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Capítulo 98: Destino macabro

  La ma?ana llegó con júbilo entre los estudiantes. El distrito Rojo de Hilloy bullía de actividad, sus largas calles estaban repletas de jóvenes que se encontraban entre risas y exclamaciones emocionadas. El aire vibraba con la algarabía del festival anual, un evento que cada a?o transformaba la academia en un hervidero de vida y colores.

  Desde temprano, los clubes instalaban sus puestos, algunos exhibiendo sus talentos con demostraciones fascinantes, otros vendiendo productos y servicios con llamativos anuncios. Pancartas ondeaban en lo alto, mientras figuras alegóricas danzaban en el aire, anunciando con voces mágicas el gran evento del día.

  En el centro de todo, el coliseo se alzaba imponente, sus puertas se abrieron de par en par para recibir a los gremios que venían a demostrar su valía. Entre la multitud, tres figuras se movían con calma, observando con ojos atentos cada rincón de la celebración.

  —?Dónde estarán los demás? No los vi esta ma?ana… tampoco a los profesores. —se preguntó Catherine, con el ce?o ligeramente fruncido.

  Argos soltó una risa grave y despreocupada.

  —?Deben estar muertos de miedo por el evento! —dijo, cruzándose de brazos con una sonrisa ladeada.

  Similia, por su parte, frunció los labios y se frotó las sienes, molesta por el bullicio del festival.

  —Sea como sea, debemos asegurarnos de no dar un espectáculo lamentable… al menos. —dijo, alzando el mentón con orgullo —?Quién se emocionaría con un evento tan simplón como este? En mi hogar, los festivales son mucho más…

  De pronto, su mirada se desvió y sus palabras quedaron en el aire. Allí, entre los puestos, destacaba la tienda de las hijas de Madame Heilgram, un grupo de arácneas expertas en el arte textil. Sus manos tejían hilos de seda con precisión magistral, creando vestidos y equipo de combate que combinaban elegancia y funcionalidad.

  Sin pensarlo, Similia se lanzó hacia el puesto a toda velocidad, con los ojos brillando de emoción. Argos y Catherine intercambiaron una mirada y suspiraron.

  —Tanta palabrería y cae rendida ante un buen vestido. —murmuró Argos, divertido.

  —Al menos así no se quejará de la falta de "elegancia" del evento. —respondió Catherine con una sonrisa ligera.

  Argos le tendió el brazo con naturalidad, mostrando algo de cortesía.

  —?Quieres ir a desayunar algo?

  Catherine dudó un instante, pero luego tomó su brazo con delicadeza y asintió.

  —Vamos, antes de que todo se llene.

  Juntos se adentraron entre la multitud, en busca de algún puesto que calmara su hambre.

  Pero en lo alto, lejos del bullicio y la algarabía, sombras observaban en silencio. Miembros del Culto a la Madre acechaban desde las azoteas, vigilando cada movimiento, asegurándose de que el evento transcurriera sin imprevistos. No podían permitirse cabos sueltos.

  Mientras el festival se llevaba a cabo, el sonido de las ruedas resonaba en las calles adoquinadas. En un carruaje de líneas elegantes y escoltado por jinetes de armadura reluciente, el Soberano se desplazaba con calma, observando por la ventanilla la efervescencia del festival.

  No era el único. Otros carruajes se acercaban por los caminos paralelos, transportando a los nobles que, una vez al a?o, obtenían permiso para presenciar el evento. La academia mantenía una estricta norma. Las casas nobles no podían financiar directamente a sus hijos dentro de la institución. Sin embargo, esa regla no aplicaba a los gremios.

  Los gremios combatían en el coliseo no solo por prestigio, sino por oportunidades. Con el respaldo económico de los nobles, los estudiantes podían costear sus estudios mientras trabajaban como aventureros. Y cuando llegara el día de su graduación, aquellos con suficientes conexiones hallarían un futuro asegurado en posiciones de poder.

