Estaban llegando al final del Camino del Este, cuando a lomos de su corcel divisó la colina donde se alzaba con grandiosidad el colosal Baluarte del Rey. La fortaleza de la Dinastía Real Liongborth asomaba y sobresalía por encima de las numerosas mansiones de madera de arce, yeso y pizarra de dos o tres plantas de altura que poblaban el corazón de la ciudad.
La escolta de cuarenta hombres resguardaba en formación de cuadro al Intendente Mayor en camino a su audiencia con Su Majestad. Ser Lance Crowley abría la marcha en primera línea, mientras ser Alfred Barmettler la cerraba en la retaguardia. El avance firme de los caballos, sumado al ominoso ta?ido de las campanas en los costados del carruaje, advertía a los transeúntes de la comitiva.
Los residentes más cercanos al castillo eran en su mayoría de alta alcurnia; sofisticados y poco dispuestos a generar un gran tumulto durante las festividades. Y a pesar del trasiego constante de personas, los adoquines de la carretera se encontraban inmaculados, como si las zapatillas de aquellos individuos y sus carros jamás hubieran conocido la tierra y la mugre de las callejuelas que el grupo había dejado atrás.
— Ser Vyler. Observad — advirtió ser Ronnie Baronnet, consternado. —. Frente a los establos.
El caballero dirigió la mirada hacia la calle. A cien metros de distancia, allí delante del cuartel principal de caballería, se aglomeraban unos cincuenta jinetes con corazas de hierro y atavíos en verde y blanco. Observó cómo los hombres se agrupaban en una triple hilera a la vera de la calzada, dándoles así espacio para continuar con su trayecto. Los portaestandartes enarbolaban el blasón de Dranova en el aire. Y en el otro costado, una docena de caballeros se api?aba junto a sus escuderos, quienes prestaban su ayuda para equiparlos con pesadas armaduras de placas de cuerpo completo.
Si bien la escolta pasó de largo sin aminorar el trote, ninguno de entre los hombres que cabalgaban a su lado rehuyó a intercambiar una mirada de incertidumbre.
Un par de calles más adelante, a las afueras del cuartel central de infantería, cientos de soldados marchaban agitados en dirección contraria, con escudo en mano y espadas en sus vainas; dispuestos en formación de doble columna.
A las orillas del camino y desde los balcones de sus casas, algunos ciudadanos vitoreaban a los reclutas en preparación, mientras otros se limitaban a observar el panorama con caras largas.
— ?La ciudad luce como si se estuviese preparando para la guerra! — apuntó ser Ronnie para todos.
? Así es, pero ?contra quienes? ?.
Se respiraban aires de esperanza y tensión en la ciudad.
En seguida, la inquietud se apoderó de ser Vyler, quien hizo caso omiso a lo que sus camaradas tuvieran para decir. Dio rienda suelta a su imaginación, esperando lo peor, dominado por la perspectiva de un vaso que siempre lucía medio vacío.
?Otra revuelta de la plebe? Pero eso era imposible. Habían pasado muchos a?os desde la última insurrección y desde entonces las circunstancias del país no habían hecho más que mejorar. Además, el tumulto que se generaba con cada festival nunca había escalado tanto como para necesitar fuerzas ajenas a la Guardia de la Ciudad que atemperasen a la población.
Lord Worthington abrió uno de los postigos del carruaje, y asomó la cabeza con su acostumbrada expresión pusilánime de oreja a oreja.
— ?Qué está sucediendo?
De lejos, ninguno se mostró más estresado que ser Vyler. Cogía las riendas de Wyke con fuerza descomunal a medida que se mantenía pensando en el posible enemigo, en el lugar de la batalla, y por sobre todas las cosas, en el estado de sus seres queridos. De allí en adelante, el trayecto se tornó insufrible.
Después de un par de azorados minutos, la colina del castillo se extendió ante ellos. Un profundo foso de agua cristalina cercaba al Baluarte del Rey, a su torre del homenaje, a las inexpugnables murallas de piedra y los amplios jardines centrales, dando así, la impresión de convertirse en una peque?a isla de roca maciza sobre la extensa colina. A la cara interna de los muros fortificados, numerosos torreones se alzaban tan altos que en cada invierno la espesa niebla los hacia ascender hasta los cielos. Un enorme puente levadizo de madera de roble daba la única salida y entrada a la impenetrable fortificación, tan generoso en amplitud que unos quince hombres podían cruzarlo a caballo sin problemas.
Soldados de infantería, armados de pies a cabeza con hierro laminado y acero, custodiaban el puente. Rápidamente uno de ellos gritó una orden a todo pulmón, y otros se dispusieron a acatarla, bajando el puente desde los adentros del bastión.
Los nervios de lord Thomas Worthington le afloraban la piel. Aquel supuesto diluvio del cual el capitán les había hablado se manifestaba entonces en sus finos ropajes en forma de una transpiración incontrolable.
