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Mirathun

  Lo único que quedó fue el silencio.

  Nadie se habló entre ellos. Habían pasado horas desde que dejaron atrás la isla, y las lágrimas ya secas seguían marcadas en sus rostros, tirantes, como si la piel aún recordara el llanto. El crujido del barco y el golpeteo suave del agua eran lo único que llenaba el vacío.

  Lyra, incómoda con ese ambiente pesado, levantó la vista al cielo y respiró hondo antes de hablar.

  —La luna llena está hermosa esta noche, ?no?—dijo con una sonrisa peque?a, nerviosa, observando el reflejo plateado sobre el mar.

  Nadie respondió. Nadie siquiera la miró.

  —?Sabes qué más era hermoso?—preguntó Kiomi de pronto.

  Lyra parpadeó, dudando.

  —No…

  —La sonrisa de mi madre—continuó Kiomi, sin levantar la voz—. Antes de que le arrebataran la vida.

  En un movimiento brusco, Kiomi se acercó a Zein y lo tomó de la camisa, alzándolo lo suficiente para obligarlo a mirarla.

  —Por culpa tuya.

  La ira se le marcaba en cada músculo, en la mandíbula apretada, en las manos temblorosas que se aferraban a la tela como si soltarlo fuera imposible.

  —?Yo? ?Qué tengo que ver yo con todo esto?—respondió Zein, herido, con la voz tensa.

  —?Todo es tu maldita culpa!—escupió Kiomi—. ?Tú y tu maldito cabello blanco!

  Lo acercó aún más, el espacio entre ambos reducido a nada.

  —?Yo no tuve la culpa de nacer así!—Zein apretó los dientes—. ?No lo elegí! ?Pero aquí estoy! ?Cargando con todo!

  —??Y el demonio que tienes dentro?!—replicó Kiomi—. ??Eso tampoco cuenta?! ?Tú lo causaste todo, Zein!

  Lo soltó de golpe y dio un paso atrás, bajando la mirada, los pu?os cerrados.

  —No entiendo por qué…—murmuró—. Por qué mi mamá, a pesar de saber lo de tu cabello… por qué Lucian, aun sabiendo lo del demonio… por qué decidieron protegerte.

  —?Yo tampoco quise al demonio!—respondió Zein, la voz quebrándose—. ?No lo creé! ?No lo invoqué!

  —Oigan, cálmense un poco…—intervino Kio, dando un paso al frente.

  —?Tú cállate!—gritaron ambos al mismo tiempo.

  Kio se detuvo en seco y dio un paso atrás, sorprendida.

  —?De no ser por ti, habríamos podido ayudar a Meliora!—le gritó Kiomi, clavándole la mirada.

  —No solo haces lo que te pide tu “dios” como perrita faldera—escupió Zein, mirándola con abierto desprecio—, sino que también enga?as y abandonas a tus “amigos”. ?En verdad te conocemos bien?

  Kiomi apretó los labios, los ojos encendidos.

  —No vengas tú con cara de santo, Zein—dijo antes de volver a tomarlo de la camisa con brusquedad—. Jamás olvidaré todo lo que has hecho desde que llegaste. Y te juro que algún día lo pagarás.

  Antes de que la tensión estallara, Lyra se interpuso entre ambos y los empujó hacia extremos opuestos del barco con más fuerza de la que parecía tener.

  —?Basta!—gritó—. No es momento para esto…

  La voz se le quebró al final y fue seguida por una tos áspera que le sacudió el pecho.

  —?Lyra!—Zein se giró de inmediato y se acercó a ella—. La marca…

  Sus ojos bajaron al cuello de la ni?a. Allí, bajo la piel, seguía la marca de aquel día.

  —No me habían curado en varios días por la guerra…—dijo Lyra mientras se tocaba la garganta, esbozando una sonrisa torpe—. Pensé que no pasaría nada si aguantaba un poco más.

  Zein la rodeó con los brazos sin pensarlo.

  —Debiste decírmelo antes…—murmuró—. Encontraremos la forma de quitar esa marca, te lo prometo.

