Llevaban varios días sumergidos en el corazón pétreo de Karak Dhur, y aunque la maravilla inicial ante la escala de la ciudad subterránea no se había desvanecido del todo, la rutina comenzaba a imponerse. Martín dividía su tiempo entre el trabajo agotador y silencioso en la forja de Bofrid y las sesiones de análisis técnico en el caótico taller de Thorian Ironfist. Althaea, por su parte, continuaba sus pacientes exploraciones por los niveles superiores, recopilando fragmentos de información y rumores, y tratando de acostumbrarse a la opresiva ausencia de cielo y bosque. Se reunían cada noche en el ruidoso nicho del 'Yunque Sediento', compartiendo sus escasos hallazgos y la sensación compartida de estar moviéndose lentamente en un océano de piedra y secretos bien guardados.
Fue durante una de estas exploraciones vespertinas, mientras buscaban una ruta alternativa para evitar el distrito más ruidoso de las fundiciones, que se toparon con algo inesperado. Un rugido sordo y colectivo, diferente al estruendo industrial, resonó desde una vasta caverna lateral que no habían notado antes. Intrigados, se acercaron con cautela.
La caverna era enorme, de forma aproximadamente circular, con paredes que ascendían en gradas talladas directamente en la roca viva. Estas gradas estaban repletas de enanos que gritaban, golpeaban jarras de cerveza contra la piedra y apostaban con gestos vehementes. El aire olía intensamente a sudor, a cerveza derramada y a una extra?a mezcla de arena y sangre seca. En el centro de la caverna, un amplio círculo de arena compactada estaba iluminado por grandes formaciones de cristales incrustados en el techo, que emitían una luz blanca y cruda. Era, sin duda, una arena de combate, un coliseo subterráneo.
En ese momento, dos enanos robustos, armados solo con escudos de madera y mazas romas de entrenamiento, se enfrentaban en el centro de la arena. El combate era brutal, directo, lleno de cargas, bloqueos resonantes y golpes contundentes que habrían derribado a un humano normal al primer impacto. Los espectadores rugían con cada golpe bien conectado, con cada esquiva audaz. No parecía una lucha a muerte, pero sí una prueba de fuerza y resistencia muy seria, quizás parte de un entrenamiento militar, una resolución de disputas o simplemente un entretenimiento apreciado por la cultura marcial enana.
Martín observó fascinado, analizando los estilos de lucha, la forma en que los enanos usaban su bajo centro de gravedad y su fuerza para bloquear y contraatacar. Reconoció algunos principios de apalancamiento y defensa que Gorak le había ense?ado, pero aplicados con una solidez y una potencia diferentes.
Althaea observaba con una intensidad diferente. Sus ojos ámbar seguían cada movimiento, evaluando la técnica, la fuerza, la resistencia. Reconocía la habilidad, pero también la falta de la agilidad fluida y la conexión instintiva con el entorno que caracterizaban la lucha de su gente. Era una forma de combate diferente, basada en la resistencia de la piedra y la fuerza del martillo.
—"Prueban su valía"—, murmuró Althaea, más para sí misma que para Martín, aunque él la escuchó. —"Una forma... directa. Como los jóvenes lobos que luchan por establecer su lugar en la manada"—.
Se quedaron observando varios combates más. Vieron a jóvenes enanos ansiosos por demostrar su fuerza, a veteranos curtidos mostrando su técnica superior, e incluso un combate con armas reales (aunque parecían ser duelos rituales con reglas estrictas, ya que terminaban al primer corte significativo). La atmósfera era vibrante, cargada de una energía cruda y competitiva.
Mientras observaban, Althaea se giró hacia Martín, una idea formándose en su mirada usualmente tranquila. Lo estudió por un momento, evaluando su progreso físico, la nueva determinación que había visto crecer en él desde Oakhaven.
—"Martín"—, dijo, su voz seria pero con un matiz de desafío. —"Has entrenado. Con Gorak. Con Borak, el Hombre Tigre. Has enfrentado peligros reales. Pero... nunca te has medido realmente en un combate... controlado. Una prueba"—. Se?aló hacia la arena.
Martín la miró, sorprendido. —?"Yo? ?Luchar... ahí?"— La idea le pareció descabellada. él era un programador, un técnico, no un gladiador.
