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Alice III

  Aunque hubiese tenido un millar de noches para pensarlo, jamás, entre tanta paranoia y agudeza para socavar la alevosía, se hubiese imaginado que su mayor miedo había yacido junto a ella bajo las sábanas incontables lunas. El único al que se había atrevido a amar había estado conspirado en contra ante sus ojos.

  Se había despedido de todo el oro y la plata que comúnmente llevaba en su buen vestir. En su lugar, el hierro labrado le concedía su frío tacto sobre la piel del torso. Las piezas en su peto y avambrazos se adornaban con tintes ambarinos opacos y violetas. Y pese a llevar los hombros descubiertos por la armadura y poco más, se sentía expuesta a cualquier herida. Las sedas que se agitaban con el trote de su yegua desde su cintura eran por lejos lo único que esbozaba la delgada línea entre distinguirse como una Reina o una amazona más de las leyendas. Adoraba también las joyas y los perfumes, pero en medio de la penumbra del bosque y el averno de traidores del que lidiaba por escapar no había sitio para semejantes nimiedades.

  A su derecha, ser Robert Vasíliev picó espuelas nuevamente, y obligó a su montura a avanzar más rápido. Su voz se hallaba envuelta por el matiz férreo de su yelmo.

  ? ?Cómo comenzó todo esto? ?Cómo pude estar tan ciega y no verlo? ? Era la primera vez en su vida que en serio quería echarse a llorar como la sensible que jamás le permitieron mostrarse, ni aún en su ni?ez. Sin embargo, no había lugar para desfallecer entre los guardias de su escolta.

  Ocho hombres de la Guardia de la Realeza los escoltaban a ella y a sus aturdidos hijos a dondequiera que el destino los llevara a través del terreno escabroso y las adversidades: ser James Aulsebrook, ser Covan Thompson, ser Paul Wolkan, ser Lancelot Slaugther, ser Bowen Threagold, ser Robert Vasíliev y los gemelos Lancaster. Con sus armaduras platinadas, dos de ellos dispuestos al frente, otros dos detrás, y los últimos, alertas y serenos, dos en cada flanco. Rodeados de casi completa oscuridad, no había brillo en sus placas que valiera la pena vislumbrar, porque todo era gris y negro bajo el beso de la luna.

  Gris y negro. Los colores en los que se ba?aba su espíritu.

  ? Edward, amor mío… — Aunque que no pudiera escucharla, se mordió la lengua, buscando también apartar el pensamiento. — ?Por qué, Alice? ?Por qué permitiste que algo como esto te pasara? ?

  Temeroso y sensible, Elliot viajaba a lomos del mismo caballo que su hermano mayor. Se aferraba a él como a la única noción de auxilio entre mares del terror. Los ocho corceles y los dos palafrenes doblaban, casi desbocados, en cada recodo de la senda que el bosque dejaba entrever. No seguían una ruta clara ni un plan de evacuación. No habría habido manera de que alguien previese todo lo que se les había echado encima.

  Parecía que el pecho le iba a estallar, como si una mano monstruosa le estuviese oprimiendo el corazón desde dentro; rasgándola a dentelladas, además. Respirar dolía a horrores. Y, por si fuera poco, se sentía al borde de un ataque de ansiedad. La verdad había sido dura, implacable, insufrible. Se había entregado a él en cuerpo y alma. Edward había sido el único hombre con el que había cometido el estúpido error de abrir su corazón. Se lo tenía bien merecido, quizás, por haber sido una ingenua y una incauta.

  En breves, aun cuando había estado luchando, desistió al sufrimiento.

  — Deteneos — gimoteó con un sofocante nudo en la garganta. Nadie dio se?ales de haberla escuchado. — ?Deteneos! — El clamor abrupto se hizo oír sobre el repiqueteo de los cascos. Los caballeros levantaron cada uno sus vísceras, para verla descender a trompicones de su montura. —. A todo galope en esta oscuridad, los caballos podrían caer y romperse una pata. — Si bien era cierto, su cuartada era apenas una excusa patética para sentarse a tomar aire.

  — Alteza, no estáis segura aquí. — dijo ser Bowen, inquieto.

  Dar un par de pasos era una ardua labor, cuando se había perdido toda la fuerza en los músculos.

  — ?Y dónde podría estarlo? Decidme, ser. — Se dejó caer sobre las raíces de un gran casta?o, clavó la mirada en un cielo conquistado por las copas de los árboles, y de allí en más se dedicó a tratar de respirar con normalidad.

  — Mi Príncipe, ?qué opináis vos?

  Tan inexpresivo y pálido que lucía tallado en piedra caliza, Richard descabalgó después de mantenerle una mirada inquisitiva a Alice por demasiado tiempo.

  — Haced lo que dice mi madre. Dejadla reposar. — Momentos más tarde, ayudó a su hermano para que bajase de la silla, y éste último fue a reconfortarla.

  Alice se abrió de brazos para él. Ni la mayor de sus paranoias la haría desconfiar de su peque?o príncipe Elliot. Sobrecogida, se le escapó un audible gimoteo al recibirlo. Su cercanía desanudaba la consolación tan encantadora que solo un hijo podría otorgar, pero en aquellas circunstancias la mera presencia de los caballeros la sofocaba.

  — Iros — les dijo. —. Todos vosotros, dejadnos.

  — Pero, madre… — comenzó Richard.

  — Su Alteza — interrumpió ser James, que estaba al mando de su reducida guardia. —, no podemos descuidaros ni un segundo, ahora que…

  — ?Os di una orden! — Al gozar de metros de espacio de algún oído que no fuese el de su hijo peque?o que lloraba por puro miedo infantil, cundieron el llanto, el desánimo y todo el dolor de quién hubiera sido una Reina de Corazones para alguien.

  Lloró a lágrima viva por bastante tiempo. Y pese a que su hijo no parara de preguntar por qué lo hacía, no respondió. En cambio, probó con esbozarle una sonrisa entristecida y apretujarlo más aún. Cuando reposó una mejilla sobre los cabellos de almíbar de su ni?o, le llegó el olor del polvo y el escozor de la nubecilla que había levantado.

  El túnel subterráneo que llevaba hasta las afueras de la ciudad había comenzado a venirse abajo a mitad de camino, recordó con un escalofrío espantoso. Estuvieron a pocos metros de ver la muerte.

  Nadie vivo, ni por asomo, conocía tan bien los secretos que guardaban las paredes y pasadizos del baluarte como Alice. ?Si hubiese dispuesto de ojos y oídos en ellos, habría dado con la confabulación de su amante?

