El sonido del tajo rasgando el aire congeló el momento. Reinhard cerró los ojos con fuerza, incapaz de soportar la idea de ver a Dimerian morir frente a él. Dimerian, con sus ojos temblorosos, hizo lo mismo, resignándose a su destino. Las chicas, atadas y revolcándose en el suelo, luchaban desesperadamente por liberarse, pero todo parecía inútil.
Pasaron unos segundos eternos, hasta que Dimerian, temblando, abrió un ojo. Se preguntaba por qué aún seguía vivo. Frente a él, el líder del escuadrón estaba completamente inmóvil, envuelto en un aura roja que parecía anclarlo en su lugar.
??Qué es esto? ?No puedo moverme!? —pensó el enemigo, lleno de furia e incredulidad.
El tenso silencio fue interrumpido por el sonido de pisadas sobre el césped.
—En serio… no pueden estar un día sin causar problemas.
De la oscuridad emergió Cáliban, caminando con calma, mientras a su espalda avanzaba lord Xander, sus rostros eran inmutables. Ambos contemplaron la escena con evidente enfado.
—Llegan justo a tiempo… —dijo Reinhard con un susurro antes de desplomarse parcialmente, exhausto.
Con un chasquido de dedos, Cáliban hizo explotar las cabezas de los partidarios restantes como si fueran globos llenos de sangre. El sonido húmedo y grotesco llenó el aire, dejando un charco carmesí a su alrededor. Sin embargo, el gigantesco fantoche permaneció ileso, lo cual captó la atención de Cáliban, que lo miró con curiosidad.
Con un gru?ido, el gigante intentó atacar a Cáliban, pero lord Xander lo interceptó. Con un movimiento impecable de su espada, decapitó al monstruo de un solo tajo. La enorme figura se desplomó como una torre, y su cabeza rodó hasta los pies de Dimerian. Este gritó al ver el rostro grotesco y desfigurado. Era un orco no-muerto con la boca cosida y los ojos desprovistos de párpados, dejando sus globos oculares siempre abiertos.
—Un no-muerto… —murmuró lord Xander, limpiando su espada con frialdad —El culto nunca deja de sorprenderme con sus abominaciones.
Cáliban alzó los brazos, y en un instante, todos los presentes fueron transportados a la sala principal del castillo. El cambio fue abrupto, y el líder encapuchado, ahora solo y rodeado por sus enemigos, no pudo evitar mostrar temor. Su nerviosismo creció al intentar usar el artefacto que llevaba, pero este no respondía. El pánico comenzó a apoderarse de él.
—Líder… —balbuceó Reinhard, tratando de mantenerse en pie mientras cubría su herida.
Cáliban lo observó con una expresión más suave.
—Tranquilo… ven aquí.
Lady Lidia apareció de entre las sombras, acercándose rápidamente para ayudar a Reinhard. Con cuidado, lo sostuvo mientras lo llevaba hacia las aguas termales del castillo para que pudiera recuperarse.
Antes de irse, Cáliban volvió su mirada hacia el líder encapuchado, y una sonrisa peligrosa se dibujó en su rostro.
—Este es mi dominio… —dijo con voz gélida —No podrás usar el poder de tu dios aquí.
Volteó hacia lord Xander.
—Llévese a nuestro invitado. Asegúrese de que hable.
Lord Xander asintió con un gesto y se acercó al hombre. Con un movimiento de su mano, Cáliban liberó al prisionero de su parálisis, pero inmediatamente conjuró gruesas cadenas mágicas que se envolvieron alrededor de su cuerpo, impidiéndole moverse con libertad.
Antes de llevárselo, lord Xander tomó el artefacto de las manos del líder y lo observó con detenimiento. Era una calavera tallada con marcas verdes que brillaban intensamente. Sus ojos parecían arder con un fuego que devoraba todo a su alrededor.
—Un artefacto que anula temporalmente la magia… interesante… —comentó Cáliban, inspeccionando el objeto con calma —Así que esto fue lo que bloqueó mi formación.
Volvió a mirar al líder con una mezcla de curiosidad y desprecio.
—Tendré que tener más cuidado la próxima vez.
Con una última mirada a lord Xander, Cáliban asintió, dándole luz verde para interrogar al prisionero. Xander se lo llevó sin decir una palabra, arrastrándolo hacia los pasillos oscuros del castillo, mientras el eco de las cadenas resonaba con un ritmo sombrío.
El hombre luchaba con todas sus fuerzas para liberarse del agarre de lord Xander, pero sus esfuerzos eran inútiles. Las cadenas mágicas se ajustaban más con cada movimiento, mientras Xander lo arrastraba sin esfuerzo hacia la sala de interrogación, dejando solo el eco de sus pisadas y los gritos de frustración del prisionero.
Más tarde, Cáliban llevó a todos al comedor.
La sala quedó en silencio, salvo por el tenue resplandor de las luces mágicas que iluminaban el lugar. La calma había vuelto, pero el peligro que representaba el culto seguía latente.
En cuanto la tensión se disipó, el grupo entero se volvió hacia Cáliban, bombardeándolo con preguntas urgentes.
—?Qué era ese gigante? —preguntó Elizabeth.
—?Por qué tienen un castillo en medio de una dimensión extra?a? —continuó Juliana.
—?Qué está pasando aquí? —arremetió Nhun.
Cáliban levantó una mano para calmar el torrente de preguntas.
—Entiendo que tengan muchas dudas, pero… —se detuvo un momento, observando a los presentes. Sus ropas estaban hechas jirones, al igual que sus cuerpos cubiertos de heridas, cortes y moretones. Incluso había sangre seca en algunos lugares —Creo que antes necesitan un ba?o y algo de descanso. Síganme.
