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Antes de dormir

  Carlos se despertó unos segundos antes de que sonara la alarma.

  No era algo raro. Le pasaba a menudo. Abría los ojos, miraba el techo blanco de su habitación y se quedaba ahí, inmóvil, como si el cuerpo necesitara un momento para aceptar que el día había comenzado otra vez.

  El techo tenía una peque?a grieta cerca de la esquina. Siempre se fijaba en ella. No sabía cuándo había aparecido, pero ya formaba parte del paisaje, igual que el armario que chirriaba al abrirse o la persiana que nunca bajaba del todo.

  El despertador sonó.

  Carlos estiró el brazo sin incorporarse y lo apagó de un manotazo torpe. Cerró los ojos otra vez. Solo un poco más.

  Cinco minutos.

  Seis.

  Al final, se sentó en la cama con un largo suspiro, como si levantarse fuera de una decisión importante y no algo inevitable.

  —Vamos… —murmuró, sin mucha convicción.

  Se levantó, caminó arrastrando los pies hasta el ba?o y se miró en el espejo mientras se cepillaba los dientes. Su reflejo le desarrolló una cara conocida, pero distante. No había nada malo en ella. Tampoco nada especial. Ojeras suaves, expresión apagada, el pelo negro siempre ligeramente desordenado.

  Se preguntó, como algunas ma?anas, si esa cara era realmente suya o simplemente la que había aprendido a poner.

  Sacudió la cabeza. No tenía sentido pensar en eso tan temprano.

  El instituto era igual que siempre.

  Pasillos llenos de ruido, conversaciones superpuestas, risas que no parecían dirigidas a nadie en concreto. Carlos caminaba entre la gente como una pieza más del decorado. Saludaba cuando lo saludaban, asentía cuando debía hacerlo, respondía con frases cortas y medidas.

  En clase de Lengua, se sentó junto a la ventana.

  El profesor hablaba de literatura, de contextos históricos, de autores muertos. Carlos copiaba lo justo en el cuaderno, más por costumbre que por interés real. Las palabras entraban en su cabeza sin dejar huella, como agua pasando por una grieta.

  Miró al exterior.

  El cielo estaba despejado. Demasiado limpio. Un azul intenso que le resultó, por algún motivo, incómodo. Durante un instante tuvo la sensación de que ese color no encajaba del todo, como si hubiera visto uno diferente en otro lugar.

  Parpadeó.

  La sensación desapareció.

  —Carlos —dijo el profesor—. ?Puedes leer el siguiente párrafo?

  Carlos levantó la vista sin sobresaltarse. Leyó el texto en voz alta, entonando lo justo, copiando el ritmo de los demás. Cuando terminó, el profesor ascendió y continuó.

  Nadie comentó nada.

  Carlos bajó la mirada al cuaderno.

  Todo seguía igual.

  Volvió a casa andando, con la mochila colgándole de un solo hombro. El barrio era tranquilo, casi demasiado. Las mismas calles, los mismos árboles, las mismas casas con fachadas parecidas. Le gustaba esa rutina, aunque no supiera decir por qué. Tal vez porque no le exigía nada.

  Al entrar, dejó las zapatillas junto a la puerta.

  —Ya estoy —dijo, sin alzar mucha la voz.

  Nadie respondió.

  Subió a su habitación, dejó la mochila en el suelo y se sentó en la cama. Abró el cuaderno de inglés, lo miró durante unos segundos y luego lo cerró.

  No ahora.

  Se tumbó boca arriba y miró el techo otra vez. La grieta seguía ahí.

  Cerró los ojos sin darse cuenta.

  Despertó de pie.

  Eso fue lo primero que le llamó la atención.

  No estaba tumbado, ni sentado. Estaba de pie sobre un suelo blando, cubierto de algo parecido a hierba, aunque no era verde. Tenía un tono azulado, casi plateado, y brillaba suavemente, como si reflejara una luz invisible.