—"?Por qué no?"—, replicó Althaea. —"No para ganar. No para la gloria del público"—. Hizo un gesto hacia los enanos ruidosos. —"Sino para ti. Para saber dónde estás. Para poner a prueba lo que has aprendido. Para sentir la presión del combate sin que tu vida dependa directamente de ello"—. A?adió, con una lógica pragmática que él reconocía. —"Y quizás... solo quizás... si muestras coraje, si muestras esfuerzo... incluso si pierdes... ganarás un tipo diferente de respeto aquí. Más que cargando carbón o limpiando cristales"—.
Martín lo consideró. La idea le aterraba, pero también... le intrigaba. Había luchado por necesidad, por supervivencia. Pero nunca por elección, nunca como una prueba deliberada. Recordó las palabras de Gorak sobre el control, sobre usar la fuerza sin la furia. ?Podría hacerlo? ?Podría enfrentarse a un oponente sin dejarse llevar por el pánico o por el eco oscuro del espíritu? Y la idea de ganarse el respeto de los enanos a través del esfuerzo, como sugería Althaea, tenía sentido en el contexto de su cultura.
—"No sé, Althaea..."—, dudó. —"Ellos son... increíblemente fuertes. Y yo..."—.
—"No tienes que vencer"—, repitió ella con firmeza. —"Solo tienes que luchar. Demostrar que no eres el umgi blando que creen que eres. Que tienes corazón de luchador, aunque tu cuerpo sea diferente"—. Su mirada lo desafió. —"?O prefieres seguir siendo el forastero invisible que limpia la escoria?"—.
Las palabras de Althaea dieron en el blanco. Martín se irguió, una chispa de determinación encendiéndose en su interior. Tenía miedo, sí, pero también sentía la necesidad de probarse a sí mismo, de dejar de ser solo el observador, el aprendiz.
—"Está bien"—, dijo finalmente, su voz más firme de lo que se sentía por dentro. —"Lo haré. Lucharé"—.
Althaea asintió, una leve sonrisa de aprobación apareciendo en sus labios. —"Bien. Averiguaré cómo funcionan las 'pruebas'. No te lances sin saber las reglas"—.
Averiguar las modalidades de participación en la arena fue más sencillo de lo que Martín había temido, aunque no menos intimidante. Althaea, con su porte tranquilo pero innegablemente poderoso, se acercó al supervisor enano, un veterano marcado por innumerables cicatrices de batalla y con una barba canosa trenzada con anillos de hierro que denotaban autoridad. Con un Varyan claro y respetuoso, explicó el deseo de su compa?ero de participar en una "Prueba de Resistencia", una modalidad no letal que, según había oído, permitía a los jóvenes o a los forasteros demostrar su temple sin necesidad de un duelo formal a muerte o por honor.
El supervisor, cuyo nombre parecía ser Gror, miró a Martín de arriba abajo con un escepticismo apenas disimulado. Sus ojos peque?os y agudos evaluaron la complexión del humano, notablemente más delgada que la de cualquier enano, su ropa de viaje desgastada, y la ausencia de armas evidentes más allá del cuchillo en su cinturón. Soltó una carcajada que resonó en la caverna.
—"?El umgi? ?Probar resistencia?"—, repitió, el término para humano sonando particularmente condescendiente en su boca. Se giró hacia otros enanos cercanos y dijo algo en Khazalid que provocó más risas ásperas. Luego, se volvió hacia Althaea. —"Escucha, shatra, aprecio tu valor al traer a tu... mascota... aquí, pero esto no es un juego de ni?os de la superficie. La 'Prueba de Resistencia' es para medir cuánto castigo puede soportar uno antes de rendirse o caer. No es un baile"—.
Althaea mantuvo la calma, su mirada ámbar fija en Gror. —"Mi compa?ero entiende los riesgos. Ha entrenado con guerreros fuertes. Busca medir su propio espíritu, no insultar vuestras costumbres"—.
Gror la estudió por un momento, quizás sorprendido por su firmeza y su Varyan claro. Se encogió de hombros. —"?Como quieran! Si el umgi quiere que le reorganicen los huesos, es su problema. ?Que suba! ?Durnar!"—, gritó hacia la multitud de enanos que esperaban su turno o simplemente observaban. —"?Tenemos un voluntario de la superficie para calentar la arena!"—.
