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Cap 14. El violín tocó, y le destrozó el corazón

  Las clases pasaron. El reloj marcó las 14:00.

  Había sido un día corto; la inspección del ministerio se había alargado. Mientras los estudiantes del turno ma?ana se iban, los del turno tarde llegaban. Antes de salir, Feralynn y Annya caminaron juntas por un pasillo del cuarto piso.

  Annya quería explorar más del castillo, en especial la gran biblioteca.

  “No sabía que te gustaba tanto leer. ?Rose te contagió su esencia nerd o algo así?”

  “Je, no. Es que no dejo de pensar en el hechizo de la profesora Romina.”

  “…?Te refieres a esa luz que me quemó la mano como el infierno?”

  “?Mhm! Ese mismo.” Soltó una risita. “Tal vez lo use cuando me hagas enojar. Mi arma letal~”

  Feralynn controló media sonrisa.

  “Es un milagro. Dudo que ense?en eso en la primera semana.”

  Annya le tomó la mano.

  “?Por eso vamos a la biblioteca!”

  “Pensé que querrías ir con Rose y Jax.”

  Se encogió de hombros.

  “Eh… ayer se anotaron en el club de teatro. No es lo mío. Estaba pensando en unirme al club de cocina. Yo sería presidenta y ellos se arrodillarían ante mis postres. ?Princesa Annya! No, espera… ?Reina Oak!”

  “Cuidado.” Fer sonrió con malicia. “No dejes que Lady Miria se una o te va a robar el trono.”

  Annya se rio y empujó el brazo de Fer en broma. Las dos terminaron riéndose.

  “?Y tú? ?Algún club te llamó la atención? Podríamos unirnos a uno juntas, ?sabes? Solo… no elijas algo demasiado violento…”

  Feralynn se mordió levemente el interior de la mejilla.

  “No mucho… usé tu tonta técnica de ‘Destrartes’ que me ense?aste cuando no puedo decidir.”

  “Descartes.” Annya corrigió, levantando un dedo. “La técnica de Descartes.”

  “Sí, sí. Eso.” Suspiró. “Solo uno quedó marcado…”

  “?Cuál?”

  “…la Unidad Spellborne.”

  Un jadeo de sorpresa.

  “Fer… ?eso es solo para los últimos a?os!”

  “Lo sé. Dicen que los exámenes de ingreso empiezan desde cuarto a?o… pero…”

  “…Ya veo.”

  Feralynn apartó la mirada. Su tono se apagó, igual que sus ojos. Annya lo notó. Se detuvo, dejó su mochila en el piso y revolvió entre sus cuadernos.

  “No pudimos encontrarte, pero Rose me pidió que te mostrara esto.” Sacó un folleto estudiantil llamativo. “Piensa anotarse.”

  No hacía falta tomarlo para leer. Las palabras resaltaban con claridad incluso desde lejos.

  TORNEO ELEMENTAL ANUAL.

  “Dijo que si tú participas, van a terminar en primer lugar. Viendo lo que hiciste hoy, no lo dudo, jeje.”

  “Ya veo… esto suena interesante.”

  Fer tomó el folleto para leerlo. Divisiones por a?o y elemento, duelos y desafíos. Se quedó quieta, los ojos escaneando las reglas para anotarse, más rápido que su capacidad para decidir. Annya la dejó leer en medio del pasillo. Inclinó la cabeza para mirar la mano de Fer, donde Romina había lanzado su hechizo. Se animó a tomarla, levantándola para verla más de cerca.

  “O-Oye…” protestó Fer, ruborizándose, pero no retiró la mano.

  “?Todavía te duele?” Curiosa, Annya inspeccionó un poco más. “Dioses… ahora que lo veo mejor, tienes un montón de marcas.”

  “Devuélvemela.” El tono de Fer fue cortante, y por un momento apartó la mirada. “Vámonos. Antes de que me dé un infarto en el auto de tu mamá…” Empujó el folleto con un gru?ido, arrugando el papel. “Tal vez me anote a ese torneo estúpido, pero si me molestan, les voy a patear el culo.”

