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Capítulo 48 - Bajo la Mirada de la Montaña

  La conversación con Althaea, tan necesaria y catártica la noche anterior, había dejado un poso de calma en Martín, pero la calma era superficial, como una fina capa de hielo sobre aguas turbulentas. El alivio de saber que su lazo con ella resistía la prueba se veía constantemente socavado por la realidad opresiva de su situación actual. Despertar de nuevo en la misma habitación austera, con el mismo olor antiséptico mineral y la misma luz fría y constante del cristal del techo, era un recordatorio brutal de que su destino inmediato estaba completamente fuera de sus manos.

  El dolor físico había remitido considerablemente. Las curanderas enanas, aunque parcas y eficientes hasta la frialdad, habían hecho un buen trabajo con las vendas y los ungüentos. Podía moverse con más libertad, aunque cada músculo aún protestaba con una rigidez dolorosa, un testimonio del esfuerzo sobrehumano y la violenta regeneración forzada en la arena. Pero era la mente la que no encontraba descanso.

  La inactividad forzada era una tortura para su naturaleza analítica y resolutiva. Se encontraba repasando obsesivamente los eventos del coliseo. La secuencia era clara en su memoria: la provocación de Durnar, la oleada de furia protectora hacia Althaea, y luego... el cambio. La sensación de una energía ajena, no, propia pero descontrolada, surgiendo de su interior, alimentándose del entorno, reparando su cuerpo a un ritmo imposible y aterrador. No había sido una posesión como en Oakhaven; no había otra voz, solo la suya amplificada por la rabia. ?Era esto lo que el espíritu había dejado atrás? ?Una especie de... huella energética, una habilidad parasitaria activada por emociones extremas? ?O era algo inherente a él, a su extra?a conexión con el "código" de este mundo, una capacidad latente y peligrosa que solo ahora se manifestaba? La falta de control era lo más aterrador. Había hecho arrodillar a Durnar, sí, pero había perdido el control de sí mismo en el proceso, y eso lo dejaba vulnerable y, a ojos de los enanos, impredecible.

  Miró el disco de metal, que descansaba inerte sobre la peque?a mesa de piedra. Durante el combate, no había sido consciente de usarlo activamente, pero ?había influido? ?Había canalizado la energía de los cristales hacia él? ?O era simplemente un amplificador de su propia habilidad latente? Demasiadas preguntas sin respuesta. Intentó activarlo mentalmente, visualizar el código del entorno, pero solo obtuvo una imagen débil y parpadeante, como si sus propias "baterías" mentales estuvieran agotadas.

  Althaea sobrellevaba el confinamiento con una disciplina férrea, pero Martín podía ver la tensión acumulada en ella. Su caminar por la peque?a habitación ya no era el de una pantera enjaulada, sino más bien el de una centinela obligada a permanecer en un puesto que detestaba. Sus ojos ámbar a menudo se perdían en la contemplación de las paredes de roca lisa, como si intentara ver a través de ellas hacia el cielo y los árboles que tanto anhelaba. El aire confinado, el ruido distante pero constante de la ciudad subterránea, la ausencia de los ritmos naturales del bosque... todo ello parecía pesar sobre su espíritu. A veces, la veía cerrar los ojos y respirar profundamente, probablemente intentando encontrar esa conexión Silvan que aquí, bajo toneladas de piedra, se sentía tan atenuada. Martín se sentía responsable de su malestar, una culpa adicional que se sumaba a sus propias preocupaciones.

  Hablaban poco. ?Qué podían decirse que no se hubiera dicho ya? Compartían la comida que les traían los guardias —las mismas gachas insípidas, a veces acompa?adas de un trozo de pan duro o una raíz cocida— en un silencio que ya no era cómodo, sino tenso por la expectativa. Cada cambio de guardia fuera de la puerta —el retumbar de las botas, el breve intercambio en Khazalid— los ponía en alerta, aguzando el oído, esperando una palabra, una orden, una indicación de su destino. Pero la puerta permanecía cerrada, y la espera se alargaba, convirtiéndose en una forma sutil de tortura psicológica.

