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Capítulo 89: Quiero decirte algo…

  Cáliban entró a la habitación donde Adelina estaba hospedada. El aire se sentía pesado, como si el tiempo en ese espacio transcurriera diferente, más lento, atrapado entre paredes que guardaban ecos de conversaciones pasadas. Sus ojos se encontraron de inmediato con una escena inesperada. La profesora Adelina, frágil y ligeramente incómoda, siendo alimentada como un bebé por Joseph. La situación era tan absurda que parecía salida de un mal sue?o.

  Ambos giraron la cabeza, congelados, intentando disimular con torpeza. Adelina dejó caer la cuchara, mientras Joseph se levantaba de un salto, su rostro se sonrojo como un tomate.

  —Oh, no se detengan. —dijo Cáliban, cruzándose de brazos y ladeando la cabeza con una peque?a sonrisa sarcástica —Se ven tan… adorables intentando ocultarse.

  Joseph, que aún sostenía el plato como si fuera un escudo, balbuceó una excusa mientras retrocedía hacia la puerta.

  —Cáliban, yo…

  —Solo vete. —le interrumpió de manera cortante, como un filo que cortó el aire —Tienes clases a las que asistir.

  Joseph dudó un segundo, mirándolo con una mezcla de vergüenza y súplica.

  —Pero tú también tienes…

  —Yo no tengo un promedio de seis. —espetó Cáliban con frialdad —Ahora, lárgate o te asignaré tareas extra para que las hagas en tus vacaciones.

  Joseph, sin otra opción, inclinó la cabeza en un gesto de agradecimiento apresurado y salió corriendo, cerrando la puerta con un ruido sordo. Adelina, que había observado toda la escena con el ce?o fruncido, no pudo evitar expresar su molestia.

  —?Era necesario tratarlo así? —preguntó, reprochadole mientras le lanzaba una mirada penetrante.

  Cáliban suspiró profundamente, y se dejó caer en una silla al lado de la cama. Sin responder de inmediato, dirigió su mirada a las marcas en el cuerpo de Adelina, examinándolas en busca de algún cambio.

  —Si no lo trato así, pensará que puede pedirme lo que quiera, y que voy a ceder. —dijo al fin, casi susurrante, aunque con una dureza que dejaba claro que no esperaba contradicciones —Lo cual, te adelanto, no será así.

  Adelina desvió la mirada, inquieta, sus dedos jugueteaban con las sábanas.

  —Por cierto… —comenzó, buscando una excusa para cambiar de tema —?Puedo quedarme aquí después? Este cuarto es bonito. ?Cuánto cobras de renta?

  La pregunta quedó flotando en el aire unos segundos, hasta que Cáliban la cortó con una respuesta tan seca como un golpe de realidad.

  —Esto no es un hotel. En cuanto estés bien, regresarás a tu pocilga de estrés mental.

  Adelina apretó los labios, ofendida, pero no pudo evitar buscar una excusa para justificarse.

  —Eso no…

  —Claro. —interrumpió Cáliban, sus ojos oscuros se fijaron en ella como si pudiera leer sus pensamientos —Porque tener todo el lugar lleno de ropa sucia, comida podrida, trastes sin lavar y cajas viejas en la sala es completamente normal. ?Estabas pasando por un mal momento, Adelina?

  Su tono cínico perforó la armadura de Adelina, que apartó la mirada, sus mejillas se encendieron de vergüenza. Guardó silencio por un momento, mordiéndose los labios como una ni?a atrapada en una mentira. Finalmente, replicó con una furia contenida:

  —?Eso importa? Yo solo…

  —Es importante. —la interrumpió, esta vez con una seriedad que pesaba en el ambiente —Si tienes algún estrés o condición mental, eso podría afectar la ascensión. Y para peor, lo harás junto a Xander. Si algo llega a salir mal, no solo te afectará a ti. También a él. Incluso podrían morir.

  Adelina sintió que la habitación se hacía más peque?a. Las palabras de Cáliban colgaban como una advertencia, una carga que no podía ignorar. él la miró fijamente, su expresión era estoica, pero en el fondo de sus ojos se podía leer una preocupación genuina.

  —Así que te lo repito. —a?adió con voz grave —Si hay algo que deba saber, algo que te esté afectando, tienes que decírmelo.

  Adelina meditó sobre las palabras de Cáliban, dejando que el silencio se extendiera por la sala como un manto pesado. Su mirada vagaba por la habitación, pero en realidad estaba lejos, atrapada en los oscuros huecos de su mente. Sabía que no podía seguir guardando aquello para sí misma. Si algo podía comprometer su futuro o el de los demás, tenía que hablar, aunque le doliera.

  —Yo… —comenzó, con la voz quebrada por la duda. Tragó saliva, intentando aplacar el nudo en su garganta, y tras un breve suspiro, continuó: —Hace meses, cuando recibí la misión del director para investigar las desapariciones… me topé con algo. Una bestia.

  Su voz tembló, y sus ojos se oscurecieron al recordar.