Un murmullo recorrió las gradas mientras Martín, tragando saliva para controlar los nervios, descendía los escalones hacia el círculo de arena. El rugido de la multitud se sintió diferente desde abajo: más cercano, más personal. Podía escuchar claramente las burlas en Khazalid, los gritos apostando sobre cuánto tardaría en caer, las risas ante su evidente nerviosismo. Se sentía como un cordero entrando en una jaula de lobos. Althaea le dedicó una última mirada desde el borde, un gesto casi imperceptible que decía: Recuerda tu entrenamiento. Sobrevive.
De entre el grupo de contendientes, se adelantó un enano que parecía tallado en granito puro. Era más bajo que Martín, pero inmensamente más ancho, con hombros como rocas y brazos que parecían capaces de doblar barras de hierro. Su barba negra, larga y descuidada, estaba salpicada de polvo de piedra, sugiriendo que era un minero o cantero, acostumbrado al trabajo físico brutal. Sus ojos peque?os y oscuros, hundidos bajo una frente prominente, se clavaron en Martín con una mezcla de desprecio y anticipación violenta. Blandía una pesada maza de entrenamiento, hecha de madera oscura y nudosa, con una facilidad que hablaba de una fuerza descomunal. Este era Durnar, claramente elegido por Gror no por su habilidad técnica, sino por su pura potencia física y su evidente animosidad hacia los no-enanos.
—"Así que"—, gru?ó Durnar mientras se acercaba, arrastrando la maza por la arena, —"el peque?o umgi de la superficie viene a jugar a la guerra. ?Te perdiste de tu mamá, blandengue?"—. Su Varyan era limitado, tosco, aprendido seguramente a través de órdenes o insultos en las minas.
Martín respiró hondo, ignorando la provocación directa. Recordó las lecciones de Borak y Gorak: mantener la calma, observar, buscar el equilibrio. Adoptó una postura baja, flexionando las rodillas, manteniendo las manos abiertas y listas, no para atacar, sino para desviar y reaccionar. Sabía que no podía permitirse recibir un golpe directo de esa maza. Su estrategia debía ser la agilidad, el desgaste, la inteligencia contra la fuerza bruta.
Gror golpeó su martillo contra un escudo. El sonido metálico resonó, dando inicio al combate.
Durnar no esperó. Con un rugido que surgió de lo profundo de su pecho, cargó como un toro furioso, la maza levantada para un golpe descendente devastador. Martín sintió el aire desplazarse a su paso. Reaccionó por puro instinto y entrenamiento. En lugar de retroceder, se movió hacia el ataque, pegándose al costado del enano en el último instante, usando la propia inercia de Durnar para desequilibrarlo mientras el golpe de la maza impactaba con fuerza bruta en la arena donde él había estado un segundo antes. El impacto levantó una nube de polvo y resonó en toda la caverna.
Hubo un silencio momentáneo, seguido por un rugido mixto de la multitud. Algunos enanos rieron ante la carga fallida de Durnar, otros gritaron insultos al umgi por "correr como una rata". Durnar se giró, su rostro enrojecido por la furia y la sorpresa. No esperaba esa agilidad.
—"?Quédate quieto y pelea, cobarde!"—, bramó, lanzando un barrido lateral con la maza, buscando barrerle los pies.
Martín saltó hacia atrás, la maza pasando a centímetros de sus tobillos. Aterrizó con ligereza, manteniendo la distancia, estudiando a su oponente. Durnar era pura fuerza, pero sus movimientos eran predecibles, telegrafiados.
El combate se convirtió en un peligroso juego del gato y el ratón, o quizás, del matador y el toro. Durnar cargaba, golpeaba con furia, intentando aplastar a Martín con su potencia. Martín esquivaba, se deslizaba, usaba fintas para provocar ataques errados, buscando constantemente el desequilibrio del enano. Aplicaba las lecciones de Borak: movimientos fluidos, cambios de dirección inesperados, usar la velocidad para contrarrestar la fuerza.
En una de las cargas de Durnar, Martín logró esquivar y, girando rápidamente, conectó un golpe con el canto de la mano en la parte posterior de la rodilla del enano. Durnar tropezó, soltando un gru?ido de dolor y sorpresa. Antes de que pudiera recuperarse, Martín lanzó dos pu?etazos rápidos y secos a las costillas flotantes, un punto vulnerable que Gorak le había ense?ado.
El enano se dobló por un instante, jadeando, el aire escapando de sus pulmones. La multitud ahora observaba con más atención, los murmullos reemplazando a las risas. El umgi no era solo rápido, también sabía dónde golpear.