Sin oponer resistencia, el grupo siguió a Cáliban a través del castillo. Los pasillos eran imponentes, decorados con antiguos tapices, runas resplandecientes y esculturas que parecían vigilar sus pasos. Las paredes contaban historias que ninguno podía comprender del todo, pero que dejaban claro que el lugar albergaba secretos milenarios.
Nhun, siempre curiosa, no pudo contenerse.
—?De quién es este castillo?
Cáliban no se detuvo, pero respondió con seriedad.
—Es mío.
—?Tuyo? ?Todo esto? —preguntó Juliana, incrédula.
—Todo lo que ven en esta dimensión me pertenece. —Su tono era solemne, como si estuviera afirmando algo inmutable.
Mientras avanzaban, Dimerian quedó cautivado por una enorme puerta abierta a un lado del pasillo. Dentro, vio un taller gigantesco, lleno de herramientas que brillaban con una energía arcana y estantes repletos de objetos místicos. En el centro, un yunque majestuoso emanaba un fuego ancestral que iluminaba la sala.
Dimerian no pudo resistir la tentación. Se acercó con pasos cautelosos, sus ojos se fijaron en la superficie del yunque. Reflejaba un cielo estrellado, con constelaciones girando lentamente alrededor de su base. Su asombro lo llevó a extender la mano hacia un martillo ornamentado que descansaba al lado.
—No lo hagas… —advirtió Cáliban, apareciendo detrás de él justo a tiempo para detenerlo.
Dimerian retrocedió, sobresaltado.
—Líder… lo siento, yo… esto es… —balbuceó, incapaz de apartar la mirada del yunque.
—Este es mi taller. No toques nada aquí… créeme, podrías explotar. —Cáliban lo miró con seriedad antes de cerrar la puerta con un chasquido, dejando el taller sellado tras ellos.
Dimerian dejó escapar una risa nerviosa mientras regresaba al grupo.
—Qué buena broma, líder…
Cáliban solo le dirigió una mirada seria y continuó caminando.
—Era una broma… ?Verdad? —susurró Dimerian mientras volvía a la fila.
El grupo avanzó entre pasillos iluminados por antorchas de fuego blanco, su brillo puro llenaba el ambiente de una calma inquietante. Con cada paso descendían más, hasta llegar a unas enormes puertas ornamentadas con grabados que parecían fluir como agua viva.
—Por aquí. —dijo Cáliban, levantando la mano para abrir la puerta derecha —Tengan cuidado al entrar.
Cuando las puertas se abrieron, el grupo quedó sin aliento. Frente a ellos, un enorme salón se extendía en una cueva, mostrando un cielo estrellado que parecía cercano y eterno. Una cascada caía en silencio sobre las rocas, llenando un estanque de agua cristalina con un tenue brillo color jade.
—?Líder! ?Esto es…! —balbuceó Elizabeth con emoción, incapaz de contener su asombro.
Cáliban, con su habitual calma, asintió levemente.
—Estas aguas termales son medicinales. Sirven como un ba?o regenerativo. Aquí podrán sanar sus heridas más rápido. —Hizo una pausa, observando a las chicas —Este es el ba?o de mujeres. Dimerian, el de los hombres está al otro lado.
Con un movimiento de su mano, la magia de Cáliban limpió la suciedad y la sangre de las ropas de las chicas, dejándolas impecables. Luego, sin agregar más, giró sobre sus talones y abandonó la sala, caminando en dirección a la sala principal.
Dimerian, aún algo avergonzado, salió del recinto en silencio, buscando la puerta correcta. Finalmente llegó al ba?o de hombres. El lugar era casi idéntico al de las mujeres, con estanterías para colocar la ropa y un amplio espacio de aguas termales rodeadas de un paisaje que cortaba el aliento. Desde allí, podía ver el extenso bosque de la isla y el cielo cósmico que se extendía como un mural infinito, protegido por la barrera dimensional.
—Esto es increíble… —murmuró, maravillado por la vista.
Sin embargo, su asombro se desvaneció al notar a Reinhard, que descansaba en el agua, cubierto por el vapor que emanaba de las termas.
—?Reinhard! ?Te encuentras bien?
Reinhard estaba recostado contra una roca, su respiración era pesada y dificultosa. Aunque la sangre de su herida había comenzado a detenerse, el proceso de regeneración todavía era lento. Levantó su mano y observó con detenimiento la marca y las escamas azuladas que emergían en su piel, intentando reparar los da?os.
—Tranquilo… —respondió con voz ronca, aunque cargada de un leve dolor —Esto no es nada. En poco tiempo estaré bien otra vez.
—?Te duele mucho? —preguntó Dimerian, preocupado —?Por qué no usas magia curativa en el hospital?
Reinhard soltó una exhalación larga, casi como si estuviera preparándose para una lección.
—Cáliban dice… que debemos acostumbrar a nuestros cuerpos a depender menos de la magia curativa. —Hizo una pausa, su mirada se fijó en las ondulaciones del agua —Aumentar nuestro umbral de dolor podría ser la diferencia entre la vida y la muerte en el campo de batalla… además, fortalece nuestra piel.
Dimerian lo miró con incredulidad. No lograba comprender del todo el razonamiento, pero decidió no cuestionarlo más. En su lugar, dejó escapar un suspiro y se metió al agua, dejando que las propiedades curativas hicieran su trabajo.
Por otro lado, Reinhard permaneció en silencio por unos momentos, pero la presión de la culpa comenzó a pesar en su pecho. Finalmente, intentó hablar.
