La noche cayó sin avisar.
El bosque se llenó de un silencio largo, profundo, como si alguien hubiera apagado el mundo desde adentro. Syra encendió una peque?a fogata con ramas secas, pero el fuego no crepitaba: ardía en silencio, como todo lo demás.
Desde que escuchó aquella voz, su pecho no había vuelto a estar quieto. Un segundo latido seguía oculto bajo el suyo, buscando espacio donde no lo había.
él no sabía si era magia, locura… o memoria.
Se acostó sobre la hierba, mirando un cielo demasiado inmóvil.
—?Sigues ahí? —susurró.
No hubo respuesta.
Pero el aire se calentó levemente, como si alguien hubiera exhalado cerca de su cuello.
Syra cerró los ojos.
Y el mundo se dobló.
So?ó.
Pero no era un sue?o.
Era… un recuerdo.
No suyo.
Un campo de ceniza extendiéndose hasta el horizonte. Un sol que no lograba atravesar el humo. Y en el centro, un cuerpo arrodillado.
Un joven. Cabello oscuro. La misma marca en el brazo. Sangre en las manos. Las rodillas clavadas en tierra quemada.
Su voz no salía. Pero Syra la escuchó dentro de su pecho.
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—
Un susurro roto. Una plegaria que sabía que nadie iba a contestar.
Y detrás de él… una figura blanca, luminosa, hecha de fuego, temblando.
Syra no podía mover los pies. Ni respirar.
El joven levantó la cabeza con esfuerzo.
Sus ojos… eran los mismos que Syra había visto reflejados en la laguna. Los mismos que lo miraron en la visión del Capítulo 3.
Y entonces dijo la palabra que rompió el sue?o:
—
El mundo explotó en luz.
Syra despertó jadeando.
La fogata seguía encendida. La noche era la misma.
Pero su corazón no.
Tenía las manos temblando, los ojos húmedos, la garganta cerrada.
No sabía ese nombre. Nunca lo había oído. Nunca lo había pensado.
Y aun así… al pronunciarlo, sintió que arrancaba algo muy antiguo de un lugar muy profundo.
—A…elian… —susurró, sin querer hacerlo.
El suelo vibró al escucharlo.
La marca bajo su piel ardió como un hierro al rojo vivo.
Y entonces, por primera vez desde que oyó a la voz… ella tembló al responder.
La escuchó nítidamente, casi a su lado:
—
Syra se incorporó de golpe.
—?Quién era? —preguntó con la voz quebrada—. ?Por qué lo vi arrodillado? ?Por qué tenía mis marcas?
La voz dudó.
Y esa duda dolió.
Como si la respuesta fuera un veneno que ella no quería darle.
—
—
Syra sintió que el pecho se le apretaba.
—Dime quién era.
Silencio.
Luego, un susurro… no triste, sino roto.
—
—
—
Syra tragó saliva.
—?Y tú… no llegaste?
El aire se quebró. La fogata vaciló.
La voz respondió con un temblor que no intentó ocultar:
—
Syra sintió un nudo en la garganta.
No sabía por qué… pero la tristeza que lo atravesó no era solo suya.
—Ashryel… —susurró—. ?Por qué me ense?ó su nombre?
La voz se volvió más débil. Casi humana.
—
—
Syra se quedó quieto.
La fogata se apagó sin humo.
El bosque entero se recogió en un silencio tan grande que parecía esperar que él volviera a decir ese nombre.
Pero Syra no lo hizo.
Sabía, sin que nadie lo explicara, que pronunciarlo otra vez podría abrir una herida que todavía no entendía.
Y en algún lugar de la noche, el eco de una respiración —que no era la suya— tembló por primera vez desde que despertó.

