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Capítulo 72: En el calor de tus manos… pude sentir lo que era volver a vivir

  El profesor Yannes examinaba el documento con detenimiento, sus ojos se movían con lentitud entre las líneas, mientras sus facciones oscilaban entre la sorpresa y la resignación. Cada palabra parecía arrancarle una mueca distinta.

  —Bueno… si lleva la firma de madame Lothrim y del director, supongo que no tengo cómo objetarlo. —dijo, dejando escapar un suspiro —Pero dime, ?De verdad estás de acuerdo con esto?

  Cáliban frunció el ce?o, desconcertado.

  —?A qué se refiere exactamente?

  —Me refiero al Gorrión Dorado… Está en el distrito rojo. No es precisamente el lugar más… apropiado para alguien de tu edad. —murmuró con cierta incomodidad.

  —No creo que eso represente un problema para mí. —respondió Cáliban, con voz firme, aunque con una sombra de duda en sus ojos.

  Yannes se llevó la mano a la barbilla, acariciándola en silencio por unos segundos.

  —?De verdad es así?... Muy bien, entonces no hay más que decir.

  Con un gesto pausado, alzó el dedo índice. La marca de la casa en la mano de Cáliban brilló por un instante antes de te?irse de rojo.

  —La marca tiene ahora autoridad para cruzar al distrito. Solo durará veinticuatro horas, pero debería bastar para esta... excursión.

  Cáliban se levantó de inmediato, inclinando la cabeza en se?al de gratitud antes de girarse hacia la puerta.

  —Gracias, profesor.

  Yannes intentó detenerlo, levantando una mano tímida, pero el joven ya estaba fuera de alcance. Se rascó la cabeza con frustración y murmuró para sí mismo, en voz baja:

  —Bueno… supongo que ya habrá tiempo para disculpas.

  Mientras tanto, Cáliban caminaba con paso decidido por los pasillos de la casa hasta llegar a la habitación de Cecilia. Desde dentro llegaban risas suaves y voces animadas, el ambiente parecía festivo. Golpeó la puerta con suavidad. La primera en aparecer fue Nhun, con el ce?o fruncido y la mirada afilada.

  —?Qué quieres?

  —Solo quería hablar con…

  —No puedes. —lo cortó con brusquedad.

  —?Por qué no?

  —Ella te verá allá. —contestó la elfa, con una sonrisa arrogante que no cabía en sus labios.

  —?Allá? Pero… podríamos ir juntos, no es necesario hacer un escándalo con…

  —?No! —lo interrumpió de nuevo, esta vez más irritada —?Una dama necesita tiempo para arreglarse! ?Ve tú primero! ?Y no arruines la sorpresa!

  Nhun cerró la puerta de un portazo. Del otro lado, las risas y murmullos continuaron como si nada. Cáliban suspiró con resignación y volvió a su habitación para prepararse. Una hora más tarde, se encontraba a medio vestir, ajustándose la camisa blanca mientras el reflejo del espejo le devolvía la imagen de su torso moreno, curtido por el tiempo y marcado por cicatrices que contaban historias sin palabras.

  Desde la habitación contigua, Joseph interrumpió su conversación para preguntarle:

  —?Ya sabes qué vas a buscar en la subasta?

  Cáliban bajó la mirada hacia los botones de su camisa mientras respondía con calma:

  —Lo esencial para crear una máquina que tengo en mente…

  Desde la cama, Reinhard, tumbado de forma despreocupada, se incorporó un poco y preguntó:

  —?Y qué más? ?Solo eso vas a hacer?

  Cáliban desvió la vista del espejo, arqueando una ceja.

  —?A qué te refieres?

  —No me digas que solo piensas sentarte a comer y ver la subasta sin decir una palabra…

  —?No es ese el plan? —replicó, con un poco de ironía.

  —?Por supuesto que no! —exclamó Reinhard, saltando de la cama con energía —?Vas a una cita, una cita! No puedes simplemente ir, mirar los objetos, levantar la mano y volver a casa. ?Tienes una acompa?ante!

  —?Eso mismo! —a?adió Joseph, animado —Dile algo lindo, no sé… hazle un cumplido, habla sobre su vestido o algo. Pero no te quedes ahí como una estatua. Si te comportas igual de seco que siempre, Cecilia podría pensar que no quieres estar con ella.

  Cáliban rodó los ojos. Por más que le costara admitirlo, sabían de lo que hablaban. Habían pasado siglos desde la última vez que compartió una velada con una dama. La etiqueta, la conversación trivial, incluso los peque?os gestos… eran ajenos para él ahora. Pero, al menos, confiaba en sus instintos.

  —Está bien, está bien… lo intentaré. —murmuró, suspirando.

  Poco después, salió de su habitación vestido con esmero. Llevaba una camisa blanca impecable, un pantalón oscuro de corte formal, zapatos pulidos a la perfección y un saco. Se aplicó un poco de perfume y alisó su cabello con cera, buscando proyectar una imagen que no hiciera el ridículo.

  Al atravesar la sala, justo antes de salir, Astrid lo interceptó. Sus ojos se abrieron lentamente al verlo. Por un instante, su rostro se ti?ó de un leve rubor.

  —?Estás seguro de que no eres un príncipe? —preguntó, con una sonrisa casi traviesa.

  —?De dónde viene esa pregunta? —replicó él, algo desconcertado.

  Astrid soltó un suspiro y negó suavemente con la cabeza, como si ni siquiera ella supiera la respuesta.

  —Olvídalo… se nota que no lo eres. —dijo Astrid con una sonrisita burlona, mientras le daba la espalda para seguir su camino.

  Desde lo alto de las escaleras, Nhun observaba en silencio, recorriendo a Cáliban con la mirada de arriba abajo. Sus ojos se entrecerraron con una mezcla de sorpresa y aprobación.

