Martín no recordaba cuándo había empezado a temblar. Quizás nunca se detuvo del todo desde que sus ojos se abrieron a la dura realidad del taller de Thorian, arrancado de la pesadilla ilusoria solo para caer en la fría resaca de sus secuelas. Era un temblor fino, interno, que le recorría los huesos como un río subterráneo helado, inmune al calor artificial de la forja apagada o a la manta gruesa que Althaea le había echado encima. Había pasado un ciclo completo de trabajo en Karak Dhur, un día y su correspondiente noche bajo la luz perpetua de los cristales, pero el tiempo parecía haberse distorsionado, ralentizado por la debilidad que lo invadía.
Intentó moverse, sentarse en el borde del catre improvisado que Althaea había montado en un rincón relativamente tranquilo del caótico taller. Cada músculo protestó con una fatiga que se sentía antigua, profunda. La energía que había canalizado, que había arrancado de su propia esencia para reparar el da?o del drenaje sombrío, lo había dejado vacío, como una batería agotada. Incluso levantar una mano requería un esfuerzo consciente. Observó sus dedos, pálidos bajo la luz Magitek, buscando inconscientemente el brillo familiar del "código" en las herramientas cercanas, en los cristales que zumbaban suavemente. Podía verlo, sí, pero requería una concentración que le provocaba una punzada sorda detrás de los ojos, y las líneas energéticas parecían borrosas, cubiertas por una estática persistente, como un televisor mal sintonizado en el recuerdo lejano de su otro mundo. La conexión estaba allí, pero da?ada, interferida.
Althaea se movió desde el otro lado del taller en cuanto lo vio incorporarse. Llevaba un cuenco humeante con algún tipo de caldo espeso y nutritivo que había conseguido intercambiar en los mercados del nivel cuatro. Sus movimientos eran silenciosos, eficientes, pero Martín podía leer la preocupación contenida en la tensión de su mandíbula, en la forma en que sus ojos ámbar lo escrutaban constantemente, buscando signos de mejoría o deterioro. Ella le acercó el cuenco, y él lo tomó con manos temblorosas. El calor era bienvenido, pero incluso al beber, sintió que el frío interno no cedía.
Ella se quedó cerca, no agobiante, pero presente. A veces, mientras él comía lentamente o simplemente miraba al vacío, tratando de ordenar los fragmentos confusos de la ilusión y la realidad, ella le tocaba la frente con el dorso de la mano. Un gesto rápido, casi furtivo, un chequeo de temperatura que era también un ancla silenciosa. Martín se preguntó cuánto del horror psíquico había presenciado ella en su rostro mientras él estaba atrapado en esa pesadilla lúcida.
Thorian Ironfist era un torbellino de actividad controlada al otro lado del taller. Rodeado de proyecciones holográficas de datos complejos y sensores parpadeantes, parecía haber canalizado toda la adrenalina y el temor de la incursión en un frenesí de análisis. Murmuraba para sí mismo en Khazalid técnico, trazando diagramas en tablillas de datos, comparando las firmas energéticas del pulso de la Astracita con registros antiguos de "eventos entrópicos". La cautela era evidente en la forma en que había reforzado el campo de contención alrededor de la caja de plomo que contenía el fragmento, a?adiendo runas de monitoreo adicionales, pero su fascinación científica era una fuerza imparable. Para él, el peligro era real, sí, pero también era una fuente inagotable de datos sin precedentes.
La presencia de la Guardia era una nota discordante en la atmósfera febril del taller. Los dos guardias apostados fuera de la puerta eran estatuas blindadas, sus rostros impasibles bajo los yelmos, pero sus ojos no perdían detalle. Cada vez que alguien entraba o salía (generalmente aprendices de Thorian con recados, rápidamente despachados por el ingeniero), los guardias realizaban una inspección visual minuciosa. Grimbold aún no había regresado, y esa ausencia de noticias del Consejo a?adía una capa de incertidumbre. ?Estaban simplemente deliberando, o estaban preparando algo más? La custodia técnica se sentía cada vez más como una prisión vigilada.