  Kiomi observó la escena solo un segundo. Luego les dio la espalda y fue a sentarse en la parte trasera del peque?o barco, abrazándose las piernas, mirando al mar como si no existiera nada más.

  El día pasó sin cambios. Kio guiaba el bote usando magia de agua, empujando las corrientes alrededor del casco para ganar velocidad rumbo al coloso Mirathun, su siguiente destino. Nadie hablaba.

  Cuando la noche cayó, todos terminaron durmiendo, menos ella.

  El amanecer comenzó a apagarse lentamente mientras una niebla espesa los envolvía. Kio no le dio importancia; había escuchado que, en ciertas épocas del a?o, las costas de Mirathun amanecían cubiertas de bruma.

  Entonces, el silencio fue roto.

  Un latido metálico hizo vibrar la madera del bote.

  Uno solo.

  Luego otro.

  La niebla frente a ellos se rasgó como un velo arrancado a la fuerza.

  De entre ella emergió un barco inmenso.

  Primero apareció la proa: un muro de acero gris, tan alto como un edificio, que partía el agua con un siseo violento. El aire se llenó del olor a aceite quemado y vapor caliente.

  —?Qué es eso…?—murmuró Zein, con la voz tensa, al ver el coloso acercarse.

  —Es como una isla de piedra moviéndose sola…—dijo Kiomi, encogiéndose—. No tiene velas… no hay nada que lo empuje…

  —Tranquilos—intervino Kio sin apartar la vista—. Es un barco de acero. Hace mucho que no veía uno.

  —?Pero viene directo a nosotros!—dijeron Zein y Kiomi al mismo tiempo.

  —Si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho—respondió Kio, más seria.

  El barco se detuvo a varios metros de ellos.

  Entonces, luces se encendieron en su estructura, apuntándolos de lleno.

  —?Magia…?—susurró Kiomi, cubriéndose un poco el rostro.

  —?No se muevan de ahí!—gritó una voz desde la proa.

  Desde el enorme acorazado descendió una embarcación más peque?a, similar a la de ellos, que avanzó rápido sobre el agua.

  En ella viajaban dos personas con uniformes negros, adornados con detalles rojos y blancos. No llevaban armaduras; parecían más bien trajes de gala. Las chaquetas ajustadas brillaban por los botones plateados, una correa blanca cruzaba el pecho hasta un cinturón del mismo color. Guantes blancos, fusiles extra?os y más modernos que cualquiera que hubieran visto antes.

  Las botas, altas y perfectamente pulidas, reflejaban la luz mientras el peque?o barco se acercaba lentamente.

  No tardaron en reconocer el uniforme. Era del Imperio. Distinto a los que habían visto antes, más pulcro, más moderno… pero la insignia del sol en el pecho no dejaba lugar a dudas.

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  Los dos soldados revisaron el bote con la mirada y luego se miraron entre ellos. Uno sacó una libreta peque?a del bolsillo.

  —Más refugiados, ?eh?—comentó el segundo sin bajar su rifle.

  —?Cuántos van ya…?—murmuró el primero mientras abría la libreta—. Dos barcos llenos por este lado del coloso. Y dicen que siguen saliendo más desde Sylvaris… incluso desde Thargrund.

  —Ya empezó la limpieza—dijo el segundo, encendiendo un cigarrillo—. Aún falta para que nos toque.

  Luego inclinó la caja hacia Zein, ofreciéndole uno.

  El primero le dio un golpe seco en la cabeza.

  —Idiota. Es un ni?o.

  El soldado suspiró y sacó una pluma.

  —Nombres y edades—pidió, apoyando la pluma sobre el papel.

  El silencio se alargó unos segundos.

  —Para el registro—a?adió—. Son refugiados, ?no? Necesitan identificación para entrar. Esto les permitirá pasar… después deberán registrarse como ciudadanos.

  Lyra fue la primera en hablar.

  —Me llamo Lyra. Tengo trece a?os.

  —?Lyra qué?—preguntó el soldado sin levantar la vista.

  —Lyra Ravenscroft—respondió, más firme.

