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Los ladrones de Antigua Luna (Parte 6)

  Mientras tanto, en el bar de abajo, Rex, Víctor y Verónica bebían tras haber investigado lo que pareció como quinientas joyerías, de acuerdo con el oficial y la se?orita.

  Ordenaron un plato gigante de queso derretido, adornado con tortilla frita y frijoles.

  —Vaya —exclamó Víctor—, este queso no está mal para ser de ciudad; usualmente los pueblos tienen el mejor queso.

  —Rex —Verónica cambió de tema—. ?Alguna vez sientes miedo de no acertar un disparo?

  —?Acaso importa? Incluso sintiendo miedo, hay que jalar el gatillo.

  —Yo sé, pero… —la mujer pensó mejor sus palabras—. Me refiero a si siempre sabes que vas a dar en el blanco. Por ejemplo, la vasija de ahí. Puedo tomar esta aceituna y lanzarla, y quizá puedo apostar dinero a que voy a lanzarla dentro de la vasija.

  Rex dudó sobre aquella certeza, pero siguió escuchando a Verónica con oídos atentos.

  —Si alguien te ofreciera, digamos, cien monedas. ?Cuál sería el tiro más impresionante que puedes lograr?

  —Honesta… —comenzó a hablar Rex.

  —Pero tienes que garantizar que lo puedes lograr.

  —Honestamente —Rex sonrió, entretenido—, depende de cuántas de estas me haya tomado.

  Dio un sorbo a su tarro de cerveza.

  —?Puedes? —a?adió, confundiendo a Verónica.

  —?Disculpa?

  —Lanzar la aceituna a la vasija.

  La se?orita soltó una risa, mezclada con sorpresa. No estaba segura de si Rex hablaba en serio.

  —No es momento para jugar —indicó Víctor—. No sabemos qué hay dentro de esa vasija. Podrían ser objetos valiosos.

  —Son escupitajos, Víctor —dijo Rex.

  El oficial desvió la mirada para seguir dedicándose a su bocadillo. Rex recargó ambos codos en la mesa.

  —Entonces, ?crees que puedes hacerlo? Te daré cien de mis monedas de la recompensa de Kit.

  —?Rex! —dijo Víctor—. No hacemos esa clase de cosas.

  Verónica lo consideró un par de segundos.

  —?O sí?

  —Bueno —reflexionó la mujer—, es su dinero. Puede hacer con él lo que quiera.

  De repente, el rostro de Verónica se llenó de determinación, muy para el disgusto de Víctor. Colocó la aceituna entre su dedo medio, pulgar e índice, alzando los dos restantes en el aire, de la misma forma que su madre le había ense?ado a tomar las tazas de porcelana. No había tomado en cuenta toda la cerveza que ya había entrado en su sistema y se divirtió por lo poco mareada que se sentía. Sin embargo, hizo el esfuerzo de regresar a su estado de concentración. Una parte de ella quería impresionar a Rex.

  Balanceó la mano hacia adelante, hacia atrás, y luego lanzó.

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  Con tan sólo mirarla, Rex sabía que la aceituna golpearía su objetivo. Se formó una sonrisa en ambos antes de que objeto alguno siquiera volara por los aires y vibraron al impacto las paredes de la vasija. Verónica celebró de brazos abiertos.

  —Suerte de principiante —comentó Víctor.

  —Inténtelo usted —lo retó Verónica—. Maneja las pistolas más que yo, así que le debe resultar pan comido.

  Víctor hizo algún comentario sobre las balas y las aceitunas siendo cosas diferentes, pero para darle el gusto a la se?orita tomó su propia aceituna y la lanzó.

  Sin embargo, no cayó cerca de la vasija en lo más absoluto. Golpeó el hombro de una mujer que descansaba en la barra, de cabello cobrizo y piel llena de pecas.

