La respiración de Alec se volvió cada vez más intensa, tan profunda y pesada que Madame Lothrim pudo oírla con claridad desde el otro lado de la habitación. Alarmada, se levantó de su asiento con brusquedad y corrió hacia la puerta.
—?Alec! —gritó, con su voz cargada de desesperación.
Pero cuando abrió la puerta, la sombra de Alec ya se había desvanecido en la penumbra del corredor.
—?Maldición…! ?Maldita sea!
—?Qué ocurre, maestra? —preguntó Loana, apareciendo de improviso con el rostro te?ido de preocupación.
Madame Lothrim se giró hacia ella, sus ojos reflejaban una mezcla de arrepentimiento y dolor que parecía pesarle en cada palabra.
—Alec nos escuchó… ve tras él, Loana, por favor. Temo que si intento hablarle yo misma, ni siquiera me dejará acercarme.
Loana asintió con decisión, aunque en su semblante se percibía la misma inquietud. Sin decir más, salió corriendo hacia los pasillos, su figura se desvanecía en el infinito corredor del centro de investigación.
Madame Lothrim se quedó inmóvil por un instante, tambaleándose ligeramente antes de regresar a su escritorio. Al dejarse caer en la silla, un torbellino de pensamientos la azotaba sin piedad. No solo cargaba con el peso de un posible reencuentro con su verdadero nieto, sino que ahora tenía que enfrentar las consecuencias de sus actos con Alec, el nieto que había criado como propio.
Su mente estaba al borde del colapso. Cada decisión parecía un cuchillo que desgarraba una parte de ella misma. Mientras su cabeza daba vueltas, un recuerdo enterrado desde hacía mucho tiempo emergió con brutal claridad, trayendo consigo una vieja herida que nunca había sanado.
No, no era la primera vez que se sentía así. Un silencio igual de devastador la había envuelto a?os atrás, cuando su propia hija la había abandonado.
—Cristina… —susurró en la habitación vacía, con su voz quebrada en un tono de súplica. Parecía un eco que intentaba traer de vuelta lo irrecuperable.
El recuerdo la golpeó con una fuerza siendo casi tangible. Podía sentir el ardor de su mano todavía caliente por aquella bofetada.
Hace a?os, en una noche oscura y solitaria, una joven Cristina, risue?a y de cabellos negros, se encontraba corriendo llena de alegría hacia el patio trasero de la lujosa mansión que coronaba la cima de la monta?a. Con los ojos brillantes de emoción, llegó hasta su madre, sosteniendo con orgullo un papel entre sus manos.
—?Mamá, mira! ?Saqué el tercer lugar! —exclamó con una mezcla de inocencia y entusiasmo, extendiendo el examen con la esperanza de recibir una sonrisa.
Pero la respuesta que esperaba nunca llegó. Madame Lothrim tomó la hoja con una mirada de frialdad que parecía cortar el aire.
—Esto es… inaceptable.
Sin el menor atisbo de emoción, prendió fuego al papel frente a los ojos incrédulos de su hija.
—Debes hacerlo mejor. Siempre mejor. Eres parte de un linaje antiguo de caballeros espirituales, Cristina. Eres la futura líder de esta organización. Progresos mediocres como este… no tienen cabida.
El brillo en los ojos de Cristina se apagó en un instante, reemplazado por lágrimas silenciosas. La joven apretó los pu?os con fuerza, pero no dijo nada. Solo el sonido de las llamas devorando el papel rompía el silencio.
Con un movimiento suave, pero cargado de crueldad, Madame Lothrim conjuró una descarga mágica que impactó con brutalidad a la inocente ni?a. Los gritos desgarradores de Cristina resonaron en el jardín, atravesando los muros de la mansión como cuchillos. Aunque los sirvientes oían aquel tormento, ninguno se atrevió a intervenir. Sólo el eco de los alaridos persistía, mientras el corazón de la madre se endurecía, aparentemente ajeno al sufrimiento que ella misma provocaba.
—Si vuelves a fallar… —dijo con frialdad aterradora —tu castigo será mucho peor.
Cristina, aún temblando por el impacto, intentó ponerse de pie. Se limpió con torpeza la sangre que manchaba sus labios y, con un esfuerzo monumental, se inclinó reverentemente frente a su madre. Cada músculo de su peque?o cuerpo temblaba, pero sabía que mostrar debilidad solo empeoraría las cosas. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero las contuvo con todas sus fuerzas.
—Lo siento, mamá… —murmuró con voz rota —Juro que lo haré mejor la próxima vez.
—Más te vale. —respondió Madame con una indiferencia extrema, dándole la espalda sin mirar el dolor reflejado en los ojos de su hija.
Ese recuerdo, tan nítido y cruel, se clavó como un pu?al en el corazón de Madame Lothrim. Era un retrato de sus propios errores, uno que ahora la carcomía por dentro. Pero no fue el único. Su memoria la arrastró a otro instante que marcó el final de aquella relación.