La caravana traspasó el puente levadizo, y luego los blindados rastrillos de la isla. Más allá de los muros coronados y la barbacana, el patio principal se reveló ante ellos como una infinidad aparente de esbeltas torres de piedra caliza, almacenes de ladrillo, establos, salones amplios y residencias lujosas de cinco plantas de altura. Entre las edificaciones se extendían, como telara?as, estrechos callejones y también pasarelas techadas conectadas con ingenio a todos los niveles posibles del recinto, que hacían lucir al Baluarte del Rey como una peque?a ciudad de alto prestigio e impenetrable. En medio de toda aquella amalgama de edificios, dominándolo todo, se levantaba, regio y descomunal, el castillo de Leonor II, un palacio fortaleza de piedra labrada grisácea laureado por tejas tan verdes como el pasto.
En opinión de ser Alfred Barmettler, era un espectáculo arquitectónico que siempre conseguía maravillarle la vista a cualquiera.
Ya en el centro del complejo, la escolta amainó el trote, y se detuvo ante las robustecidas puertas de roble y hierro del castillo, con cierta congestión dibujada en sus rostros. La entrada yacía dispuesta de par en par, y bajo el arco de piedra tallada se encontraban tres caballeros de la Guardia de la Realeza, un joven noble, y en medio de todos ellos, lord Edward Stanford, Consejero de Su Majestad, y, por consiguiente, la segunda persona más poderosa de Dranova.
Ser Vyler fue el primero en descabalgar. Sus compa?eros hicieron lo propio sin demora. Pero la rapidez y zozobra con la que cada caballero actuó al apear de su montura no fue capaz de compararse al despliegue de desesperación que lord Thomas demostró al arrojarse del carruaje.
— Lord Stanford — se apresuró a hablar, alterado y suprimiendo cualquier ápice de cortesía. —, ?qué está sucediendo en la ciudad? ?Por qué de semejante movilización de fuerzas? — Había quien afirmaba que el Intendente Mayor en ocasiones podía llegar a ser tan valiente como un cachorro abandonado.
A pesar de ello, era por mucho el hombre más preparado para el cargo que ejercía, quiso recordarse ser Vyler.
Lord Edward, quizás en un derroche de malicia inocente, se atrevió a poner en prueba la poca paciencia y gallardía que caracterizaban al nervioso cortesano. Durante unos segundos guardó silencio, y se dedicó a observarlo detenidamente con una somera sonrisa sobre la fina barbita de candado. El noble de rostro relamido y ojos taimados lucía una elegante casaca de terciopelo gris oscuro bajo un cinturón amplio de cuero negro. Al Consejero del Rey, pese a asumir uno de los puestos más estresantes de todo el reino, siempre se le notaba sereno, descansado y de buen humor.
Las malas lenguas esparcían desde hacía a?os el rumor de que lord Edward Stanford era el titiritero detrás del trono.
? Aunque ciertamente razones no les faltan. ?
Se escuchó a lord Thomas tratar de articular una frase completa entre titubeos intermítales cuando fue interrumpido.
— Mi lord, caballeros — El consejero alzó la voz, al tiempo que esbozaba una enorme sonrisa. —. Por fin habéis llegado. Me complace ser el primero en anunciaros que nos encontramos hoy en el umbral de una nueva era.
— ?Una nueva era? — consiguió pronunciar a duras penas lord Thomas.
— Una maravillosa.
Los caballeros se lanzaron miradas perplejas unos a otros. Ser Vyler dio unos pasos al frente e hizo una profunda reverencia.
— Lord Stanford, sin ánimos de dejar de lado la cortesía que vuestra presencia merece, nos complacería si nos comunicaseis que está aconteciendo en la ciudad. ?Por qué tantos hombres movilizándose en las calles?
— Comprendo vuestras inquietudes, ser Vyler Maine. Mi persona también las sostendría, si en vuestro lugar… En el de todos vosotros, de hecho, estuviera. — Respiró profundo, y se tomó su tiempo para concebir las palabras más idóneas. El silencio se hizo frente a las puertas del castillo, interrumpido unos segundos después por el sutil carraspeo de lord Edward, quien tanto acostumbraba la dilación. Era extraordinariamente conversador, pero todo el tiempo hablaba de forma cautelosa y alargaba las frases más de lo debido. — ?Vaya!... por poco lo olvido — Suspiró antes de dibujar otra vez una sonrisa suave. —. Permitidme tener el más grato de los placeres de presentaros al no tan nuevo pupilo de Su Majestad. Leann de la ilustre casta de los Sheldrake.
La faz del muchacho se tornó casi tan roja como sus cabellos crespos. No se le notó especialmente locuaz ni mucho menos se esperaba un gesto como aquel en momentos tan tirantes, al igual que los caballeros presentes.
