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Capítulo 88 - Noche sin Miedo

  Dejaron atrás el claro del río silencioso con una sensación renovada, aunque te?ida por el misterio del susurro del norte. El camino los devolvió a la realidad más áspera de la jungla de Veloria, pero algo había cambiado en la dinámica del grupo. La vulnerabilidad compartida en el claro parecía haber limado algunas de las aristas más afiladas de su convivencia forzada. Thorian seguía refunfu?ando sobre la ineficiencia del terreno, pero sus quejas tenían ahora un matiz casi rutinario, como el chirrido de una maquinaria familiar. Althaea mantenía su vigilancia experta, pero había una pizca menos de tensión en sus hombros. Y Martín, aunque todavía lidiaba con los ecos internos, se sentía más anclado, más presente.

  Llevaban dos días más de marcha agotadora cuando la suerte, o quizás la discreta guía de Althaea, los condujo a un peque?o claro artificial en medio de la espesura. En él se alzaban los restos de una vieja caba?a de cazadores. Las paredes de troncos estaban combadas por la humedad y el techo de paja tenía grandes agujeros por donde se colaba la luz verdosa, pero la estructura principal se mantenía en pie y, lo más importante, ofrecía un suelo relativamente seco y cuatro paredes contra los elementos y las criaturas nocturnas.

  —"Primitivo. Estructuralmente deficiente. Aislamiento térmico inexistente"—, diagnosticó Thorian tras una inspección rápida, golpeando un tronco podrido con el nudillo. —"Pero estratégicamente defendible y superior a dormir abrazado a una raíz llena de hongos bioluminiscentes. Aceptable como base de operaciones temporal"—.

  Mientras Althaea aseguraba el perímetro exterior, revisando posibles rastros recientes y reforzando una de las ventanas rotas con ramas entrelazadas, Martín y Thorian se encargaron del interior. Barrieron las hojas secas y los restos de antiguos ocupantes (huesos peque?os, cerámica rota), y Martín logró encender una peque?a fogata en el hogar de piedra con algo de yesca seca y la ayuda de su pedernal, sintiendo una satisfacción simple y directa al ver surgir las llamas.

  La tarea de preparar la cena recayó, por una mezcla de necesidad y curiosidad morbosa por parte de Martín y Althaea, en intentar que Thorian cocinara algo comestible. Althaea le había entregado una sartén de hierro rescatada de sus propios suministros y algunas raíces tuberosas y carne seca.

  —"Fuego constante, no demasiado alto. Aceite primero, luego las raíces, luego la carne. Remover"—, instruyó Althaea con la paciencia de quien le explica a un ni?o cómo no meter los dedos en el fuego.

  Thorian miró la sartén y el fuego con desdén científico. —"?Un proceso de transferencia de calor ineficiente y propenso a la carbonización no uniforme! ?Un micro-horno rúnico de convección controlada sería un 45% más rápido y garantizaría una cocción homogénea!"—. Sin embargo, tomó la sartén, claramente intrigado por el desafío práctico. El resultado inicial fue predecible: una nube de humo acre y el olor inconfundible a raíces quemadas.

  —"?Te dije que no demasiado alto!"—, exclamó Althaea, arrebatándole la sartén antes de que el contenido se convirtiera en carbón puro.

  Mientras Althaea salvaba la cena con su habilidad práctica, Martín observaba la escena con una sonrisa divertida. Se sentía extra?amente... normal. Sentado junto al fuego, el olor a comida (aunque fuera comida rescatada de un desastre enano), la camaradería funcional... era un respiro bienvenido. Para llenar el silencio mientras Althaea terminaba de cocinar, decidió compartir una anécdota.

  —"Esto me recuerda a una máquina que teníamos en mi viejo trabajo"—, comenzó, y las miradas de Althaea y Thorian se volvieron hacia él. —"Era una máquina expendedora de café. Pero no una simple. Oh, no. Tenía reconocimiento facial, análisis de estado de ánimo para sugerirte la mezcla 'óptima', diecisiete tipos de leche, incluyendo una sintética a base de algas, conexión a la red para descargar 'perfiles de sabor' y una interfaz holográfica que te preguntaba por tu infancia antes de servirte un simple expreso"—.

