Joseph se levantó de entre los escombros con una sonrisa torcida, desafiante, aquella que hacía hervir la sangre de Lendar. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, la sangre manchaba su rostro y sus ropas estaban rasgadas, pero aun así, se irguió con una testarudez casi sobrehumana.
Lendar apretó los dientes y frunció el ce?o, sintiendo cómo la ira crecía en su pecho.
—?De qué te ríes, bastardo? —preguntó con odio e irritación.
Joseph jadeó, su cuerpo temblaba por el esfuerzo, pero aún así alzó la mirada y dejó escapar una risa entrecortada.
—Je... —tosió, un hilo de sangre resbaló por la comisura de sus labios —Dijiste que no era nada... y aun así... te alejaste de mi ataque.
Las palabras de Joseph fueron como una daga en el orgullo de Lendar, pero antes de que pudiera responder, una fuerza opresora sacudió el laboratorio. Un estruendo sordo resonó en el aire y el suelo crujió bajo sus pies.
De pronto, las piernas de Lendar comenzaron a temblar violentamente. Su pecho se oprimió como si una mano invisible estrujara su corazón, y un miedo primitivo se instaló en sus entra?as.
??Qué es esto? ?Son las bombas??
Giró la cabeza instintivamente, buscando la fuente de aquel terror, y su mirada volvió a posarse en Joseph. Pero lo que vio le heló la sangre. El joven no mostraba signos de miedo. Su expresión no era de desesperación ni de pánico. Era desconcierto.
Joseph entrecerró los ojos, su mente analizaba la energía que se extendía en aquel temblor ominoso. Y entonces, la sintió. Un grito ahogado, un dolor indescriptible atrapado en el vórtice de caos.
??Cáliban…??
En el Gorrión Dorado, muy por encima de las ruinas, la profesora Sill trataba de aferrarse al suelo del salón, con el rostro pálido y los ojos desorbitados.
Ante ella, un vórtice de energía carmesí brotaba de las profundidades de la tierra, como un río de sangre hirviendo que amenazaba con tragarse el mundo entero.
—??Qué demonios está sucediendo?! —gritó, pero su voz era apenas audible ante el rugido de la tormenta.
Lidia, con el rostro desencajado, sujetaba con todas sus fuerzas al maestro herrero, quien luchaba por mantenerse en pie. Mientras tanto, la profesora Sill conjuraba un escudo, intentando contener el retroceso de la abrumadora calamidad que se desplegaba ante ellos.
En el centro de aquella vorágine de destrucción, en lo más profundo del vórtice, Xander observaba con horror el caos que se desataba a su alrededor. La energía caótica se retorcía y bramaba en un torbellino de furia que hacía rugir la tierra y llorar a los cielos.
Con un grito desgarrador, intentó avanzar hacia el epicentro, su cuerpo luchaba contra la presión asfixiante.
—?Se?or! ?Se?or, responda!
Pero sus palabras se perdieron en la tormenta.
Dentro del vórtice, atrapado en el ojo del huracán de destrucción, Cáliban sostenía un cuerpo con desesperación. Sus brazos temblaban mientras apretaban con fuerza el cuerpo inerte de Cecilia contra su pecho. Sus labios se movían, murmurando su nombre una y otra vez, como si con solo pronunciarlo pudiera devolverle el aliento.
Pero ella no respondía.
Sus ojos, que una vez brillaron con calidez, estaban apagados. Su piel, que antes era suave y llena de vida, ahora estaba fría como el mármol.
Algo se rompió dentro de Cáliban.
Su aliento se volvió errático, y su cuerpo comenzó a vibrar con una furia insondable. Lágrimas ardientes resbalaban por su rostro, pero no eran de tristeza… sino de rabia.
—No… —susurró, con una voz temblorosa y rota —No otra vez…
La energía a su alrededor se agitó con violencia. Cada fibra de su ser ardía en un fuego de venganza. Sus músculos se tensaron, y un grito animal emergió de lo más profundo de su alma.
—?Voy a acabar con todos y cada uno de esos bastardos!
Desde la distancia, Karrigan observaba la escena con una sonrisa torcida. Sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y fascinación.
—?Eso es, hermano! ?Demuéstraselo! ?Muéstrales el poder de cambiar el destino! ?Destrúyelo todo! —La voz de Karrigan resonaba con un fervor retorcido, como una melodía de locura entre el rugido del caos —?Hazles entender que no pueden enjaularte en sus estúpidas leyes!