Ser Vyler, ya se temía una respuesta evasiva. Después de todo, el consejero era portador de una verborrea sin precedentes. Siempre dispuesto a divagar de manera innecesaria sobre cualquier tema, en lugar de ir al punto; o quizás le atraía demasiado el sonido de su propia voz.
— Mi lord — advirtió con cautela ser Ronnie. —, si disculpáis mi atrevimiento… ?Qué hay de los soldados? ?A qué nueva era hacéis referencia?
— A una autentica época de paz y gloria para todo el reino de Dranova, a ello hago referencia. Permitidme finiquitar vuestras preocupaciones — comenzó diciendo, con la garganta trabada por el orgullo que le inflaba el pecho. —. Finalmente, la oportunidad que todos hemos esperado, con sumo afán durante tanto tiempo, ha tocado a nuestras puertas. La Horda de las Bestias… Nuestros más hábiles y experimentados exploradores han conseguido dar con el paradero de esa indeseable caterva de paganos.
Aquellas impensadas palabras asestaron los oídos de ser Vyler como el restallido fugaz de un látigo. Más de un caballero se quedó sin aliento.
— ?Escuché bien, mi lord? — preguntó ser Alfred, anonadado.
— Eso está abierto a dependencia, ser — Hizo ademán de una pausa. —. Siendo preciso, hace unos días un par de jinetes de exploración, oriundos de la ciudad de Glasstone, divisaron una numerosa aglomeración de aproximadamente ocho mil hombres y mujeres en un campamento muy rudimentario a las orillas del rio Eris, muy cerca del corazón de Dranova.
Aún no daba crédito a lo que oía.
La Horda de las Bestias. El simple nombre le causó un escalofrío.
Aquellos hombres eran el objeto de la mayoría de las historias de terror que se conservaban en el reino y más allá de él. Pero si tan solo fuesen leyendas, los pueblerinos podrían dormir tranquilos por las noches en sus frágiles caba?as. La Horda era una tribu nómada de paganos, los últimos de una larga lista que se remontaba a siglos antes de la unificación de Dranova. Eran unos despiadados y fervientes adoradores de las Bestias y otros falsos dioses, defensores acérrimos de ideales inhumanos y perpetradores de un historial inconmensurable de saqueos y genocidios a peque?os poblados de toda la nación.
— El escrito enviado por el mayordomo de lord Lazaro Arrowsmith — siguió. —, Marqués de Glasston, fue respaldado por un halcón recibido desde la ciudad de Anglovia, medio día después. Sus exploradores reportaron un campamento con exactamente las mismas características y localización. ?Hedor a sangre coagulada y un exuberante grupo de hombres y mujeres andrajosos de una conducta bastante execrable?, alcancé a leer.
— Una oportunidad como esta… — consiguió decir ser Vyler.
— No se presenta todos los días. — se apresuró a terminar ser Lance Crowley.
— Qué el Se?or nos ampare. — Se persignó lord Thomas.
? Raymond — se guardó para sí. — ?Por fin ha llegado el día de tu caída? ?.
Lord Edward Stanford intentó súbitamente pasar a una habladuría intrascendente que versaba sobre el viaje que habían emprendido a la costa de Barmania, mientras el resto de los caballeros, todavía atónitos, arrojaban una sarta de interrogantes que iban siendo evadidas con florida sutileza. En ocasiones, ser Vyler se animaba a pensar que el Consejero del Rey actuaba de esta forma en busca de sulfurar a los demás. Sin embargo, su expresión de serenidad innata siempre indicaba lo contrario.
— Disculpadme, lord consejero — se adelantó a hablar uno de los espadachines platinados, ser Paul Wolkan. —. Su Majestad os aguarda. Tal vez sería más sensato aplazar esta conversación hasta otro momento más favorable. Si os parece. — Terminó con gesto reverencial. Pero, a juzgar por su expresión, el Caballero Artesano habría podido obsequiar su armadura ostentosa de platino con filigranas de alas doradas y yelmo de halcón a algún indigente, si con ello conseguía que lord Stanford cerrara la boca por un buen tiempo.
No había reparado en él hasta entonces. Ser Paul era reconocido tanto por su destreza con la espada como por su artesanía con metal. Según tenía entendido, era el único en la Guardia de la Realeza al que se le permitía trabajar su armadura, practicándole grabados y remplazando algunas partes por otras modificadas por su propia mano, siguiendo así con aquella tendencia tan vulgar de ciertos caballeros de personalizar su armadura hasta rayar el mal gusto y la saturación. La de ser Paul era vistosa, desde luego. Se preguntaba si igual de práctica.
Ser Vyler era más de la opinión de que la coraza de un caballero debía mantenerse impoluta y no diferenciarse demasiado de la de sus camaradas de armas. De otro modo, se corría el riesgo del volverse el objetivo de un rival. Y en una batalla lo último que necesitaba alguien era que el enemigo lo identificara con excesiva facilidad.
