseveráis que las incursiones vikingas son una espantosa infracción a nuestro arreglo con la anterior Konungr de Vill Eylands. Sin embargo, como bien el Rey ratifica, el número de altercados de los últimos a?os podrían ser contados con los dedos de una mano…
— ?Gracias! — alabó el Rey, alzando un brazo en gesto liberador.
— Y los hombres que los han cometido, díscolos e incluso traidores a ojos de la actual soberanía vikinga, se podrían contar por decenas — siguió el Consejero. —. Dar rienda suelta a las hostilidades por el porte irrespetuoso de una ínfima parte de la población guerrera no es nada deseable ni prudente. Alteza, de nuevo, para Ivar el Astuto estos hombres también representan un problema.
— Entonces — Alice frunció el ce?o, sin ánimo de seguir conteniéndose —, ya que vuestras medidas de prevención han demostrado ser nada eficaces en cada intento, ?les daremos impunidad a estos bárbaros? — Y observó con desdén gélido a todos los hombres bien acomodados a una mesa que regía con dejadez el devenir de un Reino, pero lo cierto era que sus palabras iban dirigidas únicamente al Consejero del Rey.
Leonor se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre la mesa, para después llevarse ambas manos al rostro, hastiado, Alice lo sabía, por la inherente tozudez de su esposa. Soltó un garrafal resoplido, pero se mantuvo al margen. Como de costumbre.
— Hoy por hoy existen asuntos más apremiantes para el reino, Alteza — dijo cortés lord Edward Stanford. —. ?Qué os parece un enemigo a la vez? No obstante, si es lo que demandáis, podríamos acrecentar la salvaguardia de la costa este…, en tanto nos ocupamos de la Horda de las Bestias en pleno territorio de Dranova.
No era la primera vez que tuviera lugar aquella conversación.
— No serán más que una cantidad insignificante de espadas que correrán a su muerte como perros para alimentar el hambre y la furia de los lobos — soltó con desaire. —. El poderío de los guerreros vikingos es formidable, y ni hablar de sus perversas legiones de Berserkers, que valen más que algunos de nuestros caballeros. Debemos ocuparnos del problema desde su raíz. ?Se?ores! — alzó la voz, enfurecida y cansada de aparentar lo contrario. — ?Estos salvajes han manchado el filo de sus armas con la sangre de nuestro pueblo durante a?os! ??Cómo osáis tenderles la mano a estos homicidas!?
Un silencio incomodo, cargado de tirantez y amargura se fraguó durante unos segundos. Las sirvientas se quedaron petrificadas en sus lugares, mientras los hombres callaban y se giraban, uno a uno, a ver a Su Majestad en busca de una respuesta. Pero tiempo después, en un despilfarro de valentía, fue lord Thomas quien se atrevió a separar las comisuras de los labios con un temor cincelado como arrugas en su rostro.
— Su Alteza, con todo el respeto que merecéis y sin intención de desacreditar vuestra propuesta, las ganancias que implicara la nueva ruta de…
— ?Ya es suficiente! — El Rey lo interrumpió atizando un fuerte manotazo a la mesa. Tanto la Reina como los demás se sobresaltaron en sus asientos. Y la se?aló con un dedo en gesto acusador. — ?Eres obstinada y despótica, mujer! ?En momentos como estos otra declaración de guerra es lo que quieres? ?Estos asuntos no te conciernen! ?Y por mucho que te empe?es, tus insolencias no tendrán voto aquí! ?Ni siquiera voz! Demasiado honor te he concedido para que estés aquí presente. ?Solo eres un lastre y yo soy el Rey! ?Tú rey! ?Las cosas se harán a mi orden! ?A la de nadie más!
Alice se había puesto en pie sin darse cuenta, sobrecogida ante un enfado como el que nunca hubiera visto en un hombre que tanto solía inclinarse por la serenidad. Entendió sin aceptarlo que esta vez se había aventurado más allá de lo necesario.
En un descuido más y casi con desesperación, sus ojos buscaron el apoyo de Edward, pero no hallaron más que la impavidez de su rostro ovalado. Y sabiéndose incapaz de desafiarlo abiertamente, el gobernante de facto, el auténtico Rey detrás de la farsa del trono, se limitó a torcer la boca en gesto apenado. Y en aras de conservar intacta aquella fachada, desviaron la mirada tanto Edward como Alice, rehuyendo de cualquier enfrentamiento.
Luego de tan vasto agravio tuvo que retirarse antes de que Leonor cometiera el atrevimiento de exigírselo empleando a los guardias. Mientras se daba la vuelta, se esforzó en ahogar un desprecio aún mayor del que sus ojos de miel reflejaron; obligada a sobrellevar la humillación en un silencio concluyente, más vergonzoso que cualquier injuria que pudieran escupirle a gritos.
Treinta y cinco a?os y contando, y se había sentido de nueva cuenta como una ni?a a la que rega?aban.