  Martín intentó distraerse repasando mentalmente el "código" que había visto en el Archivo, el diagrama de la Astracita, la mención al culto que ataba espíritus. ?Habría alguna conexión con lo que le había pasado en la arena? ?Podría esa "Marca de la Sombra" ser responsable de su propia y extra?a habilidad, o solo del tormento del espíritu de Oakhaven? La falta de acceso a más información era exasperante. Estaba tan cerca de posibles respuestas, encerrado en el corazón de una civilización que guardaba siglos de conocimiento, y sin embargo, estaba impotente, confinado a una celda médica.

  Althaea, notando su frustración, intentó ofrecer consuelo a su manera. Una tarde, mientras Martín miraba fijamente la pared de roca, ella se sentó a su lado y comenzó a tararear en voz baja una melodía Silvan, una canción sin palabras que evocaba el sonido del viento en las hojas y el fluir del agua. La melodía era suave, melancólica pero tranquilizadora. Martín cerró los ojos, dejándose envolver por el sonido, y por un momento, casi pudo olvidar las paredes de piedra, el olor a metal, la presencia de los guardias. Fue un peque?o respiro, un recordatorio de la belleza que aún existía fuera de su confinamiento, y un gesto silencioso de la profunda conexión que compartían.

  Pero la calma era siempre temporal. La realidad de su situación —prisioneros bajo la monta?a, esperando el juicio de un pueblo desconfiado y poderoso— volvía a imponerse con cada hora que pasaba, con cada eco de pasos en el pasillo. La mirada de la monta?a estaba sobre ellos, silenciosa, evaluadora, y su veredicto aún era desconocido.

  Habían pasado quizás dos horas desde la última entrega silenciosa de comida, un lapso de tiempo medido solo por la creciente inquietud de Althaea y el repaso mental cada vez más ansioso de Martín, cuando un sonido diferente rompió la monotonía del pasillo exterior. No era el paso regular de la patrulla, sino un conjunto de pisadas más pesadas, más deliberadas, acompa?adas por el tintineo metálico de una armadura que sonaba... diferente. Más ornamentada, más imponente. Martín y Althaea intercambiaron una mirada cargada de tensión. Algo iba a suceder.

  Se escuchó una voz gutural dando una orden seca en Khazalid, seguida por el sonido inconfundible de múltiples cerrojos de metal deslizándose con precisión mecánica. La pesada puerta de madera y hierro no se abrió simplemente; fue empujada hacia adentro con una fuerza controlada, revelando no a los guardias rasos, sino a una figura que inmediatamente dominó el peque?o espacio de la habitación, eclipsando casi la luz del cristal del techo.

  Era un enano de una corpulencia y una presencia que superaban con creces a las de Bofrid o incluso a las de Gror, el supervisor de la arena. Su armadura de placas de un acero pulido tan oscuro que parecía absorber la luz, era una obra maestra de la forja defensiva, cada pieza ajustada con una precisión milimétrica y grabada con runas plateadas que no solo brillaban con poder propio, sino que parecían formar intrincados patrones de linaje y autoridad. Una capa de un tejido pesado, de color gris pizarra y bordeada con un hilo metálico que captaba la luz, caía desde sus anchos hombros, sujeta por un broche masivo de hierro forjado con la forma del martillo y el yunque cruzados sobre el pico monta?oso, el símbolo oficial de la ciudadela de Karak Dhur.

  Su barba, de un gris acerado que hablaba de muchos inviernos bajo la monta?a, estaba recogida en dos trenzas increíblemente gruesas y complejas, cada una terminada con una pesada abrazadera de metal rúnico. Su rostro, visible bajo un yelmo abierto pero severo, era un mapa de líneas duras y autoridad incuestionable. Una vieja cicatriz, blanca y fina, le cruzaba la mejilla izquierda y desaparecía bajo la barba, un testimonio silencioso de batallas pasadas. Pero eran sus ojos los que capturaban y mantenían la atención: peque?os, hundidos bajo unas cejas pobladas, de un color gris pálido como el hielo de glaciar, y poseedores de una frialdad penetrante y una inteligencia calculadora que no revelaba absolutamente nada de sus pensamientos.

