Día 9
Se dice que la gracia del soberano ilumina a todos por igual, pero Stox había elegido rehuir de ella. En la penumbra de un bosque olvidado, se arrodilló frente a un árbol de corazón podrido. Sobre la corteza, había ara?ado un símbolo tosco. No era un acto de fe, sino de pura devoción y necesidad. Aquí, en el silencio de la decadencia, invocó a Ufuro, el se?or de lo que se desmorona, su primer y último recurso.
?Solo los necios veneran dioses fugaces —murmuró—. La decadencia es la verdad eterna?. Y en su mente, era su verdad. El gran Dekrib, su maestro, lo había visto así. él había sido el discípulo leal, el elegido, no como los traidores Obob y Byke. Ellos lo habían arruinado todo. Dekrib le había entregado la responsabilidad a él, solo a él.
Alzó la vista. El bosque aquí era… distinto. Menos hostil. Una se?al indudable. Ufuro me guía, pensó.
Había llegado a un claro, un lugar culminante después de días de viaje. Había revisado cada árbol, cada roca. No había más pistas. Aquí debe suceder. él lo ha dispuesto así. Con un gesto mental, ordenó al fantasma que se mantuviera alerta y se encaramó a un árbol de grueso follaje, a esperar.
Las horas pasaron. El asco de sol seguía en lo alto. Los aullidos de lobos lo sacaron de su meditación. Una manada de unas cincuenta bestias irrumpió en el claro. Tras ellos, por los gritos, llegaba un grupo de humanos.
Con movimientos rápidos, Stox disparó una flecha contra el líder de la manada y, acto seguido, envió una orden mental al fantasma para que usara su grito sónico. La estrategia funcionó como distracción; los lobos, desorientados, fueron alcanzados por los humanos. Stox ya tenía otra flecha lista, apuntando a los recién llegados, que vestían harapos y ocultaban sus rostros con máscaras.
Le sorprendió que los lobos, en vez de atacar, sólo chillaran e intentaran huir. Entonces, los humanos sacaron extra?os pedazos de metal. Un estruendo, como si una explosión hubiera aparecido de la nada, sacudió el bosque. Por suerte, Stox se había atado a las ramas. Vio con horror cómo los lobos caían con el cuerpo acribillado. Un escalofrío le recorrió la espalda y sólo atinó a rezar.
—?Oh, gran Ufuro! Sé que es una falla, pero ?préstate tu poder!
Con cada repetición, sintió una debilidad insoportable invadir su cuerpo. El pánico le cortó la oración a la mitad. ?Por qué? Cada segundo que pasaba, sus fuerzas lo abandonaban.
Pero, de golpe, lo sintió. Y sus oídos captaron unas voces:
—Oigan, aquí hay un duende muerto. ?Quemémoslo!
—?No, no! ?Por favor! —suplicó mentalmente—. Oh, Ufuro, juro que sacrificaré más bestias para ti. ?Por favor! ?Que tu maldita gracia y tu inmundo ser me miren!
Sus sentidos se apagaron. ?Por qué me pasa esto a mí? Solo quiere cumplir las promesas de su maestro.
"Stox, eres un gran discípulo. Eres digno, no como ese inútil de Byke. ?Jajajaja!"
Recordó ese momento como si fuera ayer. Su maestro, el comandante de la tribu Ojo de Ca?ón, lo miraba solo a él.
Con un esfuerzo sobreduende, sintió que ese recuerdo se desvanecía en la oscuridad. Apretó los dientes y se aferró a él. No supo cuánto tardó, pero al segundo siguiente estaba de vuelta, sobre el árbol.
Se incorporó y vio una mancha de suciedad verde, como vómito, que ahora adornaba el tronco. Bajó la mirada al claro y vio a los humanos cortando a los lobos, dejando montones de carne. Sus ojos, sin embargo, olvidaron esa carro?a al ver cómo una de las humanas sacaba un peque?o tótem del estómago de la bestia más grande.
Los escuchó discutir sobre lentitud. Como era de esperar de una raza que sigue a una bola de fuego, pensó Stox con desdén. Su líder era el hazmerreír de su equipo, especialmente cuando este hizo unos estúpidos movimientos de manos, como si se creyera un chamán honorable.
Al ver que por fin se iban, llamó al fantasma. Al notarlo cerca, se lanzó al vacío. Por un momento de pánico absoluto, solo vio el suelo acercarse. Pero, justo antes de estrellarse, el fantasma apareció bajo sus pies y pudo volar, sosteniéndolo.
