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Capítulo 101: Confrontación, escape y choque de espadas

  El filo de la espada de Alec cortó el viento con un silbido mortal. La cabeza de Cáliban estaba a punto de caer, con su destino sellado en un instante inapelable. Sus compa?eros, desesperados, se lanzaron hacia él en un intento fútil de salvarlo, pero los guardias los detuvieron con brutalidad. El choque del acero resonó en la vasta sala como un eco del destino inevitable.

  El tiempo pareció ralentizarse. Cáliban, con su mirada gélida y su espíritu indoblegable, aceptó su muerte sin resistencia. Había desafiado la muerte tantas veces que su abrazo ya no le resultaba desconocido. ?Qué sentido tenía aferrarse a la vida? ?Por qué temblar cuando lo único seguro en la existencia es su final? No. No permitiría que Alec viera ni un atisbo de miedo en su rostro.

  El corazón de Lidia rugió con un dolor insoportable al ver caer ante sus ojos al joven que alguna vez la salvó. Su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de impotencia. Intentó resistirse, pero las cadenas de sus captores se clavaron aún más en su piel.

  Cecilia, con el alma hecha a?icos, sintió las lágrimas rodar por su rostro al ver la hoja de Alec descender.

  Y entonces, el mundo se rompió.

  Un estruendo sacudió los cimientos de la iglesia. El techo estalló en una tormenta de escombros cuando un impacto devastador cayó justo donde Alec se encontraba. La explosión de piedra y polvo cegó a todos por un instante.

  —??Qué demonios…?! —Alec se lanzó hacia atrás, sintiendo el filo de la muerte pasar rozando la piel.

  Berenice rugió con furia. Su voz reverberó con un poder ancestral, haciendo temblar las paredes.

  —??Quién se atreve a interrumpir esta sesión sagrada?!

  El polvo comenzó a disiparse, y de entre las sombras emergió una figura envuelta en una presencia abrumadora. Su andar era sereno y su postura imponente.

  —Tan desesperante como siempre, Berenice…

  La voz calmada y profunda heló la sangre de todos.

  Los ojos de Madame Montgard se abrieron en par. Su instinto gritó peligro, y sin pensarlo, alzó sus manos para conjurar un escudo. Justo a tiempo. Un ataque fulminante chocó contra su barrera con una fuerza arrolladora, lanzándola varios metros atrás. Su cuerpo impactó violentamente contra la pared de piedra, agrietándola.

  El silencio se apoderó del recinto. Todos los presentes sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos.

  Y entonces, con un movimiento ligero de su mano, el recién llegado disipó el polvo a su alrededor.

  Los prisioneros mantuvieron la respiración. La esperanza, que creían perdida, brotó con fuerza en sus corazones.

  —?Lord Xander! —gritó Reinhard con júbilo, llenó de alivio y emoción.

  Lidia sintió un estremecimiento recorrerle el alma. Su esposo… no solo estaba ahí, sino que algo en él era diferente. Se veía más joven, su cuerpo irradiaba un gran poder. Las cicatrices de sus antiguas batallas habían desaparecido, su piel era impecable, su presencia… arrolladora. Como si el mismísimo destino le hubiese otorgado un nuevo nacimiento.

  Alec se reincorporó con una expresión sombría. Un escalofrío recorrió su espalda.

  ?Puedo sentirlo… su aura ha alcanzado el nivel de Ocho Estrellas…?

  Sus manos temblaron levemente antes de aferrarse con más fuerza a su espada. Los ojos de Lord Xander se posaron sobre el cuerpo de Cáliban. Su mirada reflejaba un pesar indescriptible.

  —Lamento haber llegado tarde…

  Su voz, aunque firme, dejaba entrever un dolor profundo. Un dolor que solo el guerrero más fuerte podía permitirse sentir sin quebrarse. Cáliban negó con la cabeza, su respiración era entrecortada por el dolor.

  —No… llegaste justo a tiempo. —su voz sonó pesada, pero firme, como el acero golpeado en la fragua de la batalla.