Lord Worthington, todavía impresionado, accedió con ojos redondos como platos ante la postura de ser Paul. En cambio, los hombres de la escolta no hicieron más que asentir y ocultar su incomodidad con una marcada reverencia antes de retroceder hacia sus monturas. Ya habría tiempo para su remuneración y reconocimiento.
— Ser Vyler Maine — llamó lord Stanford —. Si os apetece acompa?arnos a la Sala del Trono. — Y le mostró el camino hacia dentro con un gesto de mano.
Ambos se?ores se adentraron al castillo junto a la compa?ía de la Guardia de la Realeza, el joven Sheldrake y ser Vyler que había accedido al honor con cierta pesadumbre enmascarada tras la disciplina y el respeto de un rostro marcial.
La galería que llevaba hasta la Sala del Trono era un pasillo profundo, excesivamente profundo, y se encontraba flanqueado por una interminable procesión de esculturas talladas en cuarzo y mármol sobre pedestales decorados con porcelana pulida. Exquisitos y detallados retratos de antiguos reyes se extendían hasta setenta pasos más allá, contrapuestos a amplios cuadros que representaban los acontecimientos más significativos de la historia de Dranova en los últimos cuatro siglos.
El murmullo de las armaduras de hierro sobre la alfombra escarlata ensombrecía el silencio cargado de tensión para un lord Thomas a quien todavía se le notaba alterado. De un momento a otro, el Consejero del Rey amainó el paso para situarse junto a ser Vyler. Y la futilidad inherente a su habladuría no se hizo esperar.
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— Ser Maine, mirad aquella escultura. ?Qué os parece? — Se?aló hacia la más corpulenta de todas, que medía cerca de dos metros de altura. —. Se trata de nada más y nada menos que del impetuoso Bernard I. Reconozco que un caballero tan ilustre como vos, es capaz de presumir de ser un conocedor entusiasta de todo lo referente a la historia del reino — Se acercó más al caballero para bajar su tono de voz. —. Sin embargo, aunque la historia nos haya ense?ado que nuestro queridísimo Rey de anta?o murió a causa de unas heridas infectadas luego de cazar un oso pardo… Divagando por las bibliotecas me encontré varios manuscritos amarillentos del Gremio de Eruditos de la época, que dictan que la realidad acerca de su muerte fue mucho menos…
No podía importarle menos aquella historia.
— Mi lord — dijo inquieto, al cabo de un rato. —, he de creer que no me habéis conducido hasta aquí para tener una conversación acerca de los antiguos Reyes. ?Estoy en lo correcto?
— Lo estáis, noble caballero… Lo he conducido hasta aquí, porque nuestro querido Rey sostiene algunas palabras que desea comunicaros él mismo en persona.
— ?Qué motivos podría tener el Rey para concederme el honor?
El cortesano se llevó una mano a la fina barbilla.
— Temo que lo desconozco.
Sabía de sobra que mentía. El número de asuntos que el consejero desconocía y Su Majestad dominaba eran más bien escasos.
— Sin embargo — prosiguió. —, también debo comunicaros un asunto importante. Tal vez sea mejor que lo sepáis ahora mismo y no después. Para que no os llevéis una ingrata sorpresa.
— ?A que os referís, mi lord? — Lo azotó un mal presentimiento. — ? Y sé conciso, si es posible. ?
— Vuestro audaz hermano, ser Konash, y vuestro joven hijo, Valysar… — logró entonar con rostro serio. —. Me siento en la obligación de expresaros que vuestro primogénito, en pos de demostrar su valía como escudero, emprende voluntariamente la marcha hacia el corazón del reino junto a más de seiscientos caballeros, tres mil jinetes y varios miles de otros hombres de la hueste.
Durante largo tiempo no se animó a decir nada. Meditó acerca del significado detrás de aquellas palabras, mientras observaba de soslayo a lord Edward.
— Valysar se ha convertido ya en un hombre, pero ahora busca la manera de ser nombrado caballero — a?adió el consejero con intenciones de evitar un silencio indeseable.
Cuando de su boca escapó un gran suspiro, el pecho, una vez soberbio, de golpe quedó vacío. La presión de la armadura le cayó encima, robustecida por una pesadez insufrible que casi lo hace detenerse. El murmullo del metal y las palabras versadas en batallas que cruzaban los caballeros a su espalda no fueron sino un molesto presagio en mitad de su tácita tortura.
Su primogénito ya tenía la edad como para partir a la guerra. ?Pero estaba listo?
— No os preocupéis, noble caballero — continuó. —, vuestro hijo no se encontrará en la vanguardia, ni mucho menos.
