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Pruebas

  Al inicio de la semana, Sennet apareció a un lado de Zein como si hubiera estado ahí desde siempre, acomodando un brazo sobre su hombro con una familiaridad descarada.

  —?Hola! —canturreó con esa energía que no conocía frenos.

  —Hola, Sennet —respondió Zein con una sonrisa suave.

  —Buenos días, Zein —saludó Zanna antes de dirigirse con Chloe.

  Hasta entonces, Zein apenas la había notado más allá de su nombre extra?o, pero por alguna razón su mirada se quedó enganchada en ella… o, mejor dicho, en los rizos dorados que parecían atrapados entre el orden y el caos, brillando como si hubieran nacido de un día soleado que se resistía a morir. Sus ojos, de un ámbar cálido, se desviaron al sentir la mirada fija de Zein. Zanna parpadeó y giró la cabeza con torpeza, llevando una mano a su mejilla para cubrir el rubor que la traicionaba.

  Zein no entendió del todo la situación, pero sí sintió que quizá la estaba viendo demasiado.

  El maestro entró en el aula, y los murmullos se apagaron en el acto.

  Sennet, como siempre, continuó hablando en cuanto se sentaron; parecía tener energía suficiente como para alimentar a todo el edificio. Dian, imperturbable, seguía escribiendo algo en su cuaderno, ignorándolo con una serenidad casi elegante.

  —Se?or Sennet —dijo Shaundyl sin mirarlo siquiera, mientras levantaba una mano—, sacaría mejores calificaciones si invirtiera su energía en algo útil en vez de… lo que sea que usted hace.

  Una piedrecilla conjurada apareció entre sus dedos, flotó un instante y salió disparada hacia la frente de Sennet con precisión quirúrgica.

  —?Au! ?Profe! —se quejó Sennet llevándose la mano a la cara.

  —Bien, basta de distracciones —continuó Shaundyl con calma—. Hoy estarán concentrados únicamente en sus siguientes exámenes. Nada más importa. Síganme.

  El grupo lo siguió hacia el segundo nivel de la academia. Los cristales flotantes en el cielo refractaban fragmentos de luz que se movían como peque?os espejos vivos, pintando destellos de colores sobre las paredes y los pisos pulidos.

  Zein sintió el aire más fresco ahí, como si la magia del lugar respirara con ellos.

  Llegaron a un área verde que no encajaba del todo con un campo de pruebas. Había tierra removida, montículos y agujeros en distintas partes, pero todos estaban cubiertos por pasto que crecía contra toda lógica. Parecía el tipo de lugar donde la naturaleza estaba viva y observándolos.

  El grupo empezó a hablar y a moverse por todos lados sin hacerle caso alguno a Shaundyl. Sennet imitaba el sonido del viento para ver si Zanna se reía. Chloe y Dian discutían sobre quién iba a reprobar primero.

  El profesor, en silencio, levantó un cilindro metálico hacia el cielo.

  Zein apenas alcanzó a notar el brillo frío del objeto antes de que un estruendo brutal retumbara en el aire.

  Un trueno metálico cortó todas las conversaciones.. Las aves ocultas en los árboles levantaron vuelo de golpe.

  El silencio que siguió fue inmediato.

  Zein parpadeó, sintiendo cómo un zumbido agudo se quedaba pegado en sus oídos, como si el sonido hubiera decidido quedarse a vivir allí. Instintivamente llevó una mano a la oreja mientras intentaba recuperar el equilibrio de la realidad.

  Había más de aquellos artefactos alineados sobre una estantería de madera, como si fueran armas dormidas esperando que alguien las despertara. Eran maderos largos, casi tan altos como cualquiera de ellos, ásperos y pesados, con un extremo reforzado para apoyarse en el hombro. En la punta, una boca de hierro abierta y oscura parecía observar al frente con una paciencia inquietante.

  Shaundyl, ya con toda la atención reunida gracias al estruendo, tomó uno con la naturalidad de quien ha repetido ese proceso cientos de veces.

