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Capítulo 113: Una espada forjada con dolor

  Mientras la hoja negra descendía con una elegancia mortal hacia su pecho, Joseph sintió que el tiempo mismo se desgarraba. Cada segundo se alargaba como una eternidad suspendida en el filo del destino.

  —?Qué fue lo que hice...? —susurró para sí mismo, con la voz quebrada por la culpa.

  Ese pensamiento lo devoraba desde dentro. Durante toda su vida había temido al dolor, al abandono, a enfrentar la verdad que ardía tras cada sonrisa fingida. Había enterrado su sufrimiento bajo capas de silencio, esperando que el olvido lo asfixiara. Pero el dolor no muere en la oscuridad; crece, se envenena... y regresa con rostro propio.

  Frente a él estaba el joven de ojos sombríos y mirada de acero. Su reflejo, su sombra, su otro yo que era la encarnación viviente de todos sus miedos. La prueba irrefutable de que nunca había sanado, solo había huido.

  Joseph intentó encontrar una respuesta en los segundos que le quedaban, pero su mente era un torbellino. Entonces, en el límite del abismo, un susurro lejano emergió desde su memoria:

  —Renuncia al dolor, o te consumirá... —le había dicho Lord Xander, su padrastro, con la gravedad de quien ha perdido todo.

  ?Pero era correcto simplemente soltarlo? ?Estaba bien dejar atrás algo tan arraigado en su ser? El dilema le quemaba el pecho.

  ??Qué haría Cáliban...?? —pensó, cerrando los ojos por un instante.

  Y en ese instante, revivió el dolor de su maestro. La interminable rueda del tiempo en la que Cáliban había vivido mil vidas de sacrificio, entrenamiento brutal y amores perdidos una y otra vez. Vio el fuego en sus ojos, no como un mártir... sino como un guerrero que eligió cargar con todo.

  Y entonces, algo estalló dentro de Joseph. No era tristeza o miedo… era ira. Una furia sorda dirigida a sí mismo.

  —?Maldita sea, lo olvidé! ?Cómo pude olvidarlo...? —rugió

  Sus pies se clavaron con fuerza en el suelo. En lugar de retroceder, cargó hacia adelante con un grito que desgarró el aire. El eco de su paso retumbaba en el área como un trueno de redención.

  Mirr abrió los ojos con asombro.

  —?Qué estás haciendo...? ?Estás loco?

  Joseph no respondió. No había tiempo para palabras.

  —Toda mi vida escapé del dolor, me convencí de que merecía todo lo bueno por lo que sufrí... ?Pero no es verdad! —gritó con el alma rota y el espíritu encendido —?No hay redención sin enfrentamiento!

  —?Esto no terminará como tú quieres! —rugió la copia, con rabia y desesperación en la voz.

  Joseph no respondió. Sus pasos resonaban firmes en el suelo agrietado, cada uno más decidido que el anterior. Ni el dolor ni la amenaza podían frenarlo.

  ?Lloré por perder a mi familia… pero él la perdió dos veces. Perdió a todos los que amaba, una y otra vez… ?Y aún así no perdió la esperanza!?

  Comparar su dolor con el de Cáliban era injusto, lo sabía. Pero en ese momento, necesitaba aferrarse a algo. Y entre todos los recuerdos que su maestro le compartió, había uno que ardía con especial fuerza. La imagen de Avalon, el espadachín negro, solo en la batalla, pero inquebrantable. Su hoja era justicia. Su alma, fuego puro. Joseph lo había admirado desde el primer relato.

  Recordó los entrenamientos con el cuerpo exhausto, la piel desgarrada y los músculos al borde del colapso. Había blandido sus espadas una y otra vez, hasta que sus brazos ya no podían levantarse. Gracias a esa tenacidad logró alcanzar el tercer nivel, pero no se detuvo ahí. Siguió. Cada paso era como recibir un martillazo en la mente, pero no retrocedió.