  Este era, sin duda, alguien de alto rango, alguien acostumbrado a dar órdenes y a ser obedecido sin rechistar. Flanqueándolo, justo en el umbral, permanecían dos guardias de la élite de la ciudadela, reconocibles por los detalles dorados en sus armaduras y las hachas rúnicas de doble filo que sostenían con una disciplina marcial. Su presencia silenciosa y amenazante reforzaba la autoridad del enano que acababa de entrar.

  El enano de la armadura oscura dio un paso más dentro de la habitación, sus botas con suela de metal resonando con un chasquido autoritario sobre la piedra. Su mirada fría barrió el peque?o espacio: el catre donde Martín se incorporaba con esfuerzo, la figura tensa de Althaea poniéndose instintivamente en pie, la lanza de ella apoyada contra la pared, la simpleza casi carcelaria del lugar. No mostró sorpresa ni ninguna otra emoción discernible.

  —"Soy el Capitán Borin Murodehierro"—, anunció finalmente, su voz tan grave y resonante como un golpe de martillo en las profundidades de una mina, cada palabra en Varyan pronunciada con una precisión cortante y un acento gutural que hacía vibrar el aire. —"Comandante de la Guardia de la Ciudadela y responsable de la seguridad y el orden en este sector. Se me ha informado detalladamente de los disturbios ocasionados por su presencia en la Arena de Pruebas del nivel cuatro"—. Su mirada se posó primero en Martín, evaluándolo de pies a cabeza. —"Un combate que excedió los límites de una simple prueba, una intervención externa"—. Sus ojos se desviaron hacia Althaea por un instante, un destello gélido en ellos. —"Y, lo más preocupante, una perturbación energética significativa que afectó a la red de cristales de iluminación, un acto que esta ciudad no toma a la ligera"—.

  Volvió a clavar su mirada en Martín. —"Los registros indican que usted es Martín Vega, un umgi llegado recientemente de la superficie. Y usted"—, el título fue casi escupido mientras se dirigía a Althaea, —"es su compa?era shatra, Althaea de... Oakhaven, según el informe preliminar"—. El nombre de la aldea Hombre Bestia pareció no impresionarle en absoluto.

  El Capitán Borin dio otro paso, reduciendo la distancia, su presencia llenando la habitación, haciendo que el aire pareciera más denso, más difícil de respirar. —"Las leyes de Karak Dhur, forjadas a lo largo de milenios para preservar nuestra ciudad y nuestro modo de vida, son estrictas. Prohíben el uso de magia desconocida, inestable o potencialmente da?ina dentro de nuestros muros. Castigan severamente cualquier da?o a la infraestructura que mantiene esta monta?a viva. Y no toleran el desorden ni las intervenciones que alteren nuestras costumbres"—. Hizo una pausa, el silencio amplificado por el eco distante de la ciudad. —"Lo que ocurrió en esa arena viola, potencialmente, todas esas leyes. Por lo tanto, exijo una explicación. Completa, veraz y sin las florituras o evasivas que suelen emplear los habitantes de la superficie para ocultar sus intenciones. Empiece usted, umgi"—.

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  La orden fue clara, la amenaza implícita. Estaban ante la máxima autoridad de la guardia, un enano que representaba la ley y el orden inquebrantable de Karak Dhur, y cuyas próximas decisiones determinarían su futuro inmediato en la ciudad subterránea. La atmósfera se cargó de una tensión casi eléctrica.

  La mirada gélida del Capitán Borin Murodehierro estaba fija en Martín, esperando una respuesta. El silencio en la habitación era tan denso que Martín podía oír el latido acelerado de su propio corazón. A pesar de la calma relativa que había sentido tras la conversación con Althaea, la presencia autoritaria del enano y la gravedad de la situación le provocaron un escalofrío. Respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos y elegir sus palabras con extremo cuidado.

  —"Capitán Murodehierro"—, comenzó Martín, esforzándose por mantener un tono respetuoso pero firme, su Varyan ahora puesto a prueba bajo presión. —"Agradezco que nos dé la oportunidad de explicar. Lo que sucedió en la arena... no fue nuestra intención causar disturbios ni da?ar nada"—.

