El sonido del acero desgarrando la carne se mezcló con la risa despiadada de Karrigan. El eco retumbó en la sala oscura mientras Cáliban abría lentamente los ojos, su visión aún estaba borrosa por el aturdimiento. Fue entonces cuando lo vio.
Gotas de sangre oscura caían pesadamente al suelo de piedra. Unas manos temblorosas se aferraban con fuerza al filo de una espada, impidiendo que su due?a la retirara.
—Je… te… tengo… —Cecilia esbozó una sonrisa débil en su rostro pálido y perlado de sudor. Sus dedos, crispados por el dolor, no soltaban la hoja que la había atravesado el abdomen.
Alexa frunció el ce?o y trató de recuperar su arma, pero Cecilia se lo impedía con una determinación feroz, aunque su cuerpo ya comenzaba a ceder. Cáliban, al ver la oportunidad, levantó su espada con una furia ciega y la dirigió hacia el cuello de Alexa en un corte letal.
Pero ella era rápida.
Con un grito gutural, Alexa giró sobre sí misma, ofreciendo su brazo derecho como sacrificio. La hoja de Cáliban lo cercenó con facilidad, y el miembro amputado cayó al suelo con un sonido húmedo. Un alarido de dolor salió de los labios de la diosa, pero no perdió más tiempo.
Cecilia cayó de rodillas con sus fuerzas desvaneciéndose, pero aún sosteniendo la espada que la atravesaba. Sus ojos se alzaron hacia Cáliban, suplicantes, aunque con una resignación dolorosa.
De repente, Alexa entrecerró los ojos, agudizando sus sentidos. Varias presencias se acercaban a la sala, moviéndose con rapidez. No eran sus sacerdotes.
?No… no puede ser… ?Han caído??
Su mirada se encontró con la de Cáliban, quien se debatía entre perseguirla o correr a socorrer a Cecilia. La diosa no podía darse el lujo de esperar.
?Si sigo luchando, aunque lo derrote, no podré escapar de sus subordinados… ?Tengo que huir!?
Tomando su brazo cercenado con la mano restante, Alexa corrió hacia el trono que dominaba la sala y lo destruyó con un golpe brutal. Entre los escombros, un túnel oculto quedó expuesto. Sin vacilar, se adentró en él, pero antes de desaparecer por completo, sus dedos buscaron algo en la pared.
Un clic resonó en la sala, y con ello, el suelo comenzó a temblar.
—?No…! —Cáliban comprendió demasiado tarde.
Intentó perseguirla, pero las paredes empezaron a derrumbarse. Enormes bloques de piedra cayeron con estrépito. Alexa desapareció en la oscuridad del pasadizo mientras la entrada se cerraba tras ella.
?Si no puedo matarte hoy… al menos me aseguraré de enterrarte aquí.?
Mientras corría, apretó los dientes, tratando de sofocar el dolor de su herida. Su sangre goteaba por el túnel, pero la venganza ardía en su corazón más que la propia herida.
?Asesino de dioses… ?Juro que te haré pagar por esto!?
Cáliban ignoró el estruendo a su alrededor. Su único pensamiento era Cecilia. Se arrodilló a su lado y tomó su rostro entre sus manos temblorosas. Sus labios estaban fríos y su respiración era errática. La sangre seguía manando de su herida, formando un charco a su alrededor.
—?Idiota! ??Por qué hiciste eso?! —rugió, pero su voz se quebró al final.
Cecilia esbozó una sonrisa débil, llevando una mano trémula a su abdomen.
—Era… lo único… que podía hacer para protegerte…
Su voz apenas era un susurro, como si la vida se le escapara con cada palabra. Sus ojos empezaban a nublarse, su fuerza la abandonaba a cada momento.
—No… —Cáliban presionó sus manos sobre la herida, tratando de canalizar su energía, de sanar el da?o, de compartir el dolor para aliviarla. Pero la maldición de la diosa quemaba como veneno, impidiéndole cerrar la herida.
Cecilia jadeó, su mano buscó a tientas la de Cáliban.
—Tranquilo… —susurró —Todo estará bien… solo… necesito…
Un espasmo recorrió su cuerpo.
—?No! ?Cecilia, quédate conmigo! —Cáliban sintió que su propio corazón se rompía en mil pedazos.
—No pierdas el tiempo, hermano… —La voz de Karrigan resonó en su mente como un susurro siniestro, un eco venenoso que ara?aba su cordura.