  —Presten atención —dijo ense?ando aquello que llevaba en mano -Esto es un mosquete-

  A un costado del arma había un peque?o mecanismo metálico que captó la mirada de Zein. Era un receptáculo donde el profesor vertía un polvo negro, fino, como carbón triturado hasta hacerse humo. No era magia; el profesor no necesitó un gesto arcano, solo fricción, metal y un chasquido.

  Cuando accionó el mecanismo, el artefacto rugió.

  Un trueno seco estalló desde el interior, seguido de un relámpago fugaz que rasgó el aire. Una bocanada espesa de humo amargo envolvió el arma antes de disiparse lentamente. De aquel estallido salió disparada una peque?a esfera de plomo, lanzada con una velocidad brutal que dejó vibrando el aire.

  Zein sintió el pecho apretarse. El sonido le perforó los oídos y algo más… algo que no pertenecía a ese lugar.

  ?Silencio.?

  La voz crujió dentro de su cabeza como madera vieja partiéndose bajo la lluvia. Rasposa, húmeda, demasiado cerca.

  Zein se llevó las manos a los oídos de inmediato, respirando entrecortado.

  —?Escuchaste eso? —preguntó en voz baja a Sennet.

  —?Qué? —sonrió Sennet, ladeando la cabeza con curiosidad.

  —Que si tú… —empezó Zein, inseguro.

  Sennet lo interrumpió con un gesto entusiasmado.

  —?Sí, lo escuché! ?Has visto eso? ?Qué arma tan increíble! Si le das a alguien con eso seguro lo manda a volar —dijo riendo, fascinado.

  Zein se quedó quieto. Sennet hablaba del trueno del arma. No de la voz.

  Shaundyl continuó, ajeno a lo que Zein acababa de experimentar. La cortina de humo terminaba de desvanecerse cuando el profesor recargó el arma con movimientos precisos y elegantes.

  Vertió nuevamente el polvo oscuro dentro del ca?ón frío. Después dejó caer una esfera de plomo que retumbó en el fondo con un sonido hueco. Con una vara metálica largos y fina, empujó la carga hasta compactarla en el interior, golpeando el fondo con un único clac. Por último, abrió la bandejita metálica junto al gatillo y dejó caer un pellizco de polvo más fino aún.

  —Bien —anunció, mirando a sus alumnos uno por uno—. Esta práctica evaluará su puntería.

  Extendió la mano hacia arriba, y desde su palma comenzaron a salir peque?as figuras de piedra, esféricas, que flotaban en el aire como si tuvieran vida propia.

  —Estos golems voladores tomarán la calificación por mí —dijo con tranquilidad.

  Al verlos moverse, la clase entera se preparó. Murmullos nerviosos recorrieron el grupo mientras cada estudiante tomaba un arma, intentando imitar los movimientos del profesor.

  Muchos en la clase ya habían trabajado antes con ese tipo de armas; algunos incluso las tomaban con la confianza de quien acaricia una herramienta conocida. El sonido seco de los disparos retumbaba por toda la zona, mezclándose con el olor a pólvora recién quemada. Zein, en cambio, sentía cada estallido como un golpe directo a los oídos.

  Apretaba el mosquete tratando de imitar los movimientos de Shaundyl, pero el arma se le sentía ajena, pesada, terca. Sus dedos temblaban cada vez que el arma de alguien más tronaba cerca. Su cuerpo entero se tensaba de forma automática.

  Unos metros más allá, Kiomi recargaba con la fluidez de quien respira. La postura firme, la mirada fría y precisa. Cada disparo suyo perforaba el centro de la diana como si ya conociera el resultado antes de apretar el gatillo. Incluso con el arco, las flechas seguían el mismo patrón: tensado perfecto, disparo perfecto, blanco perfecto. Kiomi se movía con elegancia técnica, como si lo hubiera ensayado desde la infancia.

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  Y luego estaba Zein.

  Imitaba la pose, el ángulo del brazo, la forma de recargar… pero cada disparo salía desviado. Algunos golpeaban la madera débil del soporte, otros ni siquiera alcanzaban a tocar la diana. Era como si el arma se negara a cooperar con él.

  Zanna, que ya había terminado su prueba, lo observó desde la distancia. Había heredado buena parte de su destreza del gremio de cazadores del que provenía; para ella, sostener un arma era tan natural como respirar.