Pero la resistencia enana era legendaria. Durnar se enderezó, sus ojos oscuros ardiendo con una furia renovada. Ignoró el dolor y volvió a la carga, esta vez con más astucia, intentando acorralar a Martín contra los bordes bajos de la arena.
Martín se vio forzado a retroceder, esquivando golpes que ahora buscaban más arrinconarlo que aplastarlo directamente. Un golpe de refilón en el hombro le envió una oleada de dolor paralizante. Otro impacto en el costado lo hizo trastabillar, cortándole la respiración. Sabía que no podía mantener este ritmo de esquiva indefinidamente. Estaba recibiendo castigo, acumulando contusiones, y su resistencia, aunque mejorada, no era comparable a la del enano.
Cayó tras un barrido que no vio venir, aterrizando pesadamente sobre la arena. Durnar se cernió sobre él, levantando la maza para el golpe final. Martín rodó desesperadamente, sintiendo el impacto de la maza justo donde había estado su cabeza. Se puso en pie de un salto, cojeando ahora de una pierna y con el costado ardiéndole por el golpe recibido. Estaba herido, cansado, y la multitud enana rugía, anticipando el final.
Durnar se detuvo a unos pasos, apoyándose en su maza, su respiración también agitada ahora, aunque mucho menos que la de Martín. El sudor perlaba su frente bajo la barba desgre?ada.
—"Resistes, umgi... eres más duro que la mayoría de los de tu especie"—, admitió, con un respeto a rega?adientes te?ido de frustración. —"Pero se acabó el juego"—. Su mirada se endureció, buscando algo que rompiera no solo el cuerpo de Martín, sino su espíritu. Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios. —"Quizás debería ir a buscar a tu amiga la shatra después de acabar contigo. Seguro que ella ofrece... mejor entretenimiento"—.
Las palabras de Durnar cayeron en el aire cargado de la arena como aceite sobre brasas. El insulto crudo, la forma en que arrastró el nombre de Althaea por el fango de su propia frustración, no solo golpeó los oídos de Martín, sino que detonó algo profundo y largamente contenido dentro de él. La fatiga, el dolor punzante en su pierna y costado, la constante sensación de ser un extra?o juzgado... todo eso se evaporó, reemplazado por una oleada de furia protectora tan intensa que lo dejó momentáneamente sin aliento. Era una ira diferente a la del espíritu que lo había poseído; esta era suya, nacida de la lealtad, de la gratitud, de la defensa de alguien que se había convertido en su ancla en este mundo hostil.
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Levantó la cabeza lentamente, y la mirada que dirigió a Durnar ya no era la del aprendiz cauteloso o el superviviente tenaz. Era una mirada fría, directa, cargada con un peso que hizo que el corpulento enano, a pesar de su arrogancia, sintiera un incómodo cosquilleo en la nuca.
—"?Qué has dicho?"—, preguntó Martín, su voz peligrosamente baja, cada sílaba cortando el murmullo expectante de la multitud. El Varyan sonó extra?amente pulido, despojado de cualquier vacilación.
Durnar, envalentonado por su aparente ventaja física y la aprobación tácita de la mayoría de los espectadores, sonrió con malicia, mostrando dientes manchados. —"He dicho"—, repitió, arrastrando las palabras con intención de herir, —"que después de acabar contigo, quizás busque a tu amiga... la shatra. Seguro que una criatura salvaje como esa sabe cómo..."—
No pudo terminar la frase. La reacción de Martín fue explosiva. No un grito de rabia, sino un movimiento repentino, un paso firme hacia adelante que acortó la distancia entre ellos, su cuerpo vibrando con una tensión apenas contenida.
—"Los insultos hacia mí"—, dijo Martín, su voz ahora un siseo controlado, pero que vibraba con una intensidad que silenció a las gradas más cercanas, —"los puedo ignorar. Son el ruido vacío de alguien cuya única fuerza reside en sus brazos y no en su cabeza o su corazón. Pero no te atrevas"—, su dedo índice se alzó, temblando ligeramente, no de miedo, sino de furia contenida, apuntando directamente al rostro del enano, —"no te atrevas a dirigir tu inmundicia hacia ella"—.