Nadie más podía escucharlo. Nadie más sentía su fría presencia reptando en la conciencia de Cáliban, llenándolo de dudas y sombras.
El suelo temblaba con violencia. La sala, ya herida de muerte, comenzaba a ceder. Grietas se expandían como venas rotas por las paredes, y el polvo caía en gruesas cortinas sobre los cuerpos ensangrentados.
Entonces, ellos llegaron.
Lord Xander, la profesora Sill, Lidia y Bardrim irrumpieron en el lugar, pero se detuvieron al ver la escena. Sus miradas se nublaron de tristeza y desesperanza. No hacía falta decirlo… habían llegado demasiado tarde.
Xander y Adelina reaccionaron de inmediato, canalizando su poder para sostener la estructura tambaleante. La energía crepitó en el aire, formando una barrera invisible que contenía el desastre… pero no por mucho tiempo.
—Espero resistir suficiente tiempo… —murmuró Adelina con la voz tensa —Tenemos que salir de aquí, jefe…
Lidia desvió la mirada, su aliento tembloroso apenas era audible.
—Llegamos muy tarde…
—?Debemos sacarlos de aquí! —bramó Bardrim —?Este lugar está a punto de venirse abajo!
Pero Cáliban no los escuchaba.
Estaba arrodillado, con las manos ensangrentadas presionando la espada en la herida de Cecilia, derramando su propia energía en un intento desesperado de salvarla. Su aliento era errático, sus fuerzas se desmoronaban, pero no podía detenerse. No podía rendirse.
Si se distraía, si bajaba la guardia aunque fuera un instante… ella se iría para siempre.
—Deberías terminar con esto, Avalon… —Karrigan apareció a su lado como una sombra serpenteante, alzando su sonrisa afilada como una daga —Si sigues perdiendo el tiempo tratando de salvar a alguien que ya está muerto… tus amigos podrían morir también.
—Cállate… —gru?ó Cáliban, con su mandíbula apretada con furia —La salvaré… ?Voy a salvarla!
Karrigan rió, un sonido venenoso que perforó su pecho como un pu?al.
—Oh, claro que lo harás… al igual que las otras veces… ?No?
Cáliban sintió la ira arder en su interior, un fuego oscuro que amenazaba con consumirlo. Pero no podía dejarse llevar. No ahora.
De repente, un estruendo sacudió la entrada.
Pasos apresurados resonaron en el umbral de la sala mientras un grupo de figuras se apresuraba hacia ellos. La luz de las antorchas parpadeó, revelando rostros conocidos. Jóvenes héroes, aquellos que habían venido a luchar junto a ellos, irrumpieron con la esperanza ardiendo en sus miradas.
Pero entonces, lo vieron.
—?Ceci! ?Venimos a ayu…! —La voz de Nhun se quebró al igual que su mirada. Su respiración se cortó. Sus ojos, terriblemente abiertos, se fijaron en la herida de Cecilia —No… —Sus labios temblaron —?Cecilia!
El grito de Nhun desgarró el aire. Fue un lamento tan puro y desesperado que el tiempo pareció detenerse. Un eco de dolor que llenó cada rincón de la cripta, quebrando los corazones de aquellos que lo escucharon.
—?No dejen que se acerque! —rugió Cáliban —?No interrumpan el proceso!
Reinhard sujetó a Nhun con fuerza, sintiendo cómo el cuerpo de la joven temblaba mientras forcejeaba desesperadamente. Sus u?as se clavaban en su piel, su voz era un grito desgarrado, pero él no la soltó.
—?Déjame ir! ?Déjame ir con ella! —sollozó Nhun, retorciéndose entre los brazos de su compa?ero, con su mirada fija en el cuerpo ensangrentado de Cecilia.
Los demás se quedaron atrás, incapaces de actuar, paralizados ante la inminencia del derrumbe. Cáliban se giró hacia Adelina con el ce?o fruncido, levantó su voz cargada de autoridad y desesperación.
—?Adelina! ?Sácalos de aquí! ?Diríjanse al torneo y avisen al director sobre los planes de la Diosa!
La joven hada dudó, su mirada oscilaba entre la creciente destrucción y el cuerpo agonizante de Cecilia.
—?Pero… ! —intentó refutar, pero la furia en los ojos de Cáliban la hizo retroceder.
—?Haz lo que te digo!