—Dimerian… yo…
—Está bien. —lo interrumpió Dimerian, con una ligera sonrisa —Todo esto tiene una explicación, ?Verdad? El líder nos la dará cuando salgamos… ?Cierto?
Reinhard desvió la mirada, incapaz de responder. Solo dejó que el silencio llenará el espacio mientras el agua continuaba haciendo su trabajo.
En el ba?o de mujeres, el ambiente era más relajado. Después de quitarse la ropa y colocarlas en las estanterías, las chicas quedaron boquiabiertas al observar el majestuoso paisaje frente a ellas. Una cascada caía suavemente hacia el estanque, creando un ambiente de ensue?o bajo el cielo estrellado visible a través de la cueva.
—Esto es… impresionante. —susurró Astrid, maravillada.
Cecilia fue la primera en dar el paso hacia el agua. Apenas sumergió un pie, un suspiro de alivio escapó de sus labios. Sin dudarlo, se dejó caer completamente en el agua, remojándose hasta la cabeza.
—Esto… se siente muy bien… —dijo con un tono casi embelesado, disfrutando de la sensación de las aguas curativas recorriendo cada fibra de su cuerpo.
Elizabeth se acercó con curiosidad y extendió una mano hacia el agua, notando cómo sus peque?as heridas comenzaron a cerrarse al instante.
—Es como si el agua tuviera vida… —murmuró, llena de asombro.
Nhun, por su parte, miró con recelo a su alrededor antes de meterse, aunque una vez que lo hizo, no pudo evitar relajarse.
—Esto es demasiado bueno para ser verdad… —dijo, aunque su tono de voz delataba lo mucho que lo estaba disfrutando.
Las demás siguieron a Cecilia casi de forma instintiva, dejando que las aguas termales curaran su agotamiento. Una tras otra, se sumergieron en el estanque, entre suspiros de alivio y estiramientos, dejando que el agua cálida y la cascada medicinal relajaran sus tensos cuerpos.
Mientras las chicas se relajaban, sus mentes intentaban comprender lo que habían vivido hasta ahora. Aunque por el momento, las aguas lograron calmar sus cuerpos y sus espíritus. Al menos por un instante, el caos del mundo exterior quedó atrás.
Astrid tomó un poco de agua con las manos y se la untó en el rostro, cuidando que su máscara no se mojara. Estaba disfrutando de la sensación calmante.
—Ah… puedo sentir cómo las heridas sanan poco a poco…
Juliana, flotando tranquilamente en el agua como una hoja, suspiró con alivio.
—Sí… mi fatiga se está desvaneciendo…
Elizabeth, mientras lavaba su cabello con cuidado, levantó la mirada y planteó una pregunta que flotaba en las mentes de todas.
—?Creen que el líder nos explique qué está pasando con todo esto?
Nhun, lavándose la espalda y aún con cierta molestia acumulada, soltó un gru?ido.
—?Ja! Tal vez termine echándonos de aquí o, peor, nos borre la memoria.
Astrid se quedó en silencio, su mente estaba perdida en pensamientos. Recordaba las conversaciones que había tenido con Cáliban. Al principio, las historias que él contaba le habían parecido simples fantasías, invenciones de un líder excéntrico con delirios de grandeza. Pero ahora, después de lo que habían presenciado, no podía evitar preguntarse si había algo de verdad en aquellas palabras.
—?Lo peor de todo es que Reinhard sabía algo y no quiso decirnos nada! —exclamó Nhun, con el ce?o fruncido.
Cecilia intentó suavizar la discusión.
—Tal vez no podía… no tenemos toda la versión. Quizás tenía un buen motivo.
Elizabeth, en cambio, cruzó los brazos y respondió con firmeza.
—Puede ser… pero casi matan a Dimerian por ello.
Astrid, tratando de devolver la calma, alzó la voz con un tono razonable.
—No nos corresponde juzgar a Reinhard. No sabemos qué lo llevó a guardar silencio, pero deberíamos…
Antes de que pudiera terminar, una figura femenina apareció en la entrada de las termas. Todas se giraron hacia ella, sorprendidas por la repentina interrupción.
—?Vaya! ?Qué hermosas criaturas tenemos aquí! —exclamó la mujer, con un tono jovial y carismático.
Juliana frunció el ce?o, desconfiada.
—?Y usted quién es?
La mujer, cubriendo su pecho con una toalla mientras se adentraba al agua, les dedicó una sonrisa radiante.
—Oh, ?Mis modales! Perdónenme. Hace tiempo que quería conocerlas, pero nunca había tenido la oportunidad por distintas razones. —Se inclinó levemente en un gesto de cortesía antes de sumergirse —Soy la esposa de Xander. Pueden llamarme Lidia. ?Un gusto conocerlas, peque?as!
Astrid quedó completamente paralizada. Su mirada tembló, y sin poder contenerse, se levantó bruscamente del agua, con los ojos muy abiertos.
—??Usted es lady Lidia?! —exclamó con incredulidad —?Pero…! ?Se ve tan saludable!
El resto del grupo se quedó en silencio, mirando a Astrid con escepticismo. La reacción les pareció una exageración.
—?Astrid? ?Qué te pasa? —preguntó Elizabeth, levantando una ceja.
—Sí, ?Por qué estás tan alterada? —a?adió Nhun, mirándola de reojo.
Astrid, aún asombrada, balbuceó mientras se?alaba a Lidia.
—Es que… he oído hablar de usted. Mi padre me contó historias sobre lady Lidia… pero yo pensaba que…
—Oh, vaya… si no es nadie más que la hija de William… —dijo lady Lidia con una sonrisa que parecía mezclar amabilidad y curiosidad —Dime, querida, ?Cómo se encuentra tu padre?
