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Buen Negocio

  Eran cuatro. Cuatro sujetos que portaban el armamento más pesado y sofisticado de todo el campamento, apostados en los perímetros exteriores, quienes dieron la primera alerta.

  Las formaciones cambiaron al instante; la mayoría de los operativos se alinearon frente a la puerta principal.

  El alto mando —un hombre de mediana edad y aspecto marcial— caminó frente a sus tropas, escoltado por un joven recluta que avanzaba con nerviosismo, aferrando un rifle recortado que aún descansaba en la funda de su cintura.

  —?Qué descripciones dio el Enclave sobre él? —murmuró el comandante, mientras el resto de la compa?ía mantenía las armas en ristre.

  —Es… impredecible —respondió el recluta en un susurro.

  Una silueta alta y extra?a se acercaba desde donde los cipreses bloqueaban la vista hacia la base de la cordillera. El viento traía un hedor a humedad y, tal vez, el inconfundible olor de inquietud colectiva.

  Cuando aquella figura salió de la niebla, una segunda silueta inmensa emergió tras ella: un cuadrúpedo de dos metros de alto por seis de largo. Era una mole de carga, cubierta por un pelaje hirsuto y enmara?ado, tan denso y sucio que formaba placas segmentadas a lo largo de su lomo y costados, dándole el aspecto vago y perturbador, vestido para el invierno nuclear. Su rostro era un cráneo romo y chato, con ojos peque?os hundidos bajo riscos de cerdas gruesas. Cargaba suministros y utilería en el lomo, todo atado a cuatro cuerdas gruesas que parecían tensarse sobre una musculatura imposible.

  La entidad que tiraba de ella rebasaba cualquier expectativa. "Incómodo" era una palabra que describía muy bien su aspecto, y la perturbación fue unánime entre los presentes.

  —?Urum Ara’nt! —exclamó el mandamás con autoridad, ocultando el nerviosismo—. Cargamento de suministros. ?Desacopla el equipo, te guiaremos a la zona de inspección!

  La figura asintió lentamente. Un chasquido mecánico precedió sus movimientos mientras desacoplaba dos pares de cajas verde oscuro y las dejaba caer al suelo con escaso cuidado.

  Dos soldados se acercaron cautelosos y tomaron una caja cada uno. Uno de ellos no pudo evitar mirar con detenimiento al sujeto que tenía enfrente: un rostro inexistente, sustituido por un círculo luminoso y pálido que centelleaba bajo la sombra de un sombrero. Su cuerpo biológico era un peso muerto, una masa flácida cubierta de harapos oscuros que colgaban verticalmente, sostenidos únicamente por el pesado exotraje que lo mantenía en pie y en movimiento.

  —Por aquí… —murmuró el recluta, haciendo una se?a para que Urum lo siguiera.

  Urum volvió a asentir. Dio media vuelta, posando su pesada palma mecánica sobre la cabeza de la bestia de carga, la cual respondió con un mugido cavernoso y lento.

  —Pueden mantenerlo aquí… no hará alboroto —graznó Urum con una voz sintética y rasposa.

  Luego se giró y siguió a los dos hombres hacia el interior, clavando su "mirada" en la espalda de sus uniformes, justo donde portaban con orgullo aquel sello e ícono: Invatra: División Dealtes.

  —Los desertores de Yale nos dejaron secos y los últimos asaltos han mermado nuestras filas de zapadores —murmuraba el comandante mientras se entretenía encendiendo un puro ennegrecido por la antigüedad—. Te tenemos en gran estima, eso ya lo sabes.

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  —Disculpe, comandante, ?puede recordarme su nombre? —graznó Urum, con una lentitud fríamente calibrada por el altavoz.

  El hombre ladeó la cabeza, retiró el cilindro de sus labios y exhaló una espesa bocanada de humo blanquecino. Sus ojos se clavaron en aquel círculo luminoso que Urum portaba en su máscara. Luego, esbozó una media sonrisa.

  —Osum te pagó como comerciante y transportista de suministros. Limitémonos a los negocios… —hizo un gesto seco con las manos. El recluta respondió al instante, entregándole una pesada tarjeta verduzca con circuitos esmeralda.

  —Me gusta conocer bien a mis clientes, ?sabe? —respondió Urum tras dos largos segundos de silencio estático.

