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Capítulo 85 - Túnica, Cerveza y Camino

  Era su última "noche" bajo la monta?a. El ciclo de descanso antes de la partida tenía una cualidad diferente, una mezcla de tensión eléctrica y una extra?a sensación de finalidad. El cubículo-taller, que había sido celda, enfermería y laboratorio improvisado, ahora bullía con la energía contenida de los preparativos finales.

  Mochilas —la robusta y práctica de Althaea, la más desgastada y ahora remendada de Martín— yacían abiertas sobre una de las mesas de trabajo, esperando ser llenadas con raciones concentradas, equipo de supervivencia básico y las pocas pertenencias personales que habían acumulado. Herramientas especializadas de Thorian estaban clasificadas en cajas más peque?as, y un conjunto de runas de seguimiento, recalibradas por quinta vez por el propio ingeniero, parpadeaban con una luz azul constante sobre la consola principal.

  Althaea, sentada con las piernas cruzadas en el suelo de piedra, revisaba las plumas de sus flechas y la tensión de la cuerda de su arco con la meticulosidad silenciosa de una cazadora preparándose para un largo acecho. En un rincón, realizó un breve y casi imperceptible ritual Silvan, trazando en el aire con un dedo símbolos que solo ella parecía ver, pidiendo quizás protección para el camino incierto o simplemente buscando un momento de conexión con el mundo natural que tanto extra?aba en aquella profundidad artificial.

  Martín, por su parte, intentaba ayudar organizando el equipo que Thorian había designado como "esencial para la expedición". Enrollaba cables rúnicos gruesos como serpientes metálicas y clasificaba cristales de diferentes tama?os y colores, sin tener la menor idea de su función específica, pero dolorosamente consciente de que Thorian probablemente los necesitaría en el momento más inoportuno. Se detuvo un instante al guardar sus propios artefactos clave: el amuleto de madera con la energía del Espíritu contenida, ahora silencioso pero con un peso innegable en su mano, y el disco de metal, ahora frío e inerte tras la contaminación sufrida, sellado en una peque?a caja forrada de plomo rúnico que Thorian había construido. Martín sostuvo el disco un momento más de la cuenta, como quien toca una cicatriz que aún no duele, pero que guarda la memoria de un dolor profundo y la promesa de poder reabrirse.

  Mientras ellos trabajaban, Thorian estaba de pie frente a otro banco de trabajo, los brazos cruzados sobre su pecho robusto, mirando con creciente indignación una caja reforzada de hierro rúnico del tama?o de una peque?a forja portátil. Dentro, visible a través de una rejilla de ventilación, descansaba el último modelo del resonador armónico, más compacto que los primeros, pero aún así un armatoste considerable.

  —"?Esto es ridículo!"—, bufó finalmente el enano, golpeando la caja con un nudillo. —"Este resonador portátil está claramente mal dimensionado para una expedición de campo eficiente. ?Y las mochilas de ustedes dos son... ofensivamente peque?as! ?Inadecuadas para el transporte de equipo científico serio!"—

  Martín, sin levantar la vista de un manojo de cables particularmente rebelde, respondió con voz cansada: —"Es que están dise?adas para llevar ropa, comida y cosas que no pesan como un yunque sentimental con problemas de autoestima, Maestro Thorian"—.

  —"?Esto no es un yunque!"—, replicó Thorian, ofendido. —"?Es un prototipo de campo de observación resonante para condiciones mágicas variables! ?Esencial para la misión! ?Y es la versión miniatura!"—

  Althaea, que había terminado con su arco, observó la caja y luego a Thorian en silencio durante un segundo. Giró lentamente su cabeza hacia Martín, una chispa de diversión maliciosa en sus ojos ámbar.