Adelina intercambió una mirada con Xander. El hombre apretó la mandíbula y asintió, canalizando su energía para sostener la estructura tambaleante un poco más.
Sin más discusión, Adelina extendió sus alas, rodeando a los heridos y a los jóvenes guerreros con un resplandor protector. Uno a uno, los envolvió en su luz y emprendió el vuelo, elevándose a través del enorme agujero en la cima de la sala derruida.
Nhun seguía luchando.
Sus brazos forcejeaban, sus gritos quedaban ahogados por la distancia. Su mirada seguía clavada en Cáliban, su amigo, su líder… el único que aún se aferraba a una esperanza imposible.
Y luego, la oscuridad de la sala se cerró sobre ella. Nhun sintió que algo en su interior se rompía. Al emerger en la sala principal, fueron recibidos por un grupo de adeptos de la Gran Diosa. Su presencia era una sombra amenazante, un obstáculo más en su desesperada huida.
—?Fuera de mi camino! —rugió Adelina.
La energía mágica brotó de sus manos como ráfagas luminosas y letales. Rayos afilados desgarraron el aire, partiendo a los adeptos en pedazos sin que tuvieran tiempo de reaccionar.
—?Váyanse! —ordenó —?Yo me encargaré de ellos! ?Lleven la información al director antes de que sea demasiado tarde!
Reinhard, sin soltar a Nhun, comenzó a correr con los demás. Sus pasos resonaban frenéticos en la piedra.
—?No te preocupes! ?Estoy seguro de que el líder podrá salvarla! —intentó tranquilizarla, pero su voz sonaba forzada, casi desesperada.
Nhun no respondió. Las lágrimas seguían cayendo por su rostro, cada una un reflejo de la impotencia que la ahogaba.
En la sala en ruinas, Cáliban seguía luchando. Sus manos ardían con la energía sanadora, pero la corrupción seguía aferrándose al cuerpo de Cecilia como un veneno inmortal. La corrupción de la diosa evitaba que retirara la espada de su cuerpo.
—?Vamos! ?Ya casi está! —susurró Karrigan, danzando en su mente —Solo tienes que dejarla ir…
Cáliban apretó los dientes. Su respiración era un torbellino entrecortado por la angustia, su corazón latía con fuerza, como si intentara compensar el que estaba dejando de latir en el pecho de Cecilia.
—?Cállate!
Su grito resonó con un dolor inhumano, con una desesperación que hizo eco en las paredes derruidas. Lágrimas ardientes resbalaron por su rostro, cayendo sobre la piel fría de Cecilia.
Karrigan reía. Giraba, danzaba entre las sombras, celebrando la llegada de un nuevo capítulo. Un capítulo de sufrimiento… un capítulo de pérdida…
Lord Xander, aún sosteniendo la estructura con lo poco que le quedaba de energía, observó con el ce?o fruncido. Cáliban no solo estaba gritando de desesperación. Estaba gritando… a alguien.
??Con quién hablas, Cáliban??
La pregunta quedó sin respuesta. Porque la vida de Cecilia seguía deslizándose entre sus dedos y él no podía hacer nada para evitarlo.
Xander mantenía sus pensamientos firmes mientras alzaba los brazos con toda su fuerza, resistiendo el peso colosal del derrumbe inminente. Sus músculos temblaban, cada fibra de su cuerpo gritaba en protesta, pero no cedería, no todavía.
Su se?or luchaba con un dolor más profundo que el físico. Cáliban estaba agotado.
El sudor y la sangre se mezclaban en su piel mientras se aferraba a un milagro imposible. Sus manos, empapadas en la vida de Cecilia, temblaban sobre su herida, tratando desesperadamente de arrancar la corrupción con su propia energía. Pero por más que lo intentara, por más que diera hasta la última gota de su ser, la realidad era inquebrantable.
La mujer que más amó en todas sus vidas… estaba partiendo otra vez.
Los recuerdos lo asaltaron sin piedad, atravesando su mente como cuchillas. Imágenes de otras vidas, de otros tiempos en los que había prometido protegerla y había fallado. Cada error, cada pérdida, cada despedida… todas ellas, repitiéndose en un ciclo cruel del que no podía escapar.
Su concentración se rompió. El dolor de Cecilia se intensificó, haciéndola gemir débilmente.
—?Lo siento! ?Yo solo…!