Martín terminó el caldo, el calor apenas mitigando el frío interno. Miró a su alrededor: el caos ordenado del taller, la figura concentrada de Thorian, la presencia vigilante y silenciosa de Althaea, los guardias inmóviles en la puerta. Estaban en una calma precaria, una burbuja de tiempo suspendido antes de la inevitable siguiente fase. Sabían que no podían quedarse así. La amenaza en el Sector 7B seguía latente, la burocracia enana era un obstáculo inminente, y las cicatrices de su primer encuentro con el abismo, tanto visibles como invisibles, eran un recordatorio constante del peso de la piedra negra y de la peligrosa tarea que tenían por delante.
Más tarde, mientras Thorian seguía enfrascado en sus análisis y los guardias mantenían su vigilia impasible fuera del taller, Althaea se acercó de nuevo al catre donde Martín intentaba descansar, aunque el sue?o reparador se le escapaba. Le ofreció un odre de agua fresca.
—"Bébete esto"—, dijo simplemente, su tono práctico, pero sus ojos lo estudiaban con detenimiento. —?"Cómo te sientes? El frío... ?ha disminuido?"—.
Martín tomó un sorbo, el agua fresca un alivio momentáneo para su garganta seca. —"Un poco. Sigue ahí"—. Admitió, frotándose los brazos. —"Es como... si algo se hubiera quedado pegado. Una escarcha en el alma"—. La descripción era más poética de lo que pretendía, pero era la única forma en que podía expresar esa sensación persistente y desagradable. Miró a Althaea, la culpa resurgiendo. —"Tú... ?cómo estás realmente? El susurro... también te atacó. Usó tus recuerdos"—.
Ella apartó la mirada por un instante, sus ojos fijos en un punto indefinido del taller. Sus nudillos se blanquearon ligeramente al apretar la correa del odre. Cuando volvió a mirarlo, había una sombra en sus ojos ámbar, una dureza que no estaba dirigida a él, sino a un enemigo invisible.
—"Intentó usar el pasado"—, dijo simplemente, su voz baja y controlada, pero con un matiz helado que Martín no le había oído antes. —"Viejas heridas. Viejos miedos"—. No dio detalles. No necesitaba hacerlo. La forma en que su cuerpo se tensó, la fugaz mirada de dolor antes de que su máscara de guerrera volviera a su lugar, fue suficiente para que Martín comprendiera que el ataque había sido profundo y personal también para ella.
Enderezó los hombros, su mirada encontrando la de él con una firmeza renovada. —"Pero no quebró nada que no estuviera ya cicatrizado. Y no cambió lo importante"—. Su mano rozó la de él brevemente, un gesto rápido, casi imperceptible, pero cargado de una sólida camaradería. —"No es tu culpa, Martín. Ambos elegimos este camino. Y lo seguimos juntos"—.
él asintió, sintiendo una oleada de gratitud por su fuerza, por su lealtad incondicional. Pero la preocupación por su propia vulnerabilidad persistía. —"Yo... rechacé su oferta. Pero sentí la atracción. Y ahora... siento como si mi mente estuviera... agrietada. Como si fuera más fácil que algo así volviera a entrar"—.
Althaea asintió gravemente. —"La influencia de esa... cosa... deja cicatrices. Debilita las defensas naturales del espíritu. Los chamanes ense?an formas de fortalecerlas, de encontrar la quietud incluso en la tormenta"—. Lo miró fijamente. —"Necesitas aprender a defenderte desde dentro, Martín. Los amuletos ayudan, pero la verdadera fuerza reside aquí"—, se tocó la sien.
La idea de meditar, de buscar la calma en medio de aquel caos de metal, piedra y energía zumbante, le pareció absurda a Martín en su estado de agotamiento y frustración.
—"Estoy... harto"—, espetó, la irritación superando su gratitud por un instante. La debilidad lo hacía sentirse irritable, infantil. —"No tengo fuerzas ni para respirar sin que me duela la cabeza. Y querés que 'respire hondo' como si fuera a solucionarlo..."—. La miró, casi con resentimiento. —?"Quietud? ?Aquí? ?Althaea, aprecio tu ayuda, de verdad! ?Pero no estoy en un bosque tranquilo! ?Estoy bajo una maldita monta?a, rodeado de máquinas que no entiendo, vigilado por enanos que me odian y con una piedra negra psicópata en la habitación de al lado! ?Cómo esperas que encuentre la 'quietud' aquí?"—.