  —El solo pensar en su aspecto me revuelve el estómago, me hace querer vomitar…

  Cáliban entrecerró los ojos. Por las pocas pistas que ella había dado, una imagen empezó a formarse en su mente.

  ?Debe haber sido el devorador carmesí…? —dedujo, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

  —Después de verlo… —prosiguió Adelina, apretando su mano contra las sábanas —me sentí mal, muy mal. Los días siguientes fueron un infierno. No podía dormir bien. Las pesadillas no me dejaban en paz. Incluso dejé de ir a mi casa… y comencé a dormir en mi oficina en la Casa de los Sabios.

  Hubo un breve silencio mientras sus palabras se hundían en el ambiente, cargadas de un peso que Cáliban no quiso interrumpir.

  —Cuando finalmente encontré una pista sobre las desapariciones… —siguió Adelina —no dudé en seguirla. Quería respuestas, más de lo que me importaba mi propio bienestar… no sabía que todo era una trampa de ese malnacido de Cunim.

  Adelina cerró los ojos y apretó las sábanas con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Su voz, que hasta ese momento había sonado frágil, ahora se cargaba de ira.

  —Aun tengo secuelas de todo eso… —susurró, casi para sí misma.

  Cáliban la observó en silencio. Las piezas encajaban. Los síntomas que describía eran claros y preocupantes. Sabía que aquello, sin tratarse, podría poner en riesgo su ascensión.

  —Por suerte para ti, eso es tratable… —dijo con un tono que dejaba entrever determinación.

  Con un suave movimiento de sus dedos, Cáliban conjuró una barrera mental sobre Adelina. Una tenue luz envolvió su cabeza, y al instante, los recuerdos dolorosos y las pesadillas se desvanecieron como humo en el viento.

  Adelina parpadeó, llevándose una mano a la frente.

  —Me siento… me siento bien. ?Cómo…?

  —Es temporal. —la interrumpió Cáliban, calmado pero firme —Una vez que completes el proceso, la barrera desaparecerá. Esto es solo un seguro para que todo no se eche a perder ahora.

  Adelina quiso replicar, pero las palabras murieron en su garganta. Sabía que él tenía razón, aunque no quisiera admitirlo. Cuando Cáliban se levantó y la tomó en brazos para transportarla a la parte alta de la torre, sin embargo, una sombra de tristeza volvió a posarse sobre su rostro. Saber que el dolor regresaría, tarde o temprano, la deprimía aún más.

  —La medicina para el dolor no es ignorarlo, profesora… —dijo Cáliban mientras avanzaba con pasos firmes —Es enfrentarlo.

  Adelina desvió la mirada, escondiendo sus ojos tras los mechones grises que caían sobre su rostro.

  —Guarda esa basura motivacional para alguien más… —murmuró con enojo contenido.

  —No lo digo para reconfortarte. —respondió él, sin siquiera mirarla —Lo digo porque no puedes depender de una barrera mental para vivir. Si permites que el dolor te consuma, entonces habrás perdido. Y ellos habrán ganado. Tus ideales de venganza y justicia se derrumbarán junto contigo. No huyas, profesora. Enfréntalo.

  Ella bajó la mirada, mordiéndose el labio. Quería gritarle que no entendía lo difícil que era, que hablar era fácil, pero actuar era un peso que parecía imposible de cargar. Sin embargo, algo en las palabras de Cáliban se clavó en su mente como una espina.

  él no la presionó más. Simplemente siguió adelante, recordándole que si no tomaba medidas, estaría en graves problemas cuando llegara el momento. Y ese momento estaba más cerca de lo que ella quisiera aceptar.

  Cuando finalmente llegaron al patio, la figura de Lady Lidia los esperaba al pie de las largas filas de trazados que cubrían el suelo con símbolos intrincados. La mujer, serena pero con una pizca de inquietud en su semblante, alzó la vista hacia ellos.

  —Espero que esté bien… —comentó, analizando cada detalle de las líneas mientras hacía una última revisión antes del comienzo del proceso.

  El viento sopló suavemente, meciendo los cabellos de Adelina, como si el mundo mismo se preparara para lo que estaba por venir.

  —Lo hiciste muy bien… ahora es su turno. —dijo Cáliban, firme, mientras levantaba la mano derecha.

  Un destello de energía recorrió el aire, y las cuatro antenas comenzaron a desplegarse hacia los puntos cardinales de la formación. El cielo sobre el castillo se tornó oscuro, y espirales de nubes comenzaron a arremolinarse con un rugido ominoso. La atmósfera estaba cargada de electricidad, como si el mundo mismo contuviera el aliento.

  —?Es ahora! —gritó Cáliban, su voz resonó como un trueno por encima del caos —?Necesito que ambos se sienten dentro de la formación!

  Lord Xander se movió con rapidez, sosteniendo a Adelina mientras la ayudaba a colocarse en el centro del intrincado círculo grabado en el suelo. Sus manos temblaron ligeramente al tocar las suyas, pero ambos permanecieron en silencio, sabiendo que ese no era el momento para palabras innecesarias.

