La rutina del taller intentó reclamar su dominio, una ilusión de normalidad impuesta sobre la cruda realidad de la crisis. Los ciclos de trabajo comenzaban y terminaban con la precisión mecánica de los autómatas de Thorian. Los aprendices iban y venían con recados, lanzando miradas furtivas y curiosas hacia el rincón donde Martín ahora pasaba la mayor parte del tiempo, confinado por orden del Consejo y por su propia y abrumadora debilidad. él, por su parte, se esforzaba por encajar de nuevo en ese engranaje. Estaba despierto, funcional. Caminaba, hablaba, incluso intentaba participar en las tareas más mundanas del taller, queriendo demostrar —quizás más a sí mismo que a los demás— que seguía siendo Martín Vega.
Se le podía ver ordenando con una meticulosidad casi febril los componentes desparramados sobre una de las mesas de trabajo menos importantes, alineando cristales por tama?o y color con una concentración que bordeaba la obsesión. O se le encontraba limpiando las lentes de complejos dispositivos ópticos con una lentitud exasperante, como si cada mota de polvo requiriera un análisis individual. Eran tareas simples, casi insultantes para alguien que había demostrado la capacidad de leer y manipular la esencia misma de la magia rúnica, pero eran lo único que su cuerpo y mente fatigados parecían tolerar sin protestar demasiado.
Intentaba interactuar. Se acercaba a Thorian mientras este luchaba con un diagrama holográfico particularmente complejo, ofreciendo observaciones que a veces eran sorprendentemente lúcidas y otras, inquietantemente inconexas.
—"El flujo de maná en ese circuito secundario, Maestro Thorian"—, diría, su voz con ese persistente doble eco apenas perceptible, —"genera una resonancia de tercer orden con la matriz de estabilización. Ineficiente. Debería bifurcarse antes del nodo principal"—. Y Thorian, tras un momento de escepticismo, a menudo descubría que la extra?a percepción del humano era correcta, aunque su explicación pareciera venir de una lógica alienígena.
Luego, quizás minutos después, mientras examinaba una simple junta metálica, Martín soltaba una risa ahogada y sin motivo, un sonido corto y seco que helaba el aire. Si Althaea o Thorian lo miraban, él parpadeaba, confundido. —"?Qué? Oh... nada. Pensé... pensé en un código, un bucle infinito que vi una vez. Estúpido"—. Pero la explicación sonaba hueca, y la sombra en sus ojos parecía profundizarse por un instante.
Su lenguaje corporal también era errático. A veces se movía con la rigidez de un autómata, otras con una fluidez casi depredadora que recordaba incómodamente a la transformación. Y estaba el gesto recurrente de tocar superficies. La fría piedra de las paredes, la superficie pulida de una mesa de metal, el cristal facetado de una lámpara apagada. Sus dedos las recorrían lentamente, como si estuviera leyendo braille, murmurando patrones de simetría, números primos, o fragmentos de las ecuaciones de energía de Thorian. Parecía buscar un orden subyacente, una estructura lógica en un mundo que, para él, se había vuelto fundamentalmente caótico desde dentro.
Althaea lo observaba desde la distancia, su corazón apretado por una mezcla de alivio por tenerlo de vuelta y un miedo profundo por lo que había regresado en su lugar. Intentaba mantener una apariencia de normalidad ella misma, practicando sus estiramientos en un rincón, manteniendo su equipo impecable, pero sus ojos rara vez se apartaban de él. Notaba la forma en que la luz brillante de los cristales parecía causarle dolor físico, la manera en que se sobresaltaba ante ruidos repentinos que antes habría ignorado, cómo su mirada a veces se perdía en la distancia, como si estuviera escuchando algo que ellos no podían oír.
Una tarde, Martín intentó hacer una broma sobre la terquedad de un perno oxidado que Thorian no lograba aflojar. —"Necesita la persuasión adecuada, Maestro. Como hablarle a un miembro del Consejo..."—. La broma cayó en un silencio incómodo. No era graciosa, y el eco en su voz la hizo sonar casi amenazante. Thorian solo gru?ó y golpeó el perno con más fuerza. Althaea simplemente desvió la mirada, sintiendo una punzada de tristeza por el humor fácil y la conexión que parecían haberse perdido, reemplazados por esta fachada funcional llena de fisuras inquietantes. Martín, sintiendo el fracaso de su intento, se retiró a su rincón, su rostro una máscara ilegible.
Estaba allí, presente en cuerpo, pero la pregunta que flotaba en el aire tenso del taller era: ?cuánto de Martín Vega quedaba realmente detrás de esos ojos cambiantes y esa sonrisa forzada? Las fisuras en la fachada eran cada vez más evidentes, y la verdadera naturaleza de los fragmentos en caché que se agitaban bajo la superficie era un misterio que nadie se atrevía a confrontar directamente... todavía.
La fachada que Martín intentaba mantener durante los ciclos de trabajo se desmoronaba inevitablemente durante los períodos de descanso o en la quietud forzada de la "noche" artificial de Karak Dhur. Era entonces cuando las grietas se hacían más visibles, cuando los ecos de la fusión y la invasión mental se filtraban a la superficie, observados con creciente alarma por Althaea y Thorian.