  Annya parpadeó. Exhaló suave por la nariz, con una sonrisa tranquila mientras alcanzaba a su amiga.

  “Si te unes, los vas a mandar a todos a la enfermería.” Soltó una risita. “Van a necesitar un montón de milagros.”

  “Hm.”

  “?Sabes? Nunca vi un hechizo de curación en hospitales. Tal vez porque no fui tan seguido…”

  “Mhm”, murmuró Fer, la mirada al frente. “O tal vez sí, y te borraron la memoria.”

  “Qué raro. Incluso en mi familia, nunca llamaron sanadores ni clérigos. Solo vamos a la farmacia o a clínicas.”

  “Je, supongo que si curaran a todos con magia, se quedarían sin negocio.”

  Hubo una pausa. Annya se animó a preguntar.

  “Fer, tu mamá es una blank, como toda mi familia. ?Y tu pa…”

  “Ya llegamos.” Fer la cortó, se?alando la entrada de la biblioteca. “…Dudo que encontremos tu libro de curación…”

  Ambas se quedaron quietas al ver la coreografía de libros abiertos, aleteando como búhos silenciosos por el aire. Un tráfico caótico sin choques. Los ojos de Annya se abrieron, brillando de asombro. La boca se le abrió por reflejo…

  “Shhhhh…”

  Un sonido suave atrajo su atención hacia el escritorio cerca de la entrada.

  “Se nota que son de primer a?o.” Una risita amable. “Todos ponen la misma cara cuando entran a la biblioteca por primera vez.”

  Un goblin anciano, piel como aceitunas secas y una barba de cordero cuidadosamente arreglada. Llevaba unos lentes diminutos siempre apoyados en la punta de la nariz. Leyendo el periódico, su cucharita revolvía cubitos de azúcar en una tacita floral sin ayuda de nadie.

  Fer miró, con los ojos bien abiertos, los libros bailando en el aire. Los estudiantes de cursos superiores caminaban alrededor como si eso fuera perfectamente normal. Alzó la vista y no pudo contar cuántos pisos había, ni cuánto se estiraban las estanterías, llenas de tomos, algunos más viejos que el propio goblin, otros más nuevos, brillando con runas arcanas a lo largo del lomo.

  Annya mantuvo su sonrisa, mirando el techo de hojas y portadas hasta llegar al goblin amable.

  “Diga su solicitud, joven maga”, dijo sin levantar el periódico ni la mirada. “Y recuerde, baje la voz.”

  “Ehm… ?Milagros! No, espera… ?tiene un libro de milagros para primer a?o?” Risa nerviosa. “Nada demasiado difícil… es mi segundo día.”

  El viejo goblin soltó un “hmmm” antes de beber su té. La taza levitó de vuelta a su platillo. Abrió un cajón del escritorio y sacó una varita vieja de roble, con la punta agrietada. Notó los ojos de la chica de cabello naranja siguiéndola. Sonrió con orgullo.

  “Los guantes son modernos y prácticos”, dijo, haciendo un movimiento con la varita. Segundos después, una pila de libros se armó como una columna a su lado. “Pero las varitas todavía dan pelea.”

  Otro movimiento dirigido a la pila que crecía. La torre de libros levitó, acomodándose sobre una de las muchas mesas rectangulares largas. Tomó uno, lo abrió, inhaló hondo y suspiró satisfecho. Lo soltó, dejándolo unirse a sus compa?eros flotantes. “Tómese su tiempo, jovencita.” Y volvió a su sudoku del periódico.

  Annya fue directo a la mesa, separando la pila en dos columnas para revisar índices uno por uno. Fer la siguió, hasta que oyó un sonido. Golpecitos, suaves. Casi inaudibles, pero nítidos para sus oídos. Frunciendo el ce?o, se acercó a una estantería. Los golpes parecían venir de abajo. Empujó la estantería pesada hacia atrás con ambas manos. Pegó un salto cuando algo aleteó rozándole la cabeza.

  Un libro, aleteando. Feralynn lo miró, confundida. Extendió la mano. El libro se transformó en una paloma agradecida, dejándola acariciar su lomo.

