El aire llevaba ya varios días sintiéndose diferente. La densidad húmeda y primigenia del territorio de los Hombres Bestia había ido cediendo paso a una atmósfera más seca, más abierta. El paisaje también se había transformado: las colinas boscosas y los valles cerrados se suavizaron, convirtiéndose en lomas ondulantes cubiertas por una hierba más corta y resistente, salpicada de flores silvestres de colores vivos que Martín no recordaba haber visto cerca de Oakhaven. Los senderos, antes apenas insinuados, ahora eran caminos de tierra más definidos, marcados por el paso frecuente de carros y ganado. El olor a pino y musgo fue reemplazado por el aroma más terrenal del heno seco, el polvo del camino y el humo distante de hogares que cocinaban.
Martín sentía cada cambio como un hito en su viaje de regreso a su punto de partida en este mundo. Una extra?a mezcla de emociones lo embargaba. Por un lado, una creciente expectación, la esperanza de encontrar respuestas, de volver a ver los rostros amables que lo habían ayudado cuando era más vulnerable. Por otro, una punzada de aprensión. ?Lo recordarían? ?Cómo reaccionarían al verlo ahora, acompa?ado por una imponente guerrera Hombre Bestia, visiblemente cambiado por las pruebas que había enfrentado? Y debajo de todo, una profunda y melancólica nostalgia. Este paisaje "familiar" le recordaba con más fuerza lo lejos que estaba de su verdadero hogar, de las calles de su ciudad, del olor salado del mar cerca de la casa de su madre.
Reconocía detalles con una claridad sorprendente. Aquel recodo del río donde, en sus primeros días, había intentado pescar torpemente con una rama afilada, fallando estrepitosamente ante la mirada divertida de Bronn. Aquel viejo roble de ramas retorcidas bajo el cual se había refugiado de una tormenta repentina, tiritando de frío y miedo, sintiéndose completamente perdido. Los peque?os campos de cultivo, ahora en barbecho o preparándose para una nueva siembra, donde había observado a los aldeanos trabajar la tierra con herramientas manuales, un contraste brutal con la agricultura industrializada de su mundo. Cada lugar evocaba un recuerdo, una sensación: la confusión inicial, el miedo, la gratitud por la ayuda recibida, la frustración por la barrera del idioma.
—"?Estás bien, Martín?"—, la voz de Althaea lo sacó de su ensimismamiento. Ella había notado su silencio, la forma en que su mirada se detenía en puntos aparentemente anodinos del paisaje.
él parpadeó, volviendo al presente. Forzó una sonrisa. —"Sí... sí, bien. Solo... recuerdos"—. Se?aló vagamente a su alrededor. —"Reconozco este camino. Estuve aquí... cuando llegué. Antes de... Oakhaven"—.
Althaea asintió, comprendiendo. Ella también conocía el poder de los lugares ligados a recuerdos fuertes, tanto buenos como dolorosos. Observó el entorno con una nueva perspectiva, tratando de verlo a través de los ojos de Martín, imaginando cómo sería llegar a un lugar así, solo y desorientado. El paisaje le parecía más sencillo, más domesticado que sus propios bosques, pero entendía que para Martín representaba el primer contacto con un mundo completamente ajeno.
Siguieron caminando, el ritmo un poco más lento ahora, mientras Martín absorbía las sensaciones familiares. El aire olía a establo, a pan recién horneado, a vida comunitaria. Escuchaba el ladrido de un perro, el cacareo de gallinas, voces humanas distantes. Eran sonidos mundanos, pero para él, eran ecos de una normalidad perdida y encontrada.
Finalmente, tras coronar una última loma cubierta de hierba corta y flores amarillas, la aldea apareció a la vista, acurrucada en una suave hondonada junto al meandro perezoso del río. Era exactamente como la recordaba: un pu?ado de casas sencillas de madera y adobe con techos de paja, rodeadas por cercas bajas de madera que delimitaban peque?os huertos y corrales. El humo blanco ascendía en finas columnas desde varias chimeneas, prometiendo calor y comida. Un peque?o puente de madera cruzaba el río, conectando la aldea con los campos de cultivo del otro lado. Era una estampa de paz rural, humilde pero acogedora.
Martín se detuvo, contemplando la escena. Una oleada de emoción lo recorrió. Aquí había recibido los primeros cuidados, las primeras palabras de ayuda en un idioma incomprensible, la primera muestra de bondad en un mundo hostil. Comparó al hombre asustado y herido que había tropezado hasta esa aldea semanas atrás, con el hombre que era ahora: con cicatrices, sí, pero más fuerte; con dudas, pero con un propósito; solo, pero acompa?ado por una amiga leal. El contraste era vertiginoso, casi irreal.