  Y entonces, el encuentro llegó. Frente a frente. Dos reflejos de una misma alma rota.

  La hoja helada lo atravesó. El metal crujió contra su esternón, atravesando carne, costillas, pulmón… y corazón. El aire le faltó. La sangre brotó. Pero Joseph no gritó.

  ?Si él puede seguir… si aún después de todo, confía en que hay algo más allá del dolor… ?Yo, como su discípulo, no me rendiré!?

  Con una determinación sobrehumana, Joseph sujetó la hoja con ambas manos… y la empujó más profundo en su pecho. La copia lo miró horrorizado, incapaz de comprender.

  —?Qué… estás haciendo...? —balbuceó.

  Joseph se aferró a él, lo rodeó con los brazos. Lo abrazó como a un hermano perdido, con ternura desesperada.

  —Esta vez no te dejaré solo… no puedo cambiar el pasado, ni tengo derecho a pedir perdón… pero sí puedo quedarme aquí.

  Desde la distancia, Mirr observaba en silencio. Un suspiro escapó de sus labios, cargado de pena.

  —Si te dejas guiar así por el dolor… no lograrás nada. —murmuró, casi como una plegaria.

  —?Estoy aquí! —gritó Joseph, su voz quebrada pero invencible —?No más abandono! ?No otra vez!

  El abrazo se volvió un puente entre dos almas fracturadas. Y en ese instante… la barrera mental se quebró. Una avalancha de recuerdos sepultados emergió con violencia. Voces, gritos, despedidas, traiciones, muerte. El dolor fue tan real que su cuerpo se arqueó. Cayó de rodillas, gritando. No de miedo, no de debilidad.

  Sino porque por fin... estaba sintiendo.

  La sombra de Joseph, aún con la hoja hundida en su pecho, curvó los labios en una sonrisa torcida. El reflejo oscuro de su alma creía haber ganado.

  —Je… ?Crees que eso basta? No importa lo que hagas… jamás podrás borrar lo que somos… jamás escaparás de mí…

  —?Sí importa! —gritó Joseph, y su voz resonó como un trueno en un cielo roto.

  Apretó los dientes, temblando, mientras su alma se fracturaba bajo el peso de los recuerdos y el dolor. Cada palabra que decía lo quemaba por dentro, pero también lo purificaba.

  —?Tu tiempo en la oscuridad no fue en vano! ?Todo ese sufrimiento… cada lágrima, cada noche interminable, significaron algo! ?La vida del hermano mayor no fue en vano, porque aún estamos aquí!

  La voz vibró en las paredes del mundo mental. Mirr abrió los ojos con una expresión de asombro. Su respiración se cortó.

  —Esto es… esto ya pasó… —susurró. En su visión, por un instante fugaz, Joseph dejó de ser él mismo y se convirtió en Avalon. La postura, la voz, la fuerza… todo era él.

  —?Soportaré tu dolor! —bramó Joseph, con lágrimas ardiendo en los ojos —?Y jamás volverás a estar solo! ?No dejaré que el dolor nos defina! ?Voy a seguir… avanzando!

  él no había abandonado sus heridas, ni tampoco el camino. Sabía que si aceptaba a su sombra por completo, podría morir. Que si el dolor lo abrumaba, sería su fin. Pero también sabía algo más:

  —?Este dolor es mío! —gritó con el alma —?Y con él… forjaremos nuestro destino!

  Las palabras fueron como un conjuro antiguo, pronunciado desde el corazón. La sombra, al escucharlas, dejó de sonreír. Tembló. Sus ojos se humedecieron. Y entonces, por primera vez… lloró como un ni?o inocente.

  Las lágrimas de la sombra no eran oscuras, sino claras como el rocío de un amanecer. Gotas sagradas que cayeron y se esparcieron por el pecho abierto de Joseph, llenándolo de un dolor tan profundo que se convirtió en verdad. Un dolor que no lo destruía, sino que lo unía.

  Y cuanto más lo abrazaba, cuanto más resistía… más la figura de la sombra se transformaba.

