—?Entonces? ?Esta es tu decisión? —preguntó Alexander, sentado frente a Zein.
Zein mantuvo la mirada baja. Sus dedos se entrelazaron lentamente, como si buscara las palabras entre ellos.
—Puede ser muy peligroso entrar a los liquidadores —continuó Alexander con un tono más serio—. En lo personal no te lo recomendaría. No es necesario que consigas un trabajo ahora mismo, puedes quedarte aquí y esperar a que los supervisores se vayan, ?sabes?
—Yo… —murmuró Zein, pero no alcanzó a terminar.
—Exacto —intervino Kiomi, cruzándose de brazos—. Es mejor para ti y para todos que no trabajes ahí. Si ya de por sí la gente tiene suficientes problemas tratando de sobrevivir, imagínate con alguien como tú, que atrae el caos a donde sea que va.
Su voz era dura, cortante.
—?Kiomi! —la reprendió Kio de inmediato.
Kiomi no respondió. Simplemente giró sobre sus talones y se dirigió a su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.
—Ah… —suspiró Kio mientras se rascaba la nuca—. Bueno, si esto es lo que realmente quieres hacer, entonces te apoyaré.
Zein levantó la vista.
—?No crees que sea demasiado peligroso para mí?
—Claro que lo es —respondió Kio sin rodeos—. Pero no creo que seas tan débil como piensas. Confía un poco más en ti —a?adió con una sonrisa tranquila—. Además, creo que te hará bien conocer un poco más del mundo.
Zein giró entonces hacia Lyra.
—?Tú qué dices, Lyra?
Ella dudó. Bajó la mirada y apretó con fuerza el borde de su vestido.
—Lo aceptaré… solo si prometes que te alejarás de cualquier reto —dijo en voz baja—. Y si prometes volver sano y salvo a mi lado… no quiero quedarme sola.
Zein no respondió de inmediato. Se acercó y la envolvió en un abrazo firme, cálido.
—Te lo prometo.
Alexander los observó en silencio durante unos segundos.
—Si necesitas cualquier cosa, quiero que sepas que estamos aquí para ti —dijo al final, con una sonrisa sincera.
Rato después, Zein se encontraba de pie frente a las instalaciones de los liquidadores.
En eso, Zein notó a tres soldados caminando sin rumbo frente a él. Al verlo, los tres se detuvieron y lo saludaron casi al mismo tiempo.
—?Hola! Al final sí viniste —dijo uno de ellos, levantando la mano.
—Vaya, de verdad nos alegra que estés aquí —a?adió otro.
Zein parpadeó un par de veces.
—Perdonen, pero… ?quiénes son? —preguntó, algo confundido.
—Ah, claro —respondió el tercero—. Con estos uniformes es difícil distinguirnos. Somos los que te trajimos aquí el otro día.
—Ah…
En ese instante, todo encajó.
—Yo me llamo Bret —dijo uno, se?alándose—. él es Mival y el otro es Saul. Somos trillizos.
Aunque los se?aló uno por uno, para Zein seguían viéndose exactamente iguales.
—Un gusto, soy Zein —dijo con una sonrisa incómoda—, pero… la verdad no logro distinguir quién es quién.
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—Jajaja, nos pasa seguido —respondieron casi al unísono.
—?Oigan! ?Dejen de holgazanear y pónganse a trabajar! —gritó una voz firme desde lejos.
Los tres se tensaron de inmediato.
—?Perdón, capitana! —dijeron antes de salir casi corriendo.
—Ah… ?qué haré con ellos? —murmuró la capitana mientras se acercaba a Zein—. Ven.
Comenzaron a caminar por las instalaciones. Zein observaba todo con atención. El lugar tenía una estructura claramente militar, pero al mismo tiempo se sentía como un muelle activo, con movimiento constante y olor a sal en el aire.
—Me alegra que hayas venido —dijo la capitana sin dejar de avanzar—. Primero, te explicaré cómo funcionan las cosas aquí. Somos casi una rama del ejército del Imperio, aunque nos regimos más por nuestras propias reglas.
—Eso explica por qué todo se ve tan… militarizado y ordenado —comentó Zein, mirando a su alrededor.
—Aquí nos dividimos en compa?ías, cada una bajo el mando de un capitán —continuó—. Yo dirijo la compa?ía número 172. Cada compa?ía se divide en dos turnos: uno por la ma?ana y otro por la tarde. Por cuestiones de salud, nadie trabaja veinticuatro horas seguidas.
Zein asintió en silencio, procesando cada palabra mientras seguían avanzando.
En eso llegaron a lo que parecía ser una taquilla metálica, con rejillas y documentos apilados detrás.
—Hola —dijo la capitana al hombre que estaba ahí—. Vengo a registrar al nuevo recluta.
El tipo le echó un vistazo rápido a Zein, recorriéndolo de arriba abajo, y luego volvió la mirada hacia ella.