  —?Vaya!… te ves decente sin estar cubierto de sangre o sudor. —comentó, cruzándose de brazos.

  Cáliban alzó una ceja, sin dejar de ajustarse el cuello de la camisa.

  —Me gustaría decir lo mismo, pero dudo que algo en ti cambie… ni aunque pases horas arreglándote.

  —?Con esa lengua pretendes besar a mi hija? —disparó Nhun, ofendida.

  —?Nhun! ?Trae tus orejas aquí! —gritó la voz enojada de Cecilia desde el cuarto, seguida de un portazo.

  Nhun palideció ligeramente al escuchar su nombre envuelto en aquella furia contenida, y se escabulló escaleras arriba como una sombra.

  —Bueno, tengo que irme. ?Suerte, líder! —alcanzó a decir, desapareciendo por el pasillo para asistir a Cecilia con el maquillaje.

  Cáliban soltó una leve risa, negando con la cabeza, y salió al exterior. Un carruaje elegante lo esperaba en la entrada.

  Mientras avanzaba por las calles adoquinadas, el paisaje fue cambiando hasta volverse más extravagante. Al aproximarse a una zona delimitada por una barrera mágica, esta se abrió sin que el cochero necesitará tocarla.

  Un cartel brillaba sobre el arco con las palabras escritas, “Distrito Rojo”.

  Mirando por la ventana, Cáliban observó bares con luces parpadeantes, casinos llenos de música estridente y burdeles decorados con cortinas escarlata. Jóvenes estudiantes caminaban tambaleantes, riendo entre tragos y susurros.

  ??Esto… sigue siendo una academia?? —pensó con escepticismo, viendo cómo muchos caían rendidos ante los placeres del lugar.

  Finalmente, el carruaje se detuvo frente a un teatro majestuoso. Su fachada, recubierta de decoraciones sofisticadas, resplandecía bajo la luz de cientos de faroles encantados. Proyecciones mágicas de criaturas míticas flotaban por el aire, y un enorme gorrión dorado de tres colas se alzaba sobre el domo, con la mirada fija en los visitantes que pisaban la alfombra roja.

  —Supongo que les gusta llamar la atención… —murmuró Cáliban mientras descendía del carruaje.

  No tuvo tiempo de admirar mucho más. Una voz familiar lo llamó desde la distancia.

  —?Cáliban! —era lord Xander, acercándose con paso firme, rodeado de sus asistentes —Me alegra que llegaras. ?Dónde está tu cita?

  —No lo sé con certeza. —respondió el joven —Me pidió que me adelantara… parece que necesitaba tiempo para arreglarse.

  Xander rió con suavidad, habiendo escuchado esa excusa más de una vez.

  —Cosas de mujeres, supongo. Por cierto… ?Trajiste algo para la subasta?

  —No sabía que debía traer algo. —respondió con cierta incomodidad.

  —Con el pase premium no es necesario, pero suele ser un gesto de cortesía. —explicó el lord, con tono indulgente.

  Cáliban lo pensó un instante. Luego, alzó una mano y de su anillo invocador surgió un peque?o libro. Un diario con cubiertas negras, bordes metálicos y letras grabadas a mano. Lo había estado trabajando durante semanas.

  —Supongo que esto servirá… este diario contiene notas sobre el manejo de la espada. —explicó Cáliban, entregándolo con cierta indiferencia —Puedes decir que lo encontraste… tal vez le sea útil a alguien en la subasta.

  —Cualquier cosa que venga de ti tiene valor. —dijo lord Xander, tomando el diario con reverencia —Me aseguraré de que se trate con la seriedad que merece.

  Xander se alejó con paso seguro hacia la entrada del teatro, donde entregaría el objeto al encargado de catalogación. Cáliban, mientras tanto, esperó fuera, rodeado por el bullicio del festival. El ambiente estaba rodeado por las luces, la música encantada y las risas de los aventureros que formaban un mar de ruido constante.

  —Todos ellos deben ser de los cursos superiores… —murmuró, observando los rostros despreocupados —Prefieren pasar el día jugando aquí en vez de concentrarse en sus estudios. Qué pretenciosos…

  Sus pensamientos lo sumieron en una nube de juicio silencioso. Hasta que lo sintió. Un aroma dulce y fresco, como melocotón recién cortado, flotó a su alrededor. Luego, una voz suave lo sacó del ensimismamiento.

  —Buenas noches, Cáliban…

  —Cecilia, te estaba esper-

  Al girar la cabeza, las palabras murieron en su garganta.

  Pensó que ya nada podía sorprenderlo. Había caminado entre el fuego y la oscuridad. Había conocido la traición, el calor de una familia, la pérdida irreparable y el peso del honor. Y, sin embargo, en ese instante… como si el mundo se detuviera a su alrededor, sintió que el corazón le latía con una fuerza dolorosa.

  Cecilia estaba ahí, iluminada por la luz plateada de la luna y los reflejos dorados del teatro. Llevaba un vestido largo, negro como la noche, que resaltaba el brillo de su piel clara. Sus labios rosados brillaban con un leve destello, curvados en una sonrisa serena. Su cabello oscuro caía como un velo de seda sobre sus hombros desnudos, y sus ojos… sus ojos eran estrellas recién nacidas, cálidos, puros e infinitos.

  Su cuello, corto y delicado, parecía esculpido con devoción, y su figura avanzaba con la gracia de quien no necesita ser vista para hacerse notar. Era hermosa. Dolorosamente hermosa.

  Y Cáliban, por primera vez en siglos, se quedó sin palabras.

  Una punzada cruzó su pecho. No de emoción, sino de miedo. Miedo de recordar. De repetir. De revivir la misma pérdida. No podía evitarlo. En ella veía todas las vidas que compartieron. Todos los finales trágicos. Todos los errores. Cada vez que falló. Cada vez que la perdió.