  Xander no respondió con palabras. Su espada se movió con una velocidad imposible de seguir para los ojos ordinarios, cortando el aire como un relámpago. En un parpadeo, las cadenas que aprisionaban a Cáliban se partieron en mil pedazos, liberándolo de su opresión.

  El guerrero sintió cómo su poder fluía de nuevo en su cuerpo. Sin perder un segundo, su mano brilló con un destello carmesí y, de su anillo, invocó su espada. La hoja blanca, marcada por la batalla, vibró con una energía palpable mientras la alzaba, lista para acabar con todos los enemigos presentes.

  —Maldito… siempre eres un dolor de cabeza… —la voz de Berenice surgió de entre los escombros.

  Con un gru?ido de furia, la sacerdotisa emergió, sacudiéndose el polvo de sus ropajes. Sus ojos destellaban con una ira contenida, pero en su sonrisa maliciosa se reflejaba su confianza inquebrantable.

  —?No crees que olvidas algo?

  Chasqueó los dedos.

  El sonido resonó en la vasta sala como un presagio oscuro. De inmediato, los guardias del culto apretaron sus armas contra los prisioneros, tomándolos como rehenes. Acero contra gargantas y manos encendidas con magia estaban listas para desatar la destrucción.

  Cáliban apretó los dientes, su agarre en la espada se volvió más firme.

  —Esto no será fácil… —murmuró.

  Xander, sin embargo, esbozó una sonrisa confiada y desvió su mirada hacia su cu?ada.

  —No se preocupe… no vine solo.

  De pronto, el aire vibró con una intensa corriente mágica.

  Los guardias enemigos sintieron su cuerpo paralizarse, incapaces de mover siquiera un músculo. Sus rostros pasaron de la soberbia al pánico en cuestión de segundos. Antes de que pudieran reaccionar, tres figuras cayeron desde el techo, aterrizando con la fuerza de un vendaval justo frente a ellos.

  —?Siempre adelantándote! —gru?ó Bardrim, alzando su martillo imponente, que brillaba con runas arcanas.

  Dos sombras más irrumpieron en el aire.

  Dimerian descendió envuelto en una estela de luz que lo protegió del impacto, mientras que, a su lado, la profesora Sill aterrizó con un semblante oscurecido por la ira. Sus ojos destellaban con una furia incontrolable al ver a los miembros del culto.

  Con un simple y elegante movimiento de su mano, detonó las cabezas de los guardias que retenían a sus estudiantes. La sangre y los gritos llenaron la sala, y los cuerpos sin vida se desplomaron al suelo.

  —?Chicos! —gritó Dimerian, corriendo hacia sus amigos.

  —?Dimerian! —Reinhard exclamó con orgullo al ver su brazo de combate restaurado — ?Pudiste hacerlo!

  —?Sí! ?Y no solo eso! —Dimerian sacó varias armas de su anillo y las lanzó hacia sus compa?eros —?Tomen esto!

  El grupo se armó con rapidez. Los destellos de acero y magia iluminaron el lugar mientras todos adoptaban una postura de combate. Berenice observó con incredulidad cómo la situación había dado un giro inesperado. Sus labios se torcieron en una mueca de frustración.

  Los rescatados tomaron a Lidia y se alinearon junto a sus salvadores, formando una barrera infranqueable de determinación. Alrededor de ellos, las fuerzas enemigas inundaban la sala del trono, superándolos en número, pero no en voluntad.

  Alec sujetó a Cecilia detrás de él, sus ojos afilados como dagas se clavaron en Cáliban en una silenciosa amenaza.

  Al otro lado, Adelina, Bardrim y Xander lo miraron fijamente, esperando una orden.

  Cáliban avanzó lentamente. Cada paso suyo resonaba en el mármol destrozado como un presagio de la tormenta que estaba a punto de desatarse. Su mirada carmesí se posó sobre Alec, quien intentó sostenerle la mirada, pero el miedo se filtró en sus ojos como un veneno sutil.

  Cáliban apuntó su espada hacia Alec, su mirada carmesí ardió con una ira contenida que amenazaba con desbordarse. Su voz resonó como un trueno en la vasta sala.