  —"Las intenciones rara vez absuelven las consecuencias, umgi"—, interrumpió Borin, su voz cortante. —"Limítese a los hechos. ?Por qué estaba usted en la Arena de Pruebas?"—.

  —"Quería... medir mi progreso"—, respondió Martín con honestidad. —"He estado entrenando. Quería entender el estilo de combate enano, probar mi propia resistencia. No busqué una victoria, solo... una prueba, como dijo el supervisor Gror"—.

  Borin asintió levemente, un gesto casi imperceptible. —"Una prueba que pareció exceder sus capacidades iniciales. El informe indica que recibió heridas considerables. Y luego... ocurrió la perturbación energética. Explíquese"—.

  Aquí venía la parte difícil. Martín no podía revelar la verdadera naturaleza de su habilidad, ni la conexión con el espíritu de Oakhaven (aunque no fuera una posesión directa, el eco y la influencia eran innegables y demasiado complejos de explicar). Tenía que ser vago, pero creíble.

  —"Mi oponente, Durnar"—, continuó Martín, —"además del combate físico, recurrió a... insultos. Provocaciones"—. Miró brevemente a Althaea, quien mantenía una expresión impasible, pero cuya mano descansaba cerca de su lanza. —"Cuando esos insultos se dirigieron a mi compa?era, Althaea... reaccioné. Con... más fuerza de la que esperaba"—.

  —"?Fuerza? O magia"—, inquirió Borin, sus ojos acerados entrecerrándose. —"Los testigos hablan de heridas que se cerraban solas. De una resistencia inhumana. Y del drenaje de los cristales. Eso no es simple 'fuerza', umgi"—.

  —"Yo... no lo sé exactamente, Capitán"—, dijo Martín, eligiendo la ambigüedad. —"Fue... una reacción. Una oleada de energía que no controlo. Quizás una habilidad humana rara, activada por el estrés extremo, por la adrenalina, por la necesidad de... defender. Nunca antes había sucedido algo así"—. Mintió en parte, recordando la posesión, pero era una mentira necesaria por ahora. —"No fui consciente de estar drenando los cristales. Si causé algún da?o, lo lamento profundamente y estoy dispuesto a... compensarlo de alguna manera, si está en mi mano"—.

  Borin lo escuchó en silencio, su rostro una máscara impenetrable. Era imposible saber si creía una palabra. Se giró hacia Althaea.

  —"?Y usted, shatra? ?Su intervención? Las reglas de la arena son claras. Ninguna interferencia externa"—.

  Althaea dio un paso al frente, su postura erguida, su mirada directa. —"Vi a mi compa?ero colapsar, Capitán"—, respondió, su Varyan firme. —"Su respiración se detenía. Las luces de la arena fallaban. No intervenía en el combate, porque este ya había terminado; Durnar estaba vencido. Intervine para prestarle auxilio, para evitar que muriera en su arena por agotamiento o por la extra?a energía que lo consumía. La vida de mi compa?ero era más importante que cualquier regla de su juego"—. Su tono era respetuoso pero inquebrantable.

  Borin la observó largamente. La lógica de Althaea era difícil de refutar, y su fiereza tranquila era, a su manera, impresionante. Pero las reglas eran las reglas, y la perturbación energética era un hecho innegable.

  —"Una habilidad humana rara..."—, repitió Borin, volviéndose hacia Martín, su tono cargado de escepticismo. —"...que convenientemente drena la energía de nuestros cristales Magitek y le permite regenerar heridas mortales. Una explicación... conveniente, pero poco convincente"—. Dio un paso atrás, su mirada recorriendo a ambos. —"Tenemos leyes estrictas contra la hechicería descontrolada y el uso de energías oscuras o desconocidas. Lo que usted demostró encaja peligrosamente en esas categorías. La perturbación de la red energética es una ofensa grave"—.

  El aire en la habitación se volvió aún más pesado. Martín sintió un nudo de temor en el estómago. Las palabras del Capitán sonaban a una acusación formal.

  —"No somos hechiceros oscuros, Capitán"—, dijo Martín, con tanta convicción como pudo reunir. —"Solo somos viajeros buscando respuestas. No deseamos causar problemas"—.