Cáliban jadeó, su pecho subía y bajaba pesadamente. La furia carmesí lo envolvía como un torbellino sin control, haciendo vibrar el aire a su alrededor. Sus manos temblaban, aferrándose al cuerpo frío de Cecilia.
Había sido muchas vidas. Muchos caminos. Demasiado dolor. Estaba agotado.
Las imágenes de su pasado lo atacaron sin piedad. Rostros difusos, voces distorsionadas por el tiempo, promesas rotas y despedidas que nunca tuvieron respuesta.
?Estoy cansado… es siempre lo mismo… ?Por qué nunca puedo salvar a nadie? No pude salvar al maestro… no pude salvar a ninguno de mis hermanos… y tampoco pude salvarte a ti…?
Sus lágrimas cayeron silenciosas, brillando como gotas de sangre entre el resplandor carmesí de su furia. Y aún así, aunque su alma ardiera en ira, en su interior solo quedaba un vacío imposible de llenar.
?Soy un destructor… soy un asesino… soy un monstruo… no puedo cambiar. No tengo derecho a hacerlo.?
—Sí… —Karrigan susurró con dulzura ponzo?osa a su oído —Eso es, hermano. Eso es lo que eres.
Su voz era como un veneno lento, escurriéndose en cada grieta del corazón de Cáliban.
Lentamente, Karrigan alzó la mano y la posó sobre su hombro con un gesto casi fraternal. Solo un empujón más, solo un susurro más y su hermano caería por completo. Sería su obra maestra, su triunfo final.
Cáliban destruiría el mundo con el poder de su alma. Arrasaría con todo.
—Hermano, es tiempo… es hora de-
Pero antes de que pudiera seguir destilando su veneno, una segunda mano se posó sobre el otro hombro de Cáliban. Una garra negra, de pelaje azul celeste. Runas antiguas parpadearon con un brillo tenue sobre su piel. Una figura encapuchada se erguía a su lado.
—Eso no es cierto, hermano…
La voz llegó suave, cálida como un rayo de luna en medio de la tormenta. Karrigan entrecerró los ojos, su expresión se oscureció con un destello de frustración. Cáliban, en cambio, sintió que su mundo entero se detenía.
La figura bajó la capucha con lentitud.
Tenía un hocico largo, colmillos prominentes, orejas afiladas y cuernos gigantes… una presencia animalística, pero sin un rastro de hostilidad. Sus ojos irradiaban una paz que contrastaba con la tempestad a su alrededor.
Cáliban contuvo el aliento.
—Lucan…
Su voz salió apenas como un susurro roto. Lucan le sonrió, aquella misma sonrisa que alguna vez iluminó los días más oscuros de su juventud.
—Ha pasado un tiempo, hermano.
El caos rugía a su alrededor, pero en aquel instante, Cáliban solo podía escuchar el latido ensordecedor de su propio corazón.
—?Qué…? ?Qué haces aquí?
Su voz tembló, su cuerpo tembló. Todo en él se desmoronaba. Lucan no respondió de inmediato. En su mirada había ternura, pero también un dolor profundo, un entendimiento silencioso de la tormenta que azotaba el alma de Cáliban.
—Eres real… —murmuró Cáliban, sintiendo su garganta cerrarse —No… ?Algo de esto siquiera lo es…?
Su mente titubeaba entre la desesperación y la esperanza. Entre la locura y la salvación. Y en ese instante, en la línea entre la furia y el perdón, entre la destrucción y la redención, el destino de Cáliban pendía de un hilo.
Lucan acarició su barba con una sonrisa nostálgica antes de soltar una suave risa.
—?Eso es importante?
Se inclinó levemente, buscando la mirada de su hermano. Sus manos firmes se posaron sobre los hombros de Cáliban, sosteniéndolo con la calidez de tiempos lejanos.
—Hermano… no dejes que el dolor te marque.
Cáliban sintió cómo su garganta se cerraba, un nudo opresivo que le impedía respirar con normalidad. ?Cómo podía decirle eso? ?Después de todo lo que había vivido?
Pero antes de que pudiera responder, una carcajada burlona rompió el momento.
—?Bha! ?Estupideces! —Karrigan exclamó con desdén, chasqueando la lengua —??De qué sirve todo este poder si no puedes defenderte?! ??Quieres que Avalon afronte el dolor con una sonrisa?! ??Que perdone a la maldita que asesinó a una joven inocente a sangre fría?!