  —Alec… haré que te arrepientas de las decisiones que has tomado.

  Alec frunció el ce?o, tratando de ocultar su incomodidad. Apretó su espada con fuerza, sintiendo la presión del momento.

  Los ojos de Cáliban, llameantes de furia, se desviaron por un instante hacia Bardrim.

  —Viejo… por favor, protégelos y sácalos de aquí.

  Bardrim asintió sin dudarlo, su semblante era tranquilo y su determinación inquebrantable. Sin perder más tiempo, tomó al grupo y los guió hacia la puerta principal, preparándose para abrir un camino entre las filas enemigas.

  Pero justo en ese momento, el techo se oscureció.

  Desde la abertura en lo alto, cientos de reclutas comenzaron a caer como una lluvia de muerte, descendiendo con espadas y lanzas listas para segar vidas. La atmósfera se llenó de una tensión sofocante, el preludio de una masacre inminente.

  Cáliban, sin embargo, permaneció inmóvil, su respiración era serena. Cerró los ojos por un instante, llenando sus pulmones con el aire denso de la batalla que estaba por comenzar. Y entonces, su voz estalló con un rugido de autoridad que sacudió los cimientos de la iglesia.

  —?No dejen a nadie con vida!

  —?Entendido! —Xander y Adelina respondieron al unísono, con sus voces firmes como el acero de sus armas.

  Sin dudarlo, el grupo cargó hacia el frente, desatando una tormenta de destrucción contra los enemigos que se abalanzaban sobre ellos.

  —?Pagarán por lo que me hicieron! ?Ni sue?en con salir de aquí con vida!

  Adelina rugió con furia, invocando vientos huracanados que arrasaron con los reclutas sin piedad. Su nuevo núcleo brillaba con intensidad, y sus alas resplandecían como el amanecer, cada batida desatando un torrente de energía imparable.

  Xander cubrió la retaguardia de Cáliban, asegurándose de que nadie interrumpiera su avance.

  Cáliban aprovechó la apertura. Se impulsó con fuerza, avanzando como una tormenta desatada hacia Alec. Sus ojos se encontraron en un instante eterno. Ambos alzaron sus espadas, y en el momento en que sus filos estaban a punto de chocar, un silbido letal cortó el aire.

  Un proyectil mágico surcó la sala con una velocidad aterradora. Cáliban giró su cuerpo en el último segundo, esquivando el ataque por un margen estrecho.

  —?Aléjate de él!

  Berenice apareció al frente, su energía oscura se arremolinaba a su alrededor con una intensidad ominosa. Sus manos ardían con un poder devastador mientras se preparaba para atacar.

  Pero entonces, desde las sombras, emergió una figura fantasmal. Berenice esbozó una sonrisa ladina al verla.

  —Hermana… qué bueno que has llegado.

  La recién llegada vestía una túnica oscura, con su rostro oculto tras una máscara blanca. Una capa larga ondeaba tras ella como un presagio de muerte. Su voz era suave, pero llena de una autoridad incuestionable.

  —Parece que la estás pasando mal, hermana… permíteme prestarte apoyo.

  Berenice asintió con satisfacción.

  —Debemos acabar con el demonio. Solo así, los planes de la Gran Madre verán la luz del día.

  La mujer enmascarada no titubeó.

  —Que así sea.

  Sin más palabras, ambas se lanzaron a la ofensiva. Fueron tan rápidas que el aire silbó con su desplazamiento. Sus ataques iban dirigidos al corazón de Cáliban, listos para arrebatarle la vida en un solo parpadeo.

  Pero en el instante en que sus golpes estaban a punto de alcanzar su objetivo, un estruendo resonó en toda la sala. Un destello de energía brotó entre los combatientes cuando dos figuras interceptaron los ataques con una fuerza titánica.

  Fueron Xander y Adelina.

  Sus armas chocaron con las de las sacerdotisas en un impacto que hizo temblar el suelo. El choque de poder fue tan intenso que ondas de energía se propagaron por la sala, levantando escombros y haciendo que los reclutas más débiles retrocedieran con temor.