Astrid respiró profundamente, recomponiéndose y bajando lentamente al agua mientras respondía.
—Se encuentra bien… —murmuró, aunque su voz no ocultaba la intriga que sentía por la mujer frente a ella.
Cecilia, incapaz de contener su curiosidad, estudió con detenimiento a lady Lidia, recorriendo su figura con la mirada de pies a cabeza.
—?Usted es la esposa de lord Xander?
Lady Lidia sonrió nuevamente, esta vez con un gesto tranquilizador, como si intentara calmar cualquier tensión.
—En efecto. Aunque no todos lo saben… —Hizo una pausa, volviéndose más pensativa —Durante muchos a?os estuve enferma, una condición terrible que casi acaba conmigo. Pero ahora, como pueden ver, estoy bien.
Su tono era ligero, pero había algo en su expresión que sugería un trasfondo mucho más complejo.
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—?Cómo? —preguntó Astrid de repente, firme mientras se incorporaba un poco en el agua —No es posible que se haya curado de la noche a la ma?ana. Mi padre envió médicos de todas partes del mundo… ?Cómo logró curarse?
La pregunta de Astrid hizo que todas las miradas se fijaran en lady Lidia. El aire se volvió pesado mientras la mujer guardaba silencio por unos segundos, evaluando su respuesta. Finalmente, clavó su mirada en Astrid con una mezcla de empatía y cautela.
—Me temo que eso no es algo de lo que pueda hablar… aún.
La tensión creció en la sala, pero lady Lidia continuó, su voz ahora más suave, casi con un sentimiento maternal.
—Escuchen, mis ni?as. Entiendo que tienen preguntas y que lo que más desean en este momento son respuestas. Pero deben ser pacientes. Cáliban, en algún momento, les dirá todo lo que necesitan saber. Pero ahora… lo único que puedo pedirles es que confíen.
Las chicas intercambiaron miradas, la confusión estaba pintada en sus rostros. Ninguna estaba satisfecha con aquella evasiva, pero tampoco podían ignorar el peso de las palabras de lady Lidia.
El silencio se rompió cuando Elizabeth suspiró y habló con un tono resignado.
—Entonces… ?No podremos preguntarle nada?
Lady Lidia negó lentamente con la cabeza, su sonrisa esta vez estaba te?ida de melancolía.
—Me temo que no, querida.
La velada continuó después del ba?o, y gracias a la intervención de lady Lidia, los nervios y temores del grupo comenzaron a disiparse poco a poco. La mujer compartió historias sobre su pasado, anécdotas que incluían a antiguos reyes, nobles y guerreros. Algunas de estas historias mencionaban al propio padre de Astrid, lo que mantenía a la joven absorta mientras trataba de reconciliar aquellas historias con la mujer enigmática frente a ella.
Mientras tanto, en la sala principal, Cáliban estaba sentado solo, sumido en sus pensamientos. Sus codos descansaban sobre la mesa, y sus dedos tamborileaban lentamente sobre la superficie mientras meditaba sobre la situación actual.
Para Cáliban, la idea de que más personas conocieran sobre su reino era peligrosa. Más conocimiento significaba una mayor probabilidad de que la información se filtrara al exterior. Y con ni?os, cuya voluntad podía ser fácilmente corrompida por la magia negra, el riesgo era aún mayor.
Sus pensamientos eran un caos. Causas, consecuencias, decisiones pasadas, estrategias futuras… todo parecía entrelazarse en un nudo apretado que lo mantenía alerta. Sin embargo, sus reflexiones se interrumpieron cuando una figura familiar entró en la sala.
—Mi se?or… —dijo lady Lidia con suavidad mientras se acercaba —?Ya has pensado qué harás?
Cáliban soltó un suspiro largo y pesado, dejando caer sus manos sobre la mesa.
—Tú… ?Qué opinas? —preguntó, sin mirarla directamente —Sobre todo esto…
Lady Lidia bajó la mirada, reflexionando sobre las palabras de Cáliban mientras se sentaba frente a él.
—Es complicado. —dijo después de una pausa —Los chicos tienen potencial, pero también tienen miedo. Lo que vivieron hoy podría ser suficiente para unirlos… o para quebrarlos.
Cáliban permaneció en silencio, esperando que continuara.
—Creo que deberías ser honesto con ellos… al menos hasta cierto punto. Si bien esconderles la verdad puede protegerlos, también los deja vulnerables. No podrán confiar completamente en ti si no entienden lo que está en juego.
Cáliban alzó una ceja, todavía con los brazos cruzados sobre la mesa.
—?Y si hablar solo los pone en más peligro? —respondió con seriedad —Hay cosas que no deberían saber, cosas que podrían romperlos antes de que estén listos.
Lady Lidia lo miró fijamente, su expresión estaba llena de una mezcla de empatía y determinación.
—Tal vez. Pero si el destino los eligió para estar aquí, entonces también deberías confiar en su fortaleza. Mi consejo, mi se?or, es simple. Dales algo en lo que creer, algo que los haga entender que no están aquí por accidente.
El silencio volvió a llenar la sala mientras Cáliban consideraba sus palabras. Finalmente, asintió ligeramente, aunque su expresión seguía siendo grave.
—Lo pensaré… pero si algo sale mal, las consecuencias serán terribles.
Lady Lidia sonrió con amabilidad antes de levantarse.
—Entonces asegúrate de que no salga mal, mi se?or. —Con una inclinación respetuosa, salió de la sala para esperar afuera, dejando a Cáliban sumido nuevamente en sus pensamientos.