Althaea no retrocedió ante su estallido. Su mirada se mantuvo firme, paciente, pero con un filo de acero. —"La quietud no está en el lugar, Martín. Está dentro. El bosque puede ser tan caótico como esta cueva si tu mente es una tormenta. Y la monta?a puede ser silenciosa si aprendes a escuchar más allá del ruido"—. Su voz era tranquila, pero resonaba con una autoridad nacida de la experiencia. —"Sé que estás frustrado. Débil. Asustado"—. Su mirada se suavizó ligeramente. —"Yo también lo estoy. Pero la debilidad no es excusa para rendirse. Si no aprendes a controlar tu propia mente, a crear tu propio refugio, serás una presa fácil la próxima vez que el susurro te alcance. Y te alcanzará. Esa cosa sabe dónde encontrarte ahora"—.
Las palabras, duras pero ciertas, golpearon a Martín. Sintió vergüenza por su arrebato. Althaea tenía razón. No podía permitirse ser débil. No con lo que estaba en juego. Respiró hondo, esta vez tratando de controlar la frustración. —"Tienes razón"—, murmuró, evitando su mirada. —"Lo siento. Estoy... estoy al límite. Pero lo intentaré. Ensé?ame"—.
Ella asintió, sin reproches. Se sentó a su lado en el borde del catre, adoptando una postura erguida pero relajada. —"Cierra los ojos, anai. Ignora el ruido. Ignora el frío. Solo escucha tu respiración. Siente el aire entrar, llenar tus pulmones, salir. Siente el latido de tu corazón, por débil que sea. Es el ritmo de tu propia vida, tuya y de nadie más"—.
Su voz era una guía tranquila en medio del caos interno y externo de Martín. él intentó seguirla, luchando contra las distracciones, contra los pensamientos acelerados, contra los ecos persistentes del miedo y la tentación. Era increíblemente difícil. Su mente quería analizar, categorizar, encontrar el "código" de la calma.
—"No pienses. Solo siente"—, le susurró Althaea. —"Busca tu centro. Ese lugar en tu interior donde la tormenta no llega. Puede ser un recuerdo, una sensación, una imagen... No importa qué sea, solo que te pertenezca solo a ti. Ve allí. Quédate allí. Respira"—.
Martín se esforzó, visualizando la silenciosa biblioteca de su universidad, el olor a papel viejo, la luz entrando por los altos ventanales. Se aferró a esa imagen, a esa sensación de calma y orden. Lentamente, muy lentamente, sintió que la tensión en sus hombros disminuía una fracción. La estática en su mente pareció bajar de volumen. El frío seguía allí, pero quizás un poco menos penetrante.
Mientras Martín se sumergía en los ejercicios mentales guiados por Althaea, buscando una fortaleza interna contra los ecos del abismo, Thorian Ironfist desataba una tormenta de actividad en el taller. La frustración por el muro burocrático se transformó en una determinación casi maníaca por avanzar con los recursos disponibles. La propuesta de Martín de "interrogar" a la Astracita, aunque herética para la ortodoxia enana, había encendido la chispa más peligrosa en la mente del ingeniero: la posibilidad de obtener datos únicos, de explorar un fenómeno completamente desconocido.
—"Si vamos a susurrarle a la oscuridad, umgi"—, había declarado Thorian esa ma?ana, su voz resonando con una mezcla de temor reverencial y excitación apenas contenida, —"más vale que construyamos una cámara de interrogatorios digna de un dios primigenio encarcelado. ?Y con triple cerradura!"—.
La losa de granito reforzado se convirtió en el epicentro de una operación de ingeniería de contención que superaba cualquier protocolo estándar. Thorian, consciente de que el pulso anterior había ignorado sus defensas iniciales, estaba decidido a no cometer el mismo error. Para ello, había "solicitado formalmente" la asistencia de los mejores expertos disponibles: la Ingeniera Berylla Cuarzomartillo y el Maestro R?nik Argus.
Berylla llegó con su habitual expresión de eficiencia impaciente, sus ojos agudos inspeccionando el taller y deteniéndose con visible desaprobación en el catre improvisado de Martín. —?"Contener una 'fluctuación energética de origen desconocido' asociada a un material no catalogado?"—, preguntó, revisando la orden de trabajo oficial. —"Una descripción convenientemente vaga, Maestro Ironfist. Espero que sus protocolos de seguridad sean más específicos"—.