A?os más tarde, durante la víspera del invierno más feroz del continente, La Gran Sabia Lothrim se alzaba imponente en su trono, desde la gran mesa principal que dominaba el salón. Afuera, la nieve azotaba las ventanas con furia, como si quisiera entrar a congelar los corazones allí reunidos.
—??Cómo te atreves?! —rugió Madame, retumbando con tal fuerza que las paredes parecieron estremecerse.
—?Lo escuchaste bien, madre! —respondió Cristina, desafiante —?Renuncio a mi derecho de linaje!
Un silencio helado invadió el salón. Los miembros del congreso, testigos de la escena, intercambiaron miradas nerviosas. Jamás habían visto a su líder tan consumida por la ira.
Madame Lothrim descendió de su trono en un estallido de furia y abofeteó repetidamente a su hija, cada golpe resonaba con una violencia que hizo que muchos apartaran la mirada. Sin embargo, Cristina no cedió. A pesar de la sangre que corría por la comisura de sus labios y los moretones que comenzaban a dibujarse en su piel, mantuvo la cabeza en alto, con su mirada fija y decidida.
—Estoy cansada, madre… —dijo Cristina, con la voz quebrada pero firme —Estoy cansada de vivir así… ya no quiero este destino…
La súplica en sus palabras era innegable. Deseaba escapar del yugo de un destino que sentía más cruel que la misma muerte. Pero Madame Lothrim no lo vio como un acto de valentía, sino como un síntoma de debilidad, un defecto imperdonable para quien debía liderar la organización.
—Ya veo… —murmuró, esbozando una sonrisa arrogante. Sus ojos brillaban con una mezcla de desprecio y desafío —Si tanto deseas irte, hazlo. Te libero… con mi bendición.
Por un instante, Cristina pareció vacilar, pero pronto su rostro se iluminó con una sonrisa sincera. Por primera vez en a?os, respiró con algo parecido a la libertad.
—Gracias, madre…
Sin embargo, cuando estaba a punto de dar media vuelta para marcharse, las palabras de Madame Lothrim la detuvieron en seco. La Gran Sabia, de regreso en su asiento, alzó la voz con una sonrisa retadora que hizo a?icos cualquier consuelo que su hija pudiera haber sentido.
—Pero todo tiene un precio… hija mía…
Las palabras de Madame Lothrim resonaron con frialdad en el imponente salón. Los miembros del congreso, a quienes se les había prohibido intervenir, permanecieron inmóviles, atrapados en un incómodo silencio mientras eran testigos de aquella escena desgarradora.
—Si quieres irte, hazlo. No te detendré… —continuó Madame, con su voz gélida y calculadora —Pero antes, debes hacer algo.
Cristina la miró confundida, su corazón latía con fuerza ante lo que intuía sería una condición cruel.
—?Madre?
La Gran Sabia habló con firmeza, dejando caer sus palabras como un martillo sobre la sala.
—Renuncia a tu núcleo. Entonces, y sólo entonces, podrás marcharte.
El impacto de aquella sentencia fue inmediato. La mirada de Cristina vaciló, y un murmullo ahogado recorrió a los presentes. No solo ella estaba conmocionada; todos quedaron anonadados ante la brutalidad de la petición. La propuesta significaba destruir su núcleo, el corazón de su energía espiritual. Si aceptaba, quedaría lisiada de por vida, incapaz de usar el ánima y condenada a abandonar su destino como caballero espiritual.
Madame Lothrim esbozó una sonrisa llena de triunfo. En su interior, confiaba en que este castigo era tan severo, que Cristina no se atrevería a dar un paso tan irreversible. Pero, para su sorpresa, su hija levantó la cabeza con decisión.
—Si eso es lo que deseas… entonces…
Cristina comenzó a recitar un hechizo arcano, su voz firme y resonante se escuchó en toda la sala. De pronto, un contrato de sangre se materializó en el aire, flotando en medio de la sala como un presagio inevitable.
—Este es un contrato de sangre. Fírmalo, madre… y cumpliré con tu demanda.
La determinación en los ojos de Cristina perforó a Madame Lothrim como una lanza. Por primera vez en su vida, sintió un miedo real, un frío que le calaba hasta los huesos. Pero su orgullo fue más fuerte.
—?Bien! ?Si eso es lo que quieres! —exclamó enfurecida, dejando que su ira hablara por ella.
Tomó la hoja que flotaba frente a ella y, con un movimiento decidido, colocó una gota de sangre sobre el contrato. En un instante, el pacto se selló, siendo inquebrantable y eterno. Cristina sonrió, una expresión extra?a que mezclaba la felicidad de ser libre con la aceptación de su sacrificio.
—?Gracias, madre! —dijo con un entusiasmo desgarrador, consciente del acto terrible que estaba a punto de realizar.
Sin vacilar, colocó una mano sobre su vientre y comenzó el ritual de ruptura. Un hechizo poderoso, pero desgarradoramente doloroso. Los gritos de Cristina llenaron el salón, cada alarido estaba cargado con una agonía que helaba la sangre de los presentes.