Después de largos minutos, Cáliban respondió con una sonrisa amarga mientras se retiraba, sus ojos aún reflejaban el peso de la responsabilidad.
—Bien, bien… tráelos aquí.
Lady Lidia asintió con entusiasmo y salió rápidamente a buscar a los chicos. Las risas y los pasos resonaron por las escaleras mientras el grupo se acercaba, hablando entre ellos con alivio tras el ba?o en las termas. Al entrar a la sala, su energía chocó con el aire solemne que rodeaba a Cáliban, sentado en la silla más grande del salón.
Con un gesto educado, Cáliban les indicó que tomaran asiento.
—Por favor, siéntense.
Sin embargo, la incomodidad era palpable, especialmente en Nhun, quien no se molestó en ocultar su malestar. Mientras todos se acomodaban, Cáliban fijó su mirada en Reinhard.
—Reinhard, de pie.
Reinhard sintió la tensión inmediatamente. Se levantó rápidamente, enderezándose con un leve temblor en las manos.
—S… ?Sí?
Cáliban lo miró con calma, pero su tono era firme.
—Explícame la situación. No omitas ningún detalle.
Nhun, incapaz de contenerse, explotó.
—?Oye! ?No lo trates así! ?él solo-!
Antes de que pudiera terminar, un chasquido ligero resonó en la sala. Al instante, ataduras mágicas cubrieron la boca y el cuerpo de Nhun, inmovilizándola. La atención de todos se centró en Cáliban, cuyo tono no dejó espacio para objeciones.
—Si yo no les doy permiso para hablar, no lo hagan. —Sus palabras resonaron con autoridad mientras su mirada recorría a cada uno de los presentes —De lo contrario, serán retirados de esta sala, y cualquier cosa que deseen saber quedará fuera de su alcance.
Los ojos de Cáliban se posaron en Nhun, quien forcejeaba inútilmente contra las ataduras.
—?Entendiste, Nhun?
Nhun, con una mezcla de frustración y resignación, asintió a rega?adientes. Cáliban chasqueó los dedos nuevamente, liberándola. Aunque estaba visiblemente molesta, decidió permanecer en silencio, limitándose a fulminarlo con la mirada.
Reinhard, sintiéndose cada vez más presionado, comenzó a relatar lo ocurrido. Aunque intentó ser lo más claro posible, la culpa lo abrumaba, y pronto su narración se desvió hacia disculpas torpes.
—Yo… lo siento mucho, líder. Pensé que… que estaba haciendo lo correcto, pero si fallé…
Cáliban levantó una mano, interrumpiéndolo con un tono tranquilo.
—Tranquilo, Reinhard. No te estoy juzgando. —Sus palabras calmaron un poco al joven —De hecho, creo que tomaste una buena decisión dadas las circunstancias. Dudo que tuvieras mejores opciones en ese momento, así que no te desesperes.
Reinhard asintió lentamente, aliviado por las palabras de Cáliban, y se sentó con más calma. Cáliban entonces dirigió su mirada hacia Cecilia, quien no esperaba ser llamada. Al escuchar su nombre, se levantó rápidamente, sorprendida.
—Cecilia… ?Serías tan amable de darme tu versión de los hechos?
Cecilia tragó saliva y miró brevemente a los demás antes de responder con una voz cuidadosa. Con un evidente nerviosismo, comenzó a relatar su versión de los hechos, tartamudeando mientras explicaba el plan de cumplea?os de Juliana y cómo habían planeado salir a comer y disfrutar mientras las figuras autoritarias de la casa estaban ausentes. Cáliban arqueó una ceja, su expresión mostró una mezcla de exasperación y enojo.
—?De quién fue la idea?
Cecilia intentó cubrir a sus amigas.
—No, en realidad, todas queríamos…
—Ya sé que fue idea de Nhun.
Cecilia se sentó bruscamente, murmurando disculpas por su intento de mentira, mientras Cáliban se pasaba una mano por la cara, claramente pensando cómo manejar la situación.
De repente, Nhun, completamente frustrada, se levantó de la mesa golpeándola con las manos.
—?Suficiente de esta mierda! —gritó, resonando en la sala —??No crees que nos debes respuestas?!
Cáliban retiró lentamente la mano de su rostro, observándola con una mirada helada.
—?Crees que te debo respuestas?
—?Por supuesto que sí! —continuó Nhun, con su ira acumulada brotando en cada palabra —Desde que estamos aquí, has evitado cualquier explicación. No solo nos has mentido, también actúas como un arrogante mientras te sientas en tu tronito de mierda. ?Has pensado siquiera en cómo nos sentimos? ?Cómo crees que se sentirá Joseph cuando se entere de todo esto?
Antes de que Cáliban pudiera responder, las puertas de la sala se abrieron con un estruendo. Joseph apareció corriendo, su respiración se agitaba mientras miraba frenéticamente alrededor.
—?Cáliban! —gritó —?Recibí la se?al! Vine lo más rápido posible. ?Qué suce-?... Oh…
Su voz se apagó al darse cuenta de la escena frente a él. El silencio en la sala era pesado. Las chicas lo miraron con incredulidad, especialmente Nhun, cuyos ojos parecían arder con un rojo intenso.
—Tú… ?Lo sabías? —dijo Nhun, con un tono bajo pero lleno de veneno.
—Je, je… hola, yo… eh… —balbuceó Joseph, visiblemente nervioso mientras retrocedía un paso.
Nhun se lanzó sobre él como un rayo, saltando para agarrarlo del cuello con todo su peso. Ambos cayeron al suelo mientras Joseph luchaba por respirar.