—?Jajajajaja! Gracias, oh gran Ufuro. Tus poderes de ocultación son los más exquisitos —exclamó con una respiración agitada. Se quedó un momento, agradeciendo.
Un poco más calmado, le ordenó al fantasma que siguiera a los humanos. La criatura, con su rostro amorfo, pareció intentar ocultar su odio. Con un ademán de su mano, el collar impartió un castigo. Una descarga de dolor puro hizo que el fantasma se convirtiera en una masa temblorosa en el suelo. Tras el castigo, y sin dudar más, se fue a cumplir su misión.
Ahora solo, pero nunca abandonado, Stox reunió todos los cadáveres de lobos. Con la punta de una flecha, dibujó en cada uno el símbolo de Ufuro: una mano con un círculo en la palma. Después de tanto esfuerzo, solo podía desear con amargura obtener ese tótem. Con él, no tendría que hacer tanto esfuerzo. Byke, seguramente, lo había atacado por aburrido. él estaba a punto de ser ascendido a sacerdote. Sus poderes superarían todo lo obtenido por el traidor. Tendría mujeres duendes...
Recordó cómo cada mujer duende era vista como el tesoro supremo de la tribu. Solo una mujer duende podía tener nueve crías, todas duendes hechos y derechos.
—Tal vez no tengo un tótem, pero tengo el collar —se dijo, apretándolo con fuerza.
Al instante, sintió cómo su piel perdía firmeza. Un olor podrido lo invadió, y sus ojos se llenaron de lágrimas de sangre. El collar creció... Sus piernas fallaron y cayó al suelo.
........
—?Aaaaaaaas!!!!! —Su grito espantó a todos los pájaros que lo rodeaban.
Con pánico, corrió hacia un árbol solo para recibir un golpe se volteó , solo para toparse con una masa gigante de carne putrefacta. ?Qué asco! Su olor era lo peor que había olido. Pero entonces se dio cuenta: aquellos pájaros que había espantado eran los cuervos de Ufuro. Sus enviados ahora están posados en la penumbra esperando su orden.
Con feroz concentración, miró fijamente a una de aquellas bestias sagradas. Una serie de imágenes fragmentarias le mostraron los alrededores: estaban limpios y sin enemigos ubicación de alimento y guaridas.
—Gracias, oh majestuosos aaaaaaa— ?Boom!
Una explosión sacudió el bosque de la nada. Corrió en círculos escondiéndose pero las explosiones siguen, yendo contra todo sentido común, se metió de lleno en la masa putrefacta. Su corazón latía a mil.
—?Fantasma! ?Ven! ?Ven! ?Tu amo te lo ordena! —gritó.
El fantasma apareció, y con una sonrisa espectral y burlona, comenzó a girar a su alrededor. Al menos cumplió con su misión, pensó Stox, aliviado.
—Vamos, fantasma. Guía el camino —dijo con una confianza nueva y reluciente, que contrastaba grotescamente con su estado—. ?Fantasma, ven, acércate más!
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Con la ayuda de la entidad, logró salir y se elevó, volando una vez más por encima de las copas.
Después de lo que parecieron horas interminables, Stox observó un campamento humano que parecía estar vacío. Gracias a la vista del fantasma y a la bendita guía de Ufuro, se acercó sigilosamente a una sección del muro que parecía más débil. Al acercar al lamer con la lengua, pudo sentir una textura gruesa y grumosa. Sin ningún miedo, apretó su collar hasta sentir las púas atravesarle la palma. De la herida manó un pus amarillento y espeso. Con su otra mano, surgió un brillo verde pálido, vetado de blanco.
Concentrando ese poder corruptor, tocó el muro y observó con satisfacción cómo la piedra se desmoronaba en pedazos. Notó que había perdido toda sensación en la mano que usó como catalizador. Poco a poco, abrió un agujero lo suficientemente grande para pasar.
Al llegar al otro lado, solo su collar y su determinación lo acompa?aban. Miró su mano dominante, ahora saturada de un pus verdoso y amarillento. Casi todo su brazo estaba inservible, pero no se preocupó. Unos cuantos sacrificios deberían bastar, pensó, aunque el tono de su monólogo interno sonaba nervioso.
Con una meta clara, se paseó por el campamento desprovisto de vigilancia hasta que divisó a un grupo de humanos. Rápidamente se escondió dentro de una carpa cercana, donde encontró una daga negra que despedía un olor dulce y extra?o. Empu?ándola, salió con cuidado y se acercó sigilosamente al grupo.
Los humanos discutían a gritos. Al parecer, uno de ellos había perdido la cabeza. Era el mismo grupo con el líder hazmerreír.
