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Capítulo 9 — “La voz que respira”

  Kael no recordaba haber quedado dormido, pero abrió los ojos como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible. El olor a incienso lo envolvió, espeso y dulce, casi empalagoso. Las cortinas de terciopelo rojo se mecían aunque no había viento, y las luces doradas iluminaban un escenario vacío que parecía esperarlo.

  El piano en medio del tablado estaba cubierto de polvo, un polvo tan fino que parecía ceniza. Cuando Kael pasó un dedo por encima, una nota solitaria vibró, apenas audible.

  —Ya empezamos con las sutilezas —murmuró, sonriendo con ese gesto ladeado que tanto irritaba y encantaba al mismo tiempo.

  Del techo colgaban marionetas. Todas vestidas como él.

  No como él cuando llegó al castillo, sino como él en su mejor día sobre un escenario: camisas de seda negra, chalecos ajustados, cabello impecable, expresión seductora congelada justo antes del primer aplauso.

  Pero tenían los ojos cosidos con hilo negro.

  Negro brillante.

  Muy tenso.

  Como si lo que estuviera detrás quisiera salir.

  Kael se inclinó teatralmente, puro reflejo.

  Y entonces ocurrió.

  Una ovación estalló desde la oscuridad del auditorio.

  Una multitud invisible.

  Aplausos perfectos.

  Sin variaciones.

  Sin humanos.

  Sin aire.

  Como si las manos que aplaudían fueran todas la misma.

  —Oh, qué maravilla —dijo Kael, dejando caer una risa suave—. Por fin, un público que no me interrumpe.

  Pero cuando levantó la cabeza, todas las marionetas que colgaban lo miraban.

  Los hilos negros ya no cosían los párpados.

  Ahora estaban rotos.

  Y los ojos abiertos.

  Un susurro se deslizó desde los bastidores.

  Una voz como la suya, pero más suave, más dulce, más peligrosa.

  —La función apenas comienza.

  Kael giró despacio.

  Demasiado despacio.

  Como si su propio cuerpo le negara la rapidez.

  El telón del fondo se abrió solo, revelando una figura recortada por la luz:

  él mismo.

  Pero más alto.

  Más elegante.

  Más hermoso.

  Demasiado perfecto.

  Como si alguien hubiera limado cada imperfección humana.

  El doble caminó hacia él. Su sombra lo precedía, larga y ondulante como un humo vivo.

  —Sabía que llegarías tarde —dijo el otro Kael con su misma sonrisa, pero sin calor—. Siempre te ha gustado hacer esperar.

  Kael sintió un peque?o escalofrío.

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  No en la piel.

  En el tórax, como si algo dentro de él hubiera reconocido a la figura antes de que su mente lo hiciera.

  —?Eres…? —preguntó Kael.

  —Soy lo que podrías ser —respondió el doble, inclinándose con gracia imposible—. Si dejaras de fingir que eres débil. Si dejaras de fingir que eres humano.

  Kael se tensó.

  Apretó los dientes.

  Apretó las manos.

  La sangre en su cuerpo sintió una vibración extra?a, como si el aire lo acariciara desde adentro.

  —No sé qué demonios eres —gru?ó—, pero no voy a seguir tu guion.

  El doble sonrió con una ternura escalofriante.

  —Kael… querido… tú eres el guion.

  Las luces del escenario parpadearon.

  El terciopelo de las cortinas se llenó de arrugas que parecían respiraciones.

  Las marionetas descendieron lentamente, como atraídas por un imán gigante.

  Y Kael sintió algo inconfesable:

  el escenario lo escuchaba.

  Era como estar frente a un público hambriento.

  Un público dispuesto a devorarlo.

  El doble abrió los brazos.

  —Canta.

  Kael retrocedió un paso.

  —?Perdón?

  —Canta, Kael.

  Tu voz es lo único que tienes.

  Lo único que siempre has tenido.

  Muéstrame cuánto puedes brillar… o cuánto puedes romper.

  Las marionetas se acercaron más, las cuerdas tensándose, los rostros de madera sonriendo con grietas que se abrían demasiado.

  Kael tragó saliva.

  Su garganta ardía un poco, no de miedo… sino de impulso.

  Ese impulso eléctrico que sentía cada vez que subía al escenario.

  Ese impulso primario.

  Se aclaró la garganta.

  Y cantó.

  La primera nota fue suave.

  Un murmullo.

  Un suspiro.

  Pero las luces reaccionaron.

  No parpadeaban: vibraban con la frecuencia exacta de su voz.

  El doble soltó una risita encantada.

  Kael siguió cantando.

  Una melodía corta, quebrada, improvisada.

  Las marionetas se acercaron demasiado, la madera rozándole los brazos, como buscando absorber el sonido.

  El escenario tembló.

  Y la segunda nota salió demasiado perfecta.

  No humana.

  Como si su voz estuviera hecha de cristal líquido.

  El doble aplaudió, lento, satisfecho.

  —Ahí estás.

  Por fin.

  Por fin.

  Kael sintió un tirón detrás de los ojos.

  Un parpadeo involuntario.

  Su visión cambió por un instante:

  el teatro era carne.

  El telón era piel.

  Las luces eran pupilas.

  Y el doble era…

  algo sin nombre.

  Kael dejó de cantar.

  El silencio cayó como una cuchilla.

  —No volveré a hacer eso —dijo en voz baja.

  El doble se acercó.

  Su aliento era tibio, como un susurro contra el cuello.

  —Pero si lo deseas.

  Lo has deseado desde siempre.

  ?No lo sientes, Kael?

  Ese vacío en el pecho que solo se llena cuando te admiran… o cuando te temen.

  Kael retrocedió.

  Su sombra temblaba como si quisiera escapar de su cuerpo.

  —Cállate —murmuró.

  —Tarde —respondió el doble—. El castillo ya te escuchó.

  Kael sintió un peso en el pecho.

  Un ahogo.

  Una presión.

  Como si su propio corazón estuviera a punto de cantar por él.

  —?Qué quieres de mí? —jadeó.

  El otro entrecerró los ojos.

  —Quiero que dejes de ser peque?o.

  Quiero que aceptes lo que eres debajo de tu piel.

  Kael tembló.

  No de miedo físico.

  No de terror.

  Era algo peor:

  reconocimiento.

  Hubo un crujido.

  El escenario comenzó a inclinarse.

  Las marionetas cayeron como cuerpos decapitados, desparramándose con sonidos secos.

  El doble abrió la boca para decir algo más…

  pero la luz lo envolvió y lo rompió como un espejo.

  Kael cayó de rodillas, respirando como si hubiera corrido millas.

  A su alrededor, el teatro volvía a ser teatro.

  Las marionetas volvían a tener los ojos cosidos.

  El telón estaba inmóvil.

  Pero sus manos temblaban.

  Y en la madera del piano, grabadas como u?as furiosas, leyó una frase que no estaba allí antes:

  EL CASTILLO COBRA SU PRECIO.

  Kael levantó la vista.

  El eco de su propia voz —o la de su doble— susurró desde algún punto oculto:

  —Y tú, Kael… ya estás pagando.

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