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EL PRIMER PASO HACIA ABYSSIA

  La ma?ana no llegó con sobresaltos.

  Llegó con luz.

  Una luz clara, casi limpia, que atravesaba las hojas y pintaba el suelo de oro pálido. El aire olía a tierra húmeda y pan reciente… aunque aún no hubiera pan cerca. Era esa clase de ma?ana que promete movimiento.

  Asmodel ya estaba despierto cuando Zaharut abrió los ojos. Afila-ba su espada con movimientos cortos, precisos. Ada, arrodillada junto a un peque?o cuenco de agua, repasaba símbolos invisibles sobre la superficie, como si practicara trazos que solo ella entendía

  Zaharut se incorporó despacio.

  —No so?é hoy.

  Porque estabas cansado, respondió la voz dentro de él.

  —Eso no explica por qué no so?é.

  La mente también necesita silencio.

  Zaharut se quedó pensando un segundo.

  —?Tú sue?as?

  Hubo una pausa leve.

  No como tú.

  Asmodel levantó la vista.

  —?Con quién hablas tan temprano?

  Zaharut dudó.

  —Con… él.

  Asmodel rodó los ojos.

  —?El famoso desequilibrio?

  Zaharut frunció el ce?o.

  —No es “famoso”.

  Y no soy una mascota, a?adió la voz con sequedad.

  Asmodel soltó una risa breve.

  —?Sabes? Empiezo a creer que se está encari?ando con nosotros. Cada vez interviene más.

  Zaharut sonrió apenas.

  —Eso no es cierto.

  No lo es, confirmó el desequilibrio. Solo hago lo mejor para Zaharut. Es lo único que me importa.

  Asmodel apoyó la espada sobre su hombro.

  —?Ah, sí? Entonces no somos parte del plan.

  No.

  La respuesta fue inmediata.

  No son mis aliados. No son mis amigos. Son circunstancia.

  Ada alzó la vista desde el agua.

  —Qué considerado.

  No busco consideración.

  Zaharut bajó la mirada, incómodo.

  —No es tan malo como suena…

  No suavices mis palabras, murmuró la voz. Yo no les debo nada.

  Asmodel chasqueó la lengua.

  —Tranquilo. Tampoco te estamos pidiendo amistad. Con que no intentes matarnos, estamos bien.

  Zaharut soltó una peque?a risa involuntaria.

  Ada lo miró un segundo más de lo habitual, evaluando si esa risa era genuina.

  Lo era.

  Desayunaron lo poco que quedaba de pan seco y fruta.

  El sol ya estaba alto cuando retomaron el camino. El bosque comenzó a abrirse, los árboles menos densos, el sendero más definido.

  Zaharut caminaba ahora a la par de Ada.

  —?Crees que hoy veremos algo interesante?

  —Depende de lo que consideres interesante.

  —Personas. Edificios. Mercados.

  Ada arqueó una ceja.

  —Nunca estuviste en una ciudad grande, ?verdad?

  Zaharut negó.

  —Solo lugares peque?os. Vigilados.

  Ada no respondió, pero su expresión cambió un instante.

  Asmodel, que caminaba delante, habló sin volverse.

  —Te vas a marear entonces.

  —?Por qué?

  —Iteria no se calla nunca.

  Zaharut aceleró el paso hasta quedar entre ambos.

  —?Por qué vamos exactamente?

  Asmodel se detuvo apenas lo suficiente para responder.

  —Porque en Iteria, ciudad del comercio, tengo un amigo.

  —?Un amigo amigo?

  —Un contacto —corrigió él—. Comercia con viajeros, mercaderes, contrabandistas… escucha historias que no llegan a los mapas.

  Zaharut ladeó la cabeza.

  —?Y crees que sabrá algo de las reliquias?

  —Si alguien en esta región sabe algo del Ojo del Condenado o cualquier otra, será él. Nos ahorrará semanas de búsqueda.

  Ahorro de tiempo, murmuró el desequilibrio. Siempre corriendo contra algo que aún no entienden.

  —El tiempo importa —susurró Zaharut.

  Para ellos.

  Ada lo miró de reojo.

  —?Qué dijo ahora?

  —Nada importante.

  Lo suficientemente importante, corrigió la voz.

  Asmodel resopló.