  Los ojos de Berenice brillaron con incredulidad.

  Xander no dudó ni un segundo. Su pu?o envuelto en aura se estrelló contra el vientre de Berenice con una fuerza brutal. El impacto lanzó su cuerpo como un proyectil a través de la sala, atravesando un arco de piedra y chocando violentamente contra la pared de la habitación contigua. El estruendo de su colisión resonó con un eco ensordecedor, levantando una nube de polvo y escombros.

  Al mismo tiempo, Adelina aprovechó la distracción. Conjuró un hechizo de impulso y su velocidad se triplicó en un parpadeo. Se movió como un rayo dorado, cerrando la distancia con su oponente en un instante. Su brazo rúnico se iluminó con símbolos arcanos, y con un rugido de poder, lanzó un golpe ascendente.

  El impacto fue devastador.

  El rostro de la sacerdotisa enmascarada se estampó contra el techo con una fuerza sobrehumana, su cuerpo recorrió una enorme distancia antes de quedar incrustada en la piedra. Polvo y fragmentos de escombros llovieron sobre la sala como cenizas tras una explosión.

  Xander sonrió con confianza y, sin apartar la vista de su oponente maltrecha, habló con calma:

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  —Permítanos encargarnos de esto, mi se?or…

  Adelina, aún flotando con gracia en el aire, le dirigió una mirada feroz a Cáliban.

  —?Déjanoslo a nosotros y encárgate de ese ni?o idiota!

  Sin más palabras, Xander se impulsó hacia la sala vacía donde Berenice se hallaba entre los escombros, preparándose para continuar su batalla. Adelina desplegó sus alas y ascendió rápidamente, reanudando su enfrentamiento en las alturas contra la sacerdotisa.

  Y así, en la gran sala del trono, solo quedaron tres figuras. Alec, Cecilia y Cáliban.

  El silencio momentáneo era una premonición de la tormenta que estaba a punto de desatarse. Entoncesm Alec alzó su espada con una sonrisa arrogante.

  —Muy bien, demonio… —su voz goteaba veneno —Terminemos con esto.

  Cáliban le sostuvo la mirada sin vacilar. Su tono era frío como el filo de su hoja.

  —Así será, ni?o mimado…

  Pero Alec no era un guerrero que peleaba con honor.

  Antes de que Cáliban pudiera avanzar, Alec se movió con un destello de malicia. Su mano se cerró alrededor del cuello de Cecilia y la levantó con facilidad, presionando la punta de su espada contra su garganta.

  Cáliban se detuvo en seco. Su expresión, antes feroz, se endureció en una mezcla de ira y frustración. Alec sonrió con triunfo.

  —Vaya… no sabía que podías hacer ese tipo de rostro.

  La burla en su voz fue un golpe más cruel que cualquier herida de espada.

  —Si quieres ver a tu peque?a noviecita viva, tendrás que-

  Un silbido cortó el aire. Alec no tuvo tiempo de reaccionar. Una daga letal y veloz atravesó su mano con precisión. El acero perforó carne y hueso, envenenando su sangre en un instante. Alec gritó de dolor y dejó caer a Cecilia, llevándose la otra mano a la herida para intentar arrancar la cuchilla.

  Su mirada se alzó con furia hacia el origen del ataque. De entre las sombras, surgió Luna, ondeando su capa en la penumbra mientras cargaba a Cecilia lejos del peligro.

  —?Yo la protegeré! ?Tú sigue con tu combate!

  Cáliban dudó un instante, pero vio la seguridad en los ojos de Luna. No había rastro de enga?o en su mirada. Así que asintió en respuesta.

  —Cuídala.

  Y sin dar más oportunidad a su enemigo, Cáliban se impulsó hacia adelante con una velocidad aterradora.

  La espada de Alec apenas tuvo tiempo de interceptar el golpe. El choque de filos resonó en la sala del trono con la fuerza de un trueno. Las chispas volaron cuando ambos guerreros cruzaron miradas llenas de odio puro.

