"?A quién eliminarías para proteger a la víctima?".
Vane no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia sus manos, perfectamente cuidadas, unas manos que nunca habían conocido el trabajo duro pero sí el frío de los internados de élite en las Tierras Altas de Escocia. Mientras el silencio se tensaba, Vane se alejó de la clase, perdiéndose en los pasadizos de su propia memoria.
él no era un estudiante común. Su padre, el abogado más implacable de Edimburgo, y su madre, heredera del imperio Smitch, le habían dise?ado una vida de cristal. Cuna de oro, colegios privados . Siempre fuera de casa, siempre siendo "el hijo de", pero nunca "Vane".
Pero bajo esa fachada de ni?o rico tímido y serio, se ocultaba algo que Vane tenía y nadie sabía que era.
Vane lo descubrió a los ocho a?os, cuando entró en el despacho de su padre , el se?or Willian Vane , era verano Vane ya no estaba en el internado los veranos los pasaba con sus padres en la Mansión .
El sol de agosto golpeaba las vidrieras de la mansión, pero el pasillo que conducía al despacho de su padre siempre estaba a unos grados bajo cero. Adrián, con apenas nueve a?os y el pelo aún revuelto por el juego, empujó la pesada puerta de roble.
—?Papá! ?Papá! ?Vas a venir ya a la piscina? —exclamó Adrián con la emoción de quien cree que el mundo es un lugar sencillo.
El se?or William Vane ni siquiera levantó la vista de los documentos. A su lado, sentado en un sillón de cuero, un hombre elegante, el se?or Paul Manchester , observaba al ni?o con una calma inquietante.
—Adrián, ahora no es el momento —dijo William con una voz seca, profesional—. Estoy ocupado con un cliente. Sal de aquí.
—Pero dijiste que por la tarde... —empezó a decir el ni?o, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
Fue en ese instante. Al fijar la vista en Paul Manchester, el aire en el despacho parecía espesarse. Un pitido agudo, como una frecuencia de radio mal sintonizada, estalló en los oídos de Adrián. De repente, el despacho desapareció.
Adrián seguía allí físicamente, pero su mente se había filtrado en la de Manchester.
—Está muerta, Paul... solo fueron dos cortes. Asimétricos. Perfectos —una voz fría resonó en la cabeza de Adrián, pero nadie había hablado.
—?Adrián? Te he dicho que te vayas —repitió William, empezando a molestarse.
El ni?o no se movía. Sus ojos estaban muy abiertos, fijos en Manchester. Estaba viendo la ba?era. Estaba viendo cómo aquel hombre "querido por la sociedad" sostenía la hoja de afeitar con una mano que no temblaba. Estaba viendo cómo Manchester disfrutaba del silencio de la casa mientras su esposa se desangraba.
—Lo hiciste... —susurró Adrián, casi inaudible—Te quedaste allí... mirando.
William Vane se levantó de golpe, haciendo que la silla chirriara contra el suelo.
—?Basta! ?Adrián, vete a tu cuarto ahora mismo! Se?or Manchester, disculpe a mi hijo, es un ni?o demasiado fantasioso .
Manchester sonrió. Fue una sonrisa gélida que solo Adrián pudo descifrar. El zumbido en la cabeza del ni?o se volvió insoportable; era esa voz que siempre tenía en su cabeza gritándole que tenía a un depredador a menos de un metro.
—No se preocupe, William —dijo Manchester con una voz suave—. Los ni?os tienen mucha imaginación.
—?No es imaginación! —gritó Adrián, pero antes de que pudiera decir más, el mundo se inclinó.
La presión de todas esas imágenes de muerte golpeó su cerebro como un mazo. Sus piernas fallaron.
—?Vane! ?Vane, hijo! —gritó William, olvidando por un segundo su profesionalidad mientras veía a su hijo caer de plomo contra la alfombra .
La puerta se abrió de golpe y la se?ora Greins , la dama de llaves, entró corriendo al oír el estruendo.
—?Se?or! ??Qué ha pasado?! —gritó ella, arrodillándose al momento y levantando la cabeza del ni?o.