— Es un Maine — logró pronunciar orgullosamente. —. Un hombre que ha aspirado a convertirse en un caballero de renombre desde el día que empu?ó una espada de madera por primera vez. Al igual que su padre, que su tío y su abuelo mucho antes que él.
— Percibo que vosotros, los Maine, lleváis la caballería en la sangre. No me extra?aría escuchar que aprendisteis a cabalgar antes de siquiera dar vuestros primeros pasos.
— No os encontráis muy lejos de la realidad, mi lord — Se inclinó hacia él en gesto de genuino agradecimiento. Su antebrazo descansaba sobre la empu?adura de la espada envainada a su cintura. Aquello era un hábito inconsciente al caminar.
— Los jóvenes a menudo intentan poner a prueba su valentía en ocasiones como esta.
— Y para mí pesar — suspiró. —, mi hijo puede llegar a ser más valiente que cauto. Encontrad allí la cuna de mis preocupaciones. Si me permitís, mi lord, quisiera reunirme con mi hijo y mi hermano antes de que salgan de la ciudad. — Muy dentro de él sabía que no sería posible.
Lord Edward no era un hombre muy alto. Miraba a ser Vyler directamente a los ojos desde casi un palmo más abajo. Sobre su tez clara, bailaba una sucinta mueca de lástima. Aún había cosas que ocultaba y decirlas lo llenaba de desazón al parecer.
— Os pediría que no os indignarais, aunque tampoco os juzgaría por vuestra reacción. Estáis en todo derecho de ver a vuestra familia, pero como bien sabéis ser Konash Maine es ahora una espada juramentada de la Guardia de la Realeza…
Aquello lo cogió desprevenido. Fue severo al culparse por haber tenido la insolencia de pasarlo por alto. En breves, se halló más desconcertado y sediento de respuestas que nunca.
— Mi hijo — interrumpió, exaltado. —. ?Por qué mi hijo, siendo aún un escudero, irá a la guerra sin la presencia de su mentor?
Los caballeros que caminaban detrás enmudecieron al escucharlo alzar la voz de aquella manera. La inquietud había provocado que tan educado hombre olvidara por un segundo todo ápice de observancia hacia un se?or de mayor jerarquía.
— A vuestro hermano menor — empezó lord Edward, muy sereno. —, debido a la grandeza de sus proezas que trovadores y doncellas tanto aclaman, se le concedió el beneplácito Real para que combatiera, si así lo deseaba, junto a las ocho grandes ciudades de Dranova. Después de todo, ?quién mejor que vuestro engrandecido hermano para traer al castillo la cabeza cercenada del traidor y apóstata Raymond Hailstone?
No pudo evitar echar un furtivo vistazo a lord Worthington. El cortesano no había acogido hasta el momento el menor deseo de partícipar en la conversación, pero disimulaba mal el hecho de ser todo oídos. Vio en él un pecio de entusiasmo salir a flote por primera vez entre toda su preocupación.
? Debe estar sintiendo unas ansias irremisibles de escupir al suelo y maldecir tan ignominioso nombre ?. Si estaba en lo seguro, lord Stanford se hallaba tan abstraído en el diálogo que había pronunciado a un innombrable sin tenerlo en consideración a él.
A fin de cuentas, hacía poco más de veinte a?os desde que el ahora ?Rey? de la Horda de las Bestias ejecutara a sangre fría a su esposa e hijo peque?o, para cumplir así con su palabra. Con el juramento de sus amenazas. Maldito fuera el día en el que aquel perverso hombre llegara a espadachín platinado y jurase en falso su espada y vida a la Realeza de Dranova.
— Ser Konash — prosiguió lord Edward. —, optó por atender sus responsabilidades más enraizadas a la Corona. Y después de escuchar la noticia de que su tío no prestaría sus armas, el joven Valysar tomó la decisión por cuenta propia. Vuestro hermano simplemente no quiso apaciguar los ánimos de vuestro primogénito por demostrar su valía y destreza en el campo de batalla. ?De tal espada, tal filo?, me atrevo a citar.
? ?En qué diablos estaría pensado Konash? Un escudero nunca debe encarar una batalla sin su caballero ?. Pero no tuvo más opción que tragarse toda la injuria ocasionada por la poca sensatez de su hermano. Una vez más.
— Ser — Lord Worthington habló con voz sombría. —, vuestro hijo hace un bien invaluable al tomar la iniciativa y combatir contra esos impíos inmorales. Valysar no se encuentra solo, os lo aseguro. Dios lo tendrá bajo su manto todo el tiempo. La devoción a él y tan enorme gesto de rectitud serán bien retribuidos.
— Algunos jóvenes nacen para la batalla. — a?adió lord Stanford.
? Y muchos mueren en ellas. ? Ocultó sus miedos tras un rostro inexpresivo.
