home

search

Palo y Hueso

  Racionamiento de pan y túneles anegados. Esas fueron las justificaciones que usó el Alguacil Mayor para ordenar a Alonso del Río y a su grupo a morir de aburrimiento custodiando la entrada de un obrador en la Cava de Los Gitanos. El quinteto de ratas grises dirigidas por él —una rata negra con la cara marcada por dos cicatrices— llevaba varias horas de pie y soportando el intenso frío nocturno en un estrecho callejón, con los ojos bien puestos sobre la fila de roedores. Con el claro objetivo de evitar cualquier foco de protesta entre los civiles que arriesgaban sus vidas para poder comer.

  Parecían torres de vigilancia hechas de carne y pelo. Siendo Alonso el más bajo y delgado del grupo por ser una rata negra. Algo, que compensaba siendo el roedor con más malasangre, astucia, agilidad física y experiencia entre los alguaciles menores de la zona. Virtudes —según quien lo vea—, que les ha permitido subir de rango dentro del cuerpo, ganándose la admiración y el respeto de sus compa?eros de pelaje grisáceo.

  Alonso posó sus ojos sobre dos jóvenes ratones que se adentraron al callejón. Los observó de arriba abajo y concluyó rápidamente que no había nada sospechoso en ellos, a pesar de sus caras largas. Todos los roedores del callejón estaban de mal humor por el mal clima, los túneles anegados y el precio de la comida, que se disparó en cuestión de horas. Noticia de la que no paraba de enterarse, una y otra vez, por los comentarios de los roedores que salían molestos del obrador. Y que se callaban al instante, cuando se daban cuenta de que alguna de esas moles peludas que custodiaban la entrada los estaban mirando por el rabillo del ojo.

  —?Esas son patra?as, nadie hará nada!?El regente puesto por el rey es un inútil al igual que Su Majestad! — Chilló alguien molesta.

  Aquella desagradable voz sobresaltó a los presentes, incluyendo a un par de alguaciles que se estaban quedando dormidos en plena guardia. Se trataba de una ratona de mediana edad, que estaba discutiendo casi al final de la fila con una rata gorda, cuyas ropas estaban cubiertas de lodo. Alonso sonrió para sí mismo, pues había encontrado una excusa perfecta para mover sus frías patas: controlar a una posible alborotadora. Nadie hablaba mal del Rey en público, y mucho menos delante suyo. Pues gracias a Su Majestad y a sus leyes, los alborotadores como ella podían conseguir pan sin arriesgar su vida en una cocina humana.

  Alonso se acercó a ella con paso firme, y le preguntó con voz grave:

  —?Tiene usted algún problema, se?ora? — Alonso notó el sobresalto que sintió la ratona al verse sorprendida por él.

  —N-no, se?or. —Respondió ella con voz temblorosa, encogiendo sus manitas por miedo.

  —Entonces cierre el hocico o la saco a patadas de la fila. —Le amenazó él acercando su rostro al de ella —?Los demás, moveos! — Ordenó él mirando por unos momentos a los cuatro roedores que quedaban en la fila, incluyendo a la rata regordeta que miró con ojos amenazantes, por si se le ocurría hacer de buen caballero. El cuarteto obedeció sin chistar y entró a la madriguera del obrador en silencio. Momento en el cual Alonso aprovechó para volver a dirigirle la palabra a la ratona que no dejaba de temblar de miedo:

  —En cuanto a usted, no quiero volver a escuchar vuestra desagradable voz, salvo para pedir la ración de pan que le toca ?Lo ha entendido, se?ora? — Le preguntó él con tono amenazante, haciendo ahínco en la palabra “se?ora”—?Largo de aquí!

  La ratona cubrió su rostro por el miedo, y corrió hacia el interior del obrador con los ojos llenos de lágrimas mientras Alonso la observaba. A los pocos segundos, los finos oídos de la rata negra escucharon un sonido lejano, que tanto él como sus compa?eros reconocieron al instante. Era una alarma que provenía del escuadrón de Tercios Viejos que se encargaban de vigilar la zona desde los tejados. Algo peligroso se estaba acercando a la calle Cave de Los Gitanos, lo que despertó la curiosidad de Alonso, quien reunió a los suyos con un silbido corto y un leve movimiento de su cabeza.

  El quinteto siguió cautelosamente a Alonso hasta la esquina que daba hacia el antiguo Convento de Nuestra Se?ora de la Consolación, con las narices bien en alto para encontrar alguna pista en el aire, que a esas horas, era una mezcolanza de aromas que dificultaba la ubicación del enemigo.

  —?Ya puedo ver la bandera! —Exclamó una de las ratas grises mirando hacia el tejado —?Es la roja!

