**Día 12**
Un resplandor punzante, como un cuchillo de luz, atravesó sus párpados. *Demasiado brillante. Demasiado pronto.* Togaz gru?ó, una vibración ronca en su garganta, y enterró la cara en algo áspero, cálido y que olía a tierra seca, sudor... y el rancio aroma de jabalí viejo. Intentó abrir los ojos, pero el peso del sue?o – ese vacío negro y silencioso del que acababa de salir – era más fuerte que sus débiles pesta?as. Su cuerpo, extra?amente pesado y ajeno, no respondía. Brazos, piernas, todo era una masa de plomo que se negaba a obedecer. Solo un nombre, una presencia, flotaba claro en la niebla de su mente recién desgarrada: *Gazazo.*
Afuera, más allá de la piel áspera que la envolvía como un sudario incómodo, el mundo ya rugía. El sol – ese tirano resplandeciente que Gazazo llamaba "El Iluminador" con un tono que a ella le sonaba a advertencia – había empezado su tarea implacable de romper la noche. Para Togaz, solo significaba una cosa: el sue?o había terminado y el **hambre**, una bestia feroz y familiar que vivía en su estómago vacío, despertaba con un rugido sordo. La boca se le llenó de saliva al instante. *Carne. Necesitaba carne.* La imagen fugaz, más sensación que recuerdo, de músculo desgarrado, caliente y salado – *humano* a veces, *jabalí* otras – cruzó su mente, seguida del dulzacre olor y el sabor frío y extra?amente reconfortante del jugo de Ballas mezclado con leche, y la textura crujiente de las Ballas comestibles. Gazazo guardaba cosas buenas. Gazazo siempre guardaba cosas.
Hoy era día de fiesta. Gazazo se lo había repetido, con esa paciencia de roca que tenía, al menos... ?tres veces? ?Cinco? Ayer. Antes de que su mente, como un cuenco agujereado, dejara escapar la primera explicación. ?Fiesta? Significaba movimiento, gritos que hacían vibrar sus grandes orejas puntiagudas, colores chillones que le pinchaban los ojos... y **COMIDA**. Monta?as de comida. El recuerdo difuso, casi un sue?o dentro del sue?o, de un pan con algo amarillo y pegajoso encima (?queso? Gazazo lo dijo) que olía a cielo y tierra a la vez, hizo que el rugido de su estómago retumbara en la cueva, un sonido cavernoso que pareció hacer vibrar las extra?as paredes. *?Comida!* Gazazo guardaba algo para el camino, seguro. Gazazo siempre guardaba cosas. Gazazo era... Gazazo. El único olor constante, la única voz reconocible, la única sombra protectora en un mundo que se desdibujaba y reiniciaba casi cada noche. ?Cuántos días llevaba? Gazazo decía números, pero los números se le escapaban como agua entre los dedos. Solo sabía que Gazazo estaba *siempre*.
Con un esfuerzo titánico que le arrancó un gemido, Togaz logró abrir un ojo, solo un poco, contra el resplandor invasor. *?Amarillo?* ?Desde cuándo las cuevas eran amarillas? Como el queso, pero en las paredes. Un nuevo misterio para a?adir a la pila que su mente ya empezaba a desordenar y perder. No importaba. Solo importaba una cosa: salir de esta piel apestosa a jabalí muerto, encontrar a Gazazo y... *?JABALí! O humano. O esas bolas azules frías... Las Ballas. Cualquier cosa que callara al monstruo de su estómago.*
**Pov Togaz**
Togaz se desperezó con los ojos cerrados, retorciéndose como un gusano dentro de la piel que la aprisionaba. *?Fuera!* Intentó abrirlos, pero la luz, incluso filtrada por los párpados y la piel de jabalí, era un enemigo.
—?Haaaa! — El sonido salió más como un bufido de frustración que como un bostezo. Giro sobre sí misma, pataleando contra la cómoda pero traicionera blandura que la rodeaba. Su cuerpo, el muy tonto, prefería quedarse dormido otra vez. ?No! ?Comida!
*?Plas!*
El agua fría le golpeó la cara como un pu?etazo minúsculo. Sus ojos se abrieron de par en par, despejados por el shock. *?Agh!* Jadeó, escupiendo el líquido marrón-amarillento que sabía a tierra y raíces podridas.
Se sintió... cansada. Como si hubiera corrido toda la noche sin moverse. Miró a su alrededor, parpadeando para enfocar. ?Amarillo? Sí, definitivamente amarillo. Las paredes, el techo... incluso el charco donde había caído el agua. ?Cueva de queso? La idea hizo que su estómago gru?era con más fuerza, pero el olor a moho y humedad no era el del queso que Gazazo a veces conseguía. Un nuevo rompecabezas para su cabeza de duende. Gazazo sabría. Gazazo sabía todo.
Togaz no podía salir sola. La piel de jabalí era fuerte, como un abrazo demasiado apretado. Pero Togaz sabía lo que tenía que hacer. Había visto gusanos. Se retorció, contorsionándose, arrastrando su cuerpo delgado contra el forro áspero. Una sonrisa peque?a y astuta le creció en los labios al recordar sus movimientos de gusano de ayer. ?Había funcionado!... ?o había sido anteayer?