—?Detente, ni?a estúpida! —gritó Madame Lothrim, desesperada al ver a su hija autoinfligirse un da?o tan irreversible.
Pero el contrato de sangre se activó, envolviendo a Madame en un campo invisible que la paralizó. Era incapaz de detener a Cristina, aunque usara toda su fuerza. Solo podía observar con impotencia.
Tras unos interminables segundos de tortura, Cristina cayó al suelo, jadeando con dificultad. Su rostro estaba pálido, su cuerpo temblaba violentamente, y comenzó a vomitar sangre que se esparció por el suelo del salón.
—Está… hecho… —susurró Cristina, con el cuerpo ardiendo de dolor.
A pesar de la agonía que recorría cada fibra de su ser, usó hasta la última pizca de su fuerza de voluntad para mantenerse de pie. Sus ojos, firmes pero llenos de tristeza, se posaron en su madre mientras caminaba hacia la puerta. Elevó la cabeza, buscando salir con algo de dignidad, para no manchar su linaje con su partida.
—Por favor… no me busques más… —dijo con voz quebrada, sus palabras flotaron en el aire, como una última súplica de libertad.
—?Espera! ?Cristina! —gritó Madame Lothrim, extendiendo la mano hacia su hija, pero el contrato de sangre la detenía, como si una fuerza invisible le impidiera acercarse. Ni siquiera podía tocarla.
Cristina no miró atrás. Con paso firme, se alejó, cruzando el umbral del lugar que había sido su hogar. La nieve caía con furia sobre su figura, mientras la tormenta helada se desataba con violencia. Esa fue la última vez que Madame Lothrim la vio. Tan resplandeciente, tan feliz, a pesar de haber sido expulsada de su vida.
Madame Lothrim suspiró pesadamente sobre su escritorio, su mente seguía sumida en recuerdos amargos de aquel día fatal.
—?Por qué nunca puedo hacer nada bien? —se preguntó en voz baja, hundida en la oscuridad de su solitaria oficina. La culpa por las heridas que había causado a su propia familia la atormentaba.
Mientras tanto, Loana buscaba a Alec frenéticamente por todo el distrito. Recorrió pasillos, oficinas, y patios sin encontrar rastro alguno de él. Desesperada, levantó la mu?eca que llevaba consigo una pulsera con encantamientos rúnicos, e intentó contactar con él. Pero Alec no respondía.
—Mierda… Alec… ?Dónde estás? —se preguntó en voz baja, mirando al vacío mientras la soledad del pasillo la envolvía.
A pocas calles de allí, Alec caminaba por los alrededores de la academia, con la mirada fija en el suelo, sentía el peso de la tristeza sobre sus hombros. Las palabras de su abuela resonaban una y otra vez en su mente, como un eco ensordecedor.
?Después de todos estos a?os… ?No soy suficiente?? —se repetía una y otra vez, mientras la desesperación le apretaba el pecho.
Desde peque?o, Madame Lothrim lo había instruido en el arte de la guerra, la diplomacia y los valores de los caballeros. Alec se había considerado a sí mismo un prodigio, el mejor de los mejores, al menos hasta que conoció a su antiguo rival y a Cáliban. Recordaba con claridad el enfrentamiento con ese joven, los ojos carmesíes de Cáliban fijos en los suyos, desafiantes, como los de un guerrero furioso.
—Tch… solo eres un mocoso… —replicó, molesto por la insolencia del joven.
Sin embargo, lo que más le dolía no era el enfrentamiento en sí, sino que un simple mocoso había logrado da?arlo nuevamente. Y lo peor, lo que más lo desmoronaba, era que su abuela, a quien siempre había considerado su pilar, había puesto toda su atención en ese joven, ignorando sus propios esfuerzos, incluso había sido castigado por sus propios fallos.
Aquel día, cuando vio la tristeza en los ojos de Madame Lothrim, no pudo evitar preguntarse el porqué de tanta atención hacia Cáliban, y con lo que había oído, la respuesta no le sentó nada bien.
—?Tanto esperabas a tu verdadero nieto?… —pensó, con una mezcla de amargura y frustración —?Entonces qué soy yo?
Su ánimo se desplomó. La rabia, la confusión y el dolor se entrelazaban en su pecho, arrastrándolo hacia un abismo emocional. Sin embargo, esa fatídica tarde, sus problemas no habían hecho más que comenzar.
—Parece que tienes mucho qué pensar, ?No es así?
Una voz femenina inundó el aire, rompiendo el pesado silencio. Alec giró rápidamente sobre sus talones, buscando el origen de la voz. Frente a él, una figura con un velo oscuro cubría sus facciones, ocultando su identidad.
—Tú… —Alec entrecerró los ojos, intentando penetrar la barrera del velo.
—No te preocupes… —respondió la figura con calma, levantando las manos en un gesto de rendición —No vengo con intención de pelear.
—??Quién eres?! ??Cómo me encontraste?! —exclamó Alec, adoptando una postura defensiva.