  —Te arrancaré el corazón y se lo daré a mi se?ora… —gru?ó Alec, con su voz temblorosa por la rabia y el dolor.

  Cáliban mostró una sonrisa fría.

  —Tú y tu se?ora caerán hoy, maldito ni?o miserable…

  Xander caminó con indiferencia entre los escombros, sus pasos hicieron eco en la vasta habitación.

  Del otro lado, Berenice luchaba por levantarse. Su cabello estaba desordenado y su rostro ensombrecido por el enojo.

  —?Por qué… siempre…? —sus ojos llamearon con rabia pura —?Te interpones en mi camino!

  Con un grito furioso, Berenice extendió las manos y desató una ráfaga de proyectiles mágicos.

  Los orbes oscuros irradiaban una energía maligna, pulsando con un poder corrupto. Xander esquivó los ataques con movimientos precisos, cada uno de ellos pasando a centímetros de su cuerpo sin rozarlo.

  Pero cuando los proyectiles impactaron contra las paredes y el suelo, su rostro se tensó.

  Las superficies comenzaron a corroerse al instante, la piedra se derritió en una espuma violeta que emitía un olor nauseabundo. Era Veneno, o algo muy parecido a eso.

  ?Si eso llega a darme, estaré en problemas.? —pensó Xander, su mirada afilada no perdió de vista ni un solo movimiento de su oponente.

  La energía que rezumaba de los ataques de Berenice no era un simple tóxico; su sola presencia corrompía el aire a su alrededor, generando un hedor metálico y enfermizo. Si ese poder llegaba a penetrar demasiado en su sistema, incluso alguien como él tendría dificultades.

  Pero en lugar de mostrar preocupación, Xander dejó escapar una leve sonrisa de burla.

  —Veo que sigues siendo igual de irracional… no me extra?a que tu familia quisiera deshacerse de ti.

  El aire en la habitación se congeló por un instante. Berenice abrió los ojos con furia pura. Con un movimiento brusco, arrancó el velo que cubría su rostro, revelando su expresión deformada por la ira.

  —?Tú no sabes nada de mí!

  Su grito resonó con el eco de antiguas heridas, de cicatrices que nunca habían cerrado.

  Con un gesto feroz, conjuró una espada de energía corrupta, su filo resplandeció con un tono púrpura oscuro, como si la misma muerte se filtrara de su hoja. Gotas del veneno caían de la punta y, al tocar el suelo, siseaban como si la piedra estuviera hirviendo.

  La sala tembló cuando ambos se lanzaron al ataque.

  El choque de sus armas desató un estruendo que reverberó por todo el recinto, sacudiendo las paredes y haciendo crujir los cimientos. Cada golpe era una declaración de odio, cada tajo llevaba la intensidad de una batalla personal que había comenzado mucho antes de ese momento.

  Xander intentó ejecutar una de sus técnicas con la espada, pero Berenice, con una precisión impecable, la desvió con facilidad.

  Un destello venenoso rasgó el aire. Xander sintió el corte preciso en su costado antes de que el dolor siquiera llegará a su cerebro. Por primera vez, su postura se tambaleó levemente.

  Berenice carcajeo con fuerza, reverberando en las paredes como un canto macabro.

  —?Ya olvidaste con quién entrenabas? Conozco tu técnica como si fuera la mía…

  Xander se llevó una mano a la herida, sintiendo la calidez de la sangre mezclarse con el veneno. Berenice sonrió con deleite mientras observaba cómo el líquido tóxico se filtraba rápidamente por su piel.

  —Además… —sus ojos se fijaron en la herida con una expresión triunfante —Mi magia venenosa hará que pierdas la vida en pocas horas… Xander, me temo que-

  Se interrumpió de golpe al escuchar una risa. Xander estaba riendo. Una risa ligera, despectiva, casi burlona. Berenice frunció el ce?o, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

  —?Qué es tan gracioso, anciano?

  Xander la miró con calma, su sonrisa estaba cargada de un desdén absoluto.