Ser Vyler no se hacía muchas ilusiones en cuanto a salir victoriosos en aquella guerra que todavía no empezaba. A fin de cuentas, no era la primera vez que se anunciaba a los cuatro vientos que la Horda de las Bestias estaba arrinconada y próxima a su extinción. Aunque cierto era que aquellas circunstancias lucían un cariz distinto. La ciudad demostraba mayor entusiasmo y movilización que en anteriores oportunidades.
Pero al final, se conformaba con que su hijo regresase vivo y completamente sano.
Un momento más tarde, reparó con admiración en el arte expuesto a lo largo de la galería. A medida que se acercaban a la Sala del Trono, las pinturas se volvían cada vez más antiguas y deste?idas. Los lienzos lo trasportaron al recuerdo de su hermosa y peque?a Grace, quien disfrutaba de pintar a todas horas. Se encontró extra?ándola de nueva cuenta. Estaba más cerca de ella que nunca en los últimos meses, pero el deber para con su Rey lo ataba de manos.
Hacia el final del corredor, los laterales repletos de cuadros y retratos históricos concluían con un último y majestuoso par que habían sido vagamente renombrados como la Reina Bruja y el Rey Brujo, y eran además los favoritos de su hija. Durante a?os, se había rendido un sinnúmero de veces ante los ruegos incesantes de Grace para llevarla a echar un ojo a aquellas pinturas de las que Vyler ya estaba harto. Pero, por ella y su sonrisa mellada lo haría las veces que fuera necesario.
En una de ellas, rodeada de esplendor y belleza exótica, se mostraba a la primera Reina de Dranova ataviada por un vestido blanco de corte elegante. Equidna la Doncella de Bronce. El apodo con el que se le había inmortalizado en vida era fiel a su aspecto, pues su extra?a piel morena guardaba semejanza con el mismísimo bronce reluciente. Su larga caballera oscura como el ónice se encontraba ribeteada por una diadema de diamantes, pero de sus ojos de oro fundido irradiaba un resplandor que opacaba a cualquier joya. Con gentil sonrisa, mimaba a un hurón que se enrollaba aletargado en torno a su cuello. A su costado izquierdo, un enorme león de regia melena miraba hacia el horizonte, sentado sobre los cuartos traseros. A su flanco derecho, observaba solemne hacia el lado opuesto, un tigre dientes de sable de fauces sobrenaturales. Y sin importar que tan magníficas fueran aquellas fieras que la acompa?aban, la mirada de ser Vyler se desplazó rápidamente hacia el monstruoso onisvéhemens que surcaba los cielos a su espalda, desplegando su grandiosa envergadura y reflejando la luz del crepúsculo a través de sus escamas metálicas.
Por el motivo que fuera, el artista había retratado a Equidna ba?ada por un suave rocío de fuego a ras de piel y que la hacía brillar con aura dorada, como pronosticando sin saberlo la causa de su muerte.
El próximo cuadro, a pesar de tratarse del mitificado primer Rey de Dranova, palidecía junto a la excelsitud del primero. Según solía describir Grace, el hombre al que todo el continente había conocido como Dante el Unificador yacía sentado sobre un pe?asco de caverna rodeado por ríos de lava. El rostro se le iluminaba de forma sombría, bajo aquella luz vaporosa que se cernía sobre él, mientras apoyaba en el suelo la espada más ennegrecida que ser Vyler había visto en toda su vida. Espectro era tan oscura como una noche sin luna ni estrellas, como la negrura misma que se revelaba ante los ojos de un invidente. Vestía con una túnica de color carmesí con grabados brunos que no llegaban a ser completamente legibles.
Desde dentro de la Sala del Trono las enormes puertas de cobre laminado se abrieron de par en par, como si la misma hubiera advertido su llegada. El gran salón se extendió regio, impecable y de unas dimensiones sin parangón. Lujosos candelabros de vidrio y plata se suspendían a doce metros de altura, y en las paredes la luz calaba a través de vitrales rematados en arco y pintados por ilustraciones folclóricas que derramaban su vasta gama de colores por todo el piso de piedra. Desde un lugar privilegiado al fondo de la sala, una plataforma de losas oscuras se elevaba se?orialmente, imponiendo formidable presidencia a todo el recinto. Posterior al trono, se desplegaban una sucesión de banderas verticales con el esplendoroso blasón de Dranova sobre franjas verdes y blancas.
El heraldo del Rey pronunció sus nombres ceremonialmente, con un vozarrón impresionante, y sus bien entonadas palabras se sobrepusieron a los murmullos de los nobles y clérigos que permanecían inquietos aguardando a Su Majestad. Le pareció un hombre que poseía una voz impropia para alguien tan recortado en estatura. Aquella gruesa y penetrante voz iba destinada a casi un centenar de personas a lo largo y ancho de la enorme Sala del Trono.