  Con el camuflaje perfecto, el Soberano se deslizaba entre la multitud como otro noble más, una silueta indistinguible en el mar de representantes de las casas aristocráticas del continente. Pero aunque su rostro permanecía imperturbable, sus dedos delataban su inquietud, tamborileando levemente contra el brazo del asiento de su carruaje.

  Uno de los sacerdotes, que viajaba a su lado con solemnidad, percibió la leve tensión en su semblante.

  —?Qué sucede, mi se?or?

  El Soberano apartó la mano de inmediato, ocultándola entre los pliegues de su túnica oscura.

  —Nada… —susurró suavemente, como si decirlo en voz alta lo hiciera más real.

  La inquietud lo carcomía desde hacía días. Su plan avanzaba con una perfección casi perturbadora, como si el destino mismo estuviera a su favor. No había contratiempos, no había se?ales de peligro… y eso, lejos de tranquilizarlo, lo hacía estar más alerta.

  En su mente, una sombra persistente se erguía, inamovible.

  El director.

  Durante a?os, sus infiltraciones dentro de la academia habían sido impecables. Su culto había tejido su red con paciencia y astucia, sin levantar sospechas, sin que nadie se interpusiera en su camino. Hasta hace poco. Hasta que aquel demonio arruinó sus planes una y otra vez. Pero ahora… ahora que lo tenía en su poder, todo debería estar bajo control.

  Y, sin embargo… No podía quitarse su nombre de la cabeza.

  ?Kasus Delion… ?Qué estás planeando??

  Su mirada se perdió por la ventanilla del carruaje, observando el mar de estudiantes que avanzaban entre risas y expectación hacia el coliseo. Ajenos a la tormenta que se gestaba en las sombras.

  En las catacumbas del Gorrión Dorado…

  El sonido de una copa estrellándose contra la pared resonó con violencia, seguido de un gru?ido de pura frustración.

  —??Cómo es posible?! —bramó la Sacerdotisa, su rostro se descompuso por la ira —?Han estado buscando por horas! ??Y no han sido capaces de encontrar a unos simples mocosos?!

  Su túnica blanca se agitaba con cada respiración y sus ojos, encendidos por la furia, se clavaron en el grupo de subordinados que se estremecían ante ella.

  Uno de ellos, más osado que los demás, intentó explicar la situación, pero no llegó a terminar la primera palabra.

  Con un movimiento apenas perceptible de su mano, Madame Montgard desató una ráfaga de energía que atravesó su pecho. Con un silbido seco, la carne se evaporó en un instante, dejando un hueco humeante donde antes latía un corazón.

  El cuerpo cayó pesadamente al suelo, inerte y sin valor. El silencio que siguió fue sofocante.

  —El siguiente que intente darme excusas en lugar de resultados… —susurró con veneno — será lo último que haga.

  Los subordinados no necesitaban más advertencias. Se apresuraron a abandonar la sala, susurrando órdenes frenéticas mientras se dispersaban en busca de los fugitivos.

  Las ruinas estaban en caos.

  Las horas pasaban y no había se?ales de los prisioneros que escaparon de las celdas.

  Entre los equipos de búsqueda, uno de los más destacados era el de la capitana Luna, una mujer de mirada afilada y temple de hierro. Con su armadura ligera y su capa ondeando tras ella, lideraba a su grupo con determinación.

  Siguiendo las órdenes de la Sacerdotisa, su equipo se adentró en los pasadizos más profundos de la fortaleza subterránea. La oscuridad natural de las cavernas los envolvía, haciendo que el aire se sintiera más denso y pesado. Solo el resplandor de las linternas de maná rompía la penumbra, proyectando sombras largas y temblorosas en las paredes mohosas.

  Cuando llegaron al antiguo laboratorio abandonado, algo les resultó inquietante. El enorme salón, anta?o abarrotado de equipo y documentos, estaba vacío. Demasiado vacío. Luna entrecerró los ojos y alzó la mano, dando una sola orden con un tono gélido.

  —?Busquen por doquier!

  No había margen para errores. No esta vez.

  Los miembros del equipo de Luna rastrearon cada rincón del laboratorio. Revisaron debajo de las mesas corroídas por el tiempo, movieron rocas, inspeccionaron hendiduras en las paredes y pasaron sus manos por cada superficie en busca de alguna vibración mágica o rastro de energía residual. Pero nada.