—Shh… tranquilo, no necesitas gritar. —Con un leve chasquido de sus dedos, la mujer conjuró un escudo protector que envolvió a ambos. Una tenue aura los cubrió, haciendo imposible que otros los escucharan o siquiera detectaran su presencia.
—Ahora podremos hablar en paz…
La mujer avanzó lentamente hacia Alec, con movimientos calculados, dejando un espacio abierto detrás de ella, como si quisiera asegurarse de que Alec supiera que podía huir si lo deseaba.
—Solo quiero hablar. Si no quieres escucharme, puedes irte en cualquier momento. —a?adió con un tono sereno.
Alec dudó, su mente estaba dividida. Sabía que lo más prudente sería escapar, pero al mismo tiempo, sentía que esta era una oportunidad que no podía dejar pasar. Finalmente, apretó los pu?os y se mantuvo firme.
—Eres del culto del Padre Sin Forma… —afirmó con un tono cargado de desconfianza.
Una ligera sonrisa apareció bajo el velo de la mujer.
—No… aunque, de momento, estoy infiltrada entre ellos. No pertenezco a un culto tan extremista y sombrío como ese.
Alec se quedó perplejo. La revelación de que había más de un culto moviéndose en las sombras lo inquietó profundamente.
—Me presento… —continuó la mujer —Soy lo que llamarías una Sacerdotisa. Uno de los vice líderes del culto que buscas por sus… atroces crímenes. Aunque, claro, no comparto sus malignas maquinaciones.
La sospecha se reflejaba en el rostro de Alec. Frunció el ce?o, intentando leer las verdaderas intenciones de la mujer, pero su velo y su serenidad la hacían impenetrable.
—?Entonces a quién sirves? —preguntó con cautela.
—Sirvo a la Diosa de la Mirada Triste… —respondió con suavidad —Una diosa misericordiosa que solo busca la paz y el amor.
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—Claro… —replicó Alec con sarcasmo —Eso es lo que dicen todos los malditos cultistas chiflados.
La sacerdotisa rió con suavidad, un sonido que parecía genuino y extra?o a la vez.
—Tienes razón… —dijo, con un ligero toque de ironía —Suelen ser así…
A medida que se acercaba más a Alec, un suave aroma comenzó a emanar de la mujer, una fragancia que parecía envolverlo como una cálida brisa. Era relajante, casi hipnótica, y Alec sintió cómo su cuerpo, tenso hasta entonces, comenzaba a ceder.
El joven caballero apretó los dientes, luchando contra la sensación.
—?Qué es lo que realmente quieres? —preguntó finalmente, tratando de mantener su postura firme.
—Debe ser duro, ?Verdad? Enterarte de la verdad de esa forma… —La mirada de Alec tembló al escuchar sus palabras, una punzada de incertidumbre atravesó su pecho.
—?Cómo sabes…? —preguntó, lleno de desconfianza.
—Eso no importa, querido… —la mujer susurró con una suavidad inquietante —Lo importante es… que te han fallado.
Alec dio un paso atrás, pero la mujer lo alcanzó, acariciando su rostro con un gesto que pretendía ser reconfortante, pero solo lo hizo sentir más vulnerable.
—Has trabajado duro toda tu vida… luchando por ser merecedor del lugar que te dieron… solo para descubrir que todo era una mentira. —Su voz era casi un susurro, como si tratara de sembrar la semilla del resentimiento.
—No sabes nada de mí… —replicó Alec, su furia estaba resurgiendo, y sus ojos temblaron con ira contenida.
—No… al contrario. —dijo ella, con una calma que cortaba como un cuchillo —Sé todo sobre ti. Conozco el esfuerzo titánico que has tenido que hacer para llegar hasta aquí. Pero madame Lothrim nunca te elogió, ?O sí? Solo trataste de ser un buen hijo, pero al encontrar su verdadero nieto, su verdadera sangre… te apartó sin dudarlo.
Las palabras de la sacerdotisa hicieron eco en la mente de Alec, cada sílaba calaba profundo en su interior.
—?Qué quieres de mí? —preguntó, su voz se rasgaba por la mezcla de frustración y confusión.
La mujer se apartó lentamente, bajando la cabeza, antes de postrarse sobre su rodilla en un gesto solemne, casi teatral.
—Alec… cada día, inocentes sufren por culpa de los nobles y su talento… ?Y qué pasa con aquellos que luchan sin poder? ?Con los que no tienen nada, pero se esfuerzan hasta el agotamiento? Nadie se preocupa por ellos… pero eso puede cambiar… —Elevó su rostro hacia él, sus ojos brillaron con una intensidad ferviente —Tú eres la persona que hemos estado esperando… el elegido para liberarnos del yugo de la tiranía… eres nuestro futuro se?or, el elegido de la Diosa.
Alec soltó un suspiro, con sus ojos llenos de escepticismo.
—?De verdad crees que voy a creerte? ?Así, sin más…? —El sarcasmo flotaba en su voz, pero había algo más, algo que se estaba despertando en su interior.