  Después de haberle entregado su amor incondicional, él nada más le escupió a la cara con sus falsedades. Cuando Alice se hubo enterado de todos los hilos que se movían a su espalda, se negó, y con razones de más, a hacer lo que Edward le decía. Malditas fueran las noches que compartieron juntos. Y malditos fueron los momentos en los que quedó fría e inerte de la impresión. En un primer instante, él le había rogado que se fuera lo más lejos que pudiese sin rechistar ni pedir mayores detalles.

  — Sal de la ciudad — había empezado diciendo con calma. —, ve al bosque, aléjate de todos y no vuelvas. O estarás en peligro. — Puestas así las cosas, no surtió en ella mayor efecto que negarse de manera rotunda. Envenenada por la ira, le asestó una bofetada. Con lo que Edward fue a más. Y como si hubiese renegado de todo lo que había prometido y hecho junto a ella, la amenazó con una cuchilla en manos que jamás llegó a tocarla. — Ya sabes cómo son ellos — fueron las palabras que empleó, cuando juraba hundirla ante la Corte y la Iglesia, pero creyó haber percibido dolor en ellas. —. Moriré, pero te arrastraré también a ti y a tus hijos a la tumba, si no te vas. Has cometido adulterio, y no existe nada que pruebe que no ha sido así desde el principio de tu matrimonio. Antes de que nos cuelguen a ambos, le diré al Rey que sus dos tan amados herederos en realidad son fruto de mi crimen.

  La había echado de su habitación, como si ella no valiera nada; de su propio castillo, como si Alice no fuera la Reina de Dranova.

  Leonor inocentemente les había ordenado que huyeran de la ciudad, una vez estaban ya casi listos para partir, pero mucho antes de que Alice pudiera quitarse de encima el espanto. ?Cómo podía confesarle la traición de Edward sin que eso significase tener que declarar la suya?

  Cuando el enemigo tocó a las puertas, no tuvo más opción que cargar con todo su dolor y llevarse a sus hijos legítimos a algún lugar seguro. Porque si ninguno, tanto Richard como Elliot, deslumbraban por la semejanza a su padre bajo ninguna luz, ?qué le impediría al hombre al cual se le había delegado el poder de todo un reino tergiversar la verdad? Pero había otras interrogantes que desviaban su atención y mermaban todo su rencor…

  ?Por qué advertirle? ?Por qué simplemente no dejarla morir junto al resto de la ciudad? ?Por qué liberarla sabiendo que pondría en peligro su complot?

  A su juicio, no dio tiempo a dictar sentencia. Pasó un cuarto de hora o menos, cuando hasta ella llegó el estallido de las agitadas voces de sus hombres. No había escuchado nada más entonces que sus propios sollozos y los de su hijo peque?o.

  — ?En nombre de Su Majestad, soltad las armas y bajaos del caballo! — entonó solemnemente ser James Aulsebrook. Las palabras de los demás vinieron distorsionadas, pero el gemido del acero de sus espadas no.

  Alice palideció, tan blanca como la faz de la luna, y se levantó del suelo a la desesperada. Los ocho caballeros que había elegido para su escolta socavarían cualquier asalto, de eso estaba segura, pero el pavor repentino la azotó de todas formas. Se encontraba sola junto a Elliot; a medio bosque de distancia de la guardia, le parecía. De un momento a otro, echó en falta el abrigo de la formación a su alrededor.

  — última advertencia — decretó Richard, con dureza. —. Desmontad ahora o no habrá piedad.

  Y casi sin atreverse a respirar, se tragó todos sus temores y escupió el poco coraje que le restaba. Alzó a su ni?o en brazos, y corrió en pos del Príncipe Heredero. Más le valía hacerlo. Los ojos irritados e hinchados de Alice ya no lloraban, rezumbaban desprecio a todo al que no reconociese. Y según veía, la noche y el bosque no hacían más que disfrazar con sombras la identidad de aquel hombre o mujer arrodillándose. Instantes más tarde, se rodeó de los espadachines platinados, que aún iban montados en sus corceles. Todos ellos, salvó ser James y Richard que yacían de pie y con espada en mano, sitiaban a los dos caballos que acompa?aban al extra?o.

  — ?En nombre de Su Majestad habéis dicho? — Por su voz, supo de inmediato que se trataba de un hombre. — ?Quiénes sois todos vosotros? — Y por el fuego de la antorcha que se produjo con piedra y pedernal, supo que era casi un anciano.

  — Os lo he preguntado primero. — apuntó ser James.

  — Mirad su ropa, por Dios — El Caballero Artesano que era el único en tener su armadura personalizada con alas doradas en las sienes de su yelmo de halcón, se mostró tan asqueado como si estuviese observando a un cerdo revolcarse en suciedad. —. Blanco, verde y cota de malla. Un desertor de la Guardia de la Ciudad.

  El sujeto aún no sabía con quienes estaba tratando, pues la luz le fastidiaba la vista.

  — ?Un desertor? Nada de eso. Haced lo que queráis conmigo, pero no me difaméis. Y es que hasta un crimen como el mío puede ser perdonado, si ha sido cometido con buena intención — Se volvió hacia los caballos, y se?aló a quién se contorsionaba encima de la silla. Alice se percató finalmente del ni?o y de su vocecilla lastimosa.

  — No permitiré que se exija una vez más. Quiero saber vuestros nombres e intenciones. Si no estáis con nosotros, estáis en contra. — Alice bien sabía que Richard no se dejaría conmover por aquello. Después de todo, era él quien pretendía asumir el mando.

  ? Jerome Callaghan. ? Un nombre que por sí solo no decía más de lo que su sobreveste gastada lo hacía; un simple plebeyo. Pero Alice no se detuvo a estudiarlo con recelo solo a él. No, tenía la costumbre muy arraigada. También al ni?o y a los dos caballos que comenzaban a inquietarse. Uno de ellos, el de color crema, se trataba de un corcel muy fino y bello para un hombre de su baja alcurnia. El ni?o, todavía más humilde, se encontraba herido en una pierna por una saeta y moqueaba de la angustia. Este último extendió los brazos con gesto de suplicante, cuando ser Robert se acercó para verlo más de cerca. Alice le concedió un tanto de su compasión, antes de concentrase de nuevo en el elegante corcel y, esta vez, en el bulto atado sobre las ancas de este.