Su voz se quebró, un reflejo de su propio ser fragmentado. Entonces, unos dedos fríos y suaves se posaron en su mejilla. Cecilia lo miraba con ternura.
—Está bien… todo está bien…
Su voz era un susurro apenas audible, una brisa en medio de la tormenta. Cáliban sintió que algo se rompía dentro de él.
?Justo cuando prometí que no te dejaría… lo lamento…? —Cecilia ya no lo escuchaba.
Su mirada comenzaba a desvanecerse mientras se aferraba desesperadamente a la vida, pero su alma flotaba en el umbral de la muerte. Y, en ese último instante, mientras su cuerpo la traicionaba, su mente se llenó de recuerdos.
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Imágenes de su vida pasaron ante sus ojos en destellos parpadeantes. No eran escenas felices. No eran memorias de amor ni calidez. Solo un eco persistente, un murmullo constante que la persiguió hasta el final:
"Deberías estar muerta."
Jóvenes, ni?os, criados, criadas, maestros… todos la miraban igual. Todos susurraban lo mismo.
"Deberías estar muerta."
Desde el día en que nació, su existencia fue un error. Cuando cumplió doce a?os, su maldición escapó de su control. Todavía podía verlo con una claridad aterradora.
En aquel tiempo, su cumplea?os se celebraba en una sala repleta de invitados, risas y murmullos de la aristocracia. Ni?os jugaban inocentemente en los pasillos, su risa resonaba en el aire. Y luego… el horror. Podía recordarlo perfectamente. La energía oscura brotando de sus manos, el instante en que las risas se convirtieron en gritos, los cuerpos cayendo al suelo con ojos vacíos y piel sin vida, el pánico…
Su padre, Lord Thorm, desesperado, buscó excusas para encubrir la tragedia. Asesinos, conspiraciones, cualquier mentira que pudiera enterrar la verdad. Pero un ni?o lo había visto. Un ni?o había sido testigo de lo que realmente sucedió.
Y los rumores comenzaron.
Se esparcieron como fuego en un bosque seco, consumiéndolo todo a su paso. Magos de la capital llegaron a investigar, pero no encontraron rastros de magia oscura. Tuvieron que marcharse con informes vacíos.
Lord Thorm creyó que estaban a salvo, pero Cecilia sabía que no. Porque la gente no necesitaba pruebas para temerle. En la escuela, las voces no cesaban. Susurros de brujería y muerte llegaban a sus oídos a diario.
"Está maldita."
"Si te acercas, morirás también."
Uno a uno, sus amigos se alejaron. Cada día volvía a casa con nuevas heridas, con marcas de objetos que le arrojaban para mantenerla a raya. Lord Thorm lo veía todo, su gran dolor era no poder detenerlo.
Y entonces, llegó el día que lo cambió todo. En medio del bullicio de la ciudad, cuando su carruaje la recogía, una figura emergió de la multitud.
Una mujer, una madre. Una madre que había perdido a su hijo aquel día. En sus ojos no había más que locura y odio.
—?Mataste a mi hijo, maldita! ?Deberías pagar con tu vida, sucia bruja!
La voz de la mujer se alzó sobre el bullicio de la ciudad como un grito de condena. No hubo advertencias, no hubo contención. Solo ira desbordada.
Cecilia apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la primera piedra impactó contra su frente. Un dolor agudo se extendió desde la herida abierta, y la calidez de la sangre comenzó a descender por su rostro.
Miró a su alrededor, buscando ayuda, buscando algo, cualquier cosa, que le dijera que no estaba sola.
Pero solo encontró odio. Miradas frías, repulsión grabada en los rostros de la multitud. No había compasión. No había comprensión.
—?Con tu sucia presencia, no me sorprendería que tú misma le hubieras arrebatado la vida a tu madre! ?Eres una escoria!
Las palabras la atravesaron con más violencia que cualquier piedra. Porque aunque nunca la había conocido… esas palabras se clavaron en su mente como una verdad innegable.
Esa noche, como tantas otras, los gritos desesperados de los ni?os regresaron en sus pesadillas. Y con ellos, la silueta borrosa de una mujer. Su madre, a quien nunca había visto, pero que en sus sue?os se materializaba como un espectro de su propia culpa.
"Tú me mataste."
Su voz era un susurro de odio helado, un veneno que ardía en su piel marchita. Cecilia despertaba sudando frío, con las manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas. Pero jamás pronunció una palabra al respecto.