  “Esto es… raro…” murmuró, antes de sentir la tapa rozarle la mejilla, dejando un rastro de polvo brillante como agradecimiento.

  “Está bien, está bien. Anda.” Pero no había irritación en su voz.

  El libro voló, contento. Lo perdió de vista entre los estantes interminables y el tráfico de páginas y tomos. El goblin soltó una risita baja, satisfecho.

  “Quienes ayudan a los libros tendrán amigos eternos”, dijo el viejo. Ni siquiera levantó la vista, solo gui?ó un ojo mientras sus dedos manchados de tinta tomaban una pluma y atacaban el sudoku.

  Feralynn puso los ojos en blanco, fingiendo no escucharlo. Se limpió la mejilla con brillo antes de sentarse al lado de Annya.

  “No… no… este es demasiado difícil… ehm, ?qué idioma es este…?”

  “Eso es Velkran”, observó Fer con desinterés, apoyando la mejilla en la mano, el codo sobre la mesa. “Ahí dice: ‘curación para clérigos principiantes’.”

  Annya miró a su amiga, algo sorprendida. Inspeccionó el libro más de cerca: incluso había ilustraciones de gestos y posturas de manos, símbolos y plegarias en varios idiomas. Reconoció el de su propia iglesia.

  “Tal vez me lleve este. Los otros no tienen tantas imágenes lindas.”

  “?Ni siquiera sabes el idioma y te lo llevas solo porque tiene dibujos?”

  “?Mhm! No sé el idioma, pero…” Lo miró de reojo. “Sí tengo a alguien que sí.” Se rio bajito.

  “Ni lo pienses.”

  Annya protestó. “?Eeeeeeh?” Un suave “ejem” del goblin cruzó la sala. “?Por qué no?” susurró, con expresión herida.

  “Yo no hago tarea gratis.”

  “?Hmph! Entonces… ?trato!”

  “Te escucho”, respondió Fer, aburrida, con la cabeza todavía sobre la mesa.

  “Yo hago tu tarea de álgebra y tú me traduces el libro.”

  “Pregúntale al viejo si no hay una copia en loriano, o si su varita lo traduce con un hechizo o algo así.”

  Toque.

  Annya presionó su dedo contra la mejilla de Fer.

  “Arruinas todo lo divertido. Eres gru?ona Y floja.”

  Fer solo se encogió de hombros, aceptándolo.

  “Por cierto, ?cómo sabes Velkran?”

  Ella no respondió, solo giró la cabeza hacia un lado sin levantarla.

  Misiones de infiltración e interrogatorios. Machacando rodillas hasta que cantaran la información sobre las posiciones del enemigo.

  “…Un tío lejano me ense?ó.”

  “Wow, no sabía que tenías un tío. ?Por qué no lo mencionaste antes?”

  “Porque no lo hice.” Cambió de tema. “álgebra y Alquimia.”

  “No, no. Solo álgebra.” Con los brazos cruzados, su mirada seria era, al menos para Fer, como ver a un hámster con mejillas pecosas infladas. “Alquimia es mía, mi orgullo como cocinera.”

  Fer parpadeó despacio. Levantó la cabeza, centímetro a centímetro.

  “Listo.”

  Annya aplaudió suave antes de buscar en su mochila un cuaderno y marcadores pastel. Su bolsillo vibró. Sacó su mirrorphone para leer el mensaje en la pantallita de espejo.

  A case of content theft: this narrative is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation.

  “Oh, mamá se va a demorar un poco. Dice que hay muchos clientes en la panadería.” Lo cerró con una mano. “?Perfecto! Más tiempo para que me ayudes.”

  “Mhm…”

  Toque. Toque. Toque.

  “?No te duermas!” susurró.

  “Zzz…”

  “?Feeeer!”

  El goblin se aclaró la garganta desde el escritorio, pero no levantó la vista del sudoku. Entre los estantes, solo el aleteo de páginas voladoras, el rasguido de plumas o el estornudo amortiguado de algún estudiante rompían la calma. El tiempo se deshilachó en ese murmullo constante de la biblioteca, hasta que pasó más de una hora y ambas seguían ahí, compartiendo un silencio que se sentía como si siempre les hubiera pertenecido.