  Carlos respiró hondo.

  El aire era distinto. Más fresco. Más… real.

  —Vale —murmuró—. Esto es un sue?o.

  Lo dijo en voz alta, como para convencerse.

  Había oído hablar de sue?os lúcidos. Gente que se daba cuenta de que estaba so?ando y podía moverse libremente. Supuso que era eso. Tenía sentido. últimamente estaba cansado. Su cabeza debía estar jugando con él.

  Miró alrededor.

  El cielo era amplio, profundo, con nubes lentas y una luz suave que no parecía venir de ningún sol visible. No sentí miedo. Solo una curiosidad tranquila.

  Se miró las manos.

  Todo parecía normal.

  Entonces notó algo raro en la cabeza. Una sensación ligera, casi un cosquilleo. Levantó la mano, dudó un segundo… y tocó algo que no debería estar ahí.

  Orejas.

  Se quedó inmóvil.

  —No… —susurró.

  Se llevó ambas manos a la cabeza. Eran reales. Blanda. Se movían ligeramente.

  El corazón empezó a latirle más rápido.

  Caminó —casi corrió— hacia un lago cercano. El agua estaba en calma. Se inclinó y miró su reflejo.

  El chico que le devolvió la mirada no era exactamente él.

  Tenía su edad, su tez, pero sus ojos eran de un azul más intenso. Su pelo negro caía de otra forma. Y, claramente, tenía orejas de gato… y una cola que se movía despacio detrás de él.

  —Esto… no puede ser —murmuró.

  Se tocó la cara. La piel se sentía real. Demasiado real para ser un sue?o cualquiera.

  Respiró hondo.

  Por alguna razón, no sentí pánico.

  Sentía una calma extra?a. Como si, de algún modo, ese cuerpo no le resultará ajeno.

  Entonces oyó algo.

  —…

  No fue una palabra. Más bien una presencia. Una sensación de que algo le observaba desde dentro.

  Carlos se tensó.

  —Hola? —preguntó, en voz baja.

  No hubo respuesta clara.

  Solo una impresión vaga, como si alguien —o algo— estuviera ahí, escuchando.

  —Supongo que incluso los sue?os pueden ser raros —se dijo, forzando una peque?a risa.

  Pero una parte de él supo, con certeza incómoda, que aquello no era un sue?o normal.

  Despertó sobresaltado en su cama.

  La luz anaranjada del atardecer entraba por la ventana. Se incorporó de golpe, con el corazón acelerado.

  —…?Cuánto tiempo? —murmuró.

  Miró el reloj.

  Veinticinco minutos.

  Solo eso.

  Pero su cuerpo se sentía distinto. Cansado de una forma que no correspondía con una simple siesta. Como si hubiera caminado, respirado, vivido en otro sitio.

  Se quedó sentado un rato, intentando ordenar sus pensamientos.

  Stolen from its rightful author, this tale is not meant to be on Amazon; report any sightings.

  Al final, bajó a la cocina.

  Su hermano mayor estaba allí, apoyado en la encimera, mirando el móvil. Tenía cuatro a?os más que él, trabajaba y casi nunca hablaban de nada importante. Su hermana menor estaba sentada a la mesa, removiendo distraída un plato de comida.

  —Llegas tarde —dijo ella, sin mirarlo.

  —Me dormí un poco —respondió Carlos.

  Se sentó con ellos. No cenaban juntos muy a menudo los tres, pero tampoco era raro. Cada uno estaba en su mundo.

  Comieron en silencio, interrumpido solo por el sonido de los cubiertos y algún comentario suelto sobre el día. Carlos respondía lo justo. Nadie parecía notar nada extra?o.

  Pero él no podía dejar de pensar en la hierba azul, en el cielo imposible, en la sensación de estar despierto de verdad por primera vez.

  Cuando terminó, subió a su habitación.

  Se tumbó en la cama, mirando el techo.

  —Si vuelvo a so?ar… —pensó— ?volveré allí?