  Dejó de ser un guerrero, dejó de ser odio… y se convirtió en un ni?o. Un ni?o peque?o, triste y solitario. Aquel que solo quería ser abrazado. Aquel que fue olvidado en la oscuridad.

  Joseph lo sostuvo con ternura.

  —Tranquilo… —murmuró con voz suave, como aquel que recibe a un recién nacido —Esta vez tú y yo estaremos juntos. Aunque duela, haremos de este dolor algo nuestro… lo convertiremos en fuerza.

  Y entonces, sin pensarlo, sus labios pronunciaron algo ancestral, algo que no necesitaba idioma. Una frase que cruzó las dimensiones y erizó la piel de Mirr:

  —Esta será… mi espada.

  El ni?o brilló con una luz blanca y pura. La frente de Joseph se encendió con un símbolo antiguo, como una llama sagrada. El mundo interior se cubrió de luz.

  Y con esa calidez envolvente, el dolor se disolvió. Joseph ya no estaba solo.

  Afuera, en los bordes del mundo entre la vida y la muerte, Lendar caminaba con paso firme hacia la salida del templo. El suelo aún vibraba con energía arcana. Había perdido todo interés en el cuerpo destrozado de Joseph… hasta que una presión abrumadora le erizó la piel.

  Se detuvo y giró con rapidez.

  —Habrá sido mi imagina-

  No terminó la frase.

  El cuerpo de Joseph, antes inmóvil en el suelo, comenzó a brillar con una luz profunda, densa como el alma del abismo y cálida como el primer amanecer. La energía brotaba desde su interior, no como fuego, sino como algo ancestral que se derramaba por cada poro de su piel.

  Los músculos desgarrados se tensaron y regeneraron, los huesos crujieron al volver a su sitio, y la sangre que antes fluía libremente, retrocedió como si obedeciera a un llamado divino. De su piel surgió una sustancia viscosa ennegrecida que exudaba una hedor fatal. Los moretones se desvanecieron de su rostro. Cada herida fue cerrándose, no por magia común, sino por una voluntad absoluta.

  Joseph comenzó a incorporarse. El remolino de energía giraba a su alrededor como un halo tempestuoso. Lendar dio un paso atrás, confuso e inquieto.

  —Tengo que detenerlo… —gru?ó, apretando los dientes mientras empu?aba su espada nuevamente.

  Corrió hacia él, rugiendo como un fénix de guerra.

  —??Cuántas veces tengo que matarte?!

  Pero antes de que la hoja pudiera tocar su piel, Joseph desapareció. Lendar sintió una ráfaga de viento caliente a su lado, pero no lo vio. Solo el eco de su desplazamiento quedó en el aire.

  Con los ojos abiertos por el miedo, giró lentamente la cabeza.

  Y ahí estaba.

  Joseph, de pie, moviendo su mano, observando su cuerpo renovado con calma. Probaba su nueva fuerza como si despertara de un sue?o profundo.

  Luego, sus ojos se alzaron hacia el alto elfo. Y Lendar contuvo el aliento.

  La mirada de Joseph brillaba como la Mirada Celestial, sí… pero no era la misma. No era la luz carmesí que destellaba Cáliban. En sus pupilas danzaba una tonalidad gris, como ceniza viva, un eco de sabiduría nacida del sufrimiento.

  —Esto es… —murmuró Lendar, sintiendo un temblor recorrerle la espalda.

  Joseph entrecerró los ojos. Ahora podía ver los flujos del mundo. Las auras que serpenteaban a su alrededor, las emociones flotando en el aire, el peso del destino mismo.

  —Así que… así es como él ve el mundo… —susurró, casi fascinado.

  Lendar gritó y se lanzó con toda su fuerza.

  Joseph lo observó con frialdad. Y entonces lo vio. Una línea tenue, espectral, dibujada frente a su enemigo. Un hilo que mostraba el futuro inmediato. El trayecto exacto del ataque.