—No lo sé, estaba hablando y de repente... se ha desplomado —respondió William, mirando a Manchester con incomodidad.
—Vane, vamos, muchacho... espabila —susurró la se?ora Greins, dándole unos golpecitos en la mejilla—. Abre los ojos.
Adrián recuperó el conocimiento poco a poco. El zumbido se había convertido en un latido doloroso detrás de sus ojos.
—?Qué... qué me ha pasado? —preguntó Adrián, sintiendo el frío del suelo.
—Nada, Vane, lo mismo que te suele pasar —contestó la se?ora Greins con voz maternal, aunque sus ojos mostraban preocupación—. El calor te ha sentado mal. Nada, se?or Vane, no se preocupe, yo me encargo del muchacho.
William Vane se ajustó la corbata, recuperando su máscara de abogado implacable.
—De acuerdo. Llévalo a su habitación. Voy a terminar con el se?or Manchester y enseguida salgo.
Mientras la se?ora Greins ayudaba a Adrián a levantarse y lo sacaba del despacho, el ni?o giró la cabeza por última vez. Vio a su padre estrechar la mano de Manchester. Vio cómo su padre se disponía a defender a un asesino .
él no podía leer los pensamientos de la gente buena o normal; sus mentes eran demasiado ruidosas, llenas de sentimientos caóticos. Pero los psicópatas... ellos eran diferentes. Sus mentes emitían una frecuencia limpia, fría y constante. Entrar en ellas era como sintonizar una radio en medio de una tormenta.
Vane levantó la vista. Grieve seguía esperando, con esa sonrisa de hielo. Vane sabía que en ese aula de Dragonhall, rodeado de espejos, él se creía el único "monstruo" capaz de sintonizar el mal. No sabía que, repartidos por el mundo, otros Ecos despertaban.
—No eliminaría al enemigo, profesor —respondió Vane con una voz tan gélida como la del propio Grieve—. Me convertiría en su sombra. Lo habitaría hasta que no supiera dónde termino yo y dónde empieza su oscuridad. Así, la víctima ni siquiera tendría que huir.
Adrián notó que los compa?eros de clase lo miraban con caras extra?adas . Selene, por primera vez, giró la cabeza para mirar a Vane con una chispa de reconocimiento.
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Nadie sabía lo que él estaba diciendo , solo él lo entendía porque nadie sabía que él era un Eco del Vacío .
Grieve analizó la frecuencia de la voz de Adrián. No había rastro de la jactancia típica de un adolescente intentando parecer oscuro, ni el temblor del que tiene miedo de su propia mente. Lo que Grieve escuchó fue la seguridad de quien ya ha estado allí. "Este chico no está teorizando", pensó el profesor mientras sus ojos, afilados como escalpelos, escaneaban la postura rígida de Adrián. "Está describiendo un paisaje que ya ha visitado".
Como arquitecto de mentes, Grieve sabía que el mayor riesgo de "habitar la oscuridad" es que el vacío no tiene paredes. Le sorprendió la madurez —y el peligro— de la propuesta de Adrián. Mientras los otros alumnos pensaban en soluciones lógicas o heroicas, Vane había propuesto una parasitación psíquica .Grieve se preguntó si Adrián era consciente de que, al fundirse con el enemigo, el riesgo de no encontrar el camino de vuelta a su propia identidad era del cien por cien.
Grieve notó el cambio de energía en la sala. Vio cómo Selene giraba la cabeza. El profesor, experto en detectar hilos invisibles entre las personas, percibió una vibración compartida entre esos dos alumnos que antes no estaba allí. "Ecos", pensó para sus adentros, aunque no pronunció la palabra. Sintió que Adrián Vane acababa de abrir una puerta en Dragonhall que no se cerraría fácilmente.
Finalmente, lo que Grieve sintió fue una punzada de satisfacción oscura. Había buscado a alguien que entendiera que en Dragonhall no se venía a ser bueno, sino a ser absoluto. La contestación de Adrián le confirmó que el chico no estaba allí por el apellido de su padre, ni por el dinero de los Smitch. Estaba allí porque era una pieza que encajaba perfectamente en el puzle más peligroso de la academia.