  Apartó la mirada un momento. Verla dolía más que ver directamente al sol.

  —Te… te ves bien. —logró decir, con la voz áspera, sin atreverse a sostenerle la vista.

  Cecilia se acercó con la ternura de quien conoce una herida invisible. Alzó la mano con suavidad y acarició la mejilla de Cáliban, apenas rozándolo, como si temiera que pudiera romperse.

  —?Estás bien? —preguntó, genuinamente preocupada.

  Cáliban tomó su mano entre las suyas, como si se tratara de una joya frágil.

  —Lo siento… estoy bien. Es solo que… —titubeó, buscando entre los escombros de sus emociones una palabra que no sonara hueca.

  Finalmente, alzó la vista y la contempló. No como un recuerdo, sino como una verdad presente.

  —Estás hermosa. —susurró, sin aliento —Entre todas las luces de este lugar… tú eres la que más resplandece.

  El corazón de Cecilia latió con fuerza al escuchar aquellas palabras. Eso era lo que ella anhelaba, ser vista, ser deseada… que Cáliban la mirara con esos ojos que parecían atravesar el tiempo. Sin decir más, sonrió, feliz como una ni?a que por fin recibe el regalo que siempre so?ó.

  —?Gracias! —dijo con dulzura, con una chispa de emoción contenida.

  Sin soltar su sonrisa, tomó el brazo de Cáliban, entrelazándose como si el tiempo jamás los hubiera separado, como si fueran amantes reencontrados tras una larga eternidad.

  Caminaron juntos hacia el interior del Gorrión Dorado.

  Y no fue solo Cáliban quien se quedó sin aliento. Al cruzar las puertas doradas, la presencia de Cecilia atrajo todas las miradas. Jóvenes y adultos por igual quedaron cautivados ante su figura luminosa. Sus pasos despertaron silencios, suspiros y, en muchas de las invitadas más distinguidas, celos mal disimulados.

  Cáliban frunció el ce?o. Sintió cómo la atención excesiva lo incomodaba. Cecilia noto su disgusto. Con una gentil sonrisa, preguntó:

  —Je, je… ?Qué sucede? ?Acaso te dan celos?

  —La verdad… creo que si.

  La sinceridad de Cáliban fue como un balde de agua fría para ella. El sonrojo que cubrió el rostro de Cecilia fue instantáneo. La cercanía era tal que podía sentir el tambor incesante del corazón de su acompa?ante, palpitando con fuerza, con vida… con amor.

  Pero incluso así, ella no dejó de sonreír.

  En ese momento, lord Xander se les acercó con su porte usual y una sonrisa afable en los labios.

  —Vaya… se ve increíblemente preciosa esta noche, se?orita Thorm. —comentó con tono educado.

  —Gracias, lord Hilloy. —respondió Cecilia, haciendo una leve reverencia.

  Tras él, una mujer de un largo cabello violeta tosió suavemente, esperando con elegancia su momento para intervenir. Lord Xander lo captó de inmediato.

  —Ah, claro. Permítanme presentarles a mi cu?ada, lady Berenice Montgard, encargada del Gorrión Dorado.

  Lady Berenice se acercó con paso grácil, su figura era voluptuosa y vestida con elegancia. Miró a ambos mientras continuaba meneando un sofisticado abanico que parecía parte de su esencia.

  —?Pero qué parejita más encantadora! —exclamó con entusiasmo —Espero que disfruten de la velada. Me aseguré personalmente de dejarles el mejor balcón. Una vista perfecta para que puedan observar la subasta desde las alturas. Disfruten… lo merecen.

  Tras unas reverencias juguetonas, Berenice se alejó para recibir a los demás invitados, lanzando sonrisas y saludos teatrales por igual.

  De repente, Cáliban sintió una presencia proveniente de la lejanía. Un susurro oscuro. Sintió cómo sus sentidos, entrenados durante siglos, se activaban con un escalofrío en la nuca.

  ?Lord Xander… siento una presencia maligna. Hay un partidario entre nosotros.?

  Xander, que aún no se alejaba demasiado, frunció el ce?o, sorprendido por la se?al telepática.

  ??Estás seguro? Hay mucha gente aquí, Cáliban…?

  ?Fue solo por un instante… pero lo sentí. Sin duda alguna.?

  Los ojos del se?or recorrieron el salón con disimulo, buscando algo, cualquier cosa fuera de lugar entre la multitud resplandeciente.

  ?Pudo haberse ocultado ya…?

  ?Te ayudaré a encontrarlo.?

  El aire dentro del Gorrión Dorado seguía colmado de risas, música y conversaciones animadas. Pero bajo esa superficie encantadora… algo se movía en las sombras.

  ?No, mi se?or… su única tarea hoy es tener su cita. Disfrute de esta noche… creo que puedo apa?ármelas solo.?

  ?Bien.? —pensó Cáliban, soltando un leve suspiro que no pasó desapercibido.

  Cecilia, atenta al más mínimo cambio en su expresión, le apretó su brazo con suavidad.

  —?Pasa algo?

  —Ah… no. Nada importante. —respondió, forzando una media sonrisa —Será mejor que vayamos a nuestro lugar.

  En ese momento, el boleto entregado por lord Xander flotó suavemente entre ellos, envuelto en un resplandor dorado. Comenzó a moverse por el aire, como si les indicara el camino. Cáliban y Cecilia lo siguieron a través de pasillos adornados con candelabros flotantes y vitrales encantados, hasta llegar a una gran puerta ornamentada con relieves en oro y plata.

  Cuando se detuvieron frente a ella, el boleto brilló intensamente y las puertas se abrieron por sí solas, revelando una sala privada exquisitamente decorada. Una mesa vestida con un mantel blanco, cubiertos de plata y dos copas de cristal esperaba por ellos. Cáliban ofreció el asiento a Cecilia con gentileza, ayudándola a acomodarse antes de tomar lugar frente a ella.