  Frunció el ce?o y esquivó.

  Cada tajo, cada intento, cada movimiento desesperado de Lendar fue en vano. Joseph lo evitaba todo, no con esfuerzo, sino con una serenidad inquebrantable. El cazador… se había vuelto presa.

  —??Qué…?!

  El pu?o de Joseph impactó de lleno en el rostro del alto elfo. Un estruendo seco llenó el aire, seguido por el chasquido de huesos rotos. Lendar fue lanzado varios metros hacia atrás, su cuerpo golpeó el suelo con violencia. Una bocanada de sangre escapó de sus labios mientras alzaba la vista, atónito, sin entender lo que acababa de suceder.

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  —No… no es posible…

  Joseph observó su propio brazo. Una intensa aura gris envolvía su pu?o, palpitando con poder contenido. Su luz era silenciosa, densa, pero vibraba con una claridad cortante. Por un instante, recordó el aura carmesí de su maestro, Cáliban, y comprendió vagamente el principio que la regía. Este poder no nacía de la furia, sino de la aceptación del dolor.

  Con un movimiento ágil, Joseph se deslizó hacia sus espadas caídas. Las tomó sin esfuerzo, y al erguirse, levantó ambos filos en dirección al elfo herido.

  —Muy bien. —dijo con voz firme y serena —Sigamos con esto… elfo arrogante.

  Lendar no respondió. No era necesario. Ambos desaparecieron en un estallido de velocidad.

  El estruendo del choque de metales resonó como truenos encadenados. Sus cuerpos eran un borrón de movimiento, y sus espadas tejían una danza de muerte que solo los ojos más entrenados podían seguir.

  —?No importa lo que hayas hecho! ?No podrás cambiar nada! —gritó Lendar entre embestidas furiosas.

  Joseph no respondió. No lo necesitaba.

  Cada tajo de Lendar era respondido con precisión. Cada contraataque era interceptado antes de nacer. Joseph no solo luchaba… preveía. Veía los movimientos antes de que ocurrieran, como si el mundo mismo le susurrara el camino.

  Frustrado, Lendar retrocedió y alzó los brazos. Su cuerpo se tensó y una explosión espiritual lo envolvió. Su ánima rugió como un vendaval de ira, una bestia indomable que se expandió por el campo de batalla.

  —??Crees que puedes ser mi igual?! ?Tú y yo no somos lo mismo! ?Voy a acabar con todos ustedes, malditos prodigios!

  Joseph se colocó en guardia. Cerró los ojos y escuchó. La voz de Cáliban emergió de la memoria como un faro en la tormenta:

  ?Tu espada debe ser feroz, precisa y fuerte. Pero también… debe estar en calma.?

  Las imágenes regresaron con nitidez. La figura de su maestro en la niebla, el movimiento sereno de su filo, la danza perfecta entre fuerza y paz.

  Joseph abrió los ojos. En su mirada ya no había duda. El aura gris que rodeaba sus espadas crepitaba como una tormenta controlada. Y entonces, avanzó. Con la calma de un lago en medio del caos, pero con la fuerza de un dios despertando.

  ?Muévete junto a tu espada… deja que ella guíe el camino. Siente cada corte con el corazón… y realízalo con firmeza.?

  Las palabras de Cáliban susurraban en la mente de Joseph, no como un recuerdo, sino como una verdad que se desplegaba en su interior. Su respiración era tranquila. Su cuerpo, completamente sincronizado con el ritmo del combate. Su alma… en equilibrio.

  Lendar, por otro lado, había abandonado todo rastro de compostura. Sus movimientos eran hermosos, sí, cargados de gracia élfica, pero también de rabia contenida. Cada tajo cortaba el aire y los muros como si el viento mismo respondiera a su desesperación. La energía del Roc envolvía su espada en una luz verde que chispeaba con violencia.

  —?Danza de pétalos! ?Rocío de las nuevas flores! —gritó con voz ardiente, desatando una lluvia de golpes enloquecidos.