Porque, a pesar del desprecio, a pesar del dolor, Cecilia nunca odió a nadie. No dejó que la ira la definiera. Pero el sufrimiento… la pérdida… eso sí la marcó. Durante el día, los murmullos la perseguían por los pasillos de la mansión cuando las sirvientas hablaban.
—?Realmente crees que ella…?
—No lo sé… pero su condición le trae problemas a su padre. Todos los días tiene que esquivar intentos de manchar su reputación… muchos mercaderes ya han abandonado su negocio.
—Temo decir que solo es cuestión de tiempo para que la familia quiebre…
—Aunque me duela decir esto, la se?orita haría un mejor trabajo… estando muerta.
Cecilia se detuvo en lo alto de las escaleras. Sus peque?os hombros temblaban. Se abrazó a sí misma, ocultando su cabeza entre las rodillas, tratando de ahogar el llanto que amenazaba con escapar.
Quería gritar, quería llorar, quería decir que no era su culpa, que nunca quiso hacer da?o a nadie. Pero no tenía derecho a pedir nada de eso.
A los ojos de todos, ella era un error.
Nhun fue la única que intentó acercarse. La única que, sin importar lo que dijeran los demás, nunca la abandonó. Pero nada de lo que hiciera o dijera podía aliviar ese vacío que Cecilia sentía en su pecho.
Hasta que llegó el día en que creyó que todo cambiaría.
Con quince a?os recibió la carta de invitación para presentar la segunda prueba en Grand Delion.
Por primera vez en su vida, había esperanza. Si lograba ingresar a la academia, podría convertirse en una gran maga. Si se volvía fuerte, tal vez conseguiría el dinero suficiente para salvar la empresa de su padre.
Tal vez, solo tal vez… podría dejar atrás su viejo yo.
Ese día, ella y Nhun salieron juntas, con los ánimos en lo más alto. Listas para cualquier desafío. Pero entonces… surgió aquel incidente.
Aún podía recordar la gran silueta de aquel bandido. Su risa cruel, los gritos de desesperación de sus compa?eros, las sombras en las paredes de aquella caverna. El filo de la espada reflejando la luz tenue de las antorchas.
Las palabras de las sirvientas resonaron en su mente, envolviéndola como una soga al cuello. En ese momento las palabras que escuchó toda su vida volvieron a su mente y supo… que no había esperanza.
"Estarías mejor estando muerta."
Cecilia bajó la cabeza, sus labios temblaron con miedo.
—Si… si voy contigo… ?Dejarás a los demás en paz?
—?Claro, dulzura! —La risa del bandido resonó en la caverna como un eco cruel —Si vienes conmigo obedientemente, dejaré ir a todos tus amiguitos.
Las palabras la atraparon. Cecilia sintió cómo su cuerpo se tensaba, sus pu?os se cerraban con impotencia, arrugando la tela de su vestido.
Era un déjà vu. El mismo destino, la misma condena que parecía quererla reclamar.
?Tal vez… esto siempre estuvo escrito para mí. Tal vez, siempre fui solo eso… alguien destinada a morir.?
La esperanza se apagó en sus ojos. Pero si su vida no valía nada… si su existencia solo traía desgracia… entonces su sacrificio no sería una pérdida, sino un propósito. Si podía salvar a otros con su muerte… si podía proteger a Nhun, a sus compa?eros… entonces, valdría la pena.
Respiró hondo y dio un paso al frente, sintiendo cómo el aire a su alrededor se volvía más pesado. Los brazos de Nhun se aferraron a ella, pero Cecilia los apartó con suavidad.
—?Ceci! ?No vayas! —suplicó Nhun, su voz se quebró por el miedo.
Cecilia se giró hacia su amiga. Su mirada era un abismo de sombras. No había duda en sus ojos, ni rastro de la chispa de vida que solía tener.
—Nhun… si esto es lo único que puedo hacer… —susurró, y una sonrisa débil, casi rota, apareció en sus labios —Entonces, aceptaré mi destino con gusto… si con ello puedo salvarte…
Nhun negó frenéticamente con la cabeza, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero Cecilia ya no escuchaba. Sus pasos eran firmes, pero sus manos temblaban. Sabía que no habría ayuda, sabía que nadie vendría a salvarla.
Extendió su mano hacia Cáliban, un gesto silencioso, casi un ruego de despedida.