  —"?Te das cuenta"—, dijo en voz baja, para que solo Martín la oyera claramente, —"que si intentamos dejarlo atrás, Thorian probablemente intentará construir uno nuevo con piedras, musgo y la carcasa de alguna criatura desafortunada que encontremos?"—

  Martín suspiró, dejando caer los cables sobre la mesa. —"Lo sé"—, murmuró. —"Y tú sabes que vamos a terminar cargando esa 'miniatura' entre los dos, turnándonos cada hora, mientras él ‘documenta científicamente’ la eficiencia de nuestro paso con peso extra y nuestra creciente irritación, ?verdad?"—

  Justo entonces, Thorian, que aparentemente tenía un oído selectivo excelente, sonrió con aire triunfante, habiendo escuchado la última parte. —"?Excelente deducción logística, umgi! ?Documentar los efectos fisiológicos de la carga variable en el desplazamiento orgánico bípedo no enano bajo diferentes condiciones ambientales! ?Siempre quise a?adir esos datos a mis estudios comparativos!"—. Se frotó las manos con entusiasmo. —"?Será científicamente... vigorizante!"—

  Martín y Althaea intercambiaron una mirada de resignación compartida. Viajar con Thorian iba a ser, sin duda, una experiencia.

  Martín lanzó una última mirada a su ahora antiguo hogar temporal, el cubículo insonorizado. "No extra?aría la litera de piedra," pensó con una mueca irónica, "pero sí el silencio. Al menos el que venía de afuera." La última noche bajo la monta?a estaba llegando a su fin, y con ella, un capítulo extra?o y definitorio de su viaje.

  La convocatoria de Thorian a una "reunión estratégica final" resultó ser una excusa apenas velada para algo que, en la cultura enana, probablemente se acercaba a una cena de despedida. El ingeniero había despejado una de las mesas de trabajo más grandes, barriendo planos y herramientas a un lado con una eficiencia brusca, y la había cubierto con una selección sorprendentemente abundante de provisiones: hogazas de pan de piedra denso, ruedas de queso fuerte con penetrantes vetas azules, ristras de salchichas ahumadas de un color sospechosamente oscuro, y un peque?o barril de su potente cerveza personal, ya descorchado y listo para servir. El olor acre y salado de la comida llenó el aire, mezclándose con el familiar aroma a metal y ozono del taller.

  —"Protocolos de avituallamiento pre-expedición"—, gru?ó Thorian a modo de explicación, mientras llenaba tres jarras de metal pesado usando un absurdo cucharón mecánico autocalentable con múltiples pinzas de precisión, un invento claramente dise?ado para manipular muestras geológicas incandescentes, no para servir cerveza. El artilugio silbaba y soltaba peque?as bocanadas de vapor con cada servicio, a?adiendo un toque de surrealismo industrial a la escena. Martín intercambió una mirada divertida con Althaea; la practicidad enana a veces bordeaba lo cómico.

  Mientras se sentaban en taburetes improvisados alrededor de la mesa, Berylla Cuarzomartillo hizo una breve aparición en la entrada del taller. Su mirada práctica recorrió la escena: las mochilas preparadas, el equipo dispuesto, los tres compa?eros reunidos. No era dada a las demostraciones emocionales, pero se detuvo un instante, sus ojos encontrándose brevemente con los de Martín. Le ofreció un asentimiento corto y agudo, un gesto que transmitía una mezcla de aprobación por el trabajo completado en los resonadores y un silencioso "mantente funcional, umgi". Luego, sin decir palabra, se dio la vuelta y desapareció en los corredores, volviendo a sus propias responsabilidades. Era la despedida más cercana a una formalidad que probablemente recibirían de la ingeniería enana.

  Thorian levantó su jarra. —"Bien. Por la recopilación eficiente de datos y la minimización de fallos catastróficos del equipo"—, brindó, con su versión particular de un deseo de buena suerte.

  Bebieron. La cerveza era fuerte, amarga, con un regusto a minerales que calentaba la garganta y el estómago. Hubo un momento de silencio, roto solo por el ruido distante de la maquinaria de Karak Dhur. Luego, Thorian se aclaró la garganta y sacó de debajo de la mesa un paquete pesado, envuelto en una tela gruesa y encerada. Lo colocó sobre la mesa con un sonido sordo y lo desenvolvió con cuidado.