—"Esa es"—, dijo, su voz un poco ronca por la emoción, se?alando hacia la aldea que brillaba bajo el sol de la tarde. —"Allí fue donde Talia y Bronn me encontraron. Donde todo comenzó... de nuevo"—.
Althaea puso una mano reconfortante en su hombro, sintiendo la intensidad de sus emociones. Observó la aldea con sus agudos ojos ámbar. Parecía un lugar pacífico, desprotegido en comparación con Oakhaven, pero con una sensación de comunidad trabajadora. Confió en la conexión de Martín con este lugar.
Comenzaron a descender la loma, sus pasos ahora más decididos, dirigiéndose hacia la entrada de la aldea. El aire olía a hogar, aunque no fuera el suyo propio, y la incertidumbre de la bienvenida se mezclaba con la esperanza de encontrar respuestas y, quizás, un breve descanso en su largo viaje.
El ladrido insistente de "Roco", el perro mestizo de pelaje revuelto que siempre parecía enterarse de todo antes que nadie, fue el heraldo de su llegada. El animal corrió por el camino de tierra que desembocaba en la aldea, frenando en seco a una distancia prudente. Sus ladridos iniciales, agudos y claramente dirigidos a la figura imponente y desconocida de Althaea, cambiaron de tono al enfocar a Martín. Reconoció al hombre que había vivido entre ellos durante meses, y los ladridos se transformaron en ga?idos alegres y un movimiento frenético de cola, aunque el perro aún lanzaba miradas de reojo, llenas de recelo, a la guerrera Hombre Bestia.
La conmoción canina, seguida por la visión de las dos figuras acercándose, detuvo la tranquila rutina vespertina de la aldea. Ojos curiosos se asomaron por ventanas y puertas entreabiertas. Un granjero detuvo su carreta a mitad de camino, protegiéndose los ojos del sol para confirmar lo que veía. Las mujeres que recogían la colada dejaron las cestas en el suelo, intercambiando murmullos sorprendidos. Los ni?os que jugaban cerca de la herrería se quedaron quietos, se?alando con dedos vacilantes.
Martín sintió el pulso acelerarse, pero esta vez no era solo nerviosismo, sino también la calidez de la familiaridad. Reconocía las caras, la disposición de las casas, incluso al perro ladrador. Recordó su partida meses atrás, una despedida emotiva tras la visión del templo lejano, dejando atrás la seguridad de este lugar por la incertidumbre de una búsqueda personal. ?Qué pensarían de su regreso, ahora acompa?ado? A su lado, Althaea caminaba con la cabeza alta, observando la aldea humana y sus habitantes (algunos con rasgos animalescos que le recordaban vagamente a su gente, pero claramente diferentes) con una calma profesional, sus sentidos alerta.
A medida que se adentraban por la calle principal, embarrada por las últimas lluvias, los aldeanos comenzaron a congregarse, formando un grupo expectante. Eran los mismos rostros humildes, curtidos por el sol y el trabajo, que le habían ofrecido refugio y ayuda cuando más lo necesitaba. Vio a Mael, el herrero, secándose el sudor; a Elara, la anciana hilandera, deteniendo su rueca; a Finn, el joven robusto, apoyado ahora en una pala en lugar de una horca.
Fue Elred, el granjero de barba canosa, quien se adelantó primero, su rostro iluminándose con una sonrisa franca y sorprendida.
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—"?Martín! ?Muchacho, eres tú!"—, exclamó, su voz fuerte y llena de genuino alivio. —"?Por la buena cosecha! ?Pensábamos que te habías perdido para siempre siguiendo ese sue?o tuyo hacia el norte! ?Qué alegría verte de vuelta, y entero!"—.
Martín devolvió la sonrisa, sintiendo cómo se disipaba la última pizca de tensión. —"Hola, Elred. Es bueno estar de vuelta"—. Su Varyan, ahora fluido tras meses de inmersión total, sonó claro y seguro, provocando más murmullos de asombro. —"El camino fue... largo y complicado. Pero encontré buena ayuda"—. Hizo un gesto hacia Althaea.
El reconocimiento de Martín y su dominio del idioma rompieron el hielo por completo. La curiosidad venció a la cautela.
—"?Bienvenido, Martín!"—, dijo Mael, acercándose. —"?Te ves diferente! Más... curtido. ?Qué historias traes?"—.