  —Zein Ravenscroft—continuó Zein—. Dieciocho.

  —?Hermanos?

  —Sí.

  Mientras el soldado escribía, el otro sacó algo de su bolsa: una paleta. Se la ofreció a Lyra. Ella dudó un instante antes de aceptarla y guardarla en silencio.

  —Kiomi Valandil—dijo entonces—. Dieciocho a?os.

  —Yo… me llamo Alianore—dijo Kio tras una breve pausa—. Sí, Alianore. Tengo… cien a?os.

  El soldado levantó la vista lentamente.

  —?Alianore qué?

  —Alianore a secas.

  El hombre dudó un segundo, rascándose la cabeza con la pluma.

  —Bueno, eres una Felvar, ?no?—murmuró—. Entonces te pondré Alianore Felvares.

  Kio no dijo nada.

  —Haré una inspección rápida—anunció el segundo soldado mientras revisaba la balsa casi vacía.

  —Bien—respondió el primero, arrancando una hoja con los datos de cada uno.

  —Limpios—dijo el segundo—. Solo una bandera vieja y algo de comida.

  Zein observó en silencio. Nadie parecía notar el cabello blanco. Nadie miraba raro a Kio por sus orejas o su cola. Nadie apretaba el rifle con desconfianza.

  —Entonces, bienvenidos a Mirathun—dijo el soldado guardando la libreta—. Disfruten su estadía y no armen alboroto.

  Ambos se dieron la vuelta para regresar a su bote.

  —?Oye!—llamó Zein, dando un paso al frente.

  —?Qué pasa, muchacho?

  Zein dudó un instante, pero habló.

  —?Por qué… por qué no nos tratan mal?—preguntó—. Por el cabello blanco… o porque Alianore es una subraza de los monstruos.

  Los soldados se miraron.

  Y entonces se rieron.

  Rieron fuerte, sin contenerse. Zein, Lyra y Kiomi se quedaron inmóviles, desconcertados.

  —Vaya—dijo uno, secándose una lágrima—. Vienes de Ilmenor, ?verdad?

  —Sí que son racistas por allá. — exclamó el otro.

  —?Qué…?—murmuró Zein.

  —Mira, chico—dijo el segundo soldado, aún secándose las lágrimas—, aquí en Mirathun no nos importa nada de eso. Conocemos las historias de los ni?os benditos, sí, pero la mayoría cree que no son más que suposiciones estúpidas inventadas por los elfos.

  —Y sobre lo de la raza de los monstruos…—a?adió el primero mientras empujaba su bote, alejándolo del de ellos—, eso lo verás tú mismo cuando llegues a la ciudad.

  —Disfruten su estadía en Mirathun—gritaron desde la distancia, mientras se perdían entre la niebla.

  Zein bajó la mirada y notó algo entre los papeles que le habían entregado. No era una identificación. Era otro trozo de papel, doblado con descuido. Al abrirlo, leyó:

  “?Cansado de la opresión? Ven a este lugar. Aquí te entenderemos… y haremos algo.”

  Había una dirección escrita debajo.

  Kio volvió a sentarse en el bote.

  —Sigamos—dijo con calma, moviendo el agua a su alrededor con magia—. Ya estamos más cerca de la costa.

  Los demás hicieron lo mismo, observando cómo el enorme barco de acero desaparecía por completo en la niebla, como si nunca hubiera estado ahí.

  —?Por qué mentiste sobre tu nombre y tu edad?—preguntó Zein al cabo de un momento.

  —Mi nombre es bastante conocido—respondió Kio sin apartar la vista del mar—. Si sale a la luz que una Felvar llamada Kio, con más de mil a?os, anda por aquí… causaría demasiado alboroto.

  —Claro… espera—Zein se incorporó de golpe—. ?Más de mil a?os?

  Lyra y Kiomi también la miraron, sorprendidas.

  —Es normal vivir mucho—dijo Kio con naturalidad—. Sobre todo cuando hay demonios de por medio.

  Zein abrió la boca, pero no supo qué decir.