  No había se?ales de los fugitivos.

  El aire se volvía más pesado con cada minuto que pasaba. Frustrada, Luna exhaló con dureza y finalmente alzó la voz.

  —Nos retiramos. Aquí no hay nada. Buscaremos en otro sector.

  Los soldados no dudaron en acatar la orden, recogiendo sus armas y se replegaron en dirección a la salida. Luna iba detrás de ellos, pero justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral, un sonido distinto llegó a sus oídos.

  Ploc.

  Era un goteo. Luna se detuvo en seco.

  Giró lentamente la cabeza hacia arriba, donde una peque?a gota caía rítmicamente desde el techo. Un hueco casi imperceptible se abría en la roca, apenas lo suficiente como para dejar filtrar el agua… ?O algo más?

  —Capitana… ?Sucede algo? —preguntó su segundo al mando, notando su repentina pausa.

  Luna no apartó la mirada del techo.

  —No… —murmuró, aunque su tono decía lo contrario.

  Un presentimiento incómodo la recorrió de pies a cabeza. Sin apartar los ojos del misterioso hueco, giró levemente la cabeza hacia su escuadrón.

  —Yo continuaré la búsqueda aquí abajo. Regresen a la superficie y tráiganme noticias de la situación allá afuera.

  Los soldados dudaron un instante, pero la firmeza en su voz no dejó espacio para cuestionamientos.

  —?Sí, capitana!

  Uno a uno se alejaron, dejando a Luna sola en la inmensidad de la caverna. Contuvo la respiración, observando el goteo con renovada atención.

  En las cavernas que resguardaban la gran puerta dorada hacia lo desconocido…

  Los chicos estaban en medio de una acalorada discusión. Sus voces hacian eco en el amplio espacio subterráneo, chocando contra las paredes de piedra húmeda.

  —No podemos seguir esperando. Si el culto nos encuentra aquí, estamos acabados. —dijo Joseph, cruzado de brazos.

  —?Y qué sugieres? —replicó Reinhard —Ya revisamos cada posible salida. Todas están selladas o llevan a un punto muerto.

  Juliana chasqueó la lengua con frustración y golpeó la pared con su pu?o.

  —Llevamos horas aquí… ?Qué haremos?

  Justo cuando Joseph iba a responder, un sonido los congeló en su sitio.

  Pasos. Pasos que no pertenecían a ninguno de ellos.

  El eco se arrastró desde la única salida visible. Un frío escalofrío recorrió la espalda de todos al comprenderlo. Habían sido encontrados.

  El grupo reaccionó al instante. Sin perder tiempo, levantaron los brazos, concentrando su energía en un último intento por defenderse. Peque?as chispas de poder destellaron en el aire, acumulándose con rapidez en sus manos.

  Entre ellos, Elizabeth no se movió.

  Sus ojos, capaces de atravesar la penumbra con claridad, se clavaron en la silueta de la figura que avanzaba lentamente hacia ellos.

  Era una mujer encapuchada. Su paso era firme, seguro, como si no temiera lo que pudiera pasar.

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  —Vaya, vaya… —murmuró con voz suave, dejando que su mirada vagara más allá de ellos, fijándose en la enorme puerta dorada que se alzaba al fondo de la caverna —Han tropezado con un tesoro realmente impresionante… los eruditos matarían por haber encontrado este lugar.

  —??Quién eres?! —soltó Juliana, sin bajar la guardia ni un solo segundo.

  La mujer alzó los brazos en un gesto de rendición y, con un movimiento lento, arrojó su arma a los pies del grupo.

  —Pueden calmarse… no vine aquí para pelear.

  Reinhard entrecerró los ojos y susurró apenas moviendo los labios.

  —No debemos creerle. Puede ser una trampa…

  Luna, aún con las manos en alto, dejó escapar una risa amarga.

