Tras dos días sin noticias de Wenny, me encontraba tumbado en la cama que me había servido de refugio. Para sorpresa de todos, los libros del viejo Haiggs habían sido de gran ayuda, sus notas sobre medicina alternativa y flujos de maná hicieron que mi recuperación fuera casi milagrosa. Me incorporé con un suspiro pesado, tan cansado de mirar aquel techo destartalado como tú de leer las veces que me quedo absorto mirando un techo o un cielo.
Hoy, por algún motivo, hacía un calor sofocante. Sentí la espalda empapada en sudor y recurrí a ese truco peligroso que había descubierto recientemente. Metí un dedo por debajo del brazalete de Wenny y di un peque?o tirón. El frío se extendió por todo mi brazo al instante, como el gélido aliento de un gigante de hielo, si es que esas criaturas de leyenda existían de verdad.
Cuando noté que las agujas de escarcha empezaban a clavarse demasiado profundo en mi carne, dejé de tirar. El dolor cesó, pero la deliciosa sensación de frío permaneció.
Me puse en pie y salí de mi peque?o refugio. En el salón, sentado en el suelo junto a la librería, estaba Donovan. Como de costumbre, el minotauro leía con las piernas cruzadas, parecía entretenido, pero por lo poco que conocía al monje chamán, sabía que preferiría estar con su ronda, ayudando a granjeros con tifus u otros males en lugar de estar encerrado conmigo.
—No deberías jugar con eso —dijo sin levantar la mirada del libro.
—Qué más te da —respondí, ignorándolo mientras cruzaba el salón directo a la puerta exterior.
—Tienes los labios azules, Gustab. Si tienes calor, hay mejores maneras...
Cerré la puerta tras de mí, murmurando entre dientes:
—Cuando decidiste venderme no te preocupabas tanto, traidor.
Sabía que no escucharía mis quejas. Por muy furioso que intentara estar, cuando abría la boca para protestar, no podía evitar sentirme más como un perro apaleado que como un hombre herido.
Un sonido rítmico, un golpeteo metálico, llamó mi atención. Giré sobre mis talones y seguí el eco. Desde ese perfil, la torre de Haiggs se veía peligrosamente inclinada. Tras dos días allí, fue la primera vez que me fijé en un detalle logístico absurdo.
—?Cómo narices se subirá a las plantas de arriba? —me pregunté, mirando la fachada inestable con la boca abierta y los brazos en jarra. Al no ver escaleras externas ni poleas, me encogí de hombros y volví a seguir aquel sonido rítmico.
Los caballos de Donovan pastaban libres no muy lejos, felices de no tener que tirar de la pesada carreta ni de su aún más pesado due?o. Sigrid estaba allí, trabajando en lo que parecía un carro hecho con retazos de otros vehículos. Me acerqué un par de pasos. La herrera estaba concentrada, deduje que el carro ya existía y ella se limitaba a reforzarlo para que aguantara el peso bruto del minotauro.
La rabia volvió a recorrerme el cuerpo. Tuve un impulso estúpido de lanzarle una bola de fuego, de darle a ella o reducir el carro a cenizas. Por un lado, ella es una Vítrea, podría resistirlo aunque careciera de clase. Por otro, si destruía el carro, acabaría con su esfuerzo de los últimos días. Supongo que quería que ella sintiera lo que es que alguien de confianza te traicione de forma cruel.
Sigrid clavó un último clavo, se secó el sudor con el reverso de la mano y se percató de mi presencia. Me hizo un gesto seco con la cabeza antes de gritar:
—?Qué pasa? ?Ha vuelto ya tu novia?
Negué con la cabeza y me acerqué a ella; por fin sabía a dónde me estaban guiando mis pasos. Sigrid soltó el martillo y se sentó en un tocón que estaba justo a su lado.
—?Tienes algo en mente? —me preguntó como si tal cosa—. Si quieres salir de aquí, necesito un poco más de tiempo para apa?ar esta mierda —dijo se?alando con la puntera de la bota el carro.
Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences.
Negué de nuevo y observé a mi alrededor. Quería saber dónde estaba, dónde la tenía. Pensar en mi espada me ayudaba a ignorar el pinchazo en el brazo, del que no me había fijado hasta entonces.
—?Qué buscas? —me preguntó con impaciencia—. Mira, Gustab, entiendo que estés cabreado, pero las cosas son como son. Ojalá no hubiera sido así, pero te hemos fallado. Lo sé, joder, y lo siento.
Sus palabras me pillaron desprevenido. Tuve que apartar la mirada para ocultar una maldita lágrima que se me escapó por la pura impotencia; estaba a punto de hacerla arder.
—Créeme que Donovan y yo nos lo habíamos replanteado todo —continuó ella con voz ronca—. Viajar contigo ha estado bien. Sabemos que lo que sucedió en aquella cueva no fue culpa tuya y, de verdad, queremos ayudarte.