—?Ah! ?Espera! ?Esto… tiene una explicación! —exclamó con dificultad, tratando de apartarla.
—?Muerte a los hombres mentirosos! —gritó Nhun, apretando con todas sus fuerzas mientras ambos rodaban por el suelo.
Lady Lidia, que había permanecido en silencio, no pudo evitar soltar una risa contenida al ver la escena.
—Qué adorablemente apasionada… —comentó con una sonrisa divertida.
Cáliban, en cambio, soltó un profundo suspiro, ignorando momentáneamente la pelea mientras seguía sumido en sus pensamientos sobre qué hacer. Reinhard, quien había permanecido en silencio desde su intervención, se levantó de su asiento y se arrodilló frente a Cáliban, inclinando la cabeza con respeto.
—Líder… entiendo que debes tener tus razones para mantenernos al margen. Pero creo que decirles la verdad sería una ventaja. —Su voz era firme pero respetuosa —Si conocen los peligros, podríamos responder de mejor manera a lo que sea que venga.
Las palabras de Reinhard llamaron la atención de todos. Nhun, incluso con las manos aún alrededor del cuello de Joseph, giró la cabeza para mirarlo. Cáliban alzó la vista, sus ojos se encontraron con los de Reinhard. Había algo en su mirada que reflejaba tanto admiración por la lealtad del joven como duda sobre qué tanto revelar.
Joseph, liberándose del agarre de Nhun, avanzó con rapidez hacia donde estaba Reinhard, se arrodilló junto a él con una expresión seria.
—Yo también pienso lo mismo. —Su voz tenía un tono de urgencia —Creo que decirles la verdad sería una ventaja más para nuestros planes. Por favor, líder…
Incluso lady Lidia, quien normalmente prefería mantenerse al margen de estas discusiones, decidió intervenir.
—Yo también estoy de acuerdo con ellos, mi se?or. —Su tono era suave pero firme, y agregó con un toque de reproche —?No fuiste tú quien dijo: “Todos tienen derecho a la verdad”?
Las palabras de Lidia parecieron perforar a Cáliban como un dardo bien lanzado. Por un momento, el salón quedó en un profundo silencio. Cáliban, con las manos apoyadas en la mesa, bajó la mirada. El peso de sus propias palabras volvía a él, exigiendo coherencia.
Finalmente, después de lo que se sintió como una eternidad, Cáliban levantó la mano envuelta en magia, y con un movimiento fluido, generó marcas doradas que flotaron frente a cada uno de los presentes. Eran idénticas a la que había emergido en el pecho de Reinhard.
Elizabeth, fascinada por la luz dorada que irradiaba la marca, alzó su mano blanca hacia ella, pero Cáliban la detuvo con un gesto.
—No toquen la marca todavía. —Su voz resonó con autoridad —Si la tocan, un vínculo se formará en su cuerpo, un contrato. Si lo aceptan, acordaré contarles toda la verdad.
Juliana, cruzándose de brazos, preguntó con desconfianza.
—?Y si no lo hacemos?
—Entonces volverán a la casa. —Cáliban la miró directamente —No recordarán nada de lo que pasó hoy. Seguirán con su vida tal y como lo han hecho hasta ahora. Pero, al aceptar el vínculo, estarán de acuerdo en hacer exactamente lo que yo les pida.
Nhun, siempre dispuesta a desafiar, frunció el ce?o.
—?Espera, espera, espera! ?Entonces vas a controlarnos?
Cáliban negó con la cabeza, su expresión se endureció.
—No tengo la necesidad ni la intención de controlar a nadie. Pero, en este caso, debo ser extremadamente serio. —Su mirada, ahora encendida con un resplandor rojo como brasas en la oscuridad, recorrió a cada uno de los presentes —Si aceptan, deberán obedecerme en todo. Y cuando digo todo, es todo.
El ambiente en la sala se volvió pesado, como si la atmósfera estuviera cargada con la intensidad de la decisión que se avecinaba. Astrid tragó saliva, sintiendo que las respuestas que tanto había buscado estaban al alcance de su mano, pero no podía ignorar el precio.
Miró fijamente a Cáliban, su determinación estaba creciendo entre la confusión y el miedo. Lentamente, se puso de pie.
—La historia que me contaste… —dijo con un tono firme, aunque su voz traicionaba una leve incertidumbre —?Es cierta?
Cáliban no respondió a las palabras de Astrid, se mantuvo en silencio mientras su mirada evaluaba a cada uno de los presentes. Quería que la decisión viniera desde sus propias convicciones, sin ningún tipo de presión ni influencia directa. Su postura era firme, pero no autoritaria; simplemente esperaba, dejando que el peso de la marca y las posibilidades de la verdad hablaran por sí solas.
Astrid, incapaz de decidir de inmediato, permaneció mirando la marca flotante con incertidumbre. La tensión en la sala era palpable, y todos los demás también parecían sumidos en profundas reflexiones. Finalmente, el silencio fue roto por Cecilia.
Sin titubear, extendió la mano y tocó la marca. Una oleada de energía recorrió su cuerpo, y en un instante, una marca roja surgió en su pecho, iluminando su piel.
—?Ceci! ??Qué haces, idiota?! —exclamó Nhun, sobresaltada por el brillo repentino.
Cecilia levantó una mano, calmándola con su presencia tranquila.
—Está bien, mírame. No me pasó nada. —Hizo una pausa, dirigiendo una mirada confiada hacia Cáliban antes de a?adir: —Además, estoy segura de que, si el líder hubiera querido matarnos, no nos habría salvado antes.