—?Gazazo, ayuda! — gritó, su voz ronca por el desuso y la piel que la sofocaba. Intentó girar con más fuerza, pero sus piernas, idiotas y dormilonas, no se movían al unísono con sus brazos, que apenas empezaban a despertar. —?Piernas, despertad! ?Togaz, ya os levantad! — Solo sus dedos largos, con las u?itas azul-moradas ya visibles, parecieron escuchar, flexionándose contra la piel. *?Tontas piernas!*
—Buen sue?o, Togaz — resonó la voz grave y familiar desde la entrada de la cueva. Gazazo. Su olor a cuero, metal y algo indefiniblemente *seguro* llegó antes que él.
Aliviada y más hambrienta que nunca, Togaz aprovechó para quejarse:
—?Gazazo, el jabalí se está comiendo a Togaz! — Golpeó con sus pu?os débiles el "estómago" de la piel que la rodeaba. Era blando, acogedor... ?una trampa! Sus brazos apenas tenían fuerza.
De repente, el mundo se movió. Gazazo la levantó como si fuera una de sus preciadas Bolas azules, con un solo movimiento de su mano enorme. Un sonido de tela y cuero rasgándose, y la luz amarilla de la cueva la cegó de nuevo. Gazazo había partido al "jabalí" por la mitad y la sacaba al aire fresco.
—?Sí, sí, sí, sí! Gazazo, Togaz quiere comer jabalí — vitoreó, pataleando en el aire mientras él la sacaba completamente. El olor a hierba húmeda y algo lejano a humo de fogata le hizo olfatear con avidez. *?Comida cerca!*
—?Gaza, noooo! — El grito fue de puro pánico cuando las grandes manos de Gazazo la orientaron hacia un caldero burbujeante lleno de un líquido marrón-amarillento que olía... extra?o. No a carne fresca. —?Togaz no quiere sopa de Togaz! — Intentó escapar, retorciéndose como un pez, pero sus piernas, aún entumecidas, colgaban inútiles. *?Trampa líquida!*
—Gazazo solo lava a Togaz para que Togaz huela rica. Esto no es sopa de Togaz — dijo él con esa calma que a veces la exasperaba. Mientras hablaba, una de sus manos desapareció en su enorme mochila y reapareció con una fruta redonda y lisa, de un azul profundo y familiar. *?Balla!* — Togaz, saborea un poco de sopa.
Antes de que pudiera protestar de nuevo, un poco del líquido caliente tocó sus labios. Tragó por instinto.
—?Akkkkk! ?AYUDA! — La sensación de ardor y ahogo fue instantánea. ?No era comida! ?Era... agua sucia! Tosiendo y escupiendo, sintió que no podía respirar.
Gazazo la levantó como un saco, dándole palmaditas firmes en la espalda. Ella intentó escapar de sus brazos, pero su agarre era como el de las raíces de un árbol viejo. Acercó la fruta azul a su boca. Sin pensarlo, Togaz mordió. Un jugo frío, dulce y ligeramente floral – el familiar sabor reconfortante de la Balla – inundó su boca, apagando el fuego.
—?Unnnnn, frío! — Refrescante y delicioso. Mordió y chupó con avidez, sacando todo el jugo, hasta que Gazazo, con cuidado, alejó el corazón de la fruta. —?No, Gazazo! ?Togaz quiere más ski! — Suplicó, estirando sus brazos hacia la fruta, pero el borde del caldero la mantenía a raya. *?Más! ?Ahora!*
Gazazo, imperturbable, sacó otra fruta. Pero esta no era azul. Era roja, como... como la sangre seca que a veces veía en la ropa de Gazazo después de... después de cosas que su mente no guardaba bien. Antes de que pudiera gritar "?ayuda!" otra vez o lanzarse a por la novedad roja, Gazazo la sacó completamente del caldo y la puso de pie (o más bien, la sostuvo) en el suelo firme. Extendió sus brazos, aún temblorosos por el susto del agua, y agarró la fruta azul que Gazazo le ofrecía. Segura. Conocida. *Suya.*
—?Ricis rica! Sabe mejor — dijo, mordiendo con satisfacción. Gazazo le tocó el hombro con un dedo calloso y luego le mostró un montón de tela. No era su vestido. Su vestido era negro, fuerte, con capucha. Como ella quería ser. Fuerte. Esto era... azul. Y estaba partido en dos partes. Raro.
—Vestido de viaje de Togaz. Gazazo lo ha estado guardando — dijo él mientras empezaba a ayudarla a meter sus piernas flacas en unos tubos de tela (?pantalones?). Azules también. Como las Ballas. Huele a Balla... y a algo más. A Gazazo.
Dejó de morder su Balla cuando Gazazo sacó... ?la fruta roja! La intentó agarrar, pero él, rápido como una serpiente (?tramposo!), le lanzó otra pieza de tela: una camisa.