—No, sé que no lo harás… no eres tonto, esa es una de las razones por las que te elegimos. —La sacerdotisa dejó escapar una ligera sonrisa, como si hubiera previsto su reacción —Sin embargo, queremos que sepas que puedes confiar en nosotros. Es por eso que preparamos algo para ti.
Con un movimiento suave, la mujer deslizó su mano entre su escote y extrajo un papel doblado, que ofreció respetuosamente a Alec.
—Esta es una lista de algunos estudiantes que han cometido actos atroces. Como infiltrada, puedo conseguirte pruebas… Podrás recuperar tu honor frente a tu familia. —La voz de la sacerdotisa se tornó casi persuasiva, como si le estuviera ofreciendo una salida, una oportunidad para redimir todo lo que había perdido.
Alec tomó el papel, aún desconfiado, y lo guardó en su bolsillo.
—Aun así… no esperes que te dé una respuesta positiva. Mi deber es atraparlos a todos ustedes. —El tono de Alec se endureció, sin vacilar, como si estuviera reafirmando su lealtad hacia su propia misión.
—Lo sabemos… y queremos ayudarte en tu camino. Es por eso que la Diosa te ha elegido. —La sacerdotisa asintió con una mirada profunda, como si todo ya estuviera escrito —Así que… —Sacó de nuevo una pulsera de su escote. Una joya deslumbrante, reluciendo con runas azules que brillaban con una luz misteriosa —Si cambias de opinión, puedes contactarme usando este artefacto. No lo olvides… nosotros siempre estaremos de tu lado, elegido.
El aire a su alrededor parecía volverse denso, la oferta de la mujer pesaba sobre Alec como una carga invisible. Mientras ella se alejaba lentamente, sus palabras resonaban en su mente: "Nosotros siempre estaremos de tu lado..."
La voz de la sacerdotisa resonó por última vez, etérea y penetrante, antes de que su figura se desvaneciera en un humo negro que se disipó rápidamente en el aire. Alec permaneció inmóvil, con la pulsera en la mano, sus pensamientos estaban enredados en un torbellino de incertidumbre. Su mirada permaneció fija en la joya, mientras la soledad de la calle comenzaba a envolverlo.
El sol comenzó a hundirse en el horizonte, y las primeras sombras de la noche se extendieron por la academia. En la distancia, el castillo que resplandecía sobre la isla estrellada se alzaba como un faro en la penumbra. En su interior, Cáliban discutía con Lady Lidia mientras ambos examinaban el cuerpo inconsciente de Dimerian.
—?Cómo está? —preguntó Cáliban, con su tono calmado pero cargado de preocupación.
—Está estable… —respondió Lidia, tocando la frente de Dimerian con delicadeza —No tiene heridas físicas, pero su cuerpo está debilitado, probablemente por esa… cosa.
Cáliban cerró los ojos y concentró su poder, examinando con cuidado cualquier posible rastro de maleficio o da?o interno. Sin embargo, no encontró nada inusual en su cuerpo. Reinhard, a su lado, tomó la mu?eca de Dimerian para verificar sus pulsaciones.
—Parece que está bien… al menos por ahora. —Reinhard alzó la vista hacia Cáliban, expectante —Líder, ?Qué harás con él?
Había un leve destello de esperanza en las palabras de Reinhard. Sabía que, si Cáliban lo permitía, Dimerian podría unirse a su causa, convirtiéndose en un aliado más en la lucha. Pero Cáliban frunció el ce?o. No deseaba involucrar a cualquiera en su guerra, mucho menos a alguien que no estuviera listo para el peso que significaba cargar con ese destino.
—Llévalo a la enfermería. —ordenó finalmente, con una voz firme —Invéntate cualquier excusa a la doctora Mirne, pero asegúrate de que no despierte antes.
Reinhard suspiró con resignación, sintiendo que una oportunidad se deslizaba entre sus dedos, pero no cuestionó la decisión. Asintió y procedió a levantar el cuerpo de Dimerian con cuidado, llevándolo hacia la salida.
Lady Lidia, por su parte, se levantó con una ligera reverencia hacia Cáliban.
—Me retiraré a entrenar con el libro que me diste. —anunció antes de salir de la sala, dejando a Cáliban con un silencio momentáneo.
Joseph, quien se encontraba al fondo de la habitación, se acercó tambaleándose. Su caminar era pesado, y su mirada, vacía y demacrada, hablaba de noches sin descanso.
—Cá… Cáliban… yo… —balbuceó antes de desplomarse.
Cáliban reaccionó rápidamente, atrapándolo entre sus brazos y llevándolo hasta la cama más cercana. Lo recostó con cuidado, observando con preocupación el lamentable estado de su compa?ero. Sus ojos hundidos estaban rodeados de profundas ojeras, y su piel pálida mostraba cuán debilitado estaba tanto en cuerpo como en espíritu.
—?Cómo te sientes? —le preguntó Cáliban, con su voz amable, tratando de darle algo de consuelo.