  El aire comenzó a vibrar violentamente, como si una fuerza invisible intentará desgarrar el espacio que los rodeaba. Arriba, los rayos rugían, iluminando el castillo en destellos momentáneos. Cáliban, manteniendo la concentración absoluta, extendió ambas manos hacia el cielo.

  —?Actívate!

  La formación respondió de inmediato. Un resplandor cegador surgió del círculo, expandiéndose con un brillo que rivalizaba con el alba misma. La energía quedó contenida dentro de una barrera translúcida, que latía como un corazón al compás de las descargas que se acumulaban en los cuatro pilares.

  En un instante que pareció eterno, un gigantesco relámpago descendió del cielo con un estruendo ensordecedor. El impacto estaba destinado a caer sobre Adelina y Xander, pero la formación reaccionó justo a tiempo, extendiendo su dominio y absorbiendo toda la energía. Los pilares comenzaron a regular la potencia, dirigiendo la corriente hacia las intrincadas marcas grabadas en el suelo. Las líneas brillaron con un fulgor azul eléctrico mientras la energía corría por ellas como un río desbordado.

  —Esta energía… —murmuró Adelina, con los ojos abiertos de par mientras sentía la descarga recorriendo cada fibra de su ser —Me siento en ascenso…

  —Yo también… —susurró Xander, asombrado, mientras cerraba los ojos y dejaba que la energía lo envolviera.

  Ambos, siguiendo un instinto casi primitivo, tomaron postura de meditación, sincronizándose con el flujo de poder que los rodeaba. La formación vibraba con precisión, y Cáliban observaba todo con ojos críticos, buscando cualquier error o anomalía en el proceso.

  —La formación funciona bien… —comentó, más para sí mismo que para los demás.

  Lady Lidia, de pie a unos metros, observaba la escena con cierto nerviosismo, incapaz de apartar la vista de la brillante formación.

  —?Cuánto tiempo estarán ahí? —preguntó, denotando una leve preocupación.

  —Con suerte, hasta ma?ana por la ma?ana… —respondió Cáliban sin apartar la mirada del círculo, asegurándose de que todo marchara según lo planeado.

  El silencio volvió a caer, roto solo por el zumbido constante de la energía en la formación. Cáliban meditó sobre lo que vendría después. El gran día estaba a la vuelta de la esquina. Ma?ana, el combate decisivo tendría lugar. El coliseo del distrito rojo en Hilloy sería el escenario, y la expectación era palpable.

  Por primera vez en mucho tiempo, se permitiría a los estudiantes de primer a?o asistir al evento. Los periódicos estaban repletos de titulares, y el ambiente en la ciudad era de anticipación febril. Todo el mundo parecía interesado en presenciar el encuentro, lo que no hacía más que a?adir presión sobre los hombros de Cáliban.

  —Vigílelos. —ordenó, con un tono firme pero cansado, mientras se giraba hacia Lady Lidia —Si algo sucede, llámame de inmediato.

  Sin esperar respuesta, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Sus pasos resonaban con eco en los corredores del castillo, hasta que finalmente salió hacia el aire frío. Su destino era el Emporio. Allí lo esperaban Dimerian, Joseph y Bardrim, quienes estaban inmersos en una animada discusión.

  —?Esto es impresionante! —exclamó Dimerian, sosteniendo un pergamino con planos y trazados complejos. Sus ojos brillaban con entusiasmo, como los de un ni?o que acababa de recibir el juguete más deseado —Las curvas, los engramas… es una obra maestra.

  —?Cuándo empezaremos la construcción? —preguntó Joseph, claramente contagiado por la emoción de Dimerian.

  —?Inmediatamente! —ordenó Cáliban con firmeza mientras irrumpía en el despacho, empujando las puertas con tal fuerza que el eco resonó en la habitación. Su mirada intensa dejó claro que no había tiempo para dudas —Necesitamos empezar rápido. Solo tenemos un día.

  Dimerian observó al maestro herrero tomar los planos con precisión antes de desaparecer rumbo a su bóveda en busca de materiales. La energía en el ambiente cambió al instante; todos sabían que aquello era más que un simple proyecto.

  Dimerian, impaciente por ayudar, dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo en seco cuando una mano fuerte se posó en su hombro.

  —?A dónde crees que vas? —preguntó Cáliban, clavando sus ojos en él con una intensidad que lo dejó helado.

  —Ah… bueno, yo… pensé que podía… —balbuceó Dimerian, nervioso.

  Cáliban, sin apartar la mirada, buscó en su cinturón hasta encontrar lo que parecía ser una sencilla cinta roja de lana.

  —Ten. —dijo, entregándosela con un gesto firme, aunque no carente de cuidado —Está hecha de una lana especial que absorberá el sudor de tu rostro. La necesitarás para el proyecto.

  Dimerian tomó la banda con delicadeza, sus ojos se abrieron con asombro. Durante sus prácticas en la forja, su cabello largo siempre había sido un problema. Sin embargo, jamás había considerado cortarlo; en su pueblo, llevar una cabellera larga era símbolo de honor y tradición. Que Cáliban lo supiera, y aún más, que se preocupara por ello, hizo que el corazón de Dimerian se llenará de gratitud.