—"?Y quién es tu compa?era?"—, preguntó Elara, la anciana, sus ojos agudos evaluando a Althaea con una mezcla de curiosidad y la sabiduría de la edad. —"Tiene el porte de los Hombres Bestia de las leyendas"—.
—"Así es"—, intervino Martín, antes de que las preguntas se multiplicaran. —"Permítanme presentarles. Ella es Althaea, una guerrera de Oakhaven"—. El nombre de la aldea legendaria silenció los murmullos, reemplazándolos por expresiones de asombro. —"Nos encontramos en el bosque. Ella... bueno, me salvó la vida, para ser sincero. Es mi amiga y ahora mi compa?era de viaje"—.
Althaea dio un paso al frente, inclinando la cabeza con una dignidad tranquila que impresionó a los aldeanos. Aunque su apariencia era salvaje y poderosa, su gesto era de respeto. —"Es un honor estar en la aldea que primero acogió a Martín"—, dijo en un Varyan claro, con su acento gutural. —"Hemos compartido muchos peligros en el camino"—.
La presencia de Althaea era ciertamente impactante para la mayoría, acostumbrados a una vida más tranquila y a la diversidad más sutil de su propia aldea. Varios retrocedieron instintivamente un paso, no por hostilidad, sino por la impresión de su aura de guerrera experimentada. Sin embargo, las palabras claras de Martín y Althaea, y el hecho de que ella fuera presentada como amiga y salvadora, calmaron los recelos iniciales. El respeto por la fuerza y la supervivencia era algo que estos aldeanos también entendían.
El ambiente se cargó de una curiosidad expectante. Estaban ansiosos por saber más, por escuchar las aventuras de Martín en la mítica Oakhaven, cuando una voz familiar, más aguda, pero llena de una emoción inconfundible, resonó desde la puerta de una de las caba?as más cercanas.
—"?Martín? ?Esa voz... eres de verdad... eres tú?"—
La caba?a de Talia y Bronn era exactamente como Martín la recordaba: espaciosa para los estándares de la aldea, construida con troncos robustos y un techo de paja bien mantenido. El interior estaba iluminado por la cálida luz del hogar, donde un gran caldero burbujeaba suavemente, desprendiendo un aroma delicioso a carne, raíces y hierbas. Pieles de animales cubrían parte del suelo de tierra apisonada, y los pocos muebles —una mesa larga y sólida, bancos corridos, estantes con vasijas de barro y herramientas— eran funcionales y estaban claramente bien cuidados. Colgados en las paredes había arcos, un carcaj lleno de flechas y algunas pieles curtidas, testimonio de la vida de cazadores de sus anfitriones. Era un hogar humilde, pero irradiaba una sensación de calidez, seguridad y vida familiar que a Martín le resultó profundamente reconfortante.
Talia los hizo sentar en los bancos cerca del fuego mientras ella revolvía el estofado con un cucharón de madera. Bronn avivó las llamas, a?adiendo un par de troncos secos. Elara no se separaba de Martín, contándole atropelladamente en su Varyan infantil todo lo que había pasado en la aldea durante su ausencia, mientras Kaelen observaba a Althaea desde una distancia segura, con una mezcla de timidez y fascinación por la imponente guerrera de rasgos felinos.
Althaea, aunque acostumbrada a la vida más rústica y comunal de Oakhaven, observaba el interior de la caba?a humana con interés silencioso. Notó la eficiencia del dise?o, la solidez de la construcción, los peque?os detalles que hablaban de una vida familiar estable. Percibió la dinámica entre Talia y Bronn, una pareja unida por el respeto mutuo y el trabajo compartido, y la forma natural en que interactuaban con sus hijos. Se sintió un poco fuera de lugar, consciente de su otredad, pero la genuina amabilidad de Talia y la tranquila aceptación de Bronn la hicieron sentirse bienvenida, no juzgada.
Pronto, Talia sirvió generosas porciones del estofado humeante en cuencos de madera, acompa?adas de gruesos trozos de pan oscuro. Se sentaron todos juntos alrededor de la mesa. El estofado era sencillo pero sabroso, lleno del sabor de la tierra y el esfuerzo. Para Martín, cada cucharada era un regreso a la familiaridad, un contraste delicioso con la comida a menudo improvisada del camino.
Mientras comían, las preguntas comenzaron a fluir, más calmadas ahora, dentro de la intimidad del hogar.
—"Entonces, Oakhaven"—, dijo Bronn, entre cucharadas. —"?Cómo es realmente? Las leyendas hablan de una aldea escondida, protegida por magia antigua..."—.