  Tras un rato más de navegación, la niebla comenzó a disiparse. Tierra firme apareció frente a ellos. Bajaron del bote y lo dejaron abandonado en la orilla.

  En la playa, el aire era más claro. La luz del día se sentía distinta, menos pesada que en el mar.

  —?Y tú qué harás ahora, Kiomi?—preguntó Kio mientras se sacudía la ropa.

  Kiomi se quedó en silencio un instante.

  —Pues…—murmuró.

  —Nosotros iremos a la ciudad a quedarnos con un amigo—dijo Kio, acercándose a Zein y Lyra.

  —Yo… quiero vengar a mi madre—a?adió Kiomi, apretando el pu?o contra su pecho—. Y para eso necesito estar junto a ustedes.

  —Bien—respondió Kio con una sonrisa amplia—. De todos modos no pensaba dejarte ir, dijeras lo que dijeras. Le hice una promesa a tu madre.

  Luego se dio la vuelta, mirando hacia la ciudad.

  —Vamos.

  Avanzaron hasta lo que parecía ser la entrada. No había muros, ni portones, ni guardias. Nada que marcara un límite real. La ciudad simplemente estaba ahí, abierta, como si cualquiera pudiera entrar… o perderse.

  Con todo lo ocurrido en los últimos días, ninguno había sentido el frío de verdad. No hasta ahora. Cuando las cosas se calmaron, el frío llegó de golpe, metiéndose bajo la ropa, mordiéndoles la piel.

  Mirathun los recibió con un aire helado y un desorden que rompía cualquier idea de armonía. De lejos, el ladrillo gris parecía elegante; de cerca, estaba manchado de hollín y desgaste. Sobre sus cabezas, las tejas oscuras dormían bajo una capa de nieve sucia, colgando de los aleros como si en cualquier momento fueran a caerles encima.

  Era un laberinto. A cada lado del camino, el comercio no daba respiro. Mercaderes envueltos en pieles raídas gritaban desde puestos improvisados, ofreciendo carne seca de origen dudoso, baratijas oxidadas o amuletos de latón empa?ados por la escarcha. El vapor de las ollas hirviendo se mezclaba con el aliento de la multitud, formando una neblina espesa que borraba los rostros a pocos pasos de distancia.

  Y aun así, el olor no enga?aba. Bajo las especias y el carbón ardido, se arrastraba la podredumbre. En los rincones, donde la nieve se mezclaba con el fango, cuerpos se amontonaban bajo salientes de piedra, temblando, inmóviles. Algunos gemían. Otros no se movían en absoluto. No era raro esquivar a alguien doblado sobre los adoquines, expulsando una bilis oscura que se congelaba casi al tocar el suelo.

  Zein lo notó entonces. Muchas personas no estaban… bien.

  Piel manchada, quemaduras viejas y ampollas abiertas marcaban los rostros hundidos de quienes yacían en el suelo, con las extremidades deformadas por una enfermedad silenciosa.

  El grupo guardó un silencio sepulcral —todos menos Kio— ante la naturalidad de aquellas criaturas. Seres colosales y deformes, algunos con cabezas de caballo o rasgos de orco, se abrían paso entre la gente. Escamas relucientes bajo la nieve sucia y colas reptilianas se mezclaban con la multitud de enanos que se escabullían entre las piernas de los gigantes, ignorando la miseria que los rodeaba.

  Y aun así, no fueron ellos quienes más los impactaron.

  Eran los demonios.

  Había varios a simple vista, caminando, comerciando, riendo incluso, integrados en la vida cotidiana de la ciudad. Sus cuerpos robustos y la piel requemada los hacían destacar entre el resto; los cuernos variaban en forma y tama?o, y las alas, plegadas contra sus espaldas, parecían demasiado grandes para las calles estrechas por las que transitaban.

  Los humanos también estaban allí, pero ya no parecían ser la mayoría.

  Para Zein, Lyra y Kiomi, todo aquello rozaba lo irreal.

  —Oye, Kio… ?nos quieres contar con quién nos vamos a quedar un tiempo?—preguntó Lyra, bajando un poco la voz, inquieta al verse rodeada de tantos seres que jamás había imaginado.

