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Ixen y Domenico

  Para Ixen el día había tomado un nuevo cariz. Aquello que prometía ser una excursión, un recado rápido que terminar cuanto antes, ahora se le antojaba un largo recorrido por el camino de la fe, la superación, y sobre todo un ejercicio personal de convencimiento de su comportamiento ejemplar.

  Para Domenico la jornada no prometía nada. En absoluto. Otro aburrido día en compa?ía de aquel... tipo raro. Lo miró desde su caballo. Ixen iba a lomos de una hermosa yegua parda. Pensó que muy probablemente sería lo más cerca que aquel extra?o personaje estaría jamás de una hembra. ?Pero por qué sonreía ahora? Sin duda, el paladín estaba loco.

  —?Adónde nos dirigimos? —preguntó el joven.

  —A Neil. Es una aldea peque?ita que se encuentra a unas pocas horas, una aldea modélica, debido a sus habitantes. Comeremos allí hoy.

  ?Por fin! Irían a un lugar en el que hubiera gente. Quizá incluso gatos.

  —?También hay tabernas?

  —No, hay una posada que hace las veces de taberna. No es necesario más. Los lugare?os apenas ponen el pie en ella, son muy rectos y poco ociosos; gente muy sencilla y amable. Buenos feligreses. Hay una peque?a capilla dedicada a mi Dios, que por cierto recuerdo abarrotada de fieles en las horas de oración. Hace un par de a?os tuve la suerte de caer por allí, en misión de acompa?amiento y escolta del padre Thomas, en el que me traje también a seis de mis hombres —se detuvo a tomar aire y sacudió la cabeza con cierta vanidad —lo cierto es que el pueblo me adoraba... ?Dios! ?me trataban casi como a un salvador! ... sí, gente ejemplar aquella —hizo una pausa —les daremos una grata sorpresa.

  —?En serio existe una aldea de gente como tú? —preguntó Domenico entre la incredulidad y el terror.

  —No —respondió Ixen riendo de auto admiración —como yo no. Si a lo que te refieres es a una comunidad guiada por los más puros valores, entonces sí, existe; y espero que haya muchas más, mi apreciado amigo —respondió con cierta condescendencia —nos van a tratar como a reyes.

  Dicho esto, Ixen respiró hondo aquella autocomplacencia de la que solía alimentarse. Domenico por su parte, se despidió de todas sus ilusiones y siguió cabalgando desinflado. Se preguntaba cómo sería una aldea con gente como la descrita. No habría licores, ni música, ni mujeres... Se figuró a los aldeanos de Neil con el mismo rictus que todos los hombres de la abadía, esas expresiones tristes y apagadas, esas miradas sin vida y ese tono de piel grisáceo, obtenido a la fuerza por las reclusiones voluntarias en sus celdas, los paseos por los oscuros claustros y la alimentación austera. No, en este caso no; eran campesinos así que tendrían un buen color, aunque tuvieran la mirada muerta. Por la descripción de la localidad dada por Ixen, su única esperanza de encontrar diversión era que se diera la casualidad de que hubiera algún extranjero en la posada. Quizá un grupo de viajeros, algún explorador, un emisario... o un mercader ambulante, al menos. Ya apenas podía recordar cómo era la sociedad fuera de la Iglesia. Cuando consiguió que lo enviaran a pasar una temporada a otro centro, bajo la tutoría del arzobispo Thomas, pensó que podría aprender algo interesante, cambiaría de ambiente; pero resultó ser más de lo mismo. Pudo disfrutar de la novedad los primeros días: el lugar, el viaje, los compa?eros, la comida... aunque esta vez no tendría eso siquiera; ya sabía adónde regresaba y a quienes encontraría allí.

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  Aun no habiéndose detenido a dar de beber a los caballos y yendo a una velocidad equivalente a la de un hombre andando pero con las piernas muy largas, habían llegado a Neil a mediodía. Domenico no pudo evitar preguntarse por qué demonios no habían pasado la noche allí.

  —Cuando el sol está en lo más alto dedicamos unas oraciones al Se?or, justo antes del almuerzo —se?aló Ixen, con toda seguridad tratando de justificar el hecho de que no se viera un alma por los alrededores.

  Habían llegado adonde el camino se ensanchaba formando una explanada que daba acceso a un grupo de peque?as casas de piedra al frente, unos campos sembrados a diestra y tres o cuatro granjas a su izquierda flanqueadas por un arroyo. No se veía a nadie, sólo ganado. Esto hizo sonreír al paladín, que dio por hecho que todos estarían en el templo. Esto también hizo sonreír al aprendiz, ya que dio por hecho que todas aquellas reses pastaban sin vigilancia alguna.

  Ixen se apeó de su montura y echó a andar hacia adelante. Domenico lo imitó. En pocos metros se encontraban en lo que parecía la avenida principal. Ixen giró en la tercera bocacalle a la derecha, que era la más amplia hasta el momento; y allí estaba, de frente, la capilla. Al parecer la simple visión de una cruz ejercía algún poder sobre aquel hombre, ya que se hinchó de manera repentina y comenzó a caminar de un modo que Domenico interpretó como intento de aplomo e importancia; aunque a su parecer resultaba bastante asexuado. Muy próximos ya al arco de medio punto que coronaba el portón, el paladín aceleró el paso con ansia, haría una gran entrada y sorprendería a todos sus admiradores. Abrió la doble puerta con ambas manos mientras tomaba aire y sonreía expectante.

  Tras un agudo y largo chirrido la luz entró. Al parecer era lo único que había entrado en mucho tiempo. En ese momento Ixen no supo qué sentir. él esperaba ser laureado, y los únicos laureles que encontró allí fueron los que había colocado él mismo a los pies del altar. Y de eso hacía un par de a?os...

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