La nobleza de los condados y baronías más cercanas refunfu?aban entre dientes y lanzaban miradas de descontento, de pie a las faldas del manto tapizado que fragmentaba en dos al salón y se?alaba el trayecto hacia el distinguido asiento del monarca. Sobre los escalones de la plataforma, se erguían, inamovibles y atentos, seis caballeros de la Guardia de la Realeza. Las luces que atravesaban los ventanales se reflejaban sobre sus corazas platinadas, irradiando distinción.
Al pie de los pelda?os de la plataforma, se encontraba un hombre mofletudo y risue?o, vestido de pies a cabeza con holgadas sedas rojas y encajes de oro que caían como una bata hasta sus zapatillas ornamentadas. Una mitra blanca como la nieve le adornaba los cabellos canos con la enorme filigrana de una cruz. Desprendía una paz indiscutible, apoyado sobre un regio báculo de extremo curvo como una oreja y una cruz de oro pernoctada en medio. Sedas y oro por doquier.
— Su Excelencia. — se apresuró a reverenciar lord Thomas al besar el dorso de la mano del Santo Padre Headmund.
— Su Excelencia. — gesticuló con voz seca lord Edward.
El Arzobispo hizo ademán de trazar una cruz en el aire.
— Que Dios os bendiga mi lord de Worthington por vuestro exhaustivo esfuerzo en esta travesía que acabáis de concluir. — En su tez fina se marcaba una papada que se agitaba con cada movimiento que hacía.
Ser Vyler se aguantó el deleite de una risa. El largo viaje había sido exhaustivo para lord Thomas, sí, pero a causa de su caprichosa idiosincrasia.
Cuando el pu?ado de siervos que acompa?aban al Arzobispo Alexander Headmund se acercaron, lord Stanford pareció reservarse cualquier ánimo de conversación trivial.
Y durante un buen rato, el murmullo de los se?ores se fue intensificando. Cada voz que se alzaba en el gran salón iba cargada de considerable agravio. Y no era para menos. La plaga de condes y barones llevaba cerca de una hora en medio de una desagradable e incomodísima espera sobre sus entumecidos pies. Y en lo que duraba todo aquello, lord Thomas atiborró de cumplidos a quién, para él, era el hombre más reverenciable de toda la cristiandad en occidente.
— Lord Lameculos. — espetó entre dientes lord Dorian Stockwell, uno de los que lo habían saludado con sonrisa abierta un minuto atrás. Se encontraba sumamente airado desde el reba?o de nobles.
El caballero supo esconder cualquier vestigio de impaciencia bajo un rostro impávido muy trabajado. El solo hecho de concebir la imagen de su peque?a corriendo hacia sus brazos, derrochando energía y felicidad, lo hacía querer dejar todo atrás, coger su caballo e irse tan rápido como pudiera. El recuerdo lo había envuelto en una calidez alentadora, que por instantes lo hacía olvidar la angustia que sentía por su hijo y el resentimiento a?ejo hacia su hermano.
Justo en el momento en el que lord Edward iniciaba un repentino ataque de tos, las puertas de bronce se dividieron con estruendo y las lanzas platinadas de los caballeros de la Guardia de la Realeza se unieron al unísono en un fragoso golpeteo contra el suelo.
— ?Ante vosotros nobles se?ores, eclesiásticos y caballeros! — anunció el heraldo. — ?Su Majestad Leonor II de la Dinastía Real Liongborth! ?Vigésimo tercer monarca del reino de Dranova! ?Junto a él, su corte de criados!
Bruscamente y sin rastro de réplica alguna, todas las voces irritadas de la nobleza se ahogaron en un mar de pleitesía, y dirigieron sus miradas hacia las puertas de la Sala del Trono. Más de uno dejó ver que había liquidado una leve injuria tras un amargo trago de saliva.
— ?Mis buenos y distinguidos se?ores! — gritó, sonriente el Rey apenas traspasó el arco de bronce. — ?Mil disculpas!
? Ningún Rey debería pedir disculpas ?
Aunque su cortesía y consideración en ocasiones dejaba que desear, lo cierto era que Leonor II lucía exactamente cómo debía lucir un Rey. Caminaba a paso vivo hacia el trono, mientras el resto de su corte y salvaguardia lo seguían de cerca. Se ataviaba con una túnica de color crema con encajes de piedras preciosas bajo una gruesa capa de piel de lobo, que se prolongaba hasta sus talones. Una corona, como no, de platino obsesivamente lustrado con almenas de oro rematadas por descomunales piedras de esmeralda embellecía su larga y bien peinada cabellera casta?a.
— Algunos asuntos surgieron sin previo aviso. — citó en un murmullo lord Edward con una somera sonrisa sobre la perilla en forma de punta de flecha.
— ?Algunos asuntos concernientes a la Corona surgieron sin previo aviso! — justificó el Rey, alzando una mano. — ?No debéis impacientaros!
Una leve carcajada amenazó al Consejero. No era la primera vez que Leonor II se presentaba a deshora a una audiencia, y seguramente no sería la última vez.