  —?Gracias! —exclamó, su rostro se iluminó como el de un ni?o peque?o recibiendo un regalo inesperado. Sin perder más tiempo, corrió hacia la forja para encender el horno, su entusiasmo era tan palpable que parecía casi contagioso.

  Joseph, que había estado observando todo con curiosidad, se acercó a Cáliban mientras este revisaba los planos con movimientos precisos.

  —Entonces… ?Qué harán exactamente? —preguntó, inclinándose ligeramente para ver mejor.

  Cáliban alzó una mano y conjuró una pantalla luminosa. Era una magia compleja, visible solo para ellos dos, y en ella se desplegó un intrincado diagrama de dos extremidades dise?adas específicamente para la anatomía de las hadas.

  Joseph se quedó boquiabierto al ver las notas detalladas, los esquemas de funcionamiento y la lista de materiales.

  —?Con esto… ella podrá caminar… y usar magia otra vez! —exclamó, incapaz de contener su emoción.

  —Así es. —asintió Cáliban, se?alando una serie de runas inscritas en el dise?o —Las rocas rúnicas incorporadas le permitirán canalizar magia superior a su rango actual. No solo recuperará su movilidad, sino que también obtendrá una ventaja significativa en combate.

  De pronto, las puertas del despacho se abrieron con un chirrido espantoso, interrumpiendo la conversación. Cáliban dejó escapar un suspiro pesado mientras Joseph giraba la cabeza hacia la entrada. Allí, de pie, estaba Cecilia, con el rostro encendido de vergüenza y los hombros encorvados como si quisiera desaparecer.

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  —Bueno, parece que tienes visita. —comentó Joseph con una sonrisa divertida mientras se apartaba de la pantalla mágica —Me voy ahora mismo. Faltan veinte minutos para la clase de la profesora Meeris. Suerte.

  Sin esperar respuesta, Joseph salió de la habitación, dejándolos solos. Cecilia, visiblemente incómoda, avanzó con pasos cautelosos hasta la mesa, como si temiera haber irrumpido en un momento crucial.

  —?No debí venir? —preguntó en voz baja, cargada de pena mientras se sentaba al borde de la mesa, evitando mirar a Cáliban directamente.

  Cáliban no respondió de inmediato. Su atención seguía fija en los planos, donde realizaba anotaciones y ajustes con movimientos ágiles y precisos. Tras un largo suspiro, finalmente habló, sin levantar la mirada.

  —?Tú y Nhun terminaron de rebuscar en la biblioteca?

  Cecilia retrocedió un paso, sus ojos se abrieron ligeramente, estaba asustada de haber sido descubierta.

  —Lo siento… Nhun no tenía malas intenciones. Solo buscábamos una forma de ayudar a Joseph… él… no ha estado bien últimamente… —dijo con un hilo de voz, que se apagaba lentamente mientras hablaba. La culpa la carcomía, sobre todo porque Joseph era alguien importante para ella.

  Cáliban la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, respiró hondo y asintió ligeramente.

  —Lo sé… —admitió suavemente, su voz era más conciliadora de lo que Cecilia esperaba —Entiendo lo que ambas intentan hacer, pero debo decírselo con claridad. No importa cuánto busquen en bibliotecas, ni aquí, ni en cualquier otro rincón de mi castillo. Nada de lo que encuentren podrá ayudarlo. Solo él puede ayudarse a sí mismo.

  Sus palabras cayeron como una losa, pero no había reproche en ellas, solo una dura verdad.

  —Tengo fe en él. —a?adió Cáliban, mirándola con seriedad —Y ustedes también deberían tenerla.

  Cecilia bajó la mirada, mordiendo su labio inferior mientras trataba de convencerse de pensar de la misma manera.

  —Lo siento… es solo que… tú y Joseph fueron mis primeros amigos. No soporto la idea de verlo así… —confesó, con un dolor que se reflejaba en sus ojos.

  Se acercó lentamente a Cáliban, y este percibió un tenue aroma a cerezas que provenía de su perfume. Era sutil, pero agradable, casi reconfortante. Mientras Cáliban repasaba los planos con ojos calculadores, Cecilia tomó asiento a su lado, inclinándose ligeramente para ver mejor.

  —Eso… ?Es una mano? —preguntó con curiosidad, se?alando el dibujo en el pergamino.

  —Casi… es una prótesis. —respondió Cáliban, moviendo los dedos sobre el plano como si quisiera dar vida al dise?o —Está dise?ada para…

  Comenzó a explicarle los detalles técnicos, desglosando cómo funcionaban los mecanismos internos y las runas que lo impulsaban. Para su sorpresa, Cecilia seguía su explicación con atención, haciendo preguntas inteligentes y mostrando una comprensión que no esperaba.

  —Parece complicado, pero tiene sentido… si lo piensas como un sistema cerrado… —murmuró ella, tocándose el mentón mientras observaba las líneas del dise?o.