—Está bien… —susurró —Ya no tienes por qué pelear más. Iré con él, y ustedes estarán a salvo…
Esperaba que él la soltara, esperaba que le diera la espalda, esperaba que, como todos los demás, aceptara que su vida no valía el esfuerzo. Pero, aun en esa oscuridad abrumadora, en medio de la desesperación y el sacrificio… una chispa de luz ardió.
Cáliban tomó su mano con fuerza. No dudó ni por un instante. Sus ojos, fieros y llenos de convicción, se clavaron en ella.
—Apártate y regresa con el resto. —ordenó, inquebrantable como la roca —No te voy a entregar.
El aire quedó suspendido entre ellos. Cecilia sintió su corazón detenerse por un segundo, su respiración se quedó atrapada en su garganta. La espalda de aquel joven guerrero quedó grabada en su mente, ba?ada en la tenue luz del fuego y el resplandor de la batalla.
Alguien… además de su padre… estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ella. Por primera vez, entendió lo que significaba ser protegida.
Era como los cuentos que Luna le contaba cada noche. La leyenda del primer Rey de Orión, el granjero que se alzó contra monstruos de leyenda y desafió al destino por el amor de una mujer. Un hombre que se enfrentó al mundo entero solo por ella.
Su madre solía amar esa historia. Y ahora, ese cuento cobraba vida frente a sus ojos. Desde ese día, Cecilia vivió para agradecerle. Para seguirlo, para estar a su lado. Para ofrecerle lo único que tenía, su corazón y su vida. Por ello, aun cuando tuvo de frente el filo corrupto, cubierto con el fulgor púrpura de la fuerza divina de Alexa , ella no dudó en dar su vida por él…
En el presente, mientras el grupo corría hacia el evento, Juliana, Astrid y Elizabeth sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos.
Un susurro débil, casi un lamento, flotó en el aire.
—Esperen… ?Esperen! —gritó Astrid, deteniéndose en seco.
El grupo se congeló. El viento soplaba con una extra?a pesadez. Como si algo estuviera por suceder.
—?Qué sucede? Tenemos que… —intentó decir Reinhard, pero se detuvo al notar la tensión en el aire.
—??Tú también lo escuchas?! —preguntó Elizabeth, llevándose un dedo al oído, como si intentara despejar el sonido que flotaba en el viento.
—Creo que lo oigo… —susurró Juliana, con los ojos muy abiertos.
Dimerian y Reinhard intercambiaron miradas de incertidumbre. No entendían lo que ocurría, pero había algo en la forma en que las chicas se quedaron paralizadas, algo en la quietud antinatural de la calle vacía del distrito de Hilloy, que les puso la piel de gallina.
El eco de una voz… la voz de Cecilia, flotaba en el aire.
Pero Nhun no lo escuchó. Sumida en su propio dolor, siguió corriendo, ignorando todo lo demás. Los chicos decidieron seguirla, pero las chicas permanecieron ahí, atrapadas por aquel susurro moribundo.
Cecilia alzó su mano temblorosa una última vez. Su cuerpo estaba frío. Su fuerza la abandonaba, cada latido de su corazón era más débil que el anterior.
—Lo lamento…
Cáliban tomó su mano con desesperación, aferrándose a ella como si su contacto pudiera evitar lo inevitable. Su rostro, endurecido por la guerra, por a?os de batallas, por la brutalidad del mundo, se quebraba.
Pero aún así, intentó sonreír, intentó mostrarse fuerte, intentó creer que aún podía salvarla.
—Está bien… está bien… —susurró, sin aliento —Solo necesito… si hacemos algo, podremos…
Pero Cecilia ya lo sabía. Ya no había nada que hacer. Aún así, con su último aliento, con la calidez que aún le quedaba, alzó la mano y acarició el rostro de Cáliban por última vez.
—Gracias… por todo…
Las lágrimas que él había intentado contener nublaron su visión, su mano tembló, su mundo se estremeció.
—Está bien… —su voz se quebró —Aún podemos hacer algo… aún podemos…
Pero Cecilia ya no tenía miedo. Ya no le importaba el dolor, ni la muerte, ni la oscuridad. Lo único que quería… era devolverle el favor a su primer amor… y lo había hecho. Con coraje, con valor.