—Siento que muero… —respondió Joseph, apenas audible. Su voz temblaba con cada palabra —Las pesadillas no abandonan mi mente. Aunque tome un ba?o medicinal y sane mi cuerpo, mi mente… mi mente está atrofiada…
Cáliban se sentó a su lado, posando las manos sobre las rodillas.
—Cuéntame… —dijo con un tono paciente, dejando espacio para que Joseph se desahogara.
Joseph suspiró profundamente, cerrando los ojos como si intentara expulsar sus tormentos, pero solo logró traerlos a la superficie.
—Los veo, Cáliban… —murmuró, sus dedos crispados arrugaron las sábanas —Todas las noches… veo a mi madre, a mi hermana, a mi hermano… a mi padre… llamándome desde las sombras. Me preguntan, “?Por qué? ?Por qué no estuviste ahí para salvarnos? ?Por qué solo te quedaste viendo?” —Un sollozo desgarrador rompió su voz mientras lágrimas rodaban por su rostro —Esto… esto me está consumiendo.
Cáliban lo escuchaba en silencio, sin interrumpirlo, dejando que Joseph liberara su angustia acumulada.
—No soy tan fuerte como tú, Cáliban… —continuó Joseph, quebrándose con cada palabra —Yo… no sé qué hacer. Supongo que, al final, este es el castigo que merezco…
Las lágrimas cayeron en silencio, formando peque?os riachuelos que se perdían en las sábanas. Cáliban tomó aire, sabiendo que sus palabras tendrían que ser medidas y precisas. Sabía que el peso que Joseph cargaba era demasiado grande para ser levantado fácilmente, pero no podía permitir que sucumbiera a él.
—Joseph… —empezó Cáliban, inclinándose un poco hacia su compa?ero, su voz se cargaba de determinación —No estás solo en esto.
Cáliban observó con profunda tristeza cómo su amigo era consumido por los recuerdos y los fantasmas del pasado. Cada palabra de Joseph parecía un grito ahogado en la oscuridad de su mente.
—Joseph… no había nada que pudieras hacer… —dijo Cáliban con firmeza, parte de su voz era calmada pero cargada de empatía.
—Pero al menos… —intentó replicar Joseph, con un atisbo de desesperación.
—?No! —interrumpió Cáliban, mirándolo directamente a los ojos. Sus pupilas carmesíes brillaban con una determinación inquebrantable —No hay nada que pudieras hacer. Eras solo un ni?o. Nada de lo que hubieras dicho o hecho habría cambiado el resultado. Además… ?Murieron por tu culpa? No te equivoques. Ellos no murieron por ti… ellos están aquí todavía contigo, Joseph… solo que no te das cuenta.
Joseph desvió la mirada, su semblante se torció con una mueca de amargura.
—Oh, créeme… estoy seguro de que siguen aquí… —dijo con sarcasmo —Tratando de devorarme en mis sue?os.
Cáliban alzó la vista por un momento, como si buscara las palabras adecuadas en algún rincón de su alma.
—Joseph… ellos no murieron por odio, ni por castigo. Ellos dieron su vida por ti. Para que pudieras sobrevivir, para que pudieras tener una oportunidad, incluso en el rincón más peque?o y seguro del continente. Sé que tienes miedo, y sé que no es fácil cargar con todo esto… pero créeme, lo que te persigue no es desgracia. Es amor.
Joseph intentó procesar las palabras de su maestro. Aunque resonaban con fuerza, las cadenas de su culpa seguían atándolo, y su mirada apagada reflejaba su lucha interna. Su cuerpo, agotado tanto física como emocionalmente, comenzó a ceder.
—Descansa, Joseph… —murmuró Cáliban mientras colocaba una mano sobre la frente de su amigo. Invirtió una peque?a cantidad de su energía, sumiendo la mente de Joseph en un estado de hibernación. Por unas horas, al menos, estaría libre de su tormento.
Cáliban se levantó, acomodando las mantas alrededor del cuerpo frágil de Joseph. Mientras observaba a su amigo dormir, una voz resonó en la habitación, clara pero cargada de preocupación.
—Ayúdalo… —pidió Alízea, la sílfide de viento, con melancólia.
Cáliban no respondió de inmediato. Su expresión se endureció mientras desviaba la mirada hacia la ventana.
—No… —respondió finalmente, frío y distante —Esto es algo que él tiene que superar por sí mismo, si realmente quiere seguir adelante.
—?Eso no es cierto! —gritó Alízea con una mezcla de enojo y angustia —?Está muriendo! ?Podría no sobrevivir hasta ma?ana o pasado! ?Eres su maestro! ?Por qué no lo ayudas? ?Deberías protegerlo!
Cáliban se mantuvo impasible, comenzando a alejarse hacia la puerta.
—No es mi lugar salvarlo. Su fuerza no vendrá de mí. —dijo sin volverse, carente de emoción.