  —"Ya los han causado"—, replicó Borin secamente. —"Su presencia aquí es irregular. Su poder es inexplicable y peligroso. Y su compa?era ha violado nuestras normas. Según nuestras leyes, el castigo podría ir desde la expulsión inmediata hasta el confinamiento indefinido en las celdas inferiores... o peor, si se determina que hubo intención maliciosa o uso de magia prohibida"—.

  La amenaza quedó flotando en el aire, fría y real. Martín y Althaea intercambiaron una mirada preocupada. Su situación parecía desesperada. Estaban a merced de la justicia enana, una justicia que parecía tan dura e inflexible como la piedra de sus monta?as.

  La amenaza implícita en las palabras del Capitán Borin Murodehierro colgaba en el aire viciado de la habitación como una sentencia pendiente. Martín sintió cómo se le helaba la sangre; el confinamiento indefinido en las profundidades de Karak Dhur era una perspectiva aterradora, un final abrupto y sombrío para su búsqueda. Althaea, aunque mantenía su compostura externa, tensó imperceptiblemente los músculos, lista para reaccionar si la situación degeneraba. Los guardias flanqueando al Capitán se movieron ligeramente, sus manos aferrando con más fuerza sus hachas rúnicas.

  Borin estaba a punto de pronunciar su veredicto, sus labios apretados en una línea dura, cuando un nuevo sonido interrumpió la tensión: una serie de golpes rápidos y enérgicos en la pesada puerta de madera y hierro.

  Todos se giraron hacia la puerta, sorprendidos. Los guardias en el pasillo intercambiaron gru?idos confusos en Khazalid. Uno de ellos abrió una peque?a mirilla metálica.

  —"?Capitán Murodehierro!"—, llegó una voz desde fuera, aguda, impaciente y llena de una energía que contrastaba con la gravedad del momento. —"?Sé que está ahí dentro! ?Y sé a quién tiene! ?Necesito verlo! ?Es... científicamente imperativo!"—.

  Borin frunció el ce?o, una expresión de fastidio cruzando su rostro pétreo. —?"Thorian? ?Qué demonios quieres ahora, loco inventor? Estoy en medio de un interrogatorio oficial"—.

  —"?Precisamente, Capitán, precisamente!"—, insistió la voz. —"?Lo que sea que haya hecho ese umgi, es secundario comparado con cómo lo hizo! ?El drenaje energético! ?La firma residual! ?Tengo lecturas que desafían tres principios fundamentales de la tecno-hechicería! ?Tiene que dejarme verlo!"—.

  El Capitán Borin suspiró, un sonido exasperado. Claramente conocía y sufría la excentricidad del ingeniero. Hizo un gesto resignado a uno de los guardias del pasillo. La puerta se abrió, y Thorian Ironfist irrumpió en la habitación como un torbellino contenido. Su barba rojiza estaba más despeinada que de costumbre, sus gafas multi-lente estaban torcidas sobre la frente, y sus ojos azules eléctricos brillaban con una intensidad febril que eclipsaba incluso la severidad del Capitán. Ignoró por completo a los guardias y a Althaea, dirigiéndose directamente hacia el catre donde estaba Martín.

  —"?Ahí estás!"—, exclamó, acercándose y examinando a Martín como si fuera un artefacto recién descubierto, ignorando por completo su debilidad y las vendas. —?"Increíble! ?Cómo lo hiciste? ?Fue una canalización simpática directa desde la matriz de los cristales? ?O utilizaste una forma de conversión bio-energética para procesar el maná ambiental? ?Y la regeneración? ?Aceleración celular inducida por energía arcana focalizada? ?O una reestructuración molecular temporal? ?Los picos de energía residual que detectaron mis sensores remotos eran... caóticos, pero fascinantes!"—.

  Martín parpadeó, abrumado por el bombardeo de preguntas técnicas y el entusiasmo maníaco del ingeniero.

  El Capitán Borin carraspeó ruidosamente. —"Thorian. Le recuerdo que este umgi está bajo investigación por violar las leyes de la ciudad y por causar una perturbación energética grave"—.