La miró con los ojos entrecerrados (?otra cosa que ponerse? ?Quería la roja!), mientras su estómago gru?ía otra vez, recordándole que una sola Balla no bastaba. Levantó la mirada, desafiante, hacia Gazazo. él ya no estaba desarmado. Estaba enfundado en su armadura gris y dura, la espada grande colgando de su cintura. En una mano sostenía la tentadora fruta roja. En la otra... nada. *?La fruta!*
Hizo lo único lógico: olfateó la camisa azul. Olía exactamente igual que la Balla azul. Bueno... y un poco a Gazazo. Un sonido raro, como una tos seca, salió del pecho del gran duende. ?Se estaba riendo? Togaz decidió ignorarlo. Derecho en derecho, izquierdo en izquierdo, cabeza... por el agujero del centro. Fácil. Como ponerse una piel, pero más suave.
Se giró, completamente vestida de azul, con el sombrero ridículo aún en su cabello azul-verdoso corto y despeinado, y esperó. Con una peque?a sonrisa de triunfo y la Balla azul a medio comer en la mano, extendió la otra palma hacia arriba, hacia la fruta roja. *?La mía!*
Gazazo solo negó con la cabeza, lento, sus ojos amarillos fijos en ella. Togaz solo pudo inclinar la cabeza hacia un lado, confundida. ?Por qué no? Su estómago rugió de nuevo, enfurecido. ?Hambre! ?Ahora!
—Fruta por favor — Extendió su mano libre aún más, usando las palabras mágicas que a veces funcionaban. "Por favor". Gazazo se las había ense?ado. Para cosas importantes. Como comida.
Gazazo se acercó. Pero en lugar de darle la roja, le quitó... ?la camisa! La volvió del revés con un gesto experto (ahora el lado liso estaba fuera), se la puso de nuevo con un asentimiento de aprobación (?qué pesado!), y *entonces* puso la fruta roja en su mano vacía. Y, como remate, ajustó el estúpido sombrero de marinero en su cabeza.
—Lista Togaz. Muy linda. Lista para fiesta llena de comida — dijo Gazazo con una gran sonrisa que le mostró todos sus dientes grandes e irregulares. *COMIDA.* La palabra mágica final.
Togaz no sabía bien qué era una "fiesta", pero "llena de comida" lo borró todo. El agua asquerosa, la camisa del revés, el sombrero, la fruta roja que olía raro... Todo. Solo "comida". Jabalí. Humano. Más Ballas. ?Monta?as! Con un movimiento rápido, tiró la Balla azul a medio morder al suelo polvoriento (?habría más en la fiesta!), sonrió con todos sus dientecillos afilados (?cuándo los había tenido tan puntiagudos?) y echó a correr hacia su mochila, donde su tótem (su tesoro) la esperaba. Pero la comida estaba... afuera. ?Con Gazazo! Tomó su mano enorme y áspera con sus dedos largos y sus u?as azules.
—?V-vámonos! ?Togaz quiere jabalí! — gritó, imaginando las posibilidades: piernas humanas asadas, costillas de jabalí crujientes, jugo de Ballas helado...
Antes de que Togaz se diera cuenta de que no estaba corriendo hacia la comida sino hacia Gazazo, las grandes manos la levantaron como una pluma y la depositaron sobre sus anchos hombros, altos sobre el mundo. La vista era mucho mejor desde aquí. Podía oler la fiesta en la distancia.
Fin pov Togaz**
—?Sí, sí, sí, sí! ?Fiesta! — vitoreó Togaz, balanceándose precariamente sobre los monumentales hombros de Gazazo. Su peque?a figura, envuelta en la simple camisa y pantalón azul marino, y coronada por el ridículo sombrero de marinero infantil, contrastaba violentamente con la armadura desgastada y la capa roja deshilachada de su montura. El viento leve agitó su corto cabello azul verdoso, desigual y despeinado, revelando por un instante las orejas puntiagudas y los grandes ojos naranja rojizo que brillaban con una alegría simple y voraz. Sus dedos largos, con garras apenas visibles y u?as pintadas de un azul/morado oscuro, se aferraban a la correa de cuero del hombrera de Gazazo.
**En el gran claro...**
... El claro hervía bajo el sol alto. Postes pintados con furia –desde astillas hasta troncos de tres metros– clavaban sus dibujos coloridos en la tierra, proyectando sombras danzantes. Una niebla de aromas pesados dominaba el aire: grasa de cerdo ahumado escapando de las competencias culinarias, notas dulzonas de miel quemada y el mordiente del sudor de los cocineros atizados por sus fogones. Todo mezclado con el polvo eterno del bosque mutilado que rodeaba el claro.
Como enjambres inquietos, ni?os correteaban entre las mesas de tablones toscos, persiguiéndose con risas estridentes y esquivando por poco las jarras de los adultos. Estos, api?ados y vociferantes, se batían sobre juegos de cartas, sus manos golpeando las tablas al jugar, a?adiendo un ritmo percusivo al bullicio. Fue apenas el preludio. En la plataforma de troncos caídos, los bardos, con sus mejores galas (desgastadas por el uso pero orgullosas) y los instrumentos ya afinados, **rasguearon las primeras notas.** Fue como arrojar aceite al fuego: una oleada de energía eléctrica recorrió la multitud, avivando sonrisas y palmas al instante.