  Desde allí, el espectáculo era perfecto. A un lado, la luna llena se mostraba majestuosa a través de un amplio ventanal, dejando que la brisa nocturna acariciara la piel de ambos. Al otro, la vista al escenario principal del teatro se desplegaba como una escena viva.

  Cecilia tomó la carta del menú. Recorrió con los ojos cada nombre extra?o, rebuscado y exótico sin saber qué elegir.

  —?Tú… qué vas a pedir? —preguntó con cierta timidez, buscando conversación.

  —No lo sé. Cualquier cosa está bien… no soy exigente con la comida. —respondió él, sin mucho interés.

  Ella bajó la mirada. Su intento por romper el silencio había fallado, y el breve desencanto se reflejó en sus ojos. Sin embargo, justo en ese momento, una campanada suave resonó desde el podio central.

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  El maestro de ceremonias apareció, vestido con un traje impecable y una máscara decorada con plumas. Dibujó con elegancia una runa amplificadora en el aire.

  —?Buenas noches, nobles clientes! —exclamó con entusiasmo, haciendo una reverencia teatral —?Gracias por honrarnos una vez más! ?Damos inicio a la gran subasta del Gorrión Dorado!

  Una doncella, envuelta en seda púrpura, retiró el velo del primer objeto. Para sorpresa de Cáliban, el artículo inaugural era su propio diario.

  —Este libro fue escrito por un auténtico maestro marcial. —anunció el presentador con voz embellecida —Un legado exclusivo, cedido por uno de nuestros clientes más discretos. En sus páginas, se ocultan las más elevadas artes del combate.

  Estaba claro que exageraba. No sabía realmente quién lo había escrito. Pero era su deber venderlo, y haría lo necesario para despertar el interés.

  —?La puja comenzará en 1000 Oloruns!

  Un silencio incómodo se apoderó del salón. Nadie levantó la mano. Cecilia dirigió una mirada apenada a Cáliban.

  —Bueno… no todos aprecian la buena lectura. —comentó con suavidad, intentando no herirlo.

  Cáliban no reaccionó de inmediato. Observó el libro en silencio, con los ojos entrecerrados. Luego, exhaló.

  —Está bien. —dijo al fin —No es como si me importara…

  El trabajador en el podio comenzó a sudar, incómodo por el silencio que se prolongaba. Nadie se atrevía a hacer la primera oferta. La mayoría prefería esperar el siguiente objeto. En realidad, no los culpaba, los libros de autores célebres o reliquias de mazmorras solían ser piezas vistosas, cubiertas en metales preciosos, bordadas en oro, o impresas con tintas encantadas que despertaban visiones en quienes los leían. A ojos de todos, el que yacía sobre el atril era apenas un libro común. Un fraude, quizás.

  Justo cuando la asistente extendía la mano para cubrirlo nuevamente, una marca se alzó desde el otro extremo de las gradas. La puja fue hecha. Un hombre, de porte firme y uniforme condecorado, se levantó ligeramente en su asiento. Su rostro estaba atravesado por cicatrices y su mirada era dura, calculadora. Portaba un aire militar, al igual que su cabello, que parecía haber sido cortado de forma milimétrica.

  —?Está seguro de que es ese? —preguntó en voz baja a su asistente, sin apartar la vista del podio.

  Un hombre joven de aspecto delgado y porte recto le contestó.

  —Sí, se?or. Vi con mis propios ojos cómo un joven se lo entregó a lord Hilloy esta misma noche. Creo que ese joven ha sido recientemente apadrinado por él. Creo que incluso está presente hoy…

  El hombre asintió.

  —En ese caso, adelante.

  No lo hizo por el contenido del libro, ni por un súbito interés en técnicas marciales. Era una inversión estratégica. Un gesto para tender puentes con lord Xander. Mil Oloruns no eran nada si podían abrirle las puertas de una alianza valiosa.

  —?Mira! ?Parece que alguien compró tu libro! —exclamó Cecilia, ilusionada.

  Cáliban giró su copa lentamente, observando el líquido danzar dentro del cristal.

  —Hmm… —fue lo único que murmuró, sin demostrar entusiasmo alguno.

  —?La puja termina a la una!... ?A las dos!... ?A las tres!... ?Vendido al cliente de la sala 45! —anunció el maestro de ceremonias con entusiasmo.

  La asistente retiró el libro con destreza, entregándolo al personal encargado. La subasta continuó con otros artículos, muchos de ellos de gran valor. Cáliban, con la aprobación de Bardrim y Lord Xander, no escatimó en gastos. Su mano se alzó más de una vez, dominando la puja y asegurando varias adquisiciones importantes.

  Pero en su concentración, olvidó lo esencial… la cita.

  Los clientes permanecieron en el teatro, ahora convertida la sala en un elegante comedor. Una orquesta clásica llenaba el ambiente con una música sutil y refinada, perfecta para una velada de gala.

  En su mesa privada, Cecilia no probaba bocado. Miraba su reflejo distorsionado en la superficie de la sopa, girando la cuchara con movimientos suaves y distraídos. Había perdido el apetito.

  —Y dime… ?Cómo era tu vida en villa Reidell? —preguntó de pronto, en un intento por romper el hielo.

  Cáliban no dudó en responder.

  —Huérfano. Cada día era una lucha. Trabajaba sin descanso para pagar la deuda de mis padres… simplemente sobrevivía.

  —Oh… yo… lo siento… —susurró ella, bajando la mirada con pesar.

  —Está bien. —respondió él, tomando un sorbo de su copa.

  Cecilia buscaba algo más, algo a lo que aferrarse para mantener viva la conversación, pero se sentía completamente perdida. Sabía muy poco de él, y no quería seguir fallando. Soltó un suspiro silencioso, rendida a la incomodidad del momento.

