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Prólogo

  El sol ma?anero se asomaba por las monta?as. A la par, se escuchaban las hojas crujir al compás de unos pasos, el viento silbando suavemente entre los árboles y moviendo sus delicadas hojas. Todo se divisaba verde, un bosque muy vasto y extenso.

  A lo lejos, una silueta: primero irreconocible, luego peque?a, después más cercana, con forma definida. Finalmente, se distinguía a una zorra antropomórfica.

  El algodón ligero de su camisa apenas retenía el frío del amanecer, y las botas de cuero crujían suavemente contra la tierra húmeda. Su cola se movía con cautela detrás de ella, delatando una alerta que su rostro no mostraba.

  —Sigo pensando que esto es una tontería… una pérdida de tiempo —murmuró, y su voz resonó entre los árboles casi vacíos.

  —Siempre es lo mismo. Una y otra y otra vez… ya es el séptimo empleo por el que paso, y siempre la misma situación. Nunca… nunca termino de encajar.

  A lo lejos se distinguía una sombra en lo alto de la monta?a. No era del todo visible, pero su voz descendía con claridad, cargada de preocupación.

  —?Freya! ?Otra vez has salido? No intentes esconderte, sé que estás por aquí… siempre estás por aquí.

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  Freya movió las orejas por instinto, captando el sonido antes incluso de procesar las palabras. Su cola se agitó con ligera irritación.

  —?Sí, Anna? No debes preocuparte por mí. Sabes que ya soy mayor para que me sigas. Por los cielos, tengo veinticuatro a?os, no deberías…

  Anna suspiró desde lo alto.

  —Tendrás la edad que sea, se?orita, pero sigo siendo responsable de ti. Me preocupé bastante cuando me dijeron que volviste a aceptar otro trabajo. ?Qué pasa, tesoro? Ya es el séptimo y no te quedas en ninguno… me inquieta que estés buscando algo que ni siquiera sabes qué es.

  Freya suspiró ligeramente, cerrando los ojos y dejando que el viento le rozara el rostro. Permaneció en silencio unos segundos antes de hablar.

  —Anna… es que yo… no estoy segura. Realmente aprecio lo que haces por mí y todo lo que has hecho… pero quiero encontrar algo que me haga sentir plena. Algo que me identifique, algo que grite: “Eres de aquí”.

  Mientras hablaba, sacó un collar del bolsillo y lo sostuvo entre sus dedos.

  Anna la observó con ternura.

  —Lo sé, cari?o, lo sé. Es complicado. Pero ya has pasado por cosas difíciles, como tu transición, y mira… estás aquí, firme como siempre. Esto solo es otro desafío. Y sé que lo vas a lograr.

  Freya se colocó el collar: un ópalo brillante que reflejaba el arcoíris de forma tenue, apenas perceptible bajo la luz del amanecer.

  —Gracias, madre… al menos tú me apoyas y me entiendes. De verdad aprecio todo lo que hiciste por mí.

  Caminó en dirección a Anna. Su expresión parecía más serena ahora.

  —?Qué tal si desayunamos? Es muy temprano y estoy muriendo de hambre… ?por favor?

  Anna sonrió.

  —Claro, hija. Sabes que siempre estaré aquí para ti.

  Las dos figuras se alejaron entre las monta?as, y el bosque volvió a quedar en silencio. El sol terminó de elevarse por completo.

  Un nuevo día comenzaba.

  Freya aún no lo sabía, pero aquel amanecer no sería solo el inicio de otra jornada más.

  Sería el principio del último día en el que el hospicio seguiría siendo su refugio… y no un recuerdo.

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