El bardo principal, con una reverencia que rozaba el teatro, lanzó una tonada conocida. La respuesta fue inmediata y caótica: adultos entonando a voz en cuello con ritmos dispares, ni?os inventando letras absurdas con desparpajo, todos unidos por el estribillo gritado con furia pulmonar. **Esa música fue el detonante.**
En el círculo de tierra batida, los primeros luchadores, sudorosos y tensos bajo sus peculiares pantalones (pierna derecha cubierta, izquierda abierta como cortina bajo la rodilla), se midieron con miradas desafiantes. El primer golpe seco, un crujido de nudillo contra costilla, hizo **estallar** la fiesta en vítores roncos y apuestas gritadas aún más fuerte que la música. Como si el claro mismo pidiera más, en su corazón comenzó a levantarse una gran fogata, sus primeras lenguas chisporroteantes lanzando promesas de calor y luz al aire ya cargado de expectación y sudor.
Con la fiesta apenas entrando en su clímax, la llegada de los recién venidos causó un momento de pausa.La figura masiva de Gazazo, fácilmente sobresaliendo un metro por encima de los humanos más altos, avanzaba con pasos que hacían vibrar ligeramente el suelo. Su piel verde oliva, salpicada de manchas oscuras, su cráneo calvo y sus rasgos duros –nariz chata, boca delgada, ojos amarillos y penetrantes bajo cejas finS–, todo acentuado por la armadura grisácea y la capa roja, proyectaba una aura de peligro primordial. Pero lo que realmente capturó las miradas fue la peque?a criatura sobre sus hombros.
La duendecilla(?Era una duende? Su piel era de un verde más pálido, casi blanquecino en algunas zonas de sus brazos y piernas visibles, donde se adivinaban marcas como ara?azos antiguos. Su cabello corto, de un azul verdoso oscuro y desordenadamente estilizado, y sobre todo, esos enormes ojos de un naranja intenso y brillante como brasas, no encajaban con la imagen de los duendes inferiores, peque?os, calvos y de piel verde oscura que a veces merodeaban los bordes de las aldeas. Vestía ropas sencillas, azul marino, y un sombrerito infantil absurdo, pero su postura era desafiante, casi arrogante, balanceándose con los movimientos de su montura, una sonrisa juguetona mostrando la punta de su lengua. Era una anomalía viviente, montada sobre un coloso goblin.
—?Vaya duende! — exclamó un hombre cerca de la entrada, apartando instintivamente a unos ni?os que se acercaban con curiosidad. Su mirada iba más hacia la figura peque?a y extra?a que hacia el gigante. — ?Nunca he visto uno así! — El comentario reflejaba la confusión general; no sabía bien qué estaba viendo en Togaz.
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Un hombre enorme, que acababa de dejar a un oponente tirado en la arena con el brazo torcido en un ángulo antinatural, se acercó. Su mirada, dura, escrutó primero a Gazazo, reconociendo la amenaza potencial, y luego se detuvo, con un leve fruncimiento de ce?o, en Togaz, en sus ojos naranja y su cabello azul.
— Bajad las armas, chicos — gru?ó, con una voz que cortó el murmullo incipiente. — Parece... amaestrado. — La palabra sonó inadecuada, pero era lo único que se le ocurrió para la criatura peque?a de apariencia tan inusual sobre el gigante verde.
Gazazo, ignorando o aceptando la evaluación, bajó con un movimiento cuidadoso pero poderoso a la peque?a duende. **Togaz**, apenas sus pies descalzos con dedos alargados y u?as azuladas tocaron el suelo, se escondió rápidamente detrás de sus piernas, como un cervatillo asustado. Solo asomó la cabeza, sus grandes ojos naranja escaneando el entorno con una mezcla de cautela y un interés súbito, lamiéndose los labios con avidez al olfatear los aromas de la comida. La confianza arrogante de momentos antes había desaparecido, reemplazada por una timidez instintiva.
El duende grande mantuvo una calma impasible. Extendió una mano enorme, de nudillos gruesos, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos amarillos.
— ?Hay un lugar en esta tierra para un humilde? — preguntó, su voz grave resonando por encima del murmullo de la fiesta que intentaba reanudarse.
El hombre enorme lo miró un momento más, su mirada pasando de Gazazo a la peque?a cabeza azul verdosa que asomaba detrás, y luego al paquete que Gazazo llevaba.
— Mientras el sol esté en el cielo — respondió finalmente, con un tono que era más una advertencia que un saludo. Le pasó un trozo de pan con queso recién derretido que humeaba en el aire fresco.
Gazazo tomó el pan sin inmutarse por el calor. Comenzó a devorarlo con grandes bocados, mostrando unos dientes irregulares pero fuertes. Todo a la vista de Togaz, que, olvidando momentáneamente su timidez, estiró sus brazos delgados y sus dedos con garras, intentando alcanzar el preciado alimento. Un gru?ido gutural de frustración escapó de ella cuando no pudo, acompa?ado de una patada al suelo polvoriento. Su mirada fulminante, esos ojos naranja brillando con pura rabia impotente, fue dirigida primero al pan y luego, brevemente, al hombre que se lo había dado
Con un simple asentimiento del hombre enorme, este se volvió hacia un grupo que arrastraba pesados barriles de madera. Gazazo observó cómo la savia azul translúcida – jugo de las mismas Ballas que acababa de darle a Togaz – brillaba en las junturas de las duelas. El olor dulzón se mezcló con los aromas de la fiesta.