  Las ratas empu?aron sus armas. Se trataba nada más ni nada menos del ser humano más despreciable de todos: el cazador de ratas. Un hombre de cincuenta y tantos a?os, de tez morena y de cabellos largos y grasientos, que recorría las calles de Triana ofreciendo sus servicios. Cargando varias trampas sobre su espalda y un palo de madera en sus manos, del que colgaban un pendón de algodón crudo con ratas bordadas toscamente por su mujer, y varios roedores muertos de su cacería anterior, que exhibía con orgullosamente por las calles, sin importarle las caras de asco ponían las mujeres y los ni?os al verlo pasear con esa cosa en sus manos.

  Aquel ser vil contaba con la ayuda de dos peque?os engendros del infierno llamados Hueso y Palo. Ambos, eran unos perros mestizos de talla peque?a y patas cortas, feos como el diablo y con unos dientes muy afilados, que les permitía adentrarse sin problemas en cualquier madriguera. Estos canes entrenados desde que eran unos cachorros, contaban con un instinto de caza muy fuerte, y eran tan buenos haciendo el trabajo sucio del cazador que se ganaron el cari?o de los humanos residentes de Triana, así como el odio más profundo de los roedores trianeros, cuyas autoridades locales convencieron al rey para que se entregara una jugosa recompensa a quien lograra matarlos.

  —?Iremos tras esos malditos perros, se?or teniente? — Le preguntó una de las ratas grises a Alonso.

  —Yo escuché el rumor de que La Corona le pagaría muy bien a quien le llevara las cabezas de esas bestias. — Comentó otra rata emocionada con la idea de hacerse rico.

  Alonso miró a sus subordinados con una sonrisa cómplice dibujada en su cara. él también quería una buena tajada de aquella recompensa; pero posiblemente, sus ratas tendrían que competir por ella contra otros alguaciles menores y los Tercios Viejos, quienes eran los especialistas en eliminar este tipo de alima?as.

  This content has been unlawfully taken from Royal Road; report any instances of this story if found elsewhere.

  —Por supuesto, se?or Ojeda. —Alonso alzó una mano para contener por un momento la emoción de sus subordinados— Pero me temo que primero tendremos que llamar a los vecinos a refugiarse.

  —?Tendremos tiempo para hacer eso, se?or teniente? —Preguntó uno de sus subordinados, preocupado por la cercanía de los silbidos que provenían de los tejados.

  —Sí.

  Alfonso dio la orden para moverse guiándose por los silbidos de los tejados. Las cuatro ratas cruzaron la calle Cava en dirección hacia el río Guadalquivir, pasando rápidamente por debajo de unas mulas guiadas por unos gitanos de la zona y por detrás de un aguador, quien apenas había percibido un fugaz movimiento de sombras por el rabillo del ojo.

  —?Hey, hey! —Gritó Alonso cuando notó a varios roedores civiles caminando por el callejón en que él y sus ratas se habían adentrado —??Qué co?o estáis haciendo!??A refugiarse, que vienen Pata y Hueso! —Ordenó él apuntando el túnel oculto por escombros.

  Alonso y sus ratas dejaron atrás a los civiles que corrieron en estampida hacia los túneles anegados por la lluvia. Consideraba que ya había cumplido con su deber, y no iba a perder el tiempo en ayudarles a entrar de forma ordenada porque los perros ya estaban cerca. Podía escuchar claramente sus garras golpeando con rapidez el suelo de uno de los callejones cercanos. Los alguaciles menores alcanzaron la siguiente esquina y frenaron de golpe por orden de Alonso, quien debía cerciorarse primero de que no hubiera humanos caminando por el estrecho callejón antes de sacar sus armas.

  No había nadie. Alonso se dio cuenta de que habían llegado a una calle sin salida, que muy probablemente sería utilizada como trampa por los Tercios Viejos para rodear a los perros. El primero en aparecer fue el can más joven, Hueso, que agitaba violentamente su cabeza para partirle la columna a un pobre ratón, cuya misión había sido la de guiar a los perros hasta aquel lugar apartado de la vista humana.

  —?Virgen Santísima! —Exclamó una de las ratas espantadas al ver como Hueso estrelló a su víctima contra la pared más cercana.

  —?Desenvainad! —Ordenó Alonso desenvainando su espada ropera.

  Las cinco ratas grises obedecieron. Hueso, excitado por la muerte de su primera presa del día miró fijamente al sexteto de ratas, con las orejas hacia atrás y los pelos del lomo completamente erizados. Tenía toda la intención de cargar en contra de ellos y matarlos; y ellos, de cortarle la garganta con sus espadas roperas.

  Pero un fuerte silbido que se escuchó lejos del callejón desvió la atención del perro.

  —?Hueso!?Ven aquí, chico! — Gritó alguien a lo lejos.

  El animal obedeció, y salió a toda velocidad hacia donde se encontraba su amo, desconcertando a los alguaciles. Con el cazador de ratas cerca, el teniente Alonso debía pensar rápidamente en una estrategia que le permitiera matar a los perros sin ser descubierto por el humano. Pero los sonidos de unos pasos provenientes del callejón lo desconcentraron: se trataba de los 3 jóvenes ratones que había visto en la fila del obrador, y que, por alguna razón, estaban correteando por el lugar sin percatarse del peligro.