  Thorian se giró hacia el Capitán, agitando una mano con impaciencia. —"?Leyes, leyes! ?Borin, por la Gran Forja, no sea tan... lineal! ?Sí, causó una perturbación! ?Una perturbación fascinante! ?Una que podría ense?arnos más sobre la manipulación de energía que cien a?os de experimentos controlados en el Gremio!"—. Se acercó al Capitán, bajando la voz a un susurro conspirador pero audible. —"Piénselo, Capitán. Un ser capaz de interactuar directamente con nuestros sistemas de energía Magitek a nivel biológico... ?sin un interfaz rúnico! ?Y esa regeneración! ?Imagine las aplicaciones! ?O los peligros si cae en manos equivocadas... o si simplemente lo encerramos en una celda sin entenderlo!"—.

  Borin lo miró con desconfianza. —?"A qué quieres llegar, Thorian? Sabes que no me gustan tus... métodos poco ortodoxos"—.

  —"?Pragmatismo, Capitán, pragmatismo enano!"—, replicó Thorian, enderezándose. —"Este... fenómeno"—, se?aló a Martín, —"es demasiado valioso (y potencialmente peligroso) para tratarlo como a un simple alborotador. Propongo una solución: déjenmelo a mí. Lo tomaré bajo mi... supervisión técnica"—. Sonrió, una sonrisa astuta. —"En mi taller. Donde puedo monitorizar sus... fluctuaciones energéticas. Estudiar su habilidad. Asegurarme de que no vuelva a... 'sobrecargar' nada. Y, por supuesto, presentaré informes detallados al Consejo y a la Guardia"—. Gui?ó un ojo. —"Eventualmente"—.

  El Capitán Borin se quedó pensativo. La propuesta era irregular, y la idea de dejar a un individuo con un poder tan extra?o bajo la supervisión del ingeniero más excéntrico y menos fiable de Karak Dhur le erizaba la piel. Pero... también era una salida. Evitaba un juicio complicado con un acusado cuyas habilidades nadie entendía realmente. Ponía la responsabilidad (y el riesgo) directamente sobre los hombros de Thorian. Y, quizás, como decía el loco inventor, estudiar el fenómeno era más prudente que simplemente encerrarlo.

  —"?Garantizas que lo mantendrás bajo control?"—, preguntó Borin, su voz grave y llena de advertencia. —"?Y que serás responsable de cualquier... incidente?"—.

  —"?Absolutamente!"—, asintió Thorian con una confianza quizás exagerada. —"Mi taller tiene más escudos energéticos y sistemas de contención que todo este cuartel. Estará perfectamente... contenido. Para su estudio, claro"—.

  Borin suspiró, resignado. Sabía que probablemente se arrepentiría, pero era la solución más sencilla. —"Está bien, Thorian. Que así sea. El umgi y la shatra quedan bajo tu custodia y responsabilidad técnica hasta que el Consejo decida otra cosa. Cualquier problema, cualquier nueva perturbación... y vendré a buscarte a ti primero"—. Lanzó una última mirada gélida a Martín y Althaea. —"Consideren esto una advertencia. Están en Karak Dhur bajo nuestros términos"—.

  Sin más palabras, el Capitán Borin Murodehierro y sus guardias se dieron la vuelta y salieron de la habitación, dejando tras de sí un silencio cargado de nuevas posibilidades y, sin duda, nuevos peligros.

  Thorian se frotó las manos, sus ojos brillando con excitación científica. Miró a Martín, que seguía en el catre, procesando el giro inesperado de los acontecimientos.

  —"Bueno, humano Martín"—, dijo Thorian con una sonrisa que no llegaba a ocultar su intensidad. —"Parece que tenemos mucho trabajo por delante. ?Y muchos datos fascinantes que recopilar!"—.

  Martín intercambió una mirada con Althaea. Habían evitado la prisión o la expulsión, pero ahora estaban bajo la tutela de un genio excéntrico cuyas motivaciones eran puramente científicas y potencialmente peligrosas. Estaban "libres", pero atados a un nuevo tipo de incertidumbre en el corazón de la monta?a enana.

  Sí, Thorian es un maníaco. Pero es nuestro maníaco ahora. Y eso, por muy raro que suene, es una especie de milagro técnico.

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