  — Esas armaduras — Jerome dejó abierta la boca. —. Sois la Guardia del Rey. Y vos sois…

  — Guardia de la Realeza, desde hace unos a?os — rectificó Richard. —. Y sí, si es lo que estáis pensando, soy el Príncipe Heredero.

  Mientras el ni?o se quejaba con tan solo el caballero palpar su herida, el anciano soldado inclinaba la cabeza y la espalda con sumisión.

  — Ruego que me perdonéis, Alteza, por mi falta de vista y de educación.

  — Habláis debidamente, pero decidme de inmediato lo que pretendéis.

  — Como deseéis… — Mientras decía esto, Alice se aventuraba a coger al caballo bayo por las riendas, seguida de cerca por dos de sus escoltas. —. ?Cómo os lo explico? Mirad mi mano, Alteza. Me dejé la carne y la energía luchando por contener al enemigo, pero mi esfuerzo fue en vano. Nos superaban en número por veintenas a uno, por lo que pude ver, y no había entre nosotros más que desorientación. Cuando creí que el asunto no tenía remedio, cuando me creí al borde de la derrota, — Hincó ambas rodillas en el suelo. — abandoné mi puesto por salvar la vida de este ni?o y la de su hermano. Os juró que así fue. No vi otra manera, dada mi condición.

  Tan nervioso que resoplaba mientras el suelo pisotease suavemente con sus patas inquietas, el corcel renegó del contacto con la Reina. Si no hubiera sido por el hombre tirado sobre él, habría osado con encabritarse. Y de pronto, hubo tres asuntos distintos a lo que prestar atención. Alice, casi siempre atenta a los detalles, así lo hizo. A ser Covan le recorrió un pasmo al percibir el talante del sujeto inconsciente sobre el caballo. El príncipe Richard le indicó al anciano que se pusiese en pie con un gesto de mano. Y…

  — Debéis mirad esto, Alteza. — dijo ser Robert, con el ni?o en brazos, a Richard.

  — ?Conocéis a este hombre, ser? — Alice escudri?ó el incidente que más la alarmaba.

  él le iluminó el rostro magullado con la antorcha.

  — No recuerdo su nombre, pero no hay duda de que se trata de quien alguna vez fue el protegido de ser Vyler Maine. El de la Compa?ía Caballeresca de Escoltas, Alteza. Los he visto juntos en más de una ocasión. Al corcel también lo reconozco. Pertenece al caballero.

  — ?Protegido?

  — Un plebeyo de hábitos nobles. Sus padres fallecieron bajo el mando del caballero, y este adoptó al ni?o que ahora veis como un hombre.

  Poco conocía al hombre detrás de aquellas historias, salvo que, como su padre y abuelo, era un caballero de buen renombre entre la nobleza militar; no tan conocido como su hermano Konash, pero de más alta estima.

  — ?Qué tan seguro estáis de esa historia?

  — El mismo ser Vyler me lo ha contado. — indicó ser Paul Wolkan, acercándose a ellos.

  — También lo he oído de su hermano, el Arrogante. — finiquitó ser Covan.

  — Bien, bajadlo de ahí — Con Elliot aferrado a una de sus piernas y habiendo saldado sus dudas, Alice se alejó. Pero una historia y dos testigos no harían que le otorgase su favor. —. Coged esa soga en su cintura, y atadlo con ella. No quiero ningún cabo suelto más.

  Los caballeros reverenciaron su decisión con presteza.

  — ?Quién es él, madre? — preguntó Elliot apuntando al otro ni?o y escondiéndose detrás de las faldas de la Reina. Los chillidos que soltaba el harapiento le infundían temores.

  — No es nadie. No te preocupes.

  Ser Robert lo había depositado en el suelo e instado a que apoyase su peso en la pierna sana, la diestra. La izquierda, por otro lado, lloraba sangre a cuentagotas sobre la ropa remendada.

  — ?Es vuestro hijo? — preguntó al anciano.

  — Jerome, me duele mucho. — dijo el ni?o de lastimosa cara, sorbiendo por la nariz.

  — No, ser. No es mi hijo. Decidme, por favor, que es mejor de lo que se ve.

  El caballero, que de lejos era el único en acercarse al chico, le rasgó la tela de lino del pantalón en torno a la saeta con una daga, dejando al descubierto la herida y la sangre. El ni?o se apoyó en el hombro de ser Robert, para mantenerse de pie.

  — Es un horror — apuntó, viendo más de cerca. — ?Oléis eso?

  — Un dardo envenado — dictó ser Lancelot, que no se había aventurado siquiera a descabalgar. —. No sobrevivirá mucho tiempo.

  — Puede que sí — siguió, pasando el dedo índice del guantelete por el asta del proyectil, con lo que el ni?o respondió con un quejido más. Lo olisqueó a la distancia. —. Puede que no. Conozco este olor y a alguien que recibió un par de flechazos con este mismo veneno. De los Especieros de la Horda de las Bestias.

  Por impotencia, o pena quizás, Jerome Callaghan cerró el pu?o con dureza. Saltó a la vista como el latigazo de dolor bajo sus vendas ensangrentadas lo vapuleó al instante.

  — Mi caballo también recibió uno. — terminó por decir.

  — Es un pésimo veneno, a base de plantas, pero acaba por matar. A victimas peque?as como al ni?o. El caballo está fuera de peligro.

  — ?Cómo sucedió esto, Jerome? — inquirió Richard.

  — Antes y después de cruzar el rastrillo, nos dispararon un sinfín de veces desde el adarve.

  ?Acaso importaba? El da?o ya estaba hecho. Alice hizo oídos sordos de ahí en más. Dejó de mantenerse al margen de la situación para coger a su hijo mayor por el brazo, y apartarlo de todo ello.

  — Titubeas — le susurró con una mano en su hombro. —, y no podemos permitirnos eso. Sabes tan bien como yo que no hay lugar aquí para él.

  — Es un ni?o simplemente. Tiene la edad para ser mi hermano.

  — Pero no es así. No es de nuestra sangre.

  La mirada del Príncipe contaba que libraba una lucha interna.

  — El veneno no se ha extendido al resto de su cuerpo. Si le cortamos la pierna…

  — ?Cortarle una pierna? Moriría de todas formas. No resistiría semejante tortura o se desangraría con el tiempo. Míralo como un acto de misericordia — A sus dieciséis a?os, Richard tenía fama de indeciso. —. Por lo demás, nos retrasaría. Una boca más que ni siquiera podamos usar a nuestro favor, no nos conviene.