Mientras Togaz se refugiaba tras sus piernas, Gazazo se acercó a la mesa de cartas. Cuatro pares de ojos femeninos lo escrutaron con una curiosidad que rozaba la descortesía se enfocaron en un león grabado en la capa de Gazazo. Una mujer de cabello casta?o y mirada afilada, la que había hablado primero, dejó su mazo sobre la tabla.
—?Bestias, entonces? — Su tono era neutro, pero su mirada recorría su enorme estatura, desde las botas reforzadas hasta la calva cabeza verde oliva, deteniéndose en los hombros que empeque?ecían el banco donde se sentaría. — Nunca hemos visto un... *duende*... como tú. Ni como la criaturita esa. — Se?aló con un gesto de mentón a Togaz, que asomaba un ojo naranja detrás de Gazazo. — ?De qué mina salieron? ?O qué comieron para estirarse tanto? Los de por aquí... — Hizo un gesto vago hacia el bosque. — ...apenas llegan a la cintura de un hombre, y son todos... — Buscó la palabra con desdén, — ...flacuchos. Y feos. Sin ese... pelo azul raro. — Su compa?era, de rasgos más suaves pero igualmente atenta, a?adió con una risita:
—?Y menos con las u?as pintadas de azul! ?Acaso es una duende *princesa*? — El sarcasmo era palpable. Las otras dos mujeres sonrieron, expectantes.
Gazazo no se inmutó inmediatamente. Bajó a Togaz al suelo junto a la bandeja de comida, con un suave empujón para que empezara a comer. Luego, se sentó en el banco que crujió bajo su peso. Su voz, cuando habló, era grave y cortante como el filo de su espada, ahogando las risitas:
—No es *princesa*. Es Togaz. — Su mirada amarilla recorrió a cada mujer, una por una, con una intensidad que hizo que las sonrisas se desvanecieran. — Y no es cosa tuya lo que comemos, mujer. Ni de qué mina salimos. — Dejó caer las palabras con peso. Un hombre se acercó rápidamente, limpió la mesa y depositó jarras rebosantes de jugo azul y una bandeja de cerdo frito. Gazazo agarró una jarra, pero no bebió. Su siguiente frase fue más baja que contrastaba con el bullicio festivo: — Crecimos. Por la Bendición— Hizo una pausa, viendo cómo Togaz devoraba un trozo de cerdo con avidez infantil, ajena a la tensión. Su tono se volvió más seco, más personal: — No todos los viejos aguantaron el... estiramiento. Los huesos crujen. La carne se rasga. Muchos se fueron, antes de tiempo. — Tragó saliva, su mirada perdida por un instante en la distancia, más allá de los postes pintados. — Demasiados.
Un silencio incómodo cayó sobre la mesa. La mujer de cabello casta?o bajó la mirada, jugueteando con una carta. La que se había reído de las u?as se ruborizó ligeramente.
—Bueno... — murmuró la primera mujer, su tono ahora es mucho más comedido. Se aclaró la garganta. — No era mi intención... molestar. — Buscó apoyo en sus compa?eras, que asintieron con rapidez. — Es solo que... no se ve cada día. — Recogió su mazo con brusquedad. — Mejor centrémonos en el juego, ?no? Jugamos con las reglas de las Tierras Altas. ?Te son familiares?
Gazazo asintió una vez, un movimiento brusco de su cabeza. . Sacó su propio mazo de cartas, grueso y desgastado por el uso, de la bolsa a sus pies. Las cartas, ilustradas con bestias feroces
—Sí. — Fue su única respuesta. Las mujeres comenzaron todas a jugar sin perder tiempo, el silencio previo roto solo por el roce de las cartas y los golpes secos al jugarlas sobre la mesa. La pregunta sobre su origen, su tama?o y las u?as pintadas de Togaz quedó enterrada bajo el peso de una pérdida mencionada y la necesidad de concentrarse en la partida.
Las mujeres comenzaron todas a jugar sin perder tiempo
Mientras Gazazo se concentraba en sus cartas, Togaz se levantó del suelo, un pan robado en su mano. Observó las cartas de Gazazo con curiosidad hambrienta.
—?Qué es? — preguntó, olfateando el aire cerca del mazo.
—Lucha de Razas — explicó un ni?o alto de pelo casta?o y voz aún infantil, mostrando su propio mazo a su madre.
Togaz miró entre el pan con queso y el ni?o, lamiéndose los labios. Un silbido agudo de Gazazo y una mirada fulminante la hicieron retroceder. Se conformó con otro pan con queso y una taza de jugo de Ballas que le ti?ó los dientecillos y labios de azul.
Los ni?os, atraídos por el juego, se acercaron con sus mazos y comida. Adultos colocaron mesas peque?as y bancos antes de irse a bailar.
Togaz, al principio tímida y con la mirada pegada a Gazazo, se dejó llevar por los aromas. Acechó cerca de las mesas de comida, robando pan con queso derretido y mayonesa, trozos de cerdo frito crujiente y pu?ados de ensalada fresca, acompa?ados de más jugo de Ballas. Se escondió casi bajo una mesa, devorando hasta saciarse.