? Si lanzas un hueso a un animal salvaje, la siguiente vez volverá a por más y más, hasta que su ambición lo lleve a pensar que todo el banquete debe pertenecerle ?, se guardó para sí, cuando hubo atravesado las puertas con su alguna vez dulce rostro malogrado por la rabia.
Ya era mediodía cuando finalmente pudo hallar algo de sosiego en la reclusión de sus aposentos de la Torre de Aguamiel. Vislumbrar, apoyada sobre el parapeto del balcón, la inalterable paz de los jardines reales parecía de los pocos alivios a su alcance entre tanto menosprecio consumado. Bajo sus pies, el oto?o había empezado a te?ir el forraje de los árboles con matices profundos de rojo, naranja y amarillo, que se veían reflejados en el agua cristalina de los arroyos y albercas ornamentales. Pero el verde de los arbustos aún se extendía impoluto de este a oeste, de norte a sur.
Tan pronto como percibió el tacto de la brisa sobre su piel, se deshizo de la presión de su adornada redecilla de algodón, permitiendo que su melena de ámbar ondeara suelta. El viento suave y fresco desempolvó toda su amargura, y la hizo olvidar por unos instantes la animadversión de un matrimonio que con los a?os no había madurado más que para volverse inmundo y putrefacto.
Se permitió entonces, una sonrisa abierta al descubrir a sus dos hijos sentados bajo la copa de un manzano solitario en medio de una islita cercada por un riachuelo. El príncipe Richard se recostaba al árbol, mientras le leía uno de sus muchos libros de aventuras a su hermano peque?o. Y en cuanto al príncipe Elliot, este conservaba sobre el regazo, descansando plácidamente y enroscado sobre sí mismo, a ser Lionelt; un enorme gato blanco de manchas amarillas, que, a punta de incesantes berrinches, el ni?o había conseguido que se le fuese concedido un título honorífico de caballero.
— ?Sabes si le está gustando el libro que le he obsequiado? — bebió de las palabras de una voz a sus espaldas.
Cuando se giró hacia ella, aquellos ojos blancos se mostraron ausentes, mirando sin ver hacia una esquina de la habitación. Notó entonces que había dejado de tocar música.
? Diane — pensó con cierto asombro. —, olvidé por un minuto que estabas allí. ?
— ?Cómo sabias que mi hijo estaba leyendo el libro? — expresó en su lugar con una voz no exenta de desconcierto.
La Duquesa de Lionshire se hallaba sentada en el cetro del dormitorio con un cuenco de aceitunas y cebollitas al vino sobre las piernas. Había dejado reposar sobre la mesa la peque?a lira que estuviera ta?endo hasta hacía un minuto. Y observó de nuevo con admiración como Diane contemplaba el vacío con sus irises casi tan blancos como el resto de sus ojos. Lo cierto era que Alice había perdido por completo el hábito de tenerla cerca durante los a?os que tomara su reencuentro.
— Bueno, no sabía que lo estaba leyendo ahora mismo. Pero he notado estos días que cada vez que observas a tus hijos, la gran mayoría de las veces en realidad, sonríes y dejas escapar un ligero resoplido por tu nariz. — Se llevó una aceituna a la boca, mientras jugueteaba a hacer rizos con un mechón lacio de su cabello de azabache. — Creo que he sabido acertar, prima.
Alice caminó de vuelta hacia los adentros de su habitación, con la sonrisa aun cociéndose entre sus delgados labios, y tomó asiento al lado de Diane.
— Siempre has sido muy perspicaz a tu manera. Recuerdo cuando vivíamos juntas en el castillo de mi padre y lo mucho que hurgabas en conversaciones ajenas, sin importar que estuviesen ocurriendo al otro lado del pasillo.
— Dios me arrebató la vista muy pronto, pero me concedió un gran oído y nariz a partir entonces. — declaró con optimismo sin mirar a derecha ni a izquierda. La Duquesa era bien conocida por su desmesurado júbilo, pese al sinsabor y la desgracia que se llevó su vista con apenas doce a?os.
— También te concedió tres hermosos ni?os — le recordó Alice a modo de ofrecerle ánimos. Aunque ya no fuera aquella ni?a que lo necesitara. —, pero fue mucho más generoso contigo al darte un matrimonio con el mejor prospecto de los hijos del difunto Rey.
— Christian siempre ha sido un buen hombre. Puede que a veces un tanto distante conmigo, pero amable y siempre dispuesto para su familia.
— Y un mejor líder que su hermano mayor — Cedió ante la presión de un suspiro. —. Desde el inicio de su dizque reinado, Leonor se ha dedicado a atragantarse de festines y reír con su séquito de zalameros en lugar de tomar cartas en los asuntos del reino.
Era un hombre de grandes apetitos. ?Los glotones suelen ser codiciosos, pero este ha salido, como si no fuera ya suficiente, perezoso e indolente. ?