  Kio hizo una mueca apenas perceptible. Aceleró el paso sin responder.

  Los demás tuvieron que apurarse para seguirle el ritmo.

  —?Kio?

  —Bueno…—murmuró, llevándose una mano al rostro y rascándose la mejilla—. La verdad no quiero hablar de eso.

  —?Por qué no? ?Qué tiene de malo?—preguntó Kiomi, mirando a su alrededor con ojos atentos, sin dejar de observar a las criaturas que pasaban junto a ellos.

  —Ya lo verán cuando lleguemos—se limitó a decir.

  No tardaron en dejar atrás aquella zona abarrotada y ruidosa. El bullicio fue apagándose poco a poco, hasta quedar reducido a un murmullo distante.

  A mitad del camino, unos soldados con el mismo uniforme que los del barco les cerraron el paso. Al no reconocerlos, les pidieron sus documentos. Zein sacó los papeles que les habían entregado al llegar y se los mostró. Los soldados los revisaron con rapidez y, sin mayor problema, les indicaron la dirección de un edificio donde deberían registrarse de forma oficial. Luego los dejaron continuar.

  Después de un largo rato caminando, finalmente llegaron al lugar.

  Desde afuera, el edificio no llamaba la atención en lo absoluto. Una tienda de antigüedades común y corriente, con el escaparate polvoriento y objetos viejos acomodados sin demasiado orden. No había clientes, ni se?ales de actividad reciente; el interior se veía oscuro, silencioso, casi abandonado.

  Sin decir una sola palabra, Kio empujó la puerta y entró.

  —?Alex!—gritó con voz firme desde el interior—. ??Estás aquí?!

  —Oye, Kio… no creo que debas…—murmuró Kiomi, inquieta, asomándose apenas por la entrada.

  La respuesta llegó de inmediato.

  Desde una puerta lateral que conducía a la parte trasera emergió un hombre empu?ando un palo, adoptando una postura defensiva.

  —??Quién anda ahí?!—

  Aunque su cuerpo aún conservaba la firmeza de la juventud, el tiempo había dejado su marca en las sienes plateadas y en las arrugas que rodeaban sus ojos. Rondaba los cincuenta y cinco a?os, y llevaba con orgullo una melena de rastas grisáceas que caían como cuerdas de ceniza sobre un haori negro de seda impecable. Bajo este, una túnica color musgo y una hakama gris de pliegues marcados reforzaban una figura severa, casi intimidante.

  Pero bastó una mirada.

  Al reconocer a Kio, soltó el palo sin pensarlo y se lanzó hacia ella, rodeándola con un abrazo excesivamente cercano.

  —Aw… así que volviste por mí, ?eh?—dijo con una sonrisa descarada—. ?Estar lejos de mí por tanto tiempo te afectó?

  —Claro que no—gru?ó Kio, forcejeando para apartarlo con todas sus fuerzas.

  El hombre entonces reparó en las miradas clavadas sobre él. Tres pares de ojos lo observaban con una mezcla de confusión y alarma. Su expresión cambió al instante; se separó de Kio con torpeza, llevándose una mano a la nuca mientras comenzaba a sudar.

  —No me digas que…—murmuró—. ?Estos son… míos…?

  —Claro que no, idiota—espetó Kio, apartándolo de una vez por todas.

  Zein, Kiomi y Lyra seguían sin comprender nada.

  —?Kio…?—preguntó Zein al fin, rompiendo el silencio—. ?Quién es él?

  Kio carraspeó, visiblemente incómoda. Se?aló al hombre con un gesto seco.

  —él es Alexander…—dijo, evitando mirarlos a los ojos—. Mi exnovio.

  —Un gusto, chicos—a?adió Alexander, sonriéndoles como si nada.

  El mundo pareció detenerse.

  Zein, Kiomi y Lyra quedaron completamente paralizados. Ninguno logró articular palabra; sus bocas permanecieron abiertas, sus mentes incapaces de procesar lo que acababan de escuchar.

  Que alguien hubiera salido con Kio ya era inconcebible.

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