Su mirada barrió la arena, el polvo, las caras anónimas de la multitud, y luego volvió a Durnar, más afilada que el mejor acero enano. —"?Tienes la más mínima idea de lo que significa la lealtad para alguien como Althaea? ?Tienes idea de lo que ha sacrificado?"— La voz de Martín comenzó a elevarse, cargándose de una emoción cruda y apasionada que sorprendió a todos, incluyéndose a sí mismo. —"?Ella dejó su hogar! ?Su clan! ?Todo lo que conocía, un bosque que respira magia y vida, para seguir a un humano perdido como yo en una búsqueda sin mapa ni garantía! ?Ha enfrentado peligros por mí, me ha ense?ado a sobrevivir, me ha defendido cuando ni siquiera podía entenderme!"—
Cada palabra era un martillazo contra la complacencia y el prejuicio del enano. —"?Soporta este lugar!"— Su brazo barrió el aire, se?alando las paredes de roca opresivas, la luz artificial, el ruido ensordecedor. —"?Un entorno que la ahoga, que va contra cada fibra de su ser, solo por mantenerme a salvo! ?Eso, enano, es honor! ?Eso es fuerza! ?Algo que tú, escondido bajo tu monta?a y tu orgullo vacío, nunca comprenderás!"—
Se acercó un paso más, su cuerpo vibrando visiblemente ahora. La cicatriz en su ceja parecía más oscura, su mirada ardía. —"Así que escucha bien"—, su voz bajó de nuevo a ese siseo peligroso, —"Puedes golpearme. Puedes intentar romperme. Puedes llamarme umgi hasta que tu garganta se seque. Pero si vuelves a pronunciar su nombre sin el respeto que merece..."— Hizo una pausa, el aire crepitando con tensión. —"...Enano, te haré arrodillarte"—.
La promesa resonó en la arena, un desafío directo lanzado no solo a Durnar, sino a la arrogancia y al prejuicio que representaba. Y entonces, la presa se rompió.
La furia, la necesidad de proteger, la adrenalina del combate, todo convergió en un punto focal dentro de él. Sintió un tirón violento, una demanda insaciable de energía. Y su cuerpo, o algo dentro de él, respondió. Un dolor blanco y cegador lo atravesó, centrado en su costado y su pierna heridos. Escuchó, más que sintió, un crujido húmedo y nauseabundo, el sonido inconfundible de sus propios huesos fracturándose bajo la tensión interna. Un gemido gutural se le escapó, involuntario.
Pero el dolor fue efímero, ahogado casi al instante por una oleada de calor antinatural, una energía furiosa que recorrió sus venas como fuego líquido. Pudo sentir —una sensación horrible y extra?a— cómo los fragmentos de hueso se realineaban a la fuerza, cómo la carne desgarrada se tejía a sí misma a una velocidad imposible. La herida en su ceja se cerró con un ligero escozor, dejando solo una marca roja. La cojera desapareció, reemplazada por una tensión muscular extrema. Era una curación, pero una curación brutal, violenta, que consumía algo fundamental dentro de él.
Simultáneamente, un cambio sutil pero perceptible ocurrió en la arena. Las grandes formaciones cristalinas que ba?aban el lugar con su luz blanca comenzaron a parpadear. Su brillo disminuyó notablemente, adquiriendo un tono enfermizo, amarillento. Un murmullo de alarma se extendió por las gradas como una ola. Los enanos miraron hacia arriba, confundidos y preocupados. Nunca habían visto fallar así a los cristales de iluminación del Coliseo. ?Qué estaba pasando? ?Qué estaba haciendo el umgi?
Martín, ajeno a la creciente alarma de la multitud, solo sentía la oleada de poder prestado y la furia canalizada. El dolor residual de la regeneración forzada era un ruido de fondo bajo la imperiosa necesidad de hacer cumplir su palabra. Ya no había estrategia, ni esquiva, ni precisión calculada. Solo un objetivo: doblegar al enano que había insultado a Althaea.
Avanzó. No corrió, caminó con una determinación pesada, cada paso resonando en la arena. Durnar, aunque desconcertado por la recuperación del humano y la extra?a atenuación de las luces, reaccionó con la agresividad instintiva de un luchador acorralado. Levantó su maza y cargó de nuevo, buscando terminar el combate rápidamente.
Esta vez, Martín no esquivó. Levantó un antebrazo —el mismo que momentos antes apenas podía mover por el dolor— para recibir el impacto de la maza. Hubo otro crujido horrible, sintió el hueso ceder bajo el golpe brutal... pero un instante después, la energía ardiente lo reparó, dejándolo con un dolor sordo pero funcional. Agarró el mango de la maza con su otra mano antes de que Durnar pudiera retirarla.