— Le gustan los festines, ?no es así? — Inclinó la cabeza hacia un lado; la voz afinada por una risita encantadora. — Lo primero que hizo el día en que llegué a la ciudad fue organizar un festín en mi nombre.
— Con todo lo que come y holgazanea sorprende que no se haya convertido en un amasijo de grasa al igual que algunos de sus cortesanos.
Según contaba uno de sus confidentes, nada más en la última semana su esposo había convocado a una sarta de condes, barones y caballeros de renombre de toda la costa oriental con el insípido pretexto de conmemorar media docena de banquetes en honor al Festival del Oto?o. Y no satisfecho con esto, se había valido del éxito de la misión diplomática de uno de sus aduladores favoritos para concertar otros dos. Sencillamente estaba más interesado en saltar de festividad en festividad que el mismísimo devenir del reino.
— ?Que no ves el lado positivo de todo esto? — rio Diane, como intentando contagiarla de su buen espíritu. —. Tú has visto nacer a tus hijos, los ves crecer ahora y quién sabe qué tantas otras cosas verás… Hace diecisiete a?os que lord Baron acordó un doble matrimonio entre su única hija, su sobrina y los dos príncipes del reino. Y a ti, prima, el destino te otorgó a aquel que sería coronado como Rey.
— ?Y de qué ha servido? Si no es más que un Rey de juguete — soltó sin pensar y sin que le importase demasiado la reacción de Diane a sus palabras vertidas de acritud. —. Hay gente en esta nación que ha sufrido y seguirá sufriendo a causa de su tibieza e ineptitud como monarca… Los vikingos al otro lado del mar, los sarracenos en Barmania. Y no me olvidaré de la Horda en los bosques. Enemigos por todos lados y él no hace más que relegar el pasado.
— Ha habido muchos Reyes crueles e incontables esposos inicuos. ?Qué tan malo puede ser en comparación? — Se llevó otra aceituna a la boca.
— ?Qué tan malo? — La sola pregunta ofendía. Ni mucho menos iba a conformarse. — Hace siglos que esa tribu de salvajes merodea por este reino, matando a nuestra gente y comiendo de nuestra comida, mientras aumentan poco a poco sus números y viven en reniego de nuestras leyes — Su voz se tornaba más agria a medida que cada palabra salía despedida de su boca con coraje irrebatible, y sin que fuera del todo consciente, comenzó a oprimir sus manos con un ímpetu que las hacía temblar. —. Algo ha cambiado desde que ese malnacido está con ellos. Siempre han sabido aludirnos, pero ahora son más organizados e inteligentes que nunca. Y todavía estos se?ores insisten en llamarlos una horda. ?Qué ha hecho mi esposo desde entonces? ?Qué ha hecho mi buen Rey? Sentarse en una silla, cercado por su corte de cerdos zalameros para organizar festín tras fiesta y torneo tras espectáculo, mientras otro hombre se deja la cabeza día y noche pensando en soluciones para arreglar su desastre.
La sangre comenzó a brotar al clavarse las u?as en sus propias palmas.
— Alice… Te estás haciendo da?o. — No le eran necesarios sus ojos para reconocer el olor. Diane se inclinó hacia ella para coger una de sus manos con garbo y suma preocupación.
— Y no solo eso — a?adió con la mirada tan pérdida como la de la mujer que intentaba serenarla. —, también están estos vikingos. Pronto serán cuarenta a?os desde la última vez que esa otra caterva de impíos cruzó el Heron Sea para sitiar la Capital, buscando asentarse en nuestro territorio. ?Cuánto faltará para que la historia se repita? ?Cuánto para que ambicionen con asediarnos otra vez?
Si bien la sangre que caía de sus dedos no eran más que hilillos finos de escaso caudal, Diane doblegó su corazón frágil como el papel, y se abalanzó sobre ella con un rostro desfigurado por la conmoción. La porcelana del cuenco cayó al suelo, y se despedazó con un alarido de cristal que logró despojar a la Reina de su embeleso inducido por la rabia.
— Alice, por favor. Estás sangrando. — reverenció lo obvio, posando sobre ella aquellos ojos tan grandes como el cuenco que había destrozado. Diane nunca había sido muy tolerante a la sangre, no después de que aquel marcado aroma se convirtiera en una ventana a los tempestuosos recuerdos de su infancia. — ?Te encuentras bien?
— ?Qué tan malo? No es suficiente.
Su cordura había retornado en un abrir y cerrar de ojos, pero le llevó unos segundos de reflexión percatarse del dolor punzante en sus manos y la sangre que discurría hasta te?ir de rojo su vestido blanco. Fue entonces cuando Su Alteza se compadeció del rostro pálido de su prima, en busca de distracción, a fin de evitar romper en llanto insatisfecho al igual que una enerve damisela.
— Christian Liongborth — siguió Alice. —. Quizás él debió haber sido el Rey en lugar de Leonor.
— Sí, tal vez mi esposo debió haber sido el Rey. — le dio la razón con todo el propósito de apaciguar sus ánimos.