  Entonces, inesperadamente, Cáliban habló:

  —Lo siento…

  La voz de Cáliban, grave y sincera, sacó a Cecilia de sus pensamientos. él dejó la copa con cuidado sobre la mesa, observando el vino rojo como si pudiera leer respuestas en su reflejo. Para los demás, era la imagen de un joven fuerte y apuesto… pero él solo veía el cansancio grabado en sus ojos.

  —No estoy acostumbrado a este tipo de situaciones. —a?adió, sin mirarla directamente —No quiero que pienses que no disfruto tu compa?ía… al contrario. Solo… me cuesta.

  Cecilia acarició con nerviosismo la piel de su cuello, insegura.

  —Está bien… yo tampoco tengo experiencia. Es mi primera cita, en realidad…

  él asintió, y dio otro sorbo a su copa. El momento era propicio para acercarse un poco más, para saber de ella. Su historia le intrigaba.

  —Dime… ya conoces parte de mi pasado. No soy nada especial. Pero tú… tú sigues siendo un misterio para mí. ?Cómo era tu vida en Reidell?

  La pregunta no la sorprendió, pero sí le apretó el pecho. Cecilia bajó la mirada, sus dedos buscaron instintivamente las pulseras en sus mu?ecas… y entonces notó el frío y la ausencia.

  Su rostro palideció.

  ?No… no, no… ?Mis pulseras! ?Maldición! Las dejé en casa…?

  Cáliban la observó con atención.

  —?Pasa algo?

  —?Qué? ?No! Claro que no, todo está bien… solo necesito… necesito ir al ba?o.

  Se levantó con rapidez, sin darle tiempo a responder. Caminaba con las manos entrelazadas, evitando por todos los medios tocar algo. Una de las asistentes se ofreció a darle indicaciones, pero Cecilia declinó con brusquedad.

  Al llegar al tocador, cerró la puerta tras de sí y se apoyó en el lavabo. Su respiración era agitada, su rostro encendido.

  —?Cómo pude ser tan idiota? Hoy, precisamente hoy, tenía que olvidar las pulseras…

  La angustia la abrumaba, pero entre los pensamientos desordenados, algo brilló en su mente. El momento en que tomó a Cáliban de su brazo.

  ?Espera… al entrar al teatro… todo parecía normal… ?Cómo es posible??

  Se giró hacia un peque?o arreglo floral sobre el tocador. Las flores, frescas y aromáticas, decoraban con delicadeza el lugar. Con duda temblorosa, extendió un dedo y las tocó. En un segundo, las flores murieron. Se marchitaron al instante, quedando negras y rotas. Como si la vida les hubiera sido robada de golpe.

  —No… aún sigue igual. —susurró, desanimada.

  Al salir, intentó recomponerse, pero al abrir la puerta encontró a Cáliban esperándola. Estaba recargado con calma contra la pared, su presencia era imponente incluso en la quietud.

  —?Estás bien? Lucías bastante alterada…

  —?Qué? ?No! Claro que no. Quiero decir… sí… estaba…

  Titubeó. Su mente daba vueltas. Las palabras se atropellaban. Cáliban se acercó lentamente, preocupado, alargando una mano hacia su hombro para examinarla mejor.

  Pero Cecilia retrocedió de golpe, con el rostro al borde del pánico.

  —?Es que… me llegó el periodo!

  El pasillo se enmudeció. La frase flotó, suspendida en el aire como una explosión silenciosa. Cáliban parpadeó. Luego, con torpeza, carraspeó para intentar disimular su incomodidad.

  —Ah… ya veo. Lo siento. Debe ser… complicado. Volveré a la mesa. Si quieres que nos vayamos, solo dímelo.

  —S… sí… —alcanzó a responder ella, forzando una sonrisa débil.

  Cuando él se alejó entre las sombras del pasillo, Cecilia no pudo sostener más el peso de todo. Se dejó caer lentamente al suelo, cubriéndose el rostro con las manos.

  —Quiero desaparecer… ?Por qué le dije eso?

  Una voz suave y casi burlona, resonó a su lado.

  —No lo sé… debes tener tus propios problemas.

  Cecilia giró bruscamente hacia un lado, con el corazón acelerado. Ahí estaba Cáliban, de pie junto a ella, como una sombra silenciosa.

  —??Qué…?! ??Cómo…?! ?Pero yo te vi caminar hacia…!

  —Sí… —interrumpió él con serenidad —No creí lo que dijiste. Pensé que había algo más… así que me quedé cerca. Y parece que tenía razón.

  Cecilia desvió la mirada, mordiéndose el labio. El rubor de la vergüenza se extendía por sus mejillas.

  —No sé de qué hablas…

  Cáliban dio un paso lento, con intención de tomar su mano, de ofrecerle aunque fuera un gesto de consuelo. Pero ella se apartó de nuevo, incapaz de recibir su tacto.

  —Está bien. —dijo él con suavidad —No puedo obligarte a confiar en mí. Entiendo que es difícil… o incluso imposible, confiar en alguien a quien apenas conoces. Y yo… no me he comportado como alguien digno de esa confianza.

  La sinceridad en su voz era clara, sin reproche ni exigencia.

  —Solo quiero que sepas… —a?adió —que sea lo que sea, te apoyaré.

  Sin decir más, se levantó del suelo y comenzó a alejarse por el pasillo. Sus pasos resonaban sobre el mármol, mientras sus pensamientos se agitaban en su mente como tormenta. Quería entenderla, conocerla… pero sin herirla ni presionarla. Y eso le dolía más de lo que esperaba.

  Entonces, una voz lo detuvo.

  —?Espera!

  Cáliban se giró, y ahí estaba ella, corriendo tras él, con el rostro encendido y la respiración entrecortada.

  —?Qué sucede? ?Quieres que nos vayamos?