Nhun puso los ojos en blanco, claramente molesta por lo que consideraba un acto impulsivo de su amiga.
—Tienes un punto… aunque sigue siendo una locura.
Sin embargo, la decisión ya estaba tomada. Cecilia dirigió una mirada cálida hacia Cáliban, como si estuviera buscando su aprobación, pero este simplemente desvió los ojos, mostrando una neutralidad que dejó a Cecilia algo desanimada.
Lady Lidia, observando la interacción, suspiró levemente. Conocía bien las complejidades de Cáliban y la naturaleza distante que muchas veces adoptaba, incluso hacia quienes confiaban en él.
Las demás, confiando plenamente en Cecilia, decidieron seguir su ejemplo una a una. Tocaron la marca, permitiendo que esta se conectara a sus cuerpos, brillando en tonos carmesí mientras se establecía el vínculo. Cada una sintió la oleada de energía recorrerlas, pero ninguna mostró signos de dolor o incomodidad.
Mientras tanto, Dimerian, que había permanecido en silencio, miraba la marca frente a él con una curiosidad inusual. Finalmente, levantó la vista hacia Cáliban y formuló una pregunta.
—Líder… usted… ?Construyó este castillo?
Cáliban asintió lentamente, lo que llevó a Dimerian a una segunda pregunta, esta vez con un brillo de fascinación en sus ojos.
—Entonces, si acepto, ?Me ense?ará a usar la forja que tiene?
La pregunta tomó a Cáliban por sorpresa. En lugar de miedo o dudas, lo que veía en Dimerian era una emoción completamente distinta. Asombro y entusiasmo. La complejidad del castillo, la isla flotante y, sobre todo, el yunque que había vislumbrado en la sala anterior lo habían dejado obsesionado.
Cáliban reflexionó por un momento antes de responder con una contundencia que dejó clara su postura.
—Si te ense?o, ?Me darás tu obediencia? —preguntó con seriedad.
Dimerian asintió rápidamente, casi con demasiada energía, como un ni?o esperando permiso para tocar un juguete especial.
—Si eso es lo que quieres… entonces está bien. Te ense?aré. Pero usar el yunque está fuera de discusión. —El tono de Cáliban se endureció —Incluso si me ruegas, no permitiré que lo toques. Es por tu propia seguridad.
Dimerian mostró una ligera decepción al escuchar la última parte, pero no dejó que eso disminuyera su entusiasmo.
—?Entendido, líder! Lo que sea necesario.
Cáliban observó al grupo. Todos habían tomado su decisión y aceptado la marca, vinculándose al pacto. Viendo que ya no había más dudas, asintió con calma.
—Muy bien. —Dio un paso hacia el centro de la sala, mirando a los presentes —Ya pueden hacer sus preguntas.
El ambiente, aunque aún tenso, ahora estaba cargado de anticipación. Las miradas se cruzaron entre ellos, cada uno evaluando qué era lo más importante preguntar. Este era el momento para obtener respuestas.
El bullicio llenó la sala cuando todos comenzaron a hablar al mismo tiempo, lanzando preguntas y comentarios sin orden ni pausa. Cáliban se llevó la mano al puente de la nariz, cerrando los ojos para calmarse. Al exhalar profundamente, levantó una mano para imponer silencio.
—Primero, escuchen. —Su voz resonó con firmeza, devolviendo el orden al caos —Les explicaré la situación actual.
Con palabras medidas, Cáliban resumió todo lo ocurrido desde la apertura de la academia hasta el día de hoy. Explicó cómo el "Culto del Padre sin Forma" había estado moviéndose en las sombras, buscando objetivos específicos y causando estragos dondequiera que pisara. A medida que los detalles se desplegaban, la expresión de cada uno de los presentes se tornaba más sombría. La información era como un balde de agua fría que caía de golpe sobre ellos, apagando cualquier esperanza de que su situación pudiera ser más simple de lo que parecía.
Nhun, intentando digerir lo escuchado, se inclinó ligeramente hacia adelante con el ce?o fruncido.
—Dices que… el culto del Padre sin Forma… ?Van tras nosotras?
Cáliban negó lentamente con la cabeza.
—No tras todos. —Hizo una pausa, mirando a cada una —Concretamente, buscan a Cecilia, Elizabeth, Juliana y Astrid.
Juliana, visiblemente confundida, alzó una ceja.
—?Por qué? Yo no recuerdo haberme metido con esa gente.
Mientras Juliana hablaba, Astrid permanecía en silencio, su mente estaba trabajando a toda velocidad. Finalmente, una idea cruzó por su cabeza, y levantó la mirada hacia Cáliban.
—?Es por la maldición?
Cáliban asintió, satisfecho con su deducción.
—Así es. Por lo que tengo entendido, el culto las busca porque tienen una condición especial. Ya confirmé tres de ellas, pero aún falta…
Cáliban dirigió su mirada hacia Juliana, que, al notar la atención sobre ella, desvió los ojos, tratando de ocultar su expresión.
—Juliana… —Cáliban suavizó su tono —Necesitamos que hables. La vida de todos los aquí presentes está en riesgo.
Juliana rechinó los dientes, claramente incómoda. Sus facciones tensas revelaban que preferiría no responder, pero la presión y las miradas de sus compa?eras la obligaron a hablar, aunque a rega?adientes.
—Ah… bueno, sí, es cierto. —Hizo una pausa, jugando con sus manos nerviosamente —Yo… tengo una condición que me hace algo… peligrosa.
Astrid, sin perder la oportunidad, alzó una ceja.
—?Más de lo que ya eres?
Juliana dejó escapar una risa amarga mientras su semblante se oscurecía.