—?Maldito seas! ?Eso era mío, entiendes? ?Mío! —gritó un hombre con la cara roja de la furia.
—Linn, eso es propiedad del campamento. Nos pagaron por ello —intentó razonar una mujer con rostro canino.
—?Cállate, Sara! No lo defiendas solo porque follan. Este idiota solo consigue que nos manden a misiones inútiles —espetó Linn, lleno de desprecio y Stox debe apoyar al líder esa manada de lobos era una misión del alta importancia.
La humana llamada Sara no respondió, pero el líder, en un arranque de furia, se lanzó a golpear a Linn. Por un momento pensó que, al menos, el hombre tenía algo de honor para defender a su mujer , pero Linn esquivo y lo noqueó de un solo golpe. Curiosamente, ni la mujer del líder ni los otros presentes hicieron nada por intervenir solo se quedaron quietos.
—Mira quién es nuestro líder... —escupió Linn sobre el cuerpo inconsciente incluso le pateo la entrepierna—. Insulta a la nobleza y cree que por estar en una familia militar de quinta es alguien.
Sin mediar más palabras, Linn se alejó con desdén. Stox tuvo que aguantar la risa y dar un castigo ligero al fantasma, que tampoco podía contener su regocijo. Patéticos. Todos son unos ignorantes. Sin vigilancia, sin protección y con líderes patéticos. Esto será más fácil de lo que pensé. Pero primero, mi brazo.
Seguir al humano fue fácil. Linn estaba tan atrapado en su mente que no notó la persecución.
Sin ninguna duda, el humano tomó una respiración profunda. Con una corta carrera, ganó impulso para un salto que lo llevó hasta el borde del muro, saliendo del campamento. Para no perderlo, Stox se montó en el fantasma y lo observó desde arriba mientras caminaba por el bosque, golpeando los árboles con rabia. No tardó en detenerse, desplomándose en el suelo. Cuando se acercó, pudo escuchar cómo lloraba.
Tan distraído. Tan patético.
Con un movimiento rápido y como experimento, clavó su nueva daga en el cuello del humano. Al mismo tiempo, el fantasma lanzó su grito sónico directamente en su rostro. Tratándolo como un experimento, presionó su collar contra la piel de Linn y vio con fascinación cómo su vida era drenada, absorbida por la reliquia. Sintió cómo su propia fuerza regresaba, su salud se restauraba y el brazo inservible se recuperaba por completo.
Solo pudo murmurar con devoción: "Gracias, Ufuro. Tu gracia es grande y hermosa."
Ver el cuerpo seco de Linn hizo temblar todo su cuerpo. Un miedo primario, que no había sentido en a?os, le recorrió el ser. Tragó saliva con dificultad, arrastró el cadáver y lo ocultó detrás de un árbol grueso. Luego, él mismo se encaramó a las ramas más altas de otro, mimetizándose con la penumbra. Todo esto no es más que una prueba de mi fe, pensó.
Según el fantasma, esa humana, Sara, sentía algo por aquella basura. Le parecía la mayor de las tonterías, pero los humanos eran unos sentimentales ilusos. Y, como tal, no tardó mucho en tener razón. La figura de Sara apareció entre los árboles.
—?Linn? Por favor, vuelve. Te aseguro que el capitán no se lo tomó a mal —llamó, su voz es una mezcla de preocupación y súplica. Vaya, ese idiota de Linn tenía a una hembra que sí se preocupaba.— Lo siento si fue la única manera en que nos aceptaron, pero te juro que estarás bien. Podremos... tener una relación de verdad solo tenemos que esperar —sus palabras sonaban a promesas vacías. Stox casi sintió lástima por un ser tan enga?ado.
—?Estás ahí? ?Por qué no hablas? ?Aaaaaaas! —Su grito fue muy alto incluso le dieron un dolor de cabeza.
Con un movimiento rápido y certero, Stox se dejó caer desde las ramas como un ave de rapi?a. El fantasma lanzó su grito sónico una fracción de segundo después. Fue suficiente. La vida de Sara se extinguió bajo sus manos, y Stox sintió la oleada de energía inmediatamente. Su fuerza creció. Su visión se agudizó. Sus oídos captaron el más mínimo susurro. Su piel, su musculatura, todo se volvió más duro, más resistente. El poder de robar vidas lo inundaba.
Al ver el cadáver seco de la humana Sara, un recuerdo lejano acudió a su mente: aquella mujer duende que Byke había sacrificado sin pesta?ear. ?Cómo estará ese idiota ahora?, se preguntó, con una mezcla de desprecio y envidia. ?Conseguirá alguna vez una mujer duende para formar la tribu de nuevo? ?O Ufuro me mantendrá a su servicio para toda la vida? Un suspiro escapó de sus labios. Ser el verdadero devoto, el único que quedaba, tenía sus consecuencias.