  —?No! No… —jadeó, y luego cerró los ojos, luchando por reunir valor —Solo que… necesito que me prometas algo.

  —?Qué cosa?

  —Promete que, sin importar lo que te diga, seguirás tratándome igual.

  Cáliban no dudó. Miró a Cecilia directo a los ojos y respondió:

  —Lo prometo.

  La firmeza en su respuesta trajo un atisbo de calma al rostro de Cecilia. Respiró hondo y tragó saliva. Las palabras se acumulaban en su garganta, pero ninguna salía. Hasta que él volvió a hablar, esta vez con una dulzura inesperada.

  —Cecilia… no importa lo que me digas. No voy a dejar de quererte.

  La frase resonó como un canto en su mente. Sincero, cálido y devastador. Como una llave que rompía la prisión de su miedo. Cecilia alzó la mano, temblorosa. Su piel era suave, sus dedos delicados, casi frágiles. Los acarició con tristeza.

  —Yo nací… con una maldición. —confesó al fin, con un hilo de tristeza en su voz —Todo lo que toco… muere. No importa qué sea. Personas, animales, plantas… todo muere por mi culpa.

  Sus ojos se humedecieron, pero se obligó a continuar.

  —Desde peque?a lo supe. Fue en mi cumplea?os número doce…

  Las lágrimas cayeron sin ruido. No buscaba compasión. Solo necesitaba ser escuchada.

  Cáliban se quedó en silencio unos segundos, asimilando lo que acababa de escuchar. Una maldición como aquella no era común. Ni siquiera entre los portadores de magia más inestable.

  —?Es por eso que llevas esas pulseras? —preguntó con suavidad.

  —Sí… —respondió Cecilia, bajando la mirada —Fueron un regalo de mi madre antes de morir. Mi padre… nunca quiso decirme por qué me las dio o si sabía que yo iba a nacer así. Tal vez… —su voz tembló —tal vez esto es un castigo de…

  Antes de que pudiera terminar, Cáliban tomó sus manos entre las suyas. Con firmeza, pero con respeto, como si sujetara algo frágil. Cecilia se sobresaltó de inmediato.

  —??Qué haces?! ?Es peligroso! ?Es…! ?Estás bien?

  Cáliban examinó sus propias manos, sus brazos, luego su rostro. Nada. No sentía ningún cambio.

  —?Segura de que estás maldita? —preguntó con calma.

  —?Claro que sí! ?Se supone que deberías estar muerto! ?Cómo es posible…?

  Desconcertada, Cecilia comenzó a tocarlo apresuradamente. El pecho, los brazos, el rostro. Buscó alguna reacción, alguna se?al… pero no pasó nada.

  ??Será porque ya he muerto una vez…?? —pensó Cáliban. ?La maldición de Astrid tampoco me afecta… quizás ya soy otra cosa…?

  —?Por qué no te afecta? —susurró Cecilia, acariciando con un dedo su mejilla —Qué raro…

  Cáliban no pudo evitar sonreír. Una peque?a risa se escapó de sus labios. Ver a Cecilia así, tan concentrada, tan confundida… le causaba ternura.

  —?Te estás divirtiendo? —dijo él, frunciendo el ce?o al notar su sonrisa.

  De inmediato retiró la mano, nerviosa. Sus mejillas se encendieron en rojo intenso.

  —Lo siento…

  —No te disculpes. —replicó él, aún sonriendo. Tomó su mano con más suavidad esta vez —Vamos… regresemos a nuestra cena.

  Cecilia lo miró, y por un instante, vio un brillo diferente en sus ojos. Algo honesto, algo cálido. La tristeza se desvaneció como un mal sue?o, dejando lugar a un sentimiento nuevo… uno que no sabía cómo nombrar, pero que le llenaba el pecho.

  Cáliban, por su parte, sabía que aquella cercanía había comenzado con el propósito de obtener respuestas. Quería entenderla, quería saber si había alguna conexión entre su maldición y los oscuros intereses del culto. Pero en algún momento, entre las palabras, el silencio y la fragilidad de su voz… algo cambió. Sentía paz. Una sensación casi olvidada.

  Volvieron a la mesa.

  Después de abrir su corazón, Cecilia habló con mayor naturalidad. Su voz era más libre, más ligera. Narró anécdotas de su ni?ez, de cómo su padre solía ense?arle a leer junto a la chimenea, de cómo le contaba de su madre, que le gustaba cantar viejas canciones populares. Todo mientras continuaba la subasta.

  Cáliban escuchaba con atención, intentando entre líneas encontrar alguna pista útil. Pero fuera de una infancia difícil marcada por silencios y pérdidas, no logró obtener información concreta.

  Y, sin embargo, no le molestó.

  Pronto, la conversación derivó en temas simples, como gustos, manías, libros, comidas favoritas. Cáliban se encontró sorprendido por lo bien que ella se desenvolvía al hablar. Y lo más extra?o de todo… es que no se sintió aburrido. Al contrario, disfrutó cada palabra.

  Por primera vez en mucho tiempo, se sintió humano otra vez. No un arma, no un recuerdo encarnado, no una sombra. Solo un hombre cenando con una mujer. Una mujer que empezaba a ocupar un lugar importante en su vida.

  —Y entonces, Nhun intentó aferrarse al Ferrum y…

  Cecilia hablaba entre risas, inmersa en su relato, cuando la puerta principal de la sala se abrió y lord Xander apareció, caminando con su habitual elegancia hacia su mesa.

  —Espero no interrumpir. —dijo con una sonrisa cordial.

  —?Lord Hilloy! No, para nada. —respondió Cecilia con cortesía —?Ocurre algo?

  —Los artículos que adquirieron ya han sido revisados. Quise entregárselos personalmente. —a?adió, se?alando varios carritos flotantes que se acercaban cargados de objetos envueltos con meticuloso cuidado.

  Cáliban aprovechó la cercanía para comunicarse en silencio.