El profesor miró en general a todos los alumnos de la clase y dijo que ya habían terminado que ma?ana seguirán identificando patrones de los perfiles
Marcus le puso a Adrián la mano en el hombro y le dijo anda que si Adrián te has lucido jajaja pero que respuesta es esa. y se río sin entender nadie lo que él estaba diciendo .
Solo una persona de la clase lo entendió solo una , otra que también era un ecos .
Adrián recogió sus cosas y las metió en su mochila cogió el libro rojo y junto con Marcus salieron fuera de la clase .
Al salir del aula, el pasillo desembocaba en el corazón latente de Dragonball: la Plaza de los Fundadores . Era un espacio circular de una belleza sobrecogedora, rodeado por una columnata de mármol blanco veteado en gris que sostenía un techo abierto al cielo. En el centro, el suelo formaba un mosaico intrincado de piedras semipreciosas que dibujaban un ojo rodeado de estrellas.
Entre columna y columna, se alzaban las estatuas de los profesores más legendarios de la historia de la academia. Figuras de piedra tan realistas que parecía que sus ojos de mármol seguían los movimientos de los alumnos. El sonido del agua de una fuente cercana y el eco de los pasos sobre el pavimento pulido daban al lugar un aire de santuario.
Marcus le puso la mano en el hombro a Adrián y soltó una carcajada que rompió el ambiente solemne. —?Anda, que si te has lucido, Adrián! —dijo entre risas—. Pero, ?Qué respuesta es esa, tío? "Me convertiría en su sombra"... ?Cualquiera diría que te has escapado de una película de terror!
Marcus seguía riendo, sin entender absolutamente nada de lo que Adrián había querido decir. Pero Adrián no necesitaba que lo entendiera.
—Adrián, tengo que decirte una cosa —comentó Marcus, bajando un poco el tono mientras se ponía serio de repente—. Hay dos chicas en nuestra clase que siempre van juntas: Selene e Iris . Pues mira, te lo digo ya para que no me la quites, que te veo venir: a mí me gusta Iris. El otro día te vi mirándola mucho y yo te aviso por si acaso, ?jajaja!
Adrián lo miró con su habitual expresión gélida, casi sin inmutarse. —Nada, nada, no te preocupes —respondió con voz plana—. No pienso en mujeres ahora mismo. Tengo demasiado ruido en la cabeza.
—Ah, bueno, yo tampoco es que esté desesperado —replicó Marcus rascándose la nuca—, pero Iris me gusta. Así se me hace más ameno el tiempo que tenga que estar encerrado en esta academia.
En ese momento, dos figuras se separaron del flujo de estudiantes y se acercaron a ellos. Eran Nathan Korr y Lucian Crowe . Ambos tenían veinte a?os y una presencia que obligaba a los de primer curso a abrirles paso.
Nathan Korr era imponente. Su piel, oscura como el ébano, brillaba bajo la luz que caía del techo abierto. Era originario de una influyente familia , pero no de guerreros, sino de científicos. Sus padres eran los médicos forenses más prestigiosos de Kenia, y Nathan había crecido entre morgues y mesas de autopsia, aprendiendo a leer la muerte en los cuerpos antes incluso de saber leer libros. Tenía una seguridad física absoluta, como si supiera exactamente dónde están todos los puntos débiles del cuerpo humano.
A su lado, Lucían Crowe, pálido y de mirada afilada, parecía su sombra.
—Vaya, vaya... el heredero de los Smitch —dijo Nathan, cruzándose de brazos. Su voz era profunda y calmada—. Tu intervención con Grieve ha sido... interesante. En mi familia decimos que para entender a un muerto hay que haber tocado su frío, pero tú hablas de habitar la oscuridad de los vivos. Eso es otro nivel de autopsia, Vane.