El enano tiró con todas sus fuerzas, pero Martín se aferró con una tenacidad inhumana. Y entonces, atacó. Pu?etazos cortos, secos, brutales, dirigidos al rostro, al cuello, a las costillas de Durnar. Cada golpe sonaba con un impacto sólido, y Martín podía sentir sus propios nudillos rompiéndose y sanando con cada impacto, un ciclo agónico de destrucción y reparación. Su respiración era un fuelle ronco, el esfuerzo sobrehumano visible en cada músculo tenso de su cuerpo, en el sudor que le empapaba la ropa mezclado con el polvo de la arena.
Durnar, acostumbrado a la fuerza bruta pero no a este tipo de resistencia antinatural y salvaje, retrocedió, bloqueando torpemente, su rostro una mezcla de incredulidad y creciente temor. El umgi se estaba curando ante sus ojos, golpeaba con la fuerza de un golem de piedra, y las propias luces de la arena parecían estar fallando a su alrededor. Esto no era una pelea; era una pesadilla.
La multitud enana estaba ahora en un silencio atónito, observando la escena con una mezcla de horror y fascinación morbosa. El forastero se estaba rompiendo y reconstruyendo a sí mismo mientras desmantelaba a su oponente, alimentado por una furia que parecía drenar la propia luz de su ciudad.
La arena se convirtió en un escenario de violencia cruda y resistencia antinatural. El aire vibraba no solo con los gritos de la multitud y el eco de los golpes, sino con la energía palpable que Martín estaba drenando de los cristales luminosos del techo. La luz seguía menguando, proyectando sombras cada vez más largas y profundas, a?adiendo un dramatismo siniestro al brutal intercambio.
Durnar, aunque herido y desconcertado, era un guerrero enano hasta la médula. La humillación de ser presionado por un umgi, por muy extra?o que fuera, avivó su propia furia obstinada. Recuperando el aliento, rugió y volvió a la carga, esta vez con una estrategia diferente. Ya no buscaba un golpe demoledor, sino el desgaste. Lanzaba golpes más cortos y rápidos con la maza, buscando las piernas, los brazos, intentando incapacitar a Martín a través de da?o acumulado, esperando que esa extra?a curación tuviera un límite.
Martín, sintiendo el vacío creciente en su interior, sabía que no podía permitirse recibir muchos más golpes directos, incluso si podía regenerarlos. El coste era demasiado alto. La adrenalina y la furia seguían presentes, pero la sensación de sus huesos rompiéndose y volviendo a soldarse, de su carne desgarrándose y cosiédose a sí misma, era una agonía subyacente que amenazaba con consumirlo. Cada regeneración forzada era como quemar combustible a un ritmo insostenible; sentía su energía vital chisporroteando y menguando con cada reparación violenta.
Aplicó entonces las lecciones de combate de una forma nueva y terrible. Usó la velocidad antinatural que la energía prestada (o quizás el eco del espíritu) le confería, no solo para esquivar, sino para contraatacar en medio de los movimientos del enano. Cuando Durnar lanzaba un barrido bajo, Martín saltaba sobre el golpe, aterrizando peligrosamente cerca, y respondía con un codazo a la sien o un golpe de rodilla al plexo solar. Cuando Durnar intentaba un golpe directo al pecho, Martín desviaba el brazo de la maza con un antebrazo (sintiendo el hueso crujir y repararse dolorosamente) y usaba la apertura para lanzar una serie de pu?etazos rápidos al rostro y al cuello del enano.
Era una lucha desesperada y fea. La técnica pulida que había intentado aprender se perdía en la necesidad de infligir da?o antes de colapsar. Sangre —la suya propia, que brotaba y se detenía; la de Durnar, que fluía más libremente de su nariz rota y sus labios partidos— manchaba la arena grisácea. El sonido de carne golpeando carne, de hueso impactando (y a veces rompiéndose), se mezclaba con los jadeos ásperos de ambos combatientes.
Durnar estaba al límite de su resistencia. La fuerza de los golpes del humano era inexplicable, y su capacidad para seguir luchando después de recibir impactos que habrían tumbado a un jabalí de monta?a era sencillamente aterradora. El miedo comenzó a reemplazar a la furia en los ojos del enano. Miró a su alrededor, buscando quizás la intervención del supervisor, pero Gror y los demás enanos en las gradas estaban paralizados, observando con una mezcla de horror y fascinación oscura. El espectáculo había trascendido una simple prueba de fuerza; estaban presenciando algo primario, antinatural, algo que quebrantaba las reglas conocidas del combate y la resistencia.