  No sabía si quería que pasara.

  Cerró los ojos.

  Y, por primera vez en mucho tiempo, esperó quedarse dormido.

  Carlos cerró los ojos y, como si se hundiera en el agua, sintió que el sue?o lo atrapaba. No fue un instante, ni un salto; fue más bien una sensación de caída lenta, de peso que se deshacía y se volvía aire. Su respiración se volvió más profunda, más regular, y luego… silencio.

  Se incorporó de golpe.

  El mundo había cambiado.

  No estaba en su habitación. No estaba en su cama. Ni siquiera en la calle que reconocía. Estaba de pie, sobre aquella hierba azul que parecía brillar suavemente bajo un cielo amplio, con nubes que flotaban lentas y casi líquidas. La luz se filtraba de un modo imposible: cálida, pero fría al mismo tiempo.

  Carlos respiró hondo. Su corazón latía más rápido, pero no de miedo. De curiosidad. De asombro.

  —Otra vez… —murmuró, casi para sí mismo.

  Se miró las manos. Esta vez las examinó más despacio. Cada movimiento era familiar, y aun así extra?o. No solo eran sus manos; eran diferentes. Más ágiles, más vivas, como si cada músculo recordara algo que él, en su mundo humano, nunca había sentido.

  Caminó unos pasos, dudando, sintiendo cómo la hierba azul cede suavemente bajo sus pies. Cada paso producía un leve sonido, un susurro que se esparcía por el aire como si el mundo lo escuchara.

  Cerca del lago, el agua seguía en calma. Carlos se inclinó y observó su reflejo otra vez. Los ojos azules, intensos, lo miraban con una claridad que dolía un poco. La cola detrás de él se movió lentamente, siguiendo sus impulsos, balanceándose de forma natural.

  Se sentó junto al lago y dejó que las manos tocaran la superficie. El agua estaba fría, pero no incómoda. Su reflejo se ondulaba con las ondas que creaba. Miró la cola moviéndose detrás de él y, por un instante, se sintió más él que nunca. Era él. Pero no el Carlos del instituto, ni el que cenaba con sus hermanos en silencio. Este era… alguien que podía ser cualquier cosa.

  Algo dentro de su cabeza le habló. No era una voz clara, como la de alguien que grita; era más bien un eco, un murmullo que parecía surgir de su propia garganta.

  —Interesante…

  Carlos dio un respingo y se llevó una mano al pecho. La voz no estaba ahí, pero sí estaba ahí.

  —?Quién…? —susurró, inseguro.

  No hubo respuesta. Solo la sensación de que no estaba solo.

  Se recostó sobre la hierba, mirando el cielo imposible. Los pensamientos vinieron solos:

  ?Estoy so?ando? ?Esto es un sue?o? ?O… algo más?

  Se sentía consciente, como nunca en un sue?o. No podía recordar que alguna vez hubiera tenido un sue?o que se sintiera tan real. Cada sensación era nítida: el viento sobre la piel, la hierba bajo los dedos, el agua fría del lago. Todo era tangible. Todo lo era, y aun así, no pertenecía a su mundo.

  Carlos se incorporó y caminó alrededor del lago. La luz cambiaba sutilmente con cada paso, como si respondiera a su movimiento. Era extra?o, pero no incómodo. Casi… natural.

  Cerca del borde, notó algo más. Una roca alta y lisa que se elevaba sobre el agua. Subió sin pensarlo, con movimientos ágiles que no creía posibles. Al llegar a la cima, se apoyó y miró el paisaje. No había árboles comunes, ni monta?as familiares. Solo colinas suaves, ríos que brillaban como plata líquida y, a lo lejos, construcciones que parecían hechas de luz y piedra a la vez.

  Carlos sintió un escalofrío. Todo aquello parecía un lugar que existía por sí mismo, sin necesidad de que él estuviera allí. Pero él estaba. Y lo más extra?o: lo sentía propio.