  El aire se llenó de resplandores. El vendaval era casi poético. Y, sin embargo, Joseph permanecía ileso. Movía sus pies con precisión, sus hombros con serenidad, su mirada firme. No retrocedía. No atacaba innecesariamente.

  Cuando el filo de Lendar estuvo a punto de rozar su carne, Joseph levantó una de sus espadas con la fluidez de un río. La desvió con una torsión de mu?eca impecable y, con la hoja en su otra mano, trazó un corte limpio en el brazo del elfo.

  Lendar soltó un grito desgarrador..

  ?La paciencia hará tu hoja más afilada. No se trata de moverla muchas veces… sino de hacer que cada movimiento cuente.?

  Joseph avanzaba, firme e implacable. La silueta de Cáliban parecía flotar a su alrededor, marcando el ritmo. Pero Joseph ya no era solo un reflejo de su maestro. él había hecho suya esa danza… con dos espadas, con su estilo, con su verdad.

  —?Aléjate de mí! —rugió Lendar, el miedo marcó su voz por primera vez.

  Cada impacto de Joseph parecía hundirse más en el cuerpo y el alma de su enemigo. El viento ya no lo defendía. Su velocidad, antes insuperable, se deshacía ante la claridad de Joseph, como niebla ante el sol.

  ???Qué mierda es esa energía?! ?No puedo detenerla… en absoluto!?

  Acorralado, Lendar alzó su espada, concentrando cada gota de su energía restante en ella. Su mano temblaba. El aire se curvó. Una última carga desesperada afloró en sus manos.

  Si no podía esquivar los golpes de Joseph… entonces haría uno imposible de bloquear.

  Con un rugido salvaje, se lanzó hacia adelante como un toro enloquecido. Su espada brillaba como una estrella agonizante. Joseph lo miró venir. Y no se movió. Se quedó quieto, sereno… alzó ambas espadas. Cuando su energía se alineó, corrió hacia él.

  El choque era inevitable. Lendar lo vio y sonrió con desesperación.

  —?Eso es! ?Ven aquí! ?Muere, maldita basura…! —gritó, descargando toda su furia en un tajo final.

  Joseph avanzó sin titubear. El filo de Lendar cortó el aire, tan cerca de su rostro que una línea de sangre marcó su mejilla… pero Joseph desvió la cabeza justo a tiempo. Lendar sintió un escalofrío. Algo no iba bien.

  Joseph se deslizó con fluidez bajo la estela de la hoja enemiga, como una sombra en movimiento. Con ambas espadas empu?adas desde atrás, trazó un corte limpio y feroz, amputando el brazo restante de su enemigo con una brutal elegancia.

  Lendar cayó de rodillas, desarmado, desorientado, con el mundo temblando a su alrededor. ?Cómo era posible? ?Por qué no podía vencerlo? Su técnica, su experiencia, sus habilidades… todo había sido inútil.

  Antes de que su mente pudiera terminar de formular una respuesta, Joseph ejecutó un tajo diagonal que abrió su pecho. Lendar escupió sangre al instante, sus pulmones se quedaron rendidos al dolor, con su conciencia tambaleante.

  Con ambos brazos seccionados y una herida mortal en el pecho, cayó de espaldas. Su sangre, tibia y espesa, se esparcía en el suelo como una mancha viva que crecía sin cesar.

  Joseph dio un paso atrás, soltó un largo suspiro… como si hubiese estado conteniendo el aliento durante toda la batalla. La luz gris que cubría sus ojos y espadas comenzó a disiparse lentamente, desvaneciéndose como humo tras una tormenta.

  Y entonces, su cuerpo cedió. Cayó de rodillas, exhalando con fuerza.

  —Vaya… parece que ese era mi límite… —murmuró, cargado de fatiga y dolor.

  Una tos cargada de sangre interrumpió el silencio. Lendar, aún con vida, yacía en su charco carmesí.