  —Un día voy a empezar a responderle directamente.

  No podrías sostener la conversación.

  —Pruébame.

  Zaharut intervino antes de que escalara.

  —Por favor, no.

  Ada dejó escapar una peque?a exhalación que casi fue risa.

  El camino descendió por una colina amplia.

  Y entonces la vieron.

  Iteria.

  No tenía murallas.

  No tenía torres de vigilancia imponentes ni puertas cerradas.

  Se extendía abierta, viva, como si el mundo pudiera entrar y salir sin pedir permiso.

  Tejados rojizos brillando bajo el sol. Calles amplias que convergían en una plaza central. Caravanas entrando y saliendo como ríos de madera y tela.

  Zaharut se quedó inmóvil.

  —Es… enorme.

  Y vulnerable, comentó el desequilibrio.

  —Es libre —corrigió Ada.

  Asmodel cruzó los brazos.

  —Es comercio. Aquí nadie pregunta demasiado mientras pagues.

  Zaharut observó cómo una carreta entraba sin ser detenida.

  —?No tienen miedo de ataques?

  —Si levantas murallas, declaras que temes algo —respondió Asmodel—. Iteria prefiere parecer indispensable.

  Las ciudades sin murallas confían en su utilidad, a?adió la voz. No en su fuerza.

  Zaharut dio un paso adelante, contemplando el movimiento constante.

  —Quiero verlo todo.

  Asmodel sonrió apenas.

  —Intenta no perderte.

  Ada comenzó a descender primero.

  Zaharut la siguió, pero antes de dar el segundo paso murmuró:

  —?Te gusta?

  No tengo preferencias por ciudades humanas.

  —Pero la estás observando.

  Silencio breve.

  Observo lo que te afecta.

  Zaharut sonrió levemente.

  —Entonces supongo que la verás conmigo.

  El desequilibrio no respondió.

  Pero no negó la idea

  Iteria no era una ciudad, era un organismo vivo que respiraba a través de sus mercados. Al cruzar el arco de entrada, Zaharut se detuvo en seco, con la boca ligeramente abierta y los ojos saltando de un punto a otro, incapaces de procesar tanta vida.

  El aire estaba saturado de aromas que nunca había imaginado: el picante de la canela traída de tierras lejanas, el olor a cuero nuevo de las talabarterías y el dulzor del azúcar quemado de los puestos de frutas confitadas. Las calles de piedra blanca estaban abarrotadas; mercaderes con túnicas de seda saludaban a los transeúntes, y un grupo de ni?os corría entre las piernas de la multitud, riendo mientras perseguían un aro de madera.

  Zaharut sintió un nudo de euforia en el pecho. Por un momento, el peso del agujero en el pecho de Igor y el frío de la sangre desaparecieron, reemplazados por una calidez radiante.

  —?Miren eso! —exclamó Zaharut, se?alando con una emoción casi eléctrica un carromato lleno de flores exóticas—. ?Y allá! Esas personas... se están saludando sin miedo. ?Nadie parece estar vigilando a nadie!

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  Se giró hacia sus compa?eros con el rostro iluminado, una expresión que lo hacía parecer mucho más joven de lo que su linaje sugería.

  —?Vieron cómo el panadero le regaló un trozo de masa a ese ni?o? —su voz temblaba de asombro—. En mi aldea, el silencio lo cubría todo. Aquí... aquí parece que el mundo no tiene miedo de hacer ruido.

  En su mente, una risa áspera y gélida rompió el encanto.

  —?Ay, qué tierno? —escupió el Desequilibrio con un cinismo que goteaba veneno—. ?El peque?o príncipe está descubriendo que los humanos son hormigas ruidosas. Me das náuseas, Zaharut. Tanta luz te está ablandando el cerebro?.

  Ada soltó un suspiro largo y ajustó sus gafas, mirando a Zaharut con una mezcla de fastidio y superioridad académica.

  —Por los dioses, Zaharut, compórtate —dijo Ada con un tono cortante—. Es solo un asentamiento comercial de tercera categoría. Estás actuando como un cachorro que acaba de salir de una caja. Es patético y, francamente, infantil. Tenemos una misión, no estamos en una excursión de campo.