  Se dejó caer de espaldas sobre la roca, respirando con fuerza. Por un instante, pensó en su habitación. En su hermano y su hermana. En la cena en silencio, con cubiertos que sonaban en la mesa, en la luz cálida de la cocina. Recordó cómo su hermana peque?a había removido distraída su comida, y cómo su hermano mayor había mirado el móvil sin levantar la vista. Todo eso parecía lejano, débil. Como si perteneciera a otro tiempo, otro mundo.

  Un susurro volvió a tocar su mente. Esta vez más claro, más presente.

  —No deberías estar aquí tan tranquilo…

  Carlos abrió los ojos de golpe y miró a su alrededor. No había nadie. Ningún ser visible. Solo el viento, las colinas y el lago.

  —?Quién está ahí? —preguntó, con voz más firme que antes.

  Silencio.

  Se quedó quieto, escuchando. La hierba se movía suavemente, el agua susurraba. Pero no hubo respuesta. Solo la sensación de que alguien estaba allí, dentro de él, observando.

  Carlos respiró hondo. Su corazón latía con fuerza, pero no de miedo. De emoción. De algo que no podía nombrar todavía.

  Se levantó. Caminó hacia el río que brillaba a lo lejos, dejando que cada paso confirmara que estaba allí, que existía allí. Cada sensación era intensa: podía sentir el agua desde la orilla, la textura de la tierra, incluso el viento rozando su piel con suavidad, como si el mundo mismo le hablara.

  Por primera vez en mucho tiempo, Carlos sintió que podía elegir algo. No sabía qué. No sabía cómo. Pero podía.

  Y, aunque todavía no tenía nombre para esa voz en su cabeza, algo le decía que no estaría solo mucho más tiempo.

  Se detuvo a unos metros del río. El agua brillaba como si estuviera hecha de peque?os fragmentos de luz atrapados en movimiento constante. Carlos se inclinó hacia adelante y tocó la superficie con la punta de los dedos. No sintió agua fría ni caliente. Sintió… presencia. Como si la corriente misma supiera que estaba allí.

  Un leve escalofrío le recorrió la espalda. Retrocedió un paso y respiró hondo. El viento agitó su cabello y la cola que todavía le resultaba extra?a detrás de él se movió automáticamente, balanceándose suavemente, como si fuera consciente de cada pensamiento suyo.

  Se preguntó si eso era normal. Si todos los que existían allí eran así. Si todos tenían partes de ellos mismos que él aún no podía comprender.

  Avanzó por la orilla, siguiendo el curso del río. El suelo era firme bajo sus pies, con peque?as piedras que se hundían apenas al caminar. Cada paso hacía crujir el musgo y las hojas de un verde que no existía en su mundo. Miró a lo lejos y vio árboles, pero no árboles de verdad: eran torres de luz y sombra, con ramas que parecían dibujadas en el aire y hojas que parecían flotar sin viento.

  —Esto… esto es demasiado raro —susurró, riéndose de sí mismo.

  Y, sin embargo, había algo cómodo en esa rareza. Algo que lo hacía sentir vivo, más que cualquier día en su habitación mirando apuntes, más que cualquier clase en la que se sentía invisible.

  Se sentó en una piedra cerca del río, dejando que sus pies tocaran el agua. La sensación era extra?a, como si el líquido no tuviera peso, pero aun así mojaba ligeramente. Carlos cerró los ojos.

  El murmullo volvió. Más claro esta vez, más insistente. No una voz con palabras, sino un eco dentro de su cabeza que parecía querer captar su atención.

  —…eh, estás demasiado callado.

  Carlos abrió los ojos, frunció el ce?o y miró alrededor. El río seguía tranquilo, las luces de los árboles danzaban a lo lejos, y no había nadie allí. Su respiración se aceleró levemente.

  —?Quién… estás ahí? —preguntó, con un hilo de voz.

  Silencio.

  Solo el viento.