  Althaea lo miraba con educada confusión, pero Thorian parecía horrorizado.

  —"?Reconocimiento facial para café?"—, interrumpió el enano, incrédulo. —?"Análisis de estado de ánimo? ?Eso es una invasión de la privacidad biométrica! ?Y diecisiete tipos de leche? ?Ineficiencia flagrante en la cadena de suministro! ?Redundancia absurda de opciones! ?Y la interfaz holográfica con preguntas personales es un cuello de botella innecesario en el flujo de trabajo!"—. Sacudió la cabeza, consternado. —"?Tu mundo era un monumento al dise?o ilógico y al desperdicio de recursos!"—

  Martín se echó a reír, una risa genuina que resonó en la peque?a caba?a. —"Tienes razón, Thorian. Lo era. Pero el café a veces salía bien"—.

  Comieron en un silencio relativamente cómodo, compartiendo las raíces chamuscadas pero comestibles y la carne seca recalentada. Incluso Thorian admitió, a rega?adientes, que la comida era "marginalmente superior a las raciones de campo estándar". La conversación fluyó de manera más fácil que antes, hablando de rutas posibles, de las extra?as criaturas que habían vislumbrado, de las diferencias entre los bosques de Eldoria y las junglas de Veloria. Por un par de horas, en el peque?o círculo de luz de la fogata dentro de la caba?a ruinosa, no eran un sensor anómalo, una guerrera desplazada y un ingeniero obsesivo. Eran solo tres viajeros compartiendo un refugio y una comida caliente antes de enfrentar la noche.

  La tranquilidad ganada con esfuerzo en la caba?a era frágil, como una fina capa de hielo sobre aguas profundas. Habían establecido turnos de guardia, una lección aprendida a la fuerza en incontables noches bajo cielos hostiles o piedras indiferentes. Althaea, cuya vigilancia natural era más fiable que cualquier sensor enano, tomó el primer turno, una silueta inmóvil cerca de la entrada remendada, sus sentidos fundidos con los susurros nocturnos de la jungla. Martín y Thorian se habían retirado a un descanso necesario; el enano roncaba suavemente, un sonido sorprendentemente humano que retumbaba contra su mochila científica, mientras Martín luchaba contra los bordes de un sue?o inquieto, su mente aún procesando los ecos del día.

  Fue durante el turno de Martín, en esa hora suspendida entre la medianoche profunda y el falso amanecer de la jungla, cuando la frágil calma se hizo a?icos. No fue un estruendo, sino una serie de sonidos discordantes que rasgaron la quietud: el chasquido agudo y antinatural de una rama seca partida bajo un pie descuidado, demasiado cerca de la caba?a. Un siseo bajo y gutural, seguido por una risita ahogada y cruel. Y luego, un silencio repentino y opresivo, el tipo de silencio que grita "emboscada" más fuerte que cualquier grito de guerra.

  Martín se incorporó de golpe, el sue?o evaporándose instantáneamente, reemplazado por una oleada de adrenalina fría. Su percepción del código se encendió como una advertencia silenciosa, revelando múltiples firmas energéticas peque?as, erráticas y maliciosas que se movían con una torpe intención sigilosa en la oscuridad que rodeaba la caba?a. Reconoció la firma general: caótica, débil individualmente, pero numerosa. Goblins.

  Antes de que pudiera articular una advertencia, un silbido agudo rasgó el aire nocturno. Algo golpeó la pared de troncos podridos justo encima de su cabeza con un thwack húmedo y repugnante. Una flecha corta, emplumada con plumas sucias y rematada con una punta de hueso afilado, temblaba en la madera. Un segundo después, otra impactó cerca de la ventana improvisada que Althaea había reforzado.

  En la oscuridad casi total del interior de la caba?a, rota solo por el resplandor moribundo de las brasas, el movimiento fue casi simultáneo. Althaea no se despertó, simplemente estuvo despierta, pasando de un descanso vigilante a una postura de combate agazapada en un solo movimiento fluido y silencioso. Dos cuchillos brillaron débilmente en sus manos, sus ojos ámbar ya adaptados a la penumbra, fijos en las aberturas de la caba?a.