  —Lo siento… —dijo con una tranquilidad escalofriante —Me rio de mi propia incompetencia.

  Berenice entrecerró los ojos con sospecha.

  —?De qué hablas?

  Xander inclinó la cabeza, como si estuviera recordando algo sin importancia.

  —Es cierto… había olvidado que tú y yo llegamos a entrenar juntos. —Sus ojos se clavaron en ella con indiferencia —Te pido perdón, es solo que… ese tiempo fue tan insignificante para mí, que lo había olvidado por completo.

  Las palabras golpearon a Berenice como una daga invisible perforando su orgullo.Sintió su mandíbula apretarse involuntariamente. Se mordió el labio, el rencor hervía en su sangre.

  Pero se obligó a calmarse. No importaba. No tenía que dejarse llevar por la provocación. Después de todo, el veneno ya había hecho contacto. Solo era cuestión de tiempo. Observó con satisfacción cómo el veneno se expandía por la herida. Y entonces…

  Xander pasó sus dedos sobre la marca tóxica y, con un simple movimiento, apartó los residuos de veneno como si no fueran más que polvo en su ropa.

  Berenice sintió cómo su corazón daba un vuelco. Las heridas de Xander comenzaron a cerrarse lentamente ante sus ojos.

  —No… no es posible… —su voz salió temblorosa, sin aliento.

  Xander la miró con una expresión casi compasiva.

  —Lo siento, querida… pero me temo que necesitarás un veneno más fuerte si quieres hacerme da?o.

  Antes de que pudiera reaccionar, Xander se impulsó hacia adelante.

  Su espada se movió con la velocidad del viento, el filo brilló con un poder arrollador. Berenice alzó su arma de inmediato, pero aún con su desventaja, su sonrisa permaneció en su rostro.

  ?Está bien… no importa… mientras conozca su técnica, no podrá da?arme directamente…?

  Los pensamientos de Berenice intentaron abrumarla, pero se obligó a enfocarse en la batalla. Su mente calculó cada posible movimiento de Xander, convencida de que aún podía anticiparse a su estilo de combate.

  Entonces, vio venir el tajo.

  Era un corte limpio, dirigido con precisión a su costado. Confiada en su habilidad, alzó su espada para desviar el ataque con la misma técnica con la que había entrenado junto a él.

  Pero algo salió mal. El golpe no llegó como esperaba. Xander cambió el flujo del movimiento en el último instante, una maniobra imposible de leer, y la hoja de su espada desgarró su mejilla.

  La sangre caliente resbaló por su rostro. Berenice sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —?Qué es esto?... ?Esa no es la “Canción de Guerra”! —exclamó con un ligero temblor en la voz.

  Xander sonrió suavemente, con una confianza inquebrantable.

  —No… es algo superior.

  Sostuvo el mango de su espada con calma, cerrando los ojos por un instante, como si estuviera buscando algo en su interior. Su mente viajó de vuelta a ese momento en el pozo… aquella revelación… la sensación de trascender los límites de su propio ser.

  Con ambas manos firmes, ajustó su agarre. Y entonces movió su espada. El movimiento era lento, casi insignificante. Berenice lo observó con burla.

  —??Te volviste loco, viejo?!

  Pero antes de que pudiera reaccionar, sintió un ardor punzante en su brazo. Un corte preciso había rozado su carne, apenas a unos milímetros de haberle arrancado el brazo.

  Berenice tragó saliva.

  ?Mierda… si no hubiera esquivado a tiempo… mi brazo habría sido cortado…?

  Por primera vez en mucho tiempo, sintió la opresión del miedo verdadero. Mantuvo la mirada en Xander, conteniendo el aliento. El guerrero la observó con la calma de un verdugo que sabe que la muerte es solo cuestión de tiempo.

  —?Levántate! ?Aún no hemos terminado! —rugió, apuntando con su espada directamente a su enemigo.

  Berenice apretó los dientes.

  La sangre hirviendo en sus venas ahogó cualquier intento de racionalidad. No valía la pena conservar energías, no cuando la bestia dentro de ella exigía venganza. Con un rugido de furia, se impulsó hacia adelante. El choque de espadas reanudó la batalla.