  Dentro había una túnica. A primera vista, parecía sencilla, casi austera. Confeccionada en un tejido oscuro, flexible pero increíblemente resistente —una textura a medio camino entre el cuero más fino y una fibra metálica—, carecía de adornos llamativos. Sin embargo, al observarla más de cerca, se apreciaban finísimas líneas de hilo de plata y cobre cosidas directamente en la tela, formando complejos patrones geométricos y espirales rúnicas que cubrían el torso, la espalda y los antebrazos. Las runas eran casi invisibles a menos que la luz incidiera de cierta manera, pero Martín, con su percepción alterada, podía sentir una red de energía latente zumbando suavemente bajo la superficie del tejido.

  —"Matriz protectora personal, modelo de campo mejorado"—, explicó Thorian, sosteniendo la túnica con una mano enguantada, mostrando un orgullo técnico que rara vez exhibía. —"Tejido de fibra de basalto volcánico entrelazado molecularmente con micro-conductores rúnicos de aleación de mithril y hierro negro. Dise?o estándar del Cuerpo de Exploradores Geológicos Avanzados, pero... optimizado"—. Se permitió una peque?a y torcida sonrisa. —"Mis optimizaciones"—.

  La dejó caer suavemente sobre la mesa frente a Martín. El peso era considerable, pero la prenda se movía con una fluidez inesperada.

  —"Funciones primarias: dispersión de energía cinética e impacto arcano de bajo a medio nivel a través de la matriz conductora. Resistencia ambiental mejorada, incluye regulación térmica pasiva mediante runas de intercambio calórico"—. Se?aló las intrincadas costuras. —"Secundarias: puertos de interfaz directa para mis dispositivos de monitoreo bio-energético y diagnóstico remoto. Y"—, a?adió, como una ocurrencia tardía, —"una función limitada de regeneración tisular acelerada para heridas superficiales, activada por comando mental específico y concentración de energía"—.

  Hizo una pausa, su expresión volviéndose admonitoria. —"Pero la energía no sale de la nada, umgi. Todo tiene un coste. La matriz protectora, las interfaces, la regeneración... todo consume energía vital del portador. En estado pasivo, el drenaje es mínimo, casi imperceptible. Pero bajo impacto, al activar las funciones avanzadas o al canalizar energía a través de los puertos de interfaz, el consumo se dispara exponencialmente"—. Fijó sus ojos eléctricos en Martín, la advertencia clara. —"Te protegerá de un golpe de troll o de un hechizo errante. Te ayudará a cerrar un corte antes de que te desangres. Pero no te convierte en un gólem invulnerable. Si abusas de ella, si la fuerzas más allá de sus límites operativos o de tu propia reserva energética, te quedarás seco. Te apagarás antes de llegar a la próxima taberna. ?Entendido?"—

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  Le tendió la túnica. Martín la tomó. La sensación era extra?a: fría al tacto inicial, pero con una vibración subyacente casi viva. Las runas brillaron débilmente bajo sus dedos. No era una armadura de héroe legendario. Era una herramienta compleja, un sistema de soporte vital con un manual de usuario invisible y consecuencias potencialmente fatales. Una segunda piel para un superviviente.

  Martín asintió, pasando los dedos por el tejido inesperadamente suave de la túnica rúnica antes de doblarla con cuidado. La advertencia de Thorian sobre el consumo de energía resonaba con la precariedad de su propio estado interno. Era una herramienta poderosa, sí, pero como su propia habilidad recién contenida, requería un control y una conciencia constantes.

  —"Como todo en la vida útil y peligrosa"—, murmuró, la frase un eco de viejas lecciones de programación sobre gestión de recursos y consecuencias imprevistas. Levantó la vista hacia el ingeniero. —"Gracias, supongo. Por la... armadura que no es armadura"—.