  ??Y sobre nuestro infiltrado??

  Lord Xander negó con la cabeza, su gesto se tornó serio.

  ?Ya veo… supongo que no podemos hacer nada por ahora.?

  Cáliban examinó los artículos en detalle, asegurándose de que los núcleos, catalizadores y demás materiales estuvieran en buen estado. Cada objeto fue cuidadosamente inspeccionado y luego guardado en su anillo mágico.

  —?Alguno de estos te sirve… para tu condición? —preguntó lord Xander en voz baja con un atisbo de preocupación sincera.

  —Me temo que no. —respondió él —Algunos núcleos pueden servirme en la alquimia, pero nada que altere lo que soy.

  —Está bien. Seguiremos buscando.

  Tras concluir el intercambio, ambos jóvenes se despidieron con una reverencia de lord Xander y salieron del Gorrión Dorado. Cáliban mantenía sus sentidos alerta, atento a cualquier presencia oculta entre las sombras. Pero desgraciadamente no volvió a sentirla. Al menos, no por ahora.

  Cecilia, en cambio, se dejó cautivar por la atmósfera exterior. Las calles del Distrito Rojo rebosaban vida. Fuegos artificiales, espectáculos callejeros y magia ilusoria te?ían la noche de colores.

  —?Quieres pasar el rato? —preguntó, con una chispa juguetona en la voz.

  Cáliban asintió y le ofreció la mano. Ella la tomó sin dudar. Aún quedaba noche por delante, y algo en ese ambiente los envolvía con una calidez inesperada.

  Pasearon entre los artistas callejeros que manipulaban fuego con danza, estatuas vivientes, músicos con flautas encantadas. Incluso posaron para un retrato mágico que capturaba su imagen en una pintura flotante. Cecilia lo guardó con cuidado, como si fuera un tesoro.

  —?Mira! ?Fuegos artificiales! —exclamó, se?alando el cielo con los ojos brillando de emoción.

  Cáliban alzó la vista.

  En lo alto, los fuegos dibujaban escenas legendarias. Primero, la historia conocida. El Dios Caído, derrotado por los seis héroes. Una narrativa común en las celebraciones nacionales. Pero, de pronto, las estelas de luz comenzaron a mutar.

  El cielo cambió.

  Las llamas celestiales tejieron una nueva historia. La de un caballero de armadura gris, arrodillado frente a una doncella de cabellos dorados. La imagen era clara, potente y cargada de simbolismo. Una escena que no estaba en los libros.

  —?Qué es eso? —preguntó Cáliban, entre molesto y confundido, por la amarga ironía de la visión.

  —?No conoces la historia? —preguntó Cecilia, con una sonrisa luminosa —Creo que es bastante romántica, en realidad. Habla de una princesa de la familia de Astrid. Le pregunté si era real… y ella dijo que tampoco lo sabía con certeza.

  Cecilia miró al cielo, donde los fuegos artificiales aún dibujaban figuras tenues entre las estrellas.

  —La leyenda cuenta que la princesa del Imperio de Orión debía casarse con el caballero más fuerte, leal y diestro de todo el reino. Un verdadero maestro de la espada. Pero ella… no quería eso. Se había enamorado de un campesino que conoció durante sus viajes. Un hombre sencillo, pero con un corazón honesto.

  Cáliban la escuchaba con atención. Su voz era cálida y sus palabras suaves como un susurro.

  —El hombre, desesperado por estar con ella, entrenó durante a?os. Practicaba hasta que sus dedos sangraban, hasta que sus huesos crujían. Según la leyenda, el dios Helios, conmovido por su devoción, le otorgó un don divino. El talento para vencer a cualquier rival. Venció a cada caballero que se le interpuso en su camino, sin importar a cuantos tuviera que vencer. Al final, logró casarse con la princesa y reclamar el trono.

  Hizo una pausa, y luego sonrió con melancolía.

  —No se sabe si es cierto, pero lo que sí es real es que fue el rey más amado de su tiempo. Protegió por igual a plebeyos y nobles, puso fin a guerras, unificó las ciudades humanas bajo un solo estandarte y dio paso a una era de paz. Astrid dice que aún conservan los restos de su espada en la bóveda real.

  —Sabes mucho sobre el tema. —comentó Cáliban con una sonrisa discreta.

  Cecilia se sonrojó al instante, entrelazando sus manos con timidez.

  —Ah… bueno… siempre me han gustado ese tipo de historias. —murmuró.

  —Sí… se nota. —respondió él con tranquilidad.

  El silencio que siguió fue agradable, sereno. Y en ese espacio entre palabras, Cecilia se atrevió a tomar su mano. Cáliban notó el rubor en sus orejas, y no dijo nada. Solo permitió que el momento se extendiera. Sus dedos se entrelazaron sin esfuerzo, como si hubieran sido creados para encontrarse.

  Arriba, los fuegos artificiales danzaban en el firmamento, reflejando su luz en los ojos de ambos. Y en ese instante de calma perfecta, el tiempo pareció detenerse.

  Fue tan dulce y fugaz la noche, que no se dieron cuenta de cuánto había pasado… hasta que el sonido de una campana lejana les recordó que el toque de queda se acercaba.

  Subieron a un carruaje apresuradamente.

  —No sabía que existía un distrito así. —comentó Cecilia mientras miraba por la ventanilla —Pero… ?Cuál es la necesidad de un burdel en una academia?

  —Hay especies que liberan feromonas intensas, sobre todo en temporada de celo. —respondió Cáliban, sereno —Si la academia no quiere una estampida de animales lujuriosos por todos los distritos, no les queda otra opción.

  Cecilia rió suavemente.

  —Y tú… ?Irías a un burdel? —preguntó con un leve tono juguetón, enrollando un mechón de su cabello entre los dedos.

  —No. No lo creo. —respondió él, directo.