La peque?a sílfide, indignada por la indiferencia de Cáliban, alzó una mano y lanzó una ráfaga de viento hacia él, lo suficientemente fuerte como para advertirle, pero sin intención de herir. Sin embargo, su acción sólo logró avivar la furia contenida de Cáliban.
En un movimiento rápido, rompió el ataque con un gesto brusco y se giró hacia Alízea, atrapándola por el cuello con una mano firme.
—Tú… —gru?ó, sus ojos carmesíes destellaron con rabia contenida —Cómo te atreves…
La sílfide, a pesar de estar en su control, esbozó una sonrisa desafiante.
—Te lo dije… tú no eres su maestro. —dijo con voz entrecortada, pero llena de convicción —Lo que quieres no es ense?arle… quieres que sea tu perro, alguien a quien usar como una herramienta para tus propios fines. Pero eso no te lo voy a permitir…
Cáliban apretó la mandíbula, luchando por mantener el control de sí mismo. Las palabras de Alízea resonaban, tocando una parte de él que no quería enfrentar. Su mirada se oscureció. Sus dedos se relajaron, soltando lentamente al peque?o espíritu que flotaba frente a él.
—No puedo ayudarlo, aun si me lo pides… —dijo con un tono bajo, casi sombrío.
—??No puedes o no quieres?! —replicó Alízea, cargada de frustración y angustia.
—?No puedo y no quiero! —respondió Cáliban con firmeza, su voz retumbó en la habitación —Esto es algo que él debe afrontar.
—?Pero-!
—Joseph no es débil. —interrumpió con severidad, mirando fijamente a la peque?a sílfide —Su mente, su corazón, su espíritu, nada en él es débil. él podrá superar esto, tengo fe en ello. Pero si lo tomo de la mano y lo guío por el camino, nunca aprenderá a defenderse por sí mismo.
La voz de Cáliban se suavizó, pero no perdió su determinación.
—Joseph tiene una lucha que pelear. Pero es una batalla interna, contra sí mismo… y esa es una guerra en la que no puedo, ni quiero interferir. Ni siquiera si me lo suplicas, Alízea.
El espíritu bajó la cabeza, y peque?as lágrimas brillaron en sus ojos etéreos. Sollozaba mientras miraba a su amo en aquel estado de debilidad. Quería ayudarlo, quería tomar parte en su dolor, pero sus poderes le impedían interferir en el plano material. Resignada, Alízea regresó a su interior, dispuesta a hacer lo único que podía. Permanecer cerca de Joseph, aunque fuera desde otro plano, para que al menos supiera que no estaba solo.
Cáliban caminó hacia la puerta, deteniéndose un instante para mirar a Joseph por encima del hombro. Aunque sus palabras fueran firmes, eso no significaba que no le doliera ver a su discípulo en ese estado. Fue entonces cuando lo vio.
Cuatro estelas de luz flotaban alrededor de Joseph, tenues pero constantes, siempre a su lado. Estaban cuidándolo, velando por él, incluso si nadie podía verlas o sentirlas. Cáliban apenas podía percibir su presencia, pero no cabía duda de que estaban allí. Sin embargo, lo que sí podía sentir con claridad era la tristeza que irradiaban, un dolor profundo y una impotencia que se arremolinaba a su alrededor. Las estelas parecían querer abrazarlo, reconfortarlo, dándole el calor que él mismo no podía sentir.
Cáliban sonrió levemente, como si entendiera algo que no podía expresar.
—Cuida de él… —murmuró antes de salir por la puerta, deseando en silencio que su amigo pudiera tener al menos una noche tranquila.
En la sala principal, Cáliban regresó a los registros de los diarios del profesor Cunim, leyendo con paciencia bajo la tenue luz de las lámparas. Sus ojos recorrían las páginas con intensidad, pero su mente estaba parcialmente distraída. Fue entonces cuando Lord Xander entró por la puerta, con un semblante serio y decidido.
—Tengo una noticia importante, se?or…
—?Qué sucede? —preguntó Cáliban, dejando a un lado el diario para prestarle atención.
—La profesora Sill ha despertado finalmente… —dijo Xander, con un brillo de expectativa en su mirada —Creo que podríamos hacerle una visita nocturna.
Cáliban asintió de inmediato, poniéndose de pie.
—Es una oportunidad que no podemos dejar pasar. —dijo, saliendo de la sala junto a lord Xander.
La noche envolvía el hospital de Hilloy con un aire de quietud espeluznante. En una de las habitaciones, la doctora Mirne revisaba cuidadosamente el estado de la profesora Sill. Su rostro mostraba claros signos de cansancio; las largas jornadas comenzaban a pasarle factura.
—Te ves fatal… —murmuró Sill, con una voz apagada pero te?ida de ironía mientras observaba las profundas ojeras de la doctora.
—Mira quién habla… —respondió Mirne con una sonrisa cansada —No te muevas, ya casi termino con los estudios.
La profesora dejó escapar una ligera risa, pero inmediatamente se llevó la mano al costado, su rostro estaba crispado por el dolor agudo que le provocaban las carcajadas.