  —No hay tiempo para juegos ni para malos entendidos…

  Con un gesto delicado, sin perder su aire de autoridad, bajó la cabeza hasta que su frente tocó la fría piedra del suelo. La respiración del grupo se contuvo. Nadie esperaba un gesto como ese.

  —Por favor… —suplicó con calma, pero con una urgencia contenida en su voz —No tenemos mucho tiempo… se los ruego… ayúdenme a salvar a Lady Cecilia.

  El silencio que siguió fue espeso, casi sofocante. Los jóvenes intercambiaron miradas, sus corazones estaban atrapados en la incertidumbre. No sabían si podían confiar en las palabras de aquella mujer.

  Luna, consciente de que la duda era su mayor enemiga, alzó la mirada con serenidad, sin dejarse intimidar por su desconfianza.

  —Entiendo que no quieran creerme… —susurró, vacilando un instante antes de tomar una decisión —Mi nombre es Luna Casteim… soy la tía y sirvienta personal de Cecilia.

  Reinhard bajó los brazos lentamente, aunque su mirada todavía estaba llena de cautela. Pero Astrid frunció el ce?o, apretando los pu?os.

  —Dices que eres su tía… pero trabajas para el culto. ?Y aún así quieres que confiemos en ti?

  Luna permaneció impasible, observándolos con aquellos ojos fríos y calculadores.

  —Entiendo que duden… —suspiró —Por favor, déjenme explicar.

  Se irguió y, con voz firme, comenzó a relatar lo que la había llevado hasta ese punto.

  Hace a?os…

  Cuando las guerras entre imperios llegaban a su fin, los campos de batalla solo dejaban un rastro de muerte y desesperación. Ciudades destruidas, aldeas arrasadas… y miles de huérfanos que vagaban sin rumbo, víctimas del conflicto.

  La academia, en un intento de ganarse la confianza de los reyes y la simpatía del pueblo, abrió sus puertas a los huérfanos, sin importar su raza o procedencia. Les ofrecieron alimentos, refugio y la posibilidad de aprender un oficio con el que pudieran sobrevivir.

  Bajo el poder del director y su inquebrantable reputación, muchos comenzaron a apoyar la causa, enviando recursos destinados a ayudar a aquellos ni?os que lo habían perdido todo.

  Pero no todos los corazones que observaban eran benévolos.

  El Culto a la Madre vio en aquella iniciativa una oportunidad dorada. Con tantos jóvenes sin hogar ni familia, podían infiltrar a sus miembros, reclutar y entrenar nuevos activos sin levantar sospechas.

  Entre aquellos huérfanos, había dos ni?as.

  Luna y Abril.

  No compartían sangre, pero su vínculo era más fuerte que cualquier lazo familiar. Se protegieron mutuamente desde el día en que fueron rescatadas de las cenizas de la guerra. Juntas soportaron el hambre, el miedo y el peso de un mundo que no tenía lugar para ellas.

  Pero la academia no fue su salvación. El culto las reclamó.

  Desde peque?as fueron sometidas a pruebas despiadadas, entrenadas bajo un régimen brutal y enviadas a misiones suicidas donde la muerte era casi segura. Quienes fallaban, desaparecían sin dejar rastro.

  A?o tras a?o, las pruebas se volvían más difíciles. Sus manos se llenaron de sangre, sus almas se endurecieron. No había escapatoria. Hasta que finalmente, el día llegó…

  El Soberano las convocó.

  La noticia recorrió la fortaleza como un relámpago. No cualquier discípulo tenía el honor de estar en presencia del líder del culto. Pero Luna sentía que aquello no era un privilegio. Era una sentencia.

  Caminaron juntas por los sombríos pasillos de la catedral subterránea, sus pasos sonaron contra las paredes de piedra. Luna no podía evitar temblar. Su instinto le gritaba que algo estaba mal. Pero se obligó a mantenerse firme. No podía mostrar debilidad. No mientras Abril estuviera a su lado.

  La gran puerta se abrió con un sonido pesado y ominoso. Y allí estaba él.

  El Soberano.

  Su presencia era sofocante. Sus ojos purpuras recorrieron a ambas, deteniéndose en Abril. Luna sintió su corazón detenerse.