—Aún recuerdo… —susurró, con una sonrisa débil —Aquella noche… cuando me dijiste cosas horribles… que querías que me fuera… que te dejara solo…
Cáliban sintió un peso insoportable en el pecho. El recuerdo de aquella noche lo golpeó con la fuerza de un pu?al. Cecilia luchaba por pronunciar las palabras, y verlo le rompía el alma.
—Nuestra cita… —susurró con la voz cada vez más apagada —Me divertí mucho… deberíamos repetirla…
El aliento de Cáliban tembló. El mundo se volvió un eco distante. Asintió frenéticamente, con el rostro destrozado por el dolor.
—Sí… sí, definitivamente…
—?Podrías… decirles…?
Su voz era un hilo frágil, ahogado por el dolor, pero no dejaría que eso la detuviera. No cuando le quedaban tan pocas palabras, no cuando esta era la última oportunidad que tenía para hablar.
—Dile a Elizabeth… que lamento no poder devolverle el libro que me prestó…
Las palabras flotaron en el aire, como un eco distante.
Elizabeth sintió cómo su mundo se desmoronaba al escucharla. Sus piernas fallaron y cayó de rodillas en la calle vacía de Hilloy. No podía respirar, no podía soportarlo. Un simple libro… y Cecilia seguía preocupándose por ello.
—Juliana me ayudó a entrenar mucho… desearía ser tan fuerte como ella…
Juliana apretó los pu?os con tal fuerza que la piel se rompió y la sangre comenzó a gotear entre sus dedos, pero no le importó. Cecilia la admiraba, y ella… no había podido hacer nada por salvarla.
—Dile a Astrid que me alegró que me ense?ara a usar mi bastón… la verdad… sus ojos me parecían… preciosos…
Astrid inclinó la cabeza hacia el cielo, intentando contener las lágrimas, pero no pudo. Su visión se volvió borrosa mientras las gotas calientes resbalaban por su rostro. Cecilia siempre fue así. Siempre encontró belleza en los demás, incluso cuando no veía belleza en ella.
Cáliban no podía hablar, no podía respirar. El peso del mundo caía sobre él mientras la escuchaba hablar con su último aliento.
—Y a ti… —Cecilia entrecerró los ojos, su sonrisa era temblorosa pero sincera —Gracias… por darme todo… por darme amigas… por darme un lugar al cual pertenecer… por hacerme sentir lo que es ser amada… por hacerme sentir que aún había esperanza para un alma condenada como yo…
Cáliban cerró los ojos con fuerza, conteniendo un sollozo, pero sus lágrimas caían sin control.
—Verte luchar por mí… me hizo… muy… muy feliz…
Cecilia le dedicó su última sonrisa. Esa sonrisa que no quería que él olvidara. Esa sonrisa que, incluso con el dolor perforando su cuerpo, se negó a perder. No quería que la última imagen que Cáliban tuviera de ella fuera la de una chica quebrada.
No.
Quería que la recordara como alguien que, hasta el último instante, luchó contra su destino. Sus labios se separaron en un último ruego.
—Por favor… prométeme…
Cáliban asintió rápidamente, desesperado, sin importar lo que fuera. Haría cualquier cosa. Cecilia cerró los ojos lentamente.
—Que pensarás en mí… de vez en cuando…
Su último suspiro escapó con el viento. La luz se desvaneció de sus ojos. Pero su sonrisa… permaneció. En una vida llena de odio y desprecio, había conocido el valor de la amistad. Había sentido lo que era el amor. Había luchado por una causa junto a personas que no la veían como un monstruo.
Y aunque su muerte fue dolorosa… su alma voló en paz. Pero dejó atrás a un hombre roto.
Cáliban la sostuvo con fuerza contra su pecho, su cuerpo tembló de impotencia. Retiró la espada de su cuerpo inerte, sus dedos cubiertos de su sangre le pesaban. Había logrado purgar la energía corrupta… pero demasiado tarde. Demasiado tarde.
—Perdóname… —Su voz se quebró una vez más —Te fallé otra vez… perdóname…
Las lágrimas cayeron una tras otra, empapando la piel ya fría de Cecilia. La abrazó con todas sus fuerzas, como si temiera que desapareciera de entre sus brazos.
Pero ya no había nada que pudiera hacer. No importaban los a?os, no importaban los tiempos ni las eras.
Este siempre era el resultado.