—Qué rápido encontraste un reemplazo. ?Y? ?De verdad lo vas a meter en tu compa?ía? —preguntó, levantando una ceja.
—Claro —respondió sin dudar.
—Bien.
El hombre comenzó a rellenar unos documentos y luego le pasó otros a Zein. Mientras él los completaba con cuidado, el sujeto se alejó y regresó con un uniforme doblado bajo el brazo.
Cuando Zein terminó, se lo puso. La tela le quedaba firme, pesada, distinta a la ropa a la que estaba acostumbrado.
—Te queda bien —dijo la capitana, levantando el pulgar.
—Gracias… aunque es igual al de todos —respondió Zein, observándose las mangas y el pecho.
—Bueno, ?nos vamos? —dijo ella, dándose la vuelta.
—?Ya? ?Tan rápido? —preguntó Zein, sorprendido.
—Pues claro. Si no, no nos pagan —respondió sin detenerse.
Ambos llegaron al muelle, donde ya había varias personas formadas en posición de firmes. Al llegar, todos comenzaron a subir a varios botes, incluido Zein.
No eran barcos enormes, pero tampoco peque?os. Tenían el tama?o justo para transportar a la tripulación y cargar el material extraído sin problemas.
—??En total cuántas personas hay en la compa?ía?! —preguntó Zein, elevando la voz mientras el viento les golpeaba el rostro.
—?Cerca de ochenta! ?Ahora mismo vamos cuarenta para esta extracción! —respondió la capitana.
—Vaya…
—?Te explicaré cómo hacemos la extracción en la zona de la explosión! —dijo, se?alando a lo lejos la zona contaminada que ya comenzaba a distinguirse—. ?Primero aplicamos un hechizo para que la radiación sea visible! ?Luego la condensamos con redes! ?No redes comunes, redes de maná! ?Las cerramos como si estuviéramos pescando! ?Y cuando ya está concentrada, la sellamos en estos contenedores!
Zein siguió la dirección de su mano, observando el horizonte mientras el bote avanzaba.
En eso Naoko sacó un contenedor de metal. Había varios iguales dentro de la nave, todos aún vacíos.
—?Cada uno hace tareas diferentes! —gritó la capitana para que todos escucharan—. ?Nos dividimos en zonas peque?as para extender las redes! ?A los que se adentran directamente en la radiación para engancharlas se les asigna un tirador! ?El tirador los saca en el instante en que la red se conecta!
—??Y yo qué voy a hacer?! —preguntó Zein.
—?Tú vas a ser tirador! —respondió sin dudar—. ?Por ahora, los trillizos te ense?arán a formar la cuerda de maná!
Mientras se acercaban a la zona de la explosión, los trillizos comenzaron a explicarle cómo moldear la cuerda. Zein siguió las instrucciones con cuidado… y cuando lo intentó, la cuerda surgió con una facilidad inquietante. Era larga, firme, estable.
Los tres se miraron entre sí.
—Oye… —murmuró uno—. Esto no es normal.
Por lo general, una persona apenas podía generar dos o tres metros antes de agotarse. Zein seguía produciendo sin que su respiración se alterara.
No dijeron nada más. Simplemente se pusieron a trabajar.
Zein se adaptó rápido al ritmo. Tiraba, sujetaba, extraía. Sus manos ardían ligeramente cada vez que el maná tensaba la cuerda, pero no se detenía. Con el paso del tiempo, los contenedores comenzaron a llenarse.
Para cuando levantaron la vista, ya habían completado casi la mitad.
—?Bien! ?Vamos bastante bien de tiempo! ?Sigan así! —gritaba la capitana mientras coordinaba a la compa?ía.
Entonces alguien se acercó a ella corriendo, con el rostro pálido y la respiración rota.
—?Capitana, esto es malo! —dijo casi sin aire—. ?Nos acaban de avisar que están atacando las instalaciones!
—?Monstruos? —preguntó ella, con un tono aún controlado.
—S-sí…
—Entonces no debería haber problema —respondió—. Esto pasa seguido. Uno o dos monstruos salvajes no—
—?No son uno o dos! —la interrumpió, alzando la voz—. ?Son dos clanes enteros!
El silencio cayó de golpe.
—Retirada inmediata —ordenó—. ?Todos pasan por purificación ahora mismo!
La operación se desarmó en segundos.
Cuando Zein volvió a la superficie, supo al instante que algo iba mal. No solo por la retirada apresurada, sino por la tensión en el rostro de la capitana, por la forma en que sus manos temblaban apenas al dar órdenes.
—?Rápido! ?Nos tenemos que ir! —gritaba mientras los apresuraba.
Los barcos partieron en cuanto todos estuvieron a bordo. La magia los impulsó con violencia, empujándolos mar adentro rumbo a la costa.
Zein miró hacia atrás.
A lo lejos, sobre la isla, una columna de humo oscuro comenzaba a elevarse.