  Joseph lo observó. Todo lo que quería era dejarlo morir. No mostrar ni una chispa de compasión. Dejarlo ahogarse en su miseria, en la misma sangre que otros habían derramado por su causa.

  Y sin embargo… algo en su interior vaciló.

  Lendar, ahora libre de la marca del culto, empezaba a recordar. Ya no oía la voz de su Se?or, ni sentía la influencia oscura que lo había nublado durante todo este tiempo. Solo escuchaba los gritos. Los gritos de sus compa?eros… aquellos que murieron el día en que decidió seguir a Alec. El día que eligió traicionar todo lo que alguna vez creyó.

  ?Fue por lealtad ciega… o por miedo a quedarse solo?

  Esa pregunta lo perseguía mientras la vida se le escapaba gota a gota. Y aunque la respuesta ya no importaba, en su mente aún giraba como una espina que no podía sacar.

  Joseph se levantó lentamente, dispuesto a dirigirse hacia el mecanismo del portal. Había que colocar la bomba. Pero se detuvo.

  No sabía si fue por compasión, por lástima… por culpa… o simplemente por esa delgada línea que separa la justicia de la venganza.mHabía vencido. Le había arrebatado la vida a su enemigo. Y por más extra?o que sonara… no se sentía mal.

  Al contrario.

  Algo oscuro en su interior se revolvía de satisfacción al ver a Lendar allí, derrotado, impotente, pagando el precio de sus crímenes. Algo en él quería castigarlo. Algo gritaba que era justo. Que era necesario.

  —?Por qué debería mostrar piedad? —se preguntó en un susurro.

  La gente del culto había jugado con vidas, con familias, con ni?os… sin una pizca de duda. Matar a uno más… ?Realmente era un crimen? Pero cuanto más lo pensaba… más se estremecía. Estaba disfrutando el sufrimiento. Y eso… eso lo aterraba.

  Aun en contra de su voluntad, aunque su mente se negará, Joseph permaneció junto a Lendar en sus últimos momentos. Le había arrebatado la vida. Era lo único que podía hacer. Su corazón no le permitiría vivir en paz si simplemente se marchaba.

  Se arrodilló a su lado, sosteniendo su mirada firme. Una mirada que no era de odio, sino de respeto silencioso hacia un enemigo vencido. En ese gesto, le ofrecía a Lendar la única fuerza que aún podía brindarle… la de rendirse con dignidad.

  El elfo, con la voz temblorosa y apenas audible, reunió la poca energía que le quedaba para preguntar:

  —?Por qué…?

  Joseph guardó silencio un instante. Luego, respondió:

  —Porque no somos iguales… tú lo dijiste. Aunque mi corazón se regocije al verte caer, no es él quien tiene el control de mi mente. Si yo disfrutara hacerte esto, si no mostrara al menos un poco de humanidad... entonces, no habría ninguna diferencia entre tú y yo.

  Lendar no pudo articular palabra. Pero sus ojos, antes llenos de rabia, ahora rebosaban tristeza y envidia. En ese último suspiro de lucidez, comprendió algo que jamás había querido ver. Si hubiera tenido el valor de pensar como Joseph… tal vez habría salvado a Alec. Tal vez, habría salvado su propia alma.

  Desvió lentamente la mirada hacia la puerta, sus pensamientos se volvieron más claros conforme la marca del culto se desvanecía junto a su vida. La niebla en su mente se disipaba por fin. Su voluntad, ahora libre, encontraba algo de paz.

  Joseph se levantó despacio, tomó ambas espadas con manos firmes y se dispuso a marcharse.

  —Espe… ra… —la voz de Lendar fue apenas un murmullo roto.

  Joseph se detuvo.

  —Ella… el culto… ?Alec tenía razón…?

  El elfo no quería morir sin saber la verdad. Solo necesitaba una respuesta.

  Joseph suspiró, y cuando habló, lo hizo con la gravedad de la verdad en su alma.