  Se acercó mientras Zein intentaba otro disparo fallido.

  —Lo estás haciendo mal —dijo con calma, inclinándose un poco para verlo mejor.

  —Gracias, no lo había notado —respondió Zein con una sonrisa cansada.

  —No me refiero a errar —a?adió acercándose aún más.

  Le tomó las manos con suavidad, acomodándole los dedos uno por uno. Su toque era preciso, firme pero cuidadoso.

  —Primero, tu mano. Aléjala de la cazoleta —le dijo guiando su brazo con delicadeza—. Si la dejas ahí, te vas a lastimar.

  Zein tragó saliva. El arma pesaba menos cuando ella lo guiaba.

  —Ahora, apóyala bien en el hombro. La patada va a ir ahí, no a tu cara. Confía.

  —Pero… ?y si algo me salta a la cara? —preguntó Zein, inclinándose un poco hacia atrás por instinto.

  Zanna soltó una peque?a risa.

  —Tonto. ?Crees que nos darían armas defectuosas? —sus ojos brillaron con una mezcla de burla y seguridad amable—. Tu mira al blanco. No dudes. Si dudas, fallas.

  Zein intentó concentrarse, pero un detalle le distrajo: Zanna estaba muy cerca. Lo suficientemente cerca como para sentir el calor que irradiaba, el olor tenue a hierbas frescas impregnado en su ropa, el leve temblor que ella misma no parecía notar.

  Zanna lo notó de golpe.

  Retrocedió enseguida, llevándose la mano a la boca mientras fingía toser, con las mejillas apenas encendidas.

  —Ehm… bien… —dijo enderezándose— te dejo disparar.

  Y aunque se había alejado, sus manos habían dejado a Zein en la postura perfecta. El mosquete, por primera vez, no se sentía tan rebelde.

  En cuanto disparó, Zein acertó; no dio en el centro, pero el impacto fue mucho mejor que todos los anteriores. El rebote del arma le sacudió los brazos, pero aun así bajó el mosquete con una sonrisa amplia.

  —?Acerté! —dijo, casi riendo.

  Zanna lo miró con una expresión luminosa, como si le alegrara más su progreso que el propio resultado de la práctica.

  —?Bien! —gritó Shaundyl para llamar la atención de todos—. El resto del día se quedarán organizando y limpiando las armas. Cuando terminen pueden irse. Les recomiendo que descansen de verdad, porque el examen de ma?ana va a ser muy cansado.

  El profesor se marchó seguido de sus golems flotantes, dejando a la clase en un murmullo constante mientras comenzaban a desarmar, revisar y pulir los mosquetes. El humo viejo y la pólvora impregnaban el aire, pegándose a la ropa.

  —?Y el palo cómo se llama? —preguntó Zein mientras examinaba una de las piezas.

  —?Este? —dijo Zanna, levantando la vara con naturalidad—. Se llama baqueta, sirve para…

  La explicación se extendió sin prisa. Ambos terminaron platicando de todo un poco mientras limpiaban, sus voces mezclándose con el choque metálico de las armas acomodadas por el resto del grupo. En algún momento, la mayoría ya había terminado, pero los dos seguían conversando como si el tiempo se hubiera alargado solo para ellos.

  De pronto, unos pasos ligeros irrumpieron en el ambiente.

  —?Hermanito! —exclamó Lyra al lanzarse a abrazar a Zein.

  —Lyra, ?qué haces aquí? —preguntó él, devolviéndole el abrazo con suavidad.

  —Vine por ti para volver al dormitorio—respondió ella con una sonrisa que iluminó más que la luz tenue del lugar.

  —?Quién es ella? —preguntó Sennet, acercándose con curiosidad.

  —Es mi hermana.

  Sennet se detuvo en seco y lo observó, entrecerrando los ojos como si evaluara algo invisible.

  —No has hecho nada raro, ?verdad? —dijo con un tono desconfiado, clavando la mirada en Zein.

  —Claro que no, es mi hermana.

  —Hmmm.

  Sennet se retiró lentamente, aún dudando, como si esperara que en cualquier momento Zein confesara algo absurdo.