  Enya sintió un objeto golpearla. Después, observó una aceituna aterrizar en su tarro de cerveza. La vio hundirse muy, muy tortuosamente. Giró en busca del perpetrador, sólo para encarar a un Víctor lleno de vergüenza.

  La obligación que sentía el hombre de disculparse era demasiada como para ignorar, así que rápidamente cerró la distancia entre él y la mujer.

  —?Lo siento tanto! —exclamó, gesticulando casi con exageración y tartamudeando su disculpa—. Mis compa?eros dijeron que… Solo estábamos…

  La mujer frunció el ce?o, confundida. Miró por encima del hombro de Víctor y vio a dos personas riendo: una mujer con una trenza y un hombre con barba y cabello casta?o y largo. No parecían estarse riendo de ella, sino burlándose del que se le acercó, quien seguía tropezando con perdones y excusas. Ahora que Enya lo miraba mejor, se le hizo guapo con aquellas patillas pronunciadas y dramáticos ojos verdes.

  —No pasa nada —dijo por fin, callando a Víctor con un ademán—. ?Qué tal si solo me compra otra?

  El ex oficial se tranquilizó por un momento solo para ponerse nervioso por una razón diferente, aunque de manera más sutil.

  —Oh, ?por supuesto! Sí —accedió con diligencia.

  El hombre alzó una mano para llamar la atención del tabernero e indicarle que trajera una bebida más, quien cumplió y le sirvió un tarro más.

  —De nuevo, una disculpa. Me llamo Víctor. —Le ofreció la mano.

  —Soy E… —Por una fracción de segundo, titubeó, pero terminó de presentarse—. Elizabeth.

  Y se dio cuenta que más que un nombre falso, solo era el nombre alargado de su hermana. Se reprendió mentalmente, pero trató de no mostrarlo en su rostro. “Hagas lo que hagas, no acortes el nombre a Liz.”

  —Me dicen Liza —a?adió, y nuevamente se dio una bofetada mental, pero el hombre no pareció notarlo.

  —?Liza? Un gusto —le estrechó la mano de manera cordial, como un caballero.

  Rex y Verónica habían dejado de reír y ahora miraban incrédulos la escena frente a ellos.

  —?Víctor es… encantador? —habló Verónica, anonadada.

  Rex soltó un resoplido ligeramente impresionado. Desde que viajaban juntos, no había visto nunca a Víctor soltarse tan fácilmente con alguna persona, y mucho menos a modo de coqueteo. Decidió tomar otro sorbo y dejar de observar para cambiar de tema.

  —Cuando atrapemos a los hermanos, le compraremos una pistola —dijo a Verónica.

  Esto la sacó de su desconcertado trance, y se giró para mirar a Rex.

  —?A mí?

  Rex asintió.

  —Vi algunas tiendas de armas mientras contábamos las joyerías. Deberíamos aprovechar que estamos en la ciudad.

  La mujer lo pensó un poco. Se distrajo brevemente con la risa de Víctor y su cita sorpresa, pero volvió a mirar a su compa?ero.

  —?Son caras?

  —Yo se la compraré.

  —No es lo que pregunté.

  A Rex le sorprendió un poco la firmeza en la voz de Verónica, pero se limitó a contestar.

  —No demasiado. Unas dos mil monedas.

  La se?orita Lombarde alzó las cejas con sorpresa.

  —?Eso es casi toda la recompensa de Kit! —Hizo una pausa para calcular rápidamente—. ?No tienes ese dinero!

  Rex rio y movió la mano como para quitarle importancia.

  —Lo que valgan los hermanos Severino lo cubrirá.

  Verónica se cruzó de brazos, escéptica.

  —No tienen una recompensa aquí.

  —Aquí no —concordó Rex, confiado.

  Verónica entendió la implicación: “otra ciudad debía tener un precio por ellos.”

  —?Se pueden cobrar recompensas desde otros lugares?

  Rex se encogió de hombros, como si la incertidumbre no afectara su plan.

  —Las recompensas las cubren compa?ías privadas. Seguro que sí.

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