  A su lado, la joven Madame Montgard, recién nombrada Sacerdotisa y hambrienta de demostrar su lealtad, esbozó una sonrisa afilada antes de inclinarse con elegancia ante su se?or.

  —Dígame, mi se?or… —su voz era un murmullo venenoso —?Ella encaja con la descripción de lo que estaba buscando?

  Luna no pudo moverse.

  —En efecto… —murmuró el anciano con solemnidad, su voz era áspera como la piedra erosionada por el tiempo —Es idéntica a la revelación que recibí de nuestra gran Madre…

  El Soberano entrecerró los ojos con un aire contemplativo antes de alzar una mano, indicándole que se acercara.

  —Ven, ni?a…

  Abril avanzó lentamente. Su porte era sereno, su rostro inquebrantable… pero su corazón latía con fuerza, golpeando contra su pecho como un tambor de guerra. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el Soberano la observó con intensidad. Su mirada la atravesó como si quisiera leer su alma.

  —?Sabes por qué estás aquí?

  Abril inclinó la cabeza con respeto, sin apartar los ojos del suelo.

  —No, mi se?or… pero sea cual sea su orden, este sirviente obedecerá con su corazón.

  Una sonrisa sutil se dibujó en el rostro del Soberano.

  —Muy bien, hija mía… —Su tono adquirió un matiz más profundo, casi reverencial —La Gran Madre me ha dado una misión para ti. Una misión de gran importancia…

  El silencio que siguió fue sofocante.

  La misión de Abril era crucial para los planes del culto. Debía viajar a una peque?a ciudad pesquera, cerca de los territorios de Orión, y encontrar a un hombre con el linaje de los Thorm. No solo debía acercarse a él… debía asegurarse de que su descendencia formará parte de los designios de la Gran Madre.

  Abril no titubeó. Simplemente asintió.

  Con las conexiones del culto, forjarle una identidad falsa no fue difícil. Se creó una familia postiza, con Luna asignada como su sirvienta personal. Su "familia" pronto ganó la aceptación tanto del pueblo como de la nobleza de la región.

  El plan estaba en marcha.

  Y la oportunidad perfecta llegó cuando fueron invitados a un baile en la casa de los Thorm.

  En la mansión Thorm, durante la gran velada, un joven Sebastián Thorm inclinó su copa de vino con aburrimiento, observando sin demasiado interés el mar de invitados que se movía por el salón.

  Nunca había sido un entusiasta de aquellos eventos. Si por él fuera, se habría quedado en su estudio, absorto en sus propios pensamientos. Pero la voluntad de sus padres era ley. Como hijo primogénito de la casa Thorm, tenía obligaciones. Y una de ellas era hacer acto de presencia en estas interminables celebraciones.

  El brillo de las lámparas de cristal danzaba sobre la superficie de su bebida, proyectando destellos dorados sobre sus dedos.

  Suspiró.

  A su alrededor, varias jóvenes damas lanzaban miradas furtivas en su dirección, algunas con sonrisas tímidas, otras con descarada coquetería. él estaba acostumbrado a ello. Algunas lo miraban con admiración genuina. Otras… con avaricia.

  Lo que más detestaba era la insistencia de ciertas familias por empujar a sus hijas hacia él, como si fuera una pieza en un tablero de ajedrez político. Pero no podía rechazarlas abiertamente. Su educación como noble se lo impedía.

  Así que mantenía la cortesía. Con una sonrisa discreta y palabras medidas, lograba esquivar aquellas interacciones sin causar un escándalo. Sin embargo, en medio de la velada, una risa cristalina se filtró entre el bullicio del salón. No era una risa cualquiera. Era ligera, melodiosa… como un eco que serpenteaba en el aire, persiguiéndolo.

  Sebastián frunció ligeramente el ce?o y, con un impulso casi involuntario, comenzó a buscar la due?a de aquella voz. Y entonces la vio…

  Entre la multitud, una joven dama emergió con una elegancia que desentonaba con el resto. Su cabello, negro como la noche, caía en suaves ondas sobre sus hombros. Sus ojos oscuros, profundos como el ébano, lo observaban con un brillo de diversión.