  El impacto había sido brutal. El cuerpo de la sacerdotisa rebotó contra los restos de una estructura colapsada, polvo y escombros cubrieron la escena como un manto de destrucción. El dolor punzante en sus costillas le recordó que su oponente no era alguien a quien debía subestimar.

  Cuando el polvo comenzó a asentarse, una figura aterrizó frente a ella.

  Era Adelina. Su presencia era imponente.

  El fulgor de su nuevo núcleo mágico envolvía su cuerpo con un aura abrasadora, sus alas resplandecían con una intensidad cegadora. Su mirada era la de una depredadora lista para acabar con su presa.

  —Levántate… —su voz era tan fría como el filo de su arma —Esto no ha hecho más que comenzar.

  La sacerdotisa entrecerró los ojos.

  Adelina lo sintió. Sus instintos le gritaron peligro. Giró sobre sí misma en el último segundo y conjuró una barrera mágica justo a tiempo para bloquear un proyectil silencioso.

  El impacto resonó con una chispa de energía oscura. Adelina entrecerró los ojos.

  —Pensé que lograría darte…

  La voz provenía de sus espaldas. Volvió la vista por encima del hombro y se encontró con una imagen inquietante. Frente a ella, la sacerdotisa a la que acababa de golpear se encontraba de pie, intacta.

  Pero…

  ?No… esto no es posible…?

  Adelina desvió la mirada rápidamente hacia los escombros donde había enviado a su enemiga con su golpe. Y entonces lo entendió. Los restos del cuerpo entre las piedras… comenzaron a disolverse como si fueran humo.

  Era una ilusión.

  —Magia de se?uelo… también eres una maga…

  La sacerdotisa alzó su varita con solemnidad, su voz sonó con una convicción absoluta.

  —Soy más que eso… Soy la mano de la Gran Madre, y por mi honor, he de darte muerte aquí mismo.

  Las palabras encendieron una furia incontrolable en el pecho de Adelina. Su respiración se volvió pesada, su corazón latía con violencia.

  El sonido de la roca rúnica en su pu?o crujió con un estruendo amenazante cuando apretó los dedos, conteniendo la rabia que crecía dentro de ella como un volcán a punto de estallar.

  —?Honor?... —su voz era grave, cargada de veneno —?Con todo lo que me han arrebatado? ??Con todo lo que le han arrebatado a los demás?!

  Sus ojos se clavaron en la sacerdotisa como cuchillas ardientes.

  —??Creen que hay honor en eso?!

  La mujer respondió con una carcajada llena de desdén.

  —No espero que alguien como tú lo entienda…

  Pero su risa fue interrumpida de golpe. Adelina chasqueó los dedos con irritación, su aura mágica vibró con furia contenida.

  —Sí… —su tono era peligroso —No creo entenderlo.

  A los pies de la sacerdotisa, un círculo mágico brilló con un resplandor ominoso. Antes de que pudiera reaccionar, el suelo bajo ella explotó con una detonación violenta.

  El humo negro del impacto se expandió por la caverna, llenando el ambiente con el olor a piedra quemada y cenizas flotantes.

  La sacerdotisa emergió de la bruma, retrocediendo con rapidez para evitar quedar atrapada en otro ataque sorpresa. El da?o no había sido severo, pero su túnica estaba rasgada, las marcas de la explosión eran visibles en su vestimenta.

  Chistó con disgusto.

  —Qué problemática…

  Y entonces, la batalla se convirtió en una tormenta de luz y destrucción.

  Las estelas brillantes de los hechizos rasgaban la oscuridad, chocando contra los muros de piedra natural y dejando cicatrices ardientes en cada impacto. Proyectiles mágicos cruzaban el aire en un baile mortal. Ambas magas se movían a velocidades imposibles, conjurando escudos en el último instante, protegiéndose de la incesante lluvia de poder.

  Pero la sacerdotisa tenía algo más planeado.