  Zaharut bajó un poco la mano, sintiendo que la vergüenza empezaba a enfriar su emoción. Pero Asmodel, que caminaba con las manos tras la nuca y una sonrisa relajada, se interpuso entre ellos.

  —Déjalo en paz, bruja —dijo Asmodel, dándole un peque?o empujón amistoso a Zaharut en el hombro—. El chico no ha tenido más que muros y secretos durante dieciséis a?os. Prácticamente es un ni?o descubriendo que el sol calienta. Tiene derecho a que se le caiga la baba con un par de manzanas confitadas.

  Asmodel miró a Zaharut y le gui?ó un ojo, reconociendo en el chico esa chispa de humanidad que él mismo creía haber perdido. Luego, su expresión se volvió un poco más seria y se?aló hacia una callejuela lateral, donde los edificios de piedra eran más altos y las sombras más largas.

  —Disfruta la vista mientras caminamos, pero mantén un ojo en la bolsa —dijo Asmodel—. Allá, bajo ese cartel de la balanza rota, es donde vive nuestro hombre. Es hora de dejar los juguetes y buscar las verdades que duelen.

  Zaharut asintió, intentando recuperar su compostura, aunque no pudo evitar lanzar una última mirada a los ni?os que jugaban antes de sumergirse en la penumbra de la callejuela. El mundo era hermoso, sí, pero él sabía que para seguir viéndolo, primero tendría que sobrevivir a lo que lo esperaba en las sombras

  El sol del mediodía caía pesado sobre el pueblo comercial de Vellara, un nudo de calles empedradas y toldos multicolores donde se mezclaban mercaderes de tres reinos diferentes. El grupo llegó con el polvo del camino pegado a la ropa y el cansancio en los huesos. Asmodel caminaba delante, con esa seguridad suya que parecía decir “este lugar me pertenece”, aunque sus ojos escaneaban cada esquina por costumbre.

  Llegaron al puesto al final de la plaza principal. No era un tenderete cualquiera: era una estructura grande de madera oscura y lona gruesa, casi como una peque?a casa ambulante. Al frente colgaban faroles de hierro forjado que aún brillaban apagados bajo el sol, y en la entrada una bandera raída con un ojo estilizado ondeaba perezosa. Dentro se veía un mostrador largo lleno de objetos extra?os, armas colgadas en la pared trasera y estantes que llegaban al techo con libros encuadernados en pieles que no parecían de animal común.

  Asmodel entró primero, empujando la cortina de cuentas con una sonrisa ladeada.

  —Joe, viejo zorro. ?Sigues vivo o ya te enterraron tus deudas?

  Un hombre robusto de unos cincuenta a?os levantó la vista desde detrás del mostrador. Barba corta salpicada de gris, cicatrices finas cruzando la mejilla izquierda como si alguien hubiera intentado dibujarle una sonrisa permanente. Llevaba un chaleco de cuero gastado y un pendiente de diente en la oreja. Sus ojos se iluminaron al ver a Asmodel.

  —Asmodel, maldito hijo de perra. Pensé que ya te habrían colgado en alguna plaza de Itondia.

  Se dieron un abrazo fuerte, de esos que suenan a palmadas en la espalda y risas contenidas. Asmodel se giró hacia Zaharut y Ada.

  —Chicos, este es Joe. Joe, estos son… mis compa?eros de viaje. No preguntes mucho, no te conviene.

  Zaharut se quedó en la entrada, observando. Sobre el mostrador, entre un pu?al con runas grabadas y un frasco de líquido que cambiaba de color, había un marco de madera sencillo con una foto vieja y amarillenta. Un hombre más joven —claramente Joe—, una mujer de sonrisa amplia y una ni?a peque?a abrazada a sus piernas. La ni?a tenía el mismo pendiente de diente que Joe llevaba ahora.

  La voz del Desequilibrio susurró en la mente de Zaharut, suave como siempre, pero con un toque de curiosidad genuina.

  Esa podría ser su familia. La que perdió. O la que dejó atrás. Los humanos se aferran a esas cosas como si fueran cadenas doradas.

  Zaharut apartó la mirada de la foto y recorrió el puesto con los ojos. Armas de todo tipo: espadas curvas con filos negros que absorbían la luz, arcos de hueso tallado, dagas con empu?aduras de cristal que parecían latir. Objetos más raros: un orbe de vidrio que contenía una niebla roja giratoria, un libro con páginas que parecían moverse solas, un colgante con una garra petrificada. Todo olía a metal caliente, incienso viejo y algo metálico que no podía identificar.