  Había algo en ella… algo diferente. Se inclinó con delicadeza, ofreciendo una sonrisa encantadora.

  —Parece que está aburrido, joven se?or…

  Su voz era dulce, pero con un matiz de picardía apenas perceptible. Sebastián, atrapado por la súbita intriga, se obligó a reaccionar.

  —?Y quién tendría el placer de hablar conmigo esta noche?

  La joven hizo una ligera reverencia, sin apartar sus ojos de él.

  —Mi nombre es Abril Casteim. —se presentó con elegancia —Es un placer conocerlo, joven se?or Thorm…

  Sebastián sintió que algo en su interior se agitaba. Se quedó sin aliento. Por primera vez en su vida, sentía nervios frente a una mujer.

  No era un simple coqueteo, ni la incomodidad habitual de tener los ojos de la nobleza sobre él. Era algo más profundo, más visceral. Como si el mundo entero se hubiese desvanecido y solo quedara ella frente a él.

  Sus impulsos actuaron antes de que pudiera siquiera pensarlo.

  —Lady Casteim… ?Me concedería esta pieza? —preguntó con la mejor de sus sonrisas, inclinándose con elegancia.

  Abril sonrió suavemente y extendió su mano.

  —Será un honor…

  Y así, en medio de la fastuosa velada, con las luces de los candelabros reflejándose en los suelos de mármol y la música elevándose como un susurro encantador, Abril y Sebastián bailaron.

  Rieron, conversaron, sus cuerpos giraban en perfecta armonía al compás de la música. Mientras las demás damas observaban con ira y recelo, el plan del culto daba su primer paso.

  Para Sebastián, los días siguientes fueron un torbellino de júbilo.

  Pasaban incontables horas juntos, recorriendo la ciudad, explorando sus rincones más pintorescos, visitando restaurantes y paseando por los mercadillos abarrotados de vida. Abril, siendo "nueva" en la región, siempre encontraba algo que llamaba su atención, y Sebastián, encantado, la guiaba con gusto.

  él creía que le estaba mostrando su mundo.

  Pero en realidad, era ella quien lo tenía atrapado en el suyo. Los superiores del culto observaban con satisfacción. Abril estaba cumpliendo su misión sin desviarse de su objetivo.

  Pero Luna… Luna veía algo que los demás ignoraban. Día tras día, el semblante de su hermana cambiaba. Los rastros de la joven sombría que mataba sin piedad, la asesina fría que cumplía cada orden sin cuestionar… se desvanecían lentamente.

  Había algo diferente en su mirada. Algo que no pertenecía a una fiel sirviente del culto.

  Una tarde, en la costa…

  El cielo ardía con los tonos cálidos del atardecer. Los reflejos dorados del sol danzaban sobre el mar en una sinfonía de luz y sombras.

  Sentados sobre una manta de lino, rodeados por la brisa marina y el susurro de las olas, Sebastián y Abril disfrutaban de un peque?o picnic.

  Era un momento perfecto. Pero Abril no lo sentía así.

  Mientras observaba el horizonte te?ido de escarlata, su pecho se apretaba con una sensación sofocante. Miró a Sebastián de reojo, cargada de una emoción que ni ella misma entendía.

  ?Por qué se sentía así? ?Por qué deseaba, con todo su ser, que aquel instante durara para siempre? Pero… su burbuja de ensue?o se rompió de golpe con un pensamiento punzante. No tenía derecho a desear una vida plena. No después de todo lo que había hecho.

  Todas las vidas que había arrebatado sin piedad, todas las órdenes que había cumplido sin cuestionar… lo único que realmente merecía era una muerte cruel y despiadada.

  Sebastián notó su expresión distante. Su corazón se encogió.

  —Supongo que no te estás divirtiendo… —murmuró con tristeza, desviando la mirada.

  Abril parpadeó, despertando de su tormenta de pensamientos.

  —No, no es eso… —se apresuró a decir, pero sus palabras se enredaron en su garganta.

  Intentó disculparse, buscó alguna excusa, pero Sebastián ya la estaba observando con ternura.