  Thorian despertó con un bufido indignado, como si lo hubieran sacado de un cálculo particularmente interesante. Le tomó un instante procesar los sonidos y las sombras danzantes, pero en cuanto identificó el silbido de las flechas y los débiles chillidos goblin desde el exterior, un gru?ido de pura irritación reemplazó a la confusión. —"?Alima?as! ?Interrumpiendo valiosos ciclos de descanso y procesamiento de datos!"—, refunfu?ó, mientras sus dedos ya se movían con rapidez, trazando complejas runas de energía azul pálido en el aire frente a la entrada principal.

  —"?Goblins!"—, confirmó Martín, su voz un siseo bajo pero claro, agachándose instintivamente detrás de la precaria cobertura de la pared. —"Están rodeándonos. Al menos una docena, quizás más. Se mueven rápido, pero sin mucha coordinación"—. Su visión de código le mostraba sus trayectorias erráticas, sus picos de intención agresiva parpadeando como luces estroboscópicas en su mente.

  No hubo rastro del pánico que había sentido en Oakhaven durante el primer ataque. No hubo la desesperación helada de las emboscadas en las profundidades de Karak Dhur. En su lugar, una fría determinación profesional se asentó sobre el grupo. Se miraron brevemente en la penumbra, la comunicación fluyendo a través de gestos rápidos y miradas cargadas de entendimiento tácito. Althaea se?aló hacia la puerta trasera con un cuchillo. Thorian asintió, intensificando el brillo de las runas que tejía frente a la entrada principal. Martín aferró el cuchillo de Bronn, sintiendo el peso familiar del acero, y se posicionó para cubrir el flanco más débil de la caba?a.

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  Los chillidos agudos y las risitas crueles se intensificaron afuera. Se oyeron golpes torpes contra las paredes, el sonido de garras ara?ando la madera. Estaban probando las defensas, preparándose para el asalto final.

  La interrupción había llegado. La noche tranquila había terminado. Pero esta vez, los ocupantes de la caba?a no eran presas asustadas. Eran una unidad forjada en pruebas mucho más duras. Y estaban listos para responder.

  El asalto goblin fue una oleada desordenada de sombras retorcidas y chillidos agudos lanzándose contra la precaria seguridad de la caba?a. Buscaban abrumar por número y ferocidad, una táctica que quizás había funcionado contra cazadores solitarios o viajeros desprevenidos. Pero esta noche, se encontraron con una defensa inesperadamente coordinada y letal.

  En la entrada principal, Thorian se erguía como un baluarte enano, no con hacha ni escudo, sino con las manos danzando en el aire, tejiendo luz rúnica. Cuando el primer goblin, envalentonado y con un cráneo por casco, cargó hacia la puerta, Thorian cerró el pu?o. El glifo de repulsión cinética que flotaba en el umbral estalló con un ?VUM! sordo y resonante. La onda de fuerza invisible golpeó al goblin en pleno pecho, deteniendo su carga en seco y lanzándolo hacia atrás con una fuerza cómica y brutal. El goblin trazó un arco por el aire, sus extremidades agitándose, antes de estrellarse con un crujido enfermizo contra el tronco de un árbol cercano y quedar inmóvil. Dos goblins más que venían pegados a él chocaron contra la barrera residual, rebotando como pelotas de goma antes de caer aturdidos al suelo.

  —"?Dispersión cinética lograda! Trayectoria balística dentro de los parámetros previstos!"—, murmuró Thorian, ya modificando la secuencia rúnica. Con otro gesto rápido, proyectó una red de energía azul crepitante que se extendió por el suelo frente a la puerta, atrapando a los goblins aturdidos y a un par más que intentaban acercarse, dejándolos convulsionando inofensivamente entre chispas energéticas. —"Contención de área efectiva. Consumo energético: 18%. óptimo"—.