  Annya sacó el libro en préstamo; el goblin anciano le puso un sello imposible de quitar con un contador, mostrando cuánto tiempo tenía para devolverlo o renovarlo.

  Fer bostezó, y su eco rebotó por el pasillo. Estiró los brazos mientras volvían caminando.

  “Valió la pena. Ahora tengo un nuevo escondite para siestas.”

  Annya negó con desaprobación, sonriendo.

  “Tuve que despertarte quinientas veces para que traduzcas.”

  “Hey, no es mi culpa. El aleteo de esos libros relaja.”

  Bajaron al tercer piso, rumbo al auto de la se?ora Oak. A mitad del pasillo, lo oyeron. Fer se detuvo.

  Una melodía fina, refinada. Pulida. El hechizo de un violín que no necesitaba maná para sacar su música hermosa. Annya cerró los ojos, saboreando el sonido delicado que le masajeaba los oídos.

  “Sí… es hermoso…” Abrió los ojos. “Debe ser el club de música. ?Quieres ver?”

  Fer solo se encogió de hombros, con cara aburrida. Se acercaron a la puerta entreabierta. Lo que había encendido su curiosidad ahora le hizo poner los ojos en blanco.

  “Por supuesto”, dijo con acidez. “?Por qué no me sorprende?”

  Miria, tocando el violín. Haciendo bailar las notas. Todo su club se había detenido con los instrumentos en la mano; incluso el profesor reptiliano estaba de brazos cruzados, sonriendo con aprobación. Ella sostenía el arco, pasándolo por las cuerdas en una caricia melódica y metronómica.

  Las clavijas estaban firmes, reflejando su postura. El apoyamentón sostuvo su mandíbula mientras ella giraba con la tapa frontal. No necesitaba guantes ni varita. El violín era su catalizador, mágico y emocional. La magia de su música era común, arcaica. Y aun así, tan encantadora que mantenía a todos en un silencio solemne.

  El violín no solo llenaba el aire, lo tensaba. Cada nota tiraba de un hilo invisible en el pecho de los presentes. Fer entrecerró los ojos: no quería admitirlo, pero la música le ara?aba algo por dentro, acusándola en silencio de ser una extra?a. Una intrusa. Una marginada.

  “Maldición…” murmuró, apenas audible, con los brazos cruzados fuerte sobre el pecho. “Ni siquiera necesita magia para presumir…”

  Annya, en cambio, estaba hechizada. Con la boca apenas abierta, los ojos brillándole como si estuviera viendo su primera nevada.

  “Fer… es increíble. Mira cómo…” Se detuvo, porque cuando miró a su amiga, se dio cuenta de que Fer no estaba sonriendo, no estaba compartiendo el asombro. Su cara estaba torcida por algo raro, mitad fastidio, mitad… otra cosa.

  Fer tragó saliva. La postura perfecta de Miria, el mentón justo sobre el apoyo, la serenidad de alguien que pertenecía a este mundo… ?por qué le hervía la sangre?

  “Se cree mejor que todos”, gru?ó al fin, aunque sus ojos no se despegaron del arco.

  Annya inclinó la cabeza y suspiró suave. “No sé, Fer. No veo arrogancia ahora. Veo… felicidad.”

  Eso dolió. Como un golpe bajo las costillas. Fer apretó la mandíbula; los dedos le ardían dentro de los bolsillos por un calor que no había querido invocar. No soportaba verla tan impecable, y menos aún soportaba ver que Annya lo notara.

  Adentro, la pieza creció hasta un clímax: un arrastre largo, un vibrato que hizo temblar incluso los vitrales. Todos contuvieron el aliento. Miria cerró los ojos, bajó el arco, y el silencio después fue casi más brutal que la música misma. Siguió un aplauso modesto. Miria hizo una reverencia discreta antes de dejar el violín.

  Fer se aclaró la garganta, girando la cabeza hacia cualquier otro lado.