Lucan alzó una ceja, ladeando la cabeza con un gesto entre irónico y curioso.
—?Tú, defendiendo a una inocente? —dijo, con una ligera mueca de incredulidad —?Desde cuándo tienes esa clase de pensamientos?
Karrigan chasqueó la lengua de nuevo y agitó la mano con desinterés, como si la conversación ya le estuviera fastidiando.
—?No es eso! No me malinterpretes. Lo que digo es que-
Pero Lucan ya no lo escuchaba. Algo en sus palabras, en aquella confrontación, removió algo dentro de Cáliban.
La discusión entre sus hermanos continuaba, pero su mente comenzó a nublarse. Tuvo una sensación extra?a, como si aquella conversación ya hubiera ocurrido antes… en otro tiempo, en otro lugar.
Un murmullo lejano, un recuerdo enterrado en lo más profundo de su ser comenzó a escucharse en sus oídos. Cáliban cerró los ojos, y de pronto, el presente se desmoronó a su alrededor.
Mucho, mucho tiempo atrás… antes de que recibiera sus apodos, antes de que portara la armadura negra de la destrucción, antes de que blandiera la espada del fin, antes de que su poder y su nombre fueran temidos en el universo…
Avalon solo era un hombre más.
Un simple aprendiz en las islas celestiales donde entrenó por a?os incontables.
El viento soplaba con suavidad, llevando consigo un aroma embriagador. La isla era un paraíso vivo, un tapiz de colores vibrantes que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. árboles colosales se alzaban hacia el cielo, con raíces profundas que parecían abrazar la mismísima esencia de aquel mundo.
Los frutos que colgaban de sus ramas resplandecían con un fulgor etéreo, como si estuvieran hechos de luz líquida. Criaturas de formas imposibles vagaban entre la densa vegetación, sus cuerpos estaban cubiertos de plumas, escamas y piel luminosa.
Avalon respiró hondo, maravillado.
—Esto es… hermoso… —susurró con reverencia —Jamás imaginé ver algo como esto en mi vida…
Pero entonces, el aire cambió. Un escalofrío recorrió su espalda cuando una voz profunda, vibrante y solemne inundó sus oídos, reverberando como un trueno en la distancia.
—?Qué haces aquí?
El eco de aquella voz pareció hacer temblar la propia tierra. Avalon se giró con cautela, y cuando alzó la vista, su corazón casi se detuvo. Frente a él, emergiendo de entre los árboles sagrados, se alzaba una criatura de proporciones colosales.
Un lobo inmenso, con cuernos tan vastos como las monta?as, cuya presencia parecía desafiar las mismas leyes del mundo. Su pelaje azul celeste se agitaba con el viento, y sus ojos dorados centelleaban con una sabiduría insondable.
Avalon no pudo apartar la mirada. Aquel ser no solo era inmenso… era majestuoso.
—Que impresionante… —murmuró sin aliento, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
El lobo entrecerró los ojos por un instante, antes de soltar un leve resoplido.
—No esperaba invitados. —dijo con tono pausado, evaluándolo con una intensidad casi palpable —?Podrías decirme cómo llegaste aquí?
—Oh, lo siento… no quería incomodar.
Avalon levantó las manos en un gesto respetuoso, juntando la palma y el pu?o en un saludo cordial. Su voz reflejaba una mezcla de prudencia y asombro, intentando mostrar respeto ante la imponente criatura que tenía frente a él.
—Te pido que me perdones, estoy teniendo problemas con una técnica y el maestro me dijo que podía consultarlo con el cuarto hermano llamado Lucan… me dijo que este es su territorio. ?Podrías decirme dónde se encuentra?
Por un instante, el lobo gigante lo observó en silencio. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad casi divina, evaluándolo con una mirada profunda, como si estuviera leyendo su alma.
Y luego, de manera inesperada, soltó una leve risa.
—Ya veo… —su voz grave resonó con un eco que vibraba en el aire —Tú debes ser el nuevo… la segunda hermana me mencionó que recientemente llegó un discípulo a nuestro maestro.
Avalon frunció el ce?o, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
—Espera… ?Tú eres…?
Antes de que pudiera terminar su frase, una luz radiante envolvió al colosal lobo.
El resplandor no era abrasador ni cegador, sino más bien puro, una luminiscencia serena que danzaba como un río de estrellas. Pétalos dorados comenzaron a flotar en el aire, girando a su alrededor en un espectáculo etéreo.