  Carlos se dejó caer de espaldas sobre la roca. Miró el cielo, tan amplio que casi le dolía la vista. Se quedó así durante un rato largo, sin pensar en nada concreto. Solo respirando, sintiendo la brisa, escuchando el agua.

  Luego, como un impulso, levantó la mano y extendió los dedos. Quiso probar algo. Solo tocar. Solo ver. Recordó un truco de un videojuego que había visto, donde el personaje creaba hilos de luz con la punta de los dedos. Sonrió con suavidad. No creía que fuera posible.

  Aún así, concentró la mirada en la corriente frente a él y… un hilo de luz temblorosa surgió de su dedo, dibujando un peque?o arco sobre el agua. Carlos retrocedió un poco, atónito.

  —No puede ser… —susurró.

  El hilo desapareció tan pronto como apareció, como si nunca hubiera estado allí. Pero él lo había visto, lo había sentido. Su corazón palpitó fuerte.

  —Esto… puedo hacer esto —murmuró, con una mezcla de miedo y emoción.

  Se levantó, incapaz de quedarse quieto. Cada paso lo llenaba de una curiosidad que nunca había sentido en su mundo. Quiso saltar, correr, explorar, tocar cada piedra, cada árbol, cada corriente de aire. Quiso saber qué más podía hacer.

  Y, en el silencio del mundo extra?o, volvió a sentirlo: la presencia. Esta vez más cercana. Como si alguien —o algo— estuviera caminando con él, invisible pero perceptible.

  Carlos respiró hondo y sonrió levemente. Por primera vez en mucho tiempo, no había preocupación por notas, ni por cómo actuar frente a sus compa?eros, ni por su madre o su hermano. Por primera vez, todo el peso de su vida normal parecía no existir.

  Se dejó caer junto al río, apoyando la cabeza en sus brazos cruzados sobre las rodillas. Cerró los ojos y escuchó: el agua, la brisa, su propio corazón.

  Y, aunque todavía no podía poner un nombre a la voz en su cabeza, aunque no sabía qué era ni si lo ayudaría o lo traicionaría, sintió algo claro: no estaba solo.

  Por primera vez, Carlos no se sentía invisible. Por primera vez, sentía que algo de él pertenecía a este lugar.

  Y mientras el sol imposible comenzaba a caer detrás de los árboles que flotaban en la distancia, Carlos decidió caminar más lejos, explorar más allá del río, sin miedo, sin prisa, solo dejando que sus pasos lo llevaran.

  Porque allí, en aquel mundo que no existía en mapas ni libros, todo era posible. Y él… podía ser algo más que un chico que se arrastraba por los días.

  Si quieres, en la siguiente sección puedo:

  Introducir interacción con criaturas o habitantes del mundo, todavía con un tono de descubrimiento y sorpresa.

  Mostrar cómo Carlos empieza a probar habilidades más activamente, con peque?as fallas y éxitos.

  Hacer que la voz en su cabeza se vuelva más presente, empezando a “hablarle” con intención, sin nombre todavía.

  Se quedó un momento inmóvil, observando cómo el río se curvaba hacia el horizonte. La luz dorada del atardecer pintaba la superficie de peque?as centelleantes que parecían latir al compás de algo que él no entendía. Se inclinó y rozó el agua con la punta de los dedos; no sentía frío ni calor, solo una sensación extra?a, como si su propia energía se reflejara en la corriente.

  El mundo era silencioso, pero no muerto. Había un ritmo que no podía identificar: el susurro de las hojas suspendidas, el murmullo del viento entre ramas que no eran ramas, un latido sutil que parecía provenir del suelo bajo sus pies. Carlos respiró profundamente y notó que cada inhalación parecía más intensa que cualquier aire que hubiera respirado en su habitación humana.

  Avanzó un poco, siguiendo el curso del río, sin prisa, con la sensación de que cada paso le ense?aba algo. El suelo se sentía vivo: cada piedra le devolvía un peque?o cosquilleo, cada hoja al rozar sus piernas parecía recordarle que no estaba solo, aunque no hubiera nadie a la vista.