  Cecilia sonrió ante la respuesta. Fue una sonrisa discreta, pero sincera.

  Cuando llegaron a la entrada, Cecilia pidió sentarse un momento en una banca cercana en las afueras de la mansión. Necesitaba aire fresco. Cáliban se sentó a su lado, observando las estrellas que aún salpicaban el cielo con su tenue luz.

  —Gracias por hoy. —dijo ella, con un tono suave, casi melancólico —Me divertí más de lo que esperaba.

  —Yo también. —respondió él, sin quitarle la vista de encima.

  —?Oh, cierto! Acabo de recordar algo. Regreso en un momento…

  Cecilia se levantó de golpe y corrió hacia la puerta de la mansión. Se aseguró de que el silencio reinará aún en los pasillos, y al comprobar que todo seguía sumido en la penumbra, soltó un suspiro de alivio. Subió las escaleras con pasos rápidos pero cautelosos, y al llegar a su habitación, tomó las pulseras que había olvidado. Al tenerlas entre sus dedos, sintió una calma inmediata, como si recuperara una parte de sí misma.

  Volvió con rapidez al jardín, donde Cáliban la esperaba.

  —Ya volví…

  —?Sucedió algo?

  —Oh, no… solo fui por mis pulseras. Mejor me las pongo ahora, antes de que ocurra algo.

  —?Puedo verlas?

  Cecilia asintió y le tendió las pulseras. Cáliban las tomó con delicadeza. La joyería era elegante, pero no ostentosa; hecha de oro puro, decorada con runas extra?as que parecían moverse sutilmente bajo la luz de la luna. A pesar de su experiencia en alquimia y forja, no pudo identificar los materiales con claridad, ni las inscripciones.

  Era como si aquel objeto no perteneciera a su mundo. Como si hubiera sido forjado por manos mucho más antiguas. Frunció el ce?o, intrigado.

  —?Tu padre te dijo cómo obtuvo esto tu madre?

  Cecilia negó lentamente.

  —Según recuerdo… mi padre dijo que mi madre las dejó dentro de una peque?a caja. Había una nota que decía que eran para mí… eso fue todo.

  Cáliban examinó las pulseras una vez más. Las runas no eran humanas, ni élficas, ni enanas. Algo en ellas lo incomodaba, como si sus ojos no debieran verlas. Sin poder extraer más información, se las devolvió a Cecilia.

  —No reconozco nada… pero estas pulseras no fueron hechas por un artesano común. Eso es seguro.

  —Lo imaginaba… —susurró Cecilia mientras se las colocaba —Aun así, no sé qué haría sin ellas.

  Acto seguido, se sentó y se quitó las zapatillas. Una mueca de dolor se formó en su rostro mientras masajeaba suavemente sus pies.

  —Ah… duele mucho…

  —?No estás acostumbrada a usarlas?

  —Je… no salgo mucho. —confesó con una risa breve y amarga —Después de que se descubrió mi condición, los nobles de Reidell dejaron de invitar a mi padre a sus fiestas.

  Hizo una pausa, mirando sus pies descalzos, con la voz más baja.

  —él siempre dice que no es por mi culpa… pero…

  Cáliban buscó algo que decir, alguna palabra que pudiera consolarla, pero el silencio se le hizo más cómodo que el lenguaje. No era bueno hablando de su vida… no en ese tipo de temas. Podía relatar batallas, muertes, decisiones imposibles sin pesta?ear, pero cuando se trataba de amor, de familia, de pérdidas suaves y silenciosas, todo se le volvía ajeno. Aun así, la miró con ternura, y solo dijo lo que su corazón le permitió:

  —Mi madre se llamaba Cristina.

  Cecilia alzó la mirada, sorprendida.

  —No es que no quiera hablar de mi vida… ni que no confíe en ti. Es solo que… no recuerdo mucho. Ella murió cuando yo era un ni?o. Y antes de eso, todo es una neblina. Pero hay un recuerdo… uno feliz. Aunque no lo tengo completo, me da paz pensarlo a veces.

  Pausó, como si intentara alcanzarlo en su mente, aferrarse a un fragmento.

  —Ella solía cantarme. No recuerdo la letra… pero el ritmo sí. Siempre me tranquilizaba cuando algo andaba mal…

  Cecilia lo escuchó en silencio, sin interrumpir. Por un momento, todo alrededor parecía desvanecerse. Sus palabras se deshicieron en el aire. No era necesario terminarlas. Cáliban se sentó a su lado, sin decir nada al principio. Solo la miró.

  —Escucha, a veces… —dijo finalmente —las personas culpan a lo que no entienden. Es más fácil condenar lo desconocido que tratar de comprenderlo. Nobles y pobres, buenos y malos, amigos y enemigos. De todo ello aprendí que la vida no es sencilla… pero, momentos como este, son lo que hacen que valga la pena seguir luchando… seguir viviendo.

  —Sí… supongo que tienes razón. —respondió con una sonrisa sincera.

  él extendió la mano, y esta vez ella no dudó en tomarla. El calor de sus dedos, ahora protegidos por las pulseras, no era letal.

  Por primera vez en mucho tiempo, Cecilia se sintió segura. No por las joyas, no por las protecciones rúnicas. Si no por él.

  Cecilia apoyó su cabeza en su hombro, buscando algo de consuelo. El calor de su piel, la calma de su respiración… todo en ese momento era perfecto. Cáliban podía sentir su pulso, escuchar los latidos acelerados que escapaban de su pecho. Bajó lentamente la mirada hacia su rostro. Sus labios brillaban bajo la luz de la luna.

  Se inclinó despacio, guiado por una fuerza que no sabía nombrar. Podía sentir su aliento. Podía notar la tensión contenida en su cuerpo.

  Cecilia cerró los ojos, reuniendo valor para lo que estaba a punto de ocurrir.

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