Y entonces, su forma cambió.
La imponente bestia lupina se transformó ante sus ojos, moldeándose en algo más humanoide. Sus rasgos lobeznos seguían presentes. Su pelaje celeste, su hocico alargado y sus colmillos prominentes permanecieron intactos. Pero ahora caminaba erguido en dos patas con una gracia natural. Vestía una túnica blanca de tejidos ligeros, marcada con símbolos que destellaban en un lenguaje ancestral que Avalon no comprendía.
Lucan giró en torno a él con pasos tranquilos, evaluándolo con un aire de curiosidad.
—Había escuchado rumores de que el maestro había acogido a un humano… pero jamás pensé que realmente tomaría una decisión así.
—?Disculpa? —preguntó Avalon, aún intentando procesar lo que estaba ocurriendo.
Lucan se detuvo en seco, como si acabara de recordar algo importante.
—?Oh, lo siento! No me he presentado adecuadamente. —Llevó una mano al pecho con una leve inclinación de cabeza —Soy Lucan, el cuarto discípulo. ?Qué es lo que querías consultar conmigo?
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Avalon aún sentía su mente nublada. Todo en él le decía que estaba so?ando, que nada de aquello era real. Frente a él se encontraba una criatura que superaba cualquier noción que tuviera sobre la vida, y sin embargo, allí estaba… hablándole con total naturalidad.
Lucan notó su desconcierto y no pudo evitar reír con suavidad.
—Déjame adivinar… ?Es la primera vez que ves a alguien como yo?
—Sí. —respondió Avalon sin dudar, con una honestidad que le nació del alma.
Lucan parpadeó, visiblemente sorprendido.
—?En serio?
—Sí.
El cuarto discípulo lo observó con detenimiento, como si intentara confirmar si realmente le estaba diciendo la verdad. Para él, aquello era insólito. Incluso en el mundo de los humanos, no debería ser raro encontrar a alguna raza celestial.
—En el mundo de los inmortales hay muchas razas celestiales que pueden hablar como la mía. —dijo Lucan, cruzándose de brazos —?De verdad nunca has visto algo similar?
Avalon ladeó la cabeza, tratando de encontrar las palabras para explicar su confusión.
—?Inmortales? —repitió, como si la palabra le supiera extra?a en la boca —?De qué hablas? En mi mundo no hay nada que se acerque a la inmortalidad. Bueno… salvo en las leyendas.
Lucan dejó escapar un leve silbido y entrecerró los ojos con expresión pensativa.
—Espera, espera, espera… —alzó una mano, como si necesitara un momento para asimilar lo que acababa de escuchar —?No eres un inmortal?
Avalon negó con la cabeza.
—No.
—Pero… —Lucan frunció el ce?o, la confusión se reflejaba en su rostro —Entonces, ?Cuál es tu nivel de vida?
Avalon abrió la boca para responder, pero de repente, una duda lo golpeó con fuerza.
Su nivel de vida.
Nunca antes lo había pensado de esa manera. Siempre había sido un simple humano, un mortal más en el flujo del tiempo. Pero ahora… ahora estaba en un mundo que parecía operar bajo reglas completamente diferentes.
Avalon negó con la cabeza, dejando escapar un suspiro.
—Mi raza solo vive entre los 50 y 100 a?os… quizás un poco más, con un poco de suerte. —dijo con una risa amarga, cargada de resignación.
Lucan se quedó completamente quieto. Su expresión, antes curiosa, se tornó en algo cercano a la incredulidad.
—?Un… mortal?
Las palabras salieron de sus labios con un matiz de asombro y confusión. Se llevó una mano a los ojos, masajeando su sien mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar.
Para él, aquello era inaudito.
En el plano superior y el mundo mortal, existían razas que compartían el mismo nombre pero no el mismo destino. En el plano superior, los humanos que nacían con habilidades extraordinarias, más allá de lo divino, eran conocidos como inmortales. Su poder y longevidad los elevaban por encima del tiempo, dándoles derecho a compartir el reino de los dioses.
Pero en el mundo de Avalon…
Los humanos eran simplemente eso. Seres frágiles, efímeros, destinados a la muerte en el corto lapso de un siglo.
Cuando Lucan había escuchado por boca de su segunda hermana sobre el nuevo discípulo de su maestro, y supo que pertenecía a la raza de los humanos, naturalmente asumió que sería un inmortal que había logrado captar su atención. Jamás imaginó que el elegido sería un simple mortal, un hombre destinado a la vejez y a la muerte en un abrir y cerrar de ojos.