  —La diosa que eligió a Alec como recipiente... busca abrir el portal para traer a sus huestes a este mundo. No es salvación lo que ofrece, sino exterminio. Tu se?or… sólo está siendo usado por ella. Ya lo hizo con el profesor Cunim… y lo volverá a hacer con cualquiera que se deje enga?ar.

  Lendar cerró los ojos. Su rostro, al oír la verdad, se transformó. Ya no había tensión en él… solo aceptación.

  —Si… si caminas por ese pasillo… —murmuró, su voz casi se perdía entre burbujas de sangre —El pasillo del medio… toma el elevador… llegarás al laboratorio…

  Un último suspiro, un último esfuerzo para hacer algo.

  —Por favor… salva a Alec…

  Joseph bajó ligeramente la cabeza en se?al de respeto. Agradecido en silencio.

  Lendar, tendido en el suelo, dejó que su vida se escurriera. El charco de sangre crecía a su alrededor, pero su alma ya no estaba atrapada en odio o manipulación. En una existencia marcada por decisiones erradas, al menos al final… pudo tomar una correcta.

  ?Si hubiera tenido la misma voluntad que Joseph… si tan solo hubiera pensado diferente… ?Qué habría sido de mí??

  Con esa última pregunta suspendida en su mente, Lendar exhaló su último aliento. La muerte llegó serena, sin estruendo, como un susurro que se fundió con la sangre extendida a sus pies.

  Joseph, con el alma aún sacudida por el conflicto interno, se encaminó hacia el pasillo central. Sus pasos resonaban pesados, su cuerpo estaba fatigado, pero su propósito ardía con más fuerza que nunca. Cada respiración lo acercaba al elevador.

  Pero entonces… sintió algo. Una presencia, una presión leve pero precisa, en su espalda.

  Con reflejos afilados por la batalla, giró rápidamente y trazó un corte limpio en el aire. El filo de su espada silbó con tensión. Se mantuvo firme, en guardia.

  —?Vaya! Buenos reflejos —dijo una voz femenina desde la penumbra —No me extra?a que hayas vencido a un sexto nivel.

  Una figura se reveló al borde de las sombras. Era una mujer alta, de porte elegante pero letal. Su mirada era aguda como una lanza, y su sonrisa, enigmática. La agente Sol había llegado.

  —?Quién eres? —preguntó Joseph con voz baja, apenas en un murmullo. Aún no bajaba la guardia.

  El agente Sol alzó ambos brazos en un gesto pacífico.

  —No soy tu enemiga. De hecho, vine para ayudarte… pero al final, me di cuenta de que no lo necesitabas.

  —Eso no responde a mi pregunta. —replicó Joseph, manteniendo firme la punta de su espada.

  La mujer sonrió, como si hubiera anticipado su desconfianza.

  —Solo necesitas saber que no deseo hacerte da?o. El laboratorio está lleno de enemigos… muchos más poderosos de lo que imaginas. Incluso con el nivel que has alcanzado, temo que no podrás enfrentarlos a todos.

  Joseph frunció el ce?o. Cada palabra era una amenaza disfrazada de consejo.

  —Por mi parte… yo sí puedo. Si me das la bomba que llevas, te aseguro que destruiré el portal.

  Su mano descendió lentamente hacia la empu?adura de su espada. No se fiaba. Nadie tomaría esa responsabilidad de sus manos.

  Pero entonces, la mujer alzó la mano. Con un gesto suave, como si tomara algo del aire… algo cambió.

  Joseph parpadeó y vio la bomba en su palma. Miró su cinturón, incrédulo. Estaba vacío.

  ?No la vi. No sentí nada…?

  Era más que velocidad. Era una habilidad. Una que estaba fuera de su comprensión actual. El agente Sol le devolvió la bomba con calma, extendiéndola hacia él como si nada hubiese pasado.

  —?Lo ves? Tengo el poder para hacerlo. Si quisiera, ya la habría tomado sin que lo notaras… y te habría derribado antes de que siquiera pesta?earas.