Su Majestad divisó a lord Worthington entre los hombres que yacían a un costado, y fue a por él con los brazos abiertos.
— ?Lord Thomas! — aulló alegremente haciendo uso de unas fuertes palmadas en la espalda. — Me complace teneros de regreso, como debe ser. Al fin y al cabo, no es nada recomendable que lord Stanford haga todo el trabajo sucio en vuestra ausencia.
Estupefacto por la extrema cercanía de un hombre que jamás había conocido el concepto de espacio personal, lord Thomas tan solo pudo gesticular una reverencia y unas breves palabras de agradecimiento.
Y con cierta prisa manifiesta, ser Vyler escudri?ó los rostros del séquito en busca del presuntuoso rostro de su hermano. Reconoció de inmediato a ser Arthur Cahill, Paladín de la Guardia de la Realeza; ser James Aulsebrook, el tercer espadachín platinado; ser Lawrence Mansfield, el cuarto espadachín platinado; ser Covan Thompson, el quinto espadachín platinado y un buen amigo de su juventud; lord Ashton Lyall, Canciller del reino, con su distintivo bigote superpoblado; y una decena de otros rostros desconocidos entre los que figuraban caballeros y demás cortesanos. Pero ni rastro de ser Konash Maine, el segundo hombre más importante de la guardia y también la mejor espada de Dranova.
? Optó por atender sus responsabilidades más enraizadas a la Corona ?, recordó las palabras del Consejero con amargura.
El Rey palmeó enérgicamente la espalda de su súbdito una última vez, y se aproximó a subir los escalones de la plataforma. El sitial era una esbelta masa de ébano tallado, con bordados y remaches en diamante negro e incrustaciones de todas las piedras preciosas conocidas: rubí, zafiro, espinela, esmeralda y diamante común. Cuando Leonor II se hubo dejado caer sobre el respaldo labrado del trono, tanto su Consejero como el Arzobispo se posicionaron a sus flancos, ambos un pelda?o más abajo, mientras la guardia de armaduras de hierro recubiertas de platino relucía con su presencia y resguardaba a las tres almas más destacadas del reino.
— ?Buenos se?ores, cada uno de vosotros sois conscientes del por qué estamos presentes aquí el día de hoy! — Leonor II era ciertamente directo. Su voz repercutía con solemnidad por las paredes y columnas de la sala. — ?Estamos aquí a causa de la demencia que ha azotado el reino durante siglos por la mano impía de aquellos que han transgredido los principios cristianos más elementales! ?Y pongo al único Dios como testigo de que estos días serán recordados como el principio del fin para esta horda de demonios, que no hacen más que contaminar con sus execraciones la prosperidad de esta tierra! ?Nuestra tierra! — Acarició los esculpidos brazos del trono, apoyando su cabeza en el respaldo.
Una esperanzada verbosidad se hizo presente entre la nobleza cuando la voz y la furia con la que el monarca había prestado su palabra se desvaneció.
— Majestad, si me permitís — indicó en voz baja lord Stanford. —. En los próximos días, cuando el festival de vuestro nombre toque a su fin… — Sonrió. — He de suponer que no hay ningún otro Rey que haya disfrutado o disfrutará de un final tan majestuoso como el que tendremos la oportunidad de presenciar muy pronto. Os congratulo por ello.
Leonor II no hizo ademán de responder. Su rostro se hallaba enervado y enrojecido.
Mientras ser Vyler aún permanecía a la espera de una suspirada elucidación que parecía cada vez más remota, el Arzobispo dedicó un enfático y reiterado sermón a los, ya de por sí, extenuados asistentes. Luego, el Rey, con cierto tedio, procedió a escuchar las peticiones de una docena de condes y barones.
? Majestad, de verdad confío que tengáis una buena razón para demorar esto durante tanto. ? Llevaba media hora erguido entre la multitud, mientras la alta nobleza no paraba de parlotear sobre cultivos, vasallos y presentes.
En determinado momento, reparó en la presencia de la Reina Alice en las galerías superiores, quien se levantaba ya para retirarse con cierta prisa y un mal genio que agriaba un tanto su belleza.
Cuando Leonor II hubo terminado con cada uno de los nobles, para el caballero hacía tiempo que el disgusto le había ganado la batalla a la serenidad, aunque no estaba en su poder dictar protesta alguna. Y para su desgracia, en el preciso instante en el que Su Majestad mitigó sus aires de cansancio y se dignó a voltearlo a ver con una expresión júbilo, ser Vyler se llevó la más terrible decepción. Tanto tiempo perdido e incertidumbre a la espera de… ?De qué? De un maldito banquete en su nombre.
Por un instante, quiso salir corriendo de la Sala del Trono, para intentar darle alcance a su hijo antes de que fuese a la guerra.