  —?Es eso cierto?

  Urum hizo un gesto extra?o, encogiendo los hombros del exotraje con dificultad ante el cuestionamiento.

  —Comandante Razil… —murmuró aquel hombre con un tono peculiarmente mordaz, lanzando bruscamente la tarjeta sobre la mesa metálica.

  Urum se agachó y la tomó entre sus pinzas, asintiendo elegantemente con la cabeza.

  —Responderás a la siguiente petición. Paga de antemano, como siempre. Sigue así, lo has estado haciendo bien —exclamó el comandante, subiendo las botas sobre la mesa y dándole una orden con los dedos a dos soldados de guardia para que escoltaran al sujeto hacia la salida—. Oye, antes de que te vayas... ?qué fue de aquella caravana perdida cerca de Kiro?

  Urum detuvo su marcha. Giró el pesado torso antes de dar la media vuelta completa y pensó muy bien su respuesta antes de que el altavoz volviera a zumbar.

  —Comandante, ?sabe usted a qué se debe mi apodo?

  Razil resopló en tono bajo e imitó el gesto de indiferencia anterior de Urum.

  —Soy bastante imprudente a veces… tómelo muy en cuenta.

  Con la pesada figura de Urum en movimiento, el campamento se extendía más allá, siguiendo el rumbo de la ciénega y los charcos de musgo lodoso, hasta donde la neblina tóxica permitía ver.

  —Por aquí… no se separe —espetó uno de los soldados escoltas.

  Era un tufo bastante familiar: el olor a penurias y desgracia. Metawa se caracterizaba por esos matices esporádicos entre el dolor y la incertidumbre de no saber si habría un ma?ana para ti. Urum parecía estar más que acostumbrado a ello; era parte de un pasado que no quería rememorar ni siquiera en pensamientos. Pero allí, bajo la sombra de aquellas imponentes estructuras y torreones de vigilancia científica y militar, se sentía fuera de lugar. Literalmente.

  Mientras descendían por el tramo hacia la salida, los soldados que transitaban a su lado lo observaban con recelo, prestando una extra?a atención a los pistones que suspendían su cuerpo biológico; un núcleo de carne muerta y flácida que parecía estar siendo devorado por una máquina fría y sin vida.

  —En este lugar, en estas cordilleras… se libró una guerra extensa durante el Batronismo, ?no? —comentó Urum, su voz rompiendo la marcha.

  Uno de los escoltas lo miró de reojo a través del visor de su máscara y asintió lentamente, sin responder. Urum apretó los nudillos hidráulicos de sus pinzas, evaluando el silencio.

  Mientras avanzaban, algo le llamó la atención, obligándolo a casi detener el paso. Una comitiva de batas blancas transportaba un sarcófago de cristal templado. Estaba conectado a delgados tubos de oxígeno y tanques acoplados, fuertemente escoltado por soldados con rifles de asalto en cada flanco. Dentro, apenas visible por la condensación, había una silueta frágil, sin forma apartente.

  Urum guardó silencio y reanudó la marcha, perdiendo de vista al grupo cuando este desapareció tras una carpa inmensa al lado derecho del camino.

  Se le ocurrió preguntar:

  —?Qué era aquello?

  —?Qué de qué? —respondió uno de los escoltas.

  —Aquello. El sarcófago…

  El otro soldado inclinó el rifle, giró la cabeza hacia Urum y levantó la vista hacia su máscara luminosa. —No es de tu incumbencia, comerciante.

  Pero para Urum, aquello era absolutamente de su incumbencia. Tenía buen ojo para el valor oculto.

  Y a pesar de su leve asentimiento sumiso ante el guardia, la pesada tarjeta de créditos que acababa de ganar de pronto empezó a sentirse insípida, más ligera de lo normal. La curiosidad comenzaba a domarlo. Detestaba esa sensación, el picor de la ambición desmedida, pero no podía evitarlo.

  Sería tan fácil... rasgar aquella lona, pensó. Silenciar a un par de guardias y desvelar, desesperadamente, aquel misterio que ya empezaba a carcomerle la médula tan podrida y entumecida que su traje; aquellos pistones oxidados y sucios tenían que levantar hasta que aquellas sensaciones finalmente lo aligeraran de nueva cuenta.

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