La plataforma se detuvo con un chirrido que sonó obscenamente fuerte. El aire olía mal: el habitual aroma a carbón y metal ahora estaba viciado, mezclado con el inconfundible rastro metálico y dulzón que habían percibido abajo, pero más concentrado, más nauseabundo. Un carro de herramientas yacía volcado, desparramando sus contenidos sobre la piedra pulida. Un pesado estandarte del Gremio Minero colgaba hecho jirones de un soporte de pared, como si una fuerza invisible lo hubiera desgarrado.
El grupo emergió con cautela, un cuarteto fracturado y exhausto. Martín, pálido y tembloroso, se apoyaba pesadamente en Althaea, luchando contra la debilidad que lo consumía desde dentro y la hipersensibilidad sensorial que convertía la luz parpadeante en agujas clavándose en sus ojos. Althaea, aunque firme en su apoyo, tenía la mirada tensa, sus sentidos de depredadora gritándole que algo estaba fundamentalmente mal en este silencio. Thorian, con un pa?o presionado contra una oreja de la que aún manaba un hilo de sangre, revisaba frenéticamente las lecturas de un sensor manual, su rostro una mezcla de confusión científica y alarma creciente. Kargan, el joven guardia, completaba el cuadro; sus ojos desorbitados saltaban de sombra en sombra, sus manos crispadas sobre el hacha, el mundo ahora un vacío amortiguado por la probable sordera causada por la onda expansiva.
—"?Dónde... dónde están todos?"—, logró preguntar Kargan de nuevo, su voz forzada, casi un grito en la quietud, mientras leía la confusión en los labios de los demás.
—"Silencio"—, ordenó Althaea en voz baja, su mano haciendo un gesto para que avanzaran pegados a la pared. —"Algo no está bien"—.
Comenzaron a moverse por el corredor principal, sus pasos resonando de forma antinatural. Y entonces los vieron. El primer enano estaba sentado en un banco de piedra, un cincel y un peque?o martillo caídos a sus pies, la mirada perdida en el vacío, la boca ligeramente abierta. Respiraba. Sus ojos estaban abiertos. Pero estaba... ausente. Como una marioneta a la que le han cortado los hilos.
—"?Está... dormido?"—, murmuró Kargan, acercándose.
—"?No lo toques!"—, advirtió Thorian bruscamente, interponiéndose y pasando su sensor médico sobre el enano inmóvil. Las lecturas eran imposibles. —"?Signos vitales presentes, sí, pero apenas! Temperatura normal... ?sin da?o físico! ?Actividad cerebral mínima, casi nula!"—. Miró a los demás, el horror reflejado en sus ojos eléctricos. —"Es como la parálisis psiónica de abajo, pero... diferente. Más... completo. Como si algo hubiera entrado y... desconectado el alma"—.
El término heló a Martín. Recordó la función
drenar_energia_vital() que había visto en el código de la Astracita. ?Era esto? ?Un drenaje masivo que dejaba las cáscaras, pero se llevaba la chispa?
Continuaron avanzando, el horror creciendo con cada paso. Encontraron más y más enanos en el mismo estado catatónico. Guardias congelados en sus puestos, sus armas aún empu?adas pero inertes. Mercaderes inmóviles detrás de mostradores llenos de mercancías intactas. Familias enteras detenidas en medio de sus hogares, visibles a través de puertas entreabiertas, como fotografías tridimensionales de una vida interrumpida. No había signos de lucha, ni de pánico. Solo... quietud. Una quietud absoluta y aterradora.
La escala del evento era incomprensible. No era un ataque dirigido, no era una enfermedad. Era como si una plaga invisible hubiera barrido el nivel, apagando la conciencia de todos los que encontraba a su paso. La normalidad bulliciosa de Karak Dhur se había convertido en un museo de cera macabro.
Fue frente a una peque?a armería que Kargan se detuvo, un sollozo ahogado escapando de sus labios. Dentro, sentado junto al yunque frío, estaba el corpulento maestro herrero de barba canosa, sus manos fuertes y expertas ahora laxas sobre un martillo sin usar, sus ojos vacíos fijos en una espada a medio terminar.