  Althaea, que había estado observando con una mezcla de interés técnico y preocupación práctica, a?adió desde el otro lado de la mesa, con una leve curva en los labios que casi era una sonrisa: —"Solo prométeme que no intentarás usar la función de regeneración para curar una resaca o la regulación térmica para cocinar pan de batalla. Ya tuvimos suficientes desastres culinarios en Oakhaven como para a?adir explosiones rúnicas a la lista"—.

  La referencia inesperada a sus torpes intentos de adaptarse a la vida de la aldea inicial arrancó una risa corta y genuina de Martín, un sonido que se sintió sorprendentemente liberador en la atmósfera opresiva del taller. El eco fantasmal bajo su voz pareció atenuarse por un instante. Incluso Thorian emitió un bufido que, en su idioma particular, podría interpretarse como diversión contenida. Por un momento, la tensión acumulada se disipó, reemplazada por la calidez de una broma compartida, un recordatorio de que bajo las capas de trauma, ingeniería y diferencia cultural, se había formado un vínculo real, forjado en experiencias compartidas y peligros superados.

  Fue entonces cuando levantaron las jarras de metal pesado. El sonido del choque fue sordo, definitivo.

  —"Por el camino"—, dijo Althaea, su mirada ámbar seria pero con un brillo de determinación. —"Que nos guíe donde debemos estar"—.

  —"?Por los datos!"—, brindó Thorian, inquebrantable en su fachada científica. —"?Que sean abundantes, precisos y preferiblemente publicables en los Anales de Ingeniería Arcana!"—

  Martín dudó un instante, luego levantó su jarra. —"Por encontrar respuestas"—, dijo, su voz más firme ahora. —"Y por tener la fuerza para enfrentarlas cuando lleguen"—.

  Bebieron en silencio, el sabor fuerte y amargo de la cerveza enana marcando el momento. Mientras bajaban las jarras, la puerta del taller se abrió con un chirrido familiar y Kargan entró, su presencia siempre un poco torpe fuera de la disciplina de la guardia. Llevaba un peque?o paquete envuelto en cuero áspero. Se acercó a la mesa, su mirada yendo de Martín a Althaea y deteniéndose brevemente en Thorian con una mezcla de respeto y temor.

  —"El Maestro Ironfist dijo... que se marchaban al próximo ciclo"—, comenzó, su voz un poco forzada por el esfuerzo de proyectarla correctamente. Extendió el paquete hacia Martín. —"Son... raciones. Concentrado de marcha enana. Dura mucho. Y una piedra de afilar nueva. Buen acero de las profundidades"—. Hizo una pausa, tragando saliva. —"El Sargento Grimbold... él siempre decía que un filo bien cuidado era tan importante como un escudo fuerte. Quería... que la tuvieras. Para el camino"—.

  Martín tomó el paquete, genuinamente sorprendido y conmovido. El peso de la piedra de afilar era sólido, real. El gesto de Kargan, invocando la memoria de Grimbold, era un puente inesperado entre su pasado reciente y su futuro incierto. —"Gracias, Kargan. De verdad. Dile a... bueno. Gracias"—. Sabía que las palabras eran inadecuadas, pero Kargan pareció entender.

  El joven guardia asintió una vez, bruscamente. —"Que sus barbas crezcan largas y sus túneles sean seguros"—, murmuró, la fórmula tradicional de despedida enana sonando extra?a pero sincera en sus labios. Dio media vuelta y se marchó, dejando tras de sí un silencio cargado de emociones no expresadas.

  Thorian observó la escena con una expresión indescifrable, acariciando su barba. —"Hmmpf. Lealtad póstuma y pragmatismo logístico. Típico de la Guardia de la Monta?a"—, comentó, aunque Martín detectó un matiz de aprobación bajo el cinismo. Volvió a llenar su jarra, quizás un poco más de lo necesario. —"Bueno, con los suministros asegurados y el 'equipo' preparado, supongo que los protocolos de partida están casi completos"—.