Martín y Althaea intercambiaron una mirada. ?Cómo resumir la complejidad de Oakhaven, la posesión, el ritual, la partida?
—"Es... un lugar fuerte"—, dijo Martín, eligiendo sus palabras con cuidado. —"Lleno de gente... diferente. Conectada al bosque de una forma que apenas empiezo a entender. Me ense?aron mucho. A sobrevivir. A luchar un poco"—. Sonrió brevemente. —"Y sí, hay magia antigua. Poderosa"—.
—"?Y peligrosa?"—, preguntó Talia, su mirada perspicaz notando la sombra que cruzó los ojos de Martín al mencionar la magia.
—"A veces"—, admitió Martín. —"Pero también... sanadora. Conocí a grandes guerreros, como Gorak, y a chamanes sabios, como Rokan"—.
Althaea a?adió algunos detalles en su Varyan claro, describiendo brevemente la estructura de clanes, la importancia del árbol ancestral, y cómo Martín se había ganado el respeto de muchos, omitiendo deliberadamente los eventos más oscuros y traumáticos. Habló de su habilidad para "ver la energía", una descripción simplificada pero comprensible para Talia y Bronn, quienes ya sabían que Martín tenía una conexión inusual con el disco.
—"Así que no solo sobreviviste, sino que prosperaste"—, comentó Bronn, impresionado. —"Sabía que tenías algo especial, forastero"—.
—"Tuve mucha ayuda"—, repitió Martín, mirando a Althaea.
La conversación continuó, fluyendo entre el pasado reciente de Martín y el presente de la aldea. Talia y Bronn les contaron sobre la última cosecha, sobre un nuevo comerciante que había pasado por allí, sobre los peque?os dramas y alegrías de la vida comunitaria. Martín se sintió reconfortado al escuchar esas noticias mundanas, una se?al de que la vida seguía su curso normal.
Althaea escuchaba atentamente, comparando mentalmente la vida en esta aldea humana con la de Oakhaven. Notó las similitudes —el trabajo duro, la importancia de la comunidad, el respeto por los ciclos de la naturaleza (aunque de forma diferente)— y también las diferencias —la mayor dependencia de la agricultura, la estructura familiar más nuclear, la ausencia de la intensa conexión mágica con el bosque que caracterizaba a su gente—.
Cuando la cena terminó y los ni?os, vencidos por el sue?o, fueron acostados por Talia en un rincón cálido de la caba?a, la conversación se volvió más seria.
—"?Y ahora, Martín?"—, preguntó Bronn, mirándolo fijamente. —"Has vuelto. ?Te quedarás aquí? ?O seguirás buscando... ese camino a tu mundo?"—.
Martín respiró hondo. Era la pregunta inevitable. —"Me quedaré unos días, si nos lo permiten. Necesitamos descansar y reabastecernos"—. Miró a Althaea, quien asintió. —"Pero después... debemos seguir. La visión que tuve antes de irme... la ciudad, el templo... siento que debo ir allí. Quizás allí encuentre las respuestas sobre cómo llegué... y cómo volver"—.
Talia y Bronn intercambiaron una mirada cargada de preocupación, pero también de comprensión. Sabían del anhelo de Martín.
—"El norte es peligroso"—, advirtió Bronn. —"Tierras salvajes, monta?as... y cosas peores que los Krognars"—.
—"Lo sé"—, dijo Martín. —"Pero no iré solo esta vez"—. Su mirada agradecida hacia Althaea lo dijo todo.
—"Entonces, que los espíritus del campo y del bosque los protejan"—, dijo Talia, su voz suave pero firme. —"Descansen aquí todo lo que necesiten. Recuperen fuerzas. Y cuando estén listos para partir de nuevo, esta aldea los ayudará en lo que pueda"—.
La cálida bienvenida, la aceptación sin reservas de Althaea, la promesa de ayuda... Martín sintió una profunda gratitud. Había regresado a su primer refugio, y en lugar de encontrar solo recuerdos, había encontrado un hogar temporal, una base segura desde la cual planificar el siguiente, y quizás más peligroso, capítulo de su viaje. La noche cayó sobre la peque?a caba?a, trayendo consigo un merecido descanso y la reconfortante sensación de estar, por un tiempo, a salvo.
A veces es una choza junto al río.
A veces, una mesa compartida.
A veces, el recuerdo de quien te salvó.
Una mirada que lo entiende. Un lugar que lo espera.
Y un destino que empieza a parecer... alcanzable.