Xander lo observó en silencio, su corazón pesaba por el sufrimiento de su se?or. Lo había visto luchar en batallas. Lo había visto enfrentar horrores que romperían la mente de cualquier otro hombre. Pero nunca lo había visto así. Nunca había visto a Cáliban… vencido. Un nudo se formó en su garganta y, una lágrima escapó de sus ojos.
No solo por él, sino por Cecilia. Una joven que nunca tuvo la oportunidad de vivir en paz. Una inocente que tuvo la mala suerte de nacer en este mundo maldito.
No solo él lloró.
Las chicas, las mismas con las que Cecilia compartió momentos de calidez, se derrumbaron por la tristeza. Sintieron, en lo más profundo de sus almas, el último aliento de su amiga, y con él… un pedazo de ellas también murió.
Xander podía sentir el peso de sus manos crecer, cada vez más, más y más… hasta que, de repente, todo se sintió liviano. Demasiado liviano. Los escombros comenzaron a levantarse por sí solos por una energía poderosa.
A lo lejos, Karrigan sintió el disturbio en el espacio y su sonrisa se ensanchó con demencial deleite. Sus pasos resonaron en la devastada sala mientras se acercaba a su hermano.
—Hermano… —susurró con malicia, inclinándose sobre él —Ellos te la quitaron de nuevo… te hicieron sufrir otra vez… ?Cuántas pérdidas tienen que ocurrir para que finalmente entiendas? Este es tu destino… no puedes escapar de él. Nunca.
Cáliban temblaba. Su cuerpo, rígido, se aferraba al de Cecilia, cuyas extremidades yacían inertes y frías. Sus dedos recorrían su rostro sin vida, como si con ello pudiera despertarla, como si el calor de su propio cuerpo pudiera devolverle el aliento que el destino le había arrebatado. Pero no. Solo encontraba un abismo sin retorno.
—No otra vez… —susurró con voz temblorosa, clavando la mirada en el vacío.
Karrigan observó la escena con una falsa lástima, su sonrisa se curvó con una sutil burla mientras inclinaba la cabeza.
—Oh… siempre sufriendo… —murmuró, fingiendo compasión —Casi siento lástima por ella. Pero… todo esto tiene solución, ?Recuerdas, hermano?
Con movimientos lentos, casi teatrales, deslizó sus garras afiladas sobre los hombros de Cáliban. Su contacto quemaba, llenándolo de un fuego oscuro, de una promesa perversa. Sus labios se acercaron a su oído, su voz era un eco de tentación y condena.
—Si el destino está en tu contra… —susurró, dejando que sus palabras fueran semillas de caos en la mente de su hermano —Entonces, destrúyelo todo. Muéstrales la furia de aquel que una vez estuvo en la cima… ?O acaso vas a permitir que se rían de ti otra vez? ?Que vuelvan a arrebatarte lo que amas mientras permaneces de rodillas, impotente?
El temblor en los brazos de Cáliban cesó. Sus ojos, antes apagados por la tristeza, comenzaron a arder con un fulgor carmesí, un brillo que eclipsaba cualquier otra emoción. La pena se desvanecía poco a poco, arrancada de raíz por algo más profundo, más oscuro… una ira descomunal que rugía en su pecho como una bestia encadenada demasiado tiempo.
—De nuevo… no pude… —balbuceó con la mandíbula tensa en un eco de su tormento —?Por qué siempre…? ?Por qué…?
Sus dedos se crisparon. Un latido de energía ominosa sacudió la habitación. El aire se tornó denso, pesado, como si el mundo mismo contuviera la respiración. Luego, una ráfaga de fuerza invisible estalló desde su cuerpo.
Los escombros se elevaron del suelo como si fueran plumas, flotando en un torbellino de caos. La tierra gimió bajo sus pies, los muros temblaron y el espacio mismo pareció retorcerse a su alrededor.
Xander, inmóvil, contempló con horror la transformación de su se?or.
El dolor se había esfumado. En su lugar, solo quedaba un sentimiento, uno que latía con una furia que no conocía límites.
—?Sí! ?Sí! ?Sí! —gritó Karrigan, emocionado. Su risa resonó como un cántico a la destrucción —?Esto es lo que quería ver! ?Esto es lo que eres!
Cáliban alzó la mirada. Sus ojos ya no reflejaban humanidad, solo un océano incandescente de rabia y poder puro.
Y entonces, rugió. Un rugido que hizo a?icos el aire, que desgarró los cielos, que estremeció los cimientos de la misma creación.
—?ALEEEEEEC!