  —?Qué es esto? —preguntó Zaharut, se?alando el orbe.

  Joe se inclinó sobre el mostrador, sonriendo como un padre orgulloso.

  —Niebla de los Susurros. Captura ecos de conversaciones pasadas. útil para chantajes… o para recordar lo que no quieres olvidar.

  Zaharut tocó con cuidado el colgante de garra.

  —?Y esto?

  —Garra de un wyrm de las profundidades. Dicen que quien la lleva no puede mentir. Pero también dicen que te quema la lengua si lo intentas.

  Zaharut siguió preguntando. Sobre una espada que parecía hecha de sombra sólida, sobre un anillo que cambiaba de tama?o según el dedo, sobre un vial con un líquido que parecía sangre pero brillaba como estrellas.

  Ada, que hasta entonces había estado callada, cruzó los brazos y soltó un bufido.

  —Deja de preguntar cosas como si fueras un ni?o en una tienda de dulces. No estamos aquí de turismo.

  Asmodel le lanzó una mirada divertida.

  —Déjalo, bruja. El chico tiene curiosidad. Es sano.

  Joe soltó una carcajada ronca y extendió la mano hacia Asmodel.

  —No hay problema. Bienvenido, compa?ero.

  Se dieron un apretón firme, de esos que duran un segundo más de lo necesario, como si sellaran algo antiguo.

  Asmodel se apoyó en el mostrador, bajando la voz.

  —Necesitamos información. Vamos hacia Abyssia. Buscamos tres reliquias: el Ojo del Condenado, el Cuerno de Azazel y la Llama del Primer Pecado.

  Joe silbó por lo bajo, los ojos entrecerrados.

  —El Ojo del Condenado… sí, he oído hablar de él. En Abyssia existía una prisión antigua, abandonada hace siglos. Las Ruinas de Azgorath. Dicen que allí está enterrado. Pero no sé exactamente qué hace el Ojo. Algunos dicen que muestra verdades que nadie quiere ver. Otros que te hace ver mentiras que terminas creyendo. Sea lo que sea, nadie que lo ha buscado ha vuelto entero.

  Ada se acercó, los ojos brillantes de interés.

  —?Y la biblioteca? He oído que en Abyssia hay una biblioteca abandonada donde se guardan textos prohibidos. ?Todavía existe?

  Joe asintió lentamente, como si el tema le pesara.

  —Existe. Y de manera extra?a… ningún libro ha sido sacado de allí. Nadie entra y sale con algo en las manos. De hecho, nadie que entra vuelve a salir.

  Zaharut frunció el ce?o.

  —?Por qué?

  Joe se encogió de hombros, pero su expresión se ensombreció.

  —En la antigua guerra entre Cielo e Infierno se dejó mucho caos. Bestias inexplicables. Cosas que no pertenecen ni al uno ni al otro. Nadie sabe qué hay dentro ahora. Solo rumores: sombras que hablan, puertas que cambian de lugar, ecos de gritos que no paran nunca.

  Asmodel tamborileó los dedos en el mostrador.

  —?Y por qué crees que nadie sale?

  —Porque lo que buscan allí… los cambia. O los mata. O ambas cosas.

  Joe miró a los tres uno por uno, deteniéndose en Zaharut.

  —?Por qué queréis esas reliquias?

  Ada y Asmodel se quedaron en silencio. Ada apretó los labios. Asmodel miró al suelo.

  La voz del Desequilibrio habló de nuevo en la cabeza de Zaharut, calmada, casi amable.

  Cuéntaselo tú mismo. Es tu historia.

  Zaharut tragó saliva. Miró a Joe a los ojos.

  —Las necesito porque… soy el hijo de Lucifer. El sello que me contenía se rompió. Maté al hombre que me crió. Y desde entonces… no sé controlarlo. Voy a Abyssia para encontrar respuestas. Para entender qué soy. Para no convertirme en el monstruo que todos temen que ya soy.

  Joe se quedó quieto. Sus ojos se abrieron un poco más. Luego soltó una risa baja, sin humor.

  —Asmodel… siempre buscas retos que te pueden matar. Pero este… este es nuevo.