Una noche, mientras Martín dormía en el catre improvisado, un sue?o agitado lo atrapó. Althaea, que rara vez dormía profundamente en aquel entorno alienígena, lo escuchó. No eran simples murmullos esta vez. Eran conversaciones fragmentadas, pronunciadas con voces que no eran del todo la suya. Escuchó el tono cálido y preocupado de la madre de Martín (tal como él se la había descrito) mezclado con el siseo frío y lógico que ahora asociaba con la Astracita. Oyó la furia gutural del espíritu guardián superpuesta a frases técnicas sobre "optimización de código" en perfecto Khazalid. Era como escuchar una radio mal sintonizada entre tres estaciones infernales. En un momento, Martín se agitó violentamente, llevándose una mano al pecho, justo donde antes descansaba el disco de metal, como si sintiera un dolor fantasma o la ausencia de algo vital. Althaea se acercó instintivamente, pero se detuvo, sin saber si despertarlo sería peor, sin saber qué despertaría realmente.
Thorian también lo observaba, aunque con una metodología diferente. Había instalado discretamente sensores bio-energéticos de bajo nivel cerca del catre de Martín, registrando las fluctuaciones durante su sue?o. Los datos eran desconcertantes. Picos erráticos de energía verde, negra y azul se superponían, luchando entre sí, a veces anulándose, a veces creando breves pero intensas llamaradas de energía combinada y anómala.
—"Es como una guerra civil a nivel subatómico"—, le murmuró Thorian a Althaea una ma?ana, mostrándole una gráfica compleja en su tablilla. —"Las tres firmas energéticas están constantemente luchando por el dominio. él las contiene, sí, pero el esfuerzo... debe ser monumental. Y no es estable. Cualquier cosa podría desequilibrarlo"—. Su fascinación científica estaba ahora claramente te?ida por una preocupación genuina por la integridad estructural de su "sujeto".
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Durante el día, los incidentes extra?os comenzaron a acumularse, demasiado numerosos y específicos como para atribuirlos a simples fallos técnicos. Una tarde, mientras Martín estaba absorto mirando fijamente una pared de roca lisa, como si estuviera leyendo un mapa invisible en sus vetas, una linterna Magitek que descansaba sobre una mesa al otro lado del taller se encendió sola, proyectando un breve haz de luz antes de apagarse de nuevo. Thorian lo anotó en su registro sin comentarios, pero intercambió una mirada significativa con Althaea.
En otra ocasión, Martín pasaba junto a una consola de diagnóstico que Berylla había estado usando. Cuando estuvo cerca, la pantalla parpadeó y un cristal de memoria comenzó a descargar datos de forma espontánea, mostrando secuencias aleatorias de registros antiguos antes de que Berylla pudiera desconectarlo apresuradamente, murmurando sobre "sobrecargas estáticas". Nadie acusó a Martín directamente, pero la coincidencia era demasiado evidente. Su presencia, o la energía inestable que ahora portaba, parecía interactuar con el Magitek de formas impredecibles, erráticas. No eran actos hostiles, no había intención aparente, pero eran una prueba más de que algo fundamental en él estaba desequilibrado, filtrándose al mundo exterior.
La propia Althaea experimentó la extra?eza de forma más directa. Una noche, mientras meditaba en silencio en su rincón, intentando encontrar su propio centro en medio de aquel caos de piedra y tecnología, sintió una presencia a su lado. Abrió los ojos y encontró a Martín de pie junto a ella, mirándola con una intensidad vacía. No había hostilidad en su mirada, pero tampoco reconocimiento. Era como si estuviera viendo a través de ella. Antes de que pudiera decir nada, él levantó una mano y tocó suavemente el amuleto de lobo que ella llevaba al cuello, el que él mismo le había regalado en Oakhaven. Sus dedos estaban fríos, y por un instante, Althaea sintió un eco del vacío helado de la Astracita. Luego, tan rápido como había aparecido, la conexión se rompió. Martín parpadeó, pareció "volver" a sí mismo, miró su mano sobre el amuleto de ella con sorpresa y la retiró bruscamente, murmurando una disculpa confusa antes de volver a su catre, dejando a Althaea con el corazón latiéndole con fuerza y una sensación de profunda inquietud.
Estos ecos en la quietud, estas observaciones preocupadas y estos eventos erráticos tejían un tapiz de creciente tensión. Martín intentaba mantener la normalidad, pero era evidente que una lucha interna continuaba, y que las fuerzas que contenía se manifestaban de formas sutiles pero innegables. Althaea y Thorian lo sabían. Y sabían que la fachada funcional no podía durar para siempre.