Martín sintió la desesperación de Durnar. Podía verla en sus ojos, en la forma en que sus movimientos se volvían más lentos, más torpes. Una parte de él, la parte humana, sintió una punzada de lástima. Pero la furia que lo impulsaba, alimentada por el insulto a Althaea y por la propia energía caótica que canalizaba, ahogó esa compasión. Solo quedaba el objetivo: hacer que se arrodillara.
Reunió sus últimas fuerzas, ignorando el grito de protesta de sus propios músculos y la sensación de vacío que amenazaba con tragarlo. Avanzó, decidido a terminarlo. Esquivó un último y débil intento de Durnar por golpearlo con la maza y conectó un brutal gancho de derecha al costado del enano, justo sobre la costilla que ya había golpeado antes.
Durnar rugió, un sonido gutural de puro dolor, y el aire se le escapó de los pulmones. Soltó la maza, que cayó con un golpe sordo y final en la arena. Sus rodillas cedieron, y el corpulento enano se desplomó sobre manos y rodillas, jadeando, incapaz de levantarse, la cabeza gacha, derrotado.
Martín se detuvo frente a él, su pecho subiendo y bajando con violencia, su cuerpo temblando por el esfuerzo extremo. Había cumplido su palabra. El enano estaba arrodillado. Pero no había satisfacción en la victoria, solo un profundo y abrumador agotamiento y el eco nauseabundo de la violencia autoinfligida de su regeneración. Las luces del coliseo eran ahora tan tenues que apenas iluminaban la escena, creando largas y ominosas sombras.
Levantó una mano temblorosa, quizás para asestar un golpe final simbólico, quizás simplemente para apoyarse en el aire... pero su propio cuerpo dijo basta. Las últimas reservas de energía se agotaron. El mundo comenzó a girar violentamente a su alrededor, los sonidos se distorsionaron, y la oscuridad invadió los bordes de su visión. Sintió sus rodillas doblarse, su conciencia desvaneciéndose rápidamente. Estaba a punto de colapsar, de caer sobre la arena junto a su oponente vencido, completamente consumido por el poder que había desatado.
Fue en ese instante crítico, mientras su cuerpo comenzaba a caer inerte hacia la arena, que una sombra ágil y decidida saltó desde el borde de la arena. Althaea, cuyos instintos de guerrera habían estado gritándole que interviniera desde que vio la luz de los cristales menguar y el temblor recorrer el cuerpo de Martín, no esperó más. Ignoró las posibles reglas, los gritos de la multitud, todo excepto la visión de su amigo colapsando tras un esfuerzo que claramente excedía los límites humanos.
Aterrizó con la gracia silenciosa de un felino junto a Martín justo cuando sus rodillas cedían definitivamente. Antes de que su cuerpo golpeara la arena, Althaea ya estaba allí, recibiéndolo en sus brazos, amortiguando la caída y depositándolo con cuidado sobre la arena oscurecida. Se arrodilló a su lado de inmediato, comprobando su respiración y pulso con manos firmes pero visiblemente temblorosas por la adrenalina y la preocupación. Estaba vivo, pero profundamente inconsciente, su cuerpo finalmente sucumbiendo al agotamiento extremo tras la brutal demostración de poder.
El silencio que siguió fue pesado, denso, cargado de la incredulidad de la multitud enana. Habían presenciado algo inexplicable: un humano resistiendo golpes demoledores, regenerándose de forma antinatural mientras las luces de su propia arena se apagaban, y finalmente colapsando no por un golpe del oponente (que seguía arrodillado, jadeando y mirando la escena con ojos desorbitados), sino por el aparente coste de su propia y extra?a habilidad, con su compa?era shatra irrumpiendo en la arena para socorrerlo.
El silencio se rompió como una presa, estallando en un clamor caótico. Las voces se alzaron desde las gradas, una mezcla confusa de asombro, ira, miedo y especulación febril.