  Cerca de un grupo de árboles extra?os, se detuvo. No eran árboles en el sentido que él conocía. Sus troncos parecían translúcidos, como si la luz pasara a través de ellos y se refractara en peque?as motas brillantes. Sus hojas flotaban en el aire y se movían con independencia del viento. Carlos extendió la mano hacia una de ellas. La hoja giró suavemente y se alejó, dejando un rastro de luz que desapareció poco después.

  —No puedo creer que esto exista —susurró, casi sonriendo.

  Un escalofrío recorrió su espalda, pero no de miedo. Era una emoción pura, difícil de describir, mezcla de curiosidad y asombro. Cada sensación parecía amplificada, más intensa que cualquier cosa que recordara de su mundo humano.

  Se sentó en la hierba azul, dejando que la cola descansara detrás de él. Miró cómo el río reflejaba la luz dorada y cómo peque?as ondas se extendían al tocar la superficie. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía necesidad de imitar a nadie. No tenía que preocuparse por agradar, encajar o responder correctamente. Solo existía, y eso era suficiente.

  Entonces, sintió de nuevo la presencia. No era una voz clara, sino un murmullo, un hilo que parecía recorrer su mente de manera sutil. Esta vez más perceptible, más insistente.

  —No deberías quedarte quieto por mucho tiempo —susurró la sensación.

  Carlos frunció levemente el ce?o. No podía decir si era una advertencia o un comentario. No había forma de distinguirlo. Pero no le desagradó. Al contrario: había algo estimulante en esa insistencia, como si aquel hilo invisible quisiera que explorara más, que se moviera más lejos.

  Se levantó lentamente, decidió seguir río arriba, dejándose guiar por la intuición. Cada paso era un descubrimiento: peque?as formaciones de piedra que no se sostenían naturalmente, charcos que reflejaban un cielo distinto al que estaba arriba, hierbas que vibraban levemente al rozarlas. Cada detalle parecía dise?ado para llamar su atención, para ense?arle algo que aún no comprendía.

  Pronto llegó a un recodo del río donde el agua formaba una especie de espejo natural. Carlos se inclinó y vio su reflejo, pero esta vez no buscó compararse con el humano que era. Solo observó: las orejas, la cola, los ojos intensos, cada movimiento reflejado perfectamente. Era él, sí, pero también no lo era. Y eso lo hizo sonreír suavemente.

  —Nunca había sentido algo así —murmuró para sí mismo, sin la necesidad de decírselo a nadie.

  El sol comenzaba a hundirse detrás de los árboles flotantes, y la luz cambió de dorado a un tono rojizo, te?ido de naranja y púrpura. Cada cambio en el cielo parecía acompa?ar sus pensamientos, como si el mundo respirara junto a él.

  Carlos se recostó sobre la hierba, mirando cómo los colores se mezclaban en un espectáculo silencioso. No sabía cuánto tiempo permaneció así, ni si el mundo entero estaba detenido o si él simplemente había dejado de notar el paso de las horas.

  Al final, un pensamiento se instaló firme en su mente:

  No sé qué es este lugar… pero quiero seguir explorando. Quiero ver más.

  La presencia volvió a recordarle algo, un hilo sutil, sin forma:

  —No estás solo. No lo has estado nunca.

  Carlos cerró los ojos, respirando profundamente. No podía poner nombre a eso, ni definirlo, ni siquiera entender si era amigo o algo más… pero una certeza lo envolvió: algo esperaba por él, más allá del río, más allá de los árboles, más allá de cualquier cosa que pudiera imaginar.

  Y con esa sensación, permitió que la oscuridad del atardecer lo envolviera, sin miedo. Por primera vez, sentía que el mundo humano y sus problemas podían esperar. Por primera vez, estaba completamente presente en otro lugar que, aunque extra?o, parecía… suyo.