—Oh, créeme… mucho más. —Tomó aire profundamente antes de continuar —Cuando paso mucho tiempo sin… matar algo, me pongo agresiva. Una sed de sangre se apodera de mí, y pierdo el control completamente.
El silencio cayó en la sala. Juliana apartó la mirada, incómoda por haber revelado algo tan personal. Cáliban, viendo que ya no era necesario presionarla más, hizo un gesto con la mano.
—Está bien, gracias, Juliana.
La atención de Cáliban volvió al grupo.
—Ahora necesito que respondan con total honestidad. Les haré preguntas sencillas, pero sus respuestas son cruciales.
Uno a uno, comenzaron a responder. Cáliban recopiló información clave que confirmó sus sospechas. Todas ellas habían despertado a la edad de doce a?os, coincidiendo exactamente con sus cumplea?os. Además, cada una tenía una condición única que definía el alcance y la naturaleza de su maldición.
Con Juliana, su sed de sangre incontrolable emergía si no cazaba regularmente. Si pasaba demasiado tiempo sin saciarla, perdía el control y se convertía en una amenaza para todos a su alrededor.
Elizabeth necesitaba probar diferentes tipos de sangre en intervalos regulares. Si continuaba alimentándose de la misma fuente durante demasiado tiempo, su cuerpo sufría una desnutrición severa. Este deterioro también afectaba a las personas cercanas a ella, drenándoles energía lentamente.
Astrid poseía una habilidad que despertaba y amplificaba los instintos lujuriosos de quienes la miraban a los ojos. Cuanto más tiempo alguien la observaba, más distorsionada se volvía su percepción, desarrollando pensamientos retorcidos y obsesivos. Curiosamente, estos efectos estaban dirigidos exclusivamente hacia ella.
Para Cecilia ,sus manos podían drenar la vitalidad de cualquier ser vivo que tocara. Si su víctima era más débil que ella, el efecto era devastador. Además, su poder se incrementaba exponencialmente cuando estaba en un estado emocional extremo.
Al escuchar los detalles, incluso aquellos que no estaban directamente involucrados sintieron un escalofrío. Cáliban, que había permanecido neutral durante las revelaciones, se inclinó hacia adelante, su mirada se fijó en el grupo.
Con esa información, Cáliban entendió el inmenso peligro que esas ni?as representaban. Una sola marioneta como ellas podía causar estragos irreparables. Pero, gracias a las notas del profesor Cunim, descubrió que el Culto tenía otro propósito para ellas, uno que permanecía en las sombras.
—Un portal… —murmuró, apenas moviendo los labios.
Ambas cosas estaban claramente conectadas. Pero ?Cómo? ?Por qué? Las preguntas lo atormentaban. ?Eran un arma? ?Una llave? ?Una fuente de poder para el portal? ?O algo peor? Las teorías iban cayendo una tras otra, como piezas de dominó. Su rostro endurecido oscilaba entre el odio y la frustración, mientras intentaba descifrar las intrigas del Culto.
—Escuchen bien, chicas. —Su tono era grave y decidido —Les agradezco por compartir esta información. Dicho esto, necesito que trabajen juntas desde ahora. El Culto las busca, y no podemos permitir que logren lo que quieren. Así que necesitaré que-
—Espera, espera, espera. —La voz de Nhun interrumpió con brusquedad —Muy lindo tu discursito, pero antes de empezar a dar órdenes, creo que nos debes una explicación un poco más detallada, ?No te parece?
Cáliban la observó con detenimiento. Nhun, de todos los presentes, era la única que aún no había aceptado la Marca. Siempre era cautelosa cuando buscaba respuestas antes de actuar, y ahora, más decidida que nunca a cuestionarlo.
—Ya les dije todo lo que sé sobre el Culto. ?Qué más podría a?adir? —replicó Cáliban, intentando sonar firme, pero la vacilación en su voz lo traicionó.
—Sí, claro, tu monólogo sobre la maldad y estas cosas.
Nhun levantó el artefacto que tenía entre manos. Un objeto oscuro, tallado con magia antigua, con forma de un diminuto cráneo. Sin mirarlo más, lo pasó a Dimerian.
—Parece un artefacto anulador. —Dimerian examinó cada detalle con meticulosa precisión —Probablemente neutraliza cualquier energía, pero por un tiempo limitado. La batería no parece estable, y el material… —hizo una pausa, frunciendo el ce?o —?De qué animal crees que proviene este cráneo?
—Es un cráneo de bebé. —La voz de Cáliban rompió el aire como un trueno.
Un silencio incómodo se instaló en la sala. Dimerian, con el rostro pálido, dejó el artefacto sobre la mesa, con un profundo asco.
—Bueno… dejando de lado ese detalle perturbador… —Nhun retomó la conversación, ignorando deliberadamente la tensión en el aire —Hay algo más que necesitamos saber, algo que no has explicado.
Cáliban cerró los ojos y respiró hondo, buscando calma en su mente. Sabía que esto iba a pasar.
—Está bien. —Finalmente habló —Dime, ?Cuál es tu pregunta?
Nhun se puso de pie con un movimiento decidido. Sus ojos, duros como acero, perforaban a Cáliban.
—Dices ser el due?o de este lugar… de este castillo. Tienes cosas que nadie más podría tener. Conocimiento demasiado avanzado para alguien de tu edad… —Hizo una pausa que se extendió como un filo cortante. Entonces disparó la pregunta que todos en la sala temían hacer —?Quién demonios eres tú?
El peso de sus palabras cayó como una piedra en el centro de la habitación. Todas las miradas se clavaron en Cáliban, esperando su respuesta.