Repitió la misma táctica dos veces más. La emboscada, el fantasma distrayendo, la muerte rápida. Otros dos humanos cayeron, y con cada uno, la escalera de poder que ascendía se hacía más tangible. Su ser se elevaba.
Y cuando pensó que no quedaría nada más que saquear, el líder patético apareció, solo y desorientado, para encontrar el mismo final.
Con la vida del líder drenada, Stox esperaba la ya familiar oleada de fuerza. Pero en su lugar, recibió un mazazo en la mente.
No fue un simple recuerdo. Fue una inundación desquiciante.
Un zumbido agudo le perforó los oídos, y el mundo real se desvaneció, reemplazado por un torbellino de sensaciones ajenas.
Un fogonazo cegador estalló detrás de sus ojos, seguido de un estruendo atronador. El olor acre de pólvora quemada. ?Y45-11 A1! El nombre surgió de la nada, acompa?ado por la violenta sensación de una culata retrocediendo contra su propia palma. Luego, la imagen de un instructor con una cicatriz en la mejilla desmontando el arma. "El percutor, la aguja percutora... siempre verifiquen", decía una voz lejana pero nítida.
La visión cambió bruscamente, mostrándole edificios monstruosos, bloques grises de una altura imposible que se perdían en un cielo sucio. Cinco pisos. Para Stox, acostumbrado a las chozas, fue una blasfemia de piedra que le provocó vértigo.
De inmediato, otra sensación lo engulló: la memoria del calor de Sara bajo sus dedos, la piel suave en la penumbra de una carpa. "Juremos volvernos aventureros famosos, Linn. Lejos de todo esto". La promesa, tan llena de una esperanza que a Stox le resultó nauseabunda. Y luego, la rabia. La rabia ardiente de ser asignado a otra patrulla sin gloria. "Vigilar un lago. ?En serio? ?Somos el hazmerreír de los novatos!"
El peso de tantas vidas ajenas fue demasiado. Sus piernas, recién fortalecidas, cedieron. Cayó de rodillas, las manos apretándose la cabeza. Intentó arrastrarse, pero solo consiguió desplomarse de costado, jadeando, ahogándose en la existencia de un hombre muerto.
—Basta... ?Basta! —suplicó entre dientes, pero los ecos no se detenían.
Entonces, un instinto primario, un fragmento de memoria muscular robado, tomó control. Su mano se lanzó hacia la pistolera del cadáver. Sus dedos encontraron la frialdad del metal. El Y45-11 A1. El nombre resonó con una claridad aterradora.
Con movimientos que no le pertenecían, sacó el arma. Su peso le resultó extra?o y familiar. Empu?ó la culata de madera. Su brazo se extendió, firme por primera vez desde la avalancha, apuntando hacia la oscuridad del bosque.
Con la respiración entrecortada, revisó la recámara instintivamente, solo para encontrar el frío vacío del metal. No tenía ni una sola bala. La furia, instantánea y ciega, lo engulló. Con un gru?ido, tiró el arma a los matorrales con toda su fuerza, donde se perdió entre las sombras.
Aunque lo odiaba, había aprendido. Ese campamento solo albergaba novatos, pero la sala del tesoro —y su anhelado tótem— estaba resguardada. Y en unos días, por el error de un noble, se realizaría una expropiación de armas osea debe entregar sus tesoros a un superior. La oportunidad era clara.
Mientras rumiaba, absorto en sus pensamientos, un dolor agudo y punzante en el pie lo sacó de su enso?ación. ?Un mordisco!
—?Aaagh! —gritó, mirando hacia abajo.
Una rata, grande y de pelaje hirsuto, lo miraba con ojos brillantes antes de escabullirse entre la maleza. Pero no lo hizo en silencio. Emitió una serie de chillidos cortos y agudos que sonaron como una burla.
Y entonces, por primera vez, la se?al no fue un acertijo. No necesitó descifrar patrones en la podredumbre. La respuesta fue tan inmediata y obvia como el dolor en su pie. La claridad fue absoluta.
Una risa comenzó a brotar de lo más profundo de su ser, un sonido ronco y triunfal que se convirtió en una carcajada desquiciada que resonó en el claro silencioso, desafiando a la noche.
—?Jajajajajaja! —Su cabeza se echó hacia atrás, sus brazos se extendieron hacia el cielo putrefacto como abrazando a su deidad—. ?SOY EL ELEGIDO!
Fin