  Murmuró un hechizo en un lenguaje antiguo y la energía a su alrededor cambió. Las paredes temblaron, y de las profundidades de la roca, surgieron enormes manos de piedra que atraparon a Adelina en un agarre férreo.

  Adelina intentó liberarse, pero las garras pétreas la inmovilizaron de inmediato. La sacerdotisa sonrió con superioridad.

  —?Lengua élfica? —susurró Adelina, reflejando un brillo peligroso en sus ojos —Bien, dos pueden jugar ese juego…

  Un resplandor cegador se encendió en su mirada.

  Sus pupilas se volvieron completamente blancas, irradiando una luz ancestral mientras sus labios recitaban palabras en la lengua prohibida de su raza.

  Un estruendo sacudió la caverna.

  Desde su cuerpo, una explosión de energía luminosa brotó con una intensidad descomunal. Las manos de piedra que la apresaban se desmoronaron en miles de pedazos, esparciendo fragmentos ardientes por toda la cueva.

  La sacerdotisa alzó los brazos para cubrirse los ojos, cegada por el estallido repentino.

  Adelina no perdió ni un segundo. Se impulsó en el aire con una velocidad vertiginosa, sus alas mágicas destellaron con poder, y descendió en picada con su pu?o rúnico listo para aplastar a su enemiga.

  Pero cuando su ataque estaba por impactar… su oponente desapareció. Adelina aterrizó con un golpe que hizo retumbar la caverna, pero su objetivo ya no estaba allí. Sus ojos recorrieron el entorno, alerta. No podía verla. La voz de la sacerdotisa sonó desde algún punto oculto en la oscuridad.

  —De haber estado cuando estabas en recuperación, te habría asesinado yo misma.

  Adelina entornó los ojos, con su expresión endureciéndose.

  —Ya veo… ?Por qué no dejas de esconderte y me lo dices a la cara?

  Un leve eco de risa llenó el ambiente.

  —No será necesario… —la voz sonó con tranquilidad, envolviéndola desde todos los rincones de la caverna.

  Adelina agudizó sus sentidos. Algo no estaba bien y de repente, la voz de la sacerdotisa exclamó:

  —?Ricochet!

  Adelina giró en el aire con una agilidad impecable, esquivando un proyectil que pasó rozando sus alas con un silbido agudo. La energía mágica del ataque ardió en el aire como un destello azul, dejando una estela chispeante en su trayectoria.

  Pero el peligro no cesó. El proyectil no se disipó tras fallar. En cambio, chocó contra la pared de la caverna y rebotó con una velocidad aún mayor, lanzándose de nuevo al combate como un depredador hambriento.

  Adelina entrecerró los ojos con alerta.

  ??Qué demonios…??

  Antes de que pudiera reaccionar completamente, la sacerdotisa alzó su varita y conjuró el hechizo de nuevo.

  —?Ricochet!

  Y entonces, todo el infierno se desató.

  Uno, dos, cinco, diez proyectiles surgieron en rápida sucesión, cada uno rebotando en las paredes como si fueran disparos de una trampa mortal dise?ada con precisión.

  El sonido de la magia cortando el aire era ensordecedor, como un centenar de cuchillas resonando en la caverna.

  En cuestión de segundos, la totalidad del espacio quedó invadida por un enjambre de proyectiles azules que rebotaban infinitamente, convirtiendo la cueva en un laberinto de muerte.

  Adelina apretó los dientes.

  ?Maldita sea… esto será difícil…?

  Su mente calculaba cada trayectoria, cada rebote, cada posible vía de escape.

  Esquivó un proyectil con una voltereta en el aire, luego se inclinó hacia un lado, evitando otro que pasó zumbando junto a su rostro. Se impulsó con sus alas, deslizándose entre los haces de luz con la destreza de una guerrera que dominaba su elemento a la perfección.

  Pero el espacio se cerraba rápidamente. Cada vez había menos margen de maniobra.

  ?No puedo simplemente esquivar para siempre…?

  Su mente trabajaba a toda velocidad. Necesitaba un plan, y lo necesitaba ya.

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