  Althaea lo miró directamente, arqueando una ceja. —"?Y cuáles son tus protocolos personales para esta 'expedición científica', Thorian? ?Una mochila llena de sensores y una coartada endeble?"—

  El enano se irguió sobre su taburete, visiblemente ofendido. —"?Mi presencia es esencial para la validación de datos in situ y la mitigación de riesgos imprevistos asociados con la anomalía bio-arcánica que representa nuestro 'sensor'!"—, proclamó con grandilocuencia. —"?Es una cuestión de rigor metodológico y responsabilidad profesional! ?Alguien tiene que asegurarse de que la documentación sea exhaustiva y objetiva!"— Se golpeó el pecho con un pu?o. "?Soy un profesional! ?Si quisiera afecto, camaradería o cualquier otra forma de interacción social ineficiente, me lo fabricaría con engranajes, válvulas de vapor y un algoritmo de respuesta emocional optimizado con una tasa de error inferior al 0.5%!"—

  Martín no pudo evitar sonreír ante la indignada (y absolutamente transparente) defensa. Althaea simplemente negó con la cabeza, una leve sonrisa jugando en sus labios. La decisión estaba tomada. El pretexto, establecido. Thorian iría con ellos.

  Terminaron la cerveza y la comida restante, la conversación ahora más ligera, casi relajada. Hablaron de las posibles rutas iniciales, de los peligros conocidos de las tierras más allá de las puertas de Karak Dhur, de las extra?as costumbres de las criaturas de la superficie que Thorian solo conocía por los informes de los exploradores. Era una forma de despedida, un último momento de calma compartida antes de sumergirse de nuevo en lo desconocido. La monta?a había sido una prisión, un laboratorio, un refugio inesperado. Ahora, era el pasado. El camino los llamaba.

  El siguiente ciclo de "amanecer" artificial encontró al improbable trío listo para partir. Las mochilas estaban aseguradas, la nueva túnica rúnica de Martín se sentía extra?amente cómoda sobre su ropa de viaje, y Thorian había logrado, de alguna manera, condensar una cantidad alarmante de equipo científico en una mochila de aspecto robusto pero enga?osamente grande, además de llevar consigo el resonador "portátil" asegurado a un arnés especial en su espalda.

  No hubo una despedida formal del Consejo ni de los altos mandos del Gremio. Thorian había gestionado su "permiso de expedición científica" a través de canales secundarios, probablemente aprovechando la confusión residual y el deseo burocrático de que el problemático umgi y su excéntrico patrocinador estuvieran... en otra parte.

  Se dirigieron hacia las Puertas Principales, no por túneles de servicio ocultos, sino por los amplios corredores del Nivel de Comercio, la ruta más directa hacia el exterior. Decidieron salir sin sigilo, sin esconderse. Era una declaración silenciosa. Habían llegado como extra?os sospechosos, habían enfrentado la oscuridad bajo la monta?a, habían contribuido a una solución (por precaria que fuera), y ahora se marchaban, no como fugitivos, sino como viajeros con un propósito.

  Mientras caminaban por los corredores bulliciosos, notaron las miradas. Los mercaderes, los mineros que iban o venían de sus turnos, los guardias apostados en las intersecciones... muchos se detenían brevemente al verlos pasar. Reconocían a la imponente figura de Althaea, la shatra del bosque que había permanecido estoicamente entre ellos. Reconocían al excéntrico pero respetado Maestro Ingeniero Ironfist, ahora cargado como una mula de carga científica. Y reconocían a Martín, el umgi del incidente del coliseo, el "sensor" del proyecto del Nivel Tres, el que había bajado a las sombras y había regresado... cambiado.

