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El Caso del Monte Karzovik (Parte 3): Ecos de Chernóbil

  4 de enero de 1987

  Pasaron los meses. Mi trabajo era monótono pero demandante: patrullar el perímetro nevado y asegurarme de que ningún excursionista se acercara lo suficiente como para ver lo que no debía. En las guardias nocturnas, los rumores entre los veteranos corrían tan rápido como el viento helado del monte. Algunos decían que el laboratorio era una fachada del Estado para la creación de armas biológicas; otros, más optimistas o ingenuos, juraban que estábamos custodiando la cura definitiva contra el cáncer.

  —Cura del cáncer... suena más a mito que a realidad —le comentó a un compa?ero, justo cuando el estruendo de unas hélices comenzó a vibrar en mis oídos.

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  Los helicópteros llegaban a cualquier hora del día o de la noche, rompiendo el silencio del Monte Karzovik. Transportaban a personas afectadas por el reciente accidente de Chernóbil, todas ellas profundamente dormidas bajo sedantes. MedicN.G. les había vendido una esperanza: el Agente-A, una cura experimental para los múltiples tumores que la radiación había sembrado en sus cuerpos.

  Lo que aquellos infelices no sabían era que la "cura" no buscaba salvarlos. Solo unos minutos después de la aplicación, el compuesto los transformaba en seres de una violencia primitiva e incontrolable.

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