  La conversación fluyó con una calma inesperada, como un río que serpentea en silencio bajo un cielo despejado. Cáliban, que normalmente veía las charlas como distracciones, se sorprendió al encontrar paz en esa interacción. Sin darse cuenta, hablaba más de lo habitual, compartiendo detalles y peque?as anécdotas de su trabajo.

  Sin embargo, una extra?a sensación comenzó a instalarse en su pecho. A veces, tomaba decisiones que escapaban a su carácter habitual, arrebatos humanos que consideraba imprudentes. Ayudar a la profesora Sill había sido un ejemplo reciente. ?Cuándo había comenzado a tomar esos riesgos? Era extra?o. Y ahora, ahí estaba, compartiendo espacio con Cecilia como si la barrera que solía mantener con todos los demás no existiera.

  Esa reflexión lo sacudió, pero no pudo detener lo que sucedió después. Impulsado por algo que no comprendía del todo, giró hacia Cecilia y la tomó de los brazos con una fuerza que la sorprendió.

  —Cecilia… lo siento por esto…

  Antes de que ella pudiera reaccionar o decir algo, Cáliban se inclinó hacia adelante y dejó que sus labios tocaran los de ella. Fue un beso intenso, guiado más por el instinto y el calor del momento que por la razón. Cecilia tardó un segundo en procesar lo que ocurría, pero no se resistió. En cambio, envolvió sus brazos alrededor del cuello de Cáliban, dejándose llevar por el momento.

  El guerrero sintió cómo su corazón, endurecido por a?os de lucha y soledad, comenzaba a avivarse con un calor que creía olvidado. ?Cuántas décadas habían pasado desde que había sentido algo así?

  El momento, sin embargo, no duró. Como si el peso de la realidad cayera de golpe sobre él, Cáliban retrocedió abruptamente, apartándose de Cecilia. Sus ojos reflejaban una mezcla de confusión, culpa y algo que no sabía cómo definir.

  —Mierda… mierda… —murmuró repetidamente, llevándose una mano al pecho como si algo lo asfixiara.

  Cecilia seguía en shock, su rostro se encendía mientras trataba de comprender lo que acababa de ocurrir. Sin embargo, cuando vio la expresión de Cáliban, su confusión se mezcló con preocupación.

  —?Qué sucede? ?Por qué hiciste eso? No es que… no me gustara, pero…

  Sus palabras quedaron flotando en el aire, llenas de incertidumbre. Cáliban, todavía intentando calmarse, apartó la mirada.

  —Fue un error… no debí… —dijo, apenas en un susurro.

  Cecilia dio un paso hacia él, pero Cáliban levantó una mano, como si necesitara espacio para ordenar sus pensamientos. Su mente era un torbellino. La lógica le decía que aquello no debía haber pasado, pero algo en su interior parecía rebelarse contra esa idea.

  El rostro de Cáliban cambió de manera abrupta. Lágrimas comenzaron a correr silenciosas por sus mejillas, contrastando con su habitual semblante estoico. Cecilia lo miró con una mezcla de desconcierto y miedo, incapaz de comprender aquel repentino quiebre emocional. Algo en esa imagen la llenó de incertidumbre, como si estuviera presenciando algo que no debía.

  —?Qué te pasa? —preguntó, temblorosa y cargada de preocupación.

  —No es nada… solo necesito meditar un momento. —respondió Cáliban, apartando la mirada mientras se limpiaba el rostro con un gesto rápido, casi como si intentara negar lo evidente.

  Sin darle tiempo a replicar, se sentó en el suelo y comenzó a meditar. Cerró los ojos y estelas de luz carmesí comenzaron a arremolinarse a su alrededor, envolviéndolo en un brillo inquietante mientras trataba de estabilizar su mente y corazón. Cecilia permaneció sentada en la mesa, observándolo con el ce?o fruncido y un malestar creciente reflejado en su mirada.

  El silencio entre ambos se alargó, roto únicamente por el suave zumbido de la energía que emanaba de Cáliban. Finalmente, tras varios minutos, él se levantó como si nada hubiera pasado, regresando a su asiento para continuar leyendo los planos.

  —?Espera! —exclamó Cecilia, incorporándose de golpe —Dime lo que sucedió. No es normal verte así, yo…

  —No importa. —la cortó Cáliban con su habitual tono serio, sin apartar la vista de los pergaminos —Ya se terminó.

  —?No!

  Cecilia avanzó con decisión, tomando a Cáliban de los hombros. Su agarre era firme, y su mirada, intensa.

  —?Dime lo que pasa! —exigió, temblando entre enojo y preocupación.

  —?Oye, suéltame! —respondió él, intentando apartarla.

  —?No! No te dejaré ir hasta que hables conmigo.

  Cecilia, haciendo uso de la fuerza que había adquirido durante sus entrenamientos, usó sus cuatro extremidades para sujetarse a Cáliban como un mono aferrado a una rama. Su agilidad y destreza hicieron que él tuviera problemas para quitársela de encima.

