Al salir del cubículo negro, Alpha me entregó una insignia marrón. En el centro tenía grabada una torre color marfil.
—Debe presentarla ma?ana. Da inicio al internado —indicó la voz mecánica.
Asentí sin responder.
Decidí tomar el camino más largo de regreso. A?os de preparación no habían sido suficientes para enfrentar la realidad. Saberme promedio pesaba más de lo que esperaba, incluso habiendo planeado todo en función de mis capacidades actuales.
—Ha sido un día largo —pensé.
La impotencia recorría mis venas. Necesitaba aire. Necesitaba recordar por qué había comenzado todo esto.
Mis pasos me llevaron al parque que solía visitar con mis padres. Aun con sus ocupaciones, siempre encontraban un par de horas para cuidarme y ense?arme sobre el mundo. No hubo pregunta curiosa que hiciera y que no respondieran con paciencia.
Observé a las personas pasar.
—No recordaba la última vez que sonreían como en aquellos tiempos —susurré.
Me senté en una banca cercana. Pensé en el esfuerzo que habían hecho por mí, en el sudor y las lágrimas acumuladas en a?os de trabajo silencioso.
Apreté los pu?os.
—Quiero que todo esto valga la pena.
This story has been unlawfully obtained without the author's consent. Report any appearances on Amazon.
La resolución no llegó como una explosión, sino como algo más firme. Más pesado. Me levanté y retomé el camino a casa mientras el ocaso alargaba mi sombra sobre el suelo.
Al acercarme, escuché a mi padre manipulando el flujo de agua para que mi madre pudiera darse una ducha caliente. Era algo cotidiano. Familiar.
Mi padre trabajaba en el sistema de agua de la ciudad, regulando volúmenes y temperaturas. Había logrado elevar dos habilidades hasta casi hacerlas resonar, lo suficiente para obtener algunos beneficios adicionales al final del a?o.
Mi madre, en cambio, trabajaba en un almacén de repuestos tecnológicos. Usaba telequinesis básica. Solo una habilidad.
A veces, cuando la empleaba durante demasiado tiempo, perdía el equilibrio. Por eso había aprendido a compensarlo de otras maneras.
Entré a la sala.
—?Cómo te fue, hijo? —preguntó mi padre sin apartar del todo la vista del sistema doméstico.
—Como esperaba —respondí—. Dentro del promedio… aunque no deja de ser frustrante.
El sonido del agua cesó de golpe.
—?Pudiste conservar los mil eclips para la habilidad? —preguntó, esta vez mirándome directamente.
—Sí. A duras penas, pero los tengo —dije—. Será el centro de mi fuerza.
El silencio se instaló entre nosotros.
Miré la mesa. La cena estaba servida. La última que compartiría con ellos durante a?os.
Mi madre salió del ba?o vestida con rapidez. Sus ojos aún estaban enrojecidos. No dijo nada al principio.
—Siéntate, hijo. Comamos juntos.
La carne era un lujo en estos tiempos, más aún con una guerra en ciernes. Por una noche, la ciudad parecía permitirse olvidar.
Comimos en silencio. Los rostros de mis padres eran difíciles de leer. Luego, poco a poco, comenzaron a recordar momentos de mi infancia, anécdotas simples, risas que parecían venir de otra vida.
Ahora, con diecisiete a?os, todo eso me resultaba distante. Como si le hubiera ocurrido a alguien más.
—Te extra?aremos, hijo —dijeron al mismo tiempo.
No pude contener la lágrima que recorrió mi mejilla. Los abracé con fuerza.
—Nunca pensé que sería tan difícil emprender este viaje —murmuré.
Las emociones se fueron apagando lentamente. Las despedidas terminaron.
Ma?ana sería el día.