  Mientras Thorian aseguraba el frente, Althaea ejecutaba una danza mortal en las sombras exteriores. Se había deslizado por la puerta trasera en el instante en que comenzó el ataque, fundiéndose con la oscuridad como si fuera parte de ella. Los goblins que intentaban forzar esa entrada o rodear la caba?a nunca supieron qué los golpeó. Un susurro de movimiento en la periferia, una sombra que se desprendía de otra sombra. Su primer cuchillo encontró la garganta de un goblin que intentaba asomarse por una grieta, silenciándolo permanentemente. Giró sobre sí misma, esquivando un golpe torpe de una maza oxidada, y hundió el segundo cuchillo bajo la mandíbula del atacante. Se movía con una economía de movimiento letal, cada parada, cada corte, preciso y final. Usaba la propia oscuridad y la confusión del ataque como cobertura, apareciendo y desapareciendo, dejando un rastro de cuerpos silenciosos a su paso. Oyó la advertencia de Martín —"?Tres a tu izquierda, cobertura baja!"— y reaccionó instintivamente, lanzando uno de sus cuchillos con una precisión asombrosa mientras se agachaba para evitar una flecha errante y cortaba el tendón de la corva del segundo goblin. El tercero cayó con un gorgoteo ahogado antes de que pudiera siquiera levantar su arma.

  Martín, desde su posición de cobertura dentro de la caba?a, era el nexo táctico. Su visión de código, ahora una herramienta controlada y no una sobrecarga sensorial, le permitía ver los flujos de intención agresiva de los atacantes como líneas rojas parpadeantes en la oscuridad, anticipando sus movimientos. Vio al goblin astuto que logró eludir la barrera principal de Thorian, una línea roja brillante dirigiéndose directamente hacia el flanco expuesto del enano. Gritó una advertencia —"?Thorian, derecha!"— mientras canalizaba energía a su túnica rúnica. Sintió el familiar zumbido cuando las runas de su antebrazo se iluminaron débilmente, proyectando un escudo de energía translúcida y hexagonal justo a tiempo. La daga oxidada del goblin chisporroteó inofensivamente contra la barrera. El impacto fue mínimo, apenas una vibración en su brazo, pero le dio a Thorian el segundo que necesitaba para girarse y despachar al intruso con una patada contundente y un comentario sobre "pruebas de penetración no autorizadas".

  Martín continuó barriendo el perímetro con su percepción, identificando a los atacantes restantes. —"Dos más acercándose por el flanco de Althaea, parecen dudar"—. —"Uno trepando al techo, sobre Thorian"—. Sus advertencias eran concisas, precisas.

  Althaea se encargó de los dos dubitativos con una rapidez silenciosa. Thorian, alertado, lanzó un peque?o glifo adhesivo al techo que atrapó al escalador goblin en una sustancia rúnica pegajosa y paralizante, dejándolo colgando e insultando impotentemente en su idioma agudo.

  En cuestión de minutos, el caos inicial se había transformado en una derrota goblin completa y anticlimática. Los pocos que no habían sido incapacitados o eliminados huyeron presas del pánico hacia la jungla, sus chillidos agudos desvaneciéndose rápidamente en la distancia. El silencio regresó a la caba?a, esta vez un silencio real, roto solo por la respiración de los tres compa?eros, el crepitar de las brasas y los débiles gemidos del goblin pegado al techo. La coreografía había terminado. Eficiente. Controlada. Casi rutinaria.

  El silencio que siguió al breve y eficiente combate fue denso, pero no tenso. Althaea regresó al interior de la caba?a, limpiando metódicamente sus cuchillos en un trozo de tela mientras sus ojos recorrían el peque?o espacio, asegurándose de que no quedaran amenazas ocultas. Su respiración, que apenas se había acelerado durante la rápida y letal danza en las sombras, ya había vuelto a su ritmo normal y profundo en cuestión de segundos. Thorian desactivó la red energética y el glifo adhesivo (dejando caer al último goblin al suelo con un golpe sordo, donde quedó inmóvil, probablemente inconsciente), y comenzó a tomar lecturas de sus trampas rúnicas con aire de satisfacción profesional. Martín permaneció agachado por un momento más, su percepción aún barriendo el exterior, confirmando que las firmas energéticas hostiles se habían retirado por completo. Se dio cuenta, con una leve sorpresa, de que sus manos, que aferraban el cuchillo de Bronn, no temblaban. La oleada de adrenalina estaba presente, un zumbido bajo en sus venas, pero no la acompa?aba el temblor incontrolable que había seguido a enfrentamientos anteriores. Su cuerpo, al igual que su mente, parecía haber aprendido a procesar el peligro de una forma nueva, más contenida.