  —??Pero qué demonios hacen ustedes ahí!? —Les gritó furioso —?Escóndanse en el túnel!

  Alonso miró rápidamente los alrededores. Aquel callejón sin salida servía como basurero del barrio, por lo que sobraban lugares para esconderse. Optó por guiar a sus ratas hasta un montículo de muebles destrozados que tenía cerca, pero el grito de uno de los alguaciles frenó al grupo de golpe.

  —?Cuidado, se?or!

  Tres perros se adentraron al callejón a toda velocidad. Palo y Hueso embistieron a los alguaciles, atrapando a dos de ellos con sus afiladas fauces. Mientras que el tercero, un animal que había sido adoptado hace un par de días por el cazador, se estrenaba en el oficio siguiendo por cuenta propia un rastro que lo condujo directamente hacia el túnel del otro callejón.

  Alonso y sus alguaciles lograron darles varias estocadas a los perros que soltaron sus presas al instante. Cuando el cazador escuchó los chillidos de dolor de sus perros se dispuso a buscarlos para ver que les había ocurrido, pero no alcanzó a doblar la esquina del callejón porque algo pesado golpeó su cabeza y cayó al suelo.

  Esta fue la se?al que pacientemente estaban esperando unos roedores que permanecían escondidos entre la basura. Era un escuadrón de los Tercios Viejos de Triana, conformado por una veintena de ratones y ratas organizadas en 2 filas que salieron de direcciones opuestas, con la intención de acorralar a los perros. Iban armados con pesadas picas miniaturas, de 20 centímetros de longitud; y animados por una enorme sed de venganza, que aumentaba a medida que avanzaban al ritmo del tambor, que iba detrás de ellos, junto con otro roedor que portaba una bandera con la cruz de San Andrés con el Sagrado Corazón bordado en su centro.

  Palo le rompió el espinazo a uno de los alguaciles sacudiendo su cabeza con violencia. Momento que aprovechó Alonso para saltar sobre el lomo del can, decidido a reclamar la vida del vil perro antes de que lo hicieran los Tercios Viejos.

  La afilada espada ropera de Alonso salió volando por los aires. Uno de sus alguaciles le dio una última estocada a Palo justo antes de ser atrapado por las mortales fauces del otro perro. El teniente Alonso alcanzó el cuello del perro, que no dejaba de sacudirse y logró arrancarle un pedazo de piel usando sus afilados incisivos. Y como pudo, desenvainó su daga de mano izquierda y apu?aló la herida abierta varias veces sin misericordia. Logrando alcanzar una arteria que soltó un abundante chorro de sangre; pocos segundos antes, de que la peque?a bestia perdiera la conciencia y cayera al suelo.

  El viejo Palo había muerto.

  Por otro lado, el perro nuevo había roto una de las filas de los Tercios Viejos, embistiéndolos violentamente para unirse a la pelea al lado de Hueso, quien ya mostraba signos de agotamiento por las heridas recibidas. Parecían dos dragones de cuentos enfrentándose con furia a un ejército que no se rendiría nunca.

  Las bajas no se hicieron esperar: casi la mitad de los tercios fueron alcanzados por las rápidas fauces de los perros, cuyos costados y rostros fueron perforados por las afiladas picas de los soldados que permanecían en pie. Los alguaciles supervivientes miraron estupefactos como Hueso caía al suelo por la falta de aire en sus pulmones; al mismo tiempo que el otro animal sin nombre huía despavorido y chillando de dolor hacia el callejón donde se encontraba el cuerpo de su amo. Los ratones se abalanzaron sobre el perro herido y lo remataron, clavando sus picas en el cuello.

  —?Lo hicimos! —Gritó el capitán de los tercios al darse cuenta que habían logrado su objetivo—?Hemos aniquilado a las bestias de Triana! —Exclamó él emocionados.

  Los gritos de alegría de los soldados duraron poco, pues una figura ba?ada en sangre se había detenido sobre el cuerpo de Palo, alzando como si fuera un trofeo la oreja del perro, que había cortado minutos antes con la ayuda de los alguaciles menores que habían sobrevivido.

  —?Os equivocáis, malditos farfantes! — Gritó el teniente Alonso, molesto —?Los Tercios Viejos sólo acabaron con la vida de una sola bestia, la de Hueso; dejando escapar a otra con vida!?El mérito, la gloria y la recompensa por haber matado al infame Palo nos pertenece a nosotros, los honorables alguaciles de la calle Cava!?Tengo a Dios y a esos dos ratones por testigos! — Gritó el alguacil furioso, se?alando a dos ratones que había visto casualmente por el rabillo del ojo, cargando lo que parecía ser un herido.

Recommended Popular Novels