—"?Lo serán, Ingeniera, lo serán!"—, aseguró Thorian con una sonrisa forzada. —"Necesitamos su experiencia en matrices de disipación armónica y campos de estasis multicapa"—.
Mientras Berylla, con una mueca de resignación pero con una profesionalidad impecable, comenzaba a instalar y calibrar proyectores rúnicos mucho más potentes alrededor de la mesa de pruebas —dispositivos que normalmente se usaban para contener explosiones de plasma o estabilizar portales experimentales—, llegó el Maestro R?nik Argus. El anciano maestro de runas entró con la lentitud digna de sus siglos, su larga barba blanca casi barriendo el suelo, sus ojos profundos y tranquilos observando la febril actividad con una calma que contrastaba con la tensión ambiental.
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—"Así que la monta?a vuelve a susurrar viejos secretos, Thorian"—, dijo R?nik en voz baja, mientras examinaba la mesa de granito. —"Y tú pretendes atrapar el eco en una jaula de runas modernas"—.
—"Necesitamos entenderlo, Maestro R?nik"—, replicó Thorian. —"No podemos luchar contra algo que no comprendemos. Necesito su conocimiento sobre sellos de la Tercera Edad, sobre runas de protección contra... influencias corruptoras"—.
R?nik suspiró, un sonido como el de viento antiguo en túneles olvidados. —"Hay conocimientos que es mejor dejar enterrados, Ironfist. Pero supongo que la curiosidad enana es una veta demasiado rica para dejarla sin explotar, aunque sea peligrosa"—. Con sorprendente agilidad para su edad, comenzó a trazar símbolos complejos sobre la piedra con un estilete que parecía cantar suavemente al contacto con la superficie. Eran runas de protección, de anclaje, de purificación, algunas tan antiguas que ni Thorian las reconocía del todo.
Martín observaba todo desde la distancia, sintiendo las oleadas de energía mientras los campos de contención se activaban y las runas eran imbuidas de poder. Podía ver, con su visión de código, cómo las diferentes capas interactuaban: la barrera cinética externa (un código azul vibrante), el campo de amortiguación de maná (un código verde pulsante) y la red de estasis temporal (un código ámbar casi inmóvil). Y debajo de todo, las runas de R?nik brillaban con una luz plateada antigua, formando una base de protección fundamental. Era una obra maestra de la ingeniería defensiva enana, nacida del miedo y la necesidad.
Berylla discutía con Thorian sobre la modulación de frecuencias, sus voces técnicas puntuadas por el zumbido de los proyectores. R?nik trabajaba en silencio, concentrado en su arte ancestral. Althaea permanecía alerta, una presencia tensa en la periferia, observando no solo los preparativos técnicos, sino también las salidas, las posibles rutas de escape si algo salía terriblemente mal.
Finalmente, tras horas de trabajo meticuloso, la estructura estuvo completa. Un cilindro de energía multicapa brillaba suavemente sobre la mesa, anclado por runas antiguas y modernas, con sensores apuntando desde todas direcciones. El aire dentro del campo de contención parecía visiblemente más denso, más quieto.
Thorian dio un paso atrás, admirando su obra con una mezcla de orgullo y aprensión. —"Bien. Creo... creo que esto podría aguantar. Al menos, lo suficiente para una conversación rápida"—. Miró a Martín. —"?Listo para enfrentar de nuevo el peso de la piedra negra, umgi? Porque vamos a ponerla en el estrado"—.
Se dirigió hacia la caja de plomo, y un silencio cargado de anticipación cayó sobre el taller. Incluso los zumbidos de la maquinaria parecían haber bajado de volumen. Estaban a punto de cruzar el umbral, de invitar voluntariamente a una fracción de la oscuridad a su espacio más protegido, con la esperanza de arrancarle sus secretos antes de que los consumiera.
El simple acto de abrir la caja de plomo pareció absorber parte del sonido del taller. Thorian, usando las pinzas largas con una concentración que tensaba los músculos de su mandíbula, levantó el fragmento irregular de Astracita. La piedra negra colgó por un instante en el aire, un agujero portátil en la realidad visual, tragando la luz de las lámparas Magitek, antes de ser depositada con infinita precaución en el centro exacto del círculo de contención multicapa.