—"Maestro Borin..."—, susurró Kargan, el nombre un lamento. —"él... me ense?ó a sentir el corazón del metal... a escuchar el canto de la forja..."—. El joven guardia apoyó la frente contra el marco de piedra de la puerta, su cuerpo sacudido por temblores que no eran solo por el frío. Ver a su mentor, la personificación de la fuerza y la habilidad enana, reducido a una cáscara vacía, fue un golpe devastador que resquebrajó su joven estoicismo.
Althaea posó una mano en su hombro, un gesto de silenciosa empatía. Ella entendía el dolor de ver un hogar, una vida, profanados por una oscuridad incomprensible. Thorian apartó la mirada, su pragmatismo científico luchando contra una emoción que no quería reconocer. Martín sintió una punzada de dolor por Kargan, y una oleada de fría determinación. Fuera lo que fuera que había causado esto, tenía que ser detenido. La quietud rota del nivel tres no era solo un misterio; era una abominación.
La desolación silenciosa del corredor principal era opresiva, cada figura inmóvil un monumento al horror inexplicable que había barrido el nivel. Avanzaban con la cautela de quien camina por un campo de minas invisible, el sonido de sus propias respiraciones y el débil zumbido de los yelmos psiónicos los únicos ruidos en un mundo que debería haber estado resonando con la vida industriosa de Karak Dhur. La pregunta flotaba tácitamente entre ellos: ?Qué había causado esto? ?Y había terminado, o solo estaba comenzando?
Fue un sonido discordante lo que rompió la quietud antinatural: un grito ahogado, seguido por el sonido inconfundible de alguien sollozando, suplicando en Khazalid. Provenía de una de las grandes salas laterales, una que, según los emblemas tallados sobre la puerta arqueada, pertenecía a las oficinas administrativas del Gremio Minero.
Instintivamente, se pegaron a las sombras del corredor, las armas listas. Althaea hizo una se?a silenciosa, indicando que ella iría primero. Se deslizó hacia la entrada de la sala con la agilidad silenciosa de una pantera, asomándose con cautela por el borde del arco. Un instante después, hizo un gesto rápido para que los demás se acercaran.
Lo que vieron los dejó helados, no por el miedo inmediato, sino por la fría y perturbadora escena que se desarrollaba en el interior. La sala era amplia, antes seguramente un lugar de planificación y gestión, con grandes mesas cubiertas de mapas geológicos y estanterías llenas de registros de producción. Pero ahora, el único foco de atención era el centro, donde un enano de barba canosa y ropas finas, adornadas con los sellos de un Supervisor del Gremio, estaba arrodillado sobre la piedra fría, su rostro ba?ado en lágrimas y terror.
Frente a él, dándole la espalda a la entrada donde observaban los héroes, se erguía una figura alta y encapuchada. Su túnica era de un tejido oscuro que parecía absorber la luz parpadeante de los cristales, y una capucha profunda ocultaba su rostro por completo en sombras. No necesitaba ver su cara para sentir el poder que emanaba de ella: un frío glacial similar al de la Astracita, y una presión psiónica controlada pero inmensa, que hacía vibrar los amuletos y yelmos del grupo incluso a distancia. Era, sin duda, el origen de la quietud rota.
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—"...fallamos, Lord Morthos! Lo juro por la piedra!"—, sollozaba el Supervisor enano arrodillado, que Thorian reconoció vagamente como Kaln Barba-Grís, un burócrata conocido por su rigidez y su orgullo de pertenecer a un linaje antiguo, uno que algunos rumores vinculaban lejanamente con el caído Vorlag Ojo Vacío. —"La energía... el pulso de abajo... fue demasiado fuerte. No pudimos... contener la filtración a este nivel. Los protocolos... fallaron"—.
La figura encapuchada, Morthos, permaneció inmóvil por un momento, su silencio más aterrador que cualquier grito. Cuando habló, su voz era un susurro frío, sin inflexiones, que resonó directamente en la mente de los observadores, eludiendo parcialmente las defensas psiónicas.