—No te rías. —a?adió Mirne con un tono maternal —Te hará da?o.
La profesora Sill asintió débilmente, cerrando los ojos por un momento, mientras la doctora continuaba con su trabajo.
—Dime… Mirella…, ?Qué tan malo es?
La profesora Adelina Sill miró a la doctora con una expresión vacía, como si ya conociera la respuesta. Mirella intentó mantener una sonrisa que no llegaba a sus ojos, luchando por ofrecerle algo de esperanza. Sin embargo, Adelina podía sentir las mentiras en cada pausa, en cada evasión. Sabía que Mirella lo hacía por su bien, pero eso no hacía que fuera más fácil de aceptar.
—No juegues conmigo, Mirella… —dijo finalmente, con un tono serio y firme —Dímelo… dime la verdad de mi condición.
La doctora suspiró, sus hombros se hundieron bajo el peso de las palabras que estaba a punto de pronunciar.
—Tu mente y tu núcleo están destrozados… —admitió con voz apagada, casi en un susurro —Ya es un milagro que sigas con vida. Pero… —se detuvo, dudando, antes de terminar la frase —No volverás a usar magia nunca más. Lo siento, Adelina.
Por un instante, el silencio se apoderó de la habitación, solo roto por una amarga risa de Adelina, que aceptaba su destino con la resignación de alguien que ha perdido demasiado.
—Tranquila… —respondió ella, intentando aliviar la tensión de su amiga —La ciencia y la magia avanzan a grandes pasos. Tal vez en unos a?os encuentren la forma de restaurar un núcleo roto… entonces…
—Está bien, Mirella… —interrumpió Adelina, alzando una mano para detenerla. Su voz se tornó más suave, pero cargada de cansancio —No me des falsas esperanzas. Quiero estar sola, por favor.
Mirella asintió, visiblemente afectada. Sabía que cualquier palabra sería inútil y que lo único que podía hacer ahora era respetar la voluntad de su amiga.
—Lo siento, Adelina… —murmuró antes de salir de la sala, cerrando la puerta tras de sí.
Adelina giró la mirada hacia la ventana. Las estrellas brillaban débilmente en el cielo nocturno, mientras un manto oscuro cubría la ciudad. Su mente estaba inundada de pensamientos sombríos. Su futuro destruido, su talento arrebatado, todo su esfuerzo hecho a?icos por manos ajenas.
Estaba triste, sí, pero sobre todo cansada. ?Qué más podía hacer? Pensó en simplemente desaparecer, en no ser un estorbo para nadie. Fue entonces cuando sintió una presencia. Una sombra se deslizó desde las esquinas de la habitación, y antes de que pudiera gritar, unos dedos gélidos cubrieron sus labios, silenciándola.
—Mucho gusto, profesora… —susurró una voz oscura y serpenteante.
Adelina miró aterrada. Una figura encapuchada, con una máscara que cubría su rostro, se cernía sobre ella como un depredador acechando a su presa.
—Lamento interrumpir sus pensamientos, pero su existencia es una desventaja para nosotros… —La voz era calmada, casi cortés, pero cargada de amenaza —No se preocupe… me aseguraré de que sea rápido.
La figura sacó una daga del interior de su túnica. Adelina trató de moverse, de defenderse, pero su cuerpo no respondía. Sus piernas estaban inmóviles, sus alas rotas, y solo tenía un brazo funcional. Sintió el frío del filo acercándose a su cuello, así que cerró los ojos, aceptando su destino con amargura.
?Sí… supongo que esto es mejor que marchitarme día a día…? —pensó mientras un escalofrío recorría su piel.
Pero, antes de que la daga pudiera cumplir su cometido, una línea roja apareció en el cuello del atacante. En un instante, su cabeza rodó por el suelo, dejando un rastro de sangre que terminó a los pies de Lord Xander.
—Parece que llegué en el momento justo… —dijo con calma, mientras su espada goteaba sangre fresca.
Adelina lo miró, entre el shock y el alivio.
—Lord… Lord Hilloy… ?Cómo supo…?
Xander mantuvo su mirada fija en ella, con sus ojos duros y analíticos estudiando el estado frágil de la profesora. Adelina sintió que había algo más en su presencia, algo que no quería revelar aún.
—?Qué… qué lo trae por aquí esta noche? —preguntó, temblando ligeramente.
—No vine a hacerle da?o, profesora… —respondió Xander, sin moverse.
Adelina dejó escapar una risa amarga, rompiendo el incómodo silencio que se había instalado en la habitación.
—?En serio?… puede que haya perdido mi poder, pero mis sentidos siguen siendo agudos, mi lord…
Con una mirada fija, dirigió su atención hacia un rincón oscuro de la sala. Allí, dos ojos rojos brillaron en la penumbra, encendidos como brasas ardientes. El aire en la habitación se volvió pesado, y una sensación de amenaza palpable llenó el espacio. Adelina sintió un escalofrío recorrer su espalda, su instinto estaba gritándole que algo más estaba a punto de suceder.