  “Bah. No fue para tanto.”

  Annya, todavía conmovida, le apretó el brazo. Su sonrisa era tímida pero firme.

  “Admítelo, fue hermoso.”

  Fer no respondió. El calor en sus bolsillos se avivó y solo murmuró:

  “Deberíamos irnos.”

  Del otro lado de la puerta llegó la voz amortiguada del profesor, agradeciéndole su interpretación. La atención se desplazó hacia las observaciones que les daba al resto de sus estudiantes.

  Feralynn se quedó helada. El nudo en la garganta se le apretó más que una cuerda afinada a la perfección. Sintió a Annya tomarle la mano, la miró de reojo. Su amiga percibió esa tristeza tan palpable. Sonrió, no con una sonrisa amistosa, sino con una de empatía, de lástima.

  “Vámonos…” susurró suave, y Fer tragó saliva.

  “Sí…”

  La puerta frente a ellas se deslizó y se abrió por completo. Los ojos de Miria se encontraron con los de Feralynn. Ambas igual de abiertos. En un instante, el color les subió a las mejillas.

  “…”

  “…E-eee…” balbuceó Fer, pero fue inútil. Las palabras se negaron a formarse. Dio un paso atrás por reflejo, aterrada. Miria salió y cerró la puerta.

  “Blackwood”, saludó con indiferencia. “Oak”, agregó, mirando a Annya.

  “?Hola, Lady Miria!” saludó Annya con calidez. “Tocaste precioso, ?verdad, Fer?”

  “…Supongo.” Tosió para aclararse la garganta. “Sí, supongo. No sé, no soy música.”

  “Oh, no te preocupes. No tienes pinta allguna de serlo. Ni de lejos.”

  Fer casi explotó.

  “?Qué…?”

  “?Ja ja! Eso… eh… ?es un buen chiste, Lady Miria!” se rio Annya, haciendo lo posible por aligerar la situación. “?Verdad, Fer?”

  “…Sí. Un chiste.”

  Annya suspiró y se tapó la cara con la mano. Miria asintió.

  “Gracias. Ahora, si me disculpan, iba a tomarme un descanso corto.”

  “?Oh, está bien! Nosotras también nos íbamos. Podemos caminar un poco juntas por el pasillo”, dijo Annya.

  Feralynn y Miria se miraron de reojo. Ambas apartaron la vista. Annya caminó en el medio, como un puente, tarareando la melodía que la noble acababa de tocar. Lo que debería haber sido una caminata simple por un pasillo se volvió una cuerda que se tensaba más y más con cada paso.

  Desde la escalera de abajo apareció Chappi, con su peluca naranja asomándose debajo de un sombrero de copa. Saludó desde el extremo, acercándose.

  “?Buenas tardes, jovencitas!” Hizo una reverencia con el sombrero. “?Es usted la se?orita Blackwood?”

  Las tres se detuvieron. Annya fue la única que sonrió de vuelta, respondiendo el saludo del mayordomo payaso. Ante la pregunta, todas las miradas fueron hacia Feralynn, que parpadeó, confundida. Alzó una ceja, mirando primero los ojos de Miria y luego los de Annya. Miria. Annya. Chappi. “…?Pasa algo?”

  “Se?orita Feralynn Blackwood, le informo que está invitada a la oficina de la directora Astera y el director Smiley para una charla personal.” Hizo una pausa y aclaró rápido al ver sus ojos rojos asustados. “No tiene por qué preocuparse, no está en problemas, y es solo una invitación que puede aceptar cuando quiera. Nadie la está presionando.”

  Ella frunció el ce?o.

  “?Qué clase de… charla?” inclinó la cabeza, intentando leer detrás de la cara pintada.

  “?Oh! Me temo que es algo que solo usted puede hablar con los directores.” Se inclinó para susurrar, cubriéndose la boca con una mano. “No les diga que le dije esto, pero supongo que es para una demostración en el campo de práctica.”

  La revelación casi le dejó la mandíbula colgando.

  ?Una demostración, los directores? ?Qué demonios…?