  — ?Qué se dirá de mí, si mando a asesinarlo? — preguntó, observando de soslayo a su hermano peque?o.

  — ?Qué se dirá de ti, si lo dejas sufrir? Si no das la orden, lo haré yo.

  Una vez dicho todo y al cabo de mil y un reflexiones, Richard accedió a que fuese su madre, y no él, quién rompiese una lanza a favor de la comitiva. Lo cierto era que su falta de experiencia y los dilemas del buen corazón que heredase de su padre hacían que no estuviera cerca de mostrarse apto aún para llevar el nombre de Rey.

  — Caballeros — habló Alice, poco después. —, no os daría una orden que os depusiera el pundonor. De manera que lo dejaré a vuestra elección. El que deseé complacerme y librar al chico de su sufrimiento, que descabalgue o dé un paso al frente.

  Ser Robert echó raíz allí donde se encontraba, patitieso de la impresión; otros, no obstante, se adelantaron o bajaron de sus corceles para poseer tan dudoso honor. Ser Garrett y ser Darnell Lancaster, ambos de idéntico servilismo, un talante rubio en exceso velludo y carencia de lengua por obra de un ama de crianza desquiciada, desmontaron y reverenciaron a la Reina con una mano puesta en el pecho, en se?al de que estaban a su disposición. El Caballero Artesano y ser James tomaron la palabra, pero Alice los rechazó tan pronto como abrieron la boca. Acabó por escoger a ser Darnell, puesto que, si alguna vez se arrepintiera de sus actos, no declararía nunca ante nadie lo que estaba a punto de hacer para ella.

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  — Lejos de este lugar, ser — le ordenó después de tapar los oídos de Elliot con sus manos. —. Dadle la bendición que es la muerte en estas circunstancias, pero no aquí ante mi peque?o Elliot.

  En breves, el caballero silente lo cogió y lo cargó sobre un hombro, con una brusquedad tal que le hizo soltar al ni?o un lamento más.

  — Bájame — chilló, pataleando con su pierna sana. —. Bájame. Me duele mucho.

  — Su Alteza — No supo si se dirigía a ella o a su hijo, pero Jerome se arrodilló ante los dos. —, os lo ruego desde mi humildad, dejad que sea yo el que lo haga, si no hay más elección que esta.

  — ?Por qué querrías hacerlo? — preguntó Richard.

  — Abel… Arriesgué la vida por ese ni?o. él confía en mí. Yo lo tranquilizaría antes de… Bueno, ya sabéis. Qué sus últimos segundos no sean presa del pavor que le provoque un desconocido.

  ? Y así podrías intentar escapar, apartándote de los ojos puestos en ti. ? Ella, cuya segunda y tercera naturaleza eran la desconfianza y una no tan sana paranoia, lo desde?ó por el instante en que lo volteó a ver.

  — No será así, soldado.

  — ?Connor, Jerome! — gritaba el harapiento en vano y entre lágrimas un poco más alto cada vez, mientras se adentraba en las sombras y daba de golpes a la coraza de ser Darnell. — ?Connor, ayúdame! ?Ayúdame!

  — Entonces, permitid que Connor se despida de él — Jerome refulgía de desesperación. Lo aquejaba el calor del momento encerrado entre tantos hombres fríos como el hielo. —. Es su hermano, Alteza. Es lo menos que os pido. Despertadlo y dejadlo despedirse.

  — ?Es Connor el nombre que buscabais, ser Covan? — quiso saber la Reina.

  — Sí — aseveró, con una mano puesta bajo la barbilla en gesto pensativo. —. Creo recordar que así es. No olvido jamás un rostro, Alteza, pero a veces sus nombres. Aun así, este es el protegido de ser Vyler, os lo juro. No podría ser su hermano. Sus padres eran su única familia antes de que fuera adoptado.

  — Bien, entonces no será nada relevante — Con un gesto solemne de cabeza, le indicó a ser Darnell que reanudara la encomienda. —. Ya hemos perdido demasiado tiempo — Se giró hacia ser Paul, que era el más cercano al cuerpo. —. Despertadlo, de todas formas. A golpes, si es menester.

  En cuanto a Jerome, mostrándose con la boca entreabierta y la mirada pérdida, lucía como si no acabara de creérselo del todo.

  Las dos caras de la vida fue lo que Alice presenció en medio una noche inimaginable. El príncipe Elliot, el nacido con suerte, se empecinaba en deshacerse de las manos de una madre que luchaba por protegerlo de los males del mundo, mientras que Abel, si así lo habían llamado, el desdichado sin hogar ni seres queridos que lo amparasen era llevado hasta el sitio de su muerte sin nada que pudiese hacer. Qué distintas eran sus realidades. El ni?o de la venda en los ojos y aquel que estaba a punto de vivir en carne propia como Dios les daba tanto a unos y a otros tan poco.

  Pero no permitió que esto la conmoviera. Había otros asuntos que escocían más su curiosidad que aquella escena a sus escasas emociones. Sostenía entonces los albores de una corazonada.

  — Soldado — espetó con dureza al hombre que aún seguía de rodillas. —, no creo en las coincidencias. Y teniendo en cuenta lo inmenso de estos bosques y todas las direcciones que pudisteis haber tomado para escapar de la ciudad que jurasteis salvaguardar, vuestras intenciones aquí resultan inciertas. ?Hacia dónde os dirigíais? — Alzó la voz, desairándose con cada palabra. — ?Cómo o por qué pareció que llegasteis a nosotros como por arte de magia?

  Se coció un largo silencio interrumpido solo por el concierto del viento contra las hojas. Desde un principio, ser Paul había comenzado a desahuciar a Connor de su letargo con suaves puntapiés. Y entonces que, mientras Jerome separaba la comisura de los labios con ineptitud y sin emitir ningún sonido, las fuerzas del caballero se encaminaban a infligir da?o.

  — Mi Reina, yo… no… — vaciló.

  Alice lo interrumpió, lapidando su coartada antes de que naciese.

  — Haced los honores, ser. — le indicó a ser Robert, situado a su lado.

  Cuando el caballero apoyó la hoja platinada sobre su hombro, el viejo soldado abrió los ojos como platos. Se le vio palidecer de súbito aun con la oscuridad reinante, y se apresuró a defenderse a punta de apelaciones.