Llena, vio a un grupo de ni?os reírse y jugar en una mesa aparte, llena de dulces. Se acercó, atraída por los colores. Algunos ni?os la se?alaron, riéndose de su piel verde y su ropa azul. Togaz, sin entender los insultos pero sintiendo la burla, gru?ó. Cuando un ni?o de cejas pobladas y pelo rapado intentó quitarle el sombrero, ella reaccionó instintivamente: lo mordió con fuerza.El grito del ni?o trajo a su padre, que la levantó del brazo bruscamente.
El grito estridente de Togaz hizo que Gazazo girara como un resorte. Sus ojos amarillos, convertidos en rendijas iracundas, vieron al hombre zarandeando a Togaz en el aire como un trapo.
—?BáJALA! — Rugió Gazazo, su voz un trueno que apagó la música cercana.
El hombre, sorprendido por la furia, la soltó bruscamente. Togaz cayó sobre la mesa con un golpe sordo, aturdida, frotándose el brazo con un gemido ahogado, sus grandes ojos naranja vidriosos.
—??Por qué traes este engendro maldito a la fiesta?! — vociferó el hombre , encarando a Gazazo con el pecho inflado. —
La mano de Gazazo se cerró sobre la empu?adura de su espada. Pero Regá se interpuso.
—?Yar! — La voz del gigante resonó con autoridad. — Conoces la ley del claro. Agravio, desafío. Mano limpia. ?Aceptas? — Su mirada se clavó en Gazazo.
—Acepto — escupió Gazazo, su tono gélido. — Si gano, tu caballo es mío.
Yar palideció visiblemente. Entonces, su mujer, de cráneo rapado y ojos fríos como piedra de río, se plantó a su lado.
—?Duplicamos! — anunció, se?alando a Togaz con un dedo acusador. — El caballo *y* provisiones si ganas. Si pierdes le cortas un brazo y una pierna a esa alima?a verde. ?Para que aprenda!
Un murmullo de horror e incredulidad recorrió a los presentes. Gazazo miró a Togaz, peque?a y temblando, luego clavó sus ojos en la mujer. La ira le tensaba cada músculo, pero su voz fue un susurro peligrosamente controlado:
—Acepto.
Regá encabezó la marcha hacia las arenas. Gazazo sintió la peque?a mano de Togaz aferrada con fuerza a su pantalón. Yar, su mujer de rostro implacable y su hijo lloroso, los seguían. En un círculo de lucha libre, marcado por rocas, Regá se?aló los característicos pantalones.
Regá se colocó entre ellos dentro del círculo.
—?Regá arbitra! — declaró. — Sin golpes bajos ni a la cabeza. Pierde quien salga del círculo, pida ayuda, diga 'me rindo' o quede noqueado. ?COMENZAD!
Gazazo explotó. Como un felino enorme, cerró la distancia antes de que Yar levantara la guardia. Se agachó, agarró sus tobillos con manos de acero, lo levantó como un saco de paja y, con un giro violento impulsado por sus poderosos hombros, lo lanzó por los aires. Yar voló fuera del círculo y aterrizó entre arbustos con un crujido de ramas y un jadeo de aire expulsado.
El claro ESTALLó. Risas, vítores y aplausos inundaron el aire. Hombres y mujeres se?alaban a Yar, cubierto de polvo y hojas, derrotado en segundos. Gazazo se enderezó, respirando hondo, y se golpeó el pecho con un pu?o cerrado. Victoria. Sombría, pero victoria.
Togaz no lo dudó. Con un chillido de júbilo , saltó sobre su espalda con tal ímpetu que Gazazo tambaleó. Una vez encaramada, victoreó agitando los brazos, sus u?as azules brillando, una sonrisa deslumbrante en su rostro verde.
Gazazo, una sombra de sonrisa fugaz en sus labios, la paseó en "caballito" frente a la multitud que aún celebraba. Luego, se dirigió a una mesa cercana a la pista de baile. Bajó a Togaz con suavidad inesperada y se desplomó en un banco. Cogió una jarra de jugo azul y bebió lentamente, sus ojos amarillos escaneando el entorno con cautela renovada.
Togaz se sentó junto a él, feliz. De repente, un escalofrío intenso, como agua helada, le recorrió la espalda. Sacó instintivamente su tótem. Por un instante, una imagen nítida invadió su mente: una sombra negra, larga y flexible como un fideo, retorciéndose con gracia imposible *en el centro mismo de la pista de baile*. Luego, se desvaneció.
—?Gaz! Sombra... baila... frío... — balbuceó, se?alando con urgencia.
Gazazo siguió su dedo, sus ojos entrecerrándose en la dirección indicada. Luego, le dio un suave empujón en el hombro.
—Pues baila tú, peque?a. Mejor que esa sombra.
Togaz, olvidando el frío, se adentró en la pista. Intentó imitar los movimientos fluidos y serpentinos que había visto, pero sus brazos y piernas se movían con torpeza descoordinada. Algunos ni?os se rieron. Pero otros, captando su extra?a energía, comenzaron a copiar sus movimientos, riendo *con* ella. Poco a poco, Togaz se sintió más segura. Su baile siguió siendo salvaje, único, pero ganó fluidez, creando un ritmo extra?o y contagioso que arrastró a los demás ni?os.