  Joseph dudó.

  —Si me la das… —continuó ella, con voz suave pero decidida —tendrás el tiempo suficiente para llegar a tus compa?eros. ?No es eso lo que realmente quieres?

  Hubo silencio. El aura de tensión entre ambos era densa como el humo de una vela recién apagada. Joseph apretó los labios. Tenía la bomba. Tenía la opción.

  Joseph clavó la mirada en los ojos de la mujer a través de su máscara. Las sombras aún cubrían parte de su máscara, y la luz tenue del pasillo apenas permitía distinguir sus facciones. Sin embargo, algo en su interior le gritaba que no mentía.

  Reflexionó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Si sus palabras eran ciertas, si realmente el laboratorio estaba lleno de enemigos de un nivel superior… entonces, él no tendría oportunidad. Ni siquiera con su nuevo poder. Y además, había algo más. Si aquella mujer podía robarle la bomba sin que lo notara, también podía degollarlo en un instante y jamás lo sabría.

  La verdad era tan simple como cruel. No tenía ninguna posibilidad de ganar si decidía enfrentarse a ella.

  Joseph bajó lentamente la mirada, evaluando todo en un instante. Sus dedos aún temblaban ligeramente por el combate anterior y por el peso de la decisión. Entonces, soltó un suspiro resignado, uno que venía desde el alma y le entregó la bomba.

  La mujer la tomó con suavidad, como si no quisiera romper el momento, y Joseph giró sobre sus talones sin decir una palabra más. Se echó a correr por el pasillo, cada paso era guiado por una sola prioridad… proteger a sus compa?eros. Las bombas ya habían comenzado a detonar, el tiempo se agotaba.

  Mientras se alejaba, sintió el peso de la rendición. No como derrota, sino como estrategia.

  La agente Sol, por su parte, observó cómo se perdía entre las sombras del pasillo. Una sonrisa se dibujó debajo de su máscara, una mezcla de reconocimiento y propósito cumplido. Su papel no era pelear hoy, su tarea era más grande.

  Giró con elegancia y se dirigió hacia el elevador con paso firme, llevando la bomba en sus manos como si se tratara de un artefacto sagrado.

  La misión continuaba.

  —Hmm… esto será complicado…

  Una vez abajo, la agente Sol se mantenía recargada contra la pared, envuelta por la oscuridad del corredor como si fuera parte de ella. Desde su posición, observaba con atención a los numerosos guardias que custodiaban la entrada del laboratorio. Al fondo, el portal gigante vibraba con una energía inestable, mientras magos y eruditos del culto trabajaban sin descanso por abrirlo.

  —No hay élites… pero esa cantidad de hombres no será fácil de eludir… —murmuró para sí misma.

  Entonces, el sonido de pasos solitarios interrumpió el silencio. Un mago del culto se acercaba, con la túnica ligeramente desordenada y la mirada perdida en sus propios pensamientos. Un blanco perfecto.

  —Vaya… parece que el Se?or de los Mares me sonríe esta noche. —susurró con una sonrisa apenas visible bajo la máscara.

  Sin perder un segundo, levantó la bomba y la configuró con precisión en cuatro minutos. El tiempo exacto que Joseph necesitaría para evacuar el lugar sin ser alcanzado por la explosión.

  Un leve brillo mágico rodeó el dispositivo mientras lo ocultaba con un hechizo. Como un susurro, se deslizó hacia el mago y, con una destreza sobrehumana, colocó la bomba dentro del chaleco sin que él se percatara.

  El hombre pasó entre los guardias sin que nadie le dirigiera siquiera una mirada. Como un peón sin saberlo, avanzó directo hacia el corazón del ritual.

  El agente Sol no necesitaba quedarse más.

  ?Mi trabajo aquí ha terminado.?

  Y con esa certeza, se desvaneció. Simplemente desapareció entre las sombras, como una hoja arrastrada por el viento nocturno. La pieza estaba en movimiento y el reloj ya había comenzado a correr.

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