  Después de acomodar las armas y guardar los utensilios, cada quien se marchó a su dormitorio. El silencio del pasillo contrastaba con la tensión creciente en el aire; nadie decía nada, pero todos pensaban lo mismo: ?qué les esperaría ma?ana?

  Y así llegó aquel día.

  Todo el a?o, desde los grupos A, B, C y D, fue reunido en un mismo lugar: las afueras de un bosque tan denso que la luz parecía morder apenas la entrada entre los árboles.

  El siguiente examen era una prueba de combate. No una simulación, sino un enfrentamiento real. Cada grupo —A, B, C y D— podía dividirse en escuadras más peque?as para adentrarse en el bosque. Serían provistos de armas, munición y todo lo necesario para pelear contra los monstruos que habitaban ahí. Aunque las criaturas no eran especialmente peligrosas, cualquier descuido podía escalar rápidamente; por eso los profesores permanecían atentos para intervenir si algo salía mal. Lucian también estaba presente, observando con una calma que solo inquietaba más a los nerviosos.

  Cada monstruo tenía un valor específico y, al juntar cierta puntuación, los estudiantes aprobarían el examen. El círculo de amigos de Zein comenzó a armarse: él tomó una espada sencilla, el metal frío que aún no se sentía suyo; Zanna cargó un mosquete con la naturalidad de quien ya había vivido muchas cacerías; Sennet levantó un escudo robusto junto a un mazo que descansaba pesado en su mano; el resto tomó las armas y recursos que pudieran cargar sin estorbarse.

  Cuando dieron la se?al, todos se lanzaron al bosque en una estampida desordenada. Kiomi volvió a destacar de inmediato: sus hilos brillaron como plata viva y en un parpadeo ya estaba lejos, adentrándose entre ramas y sombras para buscar criaturas de alto valor.

  El grupo de Zein avanzó con más cautela, cazando monstruos de puntaje bajo. Zanna guiaba el camino; su experiencia se notaba en la forma en que leía el bosque, encontrando rastros que los otros ni siquiera veían. Con cada disparo certero suyo, una nueva oportunidad de puntos caía entre hojas secas.

  En un momento dado, se toparon con una criatura cuyo valor era considerable. Zanna alzó el mosquete lentamente, respirando hondo, apuntando con la precisión de alguien que sabe escuchar el silencio del bosque.

  —Vamos, dispárale —presionó Sennet desde atrás, impaciente.

  —Cállate, necesito concentrarme —respondió ella sin apartar la vista del objetivo.

  —No vayas a fallar.

  —Que ya sé.

  Disparó. El trueno retumbó entre los árboles y el monstruo cayó con un grito áspero, una mezcla grotesca entre gárgola y goblin. La bala le había perforado la pierna, inmovilizándolo.

  —Se ve horrible —dijo Sennet, picándolo con una rama como si esperara que mordiera.

  —Se parece a ti —comentó Zanna con una sonrisa apenas contenida.

  —?Oye!

  —Ya, ya. Vamos a rematarlo y a buscar más —dijo Zein, acercándose con cautela mientras el monstruo se retorcía inútilmente en el suelo.

  Pero en un parpadeo, el monstruo desapareció del lugar donde estaba tirado. Todos se quedaron paralizados, girando la cabeza en todas direcciones mientras buscaban entre hojas y raíces. Unas gotas oscuras comenzaron a caer desde lo alto, marcando el suelo como tinta espesa. Cuando levantaron la vista, lo vieron: el monstruo estaba colgado de un árbol, amarrado con hilos casi invisibles y sostenido como si fuera un trofeo recién cazado.

  Y quien lo sostenía era Kiomi.

  —?Oye! ?Eso es nuestro! —gritó Zein.

  —El que lo encuentra, se lo queda —respondió Kiomi con una sonrisa burlona, ladeando apenas la cabeza.

  —?Pero nosotros lo encontramos primero! —insistió Zein, se?alándola indignado.

  —?Ah sí? —dijo Kiomi, sin borrar la sonrisa—. Error mío.

  Y sin dar más explicación, salió disparada entre los árboles. Zein reaccionó de inmediato y la persiguió, dejando atrás a su grupo.