**6 horas después**
Al anochecer, la fiesta seguía en su apogeo, pero los ni?os ya dormían, acomodados todos en una gran colcha tejida por las mujeres y algunos hombres de las distintas aldeas asistentes.
Los adultos mantenían la celebración, aunque con un volumen menor. La banda de bardos había cambiado a una canción de ritmo más lento. En las afueras del claro, Gazazo y Togaz observaban a la familia de Yar preparar el caballo.
Sin mediar palabra, la mujer de Yar le entregó las riendas del animal a Gazazo. él las tomó con rostro serio.
—Una apuesta es una apuesta. Bien hecho. Soy Yur — dijo ella, con las manos en las caderas y sacando un poco el pecho.
Gazazo no respondió. Usando un montículo o una piedra como escalón (o simplemente con su fuerza), se montó en el caballo. Sostenía a Togaz, dormida profundamente, contra su pecho; la peque?a iba envuelta en una bolsa de lana. Sin mirar atrás, se alejó al trote.
Yur se quedó inmóvil, observando cómo el caballo y sus jinetes se perdían en la distancia.
Sobre el caballo, Togaz se acurrucó en su envoltorio de lana. En sue?os, la sombra negra formó una sonrisa verde.
Gazazo mantuvo al caballo en un trote suave y constante, evitando con destreza los baches del camino. Cuando era necesario, saltaban limpiamente los troncos caídos.
**Dos horas después**
La luna alta iluminó a los encapuchados. Siluetas grises con máscaras de cuero gastado emergieron del bosque, arrastrando bolsas que rezumaban un líquido oscuro. Se detuvieron al borde del claro, donde el aire olía a vómito y alcohol rancio.
—?Regá! ?Estás despierto, perro viejo? — La voz del líder, áspera como lija, cortó el silencio.
Regá se incorporó como un espectro, apartando con cuidado a las mujeres dormidas sobre él. Ya no medía dos metros y medio. Ahora rozaba los tres, su cuerpo desgarrado por músculos que tensaban la piel bajo un pelaje grisáceo que le brotaba en mechones. Sus manos eran garras, las u?as afiladas como cuchillas.
—?Lo trajisteis? — Su voz fue un gru?ido, las mejillas hundidas por huesos que aún crecían. Extendió una zarpa.
El encapuchado depositó en sus garras una estatua de obsidiana: un lobo deforme, apenas erguido sobre patas traseras torcidas, coronado por una cabeza imposible que fusionaba rasgos lobunos con el rostro sereno de una joven mujer.
Sin mediar palabra, los encapuchados se desvanecieron. Regá regresó al círculo de transformación. Un aullido gutural despertó a los adultos. Como si una maldición se acelerara, sus cuerpos comenzaron a **expandirse grotescamente**. Huesos crujían al alargarse, músculos se desgarraban bajo pieles que se cubrían de pelaje gris a velocidad visible. Piernas que se doblaban bajo pesos inhumanos. Los más viejos aguantaban en silencio, masticando madera hasta astillarla. Los jóvenes no podían contener gemidos cuando sus dientes caían, sustituidos por colmillos que emergían lentamente de encías sangrantes - una tortura en cámara lenta.
Arrastrándose como animales heridos, la congregación mutante llegó a la plataforma donde yacían los bardos atados. Regá colocó la estatua sobre sus pechos inertes.
—?Hermanos! — rugió, golpeándose el pecho con un pu?o ensangrentado. — ?Llega el fin del dolor! ?Esta vida de tormento acaba hoy!
La respuesta fue un coro de aullidos ahogados y vítores desde bocas con dientes nuevos creciendo en carne viva. Regá actuó. Sus garras destrozaron gargantas en dos zarpazos brutales. Los ancianos, con miradas de infinita resignación, apartaron a los jóvenes y **se arrojaron** del escenario. El impacto fue espantoso: huesos de piernas monstruosas se astillaron bajo pieles endurecidas, perforando músculo sin romper la superficie. Sin un grito, con bocas llenas de sangre, se arrastraron a cuatro patas y aullaron. Un sonido que era puro dolor hecho carne.
Muchos jóvenes vomitaron. Los más fuertes avanzaron. Con movimientos rápidos y piadosos, retorcieron los cuellos de los agonizantes.
*?Crak!*
Sangre fresca ba?ó a los ejecutores. Recogieron las cabezas - rostros petrificados en un último aullido silencioso - y las apilaron ante la estatua.
Regá, tambaleándose, abrió una trampilla. De su interior sacó una cabeza momificada con máscara de león. Cayó de rodillas:
—?Oh, Mujer Luna! ?Bendice a tu pueblo! ?Danos la forma que esos cobardes nos negaron! — Golpeó su frente contra la madera. Una vez. Dos... Siete veces, hasta que la sangre le cegó.
Al séptimo golpe, los demás cayeron de rodillas. Nueve veces golpearon sus frentes contra la tierra.
En el noveno golpe colectivo, el escenario crujió y colapsó. La estatua se estrelló contra el suelo...
...y estalló en un pulsar de luz grisácea. La onda los ba?ó a todos.