Un silencio expectante se apoderó del taller. El fragmento yacía inmóvil sobre la superficie de granito grabada con runas, pero su presencia era opresiva. Un pulso de frío se extendió instantáneamente, no solo dentro del campo de contención, sino alcanzando a los presentes como una caricia helada y desagradable. Martín sintió cómo el temblor residual en sus manos se intensificaba. Althaea instintivamente dio un paso atrás, su mano apretando la lanza. Berylla Cuarzomartillo frunció el ce?o, consultando un sensor térmico con incredulidad. Incluso R?nik Argus murmuró una antigua sílaba de protección.
—"Temperatura dentro del campo: -5 grados estándar y bajando"—, informó Thorian, sus ojos fijos en la consola. —"Firma entrópica estable pero significativa. Absorción lumínica casi total. Bien, umgi, es tu turno. Visión activa. Necesito la línea base del código en estado pasivo, pero dentro de este campo"—.
Martín asintió, cerrando los ojos brevemente para centrarse, ignorando el frío que parecía filtrarse bajo su piel. Activó su visión. El código negro del fragmento apareció ante él, denso, opaco, arremolinándose lentamente sobre sí mismo como petróleo espeso. La estática corrupta de fondo seguía allí, un ruido visual desagradable. Pero notó algo nuevo: las capas del campo de contención interactuaban con el código negro, las líneas azules, verdes y ámbar de los escudos presionando contra la oscuridad, conteniéndola, pero sin penetrarla. Y la oscuridad, a su vez, parecía presionar hacia afuera, probando sutilmente la resistencia de su jaula.
—"Código negro, denso, absorbente"—, describió Martín, su voz tensa. —"La estática sigue ahí. Y... está presionando contra el campo. Probándolo"—.
—"Interesante. Ya muestra una reactividad pasiva"—, murmuró Thorian. —"De acuerdo. Primer estímulo: pulso sónico controlado. Frecuencia baja, amplitud mínima. Quiero ver si la reacción psiónica es proporcional al estímulo o si hay un umbral"—.
Activó el emisor sónico. El zumbido grave llenó el campo de contención.
—"Vibración en el código negro"—, informó Martín de inmediato. —"Se agita. Responde a la frecuencia. La estática aumenta... y sí, ahí está. El eco"—. Sintió la familiar presión incipiente en sus sienes, el amuleto vibrando suavemente en respuesta. —"Más débil que la última vez, pero es la misma firma. Responde al sonido"—.
—"Proporcionalidad confirmada por ahora"—, dijo Thorian, anotando. —"Bien. Ahora, luz. Espectro violeta. Intensidad controlada al 10%"—.
El haz sónico cesó, reemplazado por una luz violeta que ba?ó el fragmento.
—"Absorción alta"—, continuó Martín, observando cómo la luz parecía ser devorada por la superficie negra. —"El código negro se 'alimenta', se vuelve más... activo. Las líneas fluyen más rápido. El pulso oscuro interno es más perceptible. Y la presión psiónica aumenta ligeramente. Sigue siendo un eco, pero más claro"—.
Thorian incrementó la intensidad de la luz al 20%.
—"Más rápido"—, dijo Martín. —"El flujo del código se acelera. El pulso es más fuerte. El eco mental... casi se forman palabras, pero el amuleto las filtra"—. Sintió una punzada más aguda en la sien.
—"Umbral de reacción a la energía lumínica detectado"—, anotó Thorian. —"Parece que la 'activación' depende de la frecuencia y la intensidad. ?Qué pasa si combinamos estímulos?"—. Antes de que nadie pudiera protestar, activó de nuevo el emisor sónico junto con la luz violeta.
—"?No!"—, jadeó Martín, retrocediendo un paso involuntario. —"?Mala idea! ?El código se vuelve... caótico! ?Las vibraciones sónicas y la energía lumínica están creando una resonancia inestable! ?La estática se dispara! ?Y el pulso...!"—.
El fragmento de Astracita sobre la mesa vibró visiblemente. La negrura pareció intensificarse, volverse casi líquida, y un pulso de oscuridad palpable se expandió, golpeando la capa más interna del campo de contención. El escudo ámbar de estasis temporal chisporroteó violentamente, luchando por contener la emisión.