  —?Suéltame! —gru?ó Cáliban, tratando de zafarse mientras ambos se retorcían en un forcejeo ridículamente caótico.

  —?Nunca! ?Dime lo que sucede! —replicó Cecilia, apretando aún más su agarre y rodeándole el torso con sus piernas.

  El forcejeo se intensificó, llevándolos a chocar contra las estanterías y los muebles de la habitación. Los pergaminos y libros caían al suelo mientras los gritos de ambos resonaban por toda la sala. Era una lucha tan absurda.

  Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe, y Dimerian apareció con un pergamino en la mano, su expresión de prisa se congeló al ver la escena que tenía frente a él.

  Cáliban y Cecilia se retorcían por toda la habitación, jadeando y peleando por el control de la situación. Las estanterías temblaban con cada impacto, y los libros seguían cayendo como si fueran espectadores horrorizados del espectáculo.

  —Oye, Cáliban, tenemos que… —comenzó Dimerian, pero se detuvo al verlos. Su mirada pasó de uno a otro, con sus labios fruncidos en un gesto que no podía decidir si era incredulidad o resignación.

  Con un lento movimiento, Dimerian retrocedió, cerrando la puerta sin hacer ruido, como si temiera ser arrastrado a la caótica escena.

  —Bueno… no es mi problema. —murmuró, encogiéndose de hombros antes de volver tranquilamente a la forja.

  Mientras tanto, dentro de la habitación, Cáliban continuaba luchando por liberarse, pero el agarre de Cecilia era sorprendentemente efectivo. Su flexibilidad y rapidez la hacían prácticamente imposible de atrapar, como si hubiera nacido para este tipo de enfrentamientos absurdos.

  —?Basta ya, Cecilia! ?Suéltame! —gru?ó Cáliban, moviéndose con torpeza por la sala.

  —?No lo haré! ?No voy a soltarte hasta que me digas la verdad!

  El forcejeo los llevó al suelo, donde terminaron enredados en una posición incómoda. Cecilia, mostrando una agilidad inesperada, atrapó el brazo de Cáliban entre sus piernas, aplicando una llave que había aprendido observando las prácticas de Juliana.

  —??Por qué no eres así en los entrenamientos?! —gru?ó Cáliban, intentando liberarse.

  —?Porque no me gusta da?ar a mis amigas! —respondió Cecilia con un grito exasperado —?Ahora dime lo que te pasa!

  Tomando impulso, Cáliban alzó sus piernas para desequilibrarla, pero Cecilia, anticipándose, contraatacó sujetando su abdomen con fuerza, usándolo como ancla para inmovilizarlo.

  —?Eres insoportable! —gru?ó él, jadeando por el esfuerzo.

  —?Y tú eres un obstinado! —replicó ella, ajustando su agarre.

  Cáliban, viendo que la fuerza no era suficiente, invocó un hechizo sencillo. Un destello sutil de magia recorrió sus dedos, enviando una ráfaga de cosquillas que atacaron los costados de Cecilia.

  —??Qué demonios?! —gritó ella entre risas involuntarias, sacudiéndose para resistir —?Eso es trampa!

  El efecto del hechizo duró solo unos segundos, lo que permitió que Cecilia recuperara el control y, como un depredador acechando a su presa, se abalanzó sobre Cáliban, empujándolo nuevamente al suelo y atrapando su espalda.

  —?Dime! —exigió, con el rostro a centímetros del suyo.

  —??Qué te sucede hoy?! —protestó Cáliban, girando la cabeza para evitar su mirada —?Estás loca!

  —??Y qué te sucede a ti?! —respondió Cecilia, con las mejillas encendidas por el enojo y la adrenalina —?Estás demasiado emocional!

  Ambos quedaron inmóviles por un momento, jadeando tras la lucha. Sus cuerpos se tensaron, pero esta vez ninguno se movió. Cecilia, esperando otro contraataque, observó cómo Cáliban simplemente dejó de resistirse. No intentó levantarse ni forcejear. Se quedó ahí, quieto, mirando al techo con una expresión que la desarmó por completo.

  Había algo en su mirada… una mezcla de cansancio, nostalgia y algo más profundo que no podía identificar.

  —No sabes lo mucho que te odio… —susurró Cáliban, rompiendo el silencio.

  Cecilia parpadeó, sorprendida por la crudeza de sus palabras. Su pecho se apretó, pero antes de que pudiera responder, él continuó.

  —Y lo mucho que te amo…

  La confesión la golpeó como un rayo. Por un momento, Cecilia no supo cómo reaccionar. Entonces, una risa suave escapó de sus labios, no por burla, sino por el desconcierto que sentía ante la contradicción de sus palabras.

  —?Me odias y me amas? —repitió, inclinando ligeramente la cabeza mientras lo miraba con una mezcla de ternura y confusión —Debe ser duro sentir ambas cosas al mismo tiempo.

  Cáliban giró lentamente su cabeza hacia ella, su mirada era apagada pero llena de honestidad.