  Antes de que pudiera responder, el bolsillo de Annya vibró de golpe. Abrió su mirrorphone con una mirada de disculpa. Habló con su madre unos segundos, dándoles la espalda.

  “Fer, si quieres, puedes ir ahora. Mamá está llamando como loca, por fin estacionó cerca de la parada del bus.” Miró a Chappi y luego a su amiga. Se inclinó para susurrarle al oído. “Luego te pasamos a buscar en el auto, no te preocupes. Muéstrales lo que sabes hacer.”

  “?Uh? ?Annya, espera…!”

  Fer estiró la mano, pero sus dedos solo atraparon aire vacío. El eco de los pasos de su amiga bajando las escaleras se desvaneció demasiado rápido. Tragó saliva, con el silencio apretándole el pecho. Miria no se movió. Solo cruzó los brazos con calma, como si hubiera estado esperando esto.

  Feralynn miró a Chappi.

  “Solo si usted lo desea, se?orita”, repitió con una sonrisa.

  “…”

  Pensó en las últimas palabras de Annie.

  Muéstrales lo que sé hacer…

  Recordó a Miria tocando el violín, apretó los pu?os; los nudillos se le calentaron.

  “Voy ahora mismo.”

  Decidió con firmeza.

  Chappi asintió, satisfecho.

  “La escoltaré a la oficina…”

  “Yo también voy.”

  “?Eh?”

  Miria, todavía de brazos cruzados, no se había ido. Por un momento Fer se había olvidado de ella, asumió que había vuelto adentro. Pero no, estaba ahí, con la misma determinación en la mirada.

  Chappi levantó las manos en rendición.

  “Se?orita Frostweaver, no me malinterprete, pero se me indicó invitar solo a la se?orita Blackwood.”

  La chica de cabello blanco dio un paso adelante.

  “Entonces yo también deseo hablar con ellos. Si los directores se oponen, me voy.”

  El payaso se acomodó el mo?o, riéndose nervioso.

  “Bueno, verá, yo…”

  Mentón alto como una guada?a antes de caer.

  “Le estaría muy agradecida, por favor.”

  “Oye, Frosty”, cortó Fer. “Vuelve con tus violines bonitos.” La miró fijo, y ambas se clavaron la mirada sin parpadear. “Me llamaron a mí, no a ti.”

  Miria, todavía con los brazos cruzados, le sostuvo la mirada.

  “Me iré solo si los directores se oponen.”

  “Tsk.” Fer se acercó, quedando a centímetros. El calor subiéndoles a ambas a las mejillas era una mezcla rara de rabia y algo más que les hacía temblar la voz. “Eres imposible.”

  “Y tú eres una completa infantil.”

  “?Qué me acabas de decir…?”

  Chappi aplaudió una vez, metiéndose entre halcón y lobo.

  “?Se?oritas, se?oritas! No se preocupen, las llevo a las dos y los directores decidirán. ?Ja ja! …Ja.”

  Se dieron vuelta en direcciones opuestas, con los brazos cruzados.

  “Increíble, justo lo que me faltaba”, escupió Fer, con veneno en la garganta.

  Miria no sabía por qué lo había dicho. Solo sintió que si dejaba que Blackwood caminara sola hacia los directores, iba a perder algo irremplazable. Y ya era demasiado tarde para deshacerlo.

  …

  …

  …

  Academia de Magia y Hechicería de Larion.

  Oficina de Dirección.

  Persistía una rutina calma. Ordinaria.

  “Du, du, duu…” tarareó la marioneta. “Hm, mmhm, mhmhm, hmmm~”

  Los dedos blancos tallados de Smiley armaban una pirámide de cartas. Cada una puesta con propósito, manteniendo la estabilidad de la estructura, igual que hacía con su colega. Canturreaba bajito, contento. De vez en cuando alzaba un dedo, se?alando a un lado para mover papeles que se firmaban solos.

  Astera estaba en el otro escritorio, más alto y recién comprado. Firmaba a mano, la espalda recta como las líneas que trazaba sobre el papeleo interminable. Se detuvo para alzar su taza blanca, grabada con “I <3 U MOM!”. No necesitó mirar ni hablar para que la se?al se entendiera.