La fachada de funcionalidad que Martín se esforzaba por mantener era como hielo fino sobre un río profundo y oscuro; podía soportar un peso ligero, pero la presión constante amenazaba con resquebrajarla en cualquier momento. Sus compa?eros lo sentían. Althaea lo observaba con la intensidad de una cazadora que sigue el rastro de una presa herida y peligrosa. Thorian, aunque absorto en sus datos, lanzaba miradas analíticas frecuentes hacia Martín, como si esperara que su "sensor biológico" comenzara a emitir lecturas alarmantes en cualquier instante.
La tensión finalmente encontró un catalizador en una de las sesiones de análisis técnico. Berylla Cuarzomartillo, con su eficiencia impaciente, había proyectado un complejo mapa geológico tridimensional del Sector 7B y sus alrededores, basado en los archivos recién desbloqueados. Discutía con Thorian sobre las anomalías minerales detectadas en los sondeos pre-sellado.
—"La concentración de hierro negro aquí es inusual"—, decía Berylla, se?alando una zona cercana a la cámara del núcleo con un puntero láser rúnico. —"Y estas inclusiones de cuarzo ahumado son atípicas para esta profundidad. Podrían generar interferencias magnéticas menores, pero nada que explique la magnitud de las lecturas energéticas negativas que ustedes reportaron, Maestro Ironfist"—. Su tono implicaba un ligero escepticismo residual, la ingeniera buscando una explicación racional dentro de los parámetros conocidos.
—"A menos que el hierro negro actúe como un conductor pasivo o un amplificador para la energía de la Astracita"—, contraargumentó Thorian, acercándose al holograma. —"O que las vetas de cuarzo no sean naturales, sino parte de una red de canalización rúnica olvidada dise?ada por el Culto para..."—
Fue entonces cuando la máscara de Martín se deslizó. Había estado escuchando la discusión con el ce?o fruncido, su visión de código activa, comparando el mapa geológico con el recuerdo del diagrama del dispositivo y la energía que había sentido. Algo en la mención de Berylla sobre la galería específica con hierro negro y cuarzo ahumado hizo clic en su mente, pero no fue un clic lógico propio. Fue como si un archivo corrupto se hubiera abierto de repente, soltando un fragmento de información ajena.
—"El Supervisor Kaln ordenó desviar esa galería específica"—, dijo Martín, su voz con el doble eco ahora inconfundible, cortando la discusión técnica. Habló con la certeza tranquila de quien expone un hecho conocido, no una teoría. —"Dijo que las 'emanaciones eran perjudiciales para la moral de los trabajadores' y que se concentraran en el filón este, el que estaba más cerca de la antigua falla tectónica. Una mentira, por supuesto. Ya sabía lo que había en la veta de hierro negro. O al menos, lo sospechaba. Estaba protegiendo el acceso a la cámara"—.
Un silencio absoluto y helado cayó sobre el taller. Berylla se quedó con el puntero láser suspendido en el aire, su boca ligeramente abierta. Thorian se giró lentamente hacia Martín, su expresión pasando de la concentración técnica a una incredulidad atónita. Althaea, que había estado observando desde un rincón, se irguió, su mano apretando el borde de una mesa cercana. Incluso Kargan, a pesar de su dificultad para oír, percibió el cambio abrupto en la atmósfera y miró a Martín con los ojos muy abiertos.
Las palabras de Martín no eran una simple opinión. Eran un dato histórico preciso y oscuro. Detallaban una decisión administrativa específica, una mentira oficial y una motivación oculta (proteger el acceso a la cámara) de un Supervisor del Gremio Minero que había vivido y muerto siglos atrás. Era información que solo podría conocer alguien que hubiera estado presente en esas deliberaciones secretas, o alguien que hubiera tenido acceso a registros ultra-clasificados que ni siquiera Thorian, con su nuevo permiso, había encontrado todavía. O... alguien que hubiera estado escuchando los pensamientos del propio Kaln momentos antes de su ejecución.
Martín mismo pareció tomar conciencia de la enormidad de lo que había dicho un instante después de pronunciarlo. Sus ojos (ahora fluctuando visiblemente entre el gris acerado, el verde bosque y el negro vacío) se abrieron con horror. Se llevó una mano a la boca, como si intentara detener las palabras que ya habían escapado. El color desapareció de su rostro, dejándolo pálido como un fantasma.
—"?Yo...?"—, empezó a decir, su voz temblando, la fachada de funcionalidad hecha a?icos. —?"De dónde... cómo sé yo eso? Yo no... yo no estaba allí cuando Kaln..."—. Se interrumpió, la confusión y el miedo luchando en su expresión.
Nadie se atrevió a responder. El aire en el taller crepitaba con una tensión insoportable. La verdad era innegable, colgando entre ellos como una espada invisible. La interferencia ya no eran solo murmullos o glitches. Algo dentro de Martín Vega, algo que había absorbido ecos de la Astracita, del espíritu, quizás incluso de las mentes que la oscuridad había tocado, no solo estaba presente. Estaba observando. Estaba escuchando. Estaba conectando información. Y, lo más aterrador de todo, estaba empezando a hablar a través de él. La máscara había caído, revelando no necesariamente a un enemigo, pero sí a un pasajero oscuro cuya presencia ya no podía ser ignorada.