Instantáneamente, los cuerpos en expansión se contrajeron. Huesos crujieron al replegarse a proporciones humanoides, cabezas alargadas se redondearon conservando rasgos lobunos, garras se retrajeron a zarpas funcionales. El pelaje se suavizó, cubriendo ahora cuerpos estables de hombres lobo erguidos, con cabezas híbridas de lobo y mujer - bestias completas, pero en su forma controlada.
La luz se apagó. Todos yacían inconscientes. La estatua rota mostraba ahora la figura de un hombre lobo noble, erguido, con cabeza de lobo de rasgos femeninos. La luna contempló el claro sembrado de cuerpos transformados, sangre y silencio
Pero miles de ojos desde las alturas sí fueron testigos. Desde las nubes, una constelación de luces descendió - miles de chispas titilantes que se posaron frente a los hocicos lobunos de los durmientes, evitando con reverencia los cuerpos de los ancianos sacrificados.
Cada punto de luz nacía de una antorcha en miniatura sostenida por criaturas del tama?o de una mano. Jóvenes de piel nacarada y alas de mariposa que reflejaban la luna en irisaciones cambiantes. Vestían prácticos uniformes: abrigos y pantalones de un caqui deste?ido, y sobre sus cabezas, sombreros de ala ancha moldeados como mariposas en vuelo. Algunos portaban solo antorchas; otros cargaban cestas trenzadas con fibras vivas de cardo y enredadera. Algunas cestas vacías esperaban; otras rebosaban de esferas de savia cristalizada, varillas de bambú pulido y herramientas que imitaban picos de cuarzo, estas últimas con guantes de telara?a endurecida.
Con precisión de relojeros, usaron las varillas para abrir las fauces inconscientes. Luego, como mineros en una veta preciosa, extrajeron los dientes viejos y limaron los nuevos que brotaban, blancos y afilados, de las encías hinchadas. Cada movimiento era rápido, eficiente, un baile coreografiado por generaciones de práctica.
Apenas terminada la cosecha dental, un segundo enjambre alzó vuelo. Estos vestían trajes integrales de una seda vegetal brillante y hermética, sellando cada poro, incluso las alas plegadas como crisálidas contra sus espaldas. Portaban ganchos de madera viva unidos a cordones elásticos de enredadera joven.
Tras anclarse a puntos fijos preparados por el primer grupo, abrieron esferas de savia. En su interior colocaron hierbas estelares fosforescentes, de un amarillo eléctrico, que encendieron al contacto con sus antorchas. La luz danzó dentro de sus cascos translúcidos.
Divididos en equipos de cinco (dos con mochilas de herramientas de hueso tallado, tres con alforjas vacías), iniciaron el descenso. Se zambulleron por gargantas oscuras como buceadores en un océano de carne. Unos cortaron muestras de tejido laringeo con bisturíes de obsidiana; otros aspiraron líquidos pleurales mediante finos sifones de ca?a; los más osados alcanzaron cámaras estomacales, recolectando jugos gástricos burbujeantes, fragmentos de la última cena humana y biopsias de la pared estomacal palpitante. Por último, llenaron viales con sangre negra y espesa. Todo etiquetado con etiquetas de pétalo y guardado con meticulosidad.
Al emerger, la tierra tembló. Con enormes conejos cornudos irrumpieron en el claro, sus ojos monocromáticos y gigantescos como lagunas lunares. Para las diminutas criaturas aladas, eran monturas colosales. Escalaron por escaleras de hiedra o ascensores de seda hasta sus lomos, donde se acomodaron en asientos acolchados con musgo entre las cestas de muestras. Conductores apostados en las coronas de los conejos guiaron la caravana con suaves tirones de riendas de enredadera.
El viaje fue una coreografía del equilibrio. Las conversaciones eran susurros mientras luchaban por mantener las muestras estables contra los saltos poderosos que sacudían la carga. Tras varias paradas para descansar bajo hongos gigantes, la caravana llegó con los primeros rayos del sol a un prado donde cientos de conejos pastaban entre flores del tama?o de árboles.
Las criaturas aladas se dirigieron a una cueva oculta. Al entrar, revelaron su hogar: una ciudad suspendida donde casas de madera viva parecían brotar de las paredes, sostenidas por gruesas enredaderas y clavijas de cristal. Cada vivienda era una escultura orgánica, tallada con motivos de bosque y pintada con tintes naturales que imitaban cortezas y flores. Los interiores, visibles en ventanas abiertas, mostraban muebles curvos que fluían con la forma de la madera.
La cueva entera brillaba con la luz de grandes esferas de savia colgadas como astros. Sus superficies grabadas proyectaban constelaciones que giraban lentamente sobre techos y paredes, creando un cielo subterráneo. El aire vibraba con el zumbido armonioso de miles de alas que surcaban el espacio, trazando senderos luminosos con sus colores cambiantes.
Las enredaderas formaban puentes y caminos en todas direcciones. Los mineros llevaron a los conejos a establos excavados en la roca viva, mientras otros transportaban las muestras a bodegas frescas. Por último, agotados pero satisfechos, los exploradores volaron hacia sus nidos suspendidos, donde los esperaban camas de pétalos secos. El zumbido constante se apagó, dejando solo el suave rumor de la savia fluyendo por las paredes de la cueva-ciudad que respiraba.
Fin
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