  Smiley siguió tarareando, ahora apilando una torre de cartas al lado de la pirámide terminada. Con un tic del me?ique, una cafetera flotó y sirvió el néctar marrón y amargo en la taza de la elfa mientras ella leía.

  “Traslado de Dracos Eléctricos”, leyó, arqueando una ceja. “?En serio quieres que firme para que traigan esas cosas al castillo?”

  La mano de Smiley dejó una carta de corazón sobre la tercera pirámide que ya estaba armando.

  “?Son brillantes!” cantó con una risa tonta. “Y pueden mantenerse despiertos setenta y dos horas seguidas. Buenos centinelas aéreos, ?no crees?”

  “?No te alcanzan tus pájaros? Nadie siquiera sabe cuántos tienes dando vueltas por el campus, ni tú mismo.”

  “Hmmm, ?nop!~ Nunca es suficiente cuando se trata de proteger a nuestros ni?os.”

  Astera firmó el papel.

  “Te aviso desde ya: no voy a hacerme responsable de tus bestias mágicas.”

  Una carta de trébol, colocada con precisión quirúrgica en el segundo piso de la cuarta pirámide.

  “Oh, no te preocupes por eso, mi querida Astie. Conozco a un montón de domadores de bestias completamente chiflados. Solo es cuestión de unas llamadas~”

  “Sí, al manicomio…” murmuró Astera, dándole un sorbo a su café.

  Toc,

  toc,

  toc.

  “Adelante”, ordenó Astera con el cansancio de una jueza en recreo.

  “E-eh, directora Astera”, llegó la voz amortiguada de Chappi del otro lado. “Me temo que ha ocurrido un peque?o problemita con respecto a la se?orita Blackwood.”

  Smiley soltó una risita burlona, y luego su voz bajó.

  “Qué sorpresa…”

  Astera dejó de escribir al instante. Su rostro se mantuvo impasible, su voz firme.

  “Entonces entra y explica.” Fingió que su corazón no estaba acelerándose de anticipación.

  La puerta se abrió y, con ella, la memoria de Astera.

  Cuando alzó la vista hacia la silueta de la chica de cabello corto, se quedó paralizada. Un pinchazo agudo en la garganta la obligó a tragar. El bolígrafo se le resbaló de los dedos y cayó sobre los papeles; no había logrado cerrarle la mano encima.

  “?Blake…?” murmuró, casi inaudible, con los ojos reflejando la silueta de un hombre.

  Las pirámides de cartas de Smiley se derrumbaron, desparramadas. Su tarareo murió a mitad de nota. La madera de sus articulaciones dejó de crujir, rígida, mientras pulsos de luz blanca parpadeaban en sus cuencas huecas como un latido contenido.

  “Cielos…”

  “Oooohhhh… rayos…”

  Feralynn arqueó una ceja. Sonrisa nerviosa.

  “Eeee… ?sí?”

  Se le anudó el estómago.

  ?Por qué demonios me miran como si fuera un fantasma…?

  Astera parpadeó varias veces para afirmarse. Antes de que Smiley pudiera soltar uno de sus chistes interminables, otra chica entró.

  “Mis más profundas disculpas, directores”, dijo Chappi, inclinándose bajo en la puerta. “Intenté disuadirla, pero insistió en venir también.”

  Junto a Feralynn estaba Miria, firme, con los brazos cruzados. Misma altura, mismo filo en la mirada.

  “Directora Astera”, saludó con cortesía glacial. “Director Smiley.”

  Silencio. Astera frunció el ce?o, inquieta. Su colega de madera, en cambio, estalló en un deleite contenido.

  Feralynn no quitó los ojos de los directores, confundida, incómoda.

  Miria tampoco, aunque no podía sentir la tensión invisible. Para ella era simple: si iban a juzgar a Fer, ella se quedaría ahí también.

  “Vaya, vaya, vaya… Llamamos a un cuervo, pero llegó también un cisne. Veamos cuál vuela más alto…”

  ...

  ...

  ...

  ?

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