  —No tienes idea… —murmuró, como si cada palabra fuera un esfuerzo.

  Intentó apartar la mirada nuevamente, pero esta vez Cecilia no se lo permitió. Se recostó a su lado, mirando también al techo como si pudiera encontrar respuestas en las grietas. Su expresión se suavizó, y tras unos segundos de silencio, movió tímidamente su mano, rozando el dedo me?ique de Cáliban con la yema de los dedos.

  —No soy muy buena con estas cosas… —admitió en voz baja, con un tono tan dulce que hizo eco en la habitación. Cerró los ojos brevemente, como si reunir el valor para hablar fuera un acto titánico —Pero quiero estar ahí para ti…

  Cáliban dejó escapar un suspiro pesado.

  —Ahí vas otra vez. —dijo, con un tono mezcla de desagrado y resignación —En serio, no te soporto.

  Cecilia lo miró de reojo, una sonrisa traviesa se formaba en sus labios.

  —?Entonces qué debería hacer? —preguntó con sarcasmo —?Quieres que te patee? ?O prefieres que te insulte?

  —Eso estaría bien. No, de hecho, estaría mucho mejor. —respondió él, cerrando los ojos con un susurro que casi sonaba como una risa apagada —Haz simplemente eso.

  Cecilia rió suavemente y lo empujó con el hombro, un gesto ligero pero cargado de afecto.

  —Eres un caso perdido, Cáliban.

  él no respondió, pero una peque?a sonrisa, casi imperceptible, apareció en su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, el peso que cargaba parecía disminuir, aunque solo un poco. Ambos permanecieron ahí, en el suelo, compartiendo el silencio y una extra?a paz que ni siquiera la absurda situación que habían vivido podía romper.

  —Quieres que te odie… pero no entiendo por qué… —dijo Cecilia en un susurro, inclinándose hacia él. Su voz estaba cargada de una mezcla de tristeza y desconcierto.

  Cáliban permaneció en silencio, su mirada se perdía en el techo como si buscara respuestas que no existían. Intentó pensar en algo, alguna salida para evadir la conversación, pero su corazón lo traicionó. Por alguna razón que no podía explicar, no quería cerrar esa puerta.

  —Yo… tenía un hermano… —comenzó finalmente, quebrándose, apenas perceptiblemente entre suspiros.

  Cecilia no dijo nada, limitándose a escucharlo con atención mientras él seguía.

  —Lo amaba. Era mi mejor amigo. Siempre hablábamos de todo; cuando uno no podía resolver algo, el otro siempre estaba allí. Compartíamos nuestras dudas, nuestros pesares… juntos crecimos, aprendimos y nos volvimos fuertes. Pero… —Cáliban cerró los ojos, como si quisiera bloquear un recuerdo que le quemaba el alma —No vi la semilla de la envidia en él. No me di cuenta de lo que crecía en su corazón… y por ese error, nuestra familia pagó el precio.

  La confesión cayó como un peso abrumador en la habitación. Cecilia se acercó lentamente, arrastrándose sobre el suelo, sus ojos buscaban los de él.

  —?Cómo se llamaba? —preguntó con suavidad.

  —Karrigan… —respondió Cáliban en un susurro, apenas audible.

  El nombre golpeó a Cecilia como un eco lejano. Recordó que lo había oído antes, un murmullo apenas perceptible el día en que Cáliban se presentó ante ella. En ese momento no había pensado que tuviera importancia, pero ahora todo cobraba un nuevo significado. Su corazón se retorció al ver el peso que cargaba Cáliban.

  —Asesinó a nuestra familia. —continuó él, su voz se endureció mientras hablaba —A todos nuestros aliados… y a mí.

  Cecilia parpadeó, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

  —La gran pelea que mencionaste en la cena… —murmuró, juntando las piezas en su mente —Fue tu hermano quien te asesinó…

  Cáliban asintió lentamente, su rostro parecía inmutable, pero sus ojos reflejaban la profundidad de su dolor.

  —Se supone que estaba muerto. Más bien… debería estar muerto. —dijo mientras llevaba los dedos a su pecho, tocándolo como si pudiera sentir las cicatrices que no estaban ahí físicamente —Pero gracias al cristal de mi maestro, sigo con vida.

  Suspiró profundamente, el peso de su confesión hizo que su voz se volviera más grave.

  —Aunque no todo es bueno. La encarnación no fue perfecta, y mi alma… no es aceptada por este cuerpo.

  Cecilia frunció el ce?o, pero no lo interrumpió.

  —Estos sentimientos que tengo, mi amor por ti, el afecto que a veces siento por esos idiotas con los que trabajo… no deberían existir. Son un residuo de la esencia de Mika’el, el due?o original de este cuerpo. Mi alma está contaminada por estos restos humanos. Si sucumbo a ellos… podría perder mi identidad.

  Cecilia bajó la mirada, procesando lo que acababa de escuchar.

  —Así que… de ahí viene tu bipolaridad… —murmuró, tratando de encontrar sentido a todo —Aun así, aunque no sé mucho sobre eso, hay algo de lo que estoy segura… los sentimientos no se inventan.