  Y luego, de repente, rió. Su risa fue cálida, ligera, como el viento que acariciaba la costa.

  Verla luchar por encontrar las palabras, ver cómo sus manos temblaban levemente al tratar de explicarse… le pareció adorable. Sin pensarlo demasiado, tomó sus manos con delicadeza. Sus dedos se entrelazaron con los de ella, en una unión cálida y firme.

  Abril se quedó inmóvil.

  —Abril… —Sebastián la miró fijamente, con una intensidad que le revolvió el alma —El tiempo que he pasado contigo ha sido lo más maravilloso de mi vida. —Su voz tembló ligeramente, pero no vaciló. —Tú me das la fuerza para seguir adelante…

  Respiró hondo. Lo que estaba a punto de decir no era fácil. Pero ya no podía retenerlo por más tiempo.

  —Te amo.

  El mundo pareció detenerse. El rugido del mar se desvaneció. Las gaviotas dejaron de cantar. El viento mismo dejó de soplar.

  —Te amo con toda mi alma…

  Abril sintió que algo dentro de ella se quebraba. Un agujero se abrió en su pecho, una grieta oscura que se extendía sin control. Las lágrimas comenzaron a caer. No podía detenerlas.

  —Lo siento…

  Su voz se rompió. Intentó secarse las lágrimas con torpeza, pero eran imparables, resbalaban por sus mejillas sin descanso.

  —Lo siento… yo…

  Sebastián se alarmó de inmediato.

  —Abril, ?Qué te sucede? —Se inclinó hacia ella, con su mirada llena de preocupación —Si dije algo malo, yo…

  Pero Abril no podía responder. Porque la única verdad que podía sentir en ese momento era la más cruel de todas. Ella también lo amaba. Y ese amor… sería su perdición.

  —No… no… es solo que… —Abril balbuceó, pero las palabras se le ahogaron en la garganta. No había nada en el mundo que pudiera expresar el dolor que la consumía.

  Bajó la mirada, sus dedos temblaban levemente sobre su regazo.

  —Yo no te merezco, Sebastián… no soy digna de esas palabras ni de esos sentimientos…

  Sebastián sintió un vuelco en el corazón.

  —?Por qué dices eso? ?Acaso… no sientes lo mismo?

  Abril negó con tristeza, sus ojos brillaban con la angustia de una batalla interna imposible de ganar.

  —Te amo… con todo mi ser, Sebastián… pero a veces… siento que eso no será suficiente…

  Sus palabras fueron un susurro quebrado, tan sincero, tan puro, que Sebastián sintió cómo toda duda se desvanecía. Se puso de pie con decisión.

  Y, sin vacilar, se arrodilló ante ella.

  El sonido de la brisa marina se mezcló con el crujir de la arena bajo su rodilla. Con un movimiento lento pero firme, sacó un peque?o anillo de su bolsillo. La joya centelleó bajo los colores ardientes del atardecer, reflejando tonos dorados y carmesí.

  Abril contuvo el aliento.

  —Abril… espero que esto sea suficiente para ti. —dijo con una ligera risa nerviosa, tratando de ocultar la emoción que le revolvía el pecho —?Te casarías conmigo?

  El mundo pareció congelarse.

  Abril no podía moverse, no podía hablar, apenas podía respirar. Las lágrimas cayeron antes de que pudiera detenerlas. Y, en un arrebato de emoción, se lanzó a los brazos de Sebastián, derribándolo sobre la arena con un suave golpe.

  Las risas y el llanto se entremezclaron en el aire salado de la costa. En aquel momento, Abril sintió que, tal vez… solo tal vez… podía permitirse ser feliz, aunque fuera por una vez.

  Pero no todos compartían esa felicidad.

  Oculta en la penumbra, con la mirada sombría y el corazón oprimido, Luna observaba la escena. Sintió un nudo en la garganta, una sensación que no podía definir con certeza.

  ?Era envidia? ?Miedo? No lo sabía. Pero en lo más profundo de su ser, supo que aquello no duraría para siempre. Y no se equivocaba…

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