  — No ocurrió por arte de magia, Alteza. Aunque tampoco pretendí nunca cruzarme con vosotros. Ni imaginaba que os encontraría, mucho menos. No seguía un sendero en concreto, pero si a una persona, a una mujer. De ahí en más, solo me alejé lo más que pude de la Capital.

  — ?A una mujer?

  — Supuse que lo era, Alteza. No conseguí darle alcance para verla bien, aun cuando estuve haciéndole voces y buscándola apenas me adentré en el bosque. Vi a su caballo, inerte, sobre su propio charco de sangre y acribillado por saetas parecidas a las que nos dispararon, y supe que había huido de la ciudad al igual que nosotros.

  Incapaz de comprobar su traición, Alice le dio lugar a una pizca de inocencia.

  ? ?Cómo saber si miente? ?Debería decapitarlo solo para cerciorarme? — En aquel punto, volteó a ver a su hijo mayor cegado por la duda. — Tienes la edad. Puede que ahora seas un Rey incoronado de una nación en guerra. Te guste o no, ya es momento, Richard, de que comiences a tomar decisiones. ?

  — Ya escuchaste su versión de los hechos — le dijo. —. Ahora dicta sentencia, ?una espada más o una cabeza menos?

  Para bien, el Príncipe dio un paso al frente casi sin siquiera inmutarse, aunque la responsabilidad le hubiese caído de golpe. Tanto si cedía a la presión de las miradas, como si no, supo ocultarlo de maravilla.

  — ?Algo más para decir, Jerome?

  — Entre los que me conocen, saben que no miento — Sonrió lánguidamente, e inclinó la cabeza. —. Nunca lo hago, y me he llevado más de una paliza por ello. He vivido sesenta a?os sin enga?ar a nadie. Qué ahora ese sea el motivo de mi muerte, bueno, es para reír por tan irreal que se insinúa. — Se relamió los labios secos por la resignación. — ?Qué intenciones tendría en contra de vosotros, que gobernáis el reino, si he arriesgado mi vida en balde por salvar a un ni?o cuyo nombre es lo único que de él conozco?

  El acero recubierto por platino se posó a pernoctar sobre su cuello desprotegido. Ser Robert Vasíliev se adelantaba a los acontecimientos, pero cumpliría a raja tabla cualquier precepto.

  Todas las miradas se posaron de nuevo sobre aquel joven que pretendiese algún día convertirse en Rey con rostro emblemático y regio por encima de millones, pero lamentablemente Richard no mostraba ninguna expresión ajena a la contrariedad, atrapado en un aprieto más de su elevada moral. La canción del viento amainaba, y todo lo que se escuchó a partir de allí fue la respiración del chico que miraba al vacío sin pegar ojo.

  ? No estás listo. Aún después de todo lo que hemos trabajo. ? Alice, desencantada, solo sentía ganas de sacudirlo para que se avivase, pero ya era demasiado tarde. Eligiera lo que eligiese, les había demostrado a sus hombres que flaqueaba como líder.

  En un último momento, como si hubiese recuperado la consciencia con un simple pesta?eo, Richard cogió aíre y avivó su solemnidad. De todos modos, tan solo Dios supo lo que Alice y el resto de los hombres no llegaron a escuchar.

  Cuando hubo echado un vistazo por última vez, Connor yacía inconsciente sobre el suelo y el caballero lo apremiaba para despertarlo. Pero tal vez los ánimos de ser Paul fueron excesivos y sus reflejos incompetentes; o bien, Connor supo jugar sus cartas con un poco de fortuna, puesto que las tornas se habían intercambiado con irreal sorpresa. El caballero se llevó la mano al pomo de la espada, pero el muchacho detuvo sus intenciones de lleno, golpeando su guantelete de una patada, con lo que la hoja recién surgió a medias.

  — Desgraciado — musitó ser Paul, pero en el bosque los sonidos anegaban los oídos con mayor estridencia. —. Quítate de encima. —. ágil de mente, o puro instinto en realidad, con su otra mano luchó para hacer cumplir a la fuerza sus palabras.

  Lo siguiente sucedió demasiado rápido a ojos poco entrenados como los de Alice.

  Connor, ya de pie, se retiró de una zancada, y con presteza se hizo con un cuchillo de su cintura, que utilizó para desgarrar las cuerdas que ce?ían sus mu?ecas. Y mientras ser Paul Wolkan recuperaba a tientas el orgullo, se hizo con una segunda cuchilla tan peque?a que, a menos que la lanzase, su alcance representaba una bagatela frente a una espada de más de un metro. De este modo, el plebeyo se halló dispuesto a defenderse manteniendo sus armas en ristre.

  La Reina condenó su propia ineptitud para actuar, que simple y llanamente pudo interponer su cuerpo entre su hijo y el agresor. Mas la reacción de sus guardaespaldas aconteció de manera impecable; para cuando Alice hubo recordado sus presencias, estos ya se precipitaban a rodear a Connor, con intención de hacer cumplir sus votos. Gracias a Dios o al recio abolengo de los Marshall, su hijo mayor no era cobarde. únicamente pecaba de indeciso, de modo que descolló su coraje para defender a su hermano peque?o y a la mujer que los había traído al mundo.

  El desconcierto precedió el acto. Cada voz surgió de su garganta, y pareció haber millares hendiendo el aire, con la braveza incitada por la oposición. Pero Alice no alcanzó a atender nada que no fuesen frases incomprensibles.

  Ser Bowen Threagold se precipitó con tanto fervor como el resto de sus hermanos juramentados. Muy a su pesar, una suerte más bien trágica siguió sus pasos. Desenfundó, esgrimió y emprendió la carrera antes que otros, aunque sus intenciones duraron menos que un suspiro. Cuando estuvo a punto de alcanzar a Connor, una sombra gris desdibujada a la pobre luz de la antorcha que sostenía ser Covan, se transformó en un caballo cuyo pelaje dorado robaba destellos a la poca claridad existente. El caballero salió despido sin remedio un par de metros más allá; su espada, en un giro desafortunado, llegó incluso más lejos.

  — ?Parad con esto! — exclamó ser Covan, que había quedado atrás, sin saber bien a quién dirigirse.

  El acero platinado de ser James detuvo de una estocada al cuchillo fugaz que le fue lanzado, incluso en la penumbra de aquel bosque aparentemente muerto al que daban vida con su jolgorio. Y en un movimiento idéntico, ser Lancelot hizo lo propio.

  El plebeyo Connor se encontró entonces, encarando a cinco caballeros de élite que lo encerraron en un círculo.