Forcé una sonrisa irónica. Era consciente de que, para ellos, esos dos días habían sido tan largos como las dos semanas de viaje, pero mucho más incómodos.
—Wenny os ha pagado, ?no? —escupí con rabia—. No queréis ayudarme, queréis el oro. Termina el puto carro, dame mi puta espada y marcharos de una puta vez.
Sigrid me observó durante un instante eterno. Sus ojos se volvieron esquivos, fríos como el hielo. Muy despacio, se levantó mientras su piel se tornaba de diamante. Echó el codo hacia atrás y, justo antes de que su pu?o se transformara por completo en ese sólido cristal, me soltó un pu?etazo que me tiró de espaldas.
—?Te ha dolido? —me gritó—. ??Sabes lo que duele que te arranquen una parte de ti?! ?Quieres hablar de traiciones, mago renegado? ?Quieres saber qué es no tener un hogar? Porque parece que ya no tienes ninguno y, si sigues así, perderás lo único que te queda.
La herrera me rugía mientras yo me había quedado como un pasmarote en el suelo, mirándola con expresión horrorizada. Me llevé una mano a la mejilla, con los ojos como platos. Me incorporé como pude, tratando de controlar el mareo que me produjo el golpe. Clavé una rodilla en el suelo y ella se acercó, el sol se reflejó en su piel de diamante y, por un momento, me cegó, obligándome a bajar la mirada de forma instintiva.
—Quiero mi espada —mascullé.
Sigrid se quedó en silencio junto a mí.
—?Dónde está mi espada, Sigrid?
La herrera se giró y entró en lo que supuse sería el destartalado taller de la torre. Tras un momento, volvió a salir y me lanzó el arma. La espada trazó un arco plateado en el aire.
—Sácala —me ordenó.
Al desenfundarla, pude ver que la hoja, ya de por sí de buena calidad, ahora relucía con un brillo metálico que recordaba a la plata.
—No es hierro negro, pero ahora podrás usarla como el catalizador que te dio tu chica —me dijo, se?alándome la mu?eca—. No tengo tiempo para forjarte una nueva, así que tendrás que apa?arte con eso.
—?Qué le has hecho?
Ella me quitó el arma de las manos y la agitó frente a ella, haciendo resplandecer la hoja. Los destellos del sol la hacían parecer etérea, casi irreal.
—Lo ponía en uno de los libros del viejo loco, Alquimia. Donovan me ha ayudado. Al parecer, la sangre de Vítrea puede imbuir al metal características muy buenas para el uso de la magia. Por lo que he probado, ahora esta espada puede absorber tu flujo, es como tu catalizador, pero con limitaciones, supongo.
—?Supones? —pregunté repentinamente intrigado. Joder, nadie puede odiar a alguien que te está ense?ando algo que mola tanto.
—Supones —asintió, entregándome el arma—. Tendrás que experimentar con ella.
Asentí y retrocedí un par de pasos, observando el filo. Me concentré, traté de sentirlo y noté cómo la magia se filtraba a través del metal. A diferencia del brazalete, la espada no proyectaba la magia hacia fuera, la retenía, la acumulaba. Decidí jugármela, me revestí con la segunda piel y generé un flujo de rayo. Poco a poco, lo fui proyectando desde mi escudo hacia la espada. La hoja empezó a chisporrotear con un zumbido eléctrico.
—?Buah! —gritó fascinada Sigrid, mientras acercaba un dedo al filo, del que saltó un minúsculo rayo que impactó en su piel de diamante sin da?arla.
Dejé de proyectar el rayo y me centré en el fuego. Esta vez me costó más, pero en un instante, el arma ardió como una tea. Sentí el calor que proyectaba y no pude reprimir una sonrisa de triunfo. Me alejé un poco y lancé unos espadazos al aire, el fuego resonaba contra el viento pero no se apagaba, por muy fuerte que la agitara. Sigrid me observaba con una sonrisa de orgullo herido.
—Eso está muy bien.
La voz de Wenny me desconcertó. El arma se deslizó de mis manos y, al caer al suelo, el fuego descendió hasta apagarse por completo.
—?Todo bien por la capital? —le pregunté, sin saber qué esperar.
Ella negó con la cabeza y su expresión cambió de golpe, volviéndose gélida.
—?Qué te ha pasado en la cara?
Me toqué la mejilla donde Sigrid me había golpeado.
—?No lo tenía antes? —pregunté estúpidamente.
Ella negó, y su mirada se desvió hacia la Vítrea con una lentitud amenazadora. Antes de que pudiera invocar una tormenta allí mismo, le agarré la mano y me interpuse en su campo de visión.
—?Ha pasado algo en la capital?
Ella tardó un instante en volver a prestarme atención, por un momento temí que diera rienda suelta a su ira contra mis compa?eros.
—Tengo malas noticias —dijo al final.