—"?Sobrecarga en la red de estasis!"—, gritó Berylla, sus manos volando sobre un panel de control cercano.
—"?Lo veo!"—, exclamó Martín, viendo cómo el código negro de la Astracita se retorcía furiosamente, una espiral formándose brevemente en su centro. —"?Está reaccionando violentamente! ?Intenta... liberarse!"—.
Y entonces, de nuevo, la sensación psiónica. No una palabra esta vez, sino una imagen mental proyectada con fuerza directamente en la mente de Martín, Althaea y, a juzgar por sus expresiones de shock, también en las de Thorian, Berylla y R?nik: la imagen fugaz de una mano esquelética y enjoyada cerrándose sobre un corazón palpitante de luz, aplastándolo hasta convertirlo en polvo oscuro. Una imagen de corrupción, de poder oscuro triunfante, acompa?ada por una oleada de frío y desesperación.
Thorian cortó ambos emisores de inmediato. El pulso oscuro cesó. El código negro volvió a su estado latente. La imagen mental se desvaneció, dejando un residuo helado.
Se miraron unos a otros, los rostros pálidos. El experimento había sido controlado, sí, pero la respuesta de la piedra había sido mucho más rápida, más violenta y más... comunicativa... de lo esperado. No solo reaccionaba, sino que proyectaba intencionadamente imágenes cargadas de significado oscuro.
—"De acuerdo"—, dijo Thorian finalmente, su voz tensa. —"Creo que tenemos suficientes datos... por ahora. La combinación de estímulos es claramente... contraproducente. Y esa imagen..."—. Se estremeció visiblemente. —"Eso no fue una simple reacción energética"—.
La piedra negra yacía silenciosa en su jaula, pero ya no parecía inerte. Había respondido. Había mostrado una fracción de su naturaleza. Y había dejado claro que jugar con ella era bailar al borde de un abismo mucho más profundo y consciente de lo que habían imaginado.
El silencio que siguió al pulso psiónico y a la imagen aterradora proyectada por la Astracita fue espeso, casi sofocante. El olor a ozono quemado de los escudos sobrecargados picaba en la nariz. Nadie se movía. La piedra negra yacía inerte de nuevo en el centro del campo de contención, pero su quietud ahora se sentía como la calma expectante de una bestia agazapada. Había mostrado sus dientes, había revelado una conciencia hostil y un poder que superaba sus defensas.
Thorian fue el primero en romper el hechizo, su voz ronca por el shock. —"Apaguen... apaguen todo"—, ordenó a Berylla y R?nik, quienes obedecieron con manos temblorosas, desactivando los proyectores y los sensores activos. El zumbido de la energía contenida cesó, dejando un silencio aún más pesado. —"Esa... imagen. La mano... aplastando la luz..."— Thorian se estremeció visiblemente, algo raro en él. —"Eso no fue aleatorio. Fue un mensaje. Una amenaza"—.
Althaea se había acercado a Martín, su mano buscando instintivamente la suya. Ambos sintieron el eco del frío y la desesperación que la imagen había irradiado.
—"Y el amuleto..."—, susurró Martín, sintiendo aún la vibración furiosa contra su pecho. —"Reaccionó. El espíritu... la odia. La reconoce"—. La conexión era innegable, aterradora.
Fue entonces cuando el golpe formal en la puerta sonó casi como una burla del destino. El guardia entró con la tablilla de datos. La noticia del rechazo de las solicitudes de Thorian, la negación del acceso a archivos y materiales cruciales, cayó sobre el grupo no como una simple frustración burocrática, sino como una sentencia de muerte diferida.
—"?Rechazada?"—, repitió Thorian, leyendo la tablilla con incredulidad. Luego, la incredulidad dio paso a una furia fría y desesperada. Dejó caer la tablilla. —"Nos niegan las herramientas. Nos niegan el conocimiento. Mientras eso"—, se?aló con un gesto tembloroso hacia la caja de plomo donde Thorian ya había vuelto a guardar el fragmento, —"está ahí abajo, creciendo, esperando, y nosotros aquí arriba... ?atados de manos por idiotas que temen más a un papel fuera de lugar que a la oscuridad que devora almas!"—.