Y, sin embargo, ahí estaba. Vivo, respirando y aceptado por su maestro. Lucan sintió una punzada de genuino interés por su nuevo hermano.
—Muy bien… —dijo finalmente, rascándose la barbilla, con la mirada fija en Avalon —Muéstrame lo que te atormenta.
Avalon asintió, sin perder el tiempo.
Sacó su espada.
Era un arma sencilla, pero peculiar. No estaba hecha de metal, sino de madera. No cualquier madera, sino la del sauce milenario, un material capaz de soportar toda clase de movimientos y técnicas sin romperse.
Lucan alzó una ceja.
Aquello era curioso. Si Avalon poseía esa espada en lugar de una de acero común, eso solo podía significar una de dos cosas. O era increíblemente talentoso y necesitaba un arma especial para entrenar sin restricciones… o era demasiado débil para manejar una espada real.
Cruzó los brazos, intrigado.
—Bien. —dijo con un gesto de su mano.
El suelo tembló bajo sus pies y, en cuestión de segundos, un enorme árbol emergió de la tierra, como si hubiera estado esperando bajo la superficie todo ese tiempo. Su tronco grueso y su corteza endurecida poseían una fuerza descomunal.
Lucan sonrió levemente.
—Usa este árbol como objetivo. —dijo con calma —Trata de cortarlo.
Avalon asintió sin dudar. Apretó el mango de su espada y respiró hondo.
Cerró los ojos un instante, recordando cada instrucción que había leído en el libro de técnicas. Visualizó los movimientos, el flujo de energía, la forma en que debía canalizar su fuerza.
El mundo a su alrededor se desvaneció. Solo existían él, su espada y el árbol. Abrió los ojos y atacó.
La espada de madera se movió con precisión, lanzando golpes limpios, uno tras otro. Sus movimientos eran exactos, calculados al milímetro. Cada impacto resonaba con una fuerza inesperada, demostrando una dedicación impecable al estudio de su técnica.
Lucan lo observó en completo silencio.
Avalon no se detuvo hasta que sintió su respiración agitada. Finalmente, bajó su arma y miró a su hermano con expectación y una chispa de orgullo brillando en sus ojos.
—?Qué te pareció?
Lucan lo miró fijamente. El ambiente quedó suspendido en un instante de tensión. Y entonces, con una calma brutal, pronunció las palabras que rompieron la emoción del momento.
—Eso fue… muy… muy… débil.
Avalon sintió que el mundo se le derrumbaba. Su expresión se congeló.
—?Hermano…?
Lucan se encogió de hombros, sin pizca de malicia en su tono.
—No me lo tomes a mal, ?Eh?… —hizo una pausa, esperando que Avalon le diera su nombre.
—Avalon, mi nombre es-
No pudo terminar.
De repente, una garra poderosa se cerró alrededor de su cuello. Lucan lo había atrapado con una facilidad humillante, sujetándolo sin esfuerzo alguno, como si fuera un simple insecto. Su agarre era firme, pero no letal… no aún.
Los ojos dorados del lobo centelleaban con una mezcla de desconcierto y desaprobación.
—?Un mortal como tú… se atreve a usar su nombre como referencia?
Su voz era profunda, un eco vibrante que se expandió en el aire como una sentencia inapelable. Avalon luchó por respirar. Sus manos se aferraron a los dedos de Lucan en un intento desesperado por librarse de su agarre. Pero no pudo moverlo.
Ni un solo centímetro, ni un solo milímetro. Era como si intentará doblegar el hierro mismo.
—Yo… —balbuceó, con la voz quebrada —El maestro… fue quien me dio este nombre…
Apenas pudo terminar la frase cuando Lucan, de inmediato, aflojó la presión sobre su garganta. El lobo retrocedió un paso, frunciendo el ce?o. El maestro le había dado ese nombre. Aquello lo dejó mudo. Era inconcebible, inaudito. Si el propio maestro le había otorgado un nombre, entonces… ese mortal estaba bajo su gloria.
Pero… ?Por qué?
Lucan observó a Avalon, como si intentara desentra?ar un enigma imposible. Un simple humano. Un ser frágil, efímero, atado al destino de la muerte. ?Por qué su maestro lo había elegido?