Fracasaste, Kaln. Como tus ancestros fracasaron antes. Vorlag cometió el error de tratar a la Astracita como una herramienta. Un poder que dominar. Nosotros… —hubo una pausa casi imperceptible, cargada de una oscura reverencia— …la escuchamos. Obedecemos su ritmo. Tú solo debías asegurar que el reba?o permaneciera dócil y distraído mientras la fuente despertaba gradualmente. Una tarea simple. Y fallaste.
—"?Pero los intrusos! ?El humano, la shatra, el ingeniero loco! ?Ellos interfirieron! ?Descendieron!"—, balbuceó Kaln, buscando desesperadamente una excusa.
Morthos giró lentamente la cabeza, como si sintiera la presencia de los recién llegados en el umbral, aunque no los miró directamente todavía. Ah. El error con piernas. Su comentario fue lanzado al aire con un desdén absoluto, como si fueran una simple molestia, un bug inesperado en un plan mucho más grande. Se volvió de nuevo hacia el suplicante Kaln.
Tu fracaso ha acelerado las cosas. Ha atraído atención no deseada. Y ha demostrado tu inutilidad.
—"?No! ?Lord Morthos, por favor! ?Puedo ser útil! ?Conozco los protocolos, los accesos...!"—
Ya no, interrumpió la voz fría en sus mentes. Morthos levantó una mano enguantada, en la que brillaba débilmente el símbolo de la espiral retorcida, la Marca de la Sombra. No tocó a Kaln. Simplemente apuntó.
Una sombra negra, más densa y voraz que las que habían enfrentado abajo, surgió del suelo a los pies de Kaln, envolviéndolo en un instante. El grito del enano fue ahogado por la oscuridad que lo consumió. No hubo sangre, no hubo lucha. Solo un encogerse, un marchitarse acelerado, hasta que solo quedó un montón de ropa vacía y huesos que se desmoronaban rápidamente en polvo gris sobre la piedra. La sombra se replegó sobre sí misma y desapareció, dejando solo un frío aún más intenso y el eco silencioso de un alma consumida.
El acto fue tan rápido, tan brutal y tan desprovisto de emoción, que dejó al grupo paralizado por el shock durante un instante precioso. Morthos, el líder del Culto de la Sombra, se giró entonces completamente hacia ellos, su rostro aún oculto en las profundidades de la capucha, pero sintieron el peso de su atención, fría, calculadora y absolutamente letal. La confrontación había comenzado.
El polvo grisáceo donde segundos antes estaba el Supervisor Kaelen aún flotaba perezosamente en el aire frío cuando Morthos se giró por completo para encarar al grupo que observaba desde el umbral. Su figura, envuelta en sombras autoimpuestas, irradiaba una amenaza controlada, la calma de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
—"Intrusos"—, resonó la voz mental de Morthos, fría y desapasionada, aunque ahora dirigida directamente a ellos, sorteando parte de las defensas de los yelmos y amuletos con una facilidad inquietante. —"Llegan tarde a la función, pero justo a tiempo para el epílogo"—.
La reacción del grupo fue instantánea, aunque te?ida por el shock de la ejecución. Thorian levantó su guantelete sónico, preparándose para una descarga. Kargan, a pesar de su miedo y su herida, levantó su hacha rúnica, interponiéndose protectoramente frente a Martín y Althaea. Y Althaea... Althaea simplemente se tensó, su lanza ya no en posición defensiva, sino de ataque inminente, sus ojos ámbar fijos en la figura encapuchada, reconociendo instintivamente la fuente de la oscuridad que había sentido crecer.
Morthos pareció encontrar divertida su muestra de desafío. Un leve movimiento bajo la capucha podría haber sido una sonrisa burlona.
?Resistencia? Admirable... e inútil. La monta?a ya escucha una nueva canción. Y ustedes no están en la partitura.