  Asmodel se tensó.

  —Cállate, Joe.

  Joe negó con la cabeza, pero no había juicio en su mirada. Solo una especie de resignación cansada.

  —Te daré lo que necesitéis para el viaje. Gratis. Tengo una deuda infinita contigo.

  Asmodel levantó una ceja.

  —No hace falta que…

  —Hace a?os salvaste algo que amo mucho más que mi vida —cortó Joe, voz baja—. No preguntes qué. Solo acéptalo.

  Se giró hacia un arcón detrás del mostrador y empezó a sacar cosas: una capa con runas de ocultación, frascos de agua purificada que brillaban levemente, un mapa enrollado con marcas rojas, una daga peque?a con hoja curva.

  Antes de que pudiera entregarlos, la cortina de cuentas se abrió de golpe.

  Tres guardias de Altevia entraron con las manos en las empu?aduras. El líder, un hombre alto con placa de capitán, miró directamente a Asmodel.

  —Asmodel el Zorro. Estás bajo arresto por deudas pendientes y crímenes contra la corona. Entrégate o moriremos intentándolo.

  Joe maldijo por lo bajo. Miró a Asmodel.

  —Salid por atrás. Yo los entretengo.

  Asmodel asintió una sola vez. Agarró a Zaharut y Ada por los brazos.

  —Vamos.

  Joe se interpuso entre los guardias y la salida trasera, levantando las manos con una sonrisa falsa.

  —Tranquilos, se?ores. Solo estamos charlando de negocios…

  El grupo desapareció por la cortina de atrás, dejando atrás el sonido de voces elevadas y el tintineo de metal.

  El primer grito no fue de ellos.

  Fue de alguien más, al fondo de la calle.

  Un vendedor soltando su mercancía. Una mujer apartándose con su hijo. Un susurro que se volvió palabra.

  —?Son ellos!

  Y entonces todo estalló.

  Detrás, el sonido metálico de armaduras.

  —?Deténganse en nombre de Altevia!

  El nombre cayó como una maldición.

  Doblaron por un callejón estrecho.

  Asmodel iba adelante. Demasiado seguro. Demasiado rápido.

  Ada lo alcanzó con el ce?o fruncido.

  —??Qué hiciste?!

  —No es el momento—

  —??QUé HICISTE, ASMODEL?!

  Una flecha impactó contra la pared a centímetros de Zaharut.

  él la arrancó sin mirar atrás.

  —?Sigan!

  Salieron del callejón hacia una avenida más amplia. La multitud se dispersaba. Algunos miraban. Otros huían.

  Ada volvió a insistir, jadeando:

  —?No buscan a cualquiera! ?Te buscan a ti!

  Silencio.

  Solo pasos.

  —?Respóndeme!

  —No importa.

  —?Claro que importa!

  Asmodel apretó la mandíbula.

  —Son asuntos viejos.

  —?Viejos? —Ada casi se ríe de la rabia— ?Estamos a punto de morir por tus “asuntos viejos”!

  Otra orden detrás:

  —?Cierren el paso hacia la plaza!

  Zaharut sintió cómo el aire se volvía más pesado.

  La salida era hacia adelante.

  De pronto, Ada se detuvo.

  Lo agarró del brazo.

  Asmodel también se frenó, sorprendido.

  —?Habla!

  —Ahora no—

  La cachetada resonó seca.

  Fuerte.

  La cabeza de Asmodel giró bruscamente. La plaza estaba a menos de una cuadra, pero en ese segundo el mundo se detuvo.

  Los ojos de él cambiaron.

  Sin pensar.

  La mano regresó.

  Y el golpe fue igual de duro.

  Ada retrocedió un paso.

  El sonido fue peor que el primero

  Zaharut se interpuso al instante.

  —?BASTA!

  Su voz no fue un grito. Fue una orden.

  El aire tembló levemente.

  Ambos lo miraron.

  Respiración agitada. Culpa. Orgullo herido. Miedo.

  —Ahora solo importa salir vivos —dijo Zaharut, firme—. Lo demás… después.

  El silencio entre ellos era más pesado que las armaduras que se acercaban.

  Llegaron a la plaza principal.

  Abierta.

  Inmensa.

  Sin murallas.

  Sin protección.