Avalon, por su parte, se llevó una mano a la garganta y tosió, tratando de recuperar el aliento. Aún podía sentir la fuerza arrolladora de Lucan en su piel. Pero no dijo nada, no se quejó, y tampoco le pidió explicaciones.
Eso hizo que Lucan lo viera con un poco más de interés. El lobo suspiró y se acercó al enorme árbol que había invocado antes.
—Escucha… —su voz ya no tenía hostilidad, solo frialdad —No me malinterpretes. No te odio ni nada por el estilo… pero no perteneces aquí.
Avalon apenas tuvo tiempo de procesar esas palabras cuando Lucan alzó una de sus garras. Con un solo movimiento fluido, ejecutó la misma técnica de espada que Avalon había estado practicando con tanto esfuerzo.
Pero lo hizo con una velocidad aterradora. Tan rápido que Avalon ni siquiera pudo ver el movimiento.
El árbol, sólido e imponente, se desmoronó en un millar de fragmentos perfectamente cortados. Cada pieza, cada astilla, había sido separada con precisión. El mortal tragó saliva. Aquello… no era posible. Lucan observó los restos del árbol con indiferencia y luego volvió su mirada afilada hacia Avalon.
—Mi maestro solo elige a seres con un talento y poder abrumador. —Su tono era neutral, pero cada palabra golpeaba con la fuerza de un martillo —Esta técnica es de lejos la más fácil que puedas encontrar aquí. Ninguno de mis hermanos tardó más de un día en dominarla perfectamente.
Se inclinó hacia Avalon, quedando a su altura. Y entonces, le dijo la verdad.
—Tus movimientos son lento, carecen de precisión. Son torpes y ambiguos.
Las palabras fueron como dagas. Avalon sintió una punzada de vergüenza clavarse en su pecho. Pero Lucan no había terminado.
—Te lo diré de una manera sencilla, mortal… —su voz fue un susurro gélido —Tu talento es pobre. Demasiado pobre.
Avalon sintió que su respiración se detenía.
—Incluso si pasaran doscientos a?os, seguirías sin poder aprender esto correctamente. En toda tu vida, con todo tu esfuerzo, tal vez sólo puedas dominar esta única técnica. Y eso… con suerte.
Lucan se puso de pie y caminó unos pasos hacia la monta?a que se alzaba al frente. Sin darle importancia, deslizó un solo dedo sobre la roca maciza y la monta?a se partió. Como si fuera de papel, la gigantesca formación rocosa se desmoronó en un corte limpio, dejando un abismo de silencio en el aire. Avalon sintió que su corazón se hundía.
—Ahora dime… —Lucan se giró lentamente hacia él —Si esto es lo más básico, ?Cómo esperas comprender lo avanzado?
Su tono no tenía burla, no tenía odio. Solo era la verdad.
—Así que… —exhaló, como si su siguiente frase le pareciera obvia —Habla con el maestro. —Dio un último paso al frente —Pídele que te regrese a tu hogar. —Avalon apretó los pu?os. Lucan inclinó la cabeza levemente —Seguir aquí solo hará que desperdicies la poca vida útil que tienes…
Y con esas palabras, el silencio cayó como una losa sobre Avalon.
El peso de la realidad lo aplastó. Todo su esfuerzo… todo su entrenamiento… todo su sacrificio… ?De verdad había sido en vano?
Avalon sostuvo la mirada con Lucan. Sus ojos, vidriosos por el dolor, reflejaban un cúmulo de emociones contenidas. Pero no dejó que ninguna escapara. No discutió, no se defendió, no intentó demostrar nada. Simplemente, se levantó con dignidad, inclinó la cabeza en una reverencia y habló con voz serena.
—Gracias por tus consejos, cuarto hermano… no te quitaré más tiempo. Me despido.
Lucan lo observó sin decir nada.
Avalon se giró y comenzó a caminar de regreso a su isla. Su silueta, que antes irradiaba una determinación inquebrantable, ahora parecía más peque?a, más solitaria.
En su camino de regreso, los recuerdos de su maestro lo envolvieron.
Cuando Avalos lo aceptó como discípulo, le ofreció un regalo. Una isla rebosante de maravillas, donde la belleza y la vida eran eternas, un paraíso flotante digno de un heredero del cosmos.
Pero Avalon lo rechazó. él solo pidió una peque?a isla en la vastedad del firmamento.
Una isla diminuta, donde apenas cabía una humilde casa de madera que él mismo construyó con sus propias manos. Un lugar donde solo tenía un estanque de agua clara para beber y ba?arse.