  Carlos se levantó con cuidado, estirando los brazos hacia el cielo que ahora tenía un tono más claro que la tarde anterior, como si la luz misma le diera la bienvenida. Su cola se movió automáticamente detrás de él, balanceándose con cada movimiento, y él todavía tenía que acostumbrarse a sentirla como parte de su cuerpo.

  El río seguía allí, reflejando un azul diferente al que había visto antes. Era más profundo, casi como un espejo líquido, y Carlos no pudo evitar acercarse de nuevo. Esta vez levantó la mano con más decisión. Recordó un movimiento que había visto en un anime, un truco simple de energía que un personaje usaba para mover objetos a distancia. No sabía si funcionaría aquí, pero había algo en su instinto que lo empujaba a intentarlo.

  Extendió los dedos hacia una peque?a piedra que flotaba a la orilla. Concentró su atención, imaginando cómo se movería. Por un instante, nada pasó. Luego, un ligero temblor. La piedra vibró, se elevó un par de centímetros y cayó de nuevo al suelo.

  Carlos parpadeó, sorprendido.

  —No… ?es esto posible? —susurró.

  El corazón le palpitaba rápido, no de miedo, sino de emoción pura. No estaba seguro de si podía controlarlo aún, pero había funcionado. Peque?o, casi imperceptible, pero real.

  Se pasó una mano por el cabello y miró alrededor. Todo parecía igual que ayer, pero diferente. La luz, la brisa, incluso el río que parecía más vivo que antes. Cada sensación era más intensa, más palpable. Podía sentir la humedad en la hierba, el roce del viento en la piel, y hasta un leve temblor en los dedos al tocar las piedras del río.

  Se sentó junto al agua y cerró los ojos un momento. Recordó su vida humana: su habitación, la cena silenciosa con su hermano y su hermana, los cuadernos abiertos en el escritorio. Todo parecía distante, como un recuerdo de otra vida. Aquí, en este lugar, sentía que cada acción tenía peso, que cada movimiento era observado por algo que aún no entendía.

  Decidió caminar un poco más lejos, siguiendo el río. Esta vez lo hizo con más confianza, aunque con cautela. Observaba cada detalle: los árboles que flotaban suavemente, las piedras que parecían brillar bajo la luz, las corrientes de aire que rozaban la piel de manera casi consciente. Todo parecía moverse con un ritmo propio, respondiendo a su presencia.

  Se detuvo de arrepentimiento. Allí, en una curva del río, vio algo que lo hizo contener la respiración: un grupo de peque?as criaturas flotando sobre el agua. No eran animales que conocieran. Tenían cuerpos translúcidos y brillantes, como gotas de luz que flotaban, y ojos diminutos que lo observaban curiosamente.

  —Hola… —dijo, inseguro.

  Las criaturas se separaron un poco, como si midieran sus movimientos, pero no huyeron. Carlos levantó la mano, dudando, y una chispa de luz saltó de su dedo. Una de ellas brincó sobre la chispa, y entonces desapareció en un destello.

  Carlos soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sonrió suavemente. La sensación era extra?a, emocionante, y le recordaba que todo era posible aquí, aunque todavía no supiera los límites.

  Caminó más allá, perdiéndose entre la vegetación y las corrientes de aire que parecían moverse de forma independiente. Cada paso lo hacía sentir más vivo, más presente. Olvidó por completa la noción de tiempo humano.

  Y entonces, de repente, un sonido lo arrancó de golpe de su concentración: un pitido agudo que lo hizo sentarse de un salto. Su corazón latía con fuerza y ??sus ojos se abrieron con incredulidad.

  —?Qué…? —murmuró, sin entender.

  Abrió los ojos de golpe, y se encontró en su habitación humana. La luz del atardecer entraba por la ventana, y la alarma del despertador sonaba insistente. Se incorpora, confuso y desorientado, con la respiración acelerada.

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