  Y llena de soldados.

  Escudos levantados.

  Lanzas alineadas.

  Arcos tensos.

  Cerrando cada acceso.

  El círculo se cerró como una trampa perfectamente calculada.

  Asmodel bajó la mirada.

  La comprensión le atravesó el pecho.

  Esto era por él.

  Por decisiones antiguas.

  Por errores que nunca explicó.

  —Yo… —susurró.

  Pero no terminó la frase.

  Sus manos temblaban.

  No de miedo.

  De culpa.

  Sabía pelear.

  Sabía morir.

  Pero no sabía cómo sacarlos de aquello

  La plaza de Iteria, que minutos antes vibraba con la risa de los ni?os y el pregón de los mercaderes, se había convertido en una jaula de acero. El brillo del sol rebotaba en las armaduras de los soldados de Altevia, creando un cerco de metal que asfixiaba al grupo.

  —Míralos, Zaharut —la voz del Desequilibrio rabiaba dentro de su cráneo, más fuerte y nítida que nunca—. Sus lanzas apuntan a tu garganta. No les importa quién eres, solo quieren verte encadenado o muerto. Déjame salir. Un solo parpadeo y esta plaza se convertirá en un océano de rojo. Seremos libres en un suspiro.

  Zaharut apretaba los dientes, sintiendo cómo el sudor frío le corría por la nuca. Sus ojos saltaban de un soldado a otro. Eran hombres con rostros cansados, padres de familia, jóvenes que cumplían órdenes. No eran demonios. No eran monstruos.

  ?No los mates… no tienen la culpa?, se repetía Zaharut a sí mismo, pero la oscuridad en sus venas pulsaba, exigiendo una salida.

  —?Escuchen! —gritó Asmodel, alzando las manos en un intento desesperado de negociación—. Mi cabeza no vale tanto oro, se los aseguro. Podemos arreglar esto sin que nadie pierda una extremidad, ?verdad?

  Pero los soldados no escuchaban. El capitán dio un paso al frente, desenvainando su acero. El sonido del metal contra el metal fue como un disparo en la mente de Zaharut.

  —?Son hormigas! —rugió el Desequilibrio—. ?Déjame aplastarlas! ?Soy tu fuerza! ?Soy lo único que evitará que termines como Igor!

  —?CáLLATE! —gritó Zaharut en su mente, luchando por no dejar que su cuerpo se transformara. El miedo a convertirse en un monstruo era más fuerte que el miedo a la muerte.

  Entonces, sintió algo diferente. El calor sofocante del poder oscuro fue cortado por un contacto frío y firme. Ada había rodeado su mano con la suya. No fue un gesto de debilidad, sino un ancla. Sus ojos, antes fríos y analíticos, ahora buscaban los de él con una calma inquebrantable. "No eres él", parecía decirle sin palabras. "Tú decides".

  Esa presión en su mano fue el contrapeso que Zaharut necesitaba. El rugido del Desequilibrio se convirtió en un gru?ido lejano, frustrado.

  Asmodel, al ver que la charla no funcionaría, cambió el semblante. Su postura se volvió felina, su mano derecha voló a la empu?adura de su espada roja.

  —Está bien —dijo el ladrón con una voz que ya no tenía rastro de broma—. Lo haremos a la antigua. Zaharut, Ada… manténganse cerca. Abriremos un hueco y correremos como si el mismo diablo nos persiguiera.

  Zaharut desenvainó la espada de Igor. El acero pesaba, pero ya no se sentía como una carga de culpa, sino como una herramienta de voluntad. Dio un paso al frente, colocándose al lado de sus compa?eros. Sus venas aún vibraban con una energía violeta que amenazaba con estallar ante el mínimo roce de ira, pero por primera vez, era él quien sostenía las riendas.

  —No voy a matarlos —susurró Zaharut para sí mismo, aunque sabía que el Desequilibrio esperaba agazapado cualquier error—. Pero tampoco voy a dejar que nos detengan.

  El capitán de los soldados alzó su espada para dar la orden de ataque. El tiempo pareció detenerse. Zaharut respiró hondo, aceptando que la paz de Iteria se había terminado, y que el viaje hacia Abyssia acababa de comenzar de verdad: no como una huida, sino como una lucha por mantener su propia alma.

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