Nada más.
Allí, alzó su espada y comenzó a entrenar. Día y noche. Las palabras de Lucan resonaban en su mente como un eco cruel que no podía callar. No tenía talento, no pertenecía allí, no lograría nada en toda su vida. Aun con lágrimas en los ojos, aun con sangre en las manos, no detuvo su espada. Sus cortes eran torpes, débiles e imperfectos. Pero cada día, cada noche, cada segundo, empu?ó su arma con la misma tenacidad.
Y Lucan… lo observó todo.
Desde la distancia, el cuarto hermano contempló el esfuerzo del mortal. Lo vio entrenar hasta el agotamiento. Lo vio caerse y levantarse. Lo vio cortar miles de árboles, solo para verlos caer con trazos irregulares.
Al principio, lo ignoró.
Después, sintió un leve interés. Con el tiempo, comenzó a preguntarse si no había sido demasiado severo. Pensó en acercarse, en darle algunos consejos cuando tuviera algo de tiempo libre. Pero el tiempo… el tiempo era un concepto diferente para ellos.
Para Lucan, veinte a?os no eran nada. Para Avalon, eran una vida entera. Los días se transformaron en semanas, las semanas en meses, los meses en a?os. Y los a?os… en seis décadas.
Sesenta a?os, sesenta a?os de lucha incesante, sesenta a?os para ejecutar una sola técnica.
Cuando finalmente lo logró, Avalon soltó una carcajada al aire y cayó de espaldas sobre la hierba. La fatiga pesaba sobre él como un yugo de acero. Su largo cabello blanco le cubría el rostro. Su barba, descuidada, le picaba la piel. Su cuerpo, antes fuerte, ahora era el de un anciano al borde de la muerte.
Pero en su mano temblorosa, aún sostenía su espada. Observó su reflejo en la hoja y sonrió con amargura.
—Ja… supongo que el cuarto hermano tenía razón… no tengo talento para esto…
Su voz era un susurro envejecido. Lucan lo vio todo y sintió culpa. Una culpa pesada, abrumadora.
Pero no era el único que lo observaba. En la cima de una luna lejana, Avalos contemplaba el progreso de su discípulo. Desde la distancia, el maestro sonreía. Su mirada irradiaba un orgullo silencioso, pero su expresión se ensombreció cuando sintió la presencia de Lucan acercándose.
El cuarto hermano se inclinó ante él, con la voz llena de respeto y humildad.
—Maestro… este discípulo le da sus saludos…
Esperaba una respuesta amable. Pero la sonrisa de Avalos se desvaneció de inmediato. Su mirada se tornó severa, y su voz descendió como un juicio inapelable.
—Creí haber ordenado que le dieras consejos… —su tono era frío, como el acero de una espada —No que trataras de cortar sus esperanzas.
Lucan sintió una presión inmensa aplastar su alma. No solo por el peso de las palabras de su maestro… sino porque comprendió la magnitud de su error.
—?No me atrevo! Es solo que… maestro… si me permite hablar…
Avalos desvió la mirada hacia el cosmos. El brillo de las estrellas se reflejaba en sus ojos, pero su expresión permanecía inescrutable.
—Habla.
Lucan se levantó con la serenidad de un maestro, con la convicción de alguien que cree estar haciendo lo correcto.
—Maestro… él es un mortal. Su vida no está hecha para vivir entre nosotros. Por favor, permítame llevarlo de vuelta a su hogar. Con esas habilidades, podrá vivir el resto de sus días en paz. Tal vez aún tenga familia que lo extra?e, yo…
Se detuvo. La mirada de Avalos seguía perdida en el firmamento. El maestro exhaló suavemente antes de hablar. Su voz descendió con un peso insoportable.
—Su hogar ya no existe…
Lucan sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—?Qué…?
Avalos no lo miró. Habló en voz baja, como si temiera que sus palabras fueran escuchadas por las mismas estrellas que los rodeaban.
—Su mundo fue destruido en el apocalipsis de ángeles y demonios.
Lucan abrió los ojos en par.
—Su familia fue consumida por demonios. Los ángeles lo secuestraron. —Las palabras golpeaban su pecho como cuchillas invisibles —Su nave se estrelló en mi castillo.
Por primera vez, Avalos apartó la vista del cielo y miró a su discípulo con seriedad.
—Por eso decidí acogerlo como tu nuevo hermano.
Lucan apretó los pu?os.