  Finalmente, se levantaron, encontrándose sus miradas en la penumbra iluminada por las brasas. No había miedo en sus ojos, ni el shock residual que había seguido a enfrentamientos anteriores. Había, en cambio, una especie de calma profesional, la de un equipo que ha ejecutado una tarea desagradable pero necesaria con competencia.

  Fue Althaea quien rompió el silencio, envainando sus cuchillos con un clic suave. Miró hacia la puerta por donde habían huido los últimos goblins y arqueó una ceja.

  —"?Eso fue todo?"—, preguntó, su tono más de genuina sorpresa que de alivio. —"Esperaba más... resistencia. O al menos, que intentaran prender fuego a la caba?a"—.

  Martín se acercó a la ventana rota, mirando hacia la oscuridad ahora silenciosa. Una leve sonrisa torció sus labios. —"Bueno, no eran del Culto de la Sombra ni Sombras Vivientes. Solo goblins"—. Se encogió de hombros. —"Aunque tengo que admitir que fue... extra?amente anticlimático"—. Se giró hacia sus compa?eros. —"Creo que nos estamos volviendo peligrosos. O los goblins de esta zona son particularmente incompetentes en emboscadas nocturnas"—.

  —"?Y eficientes!"—, a?adió Thorian, acercándose con su tablilla rúnica en mano, ya anotando observaciones. —"?La respuesta coordinada del grupo minimizó el tiempo de enfrentamiento y el gasto energético! ?La dispersión cinética del glifo repulsor fue óptima, dentro de un margen de error del 3%! ?Y la activación del escudo personal por parte del sensor fue... adecuada!"—. Hizo una pausa, como si buscara el mayor elogio posible dentro de su léxico técnico. —"Marginalmente superior a un fallo catastrófico. ?Esto definitivamente va en el informe de campo!"—.

  La seriedad casi cómica con la que Thorian analizaba la escaramuza como si fuera un experimento de laboratorio controlado fue la chispa final. Una risa corta y genuina brotó de Martín, seguida por una sonrisa divertida de Althaea. Incluso Thorian pareció permitir que una especie de gru?ido satisfecho retumbara en su pecho. Se miraron de nuevo, y esta vez, la risa fue compartida, un sonido inesperado y liberador en la quietud de la caba?a semiderruida. Era la risa de quienes han pasado por el infierno juntos y han descubierto que, de alguna manera, pueden manejar las peque?as molestias del camino sin desmoronarse.

  Decidieron no reavivar el fuego por precaución y retomaron sus turnos de guardia, aunque con una tensión notablemente menor. Arrastraron al goblin inconsciente fuera de la caba?a y Thorian lo aseguró con un simple glifo de contención ("Para observación posterior. Podría tener información útil... o simplemente ser un buen sujeto de prueba para el resonador portátil", había murmurado).

  Mientras se preparaban para intentar dormir de nuevo, el silencio se asentó una vez más, pero ahora se sentía diferente. Más tranquilo. Más seguro.

  Fue Althaea quien habló en voz baja desde su puesto de guardia cerca de la entrada.

  —"?Sabes qué fue lo raro?"—

  Martín, que estaba a punto de cerrar los ojos, respondió desde su saco de dormir improvisado. —?"Que Thorian no intentó desmontar a un goblin para analizar su 'ingeniería biológica'?"—

  Althaea soltó un bufido divertido. —"Eso también. Pero no. Lo raro fue..."—, hizo una pausa, como si buscara la palabra exacta. —"?Que no sentimos miedo?"—

  La pregunta quedó flotando en la oscuridad. Martín reflexionó sobre ello. Era cierto. Había habido alerta, tensión, concentración... pero no el miedo paralizante, no la desesperación helada que había sentido en batallas anteriores. Habían reaccionado como una unidad, confiando en las habilidades del otro, manejando la amenaza con una eficiencia casi desapasionada. Su propio cuerpo, aunque cansado, estaba relajado, no vibrando con la resaca del terror.

  No respondió en voz alta. Simplemente cerró los ojos, la pregunta de Althaea resonando en su mente. Quizás no era que se hubieran vuelto insensibles. Quizás era que, finalmente, después de todo lo vivido, estaban empezando a confiar, no solo el uno en el otro, sino también en sí mismos. Y en esa confianza encontrada, el miedo había perdido gran parte de su poder. La noche, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía tan amenazante.

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