—"?Ha caído! ?El umgi se ha desmayado!"—
—"?Pero Durnar está de rodillas! ?Lo venció!"—
—"?Qué ha sido eso? ?Magia oscura? ?Drenó los cristales!"—
—"?La shatra! ?Ha entrado en la arena! ?Fuera!"— (Este grito ahora es por entrar a ayudar, no por detenerlo)
—"?Silencio! ?Visteis cómo se curaba? ?Eso no es normal!"—
—"?Se habrá matado a sí mismo con esa brujería?"—
Las facciones se formaron instantáneamente en la multitud: los hostiles que pedían castigo (por la magia extra?a y la intrusión de Althaea), los temerosos que solo querían que los forasteros desaparecieran, los pragmáticos que reconocían la increíble resistencia mostrada, y los pocos eruditos y tecnomagos cuyas mentes bullían tratando de comprender el fenómeno energético que acababan de presenciar.
Gror, el supervisor, con el rostro congestionado por la furia y la confusión, se abrió paso a empujones hasta el centro de la arena. Su mirada furibunda se clavó en Althaea, quien seguía arrodillada protectoramente junto a Martín.
—"??Por la Gran Forja, shatra!?"—, bramó, su voz luchando por imponerse sobre el clamor. —"?Has profanado esta arena! ?Has entrado sin permiso!"—. (La acusación cambia de "interferir" a "entrar sin permiso" para socorrer)
Althaea levantó la vista lentamente, enfrentando la furia del enano con una calma helada que lo descolocó. Sus ojos ámbar no mostraban miedo, solo una determinación férrea. —"La prueba había terminado"—, dijo, su voz cortante y clara, proyectándose sorprendentemente bien en la acústica de la caverna y silenciando los gritos más cercanos. —"Vuestro campeón estaba vencido"—. Se?aló a Durnar, que ahora era ayudado a ponerse en pie por otros enanos, su rostro una máscara de dolor y humillación. —"Mi compa?ero estaba colapsando por el esfuerzo de demostrar su valía ante vuestra arena. He entrado para asegurarme de que respira, no para interferir"—. Su mirada desafiante barrió las gradas. —"?O acaso las costumbres enanas incluyen dejar que un combatiente exhausto se ahogue en la arena mientras ustedes discuten las reglas?"—.
La lógica directa y la acusación implícita en sus palabras golpearon a Gror y a la multitud. Hubo murmullos incómodos. Las reglas eran importantes, pero la imagen de Martín colapsando tras su increíble demostración era difícil de ignorar, y la acción de Althaea, aunque una infracción, tenía un claro propósito de auxilio.
Gror farfulló, buscando una respuesta. —"Las... las reglas son claras... Entrada no autorizada..."—.
—"Las reglas no contemplan a alguien que se rompe y se rehace a sí mismo mientras drena la luz de sus cristales"—, replicó Althaea, su mirada desafiante. —"Quizás deberían revisar sus reglas... o entender mejor las fuerzas con las que juegan"—.
El supervisor se quedó sin palabras, atrapado entre la tradición, la presión de la multitud dividida y la evidencia innegable de que algo extraordinario y perturbador había sucedido. Miró a Durnar siendo ayudado a salir de la arena, luego al humano inconsciente, y finalmente a la guerrera del bosque que lo desafiaba con calma.
—"Esto... esto lo decidirá el Capitán de la Guardia"—, logró decir finalmente, aferrándose a la cadena de mando. —"?Guardias! ?Aseguren al umgi y a la shatra! ?Nadie sale de aquí hasta que esto se aclare!"—.
Dos guardias acorazados se adelantaron con renuencia, sin saber muy bien cómo "asegurar" a la imponente Hombre Bestia o al humano inconsciente que acababa de realizar proezas aterradoras. Althaea no ofreció resistencia, pero su mano nunca se alejó del cuerpo de Martín, su postura dejando claro que cualquier intento de da?arlo encontraría una respuesta feroz.
La multitud seguía murmurando, discutiendo, se?alando. El combate había terminado de forma abrupta e insatisfactoria para muchos, pero había dejado una marca indeleble. El forastero humano había demostrado una resistencia imposible, un poder extra?o y peligroso, y había drenado la energía de su ciudad. Las repercusiones de esa Prueba de Resistencia en el Coliseo de Karak Dhur apenas comenzaban a sentirse, como las primeras vibraciones de un terremoto en las profundidades de la monta?a.
Martín cayó. Pero Durnar se arrodilló.
Eso debería decirlo todo. Pero claro, la gente rara vez escucha lo que debería.
Y mientras Karak Dhur murmura sobre el forastero que drenó los cristales... Althaea sostiene a un guerrero hecho pedazos, y la ciudad contiene la respiración.
Y la monta?a, vieja y dura, ya no puede fingir que no lo escuchó.