  Cáliban la miró de reojo, como si no esperara ese comentario.

  —Dudo que esos sentimientos estuvieran ahí desde antes. —continuó ella, con su voz dulce —Si tu corazón late por mí, es porque realmente lo sientes, Cáliban.

  Por primera vez en mucho tiempo, Cáliban dejó escapar una risa breve y ronca.

  —A veces dices cosas maduras… —comentó con una media sonrisa.

  —?Oye! —Cecilia le dio un suave codazo en el brazo, fingiendo ofenderse, aunque su sonrisa sincera traicionaba cualquier intento de disgusto.

  La calidez de sus risas llenó la habitación, aliviando brevemente el peso de la conversación. Por un instante, ambos se permitieron olvidar el dolor y las cargas que llevaban. Pero como una estrella que colapsa, la calidez se desvaneció tan rápido como había llegado.

  De repente, Cáliban rompió el silencio con una pregunta que heló el ambiente.

  —?Alguna vez perdiste a alguien? Alguien importante para ti…

  La sonrisa de Cecilia se desvaneció. Juntó las manos, entrelazando los dedos mientras miraba al suelo, tratando de encontrar las palabras correctas.

  —Si no quieres responder, no te sientas presionada… —comenzó a decir Cáliban, pero Cecilia lo interrumpió suavemente, cargada de nostalgia.

  —Mi madre… —dijo con un hilo de voz, sus ojos se perdieron en algún recuerdo lejano —Nunca llegué a conocerla. Papá siempre me dijo que me amaba, que era una buena mujer… digna de sus convicciones y tan hermosa como fuerte. Era amable con todos y muy dedicada a su trabajo.

  Su voz comenzó a quebrarse, y un leve temblor recorrió sus manos mientras continuaba.

  —Murió dándome a luz…

  Cecilia bajó la mirada, intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Antes de que la tristeza pudiera apoderarse de ella, Cáliban alzó la mano, dejando escapar un peque?o destello de magia. Una luz cálida y vibrante llenó la sala, expandiéndose como un suave susurro del universo.

  En un abrir y cerrar de ojos, la sala se transformó. Una maqueta viva del sistema solar se materializó, flotando ante ellos. Las órbitas giraban con un ritmo sereno, y el fulgor del sol iluminaba los coloridos gases que adornaban el firmamento.

  —Esto es… —murmuró Cecilia, deslumbrada por la belleza del cosmos que se desplegaba frente a sus ojos.

  Ambos quedaron absortos, contemplando el fino tapiz celestial. Cada estrella, cada sombra y cada destello parecían llevar consigo una historia que se susurraba entre los movimientos de los planetas.

  Entonces, Cáliban se?aló con el dedo un peque?o punto en la vasta inmensidad del espacio.

  —Este era mi mundo… —dijo, con su voz te?ida de una genuina melancolía —Aquí nací. Aquí crecí. Aquí vivía con mi familia…

  Cecilia se sorprendió al ver algo que rara vez aparecía en el rostro de Cáliban. Una sonrisa amplia, genuina, llena de amor y nostalgia. No era la sonrisa fugaz que solía mostrar, sino una que reflejaba todo lo que había significado ese lugar para él.

  —Dime… si tuvieras la opción de volver a ver a tu madre, aun sabiendo que no es realmente ella, que lo que pasó no cambiará y que el dolor que sentiste no desaparecerá… en un mundo diferente, en un tiempo diferente o en una dimensión diferente… ?Lo harías?

  La pregunta golpeó a Cecilia como un torrente. Sintió un nudo en la garganta y su mente se llenó de emociones encontradas. ?Quién no querría volver a ver a alguien que amó con todo su ser? Pero las palabras de Cáliban también llevaban consigo un peso terrible.

  —Yo… yo… —balbuceó, su voz se quebraba mientras buscaba una respuesta que no encontraba.

  Cáliban no insistió. La miró con la misma ternura con la que había observado el peque?o punto que representaba su mundo natal.

  —Hay algo que quiero decirte… —dijo finalmente —Pero si lo hago, quiero que me prometas que, al terminar de hablar, escucharás una petición mía.

  Cecilia levantó la vista, tratando de descifrar la seriedad en su expresión. Intentó buscar sus ojos, pero Cáliban desvió la mirada, como si temiera lo que podía encontrar en ellos.

  —Está bien… —respondió ella en voz baja, asintiendo ligeramente.

  Cáliban movió la mano, expandiendo la maqueta a un nivel más grande. La sala se llenó con la vastedad de múltiples universos, una infinidad de galaxias girando y pulsando con una belleza abrumadora.

  —Cuando hablamos en el castillo, me preguntaste si nos habíamos visto en otros mundos… —dijo, mientras su tono se volvía grave. Guardó silencio un momento, como si intentara encontrar el coraje para continuar —Lo hicimos…

  Cecilia lo miró, perpleja, mientras él cerraba los ojos y respiraba hondo.

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