—Yo…
No encontró palabras, no había palabras.
—Aun si quisieras llevarlo de vuelta… no hay un lugar al cual pueda pertenecer allá afuera. —Lucan sintió su respiración volverse pesada. El maestro continuó —Pensé que, al compartir la misma historia, ambos podrían llevarse bien… —Avalos bajó la mirada y negó con la cabeza junto con un suspiro largo —Supongo que fue mi error.
Y con esas últimas palabras, desapareció como una brisa en el viento. Lucan se quedó solo. Solo con su culpa, con la verdad que nunca había querido ver.
En la isla de Avalon. El tiempo pesaba sobre su cuerpo como si la misma eternidad lo reclamara. Sesenta a?os de esfuerzo inquebrantable.
Toda una vida por un solo avance.
Avalon respiró hondo, sintiendo la fatiga anclarse en sus huesos. Pero en lugar de detenerse, tomó su espada y se levantó una vez más. No importaba el dolor, no importaba el cansancio, no importaba que su cabello se hubiera vuelto blanco y su piel estuviera arrugada por los a?os.
Seguiría adelante.
Entonces, una presencia familiar invadió su hogar. Una sombra se proyectó en el suelo de su humilde morada.
—?Por qué sigues?
Avalon se giró lentamente. Allí, de pie en el umbral de su casa, estaba Lucan. El cuarto hermano lo observaba con una mezcla de confusión y algo más… algo que Avalon no pudo identificar.
—?Cuarto hermano?
Avalon intentó arrodillarse para saludarlo, pero Lucan alzó una mano para detenerlo.
—Olvida eso.
Su voz era más grave de lo habitual. Más… humana.
—?Por qué sigues? —repitió —?Por qué sigues levantando la espada una y otra vez?
Avalon frunció el ce?o. Sintió que su hermano mayor realmente quería escuchar la respuesta. Pero Avalon solo lo miró con confusión.
—No entiendo sus palabras…
Lucan no titubeó.
—Eres viejo.
Su voz era fría, casi hiriente. Pero no era desprecio… era algo más. Avalon parpadeó. Lucan desvió la mirada hacia las manos de su hermano menor. Callosas y agrietadas. Manchadas de sangre seca… temblorosas… podía sentir el peso de los a?os en cada fibra de su ser.
—Puedo ver el temblor en tus dedos. —continuó con seriedad —Puedo sentir cómo el tiempo ha desgastado tu cuerpo… —Alzó la mirada —?Por qué sigues?
Silencio. Un viento leve sopló entre ellos, Avalon solo bajó la cabeza. Por un instante, Lucan pensó que no respondería. Pero entonces, su voz quebrada rompió el aire.
—Viví una vida llena de arrepentimientos… —Lucan sintió un extra?o escalofrío recorrer su espalda —Nunca pude hacer nada bien. Ni por mí… ni por los demás…
Avalon tragó saliva. Su vista seguía clavada en sus propias manos.
—Pensé que… si al menos podía hacer esto bien, tal vez pudiera despedirme del maestro con la cabeza en alto…
Lucan abrió los ojos con sorpresa. La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera detenerse.
—?Despedirte?
Avalon rió. Pero su risa era amarga. No tenía alegría, solo resignación.
—Tenías razón, hermano… mírame. —Levantó lentamente sus manos, mirándolas como si fueran ajenas —Soy viejo. —Miro las cicatrices, la piel cuarteada, los huesos cansados —No tengo el talento ni la fuerza de ninguno de ustedes.
Cerró los ojos por un momento. Cuando volvió a abrirlos, Lucan sintió un nudo formarse en su pecho.
—No me queda mucho tiempo de vida.
Avalon sonrió. Era una sonrisa cálida. Una sonrisa demasiado cálida para lo que estaba diciendo.
—Así que… para no manchar el nombre del maestro, le pediré que me expulse y me devuelva a mi hogar…
Lucan sintió una punzada en el alma. Avalon se inclinó con respeto.
—Gracias por tus consejos, hermano…
Esa despedida. Esa maldita despedida… Lucan apretó los pu?os tras su espalda con fuerza. Tanta fuerza que sus u?as perforaron su propia piel.
?Maldito idiota. Maldito estúpido arrogante.? —sus pensamientos comenzaron a devorarlo por su propia estupidez.
Su propio orgullo había condenado a su hermano. Su propia ceguera lo había empujado al borde de la desesperación. Y ahora… ?Cómo podía detenerlo?