  — ??Quienes sois!? — les gritó con apuro, inspirando aires de desorientación. No dejaba de ir saltando entre cada uno de los rostros a los que enfrentaba. Lucía como si acabase de despertar de una pesadilla. — ??Dónde estoy!?

  — A vuestra orden, Alteza. — sugirió alguien. Nunca concebiría quién.

  Alice se dispuso a responder sin tener mucha idea de qué. Separó los labios, pero su voz surgió diferente y, a la vez, muy familiar. Más tarde, se enteraría que no había sido la suya.

  — Acabad con él. — había dicho su hijo mayor.

  A manera de aferrarse a su propia supervivencia, Connor actuó antes de que los ecos de aquellas palabras se perdieran en los confines con la oscuridad. Se apoderó de la espada que había caído ante él, colocando el pie por debajo de una de sus cruces, impensable, y la dirigió hacia arriba con una acción magistral. Mientras cerraba los dedos de una mano en torno al mango, ser Paul fue al encuentro con un tajo lateral. Las dos armas entrechocaron sus cuerpos, se besaron y gimieron en un agudo restallido, aunque no hubiese más que enemistad entre sus portadores. Una de ellas lucía bifurcaciones en blanco sobre la hoja, como de un centenar de ramas de abedul; no podía tratarse de otra obra que la de un artesano como ser Paul.

  Al caballo bayo esta vez se le sumó el alazán que había arribado junto a él. Según Alice veía, rondaban alrededor del plebeyo, estorbando el paso de los demás caballeros como si intentasen protegerlo. Ninguna embestida resultó en atropello, así como ninguna maldición de los hombres que las esquivaban acabó por aplacar a estos animales.

  — Alteza, os lo ruego — dijo ser Covan a Richard. —. Podéis detener esto. Mirad a ese hombre, solo se defiende. Se le ve aturdido.

  Alice creía que para aquel asunto ya no había vuelta atrás.

  Con los ojos puestos en su cuello, ser Paul deseaba hincarle el diente en la carne blanda. Sus golpes cayeron veloces desde todas direcciones sobre un espadachín que no le hacía justicia al acero platinado que empu?aba, y con el que simplemente bloqueaba o retrocedía. Connor parecía entregarlo todo y de ese mismo esfuerzo nacía una habilidad decente, aunque nada comparada a la de su rival, que tras haber lazando cinco o seis estocadas, sin haber recibir respuesta, se preparó para dar el golpe de gracia; observó un minúsculo hueco en la defensa, y lo tomó sin piedad.

  Se vio a Connor llevarse una mano hacia un lado y tirar, en algún gesto inútil e incomprensible por contener el ataque. Después, se escuchó un tenue rumor de fricción; las cuchillas, que otrora habían yacido inertes, se desplazaron a ras de suelo con tal prontitud, que no dio tiempo a distinguir su trayectoria, hasta que rasgaron la piel de los tobillos del caballero bajo la peque?ísima hendidura de la articulación. Ser Paul Wolkan no cayó, pero se tambaleó y su asalto acabó en una ridícula parodia. Las cuchillas siguieron su curso y habrían acariciado cruelmente los pies de Connor, si este no hubiera saltado y girado en el aire en una voltereta. Habría sido meramente gala de virtuosa agilidad, si no fuera porque su giro le dio un impulso descomunal para asestarle una patada al indefenso y desmejorado ser Paul entre ceja y ceja.

  El espectáculo de destrezas cerró de forma aparatosa, indigno de aplausos u ovaciones. Un silencio sepulcral se mantuvo impertérrito durante… Alice no sabría decir cuánto. Todo honor u orgullo que irradiaba el vestir la armadura platinada impoluta, se desentendió del caballero, quien se había desmoronado de espaldas. Su caída levantó una nubecilla; no una de polvo, una de vergüenza. En cambio, Connor enterró la espada en el suelo casi sin ánimos de mantenerse erguido, se llevó una mano detrás de su cabeza, y se dejó caer sobre ambas rodillas. Con hematomas en su rostro y el manchón de sangre de su herida, que a luz de la luna era negra, lucía como si se debatiese entre estar vivo o muerto; despierto o inconsciente.

  — Lo lamento, ser. No distinguí vuestra armadura hasta después de…

  Ser James, ser Lancelot, ser Garrett y ser Robert se observaron unos con otros, perplejos del impensable final. Inclusive, los caballos, que se posaron a los flancos de Connor, no supieron cuál sería su papel en el siguiente acto.

  Para cuando ser Darnell Lancaster retornaba a paso apresurado, la escena era ya indescifrable; muy distinta a como la había dejado. De poder hablar, habría pedido a gritos una explicación.

  — Ya escuchasteis al Príncipe — les recordó el Paladín de la reducida guardia, ser James, ya habiendo recuperado el aliento. —. Acabemos con él.

  Ser Covan Thompson se apresuró a cogerlo firmemente por un hombro e impedirle el paso. Entre los ocho caballeros, era el único en no haber desenfundado su arma en ningún momento.

  — Esperad. Conozco a este hombre — Se volvió por un segundo hacia Richard. —. Si Vuestra Alteza me permite — Aguardó a que el Príncipe, quien se hallaba boquiabierto, le diera su beneplácito para continuar. Y así lo hizo, acercándose al plebeyo que había derrotado sin lógica ni decoro a un noble en combate. —. Connor Bressler, ?así os llamáis?

  él asintió como único ademán. Se limpió la sangre de la mano con una pernera.

  — ?Dónde estoy, ser? Me encontraba en las calles, peleando… ?Dónde estoy ahora?

  El recién llegado ser Darnell intentó ayudar a incorporarse al recién ultrajado ser Paul, quién rechazó su apoyo y se recuperó por cuenta propia, a pesar de las heridas en sus tobillos. En su semblante se cocía una irritación insípida venida a más por el moretón rojizo en su frente.

  — En el bosque. Escapasteis de la ciudad, con ayuda de un guardia — Le cedió el dominio de la antorcha a ser Garrett, y fue en pos de Connor para tenderle la mano. —. Conozco a vuestro padre. Bueno, en realidad, a vuestro padre adoptivo.

  — Ser Vyler — Connor se desencajó, recobrando las fuerzas de un instante a otro. —. Dejadme, ser. Debo ir a por él. A por su familia.