Antes de que pudieran lanzar cualquier ataque coordinado, Morthos simplemente levantó una mano. No hubo hechizos vocales, ni gestos rúnicos complejos. Solo un movimiento de su mano enguantada, y una oleada de pura presión psiónica golpeó al grupo, mucho más intensa, más enfocada y más malévola que el susurro ambiental de la caverna.
Fue como si una mano invisible y gigantesca les estrujara el cerebro. Los yelmos y amuletos zumbaron y vibraron violentamente, sobrecargados al instante. Thorian soltó un grito ahogado, sus sensores estallando en chispas mientras caía de rodillas, agarrándose la cabeza. Kargan se desplomó hacia atrás como si lo hubiera golpeado un martillo invisible, su hacha cayendo con estrépito, sus ojos en blanco.
Althaea resistió un instante más. Un gru?ido animal surgió de su garganta, sus músculos tensándose hasta el límite, su voluntad guerrera luchando contra la invasión mental. Por un segundo, pareció que podría mantenerse en pie, que su conexión con la "sangre vieja" o su espíritu indómito le daría una ventaja.
Morthos inclinó la cabeza, un gesto casi de curiosidad clínica. Curiosa resistencia. Sangre vieja, quizás. Pero incluso los robles más fuertes caen ante la tormenta adecuada.
Concentró su ataque psiónico en ella. Althaea gritó, un sonido desgarrador de dolor y frustración, antes de caer también de rodillas, su lanza clavándose en la piedra para evitar desplomarse por completo, su cuerpo temblando violentamente, su mirada vidriosa.
Y luego, Morthos hizo algo más. Con una calma aterradora, extendió un dedo enguantado y tocó la sien de Kargan, que yacía más cerca. El joven enano convulsionó brevemente, un gemido escapando de sus labios, y luego quedó completamente inmóvil, un frío antinatural emanando de él, mucho peor que el simple desmayo. Fue un contacto breve, casi casual, pero cargado de una finalidad heladora, como si Morthos hubiera apagado un interruptor en su interior.
En cuestión de segundos, Thorian, Althaea y Kargan habían sido neutralizados, incapacitados por un poder psiónico que superaba con creces sus defensas y su resistencia. Estaban conscientes, o al menos parcialmente —Martín podía sentir sus presencias mentales débiles y doloridas a través del ruido blanco que aún llenaba su propia cabeza— pero eran incapaces de moverse, de actuar, de ayudar.
Morthos bajó la mano, la oleada psiónica principal remitiendo ligeramente, aunque la presión ambiental seguía siendo aplastante. Se giró entonces hacia el único que aún permanecía relativamente funcional, aunque visiblemente afectado: Martín.
Martín había resistido lo peor del ataque directo, no por fuerza de voluntad propia —la suya estaba al borde del colapso—, sino por una combinación de factores: el amuleto mejorado, la marca oscura latente en su aura que quizás creaba una interferencia extra?a, y la presencia residual del espíritu en el amuleto, que parecía absorber o desviar parte de la energía psiónica hostil con una furia silenciosa y propia. Pero estaba temblando, la cabeza le martilleaba, y la visión del código a su alrededor era un caos de líneas rotas y estática negra.
Morthos se deslizó hacia él, sus pies no haciendo ruido alguno sobre la piedra. Se detuvo justo delante, la oscuridad bajo su capucha un abismo insondable. Martín sintió el frío que emanaba de él, la misma sensación de vacío que la Astracita.
Así que este es el catalizador, resonó la voz en su mente, ahora más cercana, más íntima, casi conversacional. El fragmento de otro patrón que resonó con la piedra. El que ve el código. El que casi arruina siglos de paciente preparación. Eres... decepcionantemente frágil.
Morthos levantó una mano, no para atacar, sino con un gesto casi displicente.
Pero tienes información que necesito. Y parece que estás... da?ado. Permíteme... ayudarte con eso. Necesito que estés lúcido para nuestra conversación.
Antes de que Martín pudiera reaccionar, la mano enguantada de Morthos se posó suavemente sobre su pecho, justo encima del amuleto.