Adrián sintió que el radar en su cabeza emitía una vibración distinta. No era la de un psicópata, era la de alguien que, al igual que él, estaba acostumbrado a mirar donde nadie más quería mirar.
—Solo fue una respuesta técnica, Nathan —respondió Adrián, manteniendo la distancia.
—Claro, técnica... —intervino Lucian con una sonrisa delgada—. Pero en Dragonhall las palabras técnicas suelen ser confesiones disfrazadas.
Mientras hablaban, Adrián divisó al fondo de la plaza, junto a la estatua de un antiguo decano, a Selene e Iris. Selene se detuvo un segundo y, a través de la distancia y por encima del hombro de Nathan, clavó sus ojos en los de Adrián. No hubo palabras, pero el Vacío entre ambos vibró. Ella lo sabía.
La Plaza de los Fundadores bullía con el eco de las conversaciones, pero entre Adrián Vane y Selene se había formado un vacío acústico. Se atraían como dos imanes de la misma polaridad: con una fuerza invisible que, al mismo tiempo, los obligaba a mantenerse a una distancia de seguridad. Ninguno estaba dispuesto a ceder el primer milímetro de su armadura.
Selene lo observaba desde el otro lado del grupo, ocultando su interés tras una máscara de indiferencia. Ella ya conocía el guion de la vida de Adrián; los cotillas de la academia se habían encargado de que el nombre de los Vane resonara en los pasillos mucho antes de que él cruzara el umbral. Se decía que el heredero de un imperio llegaba a Dragonhall, y con el nombre vino el estigma.
Las críticas habían sido feroces. En un lugar donde la excelencia se mide con sangre y sudor, donde cada alumno es seleccionado tras superar pruebas que quebrarían a cualquiera, el rumor de que Adrián era un enchufado corría como el veneno. Todos daban por hecho que su apellido le había comprado la entrada, ignorando que Adrián había pasado por el mismo infierno que ellos, obteniendo resultados que incluso superaban la media. Pero en Dragonhall, la verdad suele importar menos que una buena calumnia.
Selene no era simplemente una estudiante más; era una interrupción en el paisaje. Su belleza tenía algo de magnético y, al mismo tiempo, de peligroso. Era morena, con una piel de tono cálido que resaltaba contra el austero uniforme de Dragonhall, y su cabello, oscuro como el ala de un cuervo, caía sobre sus hombros con una densidad casi líquida.
Lo que más impactaba de su rostro eran sus labios , gruesos y carnosos , que solían estar apretados en una línea de muda observación, dándole un aire de misterio impenetrable. Pero eran sus ojos ,negros y afilados , los que realmente dictaban las reglas del juego. No eran ojos que buscaban aprobación; eran cuchillas que diseccionaban la realidad, capaces de detectar cualquier mentira antes incluso de que fuera pronunciada.
Al verla caminar por la plaza, era imposible ignorar su figura. Tenía una cintura de avispa que acentuaba la elegancia de sus movimientos, una silueta que recordaba a las estatuas de las antiguas guerreras que adornaban los pasillos de la academia. Sin embargo, Selene no necesitaba armas físicas. Su verdadera fuerza residía en ese silencio que compartía con Adrián, en esa capacidad de ser una chica del Eco que caminaba entre los demás como si perteneciera a otro plano de existencia.
Selene procedía de una familia tan humilde que Dragonhall parecía un sue?o inalcanzable. Para ella, estar allí no era una herencia, era una conquista.
Sin embargo, Selene guardaba una carta bajo la manga que nadie más poseía... o eso creía ella hasta que escuchó hablar a Adrián en clase.
Sentía esa vibración en el aire, esa nota pura que solo los que habitan el Vacío pueden detectar. Mientras Nathan y Marcus seguían con sus tonterías de adolescentes, Selene mantenía sus ojos fijos en Adrián. No veía al rico heredero, ni al chico del internado escocés; veía el reflejo de su propio secreto. Estaba convencida de que ella era la única anomalía en el sistema, la única capaz de sintonizar las mentes rotas, hasta que el destino la puso frente a frente con el único chico que podía entender su silencio.