  En las miradas había una mezcla compleja de emociones: curiosidad, sin duda; miedo residual en algunos, recordando los rumores y el poder extra?o que había manifestado; pero también, en muchos, un nuevo matiz de respeto ganado a pulso. No eran vítores ni aclamaciones, la cultura enana no era dada a tales exhibiciones. Pero la hostilidad abierta había desaparecido, reemplazada por una aceptación silenciosa, un reconocimiento de que, a pesar de ser forasteros, habían enfrentado un peligro que amenazaba a toda la ciudad y habían jugado un papel en contenerlo.

  Al llegar a las enormes Puertas de Bronce que marcaban la salida principal de Karak Dhur, los guardias de la élite Murodehierro los observaron con atención, pero no los detuvieron. Un sargento intercambió un breve saludo formal con Thorian, revisó sus permisos de salida con una mirada rápida y les hizo un gesto para que continuaran.

  Justo cuando cruzaban el umbral, a punto de dejar atrás la luz constante y el aire reciclado de la ciudad-monta?a, una voz joven gritó desde atrás.

  —"?Maestro Ironfist! ?Espere!"—

  Se giraron para ver a Bram, el joven aprendiz de Thorian, corriendo hacia ellos, sin aliento, sosteniendo una herramienta de aspecto complejo con varias lentes y diales.

  —"Olvidó... olvidó su... su calibrador geo-armónico de bolsillo"—, jadeó Bram, tendiéndole el objeto a Thorian.

  Thorian lo arrebató con un gru?ido. —"?Eso no es un calibrador de bolsillo, idiota! ?Es un extensor rúnico de quinta fase para análisis espectral profundo! ?Y se supone que debe estar en su estuche de contención, no agitándose como un sonajero de goblin!"—. Le lanzó una mirada fulminante al aprendiz, que se encogió visiblemente. Luego, su expresión se suavizó una fracción. —"Pero... gracias por notarlo"—, murmuró, y le dio una palmada seca en el hombro, como quien revisa la estabilidad de un mueble nuevo. Guardó el dispositivo con cuidado en un compartimento de su mochila. Se giró para seguir a Martín y Althaea, pero se detuvo y miró por encima del hombro a Bram. —"Buen chico. Que mantenga el taller funcionando. Y no toques mi reserva personal de cerveza"—.

  Con esa última instrucción, continuaron su camino, saliendo finalmente de la estructura masiva de Karak Dhur hacia el túnel de acceso que conducía al exterior. La luz artificial dio paso a una penumbra creciente, y el aire se volvió más frío, más húmedo, cargado con el olor a roca mojada y el distante eco del viento.

  Tras una última y larga caminata por el túnel inclinado, vieron la luz al final: no el brillo constante de las runas, sino la luz pálida y grisácea de un cielo nublado de monta?a. Dieron los últimos pasos y emergieron al aire libre.

  El cambio fue abrupto, casi violento. El viento frío les azotó la cara, trayendo consigo el olor a pino, a tierra húmeda y a nieve cercana. El silencio aquí era diferente al del cubículo; era un silencio vivo, lleno del susurro del viento entre las rocas y el grito lejano de un ave de presa. Martín inspiró profundamente, llenando sus pulmones con aquel aire fresco y real. Pero la sensación no fue de liberación eufórica. El primer aliento fuera de la monta?a no olía a libertad. Olía a frío, humedad, y a esa promesa amarga de que todo lo difícil, todo lo verdaderamente peligroso, aún estaba por venir.

  Lanzó una última mirada hacia la entrada monumental de Karak Dhur, una cicatriz de ingeniería en la ladera de la monta?a. Había llegado allí buscando respuestas y había encontrado más preguntas, más peligros, y una transformación que aún no comprendía del todo. Luego, se giró y miró hacia el oeste, hacia el camino desconocido que ahora se abría ante ellos. Althaea ya estaba estudiando el terreno, sus instintos de exploradora tomando el control. Thorian estaba consultando un dispositivo, probablemente midiendo la presión barométrica o la composición atmosférica con fines "científicos".

  Estaban fuera. Estaban juntos. Y el camino los esperaba.

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