  —?Zein! —le gritaron, pero ya era inútil; él estaba demasiado lejos, tragándose la distancia con una determinación absurda.

  Ambos cruzaron el bosque a tal velocidad que ni siquiera los golems —los vigilantes flotantes que los profesores habían dejado para protegerlos— pudieron seguirles el paso. Se movían como sombras, ramas quebrándose a su alrededor, el suelo hundiéndose bajo cada zancada, el aire cortado por sus respiraciones agitadas. Siguieron así por largo rato, hasta que el verde del bosque se volvió más denso, más oscuro, más profundo.

  Kiomi se detuvo de repente.

  —Oye… —jadeó Zein, recuperando el aliento mientras se acercaba—. Devuélvenoslo…

  Pero Kiomi no respondió. Estaba completamente inmóvil. Sus ojos, que siempre estaban en movimiento, ahora estaban fijos en un punto más arriba, como si el bosque mismo le hubiera arrancado la voz. Zein, confundido, le tomó el hombro con brusquedad, intentando que reaccionara. Kiomi ni siquiera parpadeó.

  —?Qué pasa…? —preguntó Zein, hasta que siguió la dirección de su mirada.

  Y entonces lo vio.

  —Es un Zerfol… —susurró Kiomi, con un temblor apenas perceptible en la voz.

  Zein sintió cómo el aire se volvía pesado, como si el bosque tragara el silencio entero. Los Zerfol eran bestias mágicas temidas incluso entre los demonios; criaturas que solo habitaban en su territorio porque solo ellos eran capaces de mantenerlas a raya. Frente a ellos, una monstruosidad de tres metros alzaba sus tres cabezas, cada una goteando respiraciones calientes como el vapor de un horno.

  Un perro colosal tallado en pura furia.

  —Maldición… —Zein desenvainó su espada, y sin pensarlo se adelantó, poniendo a Kiomi detrás de él de forma instintiva.

  —??Qué haces, idiota?! —le gritó ella, recuperándose lo suficiente para enfadarse—. ?No puedes pelear contra esa cosa! ?Es imposible!

  —Tal vez —respondió Zein, con la espada temblando en su mano—. Pero puedo ganarte tiempo.

  —No te hagas el héroe —dijo Kiomi, pero su voz ya no tenía filo. Trago saliva, bajó la mirada apenas un segundo y a?adió—: Te ayudaré.

  —Agradezco la ayuda… —respondió Zein, sonriendo con nervios que no lograba ocultar.

  No hubo más aviso.

  El Zerfol se lanzó primero. Una de sus garras descendió como un mazo. Los hilos de Kiomi se tensaron al instante, brillando con un destello casi plateado mientras desviaban el ataque, apenas lo suficiente para que Zein pudiera moverse.

  Zein corrió, y en la carrera su espada chisporroteó con una luz tenue mientras intentaba encantarse. Cada paso era un golpe de adrenalina, cada respiración un recordatorio de que aquello no tenía sentido. Aun así, cargó contra la bestia y descargó el golpe.

  La hoja se hizo a?icos.

  No hubo resistencia. No hubo da?o. La espada de Zein simplemente se partió como si hubiera golpeado piedra antigua.

  —?Zein!— gritó Kiomi, tratando de lanzarse hacia él.

  Pero una de las cabezas del Zerfol giró con rapidez inhumana. Un impacto seco, un sonido sordo, y Kiomi salió disparada hasta estrellarse contra un árbol. Sus hilos se desvanecieron en el aire como si se los hubiera tragado la oscuridad.

  Zein apenas tuvo tiempo de volverse. La pata del Zerfol lo golpeó con la fuerza de un tronco cayendo. Su espalda chocó contra un árbol, y un dolor punzante le nubló la vista.

  La somnolencia empezó a arrastrarlo como un río lento. Peleó contra ella, pero sus párpados pesaban más que cualquier arma.

  Justo antes de desmayarse, distinguió una silueta negra entre los árboles. Caminaba con calma, sin miedo alguno. Se acercó al Zerfol… y lo acarició. Como si domar a un monstruo de tres cabezas fuera lo más natural del mundo.

  Zein intentó enfocar la vista, pero fue inútil.

  El mundo se apagó de golpe.

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