El miedo y la frustración eran palpables. Habían vislumbrado el abismo, habían sentido su poder, y ahora se encontraban bloqueados, impotentes.
Fue en ese pozo de desesperación que la idea golpeó a Martín. Una idea terrible, nacida no de la lógica, sino de la pura necesidad de romper el estancamiento, de hacer algo.
—"?Maldita sea!"—, la palabra escapó de sus labios, un sonido crudo en el silencio tenso. Se incorporó del catre, ignorando el mareo y la debilidad. —"?No podemos esperar! ?No podemos dejar que nos ignoren!"—.
Todos lo miraron. Su rostro estaba pálido, sus ojos aún reflejaban el horror reciente, pero había una nueva y peligrosa chispa en ellos.
—"Si no nos creen... si los informes técnicos y las advertencias no son suficientes..."—, continuó, su voz ganando una intensidad febril. —"...entonces tenemos que mostrarles. Hacerles sentir lo que nosotros sentimos"—.
Althaea dio un paso hacia él, alarmada. —?"Martín, qué...?"—.
—"Thorian"—, la interrumpió Martín, su mirada fija en el ingeniero. —"Pide una audiencia. Ahora mismo. Diles que es una emergencia de nivel máximo. Que la prueba que necesitan... la llevaremos nosotros"—. Su mirada se desvió hacia la caja de plomo.
El entendimiento golpeó a Thorian como un rayo. Palideció aún más. —?"Llevar... el fragmento? ?Ante el Consejo? ?Martín, eso es demencial! ?Es incontrolable! ?La reacción que acabamos de ver...! ?Multiplícala por la presencia de docenas de mentes, por la energía de la Cámara del Consejo!"—.
—"?Lo sé!"—, gritó Martín, la desesperación haciendo temblar su voz. —"?Pero es nuestra única opción! ?Que los guardias, que Grimbold, que Kargan cuenten lo que vieron! ?Que sientan el frío! ?Y si aún así dudan, si aún así se esconden detrás de sus reglas..."—. Su voz bajó, volviéndose peligrosamente calma. —"...entonces les daré la demostración que necesitan. Les mostraré la piedra. Quizás... solo quizás... un poco de miedo real los haga entrar en razón"—. Había un deje de amargura, de desprecio por la ceguera voluntaria de los líderes enanos. —"Están cómodos acá arriba. Pero tranquilos... con esto seguro los convenzo"—.
—"?No!"—, exclamó Althaea, agarrándolo del brazo, sus ojos llenos de miedo genuino por él. —"?Martín, esa cosa te atacó la mente! ?Te drenó la vida! ?No puedes exponerte así de nuevo!"—.
—"?Y qué sugieres, Althaea?"—, replicó él, aunque sin hostilidad hacia ella, solo con la crudeza de la desesperación. —"?Esperar aquí hasta que el núcleo rompa el sello? ?Hasta que las sombras suban? ?Alguien tiene que hacer algo drástico!"—.
Se volvió hacia Thorian, cuya expresión era una batalla entre el pánico y la lógica científica más retorcida. —"Pide la audiencia, Thorian. Es la única forma. Confía en mí"—.
Thorian lo miró, luego miró la caja de plomo, luego de nuevo a Martín. Vio la locura del plan. Vio el potencial de desastre absoluto. Y vio, quizás, la única y terrible posibilidad de sacudir a la monta?a de su complacencia. Respiró hondo, el sonido rasposo en el silencio.
—"Que los ancestros nos perdonen"—, murmuró finalmente. —"Pediré la audiencia. Emergencia nivel crítico. Demostración requerida"—. Sus ojos eléctricos se clavaron en Martín, fríos y duros como el diamante. —"Pero que quede grabado en piedra, umgi. Si esto sale mal, no habrá escapatoria. Ni para ti, ni para nosotros. O funciona, o el abismo nos traga a todos. No habrá término medio"—.
La decisión irrevocable flotaba en el aire, pesada y ominosa. Mientras Thorian se dirigía, con paso lento y deliberado, hacia su comunicador rúnico, la caja de plomo sobre la mesa pareció absorber aún más luz, un silencio expectante emanando de la oscuridad contenida en su interior. La apuesta más desesperada estaba a punto de realizarse.