  — No iréis a ningún lado — La voz de la Reina se hizo escuchar brusca y cargada de desprecio. —, después de semejante afrenta a la Corona. Ser Covan, apresadlo — Cumplió la orden, lo cogió por un brazo, aunque no ocupó demasiadas fuerzas en ello. —. También vos, ser James — De camino a Connor, le dedicó un segundo de su mirada al Caballero Artesano. —. No más cabos sueltos, os he exigido. Y felicidades, Connor, habéis pagado el precio de vuestra propia ineptitud.

  — ?Quién sois vos? — le preguntó, impresionado, examinándola de pies a cabeza.

  Alice de buena gana lo habría abofeteado allí mismo.

  — Venís aquí, atacáis a mis hombres y, no contento con ello, también tenéis el descaro de no ofrecer el tratamiento adecuado a vuestra Reina — Le dedicó al caballero quien lo salvara los mismos ojos de aversión y desenga?ado. —. Ser, tened la caballerosidad de recordarme que tan unido sois a este ser Vyler Maine.

  — Os aseguro y os prometo que lo conservo como un buen amigo. Luché junto a él en el fuerte del lago Halfmoon. Podría decirse que me salvó la vida en aquella ocasión.

  — Una vergonzosa derrota de anta?o — le recordó. — cuyas consecuencias nos han traído a este pandemónium.

  La mirada de analítico desprecio que le dedicó a Connor fue incluso más ácida. Y de ese modo, mantuvo una gran dilación hasta que él se dignó a reverenciarla, inclinando la cabeza. Aunque en verdad, fue apenas un ligero movimiento.

  — Su Alteza… Me disculpo por lo sucedido. Perdí la conciencia, la percepción y el juicio; caí en batalla, y después desperté aquí, creyendo que todo había sido cuestión de un pesta?eo. No obstante, ?cómo podría un hombre reconocer en medio del bosque a su Reina, la cual jamás ha visto?

  Alice debía concedérselo, el plebeyo algo de razón llevaba, aunque aquello no hacía que el mal trago pasase más plácidamente. Cierto era que las veces en las que se había dejado ver por el populacho eran pocas y siempre de lejos, rodeada de sus guardias. Aun con todo, creyó atisbar en su réplica un latente tono de inmodestia que no gozaba de su agrado.

  — Si es así como los Maine educan a sus hijos, por más que provengan de tan baja estirpe…

  — No soy un Maine… Alteza — le hizo saber con prontitud. Jugaba todo el rato, le parecía a Alice, a balancearse entre lo que se consideraba cortesía y lo que no. —. No ostento el nombre de familia.

  — ?Y quién sois exactamente?

  — Connor Bressler. De seguro no lo habéis oído antes, pues solo soy un jinete de exploración.

  La Reina se sorprendió más de lo que le hubiese gustado dejar ver. ?Era de fortuna o desdicha aquel golpe de improviso? ? Sería de utilidad a mi causa, si supiera que dice la verdad, si me fuera leal... — Cosa que Alice ponía en serias dudas, a fin de cuentas. — Y si no estuviese muerto ya. ?

  — Descubriréis que soy piadosa — le anunció con una maliciosa sonrisa dibuja en sus labios. —. Otro monarca en mi situación os haría flagelar. Sin embargo, no hay aquí flagela, el tiempo para emplearla ni necesidad… Ser Paul — le hizo un gesto para que se acercase. —. Este hombre os ofendió de forma injustificada, desquitaos el agravio, si es de vuestro placer.

  — Nada me complacería más — confesó el caballero tras una cortina de serenidad marcial en la que se podía entrever una ansiedad por desquitarse. —, pero me temo que no hay honor en golpear a alguien sujetado por los brazos.

  — Entonces, soltadlo y alejaos. — ordenó Alice a sus hombres.

  Connor Bressler tensó sus rasgos y se arqueó al recibir el primer pu?etazo acerado por el guantelete en el estómago; el segundo, todavía más inclemente, lo hizo soltar un quejido de dolor y caer de rodillas al suelo. El caballero, por su parte, comprimió toda su dicha al ajustar cuentas a solo una somera sonrisa.

  Por más que se hubiese entrenado en la caballería y tuviera aptitudes para el combate, Alice no podía darse el lujo de concederle una pizca de su confianza a aquel hombre. No confiaría en más hombres que en sus hijos, después de lo sufrido para ganarse el amor de un canalla y desgraciado quien la hubo apu?alado por la espalda. Su tesoro más invaluable era por mucho su devoción; tesoro que enterraría profundamente en donde nadie más que quién llevase su sangre lo pudiese encontrar.

  — ?Estáis conmigo o contra mí? — le preguntó, con un nudo en la garganta al plebeyo, aun después de haber decido su destino. Aquel hubiese sido un simple formalismo más, sino porque también eran las últimas palabras que le había dirigido a Edward, las cuales jamás se atrevió a responder. De la torpeza nacida del deseo, sintió cómo le escocían los ojos. Dio gracias en aquel momento de que la envolviese poca luz.

  Connor no respondió de inmediato. En cambio, agarró un pu?ado de tierra entre sus dedos y lo oprimió sin esconder su sufrimiento.

  — Allá en la ciudad — dijo casi sin respiración. Hincaba una rodilla, sí, pero no había en él el más mínimo gesto de haberse dado por vencido. — hay gente por la que casi morí luchando, hay gente por la que moriría. Dejadme volver, mientras aún haya oportunidad.

  Aguardó a que sus sentimientos se templaran, puesto que, si permitía que su corazón divagase, podría echar a llorar allí mismo tanto de odio como de amor.

  — He perdido mi castillo… Seguramente habré perdido a mi esposo y Rey muy pronto. No me ves lamentándome por ello, ya que no hay tiempo para estar de luto — ? Ni tiempo para amores perdidos. ? —. No hay lugar para sentimientos en una guerra.

  — Madre, lo he decido — escuchó un instante antes de que le pidiese a ser Paul que llevase a cabo la ejecución. —. Dos espadas más en lugar de dos cabezas menos. Todo hombre fiel a mi causa será bienvenido.

  ? No — pensó la Reina con una ráfaga de espanto. “Acabad con él”, había dictaminado el Príncipe tiempo atrás. —. Es irreversible. Cuando se da una orden, no hay que renegar de ella segundos más tarde. A menos que quieras verte como un gobernante débil. ? Se volvió hacía él con una impavidez que estaba lejos de sentir, solo para avistar como descansaba una mano sobre el hombro de Jerome, otro desconocido del cual estuvieron a nada de deshacerse.

  — Mientras me rindas pleitesía, tendrás lugar entre mis filas. — siguió.

  Su hijo mayor lucía como si hubiese finalmente disipado sus dudas… Para peor.

  En aras de disuadirlo, Alice habría deseado que todos en el mundo fuesen sordos para gritarle sus razones a su incauto Richard; o por lo menos, ciegos, para poder acercase y susurrárselo al oído. Pero terminó por expresar sus intenciones con una mirada y un ce?o fruncido no atendido.

  ? Si se retracta nuevamente, parecerá incluso más débil. Si lo enfrento y gano, parecerá incluso más débil. Si pierdo, nos distanciará. ? Decepcionada, ?así se sentían todas las madres, cuando sus hijos no lograban llegar a lo que ellas anhelaban que fuesen?

  Por suerte, ser James, vivaz como de costumbre, se adelantó y dio justo en clavo.

  — Perdonad mi atrevimiento, pero como Paladín de vuestra guardia debo deciros que no es la mejor de nuestras opciones. ?Cómo podríamos confiar en estos hombres?

  — Que presten juramento. — anunció Richard, con una certeza bastante particular.

  — Para hombres sin honor — a?adió ser Paul Wolkan, un tanto tosco. — los juramentos son solo palabras que se escupen.

  Ser Bowen prestó también su voz en se?al de apoyo a los otros dos caballeros. A los mellizos Lancaster no les quedó de otra que asentir duramente.

  ? Están dudando de sus decisiones — comprendió. —. Esto no sucedió nunca en presencia de su padre. ?

  El Príncipe o Rey, Alice no sabía bien como debía llamarlo, se posó junto a su madre y observó a Connor desde arriba con gesto ceremonial.

  — Que, así como los caballeros de la Guardia de la Realeza, tomen votos sagrados ante los ojos de Dios. Que estos buenos cristianos me presten un juramento igual de solemne e inquebrantable. Y si llegasen a violarlo, que la vergüenza y las penurias caigan sobre ellos en esta y la próxima vida — Les dedicó un segundo a los ocho rostros de sus caballeros platinados. —. Es una carga justa a sus responsabilidades.

  Bajo la luna menguante de octubre, en miras hacia el futuro, el heredero de Dranova actuó por primera vez como Rey. Tenía madera de líder, eso sí; estaba en cierta forma hecho para el cargo, pero la indeseable grieta que era su indecisión algún día conseguiría seccionar sus ideas y quebrarlo. Era lo que más temía, más allá de que le tendiese la mano a todo mundo con tanta facilidad.

  ?Pudiera ser que Alice se estuviese dejando llevar por la paranoia? En cualquier caso, tanto si sus recelos la estuviesen consumiendo por dentro como si no, podía oler el hedor de la traición que se avecinaba y acabaría por echárseles encima.

  En cuestión de nada, ambos plebeyos yacían con una rodilla en tierra sin quitar ojo a los monarcas, por más que las razones de Connor para haberse hincado hubieran sido las equivocadas.

  — Jerome Callaghan el Que Nunca Miente y Connor Bressler — sonsacó Richard. —, en nombre de Dios, ?juráis solemnemente servir a nuestra causa y proteger al reino y a mi Dinastía con justicia y devoción, para traer la paz a estas tierras acometiendo contra nuestros enemigos hasta el día de vuestra muerte?

  — Mi Príncipe de Liongborth — anunciaron al unísono. —. Mi Reina de Liongborth, solemnemente lo juró en nombre de Dios.

  Lo había estado pasado desapercibido, y por unos instantes, olvidado. Había un asunto más por solventarse y su innata pericia para imaginar siempre el peor de los escenarios se lo recordó.

  — Jerome — le dijo ya estando él de pie. —. La mujer a la que seguíais, ?en qué dirección le perdiste la pista? — El anciano, un poco sorprendido, le indicó con un dedo. —. Bien. Connor, vos mejor que nadie conocéis estos bosques, ?verdad? Id al frente y haced todo lo posible por encontrarla antes del amanecer. Todos los demás salvo ser Robert, se dispersarán unos tantos metros en la misma dirección para mayores posibilidades. Puede que sea un enemigo más, o puede que no, no lo sabremos hasta conocer su paradero. No quiero a ojos desconocidos espiándonos entre la maleza.

  De postura más rígida y obstinada que su hijo, para la Reina había poco espacio entre lo dicho y lo que tenía que estar hecho. Una sola orden bastó para consumar sus deseos, y una sola mirada bastó para advertirles lo que sería de aquellos que osaban conspirar en contra suya.

  El jinete de exploración cabalgó en el corcel más hermoso que Alice había visto en vida, y se adelantó a la cabeza de la formación, sin dejar de lado un gesto montaraz que reverenciaba sin duda todas sus ansias de seguir luchando por los suyos y no por su Reina. Ser Lancelot, criado y curtido como caballero en una silla de montar, fue el designado para seguirlo de cerca; el decimosegundo era tan diestro con la espada como con las espuelas.

  Durante la siguiente hora, contempló cómo el bosque conservaba su grandiosidad silente, a medida que el séquito se adelantaba a través de caminos inesperados de robles sumergidos en oscuridad inexplorada. El arco sujetado a la silla del caballo de Connor no hacía más que intranquilizarla cada vez que imaginaba que ella o alguno de sus hombres se tragaría una flecha. Pero nada de esto aconteció de manos de él, quien no asió su arma ni volteó siquiera a verla. De todos modos, el cuidado de sus sentidos se quedó con aquella evocación aún más pavorosa a media madrugada.

  Más tarde, por encima de sus cabezas sobrevolaban pajarillos de todo tipo y tama?o, cantando desde copiosas direcciones con tanta euforia, como si fuera a amanecer en cualquier momento. Cuanto menos extra?o.

  Sin embargo, mucho antes de que saliese el sol y llevados por las riendas de una suerte irrealizable, el caballo bayo del jinete de exploración se alejó de súbito, saltando por encima de unos matorrales y cortándole el paso a una sombra que corría en la penumbra detrás de ellas.

  Al conjuro de aquella portentosa imagen, la Reina aguantó la respiración, cuando observó unos cabellos dorados que le robaban destellos a la poca luz que había. La mujer sin vacilación alguna puso en ristre su espada y su escudo, tan pronto las monturas de los caballeros la rodearon y mostraron su acero.

  — ?Atenea? — inquirió Jerome, conservando la boca abierta, con